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viernes, 15 de enero de 2021

El nacionalismo de Rosas

 REVOLVIENDO LA BIBLIOTECA

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En esta sección que llamamos "Revolviendo la biblioteca", incluimos distintos artículos de gran interés histórico, poco conocidos por el público en general, publicados hace ya muchísimos años. 

Encontramos este artículo de Roberto de Laferrère publicado en la "Revista del Instituto Juan Manuel de Rosas de Investigaciones Históricas" N° 2 y 3 de agosto de 1939, quien refuta un trabajo del Sr. Jorge Lavalle Cobo, publicado en el diario "La Nación" en enero de aquél año. Ese artículo, Laferrère lo transcribe al final de su obra. Como por su extensión no podemos publicar in totum el trabajo de Laferrère, lo hemos dividido en varias partes. La primera parte que incluye el trabajo de Lavalle Cobo, lo publicamos en "Revolviendo la Biblioteca 12", con el primer capítulo, en "Revolviendo la Biblioteca 13 y 14", publicamos el segundo y el tercer capítulo respectivamente y en el presente publicamos el cuarto y quinto capítulos, completándose de esta forma la obra.


EL NACIONALISMO DE ROZAS (4)

Por Roberto de Laferrère

Juan Manuel de Rosas (c. 1830). Dibujo de la casa Ch. Decaux 


IV - LOS CARGOS CONTRA ROSAS DEL DOCTOR LAVALLE COBO

En su artículo de “La Nación”, el doctor Lavalle Cobo le formula a Rosas varios cargos graves, que, según los expresa, se concretan así:

-    Fue enemigo de la Revolución de Mayo.

-    No colaboró en la guerra con el Brasil.

-    Mantuvo comunicaciones con el comodoro Venancourt.

-  Solicitó a las fuerzas navales extranjeras y al gobierno uruguayo el apresamiento de la Sarandí.

-    Procedió como si la Patagonia no fuera nuestra.

-    Ofreció en pago de la deuda nacional las islas Malvinas.

El examen de estos cargos nos permitirá establecer su exactitud o su importancia.

 

Rosas y la Revolución de Mayo

Como prueba de que “Rosas fue enemigo de la Revolución de Mayo”, el doctor Lavalle Cobo cita una frase del prócer en que sostiene precisamente lo contrario. Llama a esto confesión, “pálida defensa”, quizá porque en la frase incidental que transcribe, deslizada en una carta intrascendente, no puso Rosas el énfasis de las canciones patrióticas o de los documentos solemnes.

La frase podrá ser “pálida”, pero su sentido es claro. Rosas no fue enemigo de la Revolución de Mayo, sino uno de sus colaboradores eficaces, allí donde le tocó actuar. No salió a campaña en los ejércitos libertadores, como no salieron tampoco Azcuénaga, Rivadavia, Paso, Juan Cruz Varela, del Carril, Agüero, etc., etc., etc. En mayo del año 10 tenía 17 años y no era militar. Pero, en cambio, había luchado a los 14, contra los ingleses, y durante las campañas libertadoras se inició en la vida de las milicias, improvisándose guerrero en la lucha contra los indios, de los que defendió la ciudad y las campañas, a las órdenes del gobierno de Buenos Aires: lucha tan dura y tan necesaria como cualquier otra y, si no tan lucida, no menos eficaz. Las tribus salvajes fueron contenidas por el círculo de hierro con que Rosas, Comandante Militar de Campaña al mando de tropas reclutadas e instruidas por él mismo, estableció las primeras fronteras firmes de defensa. En esta misma empresa, cuya importancia se ha pretendido disminuir otras veces para restarle méritos a sus esfuerzos, colaboró más tarde con un jefe de tanto prestigio militar como el entonces coronel Lavalle.

De su culto por la Revolución, considerada como movimiento emancipador del país, no como expresión del partido jacobino que la dirigió y la desvirtuó más de una vez, son manifestaciones claras y perdurables los decretos de su primer gobierno con que rehabilitó figuras revolucionarias que habían sido olvidadas, cuando no combatidas con injusticia por sus enemigos enconados y vengativos.

El caso de Cornelio Saavedra es el más elocuente, y bueno es recordarlo ahora. Había sufrido las persecuciones de aquel partido jacobino, cuyos herederos ideológicos lo desconocen, aun hoy, como primera figura de la Revolución; y murió una noche del año 29, durante el tiempo que Lavalle sublevado usurpó el poder en el recinto de la ciudad. El diario que sostenía la dictadura de esas horas sombrías y sangrientas, publicaba esta “impresionante” noticia de su muerte:

 “Ayer, a las ocho de la noche, murió repentinamente en casa de su hermana, el Sr. Don Cornelio Saavedra. Este Sr. fue presidente de la primera junta gubernativa de Buenos Aires en 1811” (sic). Ni una palabra más.

Llegado meses después al gobierno, Rosas dio el siguiente decreto de honores póstumos al “prócer desconocido”:

 “Buenos Aires, diciembre 16 de 1829. – El primer comandante de patricios, el primer presidente de un gobierno patrio, pudo sólo quedar olvidado en su fallecimiento por las circunstancias calamitosas en que el país se hallaba. Después que ellas han terminado, sería una ingratitud negar a un ciudadano tan eminente el tributo de honor rendido a su mérito, y a una vida ilustrada con tantas virtudes, que supo consagrar entera al servicio de su patria. El gobierno, para cumplir un deber tan sagrado, acuerda y decreta:

            “Art. 1°. – En el cementerio del Norte se levantará, por cuenta del gobierno, un monumento en que se depositarán los restos del Brigadier General D. Cornelio Saavedra. Art. 2°. Se archivará en la Biblioteca pública un manuscrito autógrafo del mismo Brigadier General, con arreglo a lo que previene el decreto de 6 de octubre de 1821. Art. 3°. Comuníquese y publíquese. – Rosas. – Tomás Guido.”

Ese fue el homenaje de Rosas al jefe de la Revolución de Mayo en uno de los decretos iniciales de su primer gobierno.

Poco después moría en Buenos Aires Don Feliciano Chiclana, y el gobierno del “enemigo de la revolución de Mayo” lanzó en su homenaje este otro decreto, que también nos habla claro de su adhesión al movimiento emancipador:

“Buenos Aires, enero 16 de 1930. – Aunque los nombres de los primeros ciudadanos no tuvieron la gloria de ser los autores de la independencia de la Patria, pertenecen a la historia, encargado de transmitirlos a la posteridad; el gobierno reconoce como un deber sagrado perpetuar su memoria, tributando un justo homenaje de gratitud a aquellos varones esforzados que supieron encontrar recursos en sólo su genio para arrancar la patria de manos de sus opresores. Entre estos beneméritos patriotas, ocupa, sin duda, un distinguido lugar el Dr. D. Feliciano A. Chiclana, cuyas virtudes cívicas lo hicieron sobreponerse a las circunstancias azarosas de los memorables días de Mayo de 1810, contribuyendo muy particularmente al grande acontecimiento que trastornó la faz política de un mundo entero. Estos justos motivos han impulsado al gobierno a decretar lo siguiente: Art. 1°. En el cementerio del Norte se levantará, por cuenta del Gobierno, un monumento en que se depositarán los restos del Dr. D. Feliciano A. Chiclana. Art. 2°.Se depositará en la Biblioteca pública un manuscrito autógrafo del mismo Dr. Chiclana, con arreglo a lo que previene el decreto del 6 de octubre de 1921. Art. 3°. Comuníquese y publíquese. – Rosas – Tomás Guido”.


Rosas y la guerra con el Brasil

El doctor Lavalle Cobo supone que la actuación de Rosas durante la guerra con el Brasil fue nula u hostil al gobierno de que dependía como Comandante Militar de Campaña. Es un error más del doctor Lavalle Cobo. Rosas sabía, sin embargo, que seríamos separados de la Banda Oriental, cualquiera fuese el resultado de las batallas. Este propósito del gobierno de Rivadavia era notorio entonces para los que conocían las miras de Inglaterra y la subordinación en que con respecto a ella, obraban los políticos del partido oficial. Es probable también que Rosas viese con antipatía natural en un patriota la iniciación de una guerra que parecía perdida de antemano. Los hechos probaron después que la victoria brillante de Ituzaingó no bastó para detener en su marcha a la diplomacia inglesa.

Pero no es verdad que hostilizara al gobierno, como luego lo harían los unitarios en circunstancias más difíciles para el país por la importancia mayor del enemigo. El gobierno de Las Heras le había encomendado la organización de la defensa militar de la costa sur, hacia Bahía Blanca y Patagones, puntos ya amenazados por los barcos imperiales. Cuatro oficiales brasileños habían desembarcado en una corbeta con el conocido designio de sublevar a los indios.

Rosas cumplió su misión con extraordinaria rapidez, comprometiendo a los caciques a mantenerse en paz con el gobierno nacional y fijando con ellos una nueva línea de fronteras. Destruída con esto toda posibilidad de un acuerdo militar con los indios, la empresa naval brasileña sufrió un recio descalabro en la costa de Bahía Blanca, al desembarcar sus tropas. Atacados con piquetes de voluntarios y blandengues que mandaba el capitán Molina –a cuyas órdenes había puesto Rosas 200 hombres, después de reforzar con cañones la batería de la costa– los invasores fueron derrotados y destruídos, reembarcándose poco después y abandonando la empresa. (Saldías, “Historia de la Confederación Argentina”).

 

Rosas y Venancourt

1829. Los unitarios asaltan el poder en Buenos Aires y fusilan a su gobernador, pero no llegan a ejercer el gobierno en la provincia, reducidos, poco después del golpe de mano, a la defensa de la ciudad, que sitia Rosas, al mando de las fuerzas nacionales. En los propios suburbios de Buenos Aires el llamado gobierno de Lavalle es resistido a tal punto que sus tropas escasean y se ve forzado a exigir el servicio militar de los extranjeros, que nunca han intervenido antes en nuestras luchas civiles. Se aplican así, torcidamente las leyes de 1821 y 1823, y se aplican a los franceses, quienes las resisten. El cónsul francés, señor Mendeville, sin representación diplomática para reclamar en una cuestión de esa índole, se dirige a los sediciosos –que también carecen de facultades para aplicar las leyes– y opone su veto al alistamiento en el batallón de “Los Amigos del Orden”. Díaz Vélez rechaza la reclamación del cónsul porque, como Rivadavia, antes, y Rosas, después, no reconoce en un funcionario de su especie el carácter público exigido por el derecho de gentes para tratar cuestiones de Estado. Es un conflicto entre usurpadores. Las dos partes en litigio actúan fuera de su órbita. Pero los franceses son más fuertes y, prevalidos de su poder, asaltan los barcos argentinos y se quedan con ellos, a la espera de que se atiendan sus reclamaciones. El doctor Lavalle Cobo, que supone a Rosas en “complicidad” con el comodoro Venancourt se indigna ante esto, olvidándose de que en el mismo artículo aplaude la complicidad de Lavalle con el almirante Leblanc. Considera distintos los casos. Y, en efecto, lo son.

Es evidente que en 1829 el comodoro Venancourt, conforme a su pensamiento de que los desórdenes americanos debían ser resueltos algún día por los europeos, aprovecha la oportunidad brillante que le brinda la anarquía unitaria para iniciar una política que satisfagan las ambiciones francesas en el Río de la Plata. Su propósito es claro, en el conflicto. Busca la alianza de una de las facciones contra la otra, como la buscará más tarde Leblanc, con éxito no discutible. Se trata de las mismas aspiraciones imperialistas cuya existencia niega rotundamente en su artículo el doctor Lavalle Cobo. Pero sin el apoyo de un partido argentino, que disimule sus propósitos, el comodoro está perdido. Ese apoyo lo busca en Rosas. Lo busca y no lo encuentra.

Rosas no es un caudillo de ambiciones vulgares que pacte alianzas desdorosas con el extranjero, para resolver pleitos partidarios. De serlo nada le hubiera impedido llegar a un acuerdo concreto con Venancourt, como los unitarios de 1838. La comunicación al comodoro que el doctor Lavalle Cobo reproduce triunfalmente es su mejor defensa contra los cargos que se le han venido formulando desde hace años con motivo de este episodio. Si el doctor Lavalle Cobo hubiese leído bien el documento, no lo habría publicado. Por su contenido y su tono, por la representación que invoca y las exigencias que, en definitiva, formula, ese documento no sólo no abre una negociación de carácter político, sino que también la hace absolutamente imposible, reduciendo al comodoro a la situación de un auxiliar de las autoridades nacionales que han sido desconocidas por una montonera militar sublevada. Es de su deber dirigirse al Almirante, como delegado de la Autoridad nacional, y lo hace conforme a su carácter de tal. Hubiera sido inadmisible que permaneciera silencioso.

Rosas habla en su nota en nombre de “la Nación Argentina”, no como jefe de una facción. Es, en efecto, el Comandante General de Campaña que ha sido delegado por Estanislao López, al frente del ejército nacional para restablecer el orden y la autoridad provinciales. Estanislao López es el Jefe del Ejército en campaña, designado por la Convención Nacional de Santa Fe, y esta convención es la única autoridad constituida en el país en representación de las soberanías provinciales. Y ha desconocido al “gobierno” de Lavalle y ordenado su allanamiento en nombre de la voluntad nacional.

Delegado de esta autoridad legítima, Rosas se dirige oficialmente al Comodoro Venancourt y en tono de gobernante, pero bajo las formas más amables y corteses del estilo protocolar, le reclama la entrega de los barcos argentinos, dilatando el momento en que esta entrega habrá de realizarse, porque naturalmente carece de los medios materiales para hacerse cargo de los barcos. Está tierra adentro y en campaña.

“Encontrándose –dice– suficientemente autorizado por el poder soberano de la Nación para arreglar y disponer lo que considerase necesario al restablecimiento de las leyes y de las autoridades legítimas”, de la provincia, “requiere de nuevo al Comandante a quien se dirige”, entre otras cosas, “que la escuadra nacional tomada a los insurrectos no sea devuelta, pero sí guardada y en seguridad”.

Le da instrucciones, en suma, y “le agradece” en nombre “de la Nación” que representa, su cooperación al restablecimiento de la autoridad, cosa que interpreta como prueba de que “la Nación francesa ha sabido reconocer al gobierno legítimo de la República Argentina y tomar en conformidad las relaciones de estrecha amistad que la República Argentina conservaba hasta el 1° de diciembre con la Nación Francesa”.

Yo pregunto a los que muestran estas palabras como reveladoras de una alianza política entre Rosas y Venancourt en que podía consistir esa alianza, después de la comunicación que conocemos, excluyente de cualquiera otra solución que no fuese el reconocimiento por el comodoro francés del gobierno legítimo y el acatamiento de su autoridad, con la devolución de los barcos. Pero el comodoro comprendió que con el Comandante de Campaña no había posibilidad alguna de acuerdo, si no rectificaba su conducta y deshacía lo hecho. Prefirió, pues, presionar más enérgicamente sobre el titulado gobierno de Lavalle, como lo hizo, hasta imponerle la humillación contenida en la convención firmada por Juan Andrés Gelly como delegado de los sediciosos.

En materia de comunicaciones a los almirantes franceses, cabe, entretanto, reproducir la del general Lavalle a Leblanc, en diciembre de 1839, donde puede leerse lo que sigue:

“Yo encuentro que los auxilios que se han prestado hasta ahora (por el gobierno de Francia) no son suficientemente eficaces y en consecuencia exijo: un millón de francos para los gastos de guerra, la destrucción de la batería de Rosario y la ocupación del Paraná”.

Como se ve, los casos son distintos.


Rosas y la sublevación de Rosales

En 1830, el general Rosas gobernaba en la provincia de Buenos Aires, “con la regularidad –dice Sarmiento en “Facundo”– que hubiera podido hacerlo otro cualquiera”. Pero los unitarios conspiraban ya, no obstante la normalidad del gobierno, y esto prueba que si, antes del conflicto internacional, fue Rosas enérgico alguna vez, obró también por reacción contra los anarquistas y en defensa del orden.

El general Lavalle organizaba ya la invasión de Entre Ríos con un ejército reclutado en la Banda Oriental, y su propósito era otra vez, indudablemente, derrocar al gobierno de Buenos Aires y fusilar “por su orden” al gobernador. En el mes de septiembre, el comandante del bergantín Sarandí, Leonardo Rosales, se subleva con su barco y zarpa hacia el Uruguay para unirse a las fuerzas del general Lavalle, es decir para combatir al gobierno de su país con sus propias armas. Rosas da orden de atraparlo y, en el mismo sentido, solicita la colaboración de las fuerzas navales extranjeras que están en balizas. De aquí se ha deducido más de una vez que comprometió el principio de la soberanía nacional “al dar intervención al extranjero en nuestras luchas políticas”. Esta parece ser, también, la opinión del doctor Lavalle Cobo. Pero no hay tal.

Rosales, al abandonar la organización militar argentina y huir hacia el extranjero con un barco ajeno, cometía, además de una defección, un delito común que sólo en su pensamiento o en sus propósitos podía estar vinculado a la política del país. En el momento de huir era sólo un delincuente y solicitar su detención por aquellas fuerzas navales no significaba sino eso: la detención de un delincuente que huye con un barco robado. En sumo, se solicitaba la cooperación en una función de policía marítima.

Podría acusarse a Rosas de imprudencia, si la captura del barco pirata por los extranjeros hubiera representado un peligro de hecho para el país, pero es evidente que ese peligro no existía. Cuando años más tarde los unitarios se aliaron a los marinos extranjeros que capturaron para sí la escuadra argentina y utilizaban sus barcos en la guerra contra nosotros mismos –el “San Martín”, con este mismo nombre, libró combates contra los argentinos – el peligro del avasallamiento del país por las fuerzas navales extranjeras era visible e inminente. La captura en cambio, de la “Sarandí”, reintegraba a la armada nacional el barco sustraído. Nada más. Con eso no intervenían los extranjeros en las luchas domésticas. El mismo sentido y el mismo alcance, de colaboración con las autoridades argentinas, hubiera tenido la toma por Venancourt de los barcos sublevados en el Paraná, que también había intentado Rosas. Si Venancourt no prestó esa colaboración fue porque sus intenciones eran otras: de pescador en río revuelto. Pero fue Rosas quien lo puso en su sitio.

Fue Rosas también, ya gobernador de Buenos Aires, quien sin comprometer ninguno de sus derechos soberanos, obtuvo la reintegración de la “Sarandí” a la armada, al requerir su entrega del gobierno de Montevideo. Los uruguayos lo mandaron de vuelta, conforme a los mismos principios internacionales que aplicó hace poco el gobierno argentino, devolviendo a España el vapor “Cabo San Antonio”, que había venido sublevado a nuestro puerto.

 

Rosas y los derechos argentinos a la Patagonia

En este punto el doctor Lavalle Cobo le formula a Rosas un cargo que, de ser valedero, le correspondería al gobierno de Juan Ramón Balcarce. Consiste en decir que “Rosas no procedía como si la soberanía de estos territorios (del Sur) nos perteneciera”, en virtud de que “el gobierno (de Balcarce) dirigía al ministro de Relaciones Exteriores de Chile la siguiente nota que revela (¿en Balcarce?) inseguridad en lo que respecta a la Patagonia…”

El doctor Lavalle Cobo reproduce parte de la nota en que nuestro ministro comunica a su colega trasandino “de orden del gobierno de Buenos Aires” (de Balcarce)  que “sería convenientísimo al más favorable y breve éxito (de la campaña al desierto) que Chile anticipase al mes de diciembre su cooperación lo más posible que el tiempo diese, internando sus fuerzas hasta los ríos Neuquén y Negro, que para ese tiempo deben obrar por ellos los de esta República”.

El doctor Lavalle Cobo es injusto con el general Balcarce y su ministro Maza. En aquellos años, las aspiraciones chilenas a la Patagonia no existían o no se habían manifestado de ningún modo. Quien las promovió con su conocida campaña periodística en “El Progreso”, de Santiago, fue Sarmiento –a quien el doctor Lavalle Cobo defiende de soslayo– en circunstancias en que la República Argentina se hallaba en guerra con Inglaterra y Francia. Mal puede decirse que Rosas revelaba inseguridad sobre nuestros derechos a la Patagonia cuando fue precisamente su gobierno quien los afirmó antes que ningún otro, con motivo del avance de los chilenos que gestionó Sarmiento. En vano se pretenderá trocar los papeles. “El gobierno del infranscrito –decía su Ministro de Relaciones Exteriores, Arana, en nota al gobierno chileno de 15 de diciembre de 1847– está animado a creer que el Excmo. Gobierno de la República de Chile, no abrigará la menor duda sobre los indisputables derechos del Gobierno Argentino al Estrecho de Magallanes y tierras que lo circundan”. (Nota publicada en la “Memoria de R.E. Argentina de 1877”, III,p.51). Y se manifestaba dispuesto a exhibir los títulos. ¡Nada de inseguridad, pues! Rosas produjo otros muchos documentos terminantes en este sentido, hasta su caída. El doctor Teodoro Becú acaba de publicar este documento notable de Rosas en que da instrucciones a De Angelis sobre la cuestión patagónica.

“Marzo 27 de 1848:

“Después que usted, en la memoria que está escribiendo, haya presentado los títulos de soberanía de la Confederación Argentina sobre toda la parte austral del continente americano hasta el Cabo de Hornos, debe ocuparse de tratar la cuestión de derecho, sobre la prescripción de esos títulos o derechos que pueda alegar el gobierno de Chile, por la actual no ocupación de parte de esta República, y hacerlo con toda la extensión que demanda su importancia, aun cuando en ella se ocupe un tiempo mayor y haga salir una obra abultada. De este modo el trabajo será completo y mirará la cuestión bajo todas sus faces. Esto es absolutamente necesario, como usted en su antecedente carpeta reconoce su importancia, haciéndome notar las diferentes opiniones de los publicistas sobre este particular”.

“Tanto más importante es esto cuanto que, si se admitiese como cierta la doctrina del señor Bello y otros publicistas, se abrirá margen a los poderes europeos para ocupar los territorios no ocupados en América por su falta de población, y para sostener tal usurpación. Desde este punto de vista debe usted esmerarse en que su trabajo sea completo; defendiendo la posesión y justo título que todos los gobiernos de América tienen a sus territorios, aun cuando no estén poblados hoy, y muy especialmente el de esta República, a todas las tierras de la Patagonia hasta el Cabo de Hornos.”

En 1864, Chile reducía sus pretensiones a Punta Arenas y al Estrecho y para defenderlas designó a Lastarria Ministro Plenipotenciario en Buenos Aires. En los años corridos desde la reclamación de Arana, los chilenos habían elucubrado nuevos proyectos de colonización, pero circunscriptos siempre al Estrecho y revelaban tanta inseguridad en esto mismo que no habían avanzado un solo paso en 17 años ni atrevídose a iniciar aspiración alguna fuera del territorio que ocuparon por instigación de Sarmiento. No pretendían ni siquiera la totalidad del Estrecho y en 1865, Lastarria propuso “como transacción, la división del Estrecho de Magallanes en la bahía Gregorio…” Y como un diario de su país le atribuyese intenciones sobre la Patagonia lo desautorizó enérgicamente en estos términos de su nota al Ministro de Relaciones Exteriores, doctor Rufino de Elizalde: "Que aquella acusación (sic) era completamente falsa. Que no debía autorizarla con su silencio. Que el punto relativo al dominio de la Patagonia no había figurado en las discusiones, y por último, que ni en la discusión verbal ni en las proposiciones escritas se hizo por su parte cuestión, ni siquiera mención de los territorios de la Patagonia dominados por la República Argentina”. (“Memorias de Relaciones Exteriores”. 1869, p. 64).

Hasta 1872, la cuestión de límites se redujo al Estrecho. Pero Domingo Faustino Sarmiento, Presidente de la República desde el 68 era más chileno que Lastarria y menos argentino que Varela. No estaba satisfecho con su campaña del 1842. Fue Sarmiento también quien acreditó al señor Frías, Ministro Plenipotenciario en Chile, para renovar el tratado de comercio del 56 y proseguir la discusión de límites, es decir la de la desocupación de Punta Arenas. Pero entonces ocurrió algo extraordinario, que las nuevas generaciones ignoran porque la gloria oficial de Sarmiento no ha permitido que se difunda en el país. Al tiempo que el gobierno de Chile, por órgano de su canciller Ibáñez, insistía en reconocer la jurisdicción argentina en las costas del Atlántico (nota del gabinete de Santiago a la legación argentina) el plenipotenciario de Sarmiento proponía, por iniciativa de nuestro gobierno, esta monstruosidad al canciller chileno: “Tomar como punto de partida de la línea divisoria en el Estrecho de Magallanes, la bahía Pechett, desde la cual correría en dirección al Oeste hasta tocar con la Cordillera de los Andes”.

“De esta manera Chile tendría la prosperidad de toda la península de Brunswick, en que está situada la colonia de Punta Arenas, y en la que hallaría todos los elementos necesarios para su desenvolvimiento”.

“Fijando V.E. la vista en la costa del Estrecho –continuaba el señor Frías– observará que Chile posee ya más de la mitad del territorio que lo forma; avanzando hasta el istmo de la península se extendería aún más hacia el Oriente, quiero decir hacia la boca del Atlántico. Quedaría esta República (Chile) en posesión de las dos terceras partes del terreno disputado”. (Nota del señor Frías al Ministro de Relaciones Exteriores de Chile, de 1° de octubre de 1872, publicada en el Apéndice a la Memoria de Relaciones Exteriores Argentina de 1873, pág. 4).

Es decir que, enviado a tratar la grave cuestión del territorio invadido, el Plenipotenciario de Sarmiento concedía otros territorios, en gestión oficial. Así nacieron oficialmente las aspiraciones de Chile a nuestros dominios. Ante la debilidad notoria del enemigo se ampliaron y concretaron sus exigencias. En la respuesta a Frías, el ministro Ibáñez propuso “dividir por mitad todo el territorio de la Patagonia”.

Pero en 1833, época de Balcarce y de la campaña de Rosas contra los indios del Desierto, ningún gobierno chileno había pensado siquiera en la posibilidad de arrebatarnos tierra a través de los Andes. Condenar a Balcarce en 1833, porque no previó los caprichos de la fantasía chilena, y absolver, a la vez, a Sarmiento que hostigó esa fantasía en 1843 y le dio nuevas alas en 1872, desde la Presidencia de la República, es una verdadera extravagancia del doctor Lavalle Cobo. Y derivar, luego, de todo esto un cargo contra el nacionalismo de Rosas es jugar a las charadas y proponernos un rompecabezas sin solución posible.

Rosas, por otra parte, estaba en campaña cuando la comunicación de Maza a su colega trasandino. Salió de Monte en marzo; la comunicación es de abril. Por último, ¿qué peligro podía significar la presencia del ejército chileno por resolución nuestra sobre los ríos Negro y Neuquén si en la misma, la primavera del año 33, como dice Maza en su nota, el ejército argentino estaría en la misma región?


Rosas y las islas Malvinas

Los que, en nombre del espíritu nacional –la inmensa mayoría de los argentinos– reclamamos la reivindicación de nuestros derechos a las Malvinas, no nos hemos detenido nunca a considerar las ventajas positivas que nos aportaría su reintegración al país. Esas tierras tienen para nosotros un valor ante todo sentimental, es decir principalmente vinculado al sentimiento de la dignidad argentina, ofendida por los piratas ingleses con un acto inicuo de despojo por la fuerza. Es en el despojo donde reside el agravio, y es el agravio lo que subleva el sentimiento nacional y lo ha movido, tantas veces, a exigir una reparación, desgraciadamente imposible, por ahora.

Así pues, los argentinos hemos hecho de las Malvinas una cuestión, no de conveniencia, sino de honor. No hicimos la misma cuestión, aunque también se lastimasen nuestros sentimientos, cuando al adoptar la política del arbitraje admitieron nuestros gobiernos ceder otros territorios, en virtud de laudos adversos, a los vecinos que los habían puesto en litigio. Hemos sido dañados, sin duda, por esa política de debilidad y de transacción, pero no ofendidos. Es una política desventurada, no deshonrosa, que acatamos por voluntad propia, no por imposición extraña.

Si la Gran Bretaña desagraviase a la dignidad nacional, y, reconociendo los derechos argentinos a las Malvinas y la sinrazón de su atropello, buscara deshacer el entuerto, podríamos honorablemente aceptar negociaciones para llegar a un acuerdo de voluntades. Tal vez hoy, convertidas las Malvinas, por una tradición de 100 años, en el símbolo de la nacionalidad humillada por el extranjero, ningún acuerdo posible sería aceptable. Pero si la cesión de las Malvinas a Inglaterra significase mañana la liberación del país de la tenaza inglesa, que ha subordinado nuestros gobiernos a sus capitales por medio de la política conquistadora de los empréstitos en Londres, no creo que ningún argentino, ya lavada la ofensa, mantuviese una postura sentimental que nadie, por otra parte, adoptó hace un año cuando fue entregada Yacuiba a los yanquis de Bolivia.

Esa era, en tanto, la situación del país, en 1842 y 43, cuando vino a Buenos Aires el señor Falconet, a exigirnos el pago de la deuda con Inglaterra, garantizada por todo el territorio nacional.

Así habíamos sido hipotecados por Rivadavia.

El doctor Lavalle Cobo acusa a Rosas. Pero ¿de qué lo acusa? ¿De haber renunciado a los derechos argentinos sobre las islas? ¡No! Ni podría acusarlo de ese crimen sin caer en contradicción con su propio informante, el doctor Pedro Agote, cuyas noticias son las únicas que invoca en su relato. En el artículo del doctor Lavalle Cobo nada hay que no esté consignado en el Informe sobre el Crédito Público del doctor Agote; pero en el informe del doctor Agote hay mucho más de lo que el doctor Lavalle Cobo consigna en su artículo.

Las notas de Insiarte, ministro de Rosas, proclaman, precisamente, como lo dice Agote, el reconocimiento de los derechos argentinos a las Malvinas por el gobierno inglés, como cuestión previa a cualquier otra. El doctor Lavalle Cobo omite este “detalle”, tal vez porque no le ha atribuido importancia. Pero la omisión no interesa. El hecho es ese, y lo que importa es el hecho, no la forma literaria como haya sido presentado. Tampoco interesa que en el artículo se cite mal al doctor Agote y se sustituya, por error, al transcribir sus palabras, la expresión “pago de la deuda” con la de “pago de los servicios adeudados”. Es fundamentalmente distinto, desde luego, pero este error también es subsanable, pues cabe siempre la rectificación en los términos para poner las cosas en su sitio.

El doctor Lavalle Cobo también ignora en su artículo cuál era la garantía del empréstito y no resulta entonces de su relato que el ofrecimiento de las Malvinas en “pago de la deuda” –no de los servicios adeudados– significaba levantar la hipoteca hecha por los rivadavianos, sobre todo el territorio nacional, instituido en garantía de la deuda. El relato del doctor Lavalle Cobo es, pues, incompleto. Quien no conozca, en sus distintos aspectos, la historia del empréstito y las condiciones atroces en que fue contratado por los unitarios, no entenderá nunca la actitud de Don Juan Manuel en 1843 y 44.

Hay que completar ese relato, con ayuda de Agote, Garrigós, Agustín de Vedia – los tres unitarios– y algunos documentos de la época.

 

Cómo se contrató el empréstito

La ley que autorizó el empréstito inglés de 1.000.000 de libras (5.000.000 de pesos fuertes) es de la Provincia de Buenos Aires (noviembre 28 de 1822) y fue inspirada por Rivadavia para realizar sus planes de loco visionario. El empréstito se formalizó en Londres el 1° de julio de 1824 por intermedio de los banqueros Baring Brothers y Cía. La primera entrega se hizo en julio 12 y del producto neto de la operación, de 700.000 libras (3.500.000 pesos fuertes) la firma emisora retiró, de acuerdo con el contrato, la suma de 130.000 libras para atender el servicio de interés y amortizaciones durante los dos primeros años. Los pagos quedaron así asegurados hasta el 12 de enero de 1827, fecha en que al Gobierno de la Provincia habría correspondido hacer frente al servicio del quinto semestre, si la ley del 28 de enero de 1826 no hubiese creado el Banco Nacional incorporando al capital de la nueva institución los tres millones de pesos fuertes que provenían del empréstito inglés y que estaban destinados a otros fines. Días después, el 7 de febrero, asumía la Presidencia de la República el señor Rivadavia. Al responsabilizarse de la operación, el P.E.N. afianzó las seguridades de su cumplimiento en forma que Don Pedro Agote (no citado aquí por el doctor Lavalle Cobo) expresa en los siguientes términos: “La Nación, que para formar el Banco Nacional en 1826, dispuso de los $ fr. 3.000.000 pertenecientes al empréstito inglés, aceptó como consecuencia de este hecho su responsabilidad y el ministro de Hacienda Nacional (que era Don Salvador María del Carril) en nota de abril de 1826, comunicó a los señores Baring Brothers y Cía. que tomaba medidas para asegurar el servicio, haciéndoles notar que el empréstito estaba ahora garantido por todo el territorio de las Provincias Unidas del Río de la Plata”.

Y agrega el doctor Agote: La Nación no pudo, sin embargo, llenar esta obligación y el servicio de la deuda se interrumpió, lo mismo que las relaciones con los señores Baring Brothers y Cía.”

Así quedaba hipotecado al pago de la deuda todo el territorio nacional.

 

La compra de las onzas de oro

Al aproximarse el 12 de enero de 1827 –fecha del vencimiento del 5° semestre– el Gobierno de Rivadavia descubre que ha contraído un compromiso terrible. Sus financistas han fracasado y sus dificultades son enormes. Se convino entonces en comprar onzas de oro que valían 19 pesos. “Era preciso guardar secreto –dice Agote– para que no se advirtiese que había en alguna parte necesidad urgente de ese oro y subiese su valor en plaza".

Pero no se guardó secreto. El Ministro de Hacienda aseguraba ante el Congreso “que el 12 de enero de 1827 serían pagados puntualmente en Inglaterra 30.000 libras (intereses) y algo más (amortización ½ %)…” El Ministro de Gobierno (que era Don Julián Segundo de Agüero) agregó: “Aun cuando por una fatalidad fuese forzoso comprar las onzas a 50 pesos, a ese precio deben comprarse para salvar el crédito argentino”. Y así se hizo, en efecto, en esa ocasión. (Agustín de Vedia. “El Banco Nacional”, pág.110).

Los rivadavianos seguían haciendo de las suyas. El país salvó su crédito, pero debió comprar las onzas con un papal depreciado en casi un 300% y esa depreciación fabulosa benefició a los felices vendedores. ¿Quiénes eran ellos? Tal vez algunos de los adinerados ciudadanos que el 6 de agosto de 1827, encabezados por Rivadavia, se obligaron a garantizar el pago de los intereses y amortización, hasta un año después de terminada la guerra con el Brasil.

Esta garantía, naturalmente, jamás se hizo efectiva.

 

Lo que entró al país del empréstito inglés

El servicio de la deuda se suspendió en el sexto semestre (Vedia, ob. cit.) y en fecha 9 de septiembre de 1827 (Agote, pág. 17) el gobierno de la Provincia reasumió la responsabilidad del empréstito. Era gobernador el coronel Manuel Dorrego, que acaso ya entonces estaba condenado a muerte, aunque, sin duda, Lavalle lo ignoraba todavía. La guerra con el Brasil había servido de pretexto a los mayores abusos y desaciertos durante la Presidencia de Rivadavia. Añadiré, para decir estrictamente la verdad, que del empréstito inglés lo que realmente entró al país, si algo entró de Inglaterra, fue una suma irrisoria, como que la operación real consistió principalmente en emitir documentos de crédito sobre los comerciantes ingleses de la plaza: ingleses de nacionalidad, pero con capitales formados o acrecidos en el país. Los ingleses, pues, nos prestaron lo nuestro y después nos lo cobraron con intereses como si fuera de ellos.

 

La verdadera causa del fusilamiento de Dorrego

Oigamos lo que, relativamente a las angustias que estos desaciertos crearon al gobierno del Coronel Dorrego, dice el doctor Garrigós, en el informe que elevó al Directorio del Banco de la Provincia, en 1873 (p. 18):

“El Presidente de la República (Rivadavia) no tenía otra fuente de recursos inmediatos que el oro y los billetes del Banco, cuya emisión fue autorizada hasta nueve millones y medio, sin que interviniera la ley, no obstante que había pasado el primer año en que competía reglarla al Ejecutivo”.

“El Gobierno de la Presidencia había desaparecido y entró a subrogarle el de la Provincia de Buenos Aires, a quien se encargó la dirección de la guerra”.

“Encontraba el Tesoro exhausto, sin poder echar mano del crédito por los arbitrios de empréstitos exteriores o en la plaza, arbitrios que ya se habían empleado y que de seguro ante la situación política que el país cruzaba no prometían buen éxito y menos realización inmediata…”

Para hacer frente a esta situación de ruina, agravada  por la necesidad de pagar los dividendos del empréstito hasta el 12 de enero de 1828, Dorrego se vio forzado a autorizar la venta en Londres de las fragatas “Asia” y “Congreso”.

Pero fue lapidario con quienes habían engendrado ese estado de cosas y no dejaron de conocerse en el país los pormenores del arreglo que, para crear el Banco Nacional, se había hecho con los “propietarios” del Banco de la Provincia, seres privilegiados a quienes, por ser extranjeros y en su mayoría ingleses radicados en Inglaterra, se les admitió sus acciones depreciadas con una prima del 40%. ¡Por cada acción de $ 1.000  se le reconocieron $ 1.400!

Dorrego denunció también, en su primer mensaje a la Legislatura, el desquicio en la administración de los fondos aplicados al ejército de operaciones durante la guerra con el Brasil. “La contabilidad estaba en desorden. Los depósitos tomados del enemigo no existen” Y con relación a la misteriosa Compañía de Minas creada por Rivadavia, de la que éste fue “presidente” y que motivó luego páginas tan sabrosas de Don Vicente Fidel  López en su “Historia Argentina”, el héroe de Tucumán y de Salta pronunciaba estas palabras  imprudentes con las que probablemente confirmó la terrible sentencia que había de fulminarlo después:

“Pero el gobierno se encuentra con un recurso de la expresada compañía, recibido por el último paquete, en que reclama a la provincia la cantidad de 52.520 libras esterlinas (262.600 pesos fuertes) por los gastos de aquella empresa. El engaño de aquellos extranjeros y la conducta escandalosa de un hombre público del país que prepara esta especulación, se enrola en ella, y es tildado de dividir su precio, nos causa un amargo pesar”.

Cuando en diciembre del año 28, vuelve del Brasil Lavalle con su división, los unitarios, entre ellos algunos de los hacendados de las onzas, ya habían acordado en secreto la eliminación de Dorrego. Pero los argumentos con que persuadieron a Lavalle fueron de índole más elevada y hasta filosófica. Hay cartas que lo prueban.

Muchos años más tarde, Don Juan María Gutiérrez, también unitario, pero no hombre de negocios, descubría y confesaba que Dorrego fue un patriota y que su sangre había manchado para siempre la historia de su partido.

 

El empréstito y el motín de diciembre

El motín de Lavalle, instrumento ciego en manos ocultas, fue costeado con los dineros del Banco Nacional. De su tesoro salieron también los 275.000 pesos con que, bajo el gobierno sedicioso de diciembre, se gratificó a los coroneles del ejército sublevado “teniendo  en vista –dice el decreto que lo ordena– la necesidad de ponerlos a cubierto de los sucesos venideros” (Registro Ofic. De 1829. Decreto citado por Groussac, “Estudios de Historia Argentina”, pág. 205).

 

Cómo ofreció Rosas las Malvinas

Rosas llega por segunda vez al gobierno en 1835. Las islas Malvinas nos han sido tomadas por Inglaterra años atrás. Los unitarios, enceguecidos por su odio de facciosos, se convierten en los auxiliares de las ambiciones extranjeras. Desde 1838 en adelante, la guerra, el bloqueo francés de dos años y la desconfianza en un país así anarquizado, arruinan la economía, el comercio, las finanzas nacionales y nuestro crédito exterior. Cuando la guerra va a concluir, Inglaterra y Francia la prolongan, como hemos visto, con sus agresiones, que luego sus gobiernos reconocen injustas. A las intimaciones de Mandeville, y los atropellos estudiados de Purvis, se suma la oposición de Falconet  en Buenos Aires.  Los acreedores ingleses, Baring Brothers y Cía. acuden embozadamente al cobro compulsivo de la deuda, cuya garantía es todo el territorio nacional. Ellos insinúan, según Saldías, la entrega, en pago, de las islas Malvinas, que son parte de ese territorio, criminalmente comprometido por los financistas unitarios.

Rosas hace frente a la situación y desbarata la maniobra. Su ministro Insiarte, en nota de febrero 17 de 1843, comunica a Falconet, que ha asumido oficialmente la iniciativa por medio de su ministro en Londres. ¿En qué consiste ella? Reconozca el gobierno inglés los derechos argentinos a las Malvinas y podrá entonces el gobierno responder con esa parte de nuestro territorio a los compromisos contraídos insensatamente por Rivadavia y del Carril. Es el doctor Pedro Agote quien así lo establece en términos claros: “Esta nota (la primera de Insiarte a Falconet ) abunda en consideraciones acerca de los derechos de la República a aquellas islas, y la confianza que tiene de que ellas sean reconocidas por el gobierno británico (pág. 18). La respuesta inglesa es dada indirectamente por el almirante Purvis. El 13 de abril “arresta” a la escuadra argentina y la extorsión prosigue escandalosamente a lo largo del año 43. 

“El ministro doctor Insiarte –dice luego el doctor Agote (pág. 18)– en nota de 20 de marzo de 1844 reitera el ofrecimiento de las islas Malvinas e insiste en la legitimidad de los derechos de la República al territorio de dichas islas, cuya cesión a los prestamistas ingleses era el medio más pronto y eficaz para cubrir la deuda”.

Pero, ¿podría Lord Aberdeen reconocer la usurpación de Inglaterra? Evidentemente, no. La condición previa impuesta por Rosas significaba en el orden de los principios una afirmación rotunda de los derechos argentinos y en la práctica era de realización imposible, porque proponía lo que los ingleses no podían aceptar. Ganó tiempo, entre tanto; paralizó los apremio de Falconet y le quitó al enemigo uno de los pretextos que utilizaba  para crearnos el conflicto deseado. Inglaterra no aceptó, desde luego, la proposición del ministro Insiarte, hecha por órgano de Moreno, y algún tiempo después, en alianza con los franceses y como supremo recurso de intimidación, cometieron sus marinos lo que se ha llamado “el robo de la escuadra argentina”; bloquearon nuestras costas, invadieron el país por el río Paraná e intentaron reducirnos por la fuerza.

Pero las Malvinas no fueron cedidas en derecho a los ingleses.

Entre tanto, Varela  y sus amigos de Montevideo gestionaban la desmembración de Entre Ríos y Corrientes y Sarmiento incitaba a los chilenos a que ocuparan el Estrecho de Magallanes con la doctrina de que “un territorio limítrofe pertenecerá a aquel de dos estados a quien su ocupación aproveche sin dañar ni menoscabar los intereses de otro”. Así, “en odio a Rosas, que era un accidente de la política argentina, se atacaba la integridad de la Nación…” (Pelliza, “La Dictadura de Rosas”). Hacia los mismos años, los emigrados en Santiago trabajaban por la incorporación  a Chile de las provincias de Cuyo.

Estos eran los patriotas, los nacionalistas auténticos…


V - CONCLUSION

Rosas, figura patricia, “de rasgos imperiales, clásicos en toda forma”, “recio, gubernamental, inclemente” en su “lucha abierta y ruidosa con nacionales y extranjeros para consolidar su poder en el centro de una gran capital histórica”  (Vicente F. López), “fue lo que el país quiso que fuese” (Zinny). Campeón del “honor nacional” (San Martín), resistió “gloriosamente a las pretensiones de una potencia europea” (Sarmiento), cuyas agresiones fueron “la más escandalosa violación del derecho de gentes” (Lamartine). “Sin arredrarse del poder de nuestros enemigos” (Necochea) , desde un gobierno  que “ fuere lo que fuere, es nacional” en “presencia de la Francia” (Lavalle), infringió al gobierno de esa Francia una “derrota diplomática” como “jamás hubo más completa en todos los puntos” (Thiers).

“Proclamó altamente su programa político, la reconstrucción del virreynato de Buenos Aires” (Salvador María del Carril), en cuya ejecución sus adversarios le combatieron, concitando contra él “todas las antipatías que el mismo objeto”  despertaba en su facción, aliada, “por un indigno espíritu de partido” (San Martín), “con todo elemento  europeo  que venga a prestarle su apoyo” (Sarmiento).

“Reincorporó la Nación” (Sarmiento) y creó en ella “el respeto a la autoridad” que antes de él no existía, “enseñando a obedecer a sus enemigos y a sus amigos” (Alberdi). “Grande y poderoso instrumento que realiza todo lo que el porvenir de la patria necesita” (Sarmiento), bajo su gobierno vivió Buenos Aires “en un pie de prosperidad admirable” (Herrera y Obes). Administrador pulcro de los dineros fiscales (Ramos Mejía), su “honradez administrativa” le ganó la confianza del “Comercio y el extranjero” (Terry) y la gratitud de los acreedores del país “por las seguridades de pago ofrecidas por el gobierno argentino” (Baring Brothers). Y “cumplió esta promesa (o seguridad) espontáneamente” (Pedro Agote).

“El temple de su voluntad, la firmeza de su genio, la energía de su inteligencia no son rasgos suyos, sino del pueblo que él refleja en su persona” (Alberdi), pueblo que lo acompañó siempre en sus empresas, oponiéndose activa o pasivamente a sus enemigos, cuyo ejército, ya en 1829 sintió el vacío a su alrededor y llegó, desde Buenos Aires, “a la ciudad de Córdoba, sin que una sola persona se hubiese puesto en inteligencia” con sus jefes (Paz). “Nunca hubo gobierno más popular, más deseado ni más sostenido por la opinión” (Sarmiento) que el suyo de 1835. La campaña “libertadora” de 1840 sólo encontró adictos a Rosas en el camino, “hordas de esclavos” (¡), “muy contentos con sus cadenas” (Lavalle).  En las vísperas de Caseros, los nuevos “libertadores” de la provincia de Buenos Aires, ante la “absoluta concurrencia de todos los habitantes de la campaña a las filas del tirano” (César Díaz), se quejaban “de que no habían encontrado en ella la menor cooperación, la más leve simpatía” (Urquiza), confesando “que el prestigio de su poder en 1852 era tan grande o mayor tal vez de lo que había sido diez años antes y que la sumisión y aun la confianza del pueblo en la superioridad de su genio no le habían abandonado jamás” (César Díaz).

Y este “perfecto hombre de Estado” (Brossard), que “conocía los secretos de los gabinetes europeos” hasta el punto de que “no había gobierno en Europa tan bien informado como el de Rosas ni tan ilustrado por sus agentes” (Thiers); este defensor de América, cuya energía probó “que la Europa es demasiado débil para conquistar a un estado americano que quiere sostener sus derechos” (Sarmiento) y a quien “debe la República Argentina en estos últimos años haber llenado de su nombre, de sus luchas y de la discusión de sus intereses, el mundo civilizado, y puéstola más en contacto con la Europa” (Sarmiento); este “hombre notable” que dio “a su país un nombre y un lugar tan permanente como no conseguirá pronto ninguna otra nación sudamericana” (The New York Sun); este “Formidable caudillo” (Martiniano Leguizamón), que “defendió a su país como pocos lo habían defendido” (Octavio Amadeo), “sosteniendo el honor y la integridad de su territorio” (Martiniano Leguizamón) y “los derechos de la Nación contra las miras extrañas”  (Ferre), “miras siniestras de los enviados de Francia y de Inglaterra” (Vicente López y Planes); este gobernante extraordinario, en fin, que “era la encarnación de la voluntad del pueblo” (Sarmiento) y que prestó al país “servicios muy altos”, “servicios cuya gloria nadie podrá arrebatarle” (Urquiza), fue, sin embargo, calumniado “a designio” (Sarmiento) por los enemigos que le reconocían cuanto he transcripto en estas páginas, y murió en la miseria, desterrado entre los ingleses, después de haberle sido confiscados sus bienes por una resolución de sus enemigos que “era un atentado” (Mitre) y en cuya virtud –se dijo en un decreto de 1853– “han sido disipados en parte, y aun quizá convertidos en provecho de los que ningún derecho han podido alegar a ellos” (Urquiza).

Hasta hoy las calumnias y las imposturas “a designio” han triunfado en la historia oficial, embaucando a las generaciones y volviendo contra la verdad aun a los hombres de buena fe, como el doctor Lavalle Cobo.  Por lealtad a maestros que no fueron leales con sus discípulos, las leyendas engañosas se siguen propalando a todos los vientos.  Nadie está exento de culpa, sin embargo, entre los que pregonan el error, porque las pruebas de la verdad aparecen a la vista y se conocen los documentos que demuestran cómo la historia ha sido falsificada deliberadamente. Dejemos a un lado a Sarmiento, que confesó más de una vez, con cinismo “genial”, sus propias supercherías y desfachateces, y a Alberdi, que mintió siempre, y se contradijo, por principio dialéctico. El criterio de la mistificación histórica erigida en sistema fue  definido por Salvador María del Carril, en carta a Lavalle, con más claridad y brillo literario que cualquiera de los otros conspiradores. Esa carta es una página que explica toda la historia escrita por los unitarios y sus discípulos. Hay que releerla siempre. Yo aconsejo su lectura al doctor Lavalle Cobo. Ella dice:

“Incrédulo como soy de la imparcialidad que se atribuye a la posteridad; persuadido como estoy de que esta gratuita atribución no es más que un consuelo engañoso de la inocencia, o una lisonja que se hace nuestro amor propio o nuestro miedo; cierto como estoy, por último, por el testimonio que me da la historia, de que la posteridad consagra y recibe las disposiciones del fuerte o del impostor que venció, sedujo y sobrevivió, y que enfoca los reclamos y protestas del débil que sucumbió y del hombre sincero que no fue creído, juro y protesto que no dejaría de hacer nada de útil por tan vanos temores. Si para llegar es necesario envolver la impostura  con los pasaportes de la verdad, se embrolla; y si es necesario mentir a la posteridad, se miente y se engaña a los vivos y a los muertos, según dice Maquiavelo. Los hombres son generalmente gobernados por ilusiones, como las llamas de los indios por hilos colorados”.

He aquí el espíritu con que ha sido escrita la historia del país por los impostores que vencieron, sedujeron y sobrevivieron para mentir y embrollar, engañando a los vivos y a los muertos. Son muchos todavía los hombres de buena fe que se dejan gobernar, en sus juicios y opiniones, como las llamas de los indios, por arabescos retóricos. Pero no somos pocos los que, reaccionando contra el escepticismo corrosivo que destilan las palabras transcriptas, mantenemos viva nuestra fe en la virtud soberana de la verdad y en su triunfo final sobre las supercherías de una literatura cada día menos afortunada en sus tentativas maliciosas. Creemos también en la eficacia de nuestros esfuerzos y no tememos la contradicción que tenga del lado de los adversarios, a quienes quisiéramos ver más activos en la defensa de sus historias.

“Día llegará –pensamos como Don Juan Manuel en el destierro– en que, desapareciendo las sombras, solo queden las verdades, que no dejarán de conocerse, por más que quieran ocultarse entre el torrente oscuro de las injusticias”.

          Abril de 1939.

lunes, 11 de enero de 2021

El nacionalismo de Rosas

 REVOLVIENDO LA BIBLIOTECA

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En esta sección que llamamos "Revolviendo la biblioteca", incluimos distintos artículos de gran interés histórico, poco conocidos por el público en general, publicados hace ya muchísimos años. 

Encontramos este artículo de Roberto de Laferrère publicado en la "Revista del Instituto Juan Manuel de Rosas de Investigaciones Históricas" N° 2 y 3 de agosto de 1939, quien refuta un trabajo del Sr. Jorge Lavalle Cobo, publicado en el diario "La Nación" en enero de aquél año. Ese artículo Laferrère lo transcribe al final de su obra. Como por su extensión no podemos publicar in totum el trabajo de Laferrère, lo hemos dividido en varias partes. La primera parte que incluye el trabajo de Lavalle Cobo, lo publicamos en "Revolviendo la Biblioteca 12", con el primer capítulo, en "Revolviendo la Biblioteca 13", el segundo capítulo y en el presente el tercer capítulo




EL NACIONALISMO DE ROZAS (3)

Por Roberto de Laferrère


III - LAS AMBICIONES DE FRANCIA EN AMERICA

Por su valor económico, el real y el posible, o imaginario, en todas las épocas América atrajo el interés y despertó la codicia del mundo. Desde su descubrimiento fue una pieza fundamental del equilibrio europeo, cuyo dominio concedía preponderancia o compensaba desventajas. Nunca, pues, su consideración dejó de influir en las situaciones y los acontecimientos de Europa, ya fuesen ellos pactos o conflictos. Porque se le negaba la libertad de comercio en Sud América, rechazó Inglaterra en 1667 una alianza con España. Ni a ingleses ni a españoles ocultábase que el verdadero dominio de América consistía en el dominio de su comercio, a la zaga del cual vendría, para quien lo ejerciese, el imperio político sobre sus tierras y sus pueblos. Después veremos cómo la conducta de Thiers y su partido con relación al Río de la Plata, desde 1838 a 1850, estuvo regida por el mismo concepto.

                 

En los tiempos de Carlos IX  y Enrique IV

Era antiguo, por lo demás, en Francia, y ya en tiempos de Carlos Nono, hacia 1555, esa conquista comercial de América era la finalidad con que se prestigiaba la célebre expedición de Villegagnon, organizada por el almirante Coligny, después de la noche de San Bartolomé. Cualquiera fuese la secreta inspiración, religiosa o no, que animase al jefe hugonote en su empresa, lo cierto es que entonces “se decía abiertamente –afirma de Thou, en su “Historie Universelle”, II, 381– que ese (la expedición) era el medio de extender la gloria del nombre francés y debilitar las fuerzas de los enemigos que obtenían en esas regiones poderosos recursos para hacer la guerra: Que el ejemplo de los franceses de mucho serviría para abrir a las naciones extranjeras el camino en esa parte del mundo: de suerte que dando la libertad a los americanos se establecería con ellos un comercio público y común a todas las naciones, comercio del cual los españoles, por el yugo insoportable que habían impuesto a esos pueblos, obtenían todo el provecho”.  Enrique IV promovió, hacia 1611, otra expedición tan desgraciada como la anterior. Estos fracasos, en los que el clima y las fiebres influyeron tanto como las luchas religiosas suscitadas entre los expedicionarios, orientaron los esfuerzos colonizadores hacia el Norte de América, cuyo éxito parece innecesario destacar, por su notoriedad. Allá arriba, en conquistas brillantes, quedaron consagradas en América las viejas virtudes guerreras del gran pueblo francés.


Las maquinaciones napoleónicas

A fines del siglo XVIII y a principios del XIX, las actividades de sus agentes secretos conmovieron más de una vez la apacible vida colonial de Buenos Aires. Carlos Roberts, en su interesante y documentado libro sobre “Las Invasiones Inglesas del Río de la Plata” nos da un cuadro de esas actividades más o menos ocultas. Aquel conde Santiago Luis Enrique de Liniers, hermano del que fue héroe de la Reconquista, era, según todos los indicios, un conspirador militante que tramó conjuraciones y asonadas.  En 1795 fue acusado con otros franceses y el milanés  Antonini de preparar una revolución cuyo plan habría descubierto Alzaga, alcalde de primer voto; y, en 1803 presentó una memoria a Napoleón, entonces Primer Cónsul, en la que sugería “que Francia hiciera de Montevideo una colonia francesa”, lo mismo que Thiers creyó haber logrado bajo el gobierno de Rosas.

En cuanto a las intenciones de Napoleón, parecen definitivamente aclaradas, en el sentido de que preparó un golpe de mano en el Plata, tentativa que Inglaterra, siempre alerta aquí a los movimientos franceses, desbarató, anticipándole el golpe propio de 1806, repetido el año siguiente. Más que España  interesábanle a Napoleón sus colonias o los tesoros de éstas, que ya le habían costeado sus luchas contra Inglaterra en virtud de un acuerdo secreto con España.


Proyectos de Inglaterra y los emigrados franceses

Por los mismos años, se suceden los proyectos de crear monarquías de casas reales europeas en tierras americanas. Dos son especialmente dignos de mención por el papel que en ellos asume ese Luis Felipe el Pacífico, con cuya bonhomía argumenta el doctor Lavalle Cobo para concluir que Francia no pudo abrigar bajo su reinado intenciones imperialistas en estas lejanas latitudes. El primero de estos proyectos, fechado el 26 de diciembre de 1805, fue escrito, según Roberts, por el Conde de Monferrand, francés emigrado en Inglaterra. Consistía en coronar por el gobierno inglés en Méjico a un príncipe de la casa Borbón, que era Luis Felipe, precisamente. El otro es del propio Luis Felipe, quien en una larga memoria  elevada al mismo gobierno, “propone se formen varias monarquías independientes, a lo que estarían conforme sus habitantes. Como excepción, debe Inglaterra, para su comercio, apoderarse de Cuba y de Puerto Rico. Considera que se debe empezar por Méjico…”  ¡Y ofrece su servicio a la empresa.


La política de la santa alianza

La política de coronar príncipes europeos en los países americanos es retomada, a la caída de Napoleón, y en los años que siguen, por los países de la Santa Alianza, que proclaman el principio de la “legitimidad” como fundamento del derecho público. De allí nace su apoyo al Brasil, constituído en Imperio, y la hostilidad que manifiestan por las Repúblicas hispano-americanas, “sin ilustración y sin verdadero patriotismo, aquejadas de incesantes convulsiones”, según el conde de Nesselrode. Canning mismo “favorecía el establecimiento de reinos americanos, con el fin de combatir los males de la democracia universal y de impedir que se estableciese una línea de separación entre ambos mundos, en detrimento de Europa, cosa que él mucho temía (Oliveira Lima, “Formación histórica de la Nacionalidad Brasileña”). Y Metternich, canciller de Austria y jefe de la coalición de los tronos, definía en estos términos la política contrarrevolucionaria de la Santa Alianza, en una memoria que se envió a todas las cancillerías de Europa: “Los soberanos europeos tienen dos grandes intereses en los asuntos americanos, y deben examinar dos grandes cuestiones. La primera de éstas es la de la conservación de los derechos legítimos de las familias reinantes; la segunda la del mantenimiento del principio monárquico contra los progresos de la democracia universal, en tanto que esto pueda lograrse. Lo demás nos interesa muy poco. Siempre que la soberanía legítima  no quede aniquilada o desalojada, puede sernos indiferentes que las provincias de ultramar se llamen colonias o reinos, es decir que las gobiernen las autoridades, las cortes y los tribunales de Madrid o de Lisboa, o bien que gocen de una legislación particular y de una administración independiente de sus antiguas metrópolis. Y llegamos a un punto esencial. Ninguno de esos intereses supremos, atacados y heridos de muerte en la insurrección de las colonias españolas, ha sido comprometido directamente con la emancipación del Brasil y con la proclamación del Imperio”.

Entre nosotros, la política de la Santa Alianza y, sobre todo, la influencia directa de Inglaterra, ya había provocado las veleidades monárquicas de los directoriales  y su inteligencia secreta con los portugueses cuando la entrega de la Banda Oriental al general Lecor. Los hombres del partido “europeísta”, o “civilizado”, los unitarios de todas las épocas, fueron los auxiliares de la Santa Alianza en el país y luego, aisladamente, de dos de los países que la habían integrado o apoyado: Francia e Inglaterra.

Los propósitos de dominación europea en América, por razones políticas y comerciales, “intereses supremos”, pueden encontrarse, pues, no en las instrucciones expresas del almirante Leblanc, pero sí en la política general de los países europeos cuyos fines están consignados por escrito en un millón de libros que andan por el mundo.


Bajo Carlos X de Borbón


Carlos X
El Brasil apoyaba esas miras europeas en Sud América. Un  escritor argentino, José Tomás Guido, hijo del prócer de su apellido, que fue uno de los hombres mejor informados de su época y de tan claro talento político, escribía en 1851 que no “se habían borrado de la memoria los designios y los vínculos que ya se había intentado estrechar entre la Corte Imperial y la de Francia bajo Carlos X. La independencia americana no había sido reconocida  después de la restauración de los Borbones; y no faltaron profundas y ardientes intrigas para monarquizar el continente, presididas por el gobierno francés, aplaudidas por el imperio brasilero y acogidas por la Santa Alianza” (“Escritos”, artículo “Un príncipe de Orleans en la Guayana Francesa”). Y en 1864, cuando el gobierno desaparecido de Rosas no podía influir de ningún modo en su espíritu, añadía en otro artículo titulado “Un Protectorado”: “No es nuestro ánimo  narrar las maquinaciones urdidas en distintas épocas contra la independencia americana, desde el tiempo en que la balanza política estuvo en manos de la Santa Alianza. Los trastornos de Europa (“las inquietudes europeas” de que habla el doctor Lavalle Cobo) absorbiendo el pensamiento de las principales potencias dispersaron los hilos de una combinación liberticida apoyada por el Ministerio de Carlos X. La revolución del año 30 despojó al anciano Borbón de su corona y de las ilusiones inspiradas por estadistas que, como Chateaubriand, buscaban en el Nuevo Mundo la reconstrucción de la sociedad derrumbada por el siglo XVIII”.

Y en cuanto a la actitud y conducta del Brasil, agregaba en el mismo artículo: “Aquel príncipe (“El Emperador Don Pedro I”), esperando apoyo en las viejas dinastías de que era vástago o amigo, encomendó al Marqués de Santo Amaro una negociación sombría, a fin de abrir campo a la participación del Imperio en todo acuerdo de los grandes poderes para plantar  la forma monárquica  en los Estados sudamericanos.”


Impedimentos y vacilaciones de Luis Felipe

La caída de Carlos X, destronado por Luis Felipe con la Revolución de Julio, cortó los devaríos del Borbón y, durante algún tiempo, “las variadas peripecias que se sucedieron entonces en otras naciones como en un drama trágico, absorbieron la inquieta atención de los primeros gabinetes, harto embarazados de la difícil conservación del equilibrio en Europa”. (Guido, “Un Protectorado”)

Entra entonces a actuar el pacifismo de Luis Felipe. Es cierto que “el principio representado por la rama de Orleans era irreconciliable con una política agresiva contra los pueblos libres”. Sin embargo, Guido anota en su artículo del 51, que “la prosperidad creciente de su país, aunque turbada por infortunios domésticos, precipitó a Luis Felipe en sus últimos años en una senda erizada  de escollos. Dominado por los recuerdos del esplendor de sus mayores, y encerrado en el fondo de su alma algunos de los gustos y de las propensiones de los Médicis, inauguró fatalmente esa política de familia, que le hizo perder la inteligencia cordial con la Inglaterra, la confianza de otros Estados que le consideraban como el árbitro de sus discordias, y últimamente las simpatías de la mayoría del pueblo francés.  Parece indudable que cruzaron más de una vez por la mente de aquel príncipe  las tentaciones de fundar en América un patrimonio para uno de sus hijos, bajo el protectorado de la Francia, o bien como un dominio independiente. Los anales mismos del Río de la Plata ofrecerían indicios vehementes de aquella concepción; pero la tumba ha venido a sellar el secreto, y no seremos nosotros quienes anticipemos el fallo severo de la historia”. (“Un Príncipe de Orleans en la Guayana Francesa”) (17). 

Y agrega en 1864, refiriéndose a Luis Felipe: “El enlace de uno de ellos (de sus herederos) con la infanta española, y el de otro con una princesa brasilera, llenaron de júbilo la vejez del monarca, que creía haber radicado el prestigio  de la Nación y el de su estirpe en ambos hemisferios. Hay vehemente presunción de que la conexión formada con el Brasil despertase entonces una fantasía dorada en un círculo más o menos influyente respecto de la Banda Oriental…”   “Se creyó en tal conflicto que la Corte del Janeiro no era ajena a sus proyectos que prometía en el territorio limítrofe la paz y un aliado íntimo que indemnizase con las ventajas de una sólida afinidad la marchita tradición de un imperio desde el Amazonas hasta el Uruguay. Todos estos amaños necesitaban de un auxiliar que frecuentemente frustra los cálculos  más perspicaces: el tiempo, que en ocasión propicia faltó para el desenlace del drama. La República francesa de 1848 imprimió a sus relaciones exteriores otro rumbo, y envolvió en una repentina proscripción a los protagonistas. Disipado este episodio cuya relación transpiró apenas, consta por publicaciones que nadie ha impugnado, que el Conde de Aquila, hermano del Rey de Nápoles, fue invitado a aceptar la corona del Estado Oriental”.


Las aventuras marítimas de Francia

Consideremos ahora, en el mismo terreno de los hechos, los elementos de prueba argüidos por el doctor Lavalle Cobo contra la atribución  de propósitos  imperialistas  a la Francia de Luis Felipe y de Thiers. “…Subrayemos –dice– que las inquietudes europeas no permitían a dicho país aventuras de ninguna índole”. Estas “inquietudes” son las que corresponden a “las variadas peripecias” y a “los infortunios domésticos” que, según José Tomás Guido, no impidieron a Luis Felipe soñar con “el esplendor  de sus mayores”. Pero, sea de esto lo que fuere, lo cierto es que tales preocupaciones le permitieron todo género de aventuras: las mismas aventuras que el doctor Lavalle Cobo nos menciona en su artículo, y otras no mencionadas por él.

La conquista de Argel, iniciada apenas por Carlos X, pero llevada adelante, a pesar de las inquietudes  europeas,  por la Francia de Luis Felipe.

El bombardeo de San Juan de Ulloa, en la famosa “guerra de los pasteles”, movida con injusticia contra Méjico, para exigirle una indemnización de 150.000 francos como precio de los hojaldres que le habían sido arrebatados en un tumulto a un panadero francés. El gobierno de Luis Felipe se solidarizó con el panadero, a pesar de las inquietudes europeas, persiguiendo en esto las viejas aspiraciones de Francia sobre las tierras mejicanas de las que fue animador en 1805 y que luego satisfizo momentáneamente a Napoleón III con el imperio inventado para Maximiliano.

La agresión al Ecuador, de cuyo gobierno exigió Luis Felipe la anulación de leyes contrarias a los intereses de Francia, y así se lo impuso, por la fuerza de los cañones, olvidando una vez más la situación europea.

No lo inquietaron tampoco en Europa sus peripecias e infortunios domésticos, cuando aplicando siempre su táctica predilecta para crear conflictos, que consistía en entablar reclamaciones por órgano de un cónsul sin representación diplomática, exigió del Rey Don Miguel de Portugal una reparación, por el procesamiento de un estudiante francés que se desacató en un Viernes Santo. Don Miguel rechazó al cónsul por las mismas razones de Rosas, y el clásico almirante de los atropellos, se apareció frente a Lisboa, tomó la fortaleza o palacio de las Necesidades  y, después de una intimación no escuchada, se entró por el río y se apoderó de todos los buques que quiso, entre ellos ¡oh, coincidencia! esa misma fragata Minerva en cuyo puente de mando vino al Río de la Plata el almirante Leblanc.


Luis Felipe y sus ministros

El doctor Lavalle Cobo afirma, no obstante, que Luis Felipe el Pacífico, “roi bonhomme”, “antítesis de las ambiciones napoleónicas”, “había cortado  las alas a todas las águilas”. Sea. No conozco la intimidad de Luis Felipe. Pero es grave error atribuir importancia decisiva al carácter personal del Rey, en una monarquía como la de Julio, la primera en Francia de carácter constitucional y representativo, según el modelo inglés, cuyos poderes le venían del Parlamento, al cual estaba subordinada como al órgano  de la soberanía popular y que funcionaba bajo el principio de que “el rey reina, pero no gobierna”.

Gobernaban sus ministros responsables, con quienes no siempre estuvo de acuerdo Luis Felipe y, a veces, en conflicto violento que ocasionó más de una crisis política grave para Francia. La vida accidentada de sus gabinetes –en eso consistían sus disturbios domésticos– nos muestran la lucha áspera de tendencias contrapuestas que, al conquistar o perder el instrumento del gobierno, imprimieron a su reinado rumbos distintos y contradictorios, según las épocas y las circunstancias. Esa lucha, con sus alternativas, es lo que debemos estudiar nosotros, no el temperamento linfático o bilioso del monarca, tanto más débil para su sello a la política cuanto más pacífico y apacible de carácter fuera. 

Jacques Bainville, un maestro auténtico, nos ilustra acerca de esas luchas, en brevísimas páginas de su maravillosa “Historia de Francia”. Dos partidos surgieron, bajo Luis Felipe, después de la Revolución de Julio: el del “movimiento” y el de la “resistencia”. Constituían el primero los elementos liberales, tan distintos de los liberales de hoy. Belicoso, “intervencionistas”, agitados por los sueños de la gloria –“el esplendor de los mayores”– que habían heredado de la República y del Imperio, se oponían a la política pacifista  y se negaron siempre a cortarle  “las alas a las águilas”. Su principal figura fue, desde el principio, Thiers, el amigo de Varela y de los unitarios: el enemigo de Rosas y de nuestro país.

El otro partido era, el de la “resistencia” opuesta al “movimiento”  y proclamó los principios conservadores  del orden, de la moderación, de la prudencia y de la amistad –“l’entente cordial”– con Inglaterra: sobre todo esto último, raíz esencial de todos los otros aspectos de su política cautelosa y patriótica ante el peligro nacional.

Por estos conservadores se pronunció Luis Felipe, más por temor a los conflictos exteriores, que por vocación íntima u olvido del “esplendor de sus mayores”. Pero su poder era débil, no sólo porque le había sido concedido, sino porque sus electores mantenían exigencias opuestas entre sí. Y esta contradicción de dentro se proyectaba hacia fuera. Había que contemporizar con el “partido ardiente”, que, como tal, era más activo y apremiante, y contaba con la mayoría parlamentaria. Sin su apoyo, el poder mismo peligraba, y el orden con él. Había que conceder, conciliar, transigir. Las exigencias del orden interno estaban en pugna con las condiciones de la paz exterior, que eran, a su vez, exigencias de la Nación también.  Y de este modo, no obstante sus deseos de paz, Luis Felipe inició su gobierno designando primer ministro al banquero Laffitte, que pertenecía al partido guerrero. Thiers era el subsecretario de Laffitte, además de ser diputado. A éste le sucedió Casimire Perier, conservador moderado. Así buscaba el Rey, tanteando en la obscuridad, el equilibrio indispensable al mantenimiento de un régimen no consolidado y que, por razones tan claras como vemos, no podía adoptar una sola política firme y decidida, según parece creer el  doctor Lavalle Cobo.


Thiers

Su nombre no se menciona una sola vez en el artículo que comentamos, de cuyo autor se diría que ignora la actuación principalísima que tuvo en el conflicto de Francia con la Argentina  o que, no ignorándola, la desdeña. Pero el sentido de esta personalidad extraordinaria de la política francesa, la de más larga actuación en el siglo XIX, nos interesa excepcionalmente a los argentinos que procuramos indagar con precisión los designios políticos que animaban las intervenciones francesas en el Río de la Plata. Porque el aliado de Varela y los unitarios, era Thiers, no Luis Felipe, ni Molé, ni Soult, hechuras del Rey en los gabinetes. Y el conocimiento de la política de Thiers, en sus proyecciones sobre América, es lo que nos da el criterio justo para juzgar a sus aliados argentinos en la lucha contra Rosas.

Después de Guizot, de Broglie, en la sucesión  de los gabinetes, Thiers es llamado por el Rey, en 1836, y provoca su primer conflicto exterior, con el canciller de Austria, al sostener el principio de intervención en las luchas internas de España, para apoyar a los carlistas. Cae, pero –la tenacidad  es una de sus características más notorias– se convierte en el alma de la coalición contra Molé, su sucesor, la que organiza con los demás jefes de partido en el Parlamento: Guizot, Odilon Barrot, de Broglie. Vencido Molé, pacifista que se torna belicoso al caer,  para incorporarse al partido guerrero. Thiers dirige también la oposición a Soult, otro moderado. Cuenta con el apoyo de los legitimistas y de los republicanos y mueve con ellos una guerra que no es ya contra el gabinete, sino contra la corona misma. Por lo que se refiere a nosotros, ya es el principal promotor de la política agresiva  en el Río de la Plata.

En 1840 el pacifismo de Luis Felipe está en derrota. El Parlamento impone su voluntad al Rey y Thiers vuelve al gobierno. Su “espíritu de aventura” –expresión de Bainville– prepara ya una crisis grave. “Quería –agrega el ilustre historiador– ilustrarse por una política exterior activa, cualesquiera fuesen los peligros de un conflicto en Europa. Como Chateaubriand bajo Luis XVIII, impulsaba a la monarquía a rivalizar en gloria con Napoleón. Thiers propuso inmediatamente traer de Santa Elena los restos del Emperador  y encomendó esta misión al príncipe de Joinville, como para asociar a la propia familia real a la rehabilitación y a la exaltación  del Imperio” (ob. cit. Pág. 466) “Esta política tan temeraria, tan peligrosa que por ella ha podido llamarse al de Thiers el partido de la fanfarronada, contaba, sin embargo, con el fervor de la opinión pública” (p. 467).

Si, pues, Luis Felipe era la antítesis de Napoleón, Thiers era la antítesis de Luis Felipe. Pero la visión del peligro que la política de las fanfarronadas le habían creado a Francia en el exterior, le dieron al Rey la energía necesaria para desprenderse una vez más  de Thiers. “Casi solo, –dice Bainville– y a despecho de su ministro, de la oposición y hasta de su “entourage”, se mantuvo firme por la paz, porque no ignoraba que Inglaterra no le permitiría reanudar la política de conquistas, como no lo había permitido a la República ni a Napoleón 1°. Desafiando la impopularidad, se interpuso, desaprobó el lenguaje belicoso de Thiers y en el mes de octubre lo obligó a dimitir”. Guizot y otros líderes arrepentidos de su conducta anterior, rodearon al Rey abandonado y sin defensa ante las furias de una oposición “de un encarnizamiento y mala fe que hoy nos confunden”. Durante muchos años, el Rey no contó con más de 100 votos en la Cámara, donde Thiers “que sigue trabajando para sí mismo”, hace esfuerzos redoblados por romper “l’entente cordial” con Inglaterra.


El “movimiento” en el Río de la Plata

Ya en abril de 1840, en nombre del gobierno, había Thiers planteado en la Cámara, con un discurso resonante –cuyos conceptos rigen todavía para un sector del pensamiento argentino– su política agresiva en el Río de la Plata. Después de tergiversar con una mala fe que hoy nos confunde las causas del conflicto con Rosas, confesó entonces que el almirante Leblanc, necesitado del “punto de apoyo” de un puerto donde anclar y proveerse de víveres, había buscado la alianza del gobierno de Oribe en Montevideo, pero que este lo rechazó, haciendo tirotear más tarde una balandra francesa. Era el “agravio” necesario para seguir adelante. Y el almirante movilizó entonces a Rivera, como Venancourt había intentado movilizar a Rosas, para derrocar a las autoridades de su país. “Y éste  (Rivera) lo consiguió  –decía Thiers – y en la provincia de Montevideo tenemos ahora un gobierno en lugar del enemigo que teníamos”. Estaba dado el primer paso de la conquista, como en Argel, y había que consolidarla mediante compromisos escritos. “Se ha suscrito  –agregaba – un tratado conveniente para ambos países y hemos obtenido del gobierno de Montevideo el tratamiento de la nación más favorecida, y derechos de más extensión que los de ninguna otra de las Repúblicas de América”.

Quiere decir, pues, que para llevar adelante la agresión a los argentinos, violando escandalosamente el derecho de gentes, el gobierno de Luis Felipe hizo derrocar al de Montevideo por la fuerza y obtuvo, junto con el “punto de apoyo” de su puerto, ventajas de orden excepcional, que de este modo resultaban también una imposición de la violencia armada. Violencia y soborno. Porque después del golpe de mano, Rivera salió a campaña y fue derrotado, exigiendo entonces el precio de su complicidad con los franceses. “Ribeira –explicaba Thiers a la Cámara– fue vencido. Vencido tuvo necesidad de algunos socorros y fue preciso dárselos”. “Se había previsto un gasto de trescientos o cuatrocientos mil francos, yo presumía uno de quinientos a seiscientos mil y mi cálculo se vió justificado  por los acontecimientos, pues los gastos pueden elevarse de un millón y medio a un millón ochocientos mil francos”. “Veo yo ahora el asombro de algunos por haber autorizado gastos de esta naturaleza”.

Y Thiers concluía su discurso  con estas palabras:

“Yo no podía explicarme más sobre todos los medios que el gobierno debe emplear, sin salirme de la reserva que me ha sido impuesta; pero quiero que se sepa del otro lado de los mares que el gobierno francés no está fatigado y que no abandonará este asunto de guerra. Jamás el gobierno se cansará de la guerra, siempre que se trate de los intereses y del honor del país (¡Muy  bien!   ¡Muy bien!)”.

¿Era o no era la guerra lo que Thiers proclamaba en nombre del gobierno de Luis Felipe, el 27 de abril de 1840?


Una cita de Molé

El doctor Lavalle Cobo cita un párrafo  de la nota enviada un año antes –en 6 de marzo de 1839– por el ministro Molé al cónsul Martigny. Lo transcripto por el doctor Lavalle Cobo dice: “El único fin de Francia al adoptar las medidas rigurosas que ella emplea contra ciertos gobiernos de América (que eran el bloqueo a Buenos Aires, el derrocamiento del Presidente Oribe, la toma de Martín García), no puede, no debe ser sino hacerse justicia a sí mismo; obtener la satisfacción que le es debida, la reparación  por sus justas quejas. No debe mezclarse sino en sus propios asuntos y no en los de los otros”.

El doctor Lavalle Cobo cita estas palabras como prueba de las intenciones pacifistas de Molé. Pero esas palabras significaban precisamente una censura a Martigny y al almirante Leblanc, porque, en los hechos, en la realidad, la intervención francesa había sido lo contrario de lo que debía ser. En la nota a que pertenece el párrafo transcripto, Molé lo dice clara, rotundamente; y en tono irritado. El doctor Lavalle Cobo no ha visto esto, y es lástima, porque la cita se vuelve ahora contra él, después de haberle dado él jerarquía de documento que prueba la verdad y concluye la cuestión.

“El gobierno del Rey –dice Molé en esa misma nota– sin desaprobar la expedición de Martín García, desde el momento que la ocupación de ese punto se hacía un complemento necesario del bloqueo, ha deplorado vivamente que dicha expedición no hubiese conservado un carácter puramente francés y que un destacamento de las tropas de Fructuoso Rivera haya cooperado a ella. Esta asociación de empresas  militares contra Buenos Aires entre el comandante de nuestras fuerzas navales y un general que no era todavía sino un jefe de insurgentes, constituía un hecho de naturaleza muy grave en sí misma, y podía acarrear las consecuencias más serias. Importaba, en efecto, en una operación del género de la que empleamos  en este momento contra el gobierno argentino, que medidas puramente coercitivas no asumieses ese carácter agresivo, hostil que apenas permite distinguirlas del estado de guerra abierta. No importaba menos evitar toda ingerencia positiva en los negocios interiores de las Repúblicas de Montevideo y de Buenos Aires, como en las querellas que pudieren tener entre sí. El único objeto de Francia…” y sigue como el doctor Lavalle Cobo dice.

Molé reconocía, pues, como hecho, y censuraba, como intención, lo que el doctor Lavalle Cobo niega como intención y aplaude como hecho. Molé reconocía que la escuadra francesa nos hacía una guerra real fuera del derecho; el doctor Lavalle Cobo sostiene que no hubo guerra de hecho y que el derecho apoyaba a la agresión francesa.

Pero queda aprobado el pacifismo de Molé contra la política belicosa de Thiers. Sólo que Thiers volteó a Molé y pasó a ocupar su puesto en el gabinete para proclamar la guerra a Rosas, justificar la alianza con Rivera, el derrocamiento de Oribe y la intromisión en las luchas de las dos Repúblicas, distanciadas merced a sus esfuerzos. Esto es lo que establece su discurso de abril de 1840, antes citado: “Quiero que se sepa del otro lado de los mares que el gobierno francés no está fatigado y que no abandonará este asunto de guerra”.  Su caída de poco después, por las causas que hemos visto, permitió al almirante Mackau, que con el tiempo se convertiría en uno de los adversarios más decididos de la política guerrera en el Plata, acordar, sin ser desautorizado, la paz de octubre del 40 con el ministro Arana. Pero al frente de la oposición parlamentaria, con sus magníficas dotes de orador y su tenacidad inquebrantable, siguió Thiers atizando el fuego contra nosotros y ganando a cada paso batallas contra el Rey, de cuyo pacifismo, como queda probado, era la antítesis viviente.

Los unitarios, insistimos, eran, entre tanto los aliados de Thiers el Belicoso, no de Luis Felipe el Pacífico.


Montevideo, “colonia francesa”

La política de Thiers sería la que triunfase en adelante, hasta su derrota por Rosas. La intervención del 45 fue uno de sus éxitos. El año anterior, el ex primer ministro había pronunciado otro de sus grandes discursos en la Cámara, sosteniendo que el tratado Mackau-Arana era violado por Rosas y que Francia debía acudir de nuevo con las armas para hacerlo respetar. Se lo acusaba entonces de obrar “bajo la seducción de M. Varela”, cargo de que él se hizo eco en el recinto, rechazándolo, naturalmente. Pero es fácil advertir en sus palabras y argumentos el sello de la propaganda unitaria de Montevideo  y, a veces, en algunas expresiones, hasta el estilo de sus panfletistas más virulentos. Leyendo a Thiers, nos acordamos de Rivera Indarte, a quien repite.

Un año después de iniciado el segundo bloqueo de Buenos Aires, se gloriaba en su banca de esta victoria suya y de sus amigos. “Desde que el gobierno  –decía en la sesión del 31 de mayo de 1846– bajo las vivas instancias que nosotros le hemos dirigido, intervino en el Plata para socorrer a los franceses, he pensado que debía darle tiempo de actuar y desplegar sus medios de acción…” “…Pero ahora me parece  que es necesario, indispensable, atraer la atención de la Cámara, y despertar, si así puedo expresarme, el celo del gobierno por este grande y desgraciado asunto”. Censura al gabinete que haya preferido “la intervención indirecta” y agrega: “siempre he exigido, y vosotros también lo habéis pensado, que debía reclamarse la evacuación del territorio de Montevideo, es decir que los aliados que se habían comprometido por nosotros y que son no solamente montevideanos, sino también franceses (pues es preciso que sepáis que,  sobre una población de 40.000 almas, hay cerca de 20.000 franceses), vosotros, digo, habéis pensado que el territorio montevideano, que es casi francés, debía ser evacuado”.   

(Textual: “J’ai toujours demandé, et vous avez vousmêmes pensé qu’il fallait demander que le territoire de Montevideo fût evacué, c’est-à-dire que les allies qui s’etaient compromis pour nous, et qui sont non seulement des Montévidéens mais encore Français  (car il faut que vous sachiez que, sur une population  de 40.000 âmes, il a près de 20.000 Français), vous avez, dis-je, pensé qu’il fallait que le territoire montevidéen, qui est presque français, fût évacué”).

Todos, pues, habían pensado, contra la política de Molé, en intervenir en la lucha de Buenos Aires con Montevideo, apoyando a Montevideo, considerada ya como ciudad francesa. “La guerra con Rosas existe de hecho”, insistía Thiers, y no había que engañarse acerca de esto. Y luego pronunciaba estas otras palabras más categóricas todavía. 

“Y cuando nos ocupamos de nuestras colonias, de nuestras posesiones lejanas, no prestar asistencia a una verdadera colonia francesa, aunque aparezca bajo la nacionalidad española (“une veri table colonie française, quoiqu’elle soit sous la nacionalité espagnole”) es olvidar los intereses más graves y los más evidentes, los más incontestables”.

Destaquemos todavía el pensamiento de Thiers y sus amigos, que eran también los amigos, los aliados de los unitarios que, con los uruguayos, se habían comprometido por Francia, por sus intereses en el Plata: Montevideo era “un territorio casi francés”, “una verdadera colonia francesa”.

Y el orador remataba su argumentación, entre las “vivas adhesiones de la izquierda y del centro izquierda”, con esta imploración que fue escuchada por la Cámara al votar los 57.000 francos para los gastos de la misión de M. Deffaudis, misión de guerra, como se sabe:

“Yo suplico también al Ministro de Relaciones Exteriores que se muestre sensible a la noble y generosa conducta que esta legión extranjera (los franceses de Montevideo) ha mantenido; esta legión a la que hoy se llama extranjera, que está compuesta de franceses despojados de sus colores; esta legión que, al principio, tomó las armas porque fue impulsada a ello por las autoridades francesas. Yo suplico que se le devuelvan los colores franceses, ya que es una causa francesa la que sostiene. Creo que no hay en esto peligro alguno. No les devolváis esos colores si no queréis; pero, yo os lo suplico, sacadle de la miseria en que está sumergida, sacadle de la miseria, no solamente a ella, sino también a los 20.000 franceses que forman una de las mejores colonias que tenemos”.


El dominio de los ríos argentinos: verdadero objetivo de Thiers

Pero Montevideo no interesaba a Francia, sino como posición estratégica de dominio. Era la llave del Río de la Plata. La independencia del Uruguay, lograda por los esfuerzos coaligados de los extranjeros –ingleses, franceses, brasileños– en confabulación con un partido argentino, entregaba, con las bocas del Plata y los ríos interiores, las riquezas del país a la voracidad colonizadora de Europa. El dominio de Montevideo significaba para Francia una posición de privilegio con respecto  a sus rivales en la distribución de esas riquezas.

Rosas representaba la resistencia nacional a las tentativas de usurpación y de despojo. Había que destruir el poder de Rosas: el militar en primer término, sostenido por las rentas de los ríos nacionales, y con el que se le quitaba “el medio de hacerse respetar” (Thiers); el político después, como consecuencia natural, impidiéndole que impusiese normas en el territorio argentino. Pero el poder de Rosas era el poder de la Nación. Con la independencia del Uruguay, era, pues, la dependencia de la Argentina –y del Uruguay, desde luego– lo que se obtenía: con Rosas, en su época; sin Rosas, después, y para siempre.

Ese era el plan imperialista cuya ejecución se disputaban aquí Francia e Inglaterra, en dichosa rivalidad que provocó en parte –¡y sólo en parte, desgraciadamente!– el fracaso de los invasores. Nadie expuso mejor que Thiers ese plan siniestro, en 1850, cuando, ya firmada la paz con Rosas por el almirante Le Predour, intentó en la Cámara destruir el tratado en un esfuerzo colosal de su oratoria. Escúchenlo los que buscan en las expresiones escritas las pruebas del imperialismo francés en el Río de la Plata:

“¿Es que la presencia de franceses en Montevideo –decía, arrojando la máscara– es el único motivo que os ha hecho intervenir en la cuestión? ¿Es que no ha habido otra razón para firmar la independencia del Uruguay? ¿Y no es ella todopoderosa? ¿Y cuál es? Vosotros tenéis un interés invariable, un interés que todas las circunstancias no podrán cambiar: un interés invariable en que Montevideo sea independiente de Rosas”. 

Thiers
“¿Por qué, señores, en las guerras anteriores, habéis comprometido a Montevideo (yo os probaré siempre que vosotros la habéis comprometido, vosotros que hoy la abandonáis)? ¿Qué es lo que hizo que os sirviérais de Montevideo, eso por lo que hoy está ella reducida a una situación desgraciada que tanto debe interesarnos? Es que no podéis entrar en el Plata, si Montevideo no es vuestro; no podéis obtener justicia (¡!) de Rosas, del Entre Ríos, de Corrientes semiindependiente, del Paraguay independiente del todo, si las bocas del Plata no están abiertas para vosotros. Ellos quedarán cerrados para siempre si el poder que está en Buenos Aires es el mismo que esté en Montevideo. He aquí por qué los ingleses mismos han querido la independencia del Uruguay; he ahí por qué vosotros la habéis establecido en un tratado. ¿Puede desplazarse ese interés? ¿No consistirá eternamente (¿con o sin Rosas?) en que las bocas del Plata queden abiertas para que podáis entrar por ellas siempre y, sobre todo, para que no haya en ellas un tirano de esos ríos que son la gran riqueza del país? (¡He ahí por qué Rosas era tirano!)

“Se os ha hablado de la perforación del istmo de Panamá. Es algo muy lejano. Aquí las riquezas de aquellos ríos son algo actual, no librado a las eventualidades de las empresas de las compañías americanas. Vuestros barcos, vuestros vapores, suben por el interior de esos ríos hasta la Asunción, 450 leguas tierra adentro. Es como si un barco entrase por las aguas de Holanda y llegase por ellas hasta Viena. Y bien, esos ríos, la riqueza del país, que están bordeados por ricas tierras –razón por la cual los colonos se trasladan a ellas en masa– deben estar abiertos. Si no lo están, veréis a Rosas (¿a Rosas y al poder nacional de todas las épocas?) apoderarse pronto de todos los peajes, establecer derechos en ellos, dominar en todas partes y no permitiros comerciar sino bajo su voluntad. No solamente no podríais entrar por los ríos para haceros respetar (¡!), sino que tampoco podríais comerciar en ellos sin pagar un peaje.  Y bien, yo os digo que esto es una cosa importante, que es de un interés inmenso. ¿Sabéis qué es lo que hace el poder de Rosas? ¿Sabéis qué es todo lo que ha hecho Rosas?  El se ha mostrado hábil, muy hábil. Como militar es la irrisión de América, pero como político es un hombre de una gran habilidad. Es como uno de esos pequeños tiranos de Italia en la Edad Media. Por su habilidad, por su destreza, ha sabido apoderarse de todos los puntos importantes para establecer peajes. Rosas es un hombre cruel, es un hombre bravío y salvaje (¡!), pero lleno de habilidad. Toda su conducta lo prueba, es muy hábil. He aquí como ha establecido su poder.”

Y después de explicar la “bella operación” que –insiste– con su “habilidad” (¿militar?) había realizado Rosas, convirtiendo su caballería en una infantería “excelente” –Rosas creó la moderna infantería montada– la cual –dice– lo ha ayudado a aumentar su poder, a sofocar las revueltas, a dominar y a hacerse dueño del país” (¡una irrisión de militar!), preguntaba Thiers a sus colegas:

“Y bien: ¿sabéis con qué dinero paga él esa infantería? La paga con los peajes de los ríos. Cuando le hayáis hecho dueño (¿) de esos ríos, le habréis dado el verdadero poder (¿a Rosas y al país?); cuando le hayáis dado (¿) las bocas de esos ríos, le habréis dado el medio de hacerse respetar (¿a Rosas y al país?) y habréis perdido los medios de comerciar sólidamente y le habréis entregado todo el comercio  del país.” (¿A Rosas y a los argentinos?)

“La independencia del Uruguay es, pues, de un interés inmenso, un interés sin el cual vuestra situación en la América del Sur será siempre precaria. No podréis presentaros en ella. Y bien, ¿ha cambiado ese interés?  ¿No tenéis ahora el mismo interés de antes en que Montevideo y Buenos Aires no estén en la misma mano? Yo pregunto si ese interés ha sido desplazado.”

Con estos antecedentes, tan poco conocidos entre nosotros, nadie podrá sostener ahora que ese “interés inmenso” no existía y que los franceses  intervinieron  en 1838 sólo para sacar de la cárcel al talentoso litógrafo Bacle y al habilidoso almacenero Lavié. No en vano era Thiers un gran historiador y este fragmento de su discurso del año 50, magnífico capítulo de la historia argentina, pesará más que cualquier otro alegato en el espíritu de las nuevas generaciones, como prueba de cuáles fueron, en realidad, los propósitos de la intervención francesa en el Río de la Plata.


La conquista por la violencia

En cuanto al método de la conquista, Francia temía aplicar el de la violencia, por las complicaciones que podía acarrearle con Inglaterra y sólo lo había aplicado en alianza con ésta, pero Thiers no lo consideraba definitivamente excluido y ensayaba prestigiarlo ante sus compatriotas del Parlamento. Es bueno que conozcamos sus puntos de vista y su argumentación en ese sentido. En el mismo discurso de 1850, citaba a M. Eugène Guillemot, antiguo ministro francés en el Brasil, cuando había dicho:

“Una lucha flagrante se traba actualmente en el Plata entre dos principios: uno que es favorable a la agregación europea; otro que le es contrario. Si triunfa el último, veremos caer infaliblemente nuestro tratado con el Brasil y surgir, en su lugar, quizá una guerra, consecuencia de la ruptura de ese tratado, guerra que sería indispensable a nuestro honor y a nuestros intereses, pero que comprometerá todos nuestros establecimientos”.

Thiers identificaba, como vemos, el honor de Francia con sus intereses comerciales y preveía como inevitable para la defensa de estos últimos, no sólo la guerra con los países del Plata, sino también con el Brasil, su aliado a la sazón.

“Así señores –proseguía–, yo afirmo que la situación es siempre ésta: Cualquiera sea la conducta que adoptéis, vuestro poder se debilita en toda América del Sud, donde tenéis grandes, inmensos intereses comerciales, todos vuestros intereses del porvenir, del porvenir marítimo. Una colonia que era enteramente francesa, que permanece francesa, algunos de cuyos miembros, apremiados por la miseria, se han desplazado momentáneamente, pero que volverán a Montevideo, porque allí están los intereses que los llaman; una colonia que os es indispensable para navegar en el Plata; una colonia cuya caída expone al Brasil a peligros muy grandes: he ahí intereses ciertos. (Rumores)”.   

Y en otra parte:

“Sí, lo repito; el interés francés subsiste en Montevideo. No es solamente del interés individual de nuestros nacionales, sino del interés de vuestro poder que Montevideo no caiga bajo la mano de Rosas; es también un interés francés el interés del Brasil, porque si el Brasil es amenazado de conmociones próximas y sucumbe, vuestro comercio en él se perderá y durante mucho tiempo. He ahí intereses incontestables”.

Y luego, todavía:

“He ahí, pues, a la vez, el interés permanente de vuestro comercio en el Plata, vuestro interés político  y los deberes de la lealtad. ¡Cómo!  Cuando hayáis sacrificado todo a un mismo tiempo, ¿creéis que podréis presentaros en esos mares en condiciones de haceros respetar? Esto es imposible de creer y de suponer. Y el tratado que se ha osado confesar aquí, señores (el tratado de Arana con Lepredour), ese tratado, lo declaro, es la realización de toda la política de Rosas contra nosotros en todo sentido”.

Analizaba luego el tratado demostrando que significaba un triunfo absoluto de Rosas sobre Francia y al proclamar la necesidad de reconquistar por la fuerza lo perdido diplomáticamente, añadía:

“Digo, pues, que me siento confundido por mi país, que en presencia de tales hechos, de tales intereses tan evidentes, levanta estas montañas de fábulas sobre las dificultades de la expedición. ¡Qué!  ¡Se pretende  que es un asunto como el de Argelia, otra Argelia! Oigo decir: Sí, la expedición es posible; bien se sabe que algunos miles de bravos franceses concluirían con las tropas que rodean a Montevideo. Pero, se agrega: ¿y después?

Lo que detenía, pues, a los franceses que se oponían a la política de Thiers no era el sentimiento de la justicia o del derecho, sino al temor a las consecuencias de una guerra con Rosas en el territorio argentino. La famosa carta de San Martín había despertado naturales recelos sobre la eficacia de los franceses frente a los que habían deshecho a los británicos en 1807. Pero Thiers no alimentaba esos temores. Su belicosidad era más fuerte que todo. Consideraba fácil la conquista de Buenos Aires y lo decía sin eufemismos desde su banca:

“¡Cómo! Hace algunos días, bajo nuestros ojos, los americanos del Norte, con tropas cuyo número no excedía de 5.000 hombres, han dado cuenta de Méjico y han hecho la más bella conquista; los ingleses, con 4.000 hombres de tropa y 3.000 marineros, han dominado el imperio chino. (Exclamaciones en la derecha).

“En la izquierda. - ¡Sí!   ¡Sí!

“M. Thiers. – Señores, no puedo responder a todos los interruptores que quieren discutir con sus vecinos mis aserciones. Pero, ¿es cierto, sí o no, que, bajo nuestros ojos, América acaba de conquistar a Méjico?

“¿Es cierto que Inglaterra, con 4.000 hombres de tropas europeas y 3.000 marinos ha concluido con el imperio de China, lo ha obligado a entregarse y a aceptar el opio, el opio? (Risas de aprobación).

“M. Barré. - ¡El opio y el comunismo!

“M. Thiers. - ¡Que vengan, pues, a decirnos que esto será una verdadera dificultad para Francia!

“Una voz a la derecha. - ¡No! ¡No!”

Y por último:

“Y bien, estoy humillado, lo confieso. Tengo tontos prejuicios, es cierto. Se me concede algunas veces un poco de buen sentido; pero tengo tontos prejuicios que me vienen del  pasado. Soy muy sensible a la dignidad de mi país; no exagero mis fuerzas. Sí, estoy humillado, cuando veo lo que ha pasado recientemente, sea en América, sea en China y en varias partes del mundo y se viene a decirme que es una dificultad seria para nosotros concluir con Rosas. Pero el último gobierno, que tanto ha sido acusado de debilidad, era heroico con relación a vosotros, permitidme que os lo diga!  (Risas de aprobación en la izquierda)”.

En fin; la conquista del país argentino era una cuestión de dignidad nacional para Francia; renunciar a ella significaba una humillación, porque sólo traducía el miedo a la conquista. Ese es el pensamiento de Thiers y las izquierdas, los aliados de los unitarios.


La entrega final

Vencido Rosas en Caseros, los ríos nacionales fueron entregados al dominio internacional. Esa es la gran traición que consigna la historia argentina. El país ha vivido desde entonces bajo una dictadura económica extranjera de la que queremos substraerlo los que hoy nos llamamos nacionalistas, sin alusión a ideologías o divisas (18). En cuanto a los hombres del pasado que nos legaron esta desgracia, deseamos creer que no todos previeron las consecuencias de su conducta. Hasta por orgullo patriótico, preferimos ver en ellos, no traidores conscientes de sus pasos, sino espíritus falsos, saltimbanquis de las ideas, que se volvían contra su país por culto al perifollo y al oropel: bárbaros, en el sentido europeo de la palabra. Así debió de verlos Thiers, que hablaba claramente y en voz alta, tal vez convencido de que no lo entenderían sus aliados. Pero si hubo entre éstos, quienes leyeron sus discursos, vieron su alcance y, no obstante verlo, siguieron adelante, podemos de ellos decir que eran unos miserables. “viles traidores”, según la expresión de Juan Lavalle.


(17) Las ya mencionadas palabras del Vizconde Venancourt en 1829 sobre la necesidad de que Europa interviniera para concluir con los desórdenes de las democracias americanas prueban que este pensamiento no era un secreto de las cancillerías, sino que lo conocían y lo razonaban con relación a las realidades concretas de éste a aquel país americanos hasta los agentes  subalternos de los gobiernos europeos.

Rosas no lo ignoró nunca, porque no podía esto escapar  ni a su clara perspicacia ni a su información precisa de la política europea, que conocía casi tanto como sus propios directores, según la confesión  de Thiers en el Parlamento de Francia. En su conversación con Wiliam Mc Cann, que éste ha relatado en “Two thousand miles’ride Argentine Provincies”, (Londres,1853) le dijo claramente a su interlocutor, según la traducción reciente de Busaniche en sus páginas de “Historia Argentina”: Al referirse  a la misión de Mr. Hood –cuenta el viajero inglés– advirtió (Rosas) que el gabinete de Londres decía, “no abrigar ningún interés ni propósito egoísta”, no obstante lo cual los franceses habían omitido la palabra “egoísta” y él consideraba esto muy significativo porque Francia tenía designios ulteriores a favor de ciertos miembros de su real familia, con relación a estos países.”

Y con respecto a los ingleses: “Todo lo que estas repúblicas necesitan –prosiguió– es intercambio comercial con alguna nación fuerte y poderosa, como Gran Bretaña, la cual, en recompensa de los beneficios comerciales, podría beneficiarlos con su influencia moral. Esto era lo que querían, y nada más. No querían nada que oliera a protectorado ni afectara en su más mínimo su libertad e independencia nacional, de las que eran muy celosas y no renunciarían ni un solo átomo. Este sentimiento lo exteriorizó vigorosamente en su lenguaje y ademanes. Al terminar la frase apretó el dedo pulgar de la mano derecha contra el dedo índice, como si tomara un pelo entre las uñas, y como diciendo: “No, ni tanto como esto”.

(18) En la convención del 53, Don Facundo Zuviría combatió en un discurso emocionante a los ignominiosos tratados internacionales en cuya virtud desapareció la soberanía argentina sobre nuestros ríos interiores. En la sesión del 8 de Septiembre de aquel año dijo que “ellos (los tratados en discusión) importaban un protectorado extranjero en nuestro territorio con todas las consecuencias inherentes a este título” y que “sin vergüenza y humillación”  no podríamos confesar que necesitáramos ese protectorado en garantía de un principio –el de la libre navegación– que estaba en el interés de toda la República y que consagraban sus leyes. “Que no ultrajaremos, pues, de este modo nuestra Constitución y nacionalidad…”

Alberdi veía también el Protectorado, pero lo aplaudía. En el tomo XII sus “Escritos Póstumos” dice que si América pretendiera recobrar su derecho al aislamiento (¿durante una guerra, por ejemplo?), “la Europa le obligaría a coñonazos a reasumir su independencia (!) y las libertades de su tráfico por el mundo (!!), que bajo ciertos aspectos no son sino las libertades de Europa en América” (!!!)   ¿Fundados en qué?  En los tratados que se aprobaron. “Esos hechos están, por esos tratados, bajo el Protectorado de la Civilización, y la Civilización estará siempre   pronta a defenderse (!!) contra los ataques de que fuere objeto, sean que vengan de Europa o que provengan de América” (!!!).


Link para acceder a la 4ta. parte: https://periodico-el-restaurador.blogspot.com/2021/01/el-nacionalismo-de-rosas_15.html