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miércoles, 1 de marzo de 2017

La hazaña sanmartiniana

 Publicado en el Periódico El Restaurador - Año XI N° 42 - Marzo 2017 - Pag. 6 a 14 

La hazaña sanmartiniana del cruce de los Andes

por Norberto Jorge Chiviló

"Lo que no me deja dormir, no es la oposición que puedan hacerme los enemigos, sino el atravesar estos inmensos montes" (Carta de San Martín a Tomás Guido el 14 de junio de 1816) 

Carlos Ripamonte
Un granadero de San Martín. Pastel de Carlos Pablo Ripamonte

El cruce de los Andes encarado por San Martín y que se inició a mediados de enero de 1817, cuando contaba con 39 años de edad y con una salud deteriorada, es una de las hazañas más importantes de la historia militar universal.

Frente a la majestuosidad de los Andes, cadena  de montañas gigantescas que era un obstáculo natural infranqueable para un ejército, los Alpes parecen pigmeos, por lo que los cruces que hicieron Aníbal (218 a.C.) y Napoleón (primavera de 1800) con sus ejércitos por aquella cadena montañosa y que han sido considerados también por la historia como proezas, han quedado debajo de la hazaña sanmartiniana (1).

Pero no es solamente el cruce de los Andes, sino la formación e instrucción del ejército que encaró San Martín para la empresa, su avituallamiento y las medidas que tomó para despistar al enemigo lo definen como un gran militar y estratega. 

Trataremos en este artículo de destacar todos aquellos hechos y acciones, como así sus antecedentes inmediatos.


San Martín, jefe del Ejército del Norte

En enero de 1814, San Martín, se había hecho cargo del Ejército del Norte, que poco tiempo antes había sufrido severas derrotas en Vilcapugio y Ayohúma y obligado a retroceder hasta Tucumán. Con su ganado prestigio por su carrera militar realizada en el ejército español, la formación del regimiento de Granaderos a Caballo y su victoria en el combate de San Lorenzo, se dispuso reorganizar las desmoralizadas fuerzas patriotas, concentrándolas en Tucumán, para ponerlas en estado de operar, pero a fines de mayo, debido a su delicado estado de salud, debió dejar el mando del ejército y retirarse a Córdoba para curarse, y estando allí y a su pedido, fue designado el 10 de agosto de ese año por el Director Supremo Gervasio Antonio Posadas como gobernador intendente de Cuyo.

Esa Gobernación Intendencia que comprendía Mendoza, San Juan y San Luis, había sido recientemente creada y contaba con escasa población y pocos recursos. 


La caída de Montevideo

Mientras tanto, en las aguas del Río de la Plata, el almirante Guillermo Brown, al mando de una pequeña flotilla naval de las Provincias Unidas le arrebató la isla de Martín García a los realistas después de derrotar a la armada española al mando de Jacinto Romarate, ello posibilitó el posterior bloqueo naval a Montevideo, que completó por agua el sitio que las fuerzas terrestres patriotas tenían sometida a la ciudad desde fines de 1812, quedando así la ciudad totalmente aislada.

El resto de la flota española que había quedado anclada en el puerto al mando de Miguel de la Sierra, al quedar encerrada, intentó presentar combate, siendo derrotados por las fuerzas de Brown en el combate del Buceo -también llamado de Montevideo- en las acciones producidas entre los días 15 al 17 de mayo de 1814.

Esa gran victoria naval argentina, determinó la rendición del bastión realista de Montevideo casi un poco más de un mes después, con lo cual los españoles se quedaron sin este importante bastión, lo que dio aire a la revolución en el Río de la Plata, pues ya no quedaron fuerzas realistas en la Banda Oriental, además de haberse apropiado de gran cantidad de material de guerra que estaba en manos de los derrotados.


San Martín en Mendoza y la conformación del Ejército de los Andes

El 7 de setiembre de 1814, arribó el nuevo gobernador a Mendoza, y a poco menos de un mes, el 1° y 2 de octubre, se produjo en Chile la derrota de los revolucionarios trasandinos en la batalla de Rancagua, quedando nuevamente ese territorio en manos realistas. Ello representaba una amenaza constante al territorio cuyano ya que el general y gobernador realista de Chile Manuel Osorio reemplazado más tarde por el general Francisco Marcó del Pont (2), comandaban un poderoso ejército que ascendía a 7.600 hombres de tropa y 800 milicianos armados, con una moral muy alta y envalentonados por la victoria obtenida.

Por esa amenaza, San Martín, que no se dejaba vencer por la adversidad, además de ejercer el cargo para el cual fue designado, trabajó incansablemente para formar un ejército, pequeño en un principio, que le permitiera ejercer una acción puramente defensiva, para rechazar una probable invasión realista que podía provenir allende los Andes y luego, también con su visión estratégica, de conformar una fuerza armada mucho más importante, capaz de traspasarlos para iniciar su cruzada libertadora, tarea que le demandó más de dos años de mucho esfuerzo y gigantesca tarea.

Debemos decir que los jefes españoles, nunca contemplaron seriamente la posibilidad de una invasión a Cuyo, ya que creyeron imposible que un ejército pudiera traspasar los Andes, sobre todo por los peligrosos pasos -Los Patos y Uspallata- que con posterioridad sí utilizó el ejército libertador.

Ya en Mendoza, el gobernador encontró la mayor predisposición de la población para colaborar. Así logró el alistamiento de muchos hombres jóvenes al ejército, los hacendados cedieron parte de sus bienes y muchos de sus esclavos negros, con los cuales se creó un batallón. No quedaron al margen las mujeres -de todas las clases sociales- quienes colaboraron, ya donando sus joyas, como en la confección de uniformes y ropa a utilizar por los soldados, además de preparar vendajes, sábanas y cobertores.   

Para el sostén del ejército, creó impuestos y contribuciones especiales a cargo de quienes se consideraban como afectos a la causa realista. También se dispuso la venta de propiedades públicas, cuyo producido se aplicó al abastecimiento del ejército.

En Cuyo, San Martín, se ganó la confianza de la población, ya que su actuar fue infatigable en todo su trabajo -comenzaba la tarea bien temprano y se acostaba muy tarde- y en toda su actuación, tanto pública como privada; dio ejemplo de contracción al trabajo, seriedad en sus decisiones, sobriedad en su conducta, sencillez en el vestir, entre otras virtudes, lo que fue también imitado por su esposa.

Con la incorporación de parte de las fuerzas chilenas al mando de Bernardo de O'Higgins que derrotadas en Rancagua habían cruzado los Andes en busca de asilo en Mendoza -no así con las otras fuerzas al mando de José Miguel Carrera que no quisieron incorporarse-, más los refuerzos mandados desde Buenos Aires del Batallón N° 1, del regimiento de Granaderos a Caballo, un batallón de Patricios de Buenos Aires, del Batallón de Auxiliares Argentinos que al mando de Juan Gregorio las Heras habían retornado de su misión en Chile y con el reclutamiento y levas realizadas en la gobernación y la incorporación de presos y desertores indultados a tal fin, pudo formar a mediados de 1816 un ejército de aproximadamente 4.000 hombres de tropa, además de 1.200 milicianos sin armas o auxiliares. Fue el Ejército de los Andes con el cual seis meses después inició el cruce del macizo andino.

Salvo en la mente de San Martín, nadie había creído que con tan pocos y escasos recursos con los que contaba la Provincia de Cuyo, conformado por pueblos pobres, pudiera formarse un formidable ejército con el cual se llevara la guerra a otros lugares y por ello durante mucho tiempo la atención estuvo puesta en el teatro de guerra del Alto Perú.

La formación de las tres armas del ejército, como se llamaba entonces a la infantería, la caballería y la artillería, no fue por cierto una tarea fácil, ni sencilla. Con base establecida en el campamento de El Plumerillo -cercano a la ciudad de Mendoza y en el camino a San Juan-, San Martín realizó una gran tarea organizativa, muy minuciosa desde todo punto de vista, no solo en la formación militar de la tropa y oficialidad, con la realización de continuas maniobras y ejercicios militares y también con clases teóricas del arte militar, que se dieron a los oficiales, sino asimismo en lo que se refiere al aprovisionamiento de armamento, vestuario y demás cuestiones que hacían a la existencia de un verdadero ejército.

Insufló a sus tropas un espíritu de orden y disciplina, no descuidando la moralidad de las costumbres, como las normas de aseo de esos hombres. Les dio verdadera educación militar. Cuidó también la calidad del rancho que se le proveía a la tropa diariamente. No estuvo tampoco ajena la formación y el cuidado de los sentimientos religiosos de esos soldados; se les daba misa los domingos y días feriados.

Logró crear un ejército verdaderamente unido, en el que existió una verdadera confianza y respeto entre los distintos estamentos que lo conformaban. El general conocía bien el espíritu de la tropa y estos confiaban ciegamente en su Jefe. Todos esos elementos eran necesarios para que una fuerza armada fuera capaz de realizar grandes empresas.

La disciplina en el ejército fue cuidadosamente establecida y cuidada, pues sin disciplina no hay orden y sin orden un ejército no puede obtener victorias. Así San Martín redactó unas "Leyes penales del Ejército de los Andes", por las cuales se establecieron penalidades ante la comisión de determinados hechos. La más pequeña falta era severamente castigada y se ponía especial énfasis en todas aquellas relacionadas con el incumplimiento del servicio. San Martín, solía disfrazarse -utilizando diversos uniformes- recorriendo por ejemplo los puestos de guardia para comprobar el cumplimiento de las consignas que se daban diariamente. 

Desplegó una actividad excepcional, estando e interviniendo en todos los detalles, ya sea presenciando y organizando maniobras y ejercicios militares, conferenciando con jefes y oficiales, atendiendo las tareas de la gobernación y la copiosas correspondencia.

Una de las cuestiones a considerar era el vestuario que debía tener el ejército en el traspaso de los Andes, porque si bien tenía previsto que ello se realizara durante el verano, debido a la altura, había que vencer el frío, ya que las temperaturas cerca de las altas cumbres oscilaban entre 6° bajo cero y de día no pasaba los 2°, además de las frecuentes tormentas de nieve y viento que azotarían a la expedición, por eso se proveyó a los hombres de calzado adecuado forrados con trapos y lana, que abrigaran bien el pie y que también les permitiera caminar más o menos cómodamente por los pedregales, además de ponchos forrados y otras prendas de abrigo, mucho de ello encargada su fabricación y confección a las damas mendocinas. También se tuvo en cuenta la provisión durante la marcha de aguardiente para que los hombres pudieran calentar el cuerpo.

Se consideró también la salud de los animales, por lo cual se fabricaron y confeccionaron abrigos de pieles para mulas y caballos, que les permitieran soportar el intenso frio y las inclemencias del tiempo. Esos animales no eran necesarios solamente para el transporte de vituallas bélicas, alimentos y demás, sino también para ser montados por los soldados cuando las condiciones climáticas y de lugar lo permitieran, para que estos hombres estuvieran en las mejores condiciones físicas al llegar a Chile; lo mismo podemos decir de los caballos, elemento fundamental de la caballería, arma decisiva en los futuros combates que tendrían lugar en tierra trasandina.

También se tuvo en cuenta que la altura por la falta de oxígeno, producía el apunamiento y el soroche -o mal de la montaña- de humanos y bestias. La respiración se torna más dificultosa, se acelera la circulación de la sangre, se sufren dolores de cabeza, mareos y sofocación, muchas veces los vasos estallan y se sangra por la boca o la nariz. Las mulas también lo sufrían y por eso, hacen pausa en su andar, como para tomar más aire. Para combatir este mal, se proveyó al ejército de cebolla y ajo, que era consumido por los humanos y en el caso de los animales se les restregaba en el hocico.

Con el fin de evitar el apunamiento, también se había dado la orden de marchar despacio.

Eleodoro Marenco
Oficial de Artillería. Dibujo de Eleodoro Marenco.


Situación  política y militar de la Provincias Unidas del Río de la Plata en 1816

En 1816, todas las revoluciones que se habían dado en la América española desde Méjico al sud habían sido vencidas, con la única excepción de la de Buenos Aires. El dominio español se había restablecido así desde Méjico hasta el Alto Perú. En Europa, a raíz de la derrota de Napoleón, se habían restaurado los regímenes monárquicos, entre ellos los Borbones en España, por lo cual Fernando VII ocupaba el trono y pretendía reconquistar las tierras americanas sublevadas.

Por ello en el Río de la Plata, desde el año anterior, se temía por el envío en cualquier momento de una expedición española con el objetivo de reconquistar estos territorios para la Corona española.

En el norte, las fuerzas patriotas del Ejército del Norte seguían sin poder abrirse camino hacia el Alto Perú. La guerra entre los ejércitos revolucionarios y los enviados desde el Virreinato del Perú para vencer a la revolución, estaba empantanada. Ambos contendientes avanzaban y luego retrocedían, victorias y derrotas de unos y otros. Tuvieron destacada actuación en ese teatro de guerra, las fuerzas al mando de Güemes para contener a los realistas.

En el oeste, en Chile, como ya se dijo, había un importante ejército realista que amenazaba la zona de Cuyo.

A mediados de año, los portugueses iniciaron la invasión a la Provincia de la Banda Oriental (actual Uruguay), con el pretexto de combatir a las fuerzas artiguistas, pero que en última instancia tenía por finalidad anexarse ese rico territorio. Esa invasión fue bien vista y tolerada por el gobierno directorial de Buenos Aires.

Pero el 9 de julio, en la ciudad de San Miguel de Tucumán se declaró la independencia nacional, pedida muchas veces por San Martín.


San Martín y Pueyrredón

En enero de 1816, y estando en Buenos Aires, Juan Martín de Pueyrredón fue electo diputado por San Luis al Congreso que debía sesionar en la ciudad de San Miguel de Tucumán y éste en la sesión del 3 de mayo, lo nombró como Director Supremo de las Provincias Unidas.

El 9 de julio, el Congreso declaró la independencia de las Provincias Unidas de Sudamérica.

Cuando el nuevo Director, en su viaje hacia Buenos Aires, se encontraba en Córdoba, el 17 de julio se reunió con  el gobernador de Cuyo, José de San Martín, quien había ido a su encuentro.

Ambos mantuvieron una cordial, franca y amistosa reunión de más de ocho horas de duración -algunos historiadores hablan de dos días- en la cual San Martín expuso su estrategia para vencer al poder español en América.

El futuro Libertador, tenía bien claro que sólo con la derrota del principal bastión realista en América del Sur, que se encontraba en Lima, el poder español en esta parte del mundo desaparecería.

En coincidencia con aquel pensamiento, ya en una carta, había dicho: "Hasta que no estemos sobre Lima, esto no acabará".

Pero para llegar a Lima había dos caminos posibles: por tierra o por mar.

Por tierra implicaba pasar por el Alto Perú (hoy Bolivia). Pero la experiencia frustrada de varios intentos realizados por el Ejército del Norte en tal sentido, demostraba la imposibilidad de esa alternativa.

No quedaba otra opción que intentarlo por mar.

Entonces, su estrategia era cruzar los Andes por los pasos de Los Patos y Uspallata, derrotar a los realistas en Chile y desde allí por mar desembarcar en Perú y llegar a Lima. 

Pueyrredón se mostró entusiasmado con la idea y prometió todo su apoyo a la empresa libertadora. En esa entrevista, se selló una amistad y todo quedó acordado y arreglado entre ellos.

Debemos resaltar que el Director Supremo, cada vez que pudo, desde Buenos Aires, cumplió la promesa y remitió a San Martín tropas y armamentos que fortalecieron el Ejército de los Andes. 

El regreso de San Martín a Mendoza

A fines de julio, San Martín ya se encontraba de regreso en Mendoza y el 14 de septiembre se dio a conocer que había sido nombrado General en Jefe del Ejército.

Tuvo que decidir por dónde debía realizarse el cruce, de por sí muy dificultoso y también cómo podía provocar la división de las importantes fuerzas enemigas, con el consiguiente debilitamiento de las mismas, lo que aumentaría la posibilidad del éxito de la empresa libertadora.

A la par que seguía preparando al ejército, realizó lo que se ha llamado la guerra de zapa, esto es una vasta red de espionaje en territorio enemigo y el control del espionaje realista en tierra cuyana. Ello le permitió saber con exactitud la cantidad de los efectivos enemigos destacados en cada lugar, el número, su composición y los nombre de los jefes y oficiales que las mandaban y también estar al tanto de lo que ocurría en Chile. A la vez con el control del espionaje enemigo, sembró de información falsa acerca de la composición y número de su propia fuerza para que los realistas tuvieran una idea totalmente equivocada del potencial del ejército que se estaba formando, haciéndoles creer que era mucho más numeroso de lo real.

A la vez que partidas de Granaderos a Caballo y milicias custodiaron los pasos cordilleranos, para evitar incursiones realistas, organizó pequeñas guerrillas que se infiltraron a Chile, que hostilizaron al enemigo y crearon zozobra y desconcierto en esas fuerzas.


El parlamento con los indios pehuenches

En setiembre de 1816, en el fuerte San Carlos -a treinta leguas al sur de Mendoza-, San Martín tuvo un parlamento con los indios pehuenches (3). Este parlamento fue convocado por el general, para pedirles permiso a los caciques, a fin de que permitiesen el paso de su territorio al ejército patriota que debía atacar a Chile. Nunca había estado en los planes de San Martín, atacar por el sur; en realidad, el objetivo del parlamento con los indios, fue transmitirles ese "plan", sabiendo que éstos lo harían saber a los realistas -como en la realidad ocurrió-, con lo cual se lograría que el enemigo trasladara importantes fuerzas hacia el sur, al que creía amenazado y desguarneciese el verdadero objetivo patriota que era atacar por el lado de Santiago.

Mas de 2.000 indios se reunieron allí, donde San Martín los recibió con su escolta conformada por un piquete de sus granaderos y 150 milicianos. San Martín obsequió a caciques y capitanejos, con trajes vistosos, telas, cantidad de bebidas y otros regalos que eran del gusto de los indios y que los halagaron. 

Al parlamento le siguieron banquetes y festejos, donde no faltó tampoco el aguardiente, elemento indispensable en toda reunión con los indígenas. Esos festejos entre los indios duraron como unos ocho días, donde no faltaron tampoco peleas derivadas de grandes borracheras con las consecuencias de algunas muertes y no pocos heridos. 

Así lo cuenta el general William Miller, en sus "Memorias", escritas por su hermano John en 1828: "Este general patriota [se refiere a San Martín] creyó poder obligar a Marcó del Pont a dividir sus fuerzas por medio de un ardid de guerra; y para este objeto, cuando tenía ya tomadas todas las medidas y hechos casi todos los preparativos y acopios para la marcha, dispuso tener una conferencia con los indios Pehuenches, con el fin ostensible de pedirles permiso para atravesar por su territorio sin ser molestados, con objeto de ir a atacar a los Españoles desde el paso del Planchón…y como el general San Martin había previsto, vendieron inmediatamente el secreto al general Marcó del Pont, de que los patriotas intentaban invadir a Chile por los puertos [por "puertos" se refiere a los pasos cordilleranos] del sur de los Andes; y este general dividió inmediatamente sus tropas, haciendo marchar el mayor número desde la parte del norte a Talca y San Fernando, en la entera convicción de que Chile sería atacado por aquella parte de los Andes. Esta opinión parecía tanto más probable, cuanto el paso de los Andes por aquellos puertos era de menos difícil acceso, y ofrecía de trecho en trecho pastos para las caballerías, de que carecen absolutamente los otros más al norte. Para mantener esta ilusión el general San Martin, envió guerrillas para llamar la atención hacia la parte sur y oriente de la cordillera…" Omitimos por falta de espacio, la descripción realizada por Miller de aquellos días de "fiesta".

La misión de Álvarez Condarco

A mediados de diciembre de 1816, San Martín envió a Santiago de Chile al ingeniero José Antonio Álvarez Condarco como parlamentario, portador de una copia del Acta de la Independencia, para ser entregada al jefe y gobernador realista Marcó del Pont. La finalidad del viaje era doble. 

Por un lado tenía por objeto notificarle la declaración de independencia de las Provincias Unidas, por lo cual la guerra que iba a desarrollarse lo sería entre dos naciones y no una guerra civil en la cual el ejército patriota hubiera sido considerada una fuerza insurgente. En una guerra entre naciones, se guardan ciertas normas y consideraciones de respeto mutuo entre los combatientes, que no son tomadas en cuenta en una guerra civil, donde también la contienda es más cruel.

La segunda finalidad era que Álvarez Condarco, de una memoria prodigiosa, pudiera reconocer la geografía del Paso de los Patos que es por donde transitó para llegar a territorio enemigo. Guardando cada detalle en su memoria, omitió tomar notas y apuntes, ya que de haber hecho eso y de ser descubierto, podría haber sido fusilado por espía. 

Llegado a Chile, Álvarez Condarco fue trasladado con los ojos vendados a Santiago, donde entregó el documento que portaba al jefe y gobernador español; éste dispuso que la copia del Acta fuese quemada por mano del verdugo en la plaza Mayor de la ciudad y despachó de inmediato de regreso al emisario por el paso más corto para traspasar la cordillera, esto es el Paso de Uspallata, con una nota de tono destemplado y dirigida al jefe patriota.

Por estos dos pasos, justamente tenía ya previsto San Martín que se iba a realizar el cruce de los Andes, por lo que fue de una utilidad importantísima las descripciones y planos que ejecutó Álvarez Condarco una vez regresado de su misión.


Los Andes

La cordillera de los Andes es un macizo montañoso que configura una prolongada tiramira americana que se extiende -con diversas denominaciones- desde América del Norte hasta sumergirse en el océano Atlántico sur, para culminar apoyada sobre el lecho oceánico en la Antártida. Por ello, junto al Himalaya, constituye una de las más elevadas y extensas cadenas del mundo, extendiéndose en  la superficie del continente sudamericano a lo largo de 7.240 km., paralela al océano Pacífico, desde el cabo de Hornos hasta Panamá, con un promedio de altura de 3.660 metros sobre el nivel del mar. Se abre en diversos cordones paralelos entre sí con gran diversidad de altiplanicies ubicadas entre ellos, como es el caso de la Puna, constituyendo en gran medida el apoyo del límite actual entre las repúblicas de Argentina y Chile, tras atravesar Bolivia, Perú, Ecuador, Colombia y Venezuela. 

A lo largo de su extensión, la cordillera se levanta abruptamente desde la costa del Pacífico.  

Si nos referimos a los Andes mendocinos -que atraviesan latitudinalmente la provincia- que es por donde cruzó el grueso del ejército patriota, se divide en tres cadenas montañosas sub paralelas entre sí, que de este a oeste, son: la precordillera de La Rioja, San Juan y Mendoza, más baja y extensa que las siguientes, con alturas promedio de 4.500 m., la cordillera frontal, formada por bloques elevados que no configuran una cadena continua, con una altura promedio de 5.000 m. y la cordillera principal, con un promedio de altura de 6.500 m. aproximadamente, que desde el norte provincial hasta el río Diamante -que es donde se encuentran los dos pasos cordilleranos por donde transitó el ejército patriota- es una franja alta y estrecha donde, precisamente, se encuentra el cerro Aconcagua de 6.962 m. de altura, una de las cúspides más elevadas del planeta detrás del encadenamiento del Himalaya.  En la vertiente chilena se produce una pendiente -de este a oeste- desde las altas cumbres hasta el océano. 

Quien en alguna oportunidad pudo traspasar los Andes en automóvil o por avión en ruta desde Buenos Aires-Santiago de Chile o viceversa y contemplar desde lo alto ese colosal macizo montañoso, puede llegar a comprender lo que fue la hazaña sanmartiniana. Las descripciones que se pueden haber leído no son comparables a lo que se ofrece directamente a la vista. Por YouTube se pueden encontrar videos del traspaso de los Andes en avión, por ejemplo:

https://www.youtube.com/watch?v=9xKJcnx3QA8 y https://www.youtube.com/watch?v=m0Y7V7BVIEE, recomendado a los lectores de este artículo que los miren.


El paso de los Andes

El 17 de enero, las dos columnas principales del Ejército de los Andes, se pusieron en movimiento desde El Plumerillo. Lo componían una fuerza de aproximadamente 4.000 soldados, 200 oficiales y 1.200 auxiliares, encargados éstos del transporte de provisiones para humanos y bestias y diverso material de guerra -artillería, municiones, etc.- Se utilizaron para el traslado de soldados y auxiliares, el transporte de vituallas y material de guerra y para la obtención de carne fresca cerca de 9.000 mulas, 1.500 caballos y 600 bueyes. 

Formaban parte de la expedición un cuerpo de médicos y cirujanos, que había sido organizado el 14 de octubre, encontrándose al frente el Cirujano Mayor del Estado Diego Paroissien, con el grado de teniente coronel, cuerpo médico que prestó maravillosos servicios durante toda la campaña (4).

Alrededor de veinte piezas de artillería llevaron los patriotas entre cañones, obuses, etc. -los historiadores difieren sobre la cantidad exacta-. Muchos de los cañones habían sido fundidos en Buenos Aires y llevaban nombres como: Rayo, El Veloz, Belgrano entre otros.

Había dos columnas o expediciones principales y cuatro destacamentos o grupos más pequeños que abarcaban un frente de 800 km. El objeto de la división de estas fuerzas y el paso por distintos lugares tuvo por objeto ocultar al enemigo, el verdadero punto del pasaje de las columnas principales y para que este no pudiere concentrar sus fuerzas en un solo lugar, lo que hubiera puesto en peligro el éxito de la empresa militar.

Las dos columnas más importantes fueron: La comandada por los brigadieres Miguel Estanislao Soler y Bernardo O'Higgins y con ellos iba San Martín. Esta columna pasó por Los Patos (3.832 m.) ubicado al sur de San Juan. Debían ocupar el valle de Putaendo y San Felipe de Aconcagua. La otra al mando del coronel Juan Gregorio de Las Heras lo hizo por el valle y paso de Uspallata (4.030 m.), al norte de Mendoza, debía atacar La Guardia o Guardia Vieja y ocupar el valle de Santa Rosa. 

Los cuatro destacamentos o grupos más pequeños o expediciones secundarias -dos de las cuales partieron días antes el 9 y 14 de enero, a cargo respectivamente de los capitanes Cabot y Freire, que las dos columnas principales-, efectuaron el paso -nombrados de norte a sud-, uno por la Rioja, por el paso de Comecaballos (4.548 m.) -que incluía tropas del Ejército del Norte- a cargo del coronel Francisco Zelada, con destino a Copiapó y Huasco; otro por el norte de San Juan, por el paso de Guana (4.765 m.) hacia el valle de Coquimbo y La Serena que estaba al mando del teniente coronel Juan Manuel Cabot y los dos restantes por el sur de Mendoza, uno por el paso de Portillo (4.060 m.) a cargo del capitán Juan León Lemos, con destino a San Gabriel y el restante por el Planchón (2.850 m.) desembocando hacia Talca y Curicó, al mando del teniente coronel Ramón Freire. Debemos decir que estos cuatro grupos cumplieron con todos los objetivos ordenados.

El cruce duró veinte días, de penosa y dificultosa marcha por el tipo del terreno, lleno de obstáculos y las condiciones climáticas y atmosféricas reinantes, debiéndose atravesar las altas cumbres en forma simultánea, aún habiendo partido desde puntos diferentes y llegar al mismo tiempo a suelo chileno. En realidad en la cordillera no había "pasos" y menos aún algo que pudiera llamarse caminos o se asemejaran a ellos, sino desfiladeros o senderos entre las montañas, los que eran muy angostos en algunos casos de 30 a 50 cm. de ancho, pedregosos y resbaladizos, verdaderos senderos de cornisa a cuyo lado había abismos y precipicios muy profundos entre 100 y 500 mts. al fondo de los cuales corrían los ríos, todo ello muy peligroso, lo que significaba que quien  cayera o resbalara, casi seguro perdiera la vida, apenas en algunos senderos cabían los pies de una mula. A fin de evitar accidentes, San Martín había dispuesto tratar de "limpiar" el camino o despejarlo de ripio. En otros lugares el camino era muy pedregoso. Todo eso hacía que el paso del ejército se hiciera muy lento y sobre todo por el empleo de mulas, de un andar lento y parsimonioso, si bien muy necesarias en ese escenario. Trasladar el ejército por Los Patos y Uspallata, significó traspasar cuatro cordilleras, con sus ascensos y descensos pronunciados y empinados, curvas y recodos, muy dificultosos para trasponer.

Si bien en el lugar hay abundancia de agua y de inmejorable calidad, era dificultosa su obtención. Muchas veces los caudalosos ríos productos del deshielo corrían en el fondo de los desfiladeros y abismos de hasta 500 mts. abajo de los senderos, con paredes de montaña muy perpendiculares, difíciles para descender y en el caso de poder hacerlo, más difíciles de poder subir. Solo en algunos puntos los ríos estaban al mismo nivel que los caminos y por ello San Martín debió establecer las jornadas de marcha, teniendo en cuenta todas esas circunstancias ya que debía saciarse la sed de esa gran masa de humanos y de animales.

Otro de los problemas a tener en cuenta, era la posibilidad de encontrar pastos para alimento de las bestias, lo que salvo en algunos lugares ocurría, por lo general y por el clima desértico de la zona solo se encontraban arbustos espinosos y pastos duros que eran poco digeribles por los animales, por lo que también se transportó forraje, pero esto no alcanzó por lo que no pocos murieron por la falta de alimento.

Otra cuestión fue la leña, ya sea para preparar los fogones para el rancho, como para proveer de calor a los hombres, sobre todo de noche. Fue muy difícil de hallar y en muchos casos además de la que fue transportada, fue reemplazada por la bosta seca de mulas, que siempre había en el camino. En algunos tramos se prohibió encender fogatas, ya que se temía que las mismas pudieran ser vistas por espías al servicio de los enemigos.

Los comestibles fueron traídos desde Mendoza, ya sea por los hombres en sus mochilas, o a lomo de burro y eran principalmente: galletas de harina, charque, maíz tostado, vino, aguardiente. Con el charque pisado, mezclado con grasa, sal, ají, cebollas y agua caliente, se preparaba una excelente comida llamada valdiviano.

También al ejército acompañaban casi 500 reses en pie, que cuando las condiciones lo permitían se faenaban, con lo cual la tropa comía carne fresca.

Durante la marcha, no siempre se pudo armar un campamento para descansar más o menos cómodamente y evitar la crueldad del frío de la noche y muchas veces la tropa debió dormir al resero, sobre el suelo duro y frío, usando la montura para armar su "cama" y abrigándose con el poncho. No pocos hombres murieron por enfriamiento y congelados.

Los padecimientos que deben haber vivido los sufridos soldados y auxiliares del ejército patriota fueron enormes.

Fue muy dificultoso y complicado el traslado de las piezas de artillería. Para ello se habían preparado unas zorras -ideadas por fray Luis Beltrán- de una construcción particular, para colocar los cañones desarmados, alzarlos o bajarlos, según las necesidades del terreno. Se construyeron también unos aparatos en forma de palanquín, para el traslado de esas piezas, llevados por dos mulas, una detrás de la otra, y en el centro, el cañón, sostenido por grandes ganchos, que permitían ser desenganchados con prontitud. Además el cañón llevaban una especie de mortaja acolchada y rellena con lana, para que en el caso de una caída, no se estropeara.

También se trasladaba un puente de 40 m. usado para para salvar desfiladeros y ríos

A medida que el ejército se encontraba en tránsito por los Andes, las medidas previsoras de San Martín, también habían contemplado la necesidad de dejar víveres en determinados lugares del camino y a buen recaudo, para el hipotético supuesto de que esas tropas llegaran a ser derrotadas y obligadas a retroceder.

Como hemos visto, nada fue dejado al azar.


La arribada a suelo chileno

El día 4 de febrero las dos columnas principales comenzaron a bajar la cuesta del macizo andino del lado chileno.

Después de algunos enfrentamiento con destacamentos realistas, las dos columnas se reunieron en San Felipe del Aconcagua el día 8 y desde allí, juntas, marcharon hacia la capital, Santiago, distante aproximadamente a 100 kms. por las rutas de la época.

Batalla de Chacabuco

Batalla de Chacabuco
Batalla de Chacabuco. Óleo de Pedro Subercaseaux

Cuando el gobernador del Reino de Chile, Marcó del Pont, tuvo conocimiento de la presencia del ejército sanmartiniano en su territorio, tan cerca de Santiago, pudo reunir una tropa de solamente 2.000 soldados, ya que el resto había sido enviada al sur, donde había creído posible la amenaza de una invasión.

Parte de estas tropas puestas a la órdenes del general realista Rafael Maroto, se atrincheraron en una meseta frente a la cuesta de Chacabuco, con el fin de cerrar el paso al ejército invasor. Chacabuco se encuentra aproximadamente a 55 km. al norte de Santiago.

La estrategia sanmartiniana fue mover rápidamente al ejército, mantener al enemigo disperso y no darle tiempo ni oportunidad para reunirse y agruparse y salir de la sorpresa que le había producido la invasión a su territorio.

El encuentro entre los dos ejércitos se produjo en las primeras horas de la madrugada del 12 de febrero, fecha de gloria para la Patria naciente. La orden dada por San Martín, era que los enemigos fueran atacados simultáneamente por dos columnas, una al mando de O´Higgins que debía hacerlo de frente, por el camino más corto pero más escabroso, llamado Cuesta Vieja y la otra al mando de Soler que debía marchar por el flanco por la Cuesta Nueva, menos empinada, pero había que dar un largo rodeo. 

La estrategia era que O'Higgins al mando de 1.500 hombres amagara al frente de las tropas realistas a través de la Cuesta Vieja, debiéndo mantenerlos amenazados pero sin comprometer sus fuerzas en una acción decisiva hasta que la columna de 2.100 soldados al mando de Soler hubiera completado su itinerario y pudiera atacar a Maroto por el flanco y la retaguardia. Ese ataque simultáneo ocasionaría la derrota de los realistas, impidiéndoles toda retirada.

Antes de iniciarse el encuentro, Maroto viendo que la totalidad de sus fuerzas no podrían concentrarse en la cumbre y que por el avance de las dos columnas enemigas, lo rodearían y lo aniquilarían si se mantenía en la cumbre, ordenó el repliegue de la vanguardia que se hizo en el mayor orden cuesta abajo para reunirse con el resto de sus tropas en la planicie, variando así el escenario de la futura batalla. Ante esa situación O'Higgins avanzó en persecución de la avanzada enemiga y se empeñó imprudentemente en el combate, debido a su ansiedad para entrar en la lucha, creyendo que la victoria era posible con el solo empleo de sus propias fuerzas sin esperar la llegada de Soler.

"El general O'Higgins –escribe Carlos A. Pueyrredón–, al divisar a las tropas opresoras de su Patria, no pudo contenerse, e impulsado por su valor legendario se lanzó a la carga, resuelta e imprudentemente, contrariando las instrucciones de San Martín de esperar a la División Soler, para iniciar juntos el combate".

Los realistas bien atrincherados opusieron tenaz resistencia y frenaron el avance de O'Higgins por dos veces, lo que casi ocasionó la derrota de esas tropas. Ante esa situación, San Martín al mando de las tropas de reserva ordenó a la infantería cargar a la bayoneta, apoyada por la caballería al mando del coronel José Matías Zapiola. 

"El gran capitán venía bajando la cuesta al frente de sus granaderos cuando se apercibió del acto de arrojo de O'Higgins –sigue relatando Carlos A. Pueyrredón–. Ordenó inmediatamente a los regimientos 7 y 8 de infantería que calaran bayoneta y atacaran resueltamente al centro del ejército realista; enseguida, a lanza y sable, arremetió contra el enemigo, para auxiliar a O'Higgins".

Así con la intervención de esas tropas de reserva que arremetieron a "lanza y sable" bajando la cuesta y la llegada de la columna de Soler, volcó la batalla a favor del Ejército de los Andes. Maroto fue derrotado, perdiendo en la acción 500 muertos y 600 prisioneros,  como así también gran parte del armamento, banderas y trofeos. Estas banderas fueron remitidas a Buenos Aires.

Ese mismo día, por la noche, Marcó del Pont abandonó la ciudad, siendo hecho prisionero días después en el puerto de Valparaíso, cuando intentaba embarcarse hacia el Perú.

La entrada en Santiago

El día después de la decisiva batalla de Chacabuco,  las tropas patriotas ocuparon la capital del reino, sin oposición alguna y en medio de la algarabía general de sus habitantes. 

San Martín entró en Santiago el día 14, por la noche y al día siguiente el Cabildo Abierto quiso nombrarlo Director Supremo del Estado, pero él no aceptó el cargo y a su indicación se lo nombró a O'Higgins.

San Martín anunció la admirable victoria lograda en Chacabuco, con estas palabras "Al Ejército de los Andes queda para siempre la gloria de decir: en veinticuatro días hemos hecho la campaña; pasamos la cordillera más elevada del globo, concluimos con los tiranos y dimos la libertad a Chile".


La llegada de la notica a Mendoza y Buenos Aires y las celebraciones públicas






Dibujo de Eleodoro Marenco del Sargento Mayor Manuel de Escalada, llevando a Buenos Aires el parte de la batalla de Chacabuco. 








El 16 de febrero al mediodía, llegó la noticia a Mendoza del triunfo en Chacabuco, conducida por el capitán de Granaderos Manuel Escalada, quien en tres días y medio cruzó los Andes.

Con respecto a la llegada de la noticias a Buenos Aires relativas a las victorias conseguidas en Chile y los festejos que se realizaron en la ciudad, así lo contó Juan Manuel Beruti.

"El 24 de febrero de 1817. A las once del día, se oyó en esta capital una salva general de artillería de la fortaleza y de la escuadra y en seguida un repique general también de campanas, que anunció al pueblo la plausible noticia que se acabó de recibir por un extraordinario [mensajero], que llegó de Mendoza, de haberse tomado por nuestras armas la ciudad de Santiago, capital del reino de Chile".

"El 26 de febrero de 1817. Entró en esta capital el capitán don Mariano Escalada, con los pliegos del oficio del general del ejército de los Andes don José de San Martín de haber reconquistado con las tropas de su mando la capital y reino de Chile, con la pérdida de los enemigos de 400 hombres muertos y 600 prisioneros, resultivo de la batalla que tuvo él mismo en persona que mandaba el cuerpo de reserva, que fue el que entró en acción en el valle nombrado de Chacabuco… en cuya acción tomaron al enemigo la bandera coronela del regimiento de Talavera, la que presentó el referido Escalada al excelentísimo señor director, habiendo, tenido por nuestra parte entre muertos y heridos sobre cien hombres; por cuyo motivo se hizo una salva general de artillería, habiéndose festejado esta victoria con tres noches de comedias en los días 24, 25 y este del 26, siendo las dos segundas para beneficio de las viudas de nuestros soldados muertos y alegrando en dichas tres noches al pueblo con músicas militares que salieron por las calles, entre vivas y aclamaciones…"

"En esa misma tarde las banderas de la patria, acompañadas de las tropas de la guarnición, músicas militares, salvas de artillería y las autoridades y pueblo, salieron del palacio del señor director triunfantes, llevando la [bandera] prisionera caída, en señal de su abatimiento, la que fue puesta igualmente rendida y las patricias [banderas argentinas] sobre ella, enarboladas, en el balcón principal de las casas consistoriales, donde estuvo esta tarde y el siguiente día a la expectación pública; cuya bandera se remite al Cabildo de Mendoza para que la coloque en el templo que tenga por conveniente, gracias que el supremo director hace a esa ciudad, por sus relevantes servicios, en lo que ha contribuido a nuestro éxito para la conquista de Chile".

"El 2 de marzo de 1817. Hubo en la Catedral de Buenos Aires, misa de gracia con Tedéum, en acción de gracias al Señor de los ejércitos, por la victoria de haber tomado la capital del reino de Chile; a cuya función asistieron todas las autoridades, eclesiástica, civil y militar, la que se hizo con la mayor magnificencia, concurriendo las tropas de la guarnición, las que éstas, alternando con la artillería de la plaza y marina, hicieron salvas por tres ocasiones; lo que concluida la primera siguió un repique general de campanas, que fue al principiar la misa".

"El 4 de marzo de 1817. Se oyó en esta capital, a las nueve de la noche, una salva de artillería y en seguida un repique general de campanas y fue la causa de haber llegado un extraordinario de Chile, con la plausible noticia de haber caído prisionero el capitán general de Chile… don Francisco Marcó del Pont…". 

"El 6 de marzo de 1817. Se hizo una comedia, representada por aficionados, donde se entró a verla sin interés [gratuitamente]; pues fue en celebridad de la toma de Chile".

"El 9 de marzo de 1817. Entraron un estandarte y una bandera más, remitidas por nuestro general San Martín de las tomadas a los enemigos en Chile, las que se recibió y colocaron a la expectativa pública en los balcones del Cabildo, habiendo habido en esta noche iluminación general, música y castillo de fuego en la plaza Mayor, en cuyos balcones del Cabildo se puso una muy vistosa iluminación; el retrato del capitán general San Martín que cubría el principal arco del centro de su galería, al que la fama estaba coronando con una corona de laurel y al pie entre trofeos militares, un letrero que decía «San Martín, el laurel toma, Grecia no pudo hacer más»".

"El 10 de marzo de 1817. Siguió la iluminación general, hubo danzas muy lucidas, música con la noche anterior y castillo de fuego en la plaza Mayor, estando la pirámide primorosamente iluminada y adornada de banderas de la patria".

"El 11 de marzo de 1817. Hubo una corrida de toros, entró la gente sin interés, la que costeó el excelentísimo Cabildo, habiendo concurrido más de seis mil almas. El despojo lo hicieron los cívicos que tardaron en él mas de media hora según las varias evoluciones que por música hicieron; las danzas bailaron y los toreros fueron personas decentes, que de afición y alegría lo efectuaron; concluyendo con un soberbio castillo de fuego. A la noche siguió la iluminación general y música en los balcones de las casas consistoriales, que unas y otras se alternaban".

"El 13 de marzo de 1817… La bandera y estandarte que llegaron el 9 de marzo de 1817 a esta capital, …el señor director las ha mandado se coloquen en las iglesias principales, la primera de la ciudad de San Juan de Mendoza y el estandarte en la de la Punta de San Luis; las que se han remitido a sus respectivos cabildos al efecto; obsequio que les hace a esos pueblos, en atención a los servicios, que tienen hecho en servicio de la patria".


Reconocimiento a los vencedores de Chacabuco

Por decreto dado el 15 de abril por el Director Supremo, se dispuso premiar el merito de los guerreros que "desplegaron sus virtudes militares aumentando nuevas glorias a su Patria en la cuesta de Chacabuco". 

Réplica de la condecoración
Para San Martín, "a cuyo infatigable celo y conocimientos militares debe la Patria la parte principal de la gloriosa jornada", se acordó el uso sobre el costado izquierdo de su casaca, de un escudo bordado, que debía llevar en su orla, la siguiente inscripción: "La Patria en Chacabuco" y en su centro "Al vencedor de los Andes y libertador de Chile".

Para los oficiales superiores desde Brigadieres hasta la clase de Sargentos Mayores, se dispuso que llevaran pendientes del pecho una cinta tricolor: blanca, celeste y amarilla y una medalla de oro con la siguiente inscripción: "La Patria a los vencedores de los Andes" y en la orla "Chile restaurado por el valor en Chacabuco". Para capitanes hasta el grado de alférez, la misma distinción, siendo la medalla en estos casos de plata.

Para sargentos, cabos y soldados el decreto estableció: "usen en el brazo izquierdo un escudo de paño blanco, con la misma inscripción en color celeste".


Notas

(1) La comparación del traspaso de los Andes por el Ejército de San Martín con el paso a través de los Alpes por el ejército napoleónico, puede verse en ER N° 4, pág. 16.

(2) Marcó del Pont era designado como "Capitán General y Presidente de Chile".

(3) Pehuenches era la tribu que habitaba al sur del río Diamante en Mendoza, zona de los pinares y de allí deriva ese nombre (pehuen = pino).

(4) Participaron del servicio sanitario del ejército, los frailes de la orden de los Bethlemitas: Antonio de San Alberto -asistente del Cirujano Mayor Dr. Diego Paroissien, Jefe de Sanidad-; Toribio Luque -asistente del segundo Jefe Cirujano Isidro Zapata-; José María de las Torres y Pedro del Cármen -ambos prácticos en medicina-. Todos ellos, además del cuidado y asistencia de enfermos y heridos, cumplieron la tarea de asistencia espiritual de la tropa. Vinculados a estos, estaba el Padre Doctor José Lorenzo Güiraldes, vicario del ejército y creador de un pequeño cuerpo de capellanes, a los que sumó a algunos sacerdotes chilenos refugiados en Mendoza. 


Fuentes

Beruti, Juan Manuel. "Memorias curiosas", Emecé Editores S.A., Buenos Aires, 2001.

Furlong, Guillermo S.J. " El paso de los Andes" en revista "Todo es Historia" N° 16 de agosto de 1968.

Miller, John. "Memorias del General Miller", Emecé Editores S.A., Buenos Aires, 1997.

Pérez Pardella, Agustín. "José de San Martín. El Libertador cabalga. Una biografía", 4ta. edición, Editorial Planeta Argentina S.A.I.C., Buenos Aires, 2000.

Pueyrredón, Carlos A. "La campaña de los Andes", Emecé Editores, Buenos Aires 1944.

Pueyrredón, Manuel A. "Memorias inéditas del coronel Manuel A. Pueyrredón. Historia de mi vida. Campañas del Ejército de los Andes", Editorial Guillermo Kraft Ltda., Buenos Aires, 1947.

lunes, 1 de septiembre de 2014

Salvajes unitarios y bárbaros federales

   Publicado en el Periódico El Restaurador - Año VIII N° 32 - Setiembre 2014 - Pags. 1 a 7 

SALVAJES UNITARIOS Y BÁRBAROS FEDERALES

por Norberto Jorge Chiviló

Don Juan Manuel de Rosas. Óleo sobre tela de García del Molino (A)


En la guerra civil que tuvo lugar en nuestro país, a partir de diciembre de 1828 y principalmente durante el gobierno de Juan Manuel de Rosas, los federales llamaban "salvajes" a los unitarios y estos últimos se referían a aquellos como "bárbaros", ello en la generalidad, pues muchas veces esos términos se intercambiaban. 

Las banderas federales ostentaban las inscripciones "¡Viva la Confederación Argentina!" o "¡ Viva la federación" y "¡Mueran los salvajes unitarios!". Esas frases también encabezaban los documentos oficiales y la llevaban impresas las divisas que los federales ostentaban sobre su pecho.

Finalizada la guerra contra el Brasil (1825-1828), las tropas argentinas regresaron al país, con sus uniformes convertidos en andrajos. Carecieron y les fueron negados los recursos necesarios -por el gobierno rivadaviano- para llevar la guerra al corazón del Imperio y para imponer una paz beneficiosa a los intereses de nuestro país. Se encontraban descontentas, pues a pesar de haber batido a los brasileros y haber ganado la guerra en el campo de batalla, la Argentina, la perdió en el campo diplomático y se vio obligada a la firma de un tratado de paz, a raíz del cual la Provincia de la Banda Oriental fue segregada del tronco común y se independizó. 

En esos momentos gobernaba la Provincia de Buenos Aires el coronel Manuel Dorrego quien también había sido encargado por las demás provincias para el manejo de las relaciones exteriores de la República. 

Los unitarios responsabilizaron de esa derrota diplomática a Dorrego quien pasará a ser el "pato de la boda" y quién pagará los platos rotos, cuando en realidad había sido el gobierno de Rivadavia el que no se ocupó debidamente del abastecimiento -en todo sentido- del ejército republicano en operaciones.

El 1° de diciembre de 1828, las tropas recién llegadas a Buenos Aires, se rebelaron contra el gobernador legítimo al que destituyeron, designándose "gobernador" al general Juan Galo de Lavalle y disponiéndose la disolución de la legislatura, en una elección a viva voz que se realizó en el atrio de una iglesia, en el cual solo participó todo el partido unitario.

El depuesto gobernador Dorrego, huyó de la ciudad, para encontrarse con el Comandante de Campaña, Juan Manuel de Rosas, quien le aconsejó no presentar batalla contra los amotinados, sino retirarse a Santa Fe para unir fuerzas con Estanislao López. Dorrego rechazó el consejo y enfrentó a Lavalle y como era previsible fue derrotado el día 9. Al día siguiente fue detenido por un batallón de Húsares, quienes lo entregan a Lavalle. 

El consejo que le había dado Rosas a Dorrego, como lo demostrarían los hechos posteriores, era el acertado, ya que las fuerzas a cargo de ambos, eran en su gran mayoría milicias que de ninguna forma podían oponerse a las veteranas y experimentadas tropas nacionales que habían peleado contra el Brasil y por lo tanto no tenían ninguna posibilidad de imponerse en la lucha.

Alentado por conspicuos miembros del partido unitario, Lavalle ordenó el fusilamiento de Dorrego, sin proceso ni justificación válida alguna, convirtiéndolo así en mártir de la causa federal.

Manuel Dorrego
El fusilamiento tuvo lugar el día 13 en el pueblo de Navarro (Ver ER N° 13). Ese inaudito e injustificado crimen dará prácticamente inicio a una despiadada guerra civil que durará varias décadas de nuestra historia, incluso durante la época mal llamada de la "Organización Nacional".

Tanto Lavalle como los miembros del partido unitario creyeron que con la muerte de Dorrego, estaba acabado el partido federal, comenzando también una despiadada persecución contra todo aquel que se manifestara federal.

A principios del año 1829 el gobierno ilegítimo de Lavalle inventó el sistema de las "clasificaciones" formándose listas de los adversarios políticos a fin de ponerlos en prisión o desterrarlos, lo que ocurrió con miembros destacados del partido federal como los hermanos Juan José y Tomás Manuel de Anchorena, Felipe Arana, Manuel Vicente Maza, Máximo Terrero, Victorio García de Zúñiga,  Manuel H. Aguirre, Epitacio del Campo, los generales Juan Ramón Balcarce, Enrique Martínez, el coronel Tomás de Iriarte, entre muchos otros, quienes en algunos casos fueron desterrados a Bahía Blanca y Montevideo y en otros fueron puestos en prisión en barcos y pontones. También sus propiedades quedaron incautadas temporariamente por el gobierno.

La injusta muerte de Dorrego llenó de indignación a los pueblos del interior, quienes se pronunciaron unánimemente desconociendo la legitimidad al gobierno de Lavalle.

Paralelamente los amotinados, aplicando métodos de terror trataron de acallar la reacción que se producía en la campaña de Buenos Aires.

El mayor Manuel Mesa, a las órdenes de Rosas continuó en la campaña bonaerense junto a otros la resistencia a los amotinados. A principios de febrero los federales son derrotados en Las Palmitas y Mesa fue tomado prisionero y el día  16, fue fusilado en la plaza del Retiro con otros prisioneros de guerra. Antes de ser asesinado, Mesa se dirigió a los espectadores, recordando la usurpación de Lavalle y la muerte de Dorrego y gritó "¡Lavalle es un asesino!".

En el diario unitario El Pampero del 31 de mayo de 1829, se promovía la represión: "...no es tiempo de emplear la dulzura, sino el palo... ahora sangre y fuego en el campo de batalla, energía y firmeza en los papeles públicos... Palo..., palo y de otro modo nos volveremos a ver como hemos visto el año 20 y el año 28; palo, porque solo el palo, reduce a los que hacen causa común con los salvajes; palo y de no, los principios se quedan escritos, y la República sin Constitución".

El general Tomás de Iriarte, -primero a las órdenes de Rosas y luego pasado al bando unitario-, años más tarde de aquellos sucesos escribió sus Memorias, donde relató todos los excesos cometidos en aquellos oscuros y trágicos días: “...después de la ejecución de Dorrego, Lavalle asolaba la campaña con su arbitrario sistema, y el terror fue un medio de que con profusión hicieron uso muchos de sus jefes subalternos. Se violaba el derecho de propiedad, y los agraviados tenían que resignarse y sufrir en silencio los vejámenes que les inferían, porque la más leve queja, la más sumisa reclamación costó a algunos infelices la vida. Aquellos hombres despiadados trataban al país como si hubiera sido conquistado, como si ellos fuesen extranjeros; y a sus compatriotas les hacían sentir todo el peso del régimen militar, cual si fuesen sus más implacables enemigos: se habían olvidado que eran sus compatriotas y, como ellos mismos, hijos de la tierra. Semejante conducta grabó un odio profundo en los oprimidos: hombres acostumbrados a la vida semisalvaje de los campos y a una libertad análoga a la del hombre en el primitivo estado de la naturaleza, los gauchos no era posible que soportasen largo tiempo tan pesado yugo. Así es que la derrota que sufrieron en Las Palmitas no pudo apagar el incendio que, aunque parcial, empezaba a manifestarse en distintos puntos de la extensa llanura de la Provincia de Buenos Aires. Era una antipatía recíproca, un odio torpemente fomentado por los hombres de la ciudad -los unitarios- la que existía entre las tropas de Lavalle y los habitantes de la Pampa: los gauchos".

Más adelante, continúa Iriarte: "Durante la contienda civil los jefes y oficiales de Lavalle cometieron en la campaña las mayores violencias, las más inauditas crueldades, -crueldades de invención para gozarse en el sufrimiento de las víctimas-, la palabra de guerra era muerte al gaucho y efectivamente como a bestias feroces trataban a los desgraciados que caían en sus manos. Era el encarnizamiento frenético, fanático y descomunal de las guerras de religión. El coronel don Juan Apóstol Martínez, hizo atar a la boca de un cañón a un desgraciado paisano: la metralla lo hizo pedazos y sobre algunos restos que pudieron encontrarse, el mismo Martínez esparció algunas flores. Otra vez el mismo jefe hizo que unos prisioneros abriesen ellos mismos la fosa en que fueron enterrados”. "En el período de Lavalle este jefe y su círculo cometieron inauditas crueldades, la vida no estaba garantida -dígalo el asesinato del desgraciado Dorrego- las leyes estuvieron en receso, ni había otra regla de conducta que la del soldado gobernador. Se dejó ver en el corto período que ejerció la autoridad pública, que tenían por sistema hacer uso del terror: ellos fueron los primeros que establecieron en dogma la máxima antisocial «el que no está conmigo es mi enemigo»; y si no hubieran estado tan distraídos en su defensa propia por la guerra que el partido federal les hizo, si hubieran triunfado, bien se puede asegurar, sin temor de formar un juicio aventurado, que muchos cadalsos habrían levantado en Buenos Aires, al menos así debe conjeturarse si se tiene presente el espíritu de intolerancia y de exclusivismo que dominaba en aquel círculo, y sus hechos violentos y despiadados en el corto espacio de tiempo que pudieron mandar, bien que rodeados más a defenderse de sus enemigos, que a consolidarse en el poder”.

Refiere el historiador Manuel Cervera en su Historia de Santa Fe que “Las partidas federales comenzaron a molestar a Estomba (jefe lavallista) en Dolores. Este, cansado de las marchas y contramarchas del enemigo que obligábanles a dar golpes en falso, irritóse, y mandó llamar al señor Segura, mayordomo de la estancia de Las Víboras, de Anchorena, para que le diera datos sobre la situación de las partidas. No sabiéndolos darlos Segura por no conocerlos, Estomba lo ató a la boca de un cañón y lo fusiló: iguales procederes efectuó con algunos prisioneros que no podían declarar lo que no sabían, matándolos a hachazos por sus propias manos. La sangre corría con toda barbarie y ahogado en ella murió Estomba”. (Estomoba murió loco) 

Iriarte dice también: “Sería nunca acabar, si me propusiese consignar aquí todas las crueldades y torpezas que perpetraron (los unitarios): ellas han dejado en la campaña un indeleble recuerdo en el corazón de los gauchos; un odio reconcentrado contra sus perseguidores: odio que más tarde Rosas hizo servir en provecho de sus tiránicos planes”. Aquí Iriarte no puede dejar de tirar por elevación a Rosas, "olvidando", que los unitarios, fueron usurpadores del poder, ya que conspiraron e ilegítimamente depusieron al gobernador Dorrego, haciéndose dueños por la fuerza del gobierno de la provincia, desatando el terror indiscriminado como método para acabar con la oposición de los bonaerenses -como él mismo lo relata-, no reparando en cometer todo tipo de atrocidades y salvajadas, mientras que por el contrario Rosas en su momento fue elevado al gobierno por el voto de la Legislatura, y años más tarde al volver al poder, fue ratificado por el voto unánime de sus conciudadanos expresado en plebiscito y que Rosas no había sido el iniciador de la violencia que existía en el país, violencia que habían iniciado los unitarios, de la que siempre se sirvieron no solo en su lucha contra el gobernador porteño, sino también muchos años después de su derrocamiento, como se verá más adelante.

“Esta revolución cubrió de oprobio al partido unitario -sigue Iriarte-, y puso en transparencia sus miras ambiciosas de exclusivo dominio. Ellos habían, durante el período que ocuparon la silla del poder, difundido la saludable doctrina de las vías legales, pusieron en horror las vías de hecho a punto que el cabecilla más revolucionario no se habría atrevido a emplearlas por temor del descrédito que refluiría contra él: tan profundas raíces había echado en Buenos Aires la propaganda política, y la antipatía al empleo de la fuerza para derribar el poder. Pero desde que descendieron del mando y entraron en la arena de la oposición empezaron a patentizar la inconsecuencia de sus principios: la revolución del 1 de Diciembre acabó de desenmascararlos. Aparecieron violando la misma doctrina que con tanto empeño habían difundido: anatematizaron las vías de hecho cuando dirigían la marcha de la administración, porque se proponían en pro de los intereses de su partido perpetuarse en el poder, pero luego que se les escapó de las manos, emplearon las mismas vías para recuperarlo. Esta es la historia de todas las facciones: sacrificando constantemente el bien general, sus principios y sus más íntimas convicciones, a sus intereses de partido, sin pararse en los medios, sin arredrarse por las funestas consecuencias de sus aberraciones: el objeto es mandar y en comparación de este bien supremo, la causa política, la prosperidad del país es un bien secundario. Los hechos han acreditado que tal era el espíritu dominante, el programa político del partido unitario: dominar a todo trance. Y no obstante sus hechos mismos, su conducta injustificable, no han cesado desde aquella época malhadada de vituperar los medios que empleó Dorrego para subir a la silla del gobierno: tienen el descaro de proscribirlos, cuando el medio por ellos empleado es tan réprobo que deja muy atrás y hasta hace válidos los de su antagonista".

Los unitarios sumergieron a las poblaciones del interior en el terror y sus habitantes sufrieron todo tipo de vejámenes, como hemos visto.

Mientras todo esto ocurría en Buenos Aires, el general José María Paz, en combinación con Lavalle trató de hacerse del gobierno de las provincias del interior, para posteriormente someter a las del litoral. Después de derrotar al gobernador de Córdoba Juan Bautista Bustos en la batalla de San Roque, se hizo nombrar gobernador de esa provincia y posteriormente se enfrentó al caudillo, Brigadier General de las fuerzas de La Rioja, Juan Facundo Quiroga, quien encabezaba la reacción federal del interior. Paz también derrotó a Quiroga en las batallas de La Tablada y Oncativo, haciéndose del control de las provincias del interior: Córdoba, San Luis, San Juan, Mendoza, La Rioja, Tucumán, Santiago del Estero, Salta y Jujuy, formándose la Liga del Interior o Liga Unitaria, de la cual es designado como Supremo Jefe Militar, con amplios poderes dictatoriales como los que con posterioridad le serán conferidos a Rosas cuando fue designado gobernador de la provincia de Buenos Aires. 

Rosas fue y es criticado por haber recibido poderes dictatoriales, "olvidando", quienes así lo hacen que los contrarios -entre ellos Paz- cuando usurpaban el gobierno de una provincia, lo primero que hacían era hacerse dar también facultades extraordinarias, "olvidándose" también que siempre Rosas recibió esas facultades extraordinarias por decisión de la Legislatura de la provincia, ratificada en 1835 por el voto unánime de sus conciudadanos, mientras que sus oponentes se hacían dar tales facultades por la fuerza, después de haber asaltado el gobierno. La dictadura que ejerció Rosas, siempre fue legal, lo que no se puede decir de sus contrarios.

Volviendo a las violencias ejercidas por los unitarios, el Jefe del Estado Mayor de Paz, coronel Román Deheza hizo fusilar a 23 oficiales y a 115 soldados de los 500 aproximadamente que habían sido tomados prisioneros en La Tablada lo que repitió después de la batalla de Oncativo. Otros lugartenientes de Paz, también empleaban en aquellas provincias los métodos de terror para vencer toda resistencia, así al oficial Vázquez Novoa, se lo conocerá como el "Cortaorejas" y otro oficial, Campos Altamirano como "Cortacabezas", siendo estos apodos más que elocuentes sobre los métodos "civilizados" que empleaban estos jefes para vencer y doblegar la resistencia de los federales. El general Lamadrid, en La Rioja, también hizo de las suyas, con fusilamientos, confiscaciones y actos de terror, que fueron comunes en todas las provincias en las cuales los unitarios se hicieron del poder.   

Prueba de la violencia ejercida por los unitarios, lo es, que en el año 1829, el crecimiento vegetativo en la ciudad de Buenos Aires, fue negativo, ya que murieron más personas de las que nacieron, producto ello del terror ejercido por los hombres de Lavalle.

Un oficial de Paz, según lo relata el Sargento Mayor Domingo Arrieta en su libro Memorias de un soldado explicó cómo habían aplicado la medida de "no dejar vivo a ninguno de los que pillásemos", de la siguiente forma "mata aquí, mata allá, mata acullá y mata en todas partes, fueron tantos los que pillamos y matamos que, al cabo de unos dos meses, quedó todo sosegado". 

Estos son solo algunos de los casos del terror empleados por los unitarios desde fines de 1828 y principios del año siguiente, contra el grupo político oponente, los federales.

A raíz de esos métodos salvajes y terroríficos empleados por los unitarios, justamente el pueblo comenzó a llamarlos "salvajes" y "salvajes unitarios", a pesar de que ellos se creían paladines de la "civilización".

Si bien Bernardo Frías en Tradiciones Históricas, dice que mucho antes de la sublevación de Lavalle y de la posterior llegada de Rosas al gobierno, ya en Catamarca se hablaba de los "salvajes unitarios", debido a la salvaje campaña que Aráoz de Lamadrid y sus lugartenientes habían llevado a cabo en las provincias de Tucumán, Salta y Catamarca para unitarizarlas.

Juan Manuel de Rosas
Juan M. Beruti

Juan Manuel Beruti, en Memorias curiosas, relata lo ocurrido año tras año y así con respecto al tema tratado en este artículo, refiriéndose al motín del 1° de diciembre, dice: "El pueblo de Buenos Aires ha tomado muy mal esta convulsión por el mal ejemplo que han dado las tropas, sin anuencia del pueblo que estaba pacífico, y que mañana, u otro día la fuerza armada, y ambición de otro jefe, querrá ser gobernador y hará lo mismo con este mal ejemplo, haciéndose revoluciones militares a la voz del pueblo, que está inocente; y últimamente sintiéndose de que el pueblo va a tener que sufrir muchos males, por las consecuencias fatales que se esperan...". Recibida en la ciudad  la noticia sobre la injusta muerte de Dorrego en Navarro, relata Beruti: "Esta infausta noticia la ha recibido la mayor parte del pueblo con desagrado y sentimiento, porque en el tiempo que gobernó no hizo mal a ninguno, no entró en su gobierno por revolución sino por la junta de la provincia que lo nombró; y así cuanto dicen los papeles públicos contra él son falsos, y sólo por cubrir el atroz atropellamiento que ha ejecutado Lavalle los estampan para alucinar a los incautos; pero aunque hubiera tenido causa, es un borrón que se ha echado sobre sí Lavalle y sus tropas; lo uno por el mal ejemplo que ha dado en matar a un gobernador en su provincia, y lo otro por su orden sin formarle causa ni oírlo en justicia, pues a los mayores facinerosos se les deja el derecho natural de su defensa; por lo que ni en Turquía se ve mayor despotismo que éste. Dorrego ha sido un hombre gran patriota...

(Las tropas que regresaron de la guerra contra el Brasil) al segundo día de su llegada, faltando a la obediencia al gobierno, por medio de una revolución militar, lo atropellan a su persona le quitan la vida; pero este mal ejemplo hará que otro haga lo mismo, y en cada mudanza de gobierno, hecho con estos mismos medios, será sacrificado el que mande, para cubrir el sublevado su iniquidad calumniándolo, aunque Dorrego si padeció fue porque le temían, y de haber existido, en cualquier lugar donde se hallase les había de hacer la guerra, y el modo fue para evitarlo desaparecerlo, mandándolo sepultar en la Iglesia o cementerio de Navarro". 

"El 29 de abril de 1829. En este día y noche siguieron los ciudadanos sobre las armas, con motivo de las muchas partidas anarquistas (así llamaban a los federales) que circulaban las inmediaciones de la ciudad, llegando su atrevimiento a tanto que tomaron la pólvora del almacén de Cueli, sacaron las armas y se llevaron al oficial comandante de la guardia y soldados; se llevaron la caballada del estado, que estaba pastoreando en el bajo de la Recoleta, y el ganado de novillos de los corrales del abasto de la ciudad, que está en el alto e inmediaciones de la misma Recoleta; todo a las nueve de la mañana, y sin oposición alguna; siendo la partida que avanzó de los enemigos sobre 400 hombres, que en su entrada y salida (los federales) no hicieron daño a ningún vecino". 

Beruti se refiere al comportamiento de las tropas a cargo de los jefes unitarios: "Van dos ocasiones que han sacado las tropas voluntarias auxiliadas con las de línea a la distancia de una o dos leguas de la ciudad, diciendo que son para ensayarlas y que se hagan a las fatigas militares por si se ofrece verse con los enemigos; pero el objeto no ha sido otro sino el robo y saqueo de las casas del  campo de Palermo, arroyo de Maldonado y la Calera hasta donde han llegado, y desde donde el mismo día antes del amanecer que salían, regresaban a la tarde trayendo gallinas, pavos, huevos, grasa, carne salada (de los saladeros), ganado, muebles, trapos y cuanto encontraban en las casas de campo, que las más se hallaban abiertas y desamparadas por sus dueños; y en las que en ellos estaban a su presencia eran insultados y saqueados, trayendo a los peones y cuantos hombres encontraban en sus casas o ranchos en su compañía y diciendo, para engañar al pueblo, ser montoneros que tomaban incluso entre ellos algunos niños de 12 o 13 años, que los traían con sus padres, porque no quedasen a perecer. También salieron carretas con la misma división, ¡y para qué!, para entrar en las quintas de alfalfares, de donde cortaron el que quisieron, llenáronlas de pasto y conducirlas a la ciudad, como lo hicieron, para los caballos de las tropas, en número de 80 carretas, con perjuicio de sus pobres dueños; estas escenas se van repitiendo por el punto de Barracas, para donde han salido otras divisiones de tropas, bajo la capa de paseo militar, las que van mandadas por jefes, nada menos que de coronel arriba, como el brigadier Alvear, actual ministro de guerra, el mayor coronel don Ignacio Álvarez y el inspector general coronel don Blas Pico". 

"Lo que los montoneros (se refiere así a los federales), en las muchas veces que han entrado en estos puntos, han respetado y dejado a sus vecinos pacíficos, sin dañarlos ni robarlos; a no ser sino uno u otro que en la soldadesca es irremediable, fuera de la vista de sus jefes, lo han hecho los nuestros a presencia de los suyos; esto prueba que unos llevan la fama y otros cargan la lana; así sucede nuestro gobierno, proclama el orden, protección y seguridad en las propiedades individuales, pero autoriza el robo, ¡qué mal se compadece de lo dicho al hecho! por lo que se ve que la guerra no se ha vuelto sino una piratería y que tanto padece el amigo del gobierno unitario como el enemigo federal, pues por lo que se experimenta todos los bienes son comunes. Pobre patria que siendo tan rica y poderosa, va a quedar totalmente arrasada por la ambición de mandar en algunos de sus hijos. El plan que se formaron los de la facción del 1° de diciembre de 1828 fue sujetar todas las provincias al gobierno de unitario, creyendo lograrlo por las fuerzas militares que tenían a su mando; pero les va saliendo la mona capada, y lo que sus famosos soldados no perecieron con los brasileños, van muriendo en manos de sus paisanos que según se ve concluirán con todos, y sus planes quedarán frustrados, como se va viendo, yendo por lana y salen trasquilados, porque lo más florido de sus jefes, oficiales y soldados han perecido, bajo la cuchilla de los gauchos de la campaña, y al fin tendrán que ceder, que no triunfa quien ataca los pueblos". 

"Pasajes sueltos, que se me han contado por dos sujetos respetables, el presbítero don Manuel Ascorra y doctor don Pedro Ignacio Rivero, abogado de la superior cámara de justicia, quienes me lo han asegurado por ciertos y son los siguientes. Estando el señor Lavalle con su ejército, en las inmediaciones del lugar llamado de Álvarez dos leguas del puente de Márquez para el campo, entró en una casa y en ella encontró una divisa de los que llevan los federales para distinguirse de los unitarios; y por esto mandó pasar a cuchillo a toda la infeliz familia". 

"El coronel comandante general de la campaña del Sur don [Juan] Ramón Estomba tomó a un hombre, y creyéndolo federal lo puso en la boca de un cañón: le hizo pegar fuego y con la metralla lo levantó por los aires dividido en cuartos. Este señor estaba loco por lo que lo trajeron a la ciudad; en donde ha muerto en este estado por no haber querido comer; y cuando cometió este hecho, dicen, ya estaba tocado de su razón y no lo habían conocido". 

"El comandante general de campaña del Norte, coronel don Federico Rauch, a cuantos hombres tomaba prisioneros los fusilaba, cuyo hecho cometió con más de sesenta". 

"Estos son pasajes sueltos cometidos por los señores generales sin contar otros muchos cometidos por sus soldados que omito relacionarlos por no llenar tanto papel con hechos tan horrorosos". 

A continuación Beruti destaca el comportamiento de los federales:

"Siguen otros pasajes, que me han contado los mismos sujetos, hechos por los federales". 

Juan manuel de Rosas
Oficial del ejército de Rosas. Autor anónimo
"Habiendo sabido don Juan Manuel de Rosas, coronel y comandante general de las fuerzas de la campaña, que por la escasez de carne se hallaban los hospitales y gente pobre de la ciudad en mucha necesidad; bajo de un parlamento mandó al ejército de Lavalle 700 cabezas de ganado vacuno y 3.000 ovejas para que fueran socorridos; pero éstas se aplicaron por dicho Lavalle a otros objetos diversos, por lo que se prohibió sabido por Rosas el permitir totalmente la introducción en la ciudad de carnes, omitiendo hacer nuevas generosas remesas". 

"El cura de la parroquia de la Piedad, doctor don Mariano Medrano, se hallaba de visita en casa de su feligrés don Tomás Rebollo, cuando entró una partida de montoneros (federales), quienes desnudaron al cura de sus vestidos, los que aprehendidos, les quitaron la ropa, se devolvió al cura, y el ladrón o ladrones de orden de Rosas fueron fusilados". 

"Igualmente fue robado por otra partida el doctor don Rafael Casagemas (abogado de esta excelentísima Cámara), el que habiendo quejádose de haberle quitado 600 pesos sus soldados, no habiendo podido ser averiguado quiénes lo hicieron, el mismo Rosas pagó al doctor perjudicado los 600 pesos luego que lo supo". 

"Un vecino llamado don Manuel Moya, que vivía frente la pólvora de Cueli, fue robado por una partida, la que antes de salir de la casa fue presa y desarmada por otra que la mandaba un oficial que al mismo tiempo llegó; se le devolvieron sus prendas robadas, llevaron al ejército de Rosas a los delincuentes que fueron diez los aprehendidos e inmediatamente todos fueron fusilados". 

"Compárese unos hechos con otros de los dos contenedores y véase quién de los dos obra mejor".

....."Un comandante (unitario) de partida llamado don Manuel Ramírez en el barrio del hospicio, encontró dos paisanos medio embriagados, que iban sin armas, y pareciéndole montonero (federales), contra una zanja los fusiló, sin embargo de que uno de los que lo acompañaban le decían no eran tales montoneros". 

"Un soldado robó una niña, la madre se presentó a Lavalle contra el soldado reclamándola, y le contestó que eran críticas las circunstancias para hacerle justicia, y así que esperase a que concluyese la guerra, que entonces podría repetir". 

Pero semejantes salvajadas de los unitarios, siguieron durante todo el gobierno de Rosas y no cesaron con la batalla de Caseros, ya que inmediatamente y a los pocos días se fusilaron más personas que en toda la época de Rosas. 

Durante la confrontación entre el secesionado Estado de Buenos Aires y la Confederación Argentina, fueron fusilados en Villamayor (2 de febrero de 1856) por orden del gobierno liberal y "civilizado" de Buenos Aires más de 120 combatientes federales prisioneros, entre los que se encontraba el héroe de Martín García, Jerónimo Costa (ver ER N° 8). 

También y ya muchos años después del derrocamiento de Rosas y durante la presidencia de Mitre, las matanzas continuaron, ya que se lanzaron contra el interior federal (años 1861/1863), regimientos de represión y exterminio mandados por oficiales uruguayos como Arredondo, Flores, Paunero, Rivas, Sandes y otros, quienes sembraron el terror en todas aquellas poblaciones de ls provincias interiores por las cuales pasaban. No quiero extenderme en el relato de estos hechos, lo que ya hice en el N° 29 de este periódico, dedicado en su casi totalidad al 150°Aniversario de la cruenta e injusta muerte del Chacho Peñaloza, a quién después de ser ultimado se le cortó la cabeza, la que fue expuesta insertada en un palo en la plaza del pueblo de Olta. 

Todo esto prueba el salvajismo del "civilizado" partido unitario y ya durante la vigencia de los derechos individuales garantizados por Constitución de 1853, que ellos eran los primeros en no respetar. 

Tampoco somos incautos para creer que durante toda la cruenta guerra civil en la que se vieron inmersos los argentinos desde el segundo cuarto del siglo XIX en adelante los federales no hubieren incurrido también en violencias. 

Mayormente, durante las guerras civiles, se dan los hechos más sanguinarios y de mayor crueldad y hay pruebas más que elocuentes de ello en toda la historia de la humanidad. 

En la llamada historia oficial, prácticamente los hechos mencionados en este artículo, no solo no fueron dados a conocer, sino que por el contrario se ocultaron cuidadosamente, presentándose a los jefes unitarios -entre otros- Lavalle, Paz, Lamadrid, y a otros personajes del mismo partido como honorables y pundonorosos, amantes de las leyes y la civilización cuando su desempeño dejó mucho que desear. Por el contrario siempre se mostró a los federales y a su máximo exponente, Rosas, como brutos, sanguinarios y sedientos de sangre, con mentiras magnificadas. 

Fue, sin lugar a dudas, aquel proceder salvaje de los unitarios contra sus oponentes, lo que motivó la reacción de los federales, ya que como dijo Iriarte: "Semejante conducta (de los unitarios) grabó un odio profundo en los oprimidos (federales): hombres acostumbrados a la vida semisalvaje de los campos y a una libertad análoga a la del hombre en el primitivo estado de la naturaleza, los gauchos no era posible que soportasen largo tiempo tan pesado yugo".


Fuentes:

Beruti, Juan Manuel. "Memorias curiosas", Emecé Editores Argentina S.A., Buenos Aires, 2001.

Ezcurra Medrano, Alberto. "Las otras Tablas de Sangre", Editorial Haz, Buenos Aires, 1952.

"José María Paz, de la colección Grandes Protagonistas de la Historia", dirigida por Félix Luna, Editorial Planeta Argentina S.A., Buenos Aires, 2000.

Marco, Carlos R. "Don Juan Manuel de Rosas, sus detractores y sus panegiristas", T° I, Mendoza, 1953.

Massot, Vicente. "Matar y morir - La violencia política en la Argentina (1806-1980)". Emecé Editores S.A., Buenos Aires, Abril 2003.

O'Donnell, Pacho. "Juan Manuel de Rosas. El maldito de la historia oficial", Editorial Planeta, Buenos Aires, 2001.

Pigna, Felipe. "La historia en foco - Mujeres en las guerras civiles", Revista Viva N° 1954 del 13/10/2013.

Sierra, Vicente D. "Historia de la Argentina", Tomo VIII, 1828-1840, Editorial Científica Argentina, Buenos Aires, 1969.

(A) “DON JUAN MANUEL DE ROSAS”. Pintura al óleo sobre tela de García del Molino, 1873 (Ref. Esta obra es otra versión original del cuadro que se encuentra en el Museo Histórico Nacional). Catálogo Agosto 2010, J.C. Naón y Cía. S.A.