REVOLVIENDO LA BIBLIOTECA
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REVOLVIENDO LA BIBLIOTECA
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Aceite
LA NEGRITA (Divisa Punzó) – Manuelita Rosas
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| Aceite LA NEGRITA |
La revista Caras y Caretas, publicación semanal que aparecía los días jueves, se editó en la ciudad de Buenos Aires entre los años 1898 y 1939, llegándose a publicar durante todos esos años 2139 números.
En algunos de ellos, las publicidades hicieron referencia a Juan Manuel de Rosas, como aquellas de yerba Flor de Lis y jabón Reuter, que reproducimos en la edición impresa de “El Restaurador”.
En la edición 1807 del 20 de
mayo de 1933, en la contratapa de la revista apareció una propaganda de la firma Freixas
y Co., con el título “Manuelita Rosas” y debajo el famoso retrato de la hija
del Restaurador, pintado por Prilidiano Pueyrredón, actualmente expuesto en el Museo Nacional de Bellas Artes.
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| Caras y Caretas N° 1807 - Manuelita Rosas |
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| Retiración de la contratapa y contratapa de Caras y Caretas N° 1808 |
Allí en la retiración de la contratapa, se informaba de la “Iniciación de la venta del super aceite “LA NEGRITA” (DIVISA PUNZÓ) alimento puro”, creado en nuestro país “...para satisfacer tan importante demanda y desde hoy lo ponemos en venta en los primeros almacenes de toda la República. Nuestro super-aceite se llama LA NEGRITA (DIVISA PUNZO) y es la super-clase correspondiente a la que comen en París los ricos de paladar y los ricos del lujo y del confort”
Se explicaba también el porqué del nombre. “El
nombre de LA NEGRITA viene de que en tiempos del Virreinato existía un almacén
en la esquina de la calle del Correo y del Cabildo (hoy Perú y Victoria) que
vendía todo el aceite. Hacia 1850 agregó a sus títulos el de la DIVISA PUNZO”.
En cuanto al obsequio, decía el aviso: “Tendremos
el gusto de entregar personalmente o de enviar por correo, a toda persona que
lo solicite, un ejemplar de dicha oleografía, (desde el 5 de junio)
absolutamente gratis pues como todos los habitantes de la Argentina consumen
mercaderías de nuestro nombre y control, al poner en venta La Negrita (Divisa
Punzó), todos tienen derecho a este regalo”.
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| Caras y Caretas N° 1819 |
Publicado en el Periódico El Restaurador - Año XI N° 43 - Junio 2017 - Pags. 4 y 5
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| Prilidiano Pueyrredón. Autorretrato. 1861 |
Los Pueyrredón eran de ideas unitarias. En 1835 y con motivo del acceso de Rosas al poder de la provincia de Buenos Aires por segunda vez, Juan Martín se alejó de Buenos Aires junto a su familia, con rumbo a Europa, especialmente a Francia, de donde provenían sus antepasados. Allí su hijo Priliadiano obtuvo una formación intelectual europea y años más tarde también tomó conocimiento de las manifestaciones artísticas de la corte brasileña, ya que se radicaron en 1841 en Río de Janeiro y después de dos años, volvieron nuevamente a Europa. En París, Prilidiano se recibió de ingeniero.
Regresaron a Buenos Aires en 1849, seguramente por la situación de bonanza y de paz en la que se vivía en aquél entonces en la Confederación Argentina, falleciendo el ex Director Supremo en marzo de 1850, a raíz de una enfermedad que lo aquejaba hacía tiempo.
Habiendo ocurrido en mayo de 1851 el pronunciamiento de Urquiza, en Buenos Aires, un grupo de federales quisieron alagar a Rosas, obsequiando a Manuelita -quien hasta ese momento nunca había posado para un pintor- con un retrato de su figura. La hija del gobernador antes de aceptar, quiso consultarlo con su padre, el que a su vez designó una comisión formada por su amigo Juan Nepomuceno Terreo, su exsocio en actividades comerciales Luis Dorrego y su hermano Gervasio Ortíz de Rozas, para que aconsejara y dictaminara si Manuelita debía ser retratada y en su caso, si el obsequio debía ser aceptado. La comisión no solo se expidió afirmativamente, sino que también definieron detalles de la obra, como el color del vestido y la posición “más análoga a la moral y al rango” que debía darse a la retratada y otras cuestiones que se consideraron importantes.
La obra fue encargada por esta comisión al joven Prilidiano Pueyrredón, quien contaba con 27 años de edad y sólidos conocimientos pictóricos, quien se abocó a la tarea y previo los bocetos correspondientes, como el que ilustra esta página, retrató a Manuelita de cuerpo entero, en tamaño casi natural, en el impactante óleo pintado a mediados de 1851, que mide 199 x 166 cms. y que se reproduce en la página de inicio de este periódico.
Esta pintura, que es considerada como gran exponente de la iconografía pictórica argentina se encontraba originariamente expuesta en el Museo Histórico Nacional, pero a principios de los años '30 la obra de Prilidiano Pueyrredón fue revalorizada por los críticos de arte y por ello pasó a ser exhibido en el Museo de Bellas Artes de la ciudad de Buenos Aires, donde ocupa lugar destacado y que por sus características, no resulta indiferente ya que por el contrario atrapa la vista y atención del visitante.
Boceto al óleo de 37,7 x 30,3 cm. realizado Pueyrredón y que utilizó para pintar el célebre retrato de Manuelita
Después de ejecutar este retrato, su joven autor viajó a España, pero al poco tiempo regresó y se instaló definitivamente en Buenos Aires en 1854.
De su primera estadía como artista en esta ciudad, solo se conocen el retrato de su padre, otro inconcluso de su prima y vecina Magdalena Costa, que fue su amor no correspondido y el de Manuelita, con quien en la infancia, tuvieron una antigua amistad. Estos fueron retratos de fuerte carácter afectivo entre el pintor y estos tres personajes.
Al momento de la ejecución de la obra, Manuelita que tenía 34 años, fue retratada de pie, junto a una mesa dorada con tapa de mármol blanco en la que se ve un florero con flores rojas, rosadas y blancas, está un poco perfilada hacia la derecha, con un vestido "colorado de la patria federal" y "con expresión risueña" en el “acto de colocar sobre su mesa de gabinete una solicitud dirigida a su tatita", el fondo es de un tinte verdoso.
En el retrato prima el rojo, en distintas gamas y tonalidades, utilizado para pintar la mayoría de los objetos, como el vestido de terciopelo a la moda, la alfombra, el cortinado, el tapizado del sillón estilo Luis XV y algunas de las flores del ramillete que se encuentran en el florero, sobre la mesa de gabinete.
Con el fin de mejorar el efecto visual y otorgar luminosidad al retrato y quebrar la uniformidad cromática, el artista pintó unos encajes blancos de la falda, rematados por moños rojos y unos volados del mismo color en las mangas.
De color blanco es también el escarpín de seda del pie izquierdo de la retratada, que sobresale debajo del vestido.
El vestido con miriñaque de terciopelo rojo, con un generoso escote en "v" está de acuerdo a la moda europea del momento.
En el cuadro, Manuelita luce una diadema sobre su peinado, acompañado por un moño punzó, además de un importante collar que resalta por el amplio escote y un prendedor; aros y pulseras de oro con piedras preciosas y anillos en ambas manos.
El cuadro es armónico, pese a la hegemonía de los tonos de rojo, pues la tonalidad verdosa del fondo, los detalles en blanco ya mencionados, hacen un contraste interesante y en realidad hacen resaltar más el rojo, que fue el color solicitado.
Una vez pintado este retrato, fue presentado a la vista pública, en una sesión de baile de gala en honor de Manuelita, que se realizó en el teatro Coliseo, organizado por destacadas personalidades como Baldomero García, Eustaquio José Torres y Juan Manuel de Larrazábal, entre otros, en el que además se proyectaba distribuir litografías del mismo a los asistentes. Estas personas mencionadas, eran quienes habían ofrecido a Manuelita, el obsequio de su retrato.
Ese baile que se realizó en octubre de 1851 y duró hasta altas horas de la noche, contó con la concurrencia de la alta sociedad porteña y en la que Manuelita fue la figura principal.
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| Patio porteño en 1850, pintado por Pueyrredón en 1860 |
Prilidiano fue un gran artista, a quien muchos llaman el "primer pintor de la Patria" y entre sus obras más importantes, además del retrato de Manuela, podemos mencionar "La pulpería", "Un alto en el camino", "Lavanderas del bajo Belgrano", "Un domingo en los suburbios de San Isidro", "Paisaje de la costa", "Capataz y peón de campo", "El rodeo", entre muchas otras, donde se destaca como gran paisajista y donde en sus telas volcó las tradiciones y costumbres de los habitantes rioplatenses. También tenemos que destacar la infinidad de retratos de personas de la alta sociedad que pintó, lo que lo sitúa entre los grandes retratistas.
Sus obras se encuentran en los Museos más importantes del país y cuando alguna de una colección particular sale a la venta, logra alta cotización.
No debemos dejar tampoco de mencionar sus pinturas eróticas y realistas de "El baño" y "La siesta", muy sensuales por la voluptuosidad de la modelo que era la cocinera de su chacra, obras que fueron pintadas para deleite propio y para exhibiciones privadas con sus amigos.
No solo fue reconocido y apreciado como gran pintor en su época, sino que en la actualidad se lo considera como uno de los más importantes y representativo del arte argentino.
Pero no solo eso, ya que también fue arquitecto, ingeniero, paisajista y urbanista entre otras actividades.
Como arquitecto podemos mencionar que en mismo año de 1851 en el que retrató a Manuela Rosas, estaba proyectando la chacra Los Olivos, para su amigo Miguel de Azcuénaga, que con sucesivas remodelaciones realizadas a través de los años, sería la actual residencia presidencial. También modificó la fachada de la Catedral Metropolitana y realizó mejoras en la Iglesia del Pilar.
Como paisajista hizo un parque de dos kilómetros cuadrados en la estancia San Juan de su amigo Pereyra de Iraola.
En la Plaza de la Victoria, frente al Cabildo, que parecía un páramo, plantó 300 paraísos y también modificó la Pirámide de Mayo y le agregó la escultura de La Libertad.
Como ingeniero, proyectó y construyó un puente de hierro giratorio para cruzar el Riachuelo, que se puso en funcionamiento después de su fallecimiento.
Falleció a los 47 años, en 1870.
Publicado en el Periódico El Restaurador - Año III N° 9 - Diciembre 2008 - Pags. 13 y 14
El retrato de Manuela
Por la Profra. Beatriz Celina Doallo
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| Manuelita Rosas. Óleo de Prilidiano Pueyrredón |
Lamentablemente, la señora Laura Malosetti Costa, que escribió el texto para comentar la obra, no se ilustró lo suficiente sobre Manuela Rosas, por lo que la reseña correspondiente, titulada "Retrato de la hija del rigor" es políticamente subjetiva e históricamente inexacta. Hace referencia a un escrito de José Mármol en Montevideo, presentando a la retratada "como una víctima de los designios de su padre. Era conocido, aún entre los opositores a Rosas, su rol de intercesora ante su padre procurando clemencia, en casos terribles como la ejecución de Camila O 'Gorman en 1848."
La tan esgrimida historia del fusilamiento de Camila O'Gorman ha focalizado gran parte de los ataques contra Rosas y no es ese trágico episodio el motivo de este artículo, sino el papel que cupo a la hija del Restaurador durante esos cruciales días de agosto de 1848. Para entenderlo, es necesario ubicamos en tiempo y espacio. A 160 años de distancia, en un mundo de comunicaciones por satélite, pensemos en una época en que el correo lo distribuían las diligencias y los oficios (escritos entre autoridades) los chasques. Morse había inventado el telégrafo en 1832 pero el sistema no estaba implementado en la Confederación. Por lo que concierne a la política, no existían las conferencias de prensa, los voceros del gobierno, ni tan siquiera los discursos oficiales. Las resoluciones y decretos salían del despacho de cada gobernador sin darle cuenta a la ciudadanía, que se enteraba, si era menester hacerlos de conocimiento público, por escritos enviados a la prensa o carteles fijados en los muros.
Rosas supo que Camila y su amante, el ex sacerdote Ladislao Gutiérrez, habían sido apresados en la localidad de Goya, Corrientes, por un oficio que envió el gobernador Virasoro, quien también le informaba que le remitía los prisioneros en un barco a vela por el Paraná. Rosas, ante un caso delictivo fuera de lo común, llamó a su despacho a varios destacados juristas, quienes divulgaron la noticia entre la sociedad distinguida de La gran aldea. Maria Josefa Ezcurra, la hermana de Encarnación que tanta ingerencia tuviera en las primeras etapas del gobierno, carecía ya de influencia, pero escribió sobre la cuestión a su cuñado:
"Mi querido hermano Juan Manuel: Esta se dirige a pedirte a favor de Camila. Esta desgraciada, es cierto, ha cometido un crimen gravísimo contra Dios y la sociedad. Pero debes recordar que es una mujer y ha sido inducida por quien sabe más que ella en el mal camino. El gran descuido de su familia en permitirle esas relaciones tiene mucha parte en lo que ha sucedido; ahora se desentienden de ella; si quieres que entre recluída en la Santa Casa de Ejercicios, yo hablaré con doña Rufina Días y estoy segura de que se hará cargo de ella y no se escapará de allí. Con mejores advertencias y ejemplos virtuosos, entrará en sí y enmendará sus errores, ya que los ha cometido por causa de quien debía ser un remedio para no hacerlos”.
Las medidas que se tomaron en Buenos Aires indican que Rosas dejaría que la justicia se ocupara del delito de Gutiérrez y que Camila, tal como sugiriera la señora Ezcurra, sería llevada a la Casa de Ejercicios. El Jefe de Policía dispuso se asease un calabozo del Cabildo para alojar al primero y dos habitaciones en dicha Casa para comodidad de Camita. Por desgracia, un golpe de viento encalló el barco en que traían a los prisioneros en la costa de San Pedro; el capitán dijo al Juez de Paz de ese distrito que le era imposible llegar a Buenos Aires y el magistrado, carente de órdenes, envió los presos al cuartel de Santos Lugares y un oficio a Rosas informando del hecho.
Para ubicar los sucesos en un espacio comprensible, hay que saber que, con la mudanza a Palermo de San Benito, ocurrida ese mismo año de 1848, algunas cosas habían cambiado, entre ellas la forma en que Rosas atendía los asuntos de gobierno. En su antigua casa de la ciudad, lo hacía con los escribientes en su propio dormitorio (*) y Manuela entraba allí a menudo para llevarle cartas, paquetes o avisarle que una visita o el almuerzo lo esperaban. En Palermo, con mayor cantidad de habitaciones, todo era más protocolar; Rosas tenía en un ala de la casona un despacho adecuado para recibir visitas importantes, otro más sencillo donde trabajaba con dos escribientes y una secretaría contigua ocupada por varios amanuenses. Los empleados de secretaria eran jóvenes que, muchos años después, refirieron al doctor Saldías y a otros cronistas las peculiaridades del gobernante, por lo que conocemos que Manuela y su padre rara vez conversaban fuera de los almuerzos. La hija de Rosas tenía sus propias ocupaciones, residía en un ala de la casa alejada de las oficinas y la red de chismografía que corre por los pasillos gubernamentales de la actualidad era impensable. Lo que se hablaba y dictaba en el despacho de Rosas no era comentado fuera de ese ámbito, el Restaurador no era persona dispuesta a charlar sobre sus acciones políticas mientras almorzaba y a ningún chasque le pasaba por la cabeza romper el sello de lacre de un oficio y leerlo, si es que sabía leer.
EI 17 de agosto las cosas se precipitaron. Llegó a Palermo el oficio remitido desde San Pedro y al cuartel de Santos Lugares la carreta que transportaba a Camila y a Gutiérrez. En la madrugada del 18 de agosto un chasque partió de la residencia de Rosas llevando al mayor Antonino Reyes, jefe del cuartel, la orden de fusilar a la pareja. Reyes intentó salvar a Camila: envió un oficio a Rosas informándole que la joven estaba embarazada y una carta a Manuela para que intercediera por ella ante su padre. La carta y el oficio los recibió en Palermo el oficial de guardia, Eladio Saavedra, y los entregó a Rosas, quien los devolvió a Reyes con una amonestación por no haber dado aún cumplimiento a su orden. Horas después fusilaban a Camila y a Gutiérrez, sin que Manuelita Rosas ni su entorno de Palermo tuviera siquiera conocimiento de que se hallaban en Santos Lugares. De forma tan hermética se llevó el asunto en el despacho del Restaurador que, sabiendo de la captura de ambos fugitivos en Goya, suponían su pronto arribo al puerto de Buenos Aires. La noticia de la ejecución se propaló días después, cuando el capellán que suministró los últimos sacramentos a los condenados comunicó el hecho al Consejo que manejaba las relaciones del clero católico. Mientras la nave con los cautivos bajaba por el río Paraná, una secuencia perversa de artículos periodísticos, peticiones sórdidas y opiniones inclementes influyó para que Rosas mudara su primitivo propósito sobre ambos y tomara la fatídica decisión.
Leemos otros párrafos del comentario sobre el retrato de Manuelita:
"Luego de Caseros, Manuela de Rosas y Ezcurra partió con su padre al exilio en Inglaterra. Allí pudo finalmente contrariar la prohibición paterna y casarse con el hombre a quien amaba: Manuel Terrero, con quien tuvo dos hijos."
Manuela Robustiana de Rosas y Terrero falleció a los 81 años en su hogar de Hampstead (Londres) el sábado 17 de septiembre de 1898, pero es erróneo que nunca pudo volver a nuestro país.
En 1877 la justicia argentina había fallado a su favor, devolviéndole los bienes que le correspondían por herencia de su madre, Encarnación Ezcurra. Manuela viajó a Buenos Aires en 1886 para hacerse cargo de esos bienes, que incluían la vieja casa que sirviera de sede a la gobernación hasta la mudanza a Palermo.
Ya venía prevenida acerca del antagonismo hacia Rosas y todo cuanto tuviera relación con el extenso gobierno de éste sobre la Confederación Argentina, pero lo que percibió superó sus peores recelos. Se alojó en una casa de la calle Reconquista N° 23 e, invitada por el contraalmirante Cordero, jefe de la flota y esposo de una de sus viejas amigas, visitó en el puerto un barco de guerra de la Armada. Durante su permanencia en Buenos Aires hizo poner a la venta las propiedades que le habían sido restituídas, con lo que obtuvo una buena suma de dinero. En lugar de convertir la moneda argentina en libras esterlinas y girarlas a la cuenta de su marido en Londres, compró cédulas hipotecarias de nuestro país; la operación, a la postre, resultó desastrosa por la caída de esos títulos durante la crisis económica que comenzó en 1890, causó una revolución e inspiró al periodista José María Miró (1867-1896) para escribir la novela La Bolsa con el seudónimo de Julián Marte.
(*) Ver "Es acción santa matar a Rosas" en el número 8 de “El Restaurador”.
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| Tarjeta de visita de
Manuelita |
La profesora de idiomas, literatura e historia, Beatriz Celina Doallo,
recibió 57 premios por su labor literaria, destacándose dos Premios Nacionales
y dos Fajas de Honor de