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domingo, 28 de mayo de 2023

Prilidiano Pueyrredón - Retrato de Manuelita Rosas

 REVOLVIENDO LA BIBLIOTECA

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En esta sección que llamamos "Revolviendo la biblioteca", incluimos distintos artículos de gran interés histórico, poco conocidos por el público en general, publicados hace ya muchísimos años. 

Publicamos a continuación un breve artículo aparecido en la Revista La Nación, en la sección Arte para todos cuya fecha exacta no podemos precisar pero que fue en la primera mitad de la primera década de este siglo

Retrato de Manuelita Rosas / Cómo ver la obra
Por Fermín Fevre

Prilidiano Pueyrredón


Como ocurre con la mayoría de los retratos, el que Prilidiano Pueyrredón pintó de Manuela de Rosas y Ezcurra 1817-1898) obedeció a un encargo. Un grupo de ciudadanos quiso agasajar al Restaurador con un retrato de su hija que hasta entonces no había sido retratada por un pintor. Una comisión integrada por Luis Dorrego, Juan Nepomuceno Terrero y Gervasio Ortiz de Rosas, con la supervisión del mismo Rosas, convino los detalles del cuadro.
Se eligió a Prilidiano Pueyrredón para realizarlo. Ya había pintado un retrato de su padre, Juan Martín de Pueyrredón, fallecido en marzo de 1850. La ocasión para hacer público el agasajo sería el acto de homenaje a Manuelita que se haría en el teatro Coliseo, en octubre de 1851.
Los Pueyrredón habían regresado de París en 1849, luego de una estada de cinco años, Prilidiano poseía para entonces una sólida formación como pintor, además de estudios de arquitectura. En 1851 lo encontramos, precisamente, proyectando la chacra Los Olivos, que con sucesivas remodelaciones sería la actual residencia presidencial.
Manuelita tenía por entonces 34 años y había sido compañera de juegos infantiles de Prilidiano, que en el momento de hacer el retrato tenía 27. Se conocían bien. La citada comisión determinó, luego de algunos cabildeos, que el retrato sería con la figura de Manuelita de pie. El traje debía ser rojo, según la divisa federal, y tanto la postura como la expresión del rostro tenían que exaltar su bondad y la dignidad de su rango.
Luego de conocer estos requisitos, el artista solicita autorización para colocar encajes blancos en el vestido con el fin de resolver plásticamente mediante contrastes la majestuosidad de la figura. Los pormenores del encargo los conocemos por el relato de José Mármol aparecido el 6 de octubre de 1851 en La Semana de Montevideo (ciudad en la que el escritor estaba exiliado).
El artista desarrolla una magnífica distribución del color, utilizando una gama de rojos que logra una verdadera sinfonía: abarca la figura, el cortinado, la alfombra, el sillón y las flores junto con el dorado para maderas y pasamanería, el marfil de los encajes y un fondo en gama verdosa. Crea, así, un clima adecuado para su representación que también posee elementos simbólicos. La expresión risueña del rostro y la mano derecha apoyada en un papel blanco (que se interpretaba como una carta para su tatita, según el papel de intercesora) completan un cuadro de apreciables dimensiones.
Este óleo, excepcional exponente de la iconografía pictórica argentina, perteneció al Museo Histórico Nacional. Pero en 1932 el crítico José León Pagano publicó un artículo en el suplemento Literario de LA NACION en el que se valorizaba por primera vez a Prilidiano Pueyrredón como uno de nuestros grandes artistas. Luego de esta intervención, el cuadro fue trasladado al Museo Nacional de Bellas Artes, donde hoy lo podemos ver.

DATOS ÚTILES
Año: 1851
Técnica: Óleo sobre tela
Medidas: 199 cm x 166 cm
Donde encontrarlo: Museo Nacional de Bellas Artes (MNBA) – Av. del Libertador 1473, 4803-8814

El autor es director del Departamento de Arte y Cultura de la Universidad Nacional de Tres de Febrero. Ex director del Museo Nacional de Bellas Artes. Miembro de número de la Academia Nacional de Periodismo. (F. en el año 2005)

PRILIDIANO PUEYRREDÓN (1823-1870) arquitecto, ingeniero y urbanista. Fue uno de los pintores argentinos más notables del siglo XIX, buscó perpetuar las tradiciones de la zona rioplatense y las costumbres de sus contemporáneos.

martes, 12 de enero de 2021

Aceite LA NEGRITA - Divisa Punzó - Manuelita Rosas

 

Aceite LA NEGRITA (Divisa Punzó) – Manuelita Rosas

Aceite LA NEGRITA

La revista Caras y Caretas, publicación semanal que aparecía los días jueves, se editó en la ciudad de Buenos Aires entre los años 1898 y 1939, llegándose a publicar durante todos esos años 2139 números.

En algunos de ellos, las publicidades hicieron referencia a Juan Manuel de Rosas, como aquellas de yerba Flor de Lis y jabón Reuter, que reproducimos en la edición impresa de “El Restaurador”.

En la edición 1807 del 20 de mayo de 1933, en la contratapa de la revista apareció una propaganda de la firma Freixas y Co., con el título “Manuelita Rosas” y debajo el famoso retrato de la hija del Restaurador, pintado por Prilidiano Pueyrredón, actualmente expuesto en el Museo Nacional de Bellas Artes.

Caras y Caretas N° 1807 - Manuelita Rosas

Al pié del retrato se informaba: “Retrato del natural donado al Museo Histórico Nacional por su hijo Máximo Terrero, en nombre propio y en el de sus hijos. Tela de 1.65 por 2 metros, pintada en el año 1850 por Pedro Prilidiano Pueyrredón”.

Esta información contenía tres inexactitudes: Máximo Terrero no era hijo de Manuelita, sino su esposo; dicho retrato fue pintado en el año 1851 por el artista Prilidiano Pueyrredón –no “Pedro” Prilidiano Pueyrredón-.

La firma Freixas y Co. la misma que comercializaba el afamado “Licor de los 8 hermanos” y el aceite de oliva "Bau", con motivo del lanzamiento del aceite LA NEGRITA (DIVISA PUNZÓ), ofrecía obsequiar una reproducción de 40 por 60 cm. del famoso cuadro, informando que en el siguiente número se publicarían los datos para recibir la reproducción.

En el número 1908 del 27 de mayo, en la contratapa, nuevamente apareció la imagen del famoso óleo, con la misma información errónea ya señalada y debajo de la propaganda se leía: “Léase a la vuelta”.

Retiración de la contratapa y contratapa de Caras y Caretas N° 1808


Allí en la retiración de la contratapa, se informaba de la “Iniciación de la venta del super aceite “LA NEGRITA” (DIVISA PUNZÓ) alimento puro”, creado en nuestro país “...para satisfacer tan importante demanda y desde hoy lo ponemos en venta en los primeros almacenes de toda la República. Nuestro super-aceite se llama LA NEGRITA (DIVISA PUNZO) y es la super-clase correspondiente a la que comen en París los ricos de paladar y los ricos del lujo y del confort”

Se explicaba también el porqué del nombre. “El nombre de LA NEGRITA viene de que en tiempos del Virreinato existía un almacén en la esquina de la calle del Correo y del Cabildo (hoy Perú y Victoria) que vendía todo el aceite. Hacia 1850 agregó a sus títulos el de la DIVISA PUNZO”.

En cuanto al obsequio, decía el aviso: “Tendremos el gusto de entregar personalmente o de enviar por correo, a toda persona que lo solicite, un ejemplar de dicha oleografía, (desde el 5 de junio) absolutamente gratis pues como todos los habitantes de la Argentina consumen mercaderías de nuestro nombre y control, al poner en venta La Negrita (Divisa Punzó), todos tienen derecho a este regalo”.

Caras y Caretas N° 1819


jueves, 1 de junio de 2017

Historia de un retrato y de su autor Prilidiano Pueyrredón

  Publicado en el Periódico El Restaurador - Año XI N° 43 - Junio 2017 - Pags. 4 y 5 


Historia de un retrato y de Prilidiano Pueyrredón, su autor.

por Norberto Jorge Chiviló

Autoretrato de prilidiano Pueyrredón
Prilidiano Pueyrredón. Autorretrato. 1861
Prilidiano, nacido en 1823 era hijo de Juan Martín de Pueyrredón, uno de los héroes que se había destacado en el Combate de Perdriel, acción ocurrida el 1° de agosto de 1806 y quien al mando de un puñado de criollos, se enfrentó a fuerzas invasoras inglesas mayores en número y recursos y formadas por aguerridos soldados, siendo este el primer hecho de armas entre criollos e ingleses en aquellas memorables jornadas de la Reconquista. Diez años después Juan Martín fue nombrado por el Congreso de Tucumán como Director Supremo de las Provincias Unidas del Río de la Plata.

Los Pueyrredón eran de ideas unitarias. En 1835 y con motivo del acceso de Rosas al poder de la provincia de Buenos Aires por segunda vez, Juan Martín se alejó de Buenos Aires junto a su familia, con rumbo a Europa, especialmente a Francia, de donde provenían sus antepasados. Allí su hijo Priliadiano obtuvo una formación intelectual europea y años más tarde también tomó conocimiento de las manifestaciones artísticas de la corte brasileña, ya que se radicaron en 1841 en Río de Janeiro y después de dos años, volvieron nuevamente a Europa. En París, Prilidiano se recibió de ingeniero.

Regresaron a Buenos Aires en 1849, seguramente por la situación de bonanza y de paz en la que se vivía en aquél entonces en la Confederación Argentina, falleciendo el ex Director Supremo en marzo de 1850, a raíz de una enfermedad que lo aquejaba hacía tiempo.

Habiendo ocurrido en mayo de 1851 el pronunciamiento de Urquiza, en Buenos Aires, un grupo de federales quisieron alagar a Rosas, obsequiando a Manuelita -quien hasta ese momento nunca había posado para un pintor- con un retrato de su figura. La hija del gobernador antes de aceptar, quiso consultarlo con su padre, el que a su vez designó una comisión formada por su amigo Juan Nepomuceno Terreo, su exsocio en actividades comerciales Luis Dorrego y su hermano Gervasio Ortíz de Rozas, para que aconsejara y dictaminara si Manuelita debía ser retratada y en su caso, si el obsequio debía ser aceptado. La comisión no solo se expidió afirmativamente, sino que también definieron detalles de la obra, como el color del vestido y la posición “más análoga a la moral y al rango” que debía darse a la retratada y otras cuestiones que se consideraron importantes. 

La obra fue encargada por esta comisión al joven Prilidiano Pueyrredón,  quien contaba con 27 años de edad y sólidos conocimientos pictóricos, quien se abocó a la tarea y previo los bocetos correspondientes, como el que ilustra esta página, retrató a Manuelita de cuerpo entero, en tamaño casi natural, en el impactante óleo pintado a mediados de 1851, que mide 199 x 166 cms. y que se reproduce en la página de inicio de este periódico.

Esta pintura, que es considerada como gran exponente de la iconografía pictórica argentina se encontraba originariamente expuesta en el Museo Histórico Nacional, pero a principios de los años '30 la obra de Prilidiano Pueyrredón fue revalorizada por los críticos de arte y por ello pasó a ser exhibido en el Museo de Bellas Artes de la ciudad de Buenos Aires, donde ocupa lugar destacado y que por sus características, no resulta indiferente ya que por el contrario atrapa la vista y atención del visitante.

Boceto del retrato de Manuelita Rosas







Boceto al óleo de 37,7 x 30,3 cm. realizado Pueyrredón y que utilizó para pintar el célebre retrato de Manuelita









Después de ejecutar este retrato, su joven autor viajó a España, pero al poco tiempo regresó y se instaló definitivamente en Buenos Aires en 1854. 

De su primera estadía como artista en esta ciudad, solo se conocen el retrato de su padre, otro inconcluso de su prima y vecina  Magdalena Costa, que fue su amor no correspondido y el de Manuelita, con quien en la infancia, tuvieron una antigua amistad. Estos fueron retratos de fuerte carácter afectivo entre el pintor y estos tres personajes. 

Al momento de la ejecución de la obra, Manuelita que tenía 34 años, fue retratada de pie, junto a una mesa dorada con tapa de mármol blanco en la que se ve un florero con flores rojas, rosadas y blancas, está un poco perfilada hacia la derecha, con un vestido "colorado de la patria federal" y "con expresión risueña" en el “acto de colocar sobre su mesa de gabinete una solicitud dirigida a su tatita", el fondo es de un tinte verdoso.

En el retrato prima el rojo, en distintas gamas y tonalidades, utilizado para pintar la mayoría de los objetos, como el vestido de terciopelo a la moda, la alfombra, el cortinado, el tapizado del sillón estilo Luis XV y algunas de las flores del ramillete que se encuentran en el florero, sobre la mesa de gabinete.

Con el fin de mejorar el efecto visual y otorgar luminosidad al retrato y quebrar la uniformidad cromática, el artista pintó unos encajes blancos de la falda, rematados por moños rojos y unos volados del mismo color en las mangas. 

De color blanco es también el escarpín de seda del pie izquierdo de la retratada, que sobresale debajo del vestido.

El vestido con miriñaque de terciopelo rojo, con un generoso escote en "v" está de acuerdo a la moda europea del momento.

En el cuadro, Manuelita luce una diadema sobre su peinado, acompañado por un moño punzó, además de un importante collar que resalta por el amplio escote y un prendedor; aros y pulseras de oro con piedras preciosas y anillos en ambas manos.

El cuadro es armónico, pese a la hegemonía de los tonos de rojo, pues la tonalidad verdosa del fondo, los detalles en blanco ya mencionados, hacen un contraste interesante y en realidad hacen resaltar más el rojo, que fue el color solicitado. 

Una vez pintado este retrato, fue presentado a la vista pública, en una sesión de baile de gala en honor de Manuelita, que se realizó en el teatro Coliseo, organizado por destacadas personalidades como Baldomero García, Eustaquio José Torres y Juan Manuel de Larrazábal, entre otros, en el que además se proyectaba distribuir litografías del mismo a los asistentes. Estas personas mencionadas, eran quienes habían ofrecido a Manuelita, el obsequio de su retrato.

Ese baile que se realizó en octubre de 1851 y duró hasta altas horas de la noche, contó con la concurrencia de la alta sociedad porteña y en la que Manuelita fue la figura principal.

Patio porteño en 1850, pintado por Pueyrredón en 1860

Prilidiano fue un gran artista, a quien muchos llaman el "primer pintor de la Patria" y entre sus obras más importantes, además del retrato de Manuela, podemos mencionar "La pulpería", "Un alto en el camino", "Lavanderas del bajo Belgrano", "Un domingo en los suburbios de San Isidro", "Paisaje de la costa", "Capataz y peón de campo", "El rodeo", entre muchas otras, donde se destaca como gran paisajista y donde en sus telas volcó las tradiciones y costumbres de los habitantes rioplatenses. También tenemos que destacar la infinidad de retratos de personas de la alta sociedad que pintó, lo que lo sitúa entre los grandes retratistas.

Sus obras se encuentran en los Museos más importantes del país y cuando alguna de una colección particular sale a la venta, logra alta cotización.

No debemos dejar tampoco de mencionar sus pinturas eróticas y realistas de "El baño" y "La siesta", muy sensuales por la voluptuosidad de la modelo que era la cocinera de su chacra, obras que fueron pintadas para deleite propio y para exhibiciones privadas con sus amigos. 

No solo fue reconocido y apreciado como gran pintor en su época, sino que en la actualidad se lo considera como uno de los más importantes y representativo del arte argentino.

Pero no solo eso, ya que también fue arquitecto, ingeniero, paisajista y urbanista entre otras actividades.

Como arquitecto podemos mencionar que en mismo año de 1851 en el que retrató a Manuela Rosas, estaba proyectando la chacra Los Olivos, para su amigo Miguel de Azcuénaga, que con sucesivas remodelaciones realizadas a través de los años, sería la actual residencia presidencial. También modificó la fachada de la Catedral Metropolitana y realizó mejoras en la Iglesia del Pilar.

Como paisajista hizo un parque de dos kilómetros cuadrados en la estancia San Juan de su amigo Pereyra de Iraola.

En la Plaza de la Victoria, frente al Cabildo, que parecía un páramo, plantó 300 paraísos y también modificó la Pirámide de Mayo y le agregó la escultura de La Libertad.

Como ingeniero, proyectó y construyó un puente de hierro giratorio para cruzar el Riachuelo, que se puso en funcionamiento después de su fallecimiento.

Falleció a los 47 años, en 1870.

lunes, 1 de diciembre de 2008

El retrato de Manuela

   Publicado en el Periódico El Restaurador - Año III N° 9 - Diciembre 2008 - Pags. 13 y 14 

El retrato de Manuela

                                                     Por la Profra. Beatriz Celina Doallo                                                                          

Manuelita Rosas. Óleo de Prilidiano Pueyrredón

A principios de año, con una de sus ediciones dominicales, el matutino Clarín entregó un suplemento titulado "Las mujeres más bellas de la pintura", dedicado a obras argentinas. En esas páginas pueden apreciarse retratos de mujeres realizados por entre otros artistas, Sívori, Berni, Spilimbergo, Fader, Castagnino y Soldi, cada uno de ellos glosado por una nota interpretando la pintura, con datos acerca del autor y de la obra analizada. Sin desmerecer la excelente calidad del resto, puede afirmarse que lo más impactante es la aproximación al rostro de Manuelita Rosas, tomada del cua­dro pintado por Prilidiano Pueyrredón en 1851 que se exhibe en el Museo Históri­co Nacional.

Lamentablemente, la señora Laura Malosetti Costa, que escribió el texto para co­mentar la obra, no se ilustró lo suficiente sobre Manuela Rosas, por lo que la re­seña correspondiente, titulada "Retrato de la hija del rigor" es políticamente sub­jetiva e históricamente inexacta. Hace referencia a un escrito de José Mármol en Montevideo, presentando a la retratada "como una víctima de los designios de su padre. Era conocido, aún entre los opositores a Rosas, su rol de intercesora ante su padre procurando clemencia, en casos terribles como la ejecución de Camila O 'Gorman en 1848."

La tan esgrimida historia del fusilamiento de Camila O'Gorman ha focalizado gran parte de los ataques contra Rosas y no es ese trágico episodio el motivo de este artículo, sino el papel que cupo a la hija del Restaurador durante esos cruciales días de agosto de 1848. Para entenderlo, es necesario ubicamos en tiempo y es­pacio. A 160 años de distancia, en un mundo de comunicaciones por satélite, pen­semos en una época en que el correo lo distribuían las diligencias y los oficios (es­critos entre autoridades) los chasques. Morse había inventado el telégrafo en 1832 pero el sistema no estaba implementado en la Confederación. Por lo que concier­ne a la política, no existían las conferencias de prensa, los voceros del gobierno, ni tan siquiera los discursos oficiales. Las resoluciones y decretos salían del despa­cho de cada gobernador sin darle cuenta a la ciudadanía, que se enteraba, si era menester hacerlos de conocimiento público, por escritos enviados a la prensa o carteles fijados en los muros.

Rosas supo que Camila y su amante, el ex sacerdote Ladislao Gutiérrez, habían sido apresados en la localidad de Goya, Corrientes, por un oficio que envió el go­bernador Virasoro, quien también le informaba que le remitía los prisioneros en un barco a vela por el Paraná. Rosas, ante un caso delictivo fuera de lo común, llamó a su despacho a varios destacados juristas, quienes divulgaron la noticia entre la sociedad distinguida de La gran aldea. Maria Josefa Ezcurra, la hermana de En­carnación que tanta ingerencia tuviera en las primeras etapas del gobierno, care­cía ya de influencia, pero escribió sobre la cuestión a su cuñado:

"Mi querido hermano Juan Manuel: Esta se dirige a pedirte a favor de Camila. Es­ta desgraciada, es cierto, ha cometido un crimen gravísimo contra Dios y la socie­dad. Pero debes recordar que es una mujer y ha sido inducida por quien sabe más que ella en el mal camino. El gran descuido de su familia en permitirle esas rela­ciones tiene mucha parte en lo que ha sucedido; ahora se desentienden de ella; si quieres que entre recluída en la Santa Casa de Ejercicios, yo hablaré con doña Rufina Días y estoy segura de que se hará cargo de ella y no se escapará de allí. Con mejores advertencias y ejemplos virtuosos, entrará en sí y enmendará sus errores, ya que los ha cometido por causa de quien debía ser un remedio para no hacerlos”.

Las medidas que se tomaron en Buenos Aires indican que Rosas dejaría que la justicia se ocupara del delito de Gutiérrez y que Camila, tal como sugiriera la señora Ezcurra, sería llevada a la Casa de Ejercicios. El Jefe de Policía dispuso se asease un calabozo del Cabildo para alojar al primero y dos habitaciones en dicha Casa para comodidad de Camita. Por desgracia, un golpe de viento encalló el barco en que traían a los prisioneros en la costa de San Pedro; el capitán dijo al Juez de Paz de ese distrito que le era imposible llegar a Buenos Aires y el magistrado, carente de órdenes, envió los presos al cuartel de Santos Lugares y un oficio a Rosas informando del hecho.

Para ubicar los sucesos en un espacio comprensible, hay que saber que, con la mudanza a Palermo de San Benito, ocurrida ese mismo año de 1848, algunas co­sas habían cambiado, entre ellas la forma en que Rosas atendía los asuntos de gobierno. En su antigua casa de la ciudad, lo hacía con los escribientes en su propio dormitorio (*) y Manuela entraba allí a menudo para llevarle cartas, paquetes o avisarle que una visita o el almuerzo lo esperaban. En Palermo, con mayor canti­dad de habitaciones, todo era más protocolar; Rosas tenía en un ala de la casona un despacho adecuado para recibir visitas importantes, otro más sencillo donde trabajaba con dos escribientes y una secretaría contigua ocupada por varios ama­nuenses. Los empleados de secretaria eran jóvenes que, muchos años después, refirieron al doctor Saldías y a otros cronistas las peculiaridades del gobernante, por lo que conocemos que Manuela y su padre rara vez conversaban fuera de los almuerzos. La hija de Rosas tenía sus propias ocupaciones, residía en un ala de la casa alejada de las oficinas y la red de chismografía que corre por los pasillos gu­bernamentales de la actualidad era impensable. Lo que se hablaba y dictaba en el despacho de Rosas no era comentado fuera de ese ámbito, el Restaurador no era persona dispuesta a charlar sobre sus acciones políticas mientras almorzaba y a ningún chasque le pasaba por la cabeza romper el sello de lacre de un oficio y leerlo, si es que sabía leer.

EI 17 de agosto las cosas se precipitaron. Llegó a Palermo el oficio remitido desde San Pedro y al cuartel de Santos Lugares la carreta que transportaba a Camila y a Gutiérrez. En la madrugada del 18 de agosto un chasque partió de la residencia de Rosas llevando al mayor Antonino Reyes, jefe del cuartel, la orden de fusilar a la pareja. Reyes intentó salvar a Camila: envió un oficio a Rosas informándole que la joven estaba embarazada y una carta a Manuela para que intercediera por ella ante su padre. La carta y el oficio los recibió en Palermo el oficial de guardia, Eladio Saavedra, y los entregó a Rosas, quien los devolvió a Reyes con una amonestación por no haber dado aún cumplimiento a su orden. Horas después fusila­ban a Camila y a Gutiérrez, sin que Manuelita Rosas ni su entorno de Palermo tuviera siquiera conocimiento de que se hallaban en Santos Lugares. De forma tan hermética se llevó el asunto en el despacho del Restaurador que, sabiendo de la captura de ambos fugitivos en Goya, suponían su pronto arribo al puerto de Buenos Aires. La noticia de la ejecución se propaló días después, cuando el capellán que suministró los últimos sacramentos a los condenados comunicó el hecho al Consejo que manejaba las relaciones del clero católico. Mientras la nave con los cautivos bajaba por el río Paraná, una secuencia perversa de artículos periodísti­cos, peticiones sórdidas y opiniones inclementes influyó para que Rosas mudara su primitivo propósito sobre ambos y tomara la fatídica decisión.

Leemos otros párrafos del comentario sobre el retrato de Manuelita:

"Luego de Caseros, Manuela de Rosas y Ezcurra partió con su padre al exilio en Inglaterra. Allí pudo finalmente contrariar la prohibición paterna y casarse con el hombre a quien amaba: Manuel Terrero, con quien tuvo dos hijos."

Es sabido que no hubo tal prohibición. Manuela tuvo varios pretendientes, entre ellos un despechado José Mármol que en su novela Amalia trazó de la hija de Ro­sas una patética e infundada semblanza; otro cortejante fue Antonino Reyes. En Palermo Manuela comenzó a aceptar los galanteos de uno de los secretarios de su padre, el hijo del socio y leal amigo de Rosas, Juan Nepomuceno Terrero, que no se llamaba Manuel, sino Máximo. Los noviazgos de esa época no tenían la celeridad meteórica de los actuales y el romance se mantuvo entre los graves con­flictos de la Confederación con Inglaterra y Francia, y el pronunciamiento de Urqui­za. Manuela representaba a su padre en banquetes, espectáculos y conmemora­ciones; era el nexo gentil y ensalzado entre los enviados extranjeros y el Restau­rador, y no quiso privarlo de su apoyo con un matrimonio, que, por las costumbres imperantes, le restringiría esas actividades sociales.

Otro párrafo del artículo nos dice que "(Manuela) vivió en Londres hasta su muer­te, en 1898. Nunca pudo volver a la Argentina."

Manuela Robustiana de Rosas y Terrero falleció a los 81 años en su hogar de Hampstead (Londres) el sábado 17 de septiembre de 1898, pero es erróneo que nunca pudo volver a nuestro país.

En 1877 la justicia argentina había fallado a su favor, devolviéndole los bienes que le correspondían por herencia de su madre, Encarnación Ezcurra. Manuela viajó a Buenos Aires en 1886 para hacerse cargo de esos bienes, que incluían la vieja ca­sa que sirviera de sede a la gobernación hasta la mudanza a Palermo.

Ya venía prevenida acerca del antagonismo hacia Rosas y todo cuanto tuviera relación con el extenso gobierno de éste sobre la Confederación Argentina, pero lo que percibió superó sus peores recelos. Se alojó en una casa de la calle Reconquista N° 23 e, invitada por el contraalmirante Cordero, jefe de la flota y esposo de una de sus viejas amigas, visitó en el puerto un barco de guerra de la Armada. Du­rante su permanencia en Buenos Aires hizo poner a la venta las propiedades que le habían sido restituídas, con lo que obtuvo una buena suma de dinero. En lugar de convertir la moneda argentina en libras esterlinas y girarlas a la cuenta de su marido en Londres, compró cédulas hipotecarias de nuestro país; la operación, a la postre, resultó desastrosa por la caída de esos títulos durante la crisis económi­ca que comenzó en 1890, causó una revolución e inspiró al periodista José María Miró (1867-1896) para escribir la novela La Bolsa con el seudónimo de Julián Marte. 

(*) Ver "Es acción santa matar a Rosas" en el número 8 de “El Restaurador”.

Tarjeta de visita de Manuelita
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La profesora de idiomas, literatura e historia, Beatriz Celina Doallo, recibió 57 premios por su labor literaria, destacándose dos Premios Nacionales y dos Fajas de Honor de la SADE. Libros publicados: “Echeverría, el poeta de Mayo” (1985), “Alberdi, una voz desde el exilio” (1988), “José Pedroni, poeta de Esperanza” (1989), “El Nuevo Mundo en la literatura española del Siglo de Oro” (1992), “Cuentos de aquí y de allá” (1993), “Las vidas de José Hernández” (1995), “El exilio del Libertador” (1997), ensayo biográfico que integra la colección Estrella Federal.