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jueves, 3 de febrero de 2022

Alberto Mondragón - Encarnación Ezcurra

A mediados de la década del '60 Alberto Mondragón redactó unas breves biografías bajo el título "Figuras rosistas", que fueron publicadas en distintos periódicos y revistas (Revista o períódico El Puente, Revista Doctrina, entre otras) 


FIGURAS ROSISTAS 

(El Puente, julio de 1969)


Primera figura

ENCARNACION EZCURRA DE ROSAS “LA RESTAURADORA”

Alberto Mondragón


 

ENCARNACION EZCURRA nació del matrimonio formado por don Juan Ignacio de Ezcurra y doña Teodora de Arguibel, navarro él e hija de franceses ella. Cuándo apenas contaba 17 años de edad conoció a Juan Manuel Ortiz de Rosas, enamorándose ambos de tan apasionadamente que protagonizaron un noviazgo novelesco, que estuvo en boca de todos los habitantes del Buenos Aires de entonces.

Corría el año 1812 y el joven Rosas que ya firmaba Juan Manuel de Rosas, a consecuencia de unas disidencias con sus padres, don León Ortiz de Rozas y doña Agustina López de Osornio, hizo abandono del cargo que tenía al frente de las estancias paternas al sur de la provincia de Buenos Aires, dedicándose a trabajar por su cuenta en aquella frontera semisalvaje que envolvía a los porteños en un manto de misterios y de la que nacieron tantas leyendas de los hombres valientes que la hacían avanzar paso a paso. Pero Rosas no habia abandonado totalmente a Buenos Aires, donde el hosco estanciero se transformaba en un apuesto galán, papel que era respaldado en él por su origen casi noble y una educación adquirida en el colegio Argerich. ¿La causa? Ya nadie lo dudaba. Se llamaba ENCARNACION EZCURRA.

Los amores de la niña de 18 años estaban próximos a cristalizar cuando un inesperado inconveniente vino a complicar los anhelos de ambos jóvenes: la madre de Rosas, mujer de carácter autoritario, se oponía a que su hijo se uniera en matrimonio con ENCARNACION, pese a reconocer en ésta su linaje y sus virtudes, aduciendo que eran muy jóvenes para adquirir un compromiso de esa naturaleza. La situación de los enamorados se tornó trágica ante la grave impedimenta. Pero la decisión y la audacia de Rosas, secundado por su prometida, habria de permitirle superar el trance que momentáneamente le impedía cumplir sus deseos. De común acuerdo con ENCARNACION, hizo redactar a ésta una carta dirigida a él, en la que le suplicaba el casamiento inmediato, dándole a entender que se hallaba encinta. Juan Manuel, de exprofeso, dejó la carta en su aposento en un lugar perfectamente visible para que fuera leída por su madre. Doña Agustina enterada de la razón de la carta, no tardó en hacerse presente en la casa de Ezcurra para revelar el secreto a la madre de la novia, doña Teodora de  Arguibel, y entre ambas resolvieron que el único medio de evitar un escándalo de proporciones para ambas familias, así como el bochorno de los jóvenes, era consentir el inmediato matrimonio. La treta había dado buenos resultados.

El 16 de marzo de 1813 se llevó a cabo la ceremonia que pondría en evidencia, un tiempo después, la burla de que había sido objeto la enérgica señora López Osornio. Recién en 1814 nacía el primogénito, Juan Bautista Rosas, posteriormente llegaba al mundo María,  quien moría a los pocos momentos de alegrar con su primer llanto el hogar de los Rosas, por último nació Manuelita, destinada a cumplir tan rutilante trayectoria al lado de su padre. En Juan Manuel de Rosas, la vida pública absorbió totalmente su vida privada. Poco tiempo después del casamiento, la atracción de la pampa lo separó de los suyos. La vida que había llevado de soltero, su vocación por el campo y la atracción del peligro, habían dejado en él una escuela que no abandonaría jamás. La situación en que de pronto se encontró ENCARNACION, no habría de ser por cierto de las más felices, ni las que hubiera soñado como niña.

Don Carlos Ibarguren, en “Juan Manuel de Rosas”, nos da a conocer la fisonomía de esta mujer en los siguientes términos: “En el momento de su matrimonio carecía de gracia y de frescura, No aparecía fea, pero las líneas fuertes y regulares de su rostro, daban a su expresión un matiz de energía viril que malograba todo intento de suave coquetería o de dulce sonrisa. Era tan resuelta como franca y sus exaltaciones no eran arrebatos de niña mimada, sino impaciencias de un temperamento violento ansioso de acción. Esta mujer parecía más hecha para ayudar que para amar; rectilínea en su conducta, ella en vez de seducir y conquistar al hombre elegido por su corazón, se entregó con fervor, en servirlo, hasta el sacrificio, como un instrumento ciego... y tal inclinación no era resultante de falta de personalidad, por el contrario, su espíritu se caracterizaba con rasgos netos y vigorosos; mas ella prefería confundir su yo con el poderoso de su compañero querido. Su adhesión a Juan Manuel fue un ejemplo edificante de fidelidad Y devoción conyugal: pero el estrechísimo vinculo de estas almas que se completaron para la acción, y se comprendieron, no palpitó jamás con ternura, ni se recogió con delicadeza, ni sintió la emoción inefable del misterio de la vida interior”.

Los rasgos que fija Ibarguren se comprueban en todos los aspectos de la vida de esta mujer. A medida que pasaban los años, Rosas se veia más conquistado por la pampa, el desierto, la vida entre gauchos, la lucha contra los indios, o las pasiones políticas a las que paulatinamente volcose con todas sus fuerzas. ENCARNACIÓN, fiel  y amante de su marido, escribíale y lo esperaba pacientemente disimulando sus sufrimientos. Llegó a comprender los impulsos de su marido, y gozó al verlo llegar a Buenos Aires al frente de sus gauchos “colorados” para sofocar el motín de 1820, estalló de júbilo en 1829 cuando su marido se sentaba en el sillón de los gobernadores;  y vibró de patriotismo y esperanza cuándo Juan Manuel partió a la campaña del río Colorado.

En su vida íntima un problema de afecto era evidente en la conformación espiritual de sus dos hijos. Juancito adoraba a la madre, representaba para ésta la retribución de cuanto brindaba a su marido. Manuelita desplazaba sus favores hacia las tías, consolándose así de la frialdad de la madre y de la larga espera a que la había condenado la vida azarosa de su idolatrado padre.

Entre 1833 y 1855. Doña  ENCAENACION, ya con treinta y ocho de edad, poseedora de un carácter al que los años habían enardecido en sus principios, continuó contribuyendo en la formación del ambiente propicio para que surgiera su marido. En cierta oportunidad le escribía: “Estoy anhelosa de que se arme el bochinche que se llevará al diablo a los cismáticos.” Y la revolución se produjo a su impulso, en la ciudad, logrando para ella el título de “Restauradora”, verdadera heroína federal en la causa de Juan Manuel.

Pero su destino estaba fijado. La mujer de acento ronco altiva que había hecho temblar a los generales y caudillos y que tan solo se enternecía en presencia de su amado esposo o del hijo que lo representaba, vió llegar la muerte en una noche de octubre de 1838.

Describiendo este momento final de su existencia, dice Ibarguren: “Tal desgracia fue deplorada en exaltado duelo popular. Se rindieron a la “Heroína de la Federación” los honores máximos de Capitán General y los miembros de la Sociedad Popular Restauradora firmaron una serie de medidas conmemorativas”.

Así fue la vida de ENCARNACION EZCURRA DE ROSAS.

Amó a su marido desde su juventud, cuándo era un gaucho más en la campaña de Buenos Aires, un exalferez de Migueletes en las Invasiones Inglesas o el Restaurador de las Leyes en la Confederación Argentina. Murió pronunciando su nombre y quizás pensando que ella también había contribuido en parte a la creación de la divisa punzó...

 Alberto Mondragón

sábado, 1 de junio de 2013

Rosas el Republicano

   Publicado en el Periódico El Restaurador - Año VII N° 27 - Junio 2013 - Pags. 1 a 7 

Rosas, el Republicano - Parte 2
por Norberto Jorge Chiviló
Rosas el Republicano
Dibujo y grabado de Juan Alais. Buenos Aires, 1836.


Manuelita ¿princesa federal?
Defensor de la ley y el orden y vencedor de la anarquía en octubre de 1820, la figura de Rosas se agiganta día a día y toma importante gravitación en el escenario político del país. Nueve años después accede a la gobernación de la provincia de Buenos Aires, gozando de gran consenso entre sus conciudadanos. Su persona representa la tan ansiada paz, la legalidad y el orden. En 1831 con la firma del Pacto Federal y la creación de la Confederación Argentina, comienza en serio la unidad nacional y su figura pasa así a ser nacional. Su prestigio no cesa de crecer y es un hombre a quienes todos sus conciudadanos, cualquiera fuese su clase social, lo consideran indispensable para el mantenimiento de tales valores y por lo tanto irremplazable en ese momento de la historia argentina.
Sus enemigos también lo consideran la figura más importante del partido federal y por lo tanto tratarán de eliminarlo ya que lo consideraban un escollo en el camino para acceder al poder. El intento más serio proviene de los emigrados argentinos residentes en Montevideo, quienes desde la prensa incitan al magnicidio del gobernante porteño. "Es acción santa matar a Rosas" era el título de una nota periodística publicada en "El Nacional", que teorizaban sobre las ventajas que sobrevendrían después de la muerte violenta  de Rosas. El nombre de otro periódico editado en Montevideo era "Muera Rosas".
En el año 1941 la Sociedad Anticuarios del Norte de la ciudad de Copenhague de la cual Rosas estaba asociado, le envía una caja conteniendo medallas. Esa caja es interceptada en el camino -posiblemente en Montevideo-  y convertida por los enemigos del Gobernador en una verdadera "máquina infernal" que es como se la conoce en la historia (ER N° 8, pág. 5) ya que en ella colocan 16 pequeños cañoncitos de bronce -dispuestos en forma circular como rayos en una rueda y con su boca mirando hacia afuera- con una bala cada uno y que por un sistema de ganchos y resortes dispararían todos juntos ante la apertura de la caja, matando o hiriendo a quien la abriera y también a quienes estuvieran a su alrededor. 
El hecho es, que la caja no fue abierta por su destinatario -Rosas- sino por su hija Manuelita y que el sistema falló, no produciéndose disparo alguno.
Pasados los primeros momentos de estupor, se sucedieron actos religiosos y de regocijo popular, por haber salvado su vida el Restaurador y ese atentado fallido, alertó a muchos ciudadanos acerca de cuáles hubieran sido las consecuencias que se hubieran producido si ello no hubiera sido así y el gobernador Rosas hubiere perecido en el atentado. ¿Qué hubiera pasado con la Confederación Argentina?, ¿Quién hubiera reemplazado al Gobernador?..., esas fueron algunas de las preguntas que se hicieron los hombres de aquella época.
A una invitación de José María Roxas y Patrón, se reunieron los hombres más espectables del partido federal, entre los que habían legisladores, militares, personas de la administración y otros para analizar las consecuencias que se producirían ante la muerte violenta de Rosas y la crisis política que ello ocasionaría y como conjurar los peligros que le sobrevendrían. 
Roxas y Patrón se dirigió a los reunidos con las siguientes palabras: "El general Rozas, es la colum­na de la federación. Si él cae en el estado de guerra y de odios en que se halla el país, quedarán en pie en ésta y en otras provincias varias influencias relativas, pero ninguna tendrá el poder suficiente, no ya para asegurar el régimen federal que sostenemos y que libramos al tiempo y a los acontecimientos, pero ni siquiera para luchar con las dificultades que surgirán inmediatamente de las divisiones y de los celos que explotarían nuestros enemigos para propiciarse un triunfo fácil. El dilema para nosotros es éste: o bien nos fijamos en la persona a la cual rodearemos en el caso en que haya que substituir al general Rozas, y le pedimos a éste anticipadamente la recomiende a la consideración de los principales federales de las demás provincias, y hacemos nosotros otro tanto para que el desig­nado cuente sobre una base esencialmente nacional, sin la cual sería todo efímero y peligroso; o bien nos resolvemos, una vez produ­cida la catástrofe que no podemos evitar, a caer bajo el dogal de nuestros enemigos, después de vagar errantes en un dédalo de ambiciones y de desgracias. Ninguno de nosotros puede ni debe vacilar, con tanto menos motivo cuanto que la experiencia de una parte, y el sentimiento de las altas conveniencias, de la otra, nos están indicando la persona alrededor de la cual se agruparían todos los federales de la República: la señorita Manuela de Rozas".
Esas palabras no tomaron de sorpresa a los presentes, ya que la "Niña de Palermo", tal como se la llamaba a Manuelita en aquella época, gozaba de muy buena imagen, no solo entre los federales, sino también entre sus adversarios. Manuelita, lo mismo que su madre -Encarnación- había sabido ganarse la confianza, no solo de la población de la provincia, sino también de los extranjeros que arribaron a estas costas. Persona de buen trato, afable, sabía cómo tratar a la gente. Conocedora como su padre del sentir sobre todo de las clases bajas. Era también la intermediaria ante este a quien acudían los que trataban de obtener clemencia hacia algún condenado.
Contrariamente a su hermano Juan, alejado de la Ciudad y atento al cuidado de las tareas del campo, Manuelita estaba en contacto permanente con su padre, conociendo también temas de la administración pública y oficiando muchas veces como "primera dama", representándolo ya en actos oficiales como privados. Un embajador británico la definió como ejerciendo el rol de "verdadera ministro y secretaria" de su padre, el Gobernador.
Se convino en pasar una nota a Rosas dándole cuenta de la reunión y solicitándoles los recibiera al día siguiente, lo que así ocurrió. 
Después de escuchar la exposición de Roxas y Patrón, Rosas agradeció las buenas intenciones manifestadas por estos hombres, pero se opuso a lo que en la práctica era establecer un gobierno o monarquía hereditaria. Rosas era un republicano y contrario al nepotismo y con las siguientes palabras, así se lo hizo saber a los presentes: "Como ustedes lo dicen, es cierto que la niña está impuesta de los asuntos de la administración y de la marcha que ellos deben seguir, y han de seguir, pero es más cierto que lo que ustedes pretenden es nada menos que el gobierno heredi­tario en nuestro país, el cual ya ha aventado tres o cuatro monarquías porque eran hereditarias".
Debemos aclarar también que el aquellos momentos, el régimen monárquico estaba más extendido en el mundo que el republicano y que con el poder que tenía Rosas en el país, si esa hubiera sido su intención, no le hubiera sido difícil su instalación.
Muchos años más tarde (diciembre de 1884) Manuela Rosas en carta que le envió al Dr. Adolfo Saldías, y en contestación a la pregunta que el escritor le hiciera refiriéndose a este tema, le escribió: "Me pregunta usted quiénes fueron los que representaron al general Rozas la necesidad de que les indicase su sucesor para el caso en que se repi­tiese con éxito la tentativa de la máquina infernal; y quién, entrando en consideraciones políticas de trascendencia, indicó la conveniencia de que el sucesor fuese yo misma... De lo primero se habló en la sala de representantes. La indicación de que el sucesor fuese yo misma fue del señor José M. Roxas y Patrón, en carta a mi padre, quien lo rechazó de todo punto, como que un hombre de su alcance ni por un momento pudo desconocer la impropiedad de tal idea, y que era inadmisible. Sin duda que nació de la distinción y del cariño con que ese buen e inolvidable amigo me favoreció desde mis primeros años".

Paseo de Julio
Rosas el Republicano
Fuerte de Buenos Aires, visto desde la rivera norte. Emeric Essex Vidal, 1816

Una de las distracciones de los habitantes de Buenos Aires, desde siempre, fue pasear por la ribera del río de la Plata, que los porteños denominaban Paseo de la Rivera o de la Alameda o del Bajo y que fue el primer lugar de esparcimiento público. 
En 1757 el entonces Gobernador Pedro Antonio de Cevallos Cortés y Calderón (recordemos que en esa época Buenos Aires era una gobernación que dependía del Virreinato del Perú y que Cevallos posteriormente sería nombrado en 1776 como primer virrey del Río de la Plata), encargó al Cabildo la construcción de un paseo arbolado, en lo que se llamaba el bajo de la ciudad, desde el fuerte hacia el norte (actual Casa Rosada hacia Retiro), arbolándoselo con sauces.
Ese espacio público fue mejorada después por el Virrey Juan José de Vértiz y Salcedo durante su mandato (1778-1784) -al margen diremos que fue el único Virrey que gobernó estas tierras, nacido en América y que tuvo una destacada actuación con una importante obra de gobierno-, convirtiéndose en un paseo costanero durante la gestión del Virrey Rafael de Sobremonte y Núñez del Castillo (1804-1807).
En el lugar que originariamente fue un saucedal, se plantaron ombúes y álamos entre otras especias arbóreas y se hicieron bancos de ladrillos para el descanso de los paseantes.
La extensión del Paseo era de aproximadamente cuatro cuadras.
En la ribera del río -el río llegaba a lo que actualmente es la Av. Leandro N. Alem- se lavaba la ropa y del río se extraía el agua, transportada por los carros de los aguateros, que junto con el agua de los aljibes servía para el consumo de los habitantes de aquella Buenos Aires.
Durante el gobierno de Juan Manuel de Rosas y a partir de 1844, se designó al Ing. Felipe Senillosa para que proyectara y ejecutara mejoras en el lugar.
Con ladrillos traídos desde los hornos de Santos Lugares (actual Ciudad de Gral. San Martín y localidad de San Andrés), se comenzó a levantar sobre este paseo un largo murallón con verja de hierro -denominado Murallón de la Alameda-, que contuviera las aguas del río e impidiera su avance hasta la calle 25 de Mayo, sobre todo en época de sudestada. Se ensanchó la calle y el piso fue tratado con el método de Mac'Adams (conocido en aquella época como "macadamizado" que era un método moderno). Al paseo se le agregaron árboles y faroles.
Un camino arbolado con sauces y naranjos y provisto de faroles, unía el lugar con la casa de Rosas en Palermo de San Benito. En mayo de 1849 se estableció el primer servicio de transporte de pasajeros que unió ambos lugares, por dos diligencias que partían a las 15 y 16 horas y que se cruzaban en el camino.
Don Felipe Senillosa, que fue autor de los planos, manifestaba en el informe que los acompañó: "La alameda principia desde la plaza 25 de Mayo, aunque el paseo verdaderamente dicho, sólo se extiende por ahora desde la barranca cerca de la Fortaleza hasta la prolongación de la calle Corrientes. El muro y terraplén avanzan hacia el río hasta ponerle en línea recta con los puntos más avan­zados de la Fortaleza. De este modo el espacio total sería de cerca de cuatro cuadras de longitud y setenta y cuatro varas de ancho. De éstas, las veinte contiguas a los edificios quedarían para calle pública y el resto hasta la muralla sería un paseo cruzado por cinco caminos…". 
Rosas el Republicano
Vista de la ribera de Buenos Aires desde la actual esquina de las avenidas
Leandro N. Alem y Corrientes. Pintura de
Rudolf Julius Carlsen (1812-1892)
C. 1847
Juan Manuel Beruti, en "Memorias curiosas", relata: "También a mediados de este mes de diciembre de 1846. Se principió a levantar una muralla desde la punta del baluarte del Fuerte en la barranca del sur al norte, para contener las crecientes del río y formar una hermosa alameda, que por lo menos será de larga cinco o seis cuadras". 
En su Mensaje anual a la Legislatura, el 27 de diciembre de 1846, el Gobernador Rosas le informaba: "El Gobierno atiende moderadamente a la obra de la Alameda. La dirección es encargada al ciudadano Ingeniero D. Felipe Senillosa. La ejecución, reparo y celo de los trabajos, están encomendados al capitán del Puerto". 
Más adelante y ya refiriéndose al acto de la colocación de la piedra fundamental, Beruti sigue su relato: "El 18 de enero de 1847. En esta tarde, en presencia de las autoridades eclesiásticas, civiles, militares, ministros y cónsules extranjeros, vecinos más notables y un sinnúmero de pueblo que concurrió, en el cimiento del muro que se va a levantar y arranca del baluarte de la fortaleza que mira al Norte, en la parte de la barranca del río de la alameda, se colocó la piedra fundamental de esta obra, que fue una urna de cristal metida dentro de un cajón de piedra; la que bendijo antes el ilustrísimo señor obispo diocesano don Mariano Medrano acompañado del presidente del venerable senado del clero, señores canónigos y eclesiásticos. Fueron padrinos a la ceremonia el señor ministro de hacienda don Manuel Insiarte y la señora doña Manuela Rosas y Ezcurra. 
Toda la alameda estaba embanderada federalmente, acompañando a su alegría varias bandas de música militares, que divertían la concurrencia. 
Se firmó una acta autorizada por el escribano mayor de gobierno, don Rufino Basavilbaso, que fue colocada su original en la urna; y se sacó antes una copia autorizada, que se pasó el gobierno para que la mandase archivar donde fuera de su supremo agrado. 
Concluido todo, pasaron todas las autoridades a la casa de la comandancia de marina, en donde en una gran sala elegantemente adornada con el retrato del señor gobernador y banderas estaba colocada una espléndida mesa de refresco, entonándose varios himnos federales, que fueron cantados por los mismos aficionados; habiendo en seguida formádose una tertulia de baile, que duró hasta las once de la noche. 
Las monedas de varias naciones que se colocaron y depositaron en la urna en que se colocó el acta y otros documentos relativos a la colocación de la piedra fundamental son las siguientes..." y allí Beruti nombra a las personalidades que aportaron las monedas -contemporáneas de nuestro país y de distintos países de América y Europa-, entre otros a Manuela Rosas, Pedro Romero, Pedro Gimeno, Pedro de Ángelis, Gregorio Lezama, Fernando Gloede. 
Sánchez Zinny, en su libro "Manuelita de Rosas y Ezcurra...", refiere con respecto al acto: "Su excelencia, el Ilustre Restaurador, excusa su asistencia. Manuelita lo representa. Ella, además, es la madrina en la ceremonia. Llega acompañada de sus damas de honor. Muchos coches conducen a la concurrencia. Ministros del P. E., representantes extranjeros, generales y lo más descollantes de la sociedad federal hacen acto de presencia. Las señoras con sus trajes claros, ponen colorido amable a la fiesta... El acto fue presidido por el ministro de hacienda, doctor Manuel Insiarte. Se depositó en la obra, la colección de documentos oficiales ordenando la ejecución y la nómina de los miembros de la H. Junta de Representantes, junto al nombre del Restaurador, encargado de las Relaciones Exteriores de la Confederación Argentina. Colocadas en el cajón de la piedra fundamental, en una urna de cristal, depositaron los documentos y 101 medallas de oro, plata y cobre, desde 1644 al 1845. Además, se pusieron un billete de cada clase de moneda corriente, desde 20 pesos hasta uno". 
Tal como lo relata este escritor, Rosas no concurrió al acto. El Restaurador, no era persona a la cual gustaran los actos oficiales. De carácter retraído omitía las reuniones donde hubiera gran concentración de gente. 
La esposa de Rosas, Encarnación Ezcurra, había fallecido varios años atrás (20 de octubre de 1838) y la Legislatura en su homenaje y el de su esposo, había decidido ponerle su nombre al Paseo. Así comenta, Beruti el cambio de nombre del Paseo que ocurrió, un año y casi dos meses después de aquél acto encabezado por Manuelita: "El 15 de marzo de 1848. En sesión de este día ha ordenado la sala de representantes, en memoria de la finada doña Encarnación Ezcurra de Rosas, mujer del señor gobernador Rosas, en consideración a su marido como a lo que ella contribuyó a la causa federal y perpetuar su memoria, lo siguiente. Artículo 1° - El paseo de la Rivera se denominará en lo sucesivo paseo de la Encarnación".
Rosas no aceptó el homenaje que se realizaba en memoria de su esposa y solicitó que al paseo se lo denominara "Paseo de Julio" en homenaje del mes en que se había declarado la Independencia.
Así lo informa Beruti: "31 de octubre de 1848. Por orden del superior gobierno el jefe de policía don Juan Moreno, en este día, ha hecho saber al público, quedar suprimido el nombre de la calle de la Alameda instituyéndose éste con el de "calle de Julio". 
En el mensaje a la Legislatura enviado por Rosas el 27 de diciembre de 1848, dirá: "Continúa la importante obra de la ribera. Me ha sido muy grato expresaros mi más íntimo agradecimiento por haberle designado el nombre de "Paseo de la Encarnación" y porque accedísteis benévolamente a mi súplica, de que suprimiéndose éste,  se lo denomine "Paseo de Julio".
Así se lo denominará hasta que por Ordenanza N° 520 del 28 de noviembre de 1919 se le cambiará por el nombre del fundador del radicalismo, Leandro Nicéforo) Alem, denominación que tiene hasta la actualidad.
Rosas el Republicano
Paseo de Julio - Daguerrotipo c. 1846/1850



Escrupulosidad en el manejo de los dineros públicos
En la administración de los dineros públicos, el Gobierno de Rosas, fue de lo más escrupuloso y detallista. La recaudación y la distribución de las rentas públicas fue de lo más transparente y exacto. 
"El manejo de los caudales públicos, otro tema inagotable de quejas contra los gobiernos mejor constituidos, -dirá "El Archivo Americano" N° 13 del 20 de julio de 1844- no presenta entre nosotros ningún flanco á la censura, no solamente por el celo con que son administrados, sino por la claridad y publicidad de las cuentas. Todas las operaciones de las oficinas de recaudación y de contabilidad pasan diariamente bajo los ojos del público, y llegan a manos de los Sres. Representantes, cuando han sufrido ya esta primera prueba, que bastaría por si sola a alejar cualquier sospecha contra la fidelidad de los administradores. Tantas son las precauciones que ha tomado el General Rosas para evitar la malversación y el fraude, que el hombre más experto en esta clase de manejos, no podría burlarlas sin ser sentido.
Agréguese a esto que la ley del presupuesto tiene su más rigoroso y exacto cumplimiento, y lo único que puede hacer el Gobierno es gastar menos de lo que le ha sido acordado". 
Durante su gobierno se dio diaria, amplia y transparente publicidad de las cuentas del Estado, propio de una buena y honesta administración como corresponde a una verdadera República.
Saldías en su "Historia de la Confederación Argentina", dice: "Rosas puso en práctica y conservó invariablemente un sistema de administración que, por la sencillez y por el método al cual estaba subordinado, como por la calidad de las personas encargadas de conducirlo, ofrecía positivas garantías y proporcionaba al último hombre del común el medio fácil de conocer diariamente la verdad acerca de la recepción, distribución e inversión de todos los ingresos que formaban el Tesoro Público... Desde luego, el movimiento controloreado de la contaduría, receptoría y tesorería general... y sujeto por la propia concurrencia de las operaciones de detalle y por la publicidad diaria de estas últimas, a una exac­titud que no podía violarse impunemente. Pero sobre todo la publi­cidad, la amplia publicidad de las cuentas del Estado, que constituye uno de los principales deberes de todo gobierno regular, como que es una regla esencial y un signo visible de buena administración. Así, en cualquier número que se tome de La Gaceta Mercantil se encontrará partida por partida, y con una precisión y claridad que exceden al escrúpulo, el estado diario de la tesorería general, de la receptoría y el informe de la contaduría sobre cada una de las cuentas examinadas. Y en la misma Gaceta y en el Registro Oficial el estado mensual de la circulación de billetes de tesorería; el balance de letras de receptoría; el recuento practicado de cada uno de los billetes y letras existentes, conformes con los cargos de la contaduría; la cantidad de billetes en circulación de la casa de mo­neda; las entradas y salidas de la caja de depósitos; el estado de los fondos públicos, el de la deuda clasificada, etcétera. Todas las repar­ticiones y oficinas de la administración estaban como abiertas de par en par a la mirada y al conocimiento del público, aun por lo que hacía a ciertos detalles sobre la inversión de los fondos votados anualmente para las eventualidades de la administración, que por lo general callan los gobiernos".
Anualmente y mientras ejerció el poder, siempre sometió las cuentas públicas a la consideración de la Legislatura, ya que en este punto, como decía en el Mensaje que le remitió el 27 de diciembre de 1844 "El Gobierno os presenta las cuentas de la Provincia en 1844. Examinadlas y pronunciad, honorables representantes, vuestro soberano fallo. Sabéis que no me considero investido con la suma del poder en la administración del caudal público".
Rosas el Republicano
José M. Ramos Mejía
José M. Ramos Mejía, escritor antirrosista, en “Rosas y su tiempo”, dirá: “No me hubiera animado, en otro tiempo, a llamar las cosas por sus nombres, es decir en alta voz que en el manejo de los dineros públicos  y a la luz de la documentación, Rosas no fue un ladrón vulgar como afirman sus enemigos. Pesaba sobre mí el concepto popular, hecho carne en la mente de dos generaciones por la pluma fulgurante de Rivera Indarte y por el procedimiento administrativo sin control efectivo con que operaba la Dictadura. Todavía después buscaba frases tortuosas en los mil recursos del lenguaje para ocultar mi verdadero sentir y no cumplir con el deber de expresarlo, aunque fuese tímidamente. Recuerdo que mis escrúpulos estrujaban el lenguaje para sacar una forma satisfactoria a la pasión política, hasta que por fin triunfó la probidad histórica y estampé el pensamiento con franqueza: en el manejo de los dineros públicos, Rosas no tocó jamás un peso en provecho propio, vivió sobrio y modesto y murió en la miseria; la raza argentina de antiguo cuño fue así hasta en sus tiranos”. 
Agustín de Vedia, pariente del general Mitre -quien había afirmado que "como administrador de los caudales públicos lo tengo -a Rosas- por un ladrón, como lo ha declarado la justicia..."- dirá estas esclarecedoras palabras contradiciendo a su pariente: “El mecanismo de la contabilidad, la publicidad y la regularidad con que Rosas procedió en el manejo de los caudales públicos, llama realmente la atención”.
En una carta que Antonino Reyes le envía a Rosas el 22 de enero de 1876, le comenta: "Hace poco hablando con un amigo me dijo que el gobierno de Buenos Aires comisionó hace algún tiempo a un Sr. Fox, casado con una hija del Dr. Somellera, para revisar las cuentas de la pasada administración del General Rosas y que éste en su informe al Gobierno decía que ningún reparo tenía que hacer por encontrarlas irreprochables, esto me llenó de satisfacción como que conozco la religiosidad de V. E. en todo lo que concernía al manejo de los dineros del Estado”.
Evaristo Carriego, ante tal circunstancia también opinará “El estado no pudo adjudicarse los bienes de Rosas, sin justificar previamente que Rozas había defraudado al Tesoro en beneficio personal, determinando con precisión la suma de que había echado mano con aquel objeto. ¿Y quién ha visto esa prueba? Cuando intentaron justificar los decantados desfalcos, no hallaron un solo antecedente; los libros de la Contaduría, abiertos delante de las ávidas miradas de los fiscales de Rozas, burlaron sus esperanzas. Los libros mostraron que los 4.000.000  de $ m/c, sobre que versaba el cargo contra aquel habían sido invertidos en uso público. ¿Con qué derecho pudo, pues, el Estado adjudicarse sin cuenta ni razón los bienes de Rozas?”.
El economista, Dr. José A. Terry (Ver ER N° 18, pág. 7) opinará: "El comercio y el extranjero tenían confianza en la honradez administrativa del gobernador".

Todos deben respetar la ley 
Para Rosas no había familiares, amigos o correligionarios, en lo que se refiere al cumplimiento de la ley, ellos no eran distintos a otros conciudadanos.
En el "Archivo Americano" N° 13 del 20 de julio de 1844, podemos leer: "... Aquellos parientes suyos que han querido usar en el Gobierno de su prerrogativas de familia, y que han contado sobre el afecto que Rosas les profesaba, para sobreponerse a la ley que él ha establecido, los ha puesto en prisión o desterrado: su hermano mismo se encontraba entre los refugiados en Montevideo".
Juan Manuel Beruti en "Memorias curiosas", relata los siguientes hechos, que demuestran la justicia de Rosas sobre la aplicación de sanciones a familiares y personal del ejército: 
El primer caso corresponde a un hecho que involucraba a su hermana: "El juez de paz de la parroquia del Pilar dio cuenta al señor gobernador de algunas tropelías que había hecho su señora hermana, doña Gregoria, mujer de don Felipe Ezcurra, a algunos vecinos de la parroquia, y la contestación al juez del señor gobernador, que llegó a mis manos una copia que me facilitó un vecino a quien se la dio el juez, es la siguiente.
"Señor juez de paz de la parroquia del Pilar. Buenos Aires febrero 19 de 1844. Al alcalde del cuartel 47 don Francisco San Martín. El juez de paz que firma con fecha de ayer ha recibido un decreto de su excelencia el excelentísimo señor gobernador de la provincia  brigadier don Juan Manuel de Rosas del tenor siguiente. Febrero 17 de 1844. Vuelva al juez de paz de la parroquia del Pilar para que cumpliendo con sus obligaciones quite por la fuerza el caballo, lo entregue al que lo cobra con suficiente poder y haga saber a doña Gregoria Rosas el serio desagrado del gobernador de la provincia por su avanzada, atrevida, insolente conducta, y que será tratada como merece, si vuelve a faltar en lo menor a los respetos debidos por las leyes a las autoridades; y respecto del alcalde, reconvéngasele severamente, por haber dejado ultrajar y atropellar brutalmente la autoridad que inviste sin haber llenado sus deberes. Hágase saber por el enunciado juez de paz esta resolución al indicado alcalde; y a doña Gregoria Rosas, apercibiéndose a ésta seriamente en orden a su conducta ulterior; y lo transcribe a usted para conocimiento, y dejar cumplida la superior disposición. Dios guarde a usted muchos años. Domingo Diana".
El otro caso es la sanción que se aplica a un general del ejército: "El 10 de diciembre de 1847. Por decreto de este día ha sido don José María Oyuela destituido del empleo de general que obtenía en los ejércitos de la república y borrado de la lista militar por haber insultado a las seis de la tarde en la calle pública del Perú el día 20 de noviembre último al señor encargado de negocios y cónsul general de S. M. F. la reina de Portugal, comendador don Leonardo de Souza Leite Acevedo, resultando de haber quedado dicho señor Souza maltratado de un golpe en la cabeza con una fuerte contusión, que recibió de un golpe que le dio con el cabo de un chicote (rebenque) un hombre que en momento se le acercó de a caballo, que no conoció, y echó a correr diciendo al pegarle este pícaro portugués ha de querer ser primero que un general de la nación; pues la disputa fue, por querer al encontrarse uno y otro, ser preferido al pasar la vereda con la derecha; pero se averiguó que Oyuela lo hizo con prevención que tenía al cónsul portugués". 
Otro caso, de los muchos que pueden señalarse es la de José Rivera Indarte. Este singular personaje del cual ya me ocupé en el artículo "La reencarnación de Rivera Indarte... y otras mentiras sobre Rosas", publicado en el N° 12 de este periódico, fué un fervoroso y exaltado federal y rosista a tal punto que escribió entre otras piezas el "Himno Federal", el "Himno de los Restauradores", además de escribir en varios periódicos de Buenos Aires, donde toda alabanza a los federales a Rosas es poca, incluso publicó una biografía del Gobernador, con el retrato de este al frente. Creyendo que su adhesión al sistema federal y a Rosas, lo ponían a salvo de todo, cometió varios delitos por los cuales primero fue separado de la Universidad en setiembre de 1831, a la que reingresó a su petición para "recuperar su honor", a mediados de 1832. Posteriormente fue acusado de robar la corona de la Virgen de Nuestra Señora de las Mercedes y de otros hurtos y fué puesto en prisión en un pontón. Después de recobrar la libertad se exilió en Montevideo y desde allí, como por arte de magia se puso al servicio de los unitarios y desde entonces comenzó a escribir contra quien tiempo antes había alabado de todas formas.
La exaltada adhesión de Rivera Indarte al sistema federal y a Rosas, no lo puso a cubierto o a salvo de la sanción penal que le cupo por haber violado la ley. 
Podemos afirmar también que el Gobernador de Buenos Aires, era más estricto respecto de los federales que con los enemigos unitarios.

Rosas asume responsabilidades
Previo a la ejecución de la joven Camila O'Gorman y del cura Gutiérrez -lo que será objeto de un artículo que publicaremos en el futuro en este periódico-, Rosas se hizo asesorar por varios juristas, -entre ellos por Vélez Sársfield-, para determinar si correspondía la aplicación de una pena y cuál sería la misma, quienes le aconsejaron y dictaminaron la aplicación de la pena capital. No obstante ello, pasado ya varios años Rosas asumió su única, total y absoluta responsabilidad por tal acto de gobierno, desvinculando a terceros de la misma.
Corría el año 1869, se encontraba en ejercicio de la presidencia de la Nación, Domingo F. Sarmiento, su ministro del Interior era el Dr. Dalmacio Vélez Sársfield, quien era cuestionado por la prensa opositora que le imputaba su participación veinticinco años atrás en aquél lamentable dictamen.
Vélez Sársfield para despegarse de la situación, requirió la intervención de la Sra. Josefa Gómez, amiga del exgobernante, con quien mantenía asidua correspondencia. En la contestación a la carta en la que Gómez le requería mayores precisiones sobre aquella cuestionada decisión, Rosas le contestó el 2 de setiembre de dicho año: "No es cierto que el señor doctor don Dalmacio Vélez Sársfield, ni alguna otra persona, me aconsejara la ejecución de Camila O’Gorman y del cura Gutiérrez. Durante presidí el gobierno provincial bonaerense encargado de las relaciones exteriores, y con la suma del poder por la ley goberné puramente según mi conciencia. Soy pues, único responsable de todos mis actos, de mis hechos buenos como los malos, de mis errores y de mis aciertos".
Rosas no era de tirar la piedra y esconder la mano, actitud muy común entre los gobernantes y funcionarios de todas las épocas, sobre todo cuando de medidas desacertadas o antipopulares se refiere, porque por el contrario, para los aciertos los "responsables" se multiplican.
Continuará

lunes, 1 de diciembre de 2008

La esposa del Gran Americano

 Publicado en el Periódico El Restaurador - Año III N° 9 - Diciembre 2008 - Pags. 1 a 3  


LA ESPOSA DEL GRAN AMERICANO

                                                                                                 Por Oscar J.C. Denovi

Encarnación Ezcurra (1795-1838), miniatura sobre marfil de F. García del Molino

El 16 de marzo de 1813, se casaban en la Iglesia de Monserrat una joven pareja, que vistas a los ojos de nuestra contemporaneidad, lo sería con singular simpatía entre algunos mayores, siendo para muchos otros, una locura que preanunciaba la rápida ruptura de los lazos que los unieran. Más, en aquel tiempo, cuando las mujeres de esa edad eran casadas con hombres mucho mayores que ella en los sectores altos y de alcurnia, debió despertar cierta simpatía en el mundo femenino de esa alta sociedad, y cierta reprobación en el mundo varonil en el mismo terreno social.

¿Quiénes eran los contrayentes? Juan Manuel Ortiz de Rozas de 20 años de edad (nacido el 30 de marzo de 1793) y Encarnación Ezcurra, de 17 años (nacida el 25 de marzo de 1795). Encarnación cumpliría sus 18 años nueve días después de su casamiento, y Juan Manuel Ortiz de Rozas los 21, catorce días después.

Ambos serían demasiados jóvenes ahora, y entonces, sobre todo el varón, de acuerdo a las costumbres de la época, por lo que ya hemos dicho más arriba.

Pero el varón, era un joven que acumulaba una larga experiencia de vida en la que afrontaba los peligros de la campaña en la Estancia de su abuelo, el Rincón de López, donde además ya llevaba alrededor de cuatro años administrando aquel establecimiento al que por entonces, en orden administrativo, ya se le habían sumado algunos establecimientos cercanos, atraídos por el prestigio adquirido en la materia por Juan Manuel, y por la conducción ejercida sobre los difíciles hombres que constituían la peonada de las estancias.

La relativa corta edad del joven Juan Manuel, quedaba superada por la forja que sobre él había ejercido ese desafío que había abrazado cuando niño aún, había rechazado de su madre, la intención de colocarlo como habilitado en una tienda de la ciudad, y había elegido su destino campestre. Tenía entonces dieciséis años.

¿Pero que era Encarnación a su lado, una niña de la sociedad de la alta clase, deslumbrada por ese joven atractivo, que juntaba su encanto con su varonil apostura y su carácter decidido?

Desde el mismo momento en que se forma la pareja a la que nos estamos refiriendo, Encarnación que tenía una ascendencia familiar de menor prestigio social que los Ortiz de Rozas, mostró que su temperamento, y su consecuencia natural, su carácter, tenía rasgos equivalentes a su enamorado.

Fue madre de tres hijos, dos mujeres y un varón, y tuvo un varón más adoptado, hijo de su hermana Josefa, que separada de su esposo –un primo español que se volvió a España apenas declarado el movimiento político iniciado el 25 de mayo de 1810– enamorada de Manuel Belgrano, lo siguió desde Buenos Aires cuando él partió al Norte para hacerse cargo del Ejército que tenía como escenario esa región geográfica de la Patria, y que se encontraba en grave situación por la derrota de Huaqui. Del romance que mantuvieron en Jujuy, Josefa quedó embarazada, y tuvo su hijo en una estancia de Santa Fé. Vuelta a Buenos Aires, encubrió el niño con su hermana y su esposo, quedando el vástago como hijo de la joven pareja Ortiz de Rozas, con el nombre de Pedro.

Durante un tiempo, Encarnación vivió en casa de sus suegros, pero luego de algo más de dos años, se trasladó a casa de sus padres; en ese lapso tuvo dos de sus tres hijos, Juan en 1814 y María de la Encarnación, de muy corta vida, y en 1817 tendría a Manuela Robustiana que con el correr de los años fuera la popular Manuelita.

En 1815 se produce el incidente por el que Juan Manuel Ortiz de Rozas se aleja de sus padres y cambia su apellido por el que es conocido históricamente: Rosas.

El acontecimiento, torna difícil la posición de la familia, (por entonces con un niño, y con Encarnación ya embarazada) pero Rosas la conjura rápidamente con la asociación con Juan Nepomuceno Terrero y Luis Dorrego, que inician las operaciones de salazón de carnes en el establecimiento Las Higueritas.

Aunque el carácter de Juan Manuel era evidentemente de un hombre emprendedor, y que frente a la adversidad atropellaba en vez de recular, debió tener a su lado quien no se inquietase o que fuera compañera hasta en enfrentar la adversidad con la misma entereza. Lo cierto es que salió airoso, y en 1817, con sus socios, compra a Julián del Molino Torres la estancia Los Cerrillos, sobre el río Salado, en las cercanías de San Miguel del Monte, que con el correr de los años se transformará en una estancia modelo, donde se criaban vacunos equinos y ovinos, se cultivaba y se molía granos para hacer harinas, y donde cruzando el río, sobre la otra orilla, se fundaba otro establecimiento con el nombre de “Independencia”, exclusivamente dedicado al cultivo de hortalizas.

Así pasarán los años, en los que Juan Manuel habrá de afianzar su experiencia de productor y organizador de la explotación agropecuaria, y comenzará sin quererlo a tener experiencia política y militar, a partir de su acción asociativa con sus pares del campo, estancieros como él, y de la formación de una milicia “Los Colorados del Monte”, constituida por los peones de su estancia, y de los asociados a su administración, que con el tiempo formarían el 5º Regimiento de Campaña de la Provincia de Buenos Aires, y cuya actuación en 1820, llevará a Rosas y sus hombres, a la lucha para imponer el orden alterado en la ciudad de Buenos Aires, y en acontecimientos posteriores, a intervenir en cuestiones de relaciones provinciales con el caudillo Estanislao López de Santa Fe y en el Pacto de Benegas y en el proyecto de convención constituyente convocado por Bustos, que fracasaría por la acción destructiva del Ministro de Gobierno de Buenos Aires, bajo la gobernación de Martín Rodríguez, Don Bernardino González Rivadavia. En todo este tiempo, y en el que sigue hasta 1828, Encarnación es la persona que apoya sin condiciones a su marido, y así lo hará cuando Rosas dispone ir solo al parlamento de Tandil, donde parlamentará con los indios, y de ese parlamento surgirá el acuerdo para ampliar las fronteras de la Provincia de Buenos Aires mas allá del Salado y la fundación de varios pueblos: Junín, 9 de Julio, 25 de Mayo, Bahía Blanca y Olavarría, tareas que demandaban mucho tiempo fuera del hogar a Juan Manuel, y que fueron acompañadas por Encarnación sin que se haya escuchado o escrito ninguna queja que se conozca.

El tiempo discurrirá implacable durante algunos años, en que la actuación de Rosas, lo lleva al gobierno de la Provincia y el encargo de las Relaciones Exteriores.

Algunas manifestaciones de la época, ilustran esta relación entre Encarnación y Juan Manuel. Así, Lucio V. Mansilla, autor de “Una Excursión a los Indios Ranqueles”, sobrino de Rosas e hijo del General Lucio Norberto Mansilla, Jefe de las tropas de Obligado, dice respecto a sus tíos: “A nadie quizás amó tanto Rosas como a su mujer, ni nadie creyó tanto en él como ella; de modo que llegó a ser su brazo derecho, con esa impunidad, habilidad, perspicacia, y doble vista que es peculiar en la organización femenil.”  (1)   

Muchos años después de esta manifestación, ésta de Manuelita: “Pobre mamita si abriera sus ojos, y viera su esposo querido en la miseria, despojado con tanta infamia de los bienes que ella misma y por su virtuosa humildad y economía le ayudó a ganar y a sus hijos sufriendo privación.” (1)

Se ajusta a esta apreciación la manifestada en el diario “La Prensa” por el periodista Correa Luna en el suplemento dominical del 7 de octubre de 1932, que sostuvo la opinión, de que la mujer de Rosas había tomado parte activa en la política antes de los acontecimientos del 33 revelaran sus condiciones extraordinarias para la movilización de las masas.

“Por cierto, dice Correa Luna, si la enérgica  señora –‘compañera y amiga’, (2) mucho más que simple consorte del héroe de la Federación– pudiera oírlos (a los historiadores que negaban su actuación) nada igualaría en elementos pintorescos a la escena en que los obligaría a retractarse.”

“Basta en efecto un mínimo conocimiento de la vida criolla para comprender que si en lo privado, desde 1814 (sic) año en que se celebró el matrimonio, fue irreprochable la unidad de la inmortal pareja, aún más grande, más apasionada y ardiente debió mostrarse en lo público la identificación de la esposa con los ideales políticos de su incomparable marido.” “¿Quién no ve a la férrea y orgullosa mujer consagrada con furia desde el primer instante, a la tarea de mantener encendida la llama del entusiasmo federal en el corazón de los correligionarios? Así su frenética exaltación de 1833 por conservar intacta la autoridad del Restaurador, es la misma de 1820, cuando contribuye con sus votos a la derrota de los amotinados del 1º de octubre, la misma de 1828 cuando propaga el horror a los despiadados verdugos de Dorrego, y la misma de 1829, de 1830, de 1831 y de 1832, cuando por fin, encumbrado el caudillo a la suprema grandeza, debe, sin embargo, seguir su formidable pugna con los ‘parricidas’, cismáticos, y demás endiablados opositores a la gloriosa causa de la Federación que él representa y dirige.”

En apoyo de su tesis, Correa Luna publica una carta de Encarnación  a Rosas, en julio de 1831, que dice:”Los unitarios se han vuelto a erguir con la demasiada condescendencia que hay con ellos; están insolentes. Dios quiera que no tengamos pronto que sentir por una caridad tan mal entendida; permíteme esta franqueza.” (1)

Pero es en 1833, ausente de Buenos Aires su esposo por encontrarse en el Sur, en la campaña al Desierto de ese año y los primeros meses de 1834, –finalizó el 25 de marzo de ese año–,  cuando Encarnación se expone a una actuación pública de destacados ribetes, al punto que dirige una sublevación contra el Gobierno del Gral. Juan Ramón Balcarce, cismático federal, partidario de un régimen atemperado, donde la realidad aconsejaba lo contrario, y con cierto acercamiento con los unitarios.

Es en abril de 1833, por mano del Gral. Martínez, que comienza una campaña contra los apostólicos, seguidores de Rosas, en vistas a las elecciones para renovar la legislatura. Tal campaña sube de tono cruzándose de ambos bandos acusaciones, que cobran un giro escandaloso por el lenguaje empleado. El gobierno nada hace, y ganadas las elecciones por los cismáticos, los periódicos continúan con su acusaciones entre sí, y el hecho crea una situación de agitación pública que Encarnación aprovechará para organizar grupos de choque, constituidos en general por los orilleros de la ciudad, (por vivir en las orillas) aunque no faltaron también gente proveniente de sectores sociales más elevados.

He aquí como se manifiesta Encarnación, y se prepara la contraofensiva apostólica, en carta al Coronel Vicente González, ‘el Carancho’ de San Miguel del Monte, Juez de Paz en aquel partido: “La acción de una logia encabezada por el Ministro de Guerra Enrique Martínez y el General Olazábal de acuerdo con el actual gobernador tratan de dar por tierra con el referido mi esposo, para cuyo efecto han tenido la perversidad de unirse a los unitarios más exaltados haciendo venir con el mismo objeto muchos de ellos desde Montevideo. Espero que no se deje sorprender pues aquí estamos ya alerta para cualquier cosa y que usted debe hacer lo mismo precaviéndose de las órdenes que pueda recibir de estos hombres mal agradecidos. Expresiones de toda la familia para la de Usted, disponiendo del afecto de su servidora y muy amiga que espera le comunique la menor novedad que ocurra por ese punto” (1)

Mas adelante y respecto de las elecciones de abril, le escribe a su esposo Juan Manuel: “Fueron ganadas por nuestros enemigos sin oposición, pues nada se trabajó para que no lo lograran. Esto los volvió altaneros y jactanciosos y públicamente hablaban de la caída de Rosas. Pero en los comicios últimos las cosas se revirtieron pues los paisanos empezaron a entender que era contra la federación y contra vos, se movieron y empezaron a trabajar, dándoles una lección práctica que ellos no se venden a los malvados.” (1)

Este clima que refleja la carta de Encarnación, y que no es menor entre los cismáticos y aun sus mujeres, se extiende en el tiempo y va ‘in crescendo’, hasta el 11 de octubre, en que el gobierno en días anteriores manifiesta públicamente la formación de un juicio al “Restaurador de las Leyes”. Se trata de un periódico alineado con los apostólicos, que ha incurrido en similares manifestaciones, aunque opuestas, a las publicadas por los periódicos cismáticos. Encarnación mueve sus resortes, y convoca a los federales, en su mayoría de la periferia. Federales armados se concentran en Barracas a la espera que su movimiento suscite la adhesión que permita desplazar a los cismáticos. El gobierno está desorientado y no acierta a disponer contramedida adecuada. Encarnación, desde su propia casa mueve los hilos en busca de un objetivo, la caída del gobierno.

Tropas del ejército se suman a los concentrados en Barracas. Como son tiempos de dudas entre los que tienen el poder gobernante, recién el 3 de noviembre, Balcarce es exonerado del gobierno por la Legislatura, que elige en su lugar al Gral. Juan José Viamonte. Encarnación dirá frente a ello: “no es nuestro amigo, ni jamás podrá serlo; así es que a mi ver solo hemos ganado en quitar una porción de malvados  para poner otros menos malos”.(1) Esta afirmación de la Heroína de la Federación, como en aquel momento fue llamada, preanunciaba que su lucha por la posición ideológica de su marido y del movimiento político Federal sin concesiones, continuaría con la acción de ella a su frente, mientras su marido estaba ausente. Ausencia que se prolongaba en lo epistolar, porque desde el 30 de octubre, hasta el 26 de noviembre, no recibió carta de su querido Juan Manuel. Encarnación había actuado sin guía en los momentos decisivos de la Revolución de los Restauradores.

Y entonces contesta esa carta del 26 de noviembre en los siguientes términos:”Juan Manuel, a mi ver nunca mejor que ahora te debes retraer cuanto sea posible de los magnates que no hace otra cosa que explotarte para vivir ellos con más comodidad, y solo te muestran amistad porque te creen como en realidad eres un don preciso. Déjalos que marchen solos hasta que palpen su nulidad que no tardará muchos días… todos los de categoría no tenían más paño de lágrimas que yo, y todo el día me molían; por aquí ya no aportan después del triunfo, no me importa nada, yo para nada los necesito; y por sistema no me he querido servir de ellos para nada, sin dejar por eso de servir en cuanto puedo a los pobres”.

“El pueblo esta tranquilo como que todo lo han hecho los pobres, que no tienen aspiraciones; el gobernador me ha visitado dos veces, no se lo agradezco, pues como mi nombre ha sonado por decidida contra los furiosos, me tiene miedo, y porque debe estar seguro que no me he de callar cuando no se porte bien, es decir cuando haga la desgracia de mi Patria y de los hombres de bien”.(1)

Encarnación continuará esa tarea patriótica que se había impuesto, hasta contribuir a la renuncia de Viamonte, y su sustitución por Manuel Vicente Maza.

Ya Rosas había regresado de la campaña al Desierto, y su presencia hizo innecesaria la gestión que en su favor había realizado su esposa. La imagen pública de Encarnación se desdibuja en 1835. En 1836, acompañada por la mujer de Facundo Quiroga, concurrirán a los actos que fundan los Santos Lugares de Rosas (3), y dejan en aquella visita, la elocuente imagen de una virgen tallada en madera, que se encuentra en la Catedral de la ciudad de Gral. San Martín, testimonio sin duda de la religiosidad de ambas mujeres y del pueblo argentino, y una manifestación plástica de los pobres queridos por Encarnación y protegidos en la Confederación, por aquella heroína Federal.

 Luego cae enferma, larga enfermedad que cierra su ciclo en la madrugada del 20 de octubre de 1838, hace 170 años, con la muerte de la conductora que sostuvo con valentía y decisión el prestigio político de su esposo, que contribuyó a su encumbramiento como gobernador en 1835. A su muerte, había sido la esposa de Juan Manuel durante 25 años y 7 meses. Tenía 43 años   

La Heroína de la Federación había ganado honestamente su honorífico nombre, en la lucha traicionera y oscura que planteaban los enemigos del Federalismo, la oligarquía porteña unitaria y sus cómplices de ocasión, los federales lomos negros miembros también de aquella oligarquía.

 

(1) Textos extraídos de María Sáenz Quesada en “Mujeres de Rosas”.

(2) Así se despedía Encarnación en sus cartas a Juan Manuel de Rosas.

(3) Rosas rechazó la voluntad de la población de denominar el pueblo con su nombre. Pero admitió luego el nombre de Los Santos Lugares de Rosas, que luego de caído el Restaurador, pasó a denominarse Gral. San Martín.



Texto de la invitación para el funeral de Encarnación Ezcurra:

        Sr. Don …    

El Ciudadano Don Juan Manuel de Rosas, Esposo de la finada Señora Doña Encarnación Ezcurra de Rosas, que en paz descanse, los Padres, Hijos y demás Deudos, suplican a Ud. se sirva favorecerles con su asistencia á los funerales que se han de hacer por el alma de dicha Señora, en la Iglesia de Nuestro Seráfico Padre San Francisco, el Martes 20 del corriente, á las 10 de la mañana, á cuyo favor quedarán reconocidos. Noviembre de 1838.