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Dr. Norberto Jorge Chiviló
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sábado, 31 de julio de 2021
Camila O'Gorman - Uladislao Gutiérrez
Camila O'Gorman y Uladislao Gutiérrez
REVOLVIENDO LA BIBLIOTECA
27
EL REVISIONISMO
RESPONDE
de José María Rosa
17. CAMILA O’GORMAN
El caso de Camila O’Gorman se
presta para la nota lacrimosa sobre los horrores de la tiranía de Rosas. Es exacto,
exactísimo; pero no fue un hecho político, sino de dura y estricta aplicación
de la ley vigente. Estoy en la opinión que el amor lo disculpa todo o casi
todo: pero vivimos en 1959, y los románticos enamorados fueron ajusticiados en
el Buenos Aires de 1848.
Camila O’Gorman y el cura
del Socorro Uladislao Gutiérrez, cometieron un hecho castigado por las leyes de
entonces con pena capital. Rosas no hizo otra cosa que aplicar la legislación
vigente. Según su secretario, Antonino Reyes, consultó el caso con los mejores
abogados de Buenos Aires; se ha dicho que entre los consultados estuvo Vélez
Sársfield, unitario residente en Buenos Aires y hombre apreciado por el
Gobernador por sus conocimientos jurídicos. Pero Rosas asumió la plena
responsabilidad de la sentencia, como asumió siempre la completa
responsabilidad de sus actos de gobierno. Como después de Caseros se hablara
del consejo de Vélez Sársfield, en perjuicio político de éste, Rosas, desde su
exilio de Southampton, escribió a Buenos Aires: “Ninguna persona me aconsejó la
ejecución del cura Gutiérrez y de Camila O’Gorman, ni persona alguna (fuera
de Manuelita): nota agregada) me habló ni escribió en su favor. Por el
contrario, todas las personas del clero me hablaron o escribieron sobre el atrevido
crimen y la urgente necesidad de un castigo ejemplar para prevenir otros
escándalos semejantes o parecidos. Yo creía lo mismo, y siendo mía la
responsabilidad ordené la ejecución.
“Mientras presidí el gobierno de
Buenos Aires con la suma del poder por la ley, goberné según mi conciencia.
Soy, pues, el único responsable de todos mis actos, de mis hechos buenos como
de los malos, de mis errores como de mis aciertos.” (6-3-77)
No puede llamarse asesinato,
como viene repitiendo la crónica escandalosa antirrosista, la ejecución de una
sentencia cumplida por imperio de la legislación vigente: “La ley ordena la
pena de muerte por el sacrilegio”, dice Eschriche en su conocido Diccionario
de Legislación, y la funda en las Partidas: 1-4-71, l-18-6, VII-2-3,
etcétera. Pero Rosas debió perdonar, pues contra el rigor de las leyes está el
derecho de gracia del Jefe de Estado. Si la desventurada Camila y su
desgraciado amante habían hecho, llevados por su romántico amor, una barbaridad
castigada con pena capital por las leyes, Rosas después de sentenciar como juez
que correspondía la pena de muerte, debió como gobernador indultarlos y
dejarlos vivir su romance. Eso lo hubiéramos hecho usted y yo, y todas las
mujeres y hombres del siglo XX; pero Rosas vivía a mediados del XIX, en un
Buenos Aires mucho más familiar, donde las faltas de esa naturaleza cobraban un
eco extraordinario, Además tenía un sentido estricto de la justicia, como la
tenían en mayor grado que nosotros los hombres de entonces.
Para Rosas la ley era pareja y
debía cumplirse rigurosamente, sin excepciones. Si perdonó algunas veces a sus
enemigos políticos (el general Paz, el coronel Díaz, etc), no lo hizo jamás con
nadie por delitos comunes. Y menos a sus familiares, correligionarios y amigos a
quienes consideraba más obligados que otros a respetar la ley. No entendía eso
que hoy llamamos “gauchadas”, y no son otra cosa que parcialidades,
injusticias, o a lo sumo debilidades. Rosas era recto como una estaca campera;
el restaurador de las leyes consideraba que la base de una sociedad organizada
es el respeto a la ley. Ese rígido concepto le acarreó el odio de algunos
partidarios como Rivera Indarte, federal y mazorquero, que esperó que se le
hiciera la vista gorda en algunos latrocinios cometidos. Como no ocurrió, se
constituyó desde Montevideo en enemigo de Rosas, y le hizo la más formidable
campaña de calumnias posible. Este resentido fue el autor de las famosas Tablas
de sangre.
Pero si esa rigidez de Rosas le
trajo la enemistad de Rivera Indarte, le produjo, en cambio, el respeto de la
masa de la población. Y de quienes juzgamos su persona y su gobierno a siglo y
medio de distancia.
Volvamos a Camila. ¿Por qué no
perdonó Rosas un delito tan romántico, tan “graciable”, diría?
Primero, porque no sabía perdonar.
Y después, porque Camila y el cura Gutiérrez eran federales de primera plana.
Camila pertenecía a una familia conocida por su filiación política y pertenecía
al círculo de amigas de Manuelita y concurría asiduamente a Palermo; el cura
Gutiérrez era sobrino del gobernador federal de Tucumán, Celedonio Gutiérrez, y
poseía una espectable posición en la parroquia regenteada. Tal vez si hubieran
sido unitarios, habrían salvado sus vidas.
Porque Rosas no perdonaba a los
federales, como le he dicho. Además, la filiación política y situación familiar
de ambos amantes fue explotada con exceso por la prensa unitaria de Montevideo
y Valparaíso en detrimento de la situación política de Buenos Aires. El Comercio
del Plata, dirigido por Florencio Varela, daba la noticia de la fuga de
Camila, y Gutiérrez en su número del 5 de enero de 1848 con estos términos:
“El crimen escandaloso cometido
por el cura Gutiérrez es asunto de todas las conversaciones.
¿Hay en la tierra castigo bastante severo para el hombre que así procede?”
Algo semejante decía “El Mercurio” de Chile, del 3 de marzo de 1848 donde escribían Sarmiento y Alberdi: “Ha llegado a tal extremo la horrible corrupción de las costumbres bajo la tiranía espantosa del Calígula del Plata, que los impíos y sacrílegos sacerdotes de Buenos Aires huyen con las niñas de la mejor sociedad, sin que el infame sátrapa adopte medida alguna contra estas monstruosas inmoralidades.”
La degradación que fomenta un déspota
Camila y Gutiérrez escaparon el 12 de diciembre de 1847 (no la noche de Navidad como dice Comercio del Plata), sin que Rosas fuera informado de la fuga hasta el 21. Tal vez la familia y la curia esperaron un arrepentimiento de los impulsivos jóvenes, o tuvieron la esperanza de dar con ellos antes que el escándalo trascendiera. “Al saber Rosas, tarde, lo que había ocurrido –dicen las Memorias de su secretario Antonino Reyes–, después del transcurso de nueve días y cuando en la sociedad se sabía lo que había pasado y se levantaba de todas partes una grita infernal, su indignación estuvo a la altura del insulto hecho a su autoridad.”
Es de imaginarse que su enojo llegase a proporciones mayúsculas al leer los periódicos unitarios dándole como cómplice o apañador del escándalo, y presentando a éste como una prueba de corrupción de las costumbres porteñas. Comercio del Plata siguió su estridente campaña, mientras se desconocía el paradero de los jóvenes. El 27 de abril, bajo la dirección de Valentín Alsina, desliza este infundio: "Se sabe que los gobiernos extranjeros han pedido al criminal gobierno de la Confederación Argentina, seguridades para las hijas de los súbditos extrankjeros que no tienen ninguna para su virtud".
Camila y Gutiérrez fueron descubiertos en Goya (Corrientes) en el mes de julio, y remitidos a Buenos Aires donde Rosas dispuso su ejecución en el cuartel de Santos Lugares. Para postergarla a fin de que Manuelita consiguiera doblegar la justicia de su padre, Antonino Reyes, encargado de su custodia sugirió a Camila el expediente de decir que se encontraba encinta. No dio resultado “porque no lo manifestaba el cuerpo de la joven ni se advertían indicios de semejante preñez”, dicen las citadas Memorias de Reyes; ni tampoco su examen médico dio síntoma favorable. Por lo tanto debió cumplirse la sentencia, quejándose Rosas a Reyes de no haberlo hecho inmediatamente de llegar los amantes al cuartel de Santos Lugares conforme a sus órdenes. Por las dudas “si había preñez que solamente podía ser muy reciente” el cura de Santos Lugares dio, de acuerdo a los usos en ajusticiamientos de mujeres encintas, el “bautizo por la boca”. Este recurso para dilatar la ejecución a la espera de una gracia, daría pie a la leyenda de haber muerto Camila próxima a dar a luz.
Manuelita hizo lo posible para salvar a su amiga; pero se estrelló contra la rigidez de su padre. Cuando los amantes llegaban a San Nicolás provenientes de Goya, Camila recibió una carta de Manuelita “lacerada” por la doliente situación, rogándole entereza “a fin de que yo a tu lado pueda con mis esfuerzos daros la última esperanza”. La hija de Rosas ordenó la compra de varios muebles –entre ellos un piano– para adornar la celda de Camila en Santos Lugares, siempre en la esperanza de conseguir la conmutación de la pena. No ocurrió así, y Camila y Gutiérrez serían fusilados el 18 de agosto.
Inmediatamente Comercio del
Plata, El Mercurio y todos los diarios que habían clamado contra los
“infames”, contra la “corrupción” fomentada por el Calígula del Plata, y
preguntándose “si hay en la tierra castigo suficiente”, volcaron ríos de tinta
contra el monstruo, el tirano “que no respetaba los fueros
inviolables del amor” (Mercurio), o “condenaba al patíbulo a una
inocente madre con el fruto de sus amores en el noveno mes de su gestación” (Comercio).
Fuentes:
MUÑOZ AZPIRI, José Luis: “El Poema
‘Rosas’ de John Masefield”.
SALDIAS, Adolfo: “Historia de
VIZOSO GOROSTIAGA, Manuel: “Camila O’Gorman y su Epoca”.
Camila O'Gorman y Uladislao Gutiérrez
REVOLVIENDO LA BIBLIOTECA
26
En esta sección que llamamos "Revolviendo la biblioteca", incluimos distintos artículos de gran interés histórico, poco conocidos por el público en general, publicados hace ya muchísimos años.
La verdad sobre Camila y Rosas
Los delatores o instigadores no han dicho una palabra
por Rolando Hanglin
La historia de Camila O´Gorman es simple y despiadada. Una niña bien se enamora de un joven sacerdote, el cura Uladislao Gutiérrez, y él de ella. Acorralados en un amor imposible, se fugan para vivir en pareja. La justicia los atrapa y, para castigar su sacrilegio, los fusila a ambos, asesinando de paso al niño que llevaba Camila en el vientre.
Lo que sucedió en Santos Lugares fue una barbaridad, y no tiene perdón de Dios. Igual que otras mil barbaridades que se han cometido en todos los tiempos. Pero esta triste historia tiene también otros perfiles: se atribuye, exclusivamente, la orden de ejecución al dictador Rosas. Se la agrega a otros mil actos sanguinarios, como para completar el retrato del "Calígula del Plata". Se sobrecarga lo sucedido con todos los detalles horrorosos que se encuentren a mano.
Hay mucho escrito sobre este acontecimiento. Hemos seguido la cronología y las citas de Roberto Etchepareborda (Rosas, controvertida historiografía, Pleamar, 1972) que son un intento de relatar con ecuanimidad.
El episodio se produjo en 1848, momento en que Buenos Aires iba recobrando su fisonomía normal, liberada del bloqueo y de los rigores de una constante amenaza de guerra. Los emigrados, desde más de un año atrás, regresaban masivamente, desde Montevideo y Santiago de Chile. Según Abel Chaneton: "La vida se remansa y Buenos Aires, no ya sometida sino adicta, es un pueblo casi feliz. Llegan tiempos prósperos, renace el comercio... Toda resistencia armada a la dictadura desaparece en el Interior y el Exterior. Sólo la prensa "unitaria" sigue bombardeando a Rosas... cuyo prestigio se acrecienta y se representa inconmovible". (Historia de Vélez Sarsfield , Tomo 1, 1937).
En medio de esa recuperación, se produce la fuga de Camila con el cura. El hombre tiene 30 años, ella 19. Desaparecen el 12 de diciembre de 1847. Recién el 21, el atribulado padre informa al canciller de Rosas, don Felipe Arana, y solicita la detención de los prófugos.
¿Quién era ese padre, don Adolfo O’Gorman? Era el hijo de don Tomás O´Gorman, sobrino del médico Miguel O´Gorman, personaje principal en Buenos Aires, casado con la francesa Anne Perichon, que según la historia fue amante pública del Virrey Liniers, durante uno de los largos viajes de negocios del señor O´Gorman. Se la recuerda con el apelativo de "la Perichona". (Seguimos en este pasaje a Daniel Balmaceda en Romances Turbulentos de la Historia Argentina). Tanto los hijos de Liniers con Juana Úrsula Membille como los que tuvo, después de enviudar, con Martina Sarratea, se radicaron en Goya, Candelaria y otras localidades del nordeste argentino. Por ejemplo: una hija de Liniers se casó con Juan Bautista Perichon. El segundo Perichon, Esteban María, se radicó en Corrientes y originó una de las familias más tradicionales de Goya.
Gran parte de los vecinos de Plaza San Martín (en Buenos Aires) eran irlandeses y concurrían a la misa del Socorro. Entre ellos estaban Adolfo y Tomás, hijos de la francesa, casados con damas de la mejor sociedad y cultores de una moral severa. Sentían horror por el escándalo: estaban marcados desde niños.
La prensa adversa a Rosas, desde Montevideo, aprovecha el escándalo para señalar la inmoralidad reinante en la sociedad rosista. Se lo considera típico de las aberrantes costumbres que rodean al dictador, de quien se señalan graves impudicias que llegarían hasta el incesto. Los emigrados en Chile no trepidan en publicar, en El Mercurio: "Ha llegado a tal extremo la horrible corrupción de las costumbres del Calígula del Plata, que los impíos y sacrílegos sacerdotes de Buenos Aires huyen con las niñas de la mejor sociedad, sin que el infame sátrapa adopte medida alguna contra estas monstruosidades" (27 de marzo de 1848). El pecado de los amantes se convierte rápido en un acto de explosivo efecto político. Mientras, los prófugos, que han adoptado los nombres falsos de Máximo Brandier y Valentina San, se han establecido en Goya y regentean una escuelita. En aquella ciudad tenían parientes que los protegieron, mientras soñaban con una fuga (demasiado cara para sus ahorros) a Río de Janeiro. Pasan sin problemas cuatro meses, hasta que son reconocidos por el cura irlandés Michael Gammon, que descubre sus verdaderas identidades. En consecuencia, son detenidos y remitidos a Buenos Aires.
El regreso es lentísimo. Tarda más de dos meses, con un trato riguroso: separación absoluta, remache de grillos. A pesar de ello, Camila logra enviar una súplica a su amiga Manuelita Rosas, cuya respuesta se conoce. En una carta sumamente cariñosa, Manuelita le pide resignación para salvar la distancia que las separa "a fin de que, ya a mi lado, pueda con mis esfuerzos daros la última esperanza".
La grita opositora arrecia. En "El Comercio del Plata", don Valentín Alsina exige ejemplar justicia: "¿Hay en la tierra –expresa Alsina- castigo bastante severo para el hombre que así procede con una mujer cuya deshonra no puede reparar, casándose con ella?". Aparentemente, Rosas aún no ha resuelto nada. Su cuñada, María Josefa Ezcurra, lo insta a recluir a Camila en la Casa de Ejercicios. Aparentemente, se acepta en principio este criterio, porque se conoce la boleta de la compra del moblaje destinado a su celda, efectuada directamente por Manuelita. Recuérdese que María Joséfa Ezcurra había tenido un hijo con Manuel Belgrano, que fue adoptado por Rosas y pasó a la historia como Pedro Rosas y Belgrano, de larga actuación política. Sin embargo, Rosas parece cambiar de idea bajo el efecto de la enconada prédica unitaria. Manuel Rubio ha señalado que "aconsejar el patíbulo para un crimen social, y aconsejarlo a un hombre que era acusado por los unitarios de sanguinario, revela una convicción extraviada o una malignidad refinada e injustificable". Según Bilbao, para Rosas "el verdadero crimen de Gutiérrez y Camila fue burlar su autoridad". (Antonino Reyes, memorias de un edecán de Rosas, anotadas por Bilbao). Consecuentemente, tiende por fin al escarmiento ejemplificador. Por un lado, el clero, y por el otro, los más destacados juristas, se inclinan por la aplicación de la drástica legislación vigente a los culpables.
Se afirma que fueron consultados los jurisconsultos más destacados de Buenos Aires: Baldomero García, Lorenzo Torres, Nicolás Anchorena, Dalmacio Vélez Sarsfield y Eduardo Lahitte. Este último habría sido el único en oponerse a la sentencia de muerte. En cuanto a Vélez, Abel Chaneton desmiente la versión, que supone fruto de la pasión política posterior a Caseros. Le querían facturar a Vélez los devaneos del mentado cordobés durante las tertulias familiares de Rosas. Chaneton señala a Lorenzo Torres como el principal responsable: "Dio forma legal al asesinato, justificando la convicción de Rosas con citas de cánones y leyes".
Es casi indudable que Rosas, presa de un excesivo afán de reprimir un crimen privado, optó finalmente por la pena capital para ambos reos. Las ejecuciones se cumplirían en el campamento de "Santos Lugares de Rosas" (así se llamaba entonces) en el momento oportuno. Para la mentalidad severa de Rosas, el acto cometido representó un quebrantamiento de la moral social que no podía quedar impune. Se sentía responsable de cualquier condescendencia con Camila O´Gorman, que se hallaba tan cerca del círculo gubernamental, justificando el desenfreno de las costumbres los infundios de sus adversarios.
El cura Uladislao no estaba menos relacionado: era sobrino carnal de Celedonio Gutiérrez, gobernador de Tucumán, rosista y federal.
Años más tarde, desde Southampton, Rosas escribe a Federico Terrero: "Ninguna persona me aconsejó la ejecución del cura Gutiérrez y de Camila O´Gorman, ni nadie me habló en su favor. Todas las primeras personas del clero me hablaron o escribieron sobre ese atrevido crimen y la urgente necesidad de un ejemplar castigo para prevenir otros escándalos semejantes o parecidos. Yo creía lo mismo. Y siendo mía la responsabilidad, ordené la ejecución... Mientras fui gobernador, con la suma del poder por la ley, goberné según mi conciencia. Soy, pues, el único responsable de todos mis actos, de mis hechos buenos como de los malos, de mis errores y de mis aciertos". (6 de marzo de 1877, once días antes de morir).
Para agravar la responsabilidad de Rosas, se ha dicho generalmente que Camila estaba embarazada. Al parecer, ella misma lo declaró, para salvar la vida, al propio Antonino Reyes, jefe de Santos Lugares. Según oficio de Reyes a don Manuel Bilbao, "el cuerpo de la joven no lo evidenciaba, ni se advertían indicios de preñez.. Si la había, debía ser muy reciente, pero la causa servía en aquel momento para salvarla. Yo la respaldé, poniéndome de acuerdo con el médico del campamento, Dr. Martínez". (Memorias ya mencionadas). Al parecer, la carta no llegó a Manuelita Rosas, que era la destinataria, sino al propio general, quien ordenó de inmediato el cumplimiento de la sentencia.
![]() |
| Ejecución de Camila O'Gorman. Oleo sobre tela de 49 x 63 cms. de F. Augero . Turin 1858 |
Dice Dardo Corvalán Mendilaharzu: "La infortunada Camila no llevaba el fruto de su amor en las entrañas. El sumario hecho en la ciudad de Goya... formal y minucioso, me robustece en la convicción... sobre la falsedad de la causa originaria de esa cosa terrible que ha dado en llamarse el "bautismo federal". A este sumario corre agregado el informe del único médico que había en Goya, el Dr. William Gibson, quien examinó prolijamente a la desventurada mujer. Nada hay (sobre un embarazo) en el informe, donde no escapan detalles, aún de los más insignificantes". (El caso de Camila O´Gorman, 1926).
Sin embargo, Daniel Balmaceda (Romances Turbulentos) menciona que el presbítero Castellanos, encargado de brindar a Camila los últimos auxilios, le dio a beber agua bendita para bautizar al niño que llevaba en el vientre.
Los jóvenes amantes fueron, durante Rosas, reprobados como ejemplo de las costumbres licenciosas de la dictadura y, más tarde, usados como prueba del absolutismo y la crueldad del dictador.
Ahora bien. Camila fue la única mujer ajusticiada por Rosas: ocurrió el 18 de agosto de 1848, 250 días después de huir juntos y 65 después de ser descubiertos y delatados por el Padre Gannon Chitty.
En aquel entonces, un desliz significaba un hijo: no había píldoras ni se usaban preservativos. Las peripecias de nuestros fundadores están sembradas de hijos naturales, pecadillos privados y otras historias que se encaraban con o sin grandeza, según los casos. Se degollaba o fusilaba a los prisioneros, se combatía por pequeñeces, se engrillaba a los revoltosos o se los aherrojaba en un cepo. Terrible. Un tiempo sin piedad. No la tuvo Rosas, pero tampoco Lavalle, o Moreno o Sarmiento.
En esta barbaridad, el único que se hace cargo de sus actos parece ser el brigadier general Rosas, por aquellas líneas desde Southampton, en que absorbe todo el peso de la criminal ejecución sobre su conciencia. Los otros, los delatores o instigadores, eclesiásticos o civiles unitarios, incluyendo a los federalísimos padres y parientes de Camila, no han dicho una palabra.
domingo, 16 de mayo de 2021
Rosas el Republicano
ROSAS EL REPUBLICANO
Por
Norberto J. Chiviló
| Rosas. Dibujo de Raúl Roux |
En los números 26, 27 y 28 de “El Restaurador” se
publicó en tres partes el artículo de mi autoría “Rosas el Republicano”.
Otra prueba del republicanismo de Rosas, es el
documento que se transcribe a continuación, que demuestra que a pesar de ser el
Gobernador, la persona más importante y con más poder en Buenos Aires, actuaba
como uno más de la sociedad, como un ciudadano común.
La ética de Rosas
Era muy común que a mediados del siglo XIX, las
familias pudientes de Buenos Aires, compraran prendas o artículos suntuarios o
adornaran sus casas con bienes procedentes de Inglaterra. La familia del
Gobernador Rosas no era una excepción. Esos artículos debían abonar los
correspondientes derechos de aduana y aquí tampoco ni el Gobernador ni su hija
tenían ningún tipo de privilegio, sino todo lo contrario.
En el archivo de la Cancillería (C.1. Leg. 17),
existe un borrador de una comunicación, dirigida por el canciller Felipe Arana
al cónsul argentino en Gran Bretaña, Mr. Dickson, el día 4 de abril de 1849,
redactada por el propio firmante y que dice así:
"La señorita hija de
S. E. recibió el cajoncito que usted le envió por el Caballero Southern
conteniendo el obsequio de una pantalla con las armas de
"Sensible ha sido al señor Don Juan Manuel que
el Sr. Hughes no haya comprendido bien los precisos términos en que aquél
admitió sus generosos ofrecimientos para algunos encargos particulares del Sr.
Don Juan Manuel y Manuelita. Jamás ha querido encargar nada por delicadeza en
virtud de su posición pública, porque no se confunda ésta equivocadamente con
su carácter privado, y además, porque temía ser molesto…
"Todo artículo que envíe de los encargos del
Sr. Don Juan Manuel debe venir como corresponde, incluido en la factura del
cargamento, pasar en su virtud, por la aduana como todos los demás, pagando los
correspondientes derechos, no traer los bultos el nombre del Sr. Don Juan Manuel, ni hacerse uso de dicho nombre
para nada, porque esos artículos así que lleguen no hay para que se diga que él
los ha comprado, o que son para él, hasta que mande por ellos y le sean
entregados con la correspondiente cuenta su importe".
"De este modo
es que solamente el Sr. Don Juan Manuel
comprará en la casa de Vd. unos artículos después de haber pagado éstos
los derechos correspondientes y sin que pueda interpretarse nada con perjuicio
del buen nombre y la delicadeza del Señor Don Juan Manuel”.
"…Y luego que tuvieran entrada en ella, después de correr las formas legales como todo artículo que viene en los cargamentos y pasa por la aduana pagando los derechos correspondientes, podía comprarlos el Sr. Don Juan Manuel, como puede comprarlo cualquier otro, por su justo precio. Esto bien entendido así por el Sr. Hughes y repetido varias veces por el Sr. Don Juan Manuel, convino en que Manuelita se entendiese con el Sr. Hughes y le diese una relación de artículos que consistían en cuatro espejos, ocho arañas, ocho alfombras para adelante de los sofáes, una chimenea, tres docenas de calzoncillos de punto de lana seis docenas de media de ídem... Sólo así pudo el Sr. Don Juan Manuel animarse a molestar al Sr. Hughes y con estos encargos".
El historiador José Luis Muñoz Azpiri, en su obra Rosas frente al imperio inglés. Historia íntima de un triunfo argentino, libro en el cual se publicó el borrador de la nota transcripta precedentemente, la comenta de la siguiente forma: "Para esa fecha hacía ya dos decenios que Rosas gobernaba con poderes de dictador legal. Tales facultades no alcanzaban, como vemos, ni al manejo del dinero público ni a la posibilidad de interpretar la ética con sentido personal. «El buen nombre del Señor Don Juan Manuel» se hallaba protegido por iguales facultades extraordinaria que el del último de sus compatriotas".
domingo, 1 de marzo de 2020
La Constitución de 1853
Publicado en el Periódico El Restaurador - Año XIV N° 64 - Marzo 2020 - Pags. 8 a 11
Año Belgraniano
1770-3 de junio-2020, 250 años de su nacimiento / 1820-20 de junio- 2020, 200 años de su fallecimiento
La Constitución de 1853
Por Bernardo Lozier Almazán
![]() |
| Los constituyentes de 1853. Óleo de Antonio Alice. 1935 |
Antecedentes
Nuestros infructuosos intentos constitucionalistas, tuvieron su inicio en la llamada Constitución unitaria de 1819, (1) que fue sancionada el 20 de abril de 1819 y jurada el 25 de mayo de aquel mismo año.
Carta Magna, nacida con el pecado original de ser inspirada en la Constitución liberal de las Cortes de Cádiz de 1812, la Constitución francesa de 1791 y en la Constitución norteamericana, en cuanto a la división de poderes. Como sabemos, nunca llegó a tener vigencia debido a su marcada orientación unitaria, de tan amañado texto que tanto podía adecuarse a un sistema republicano como monárquico constitucional.
Así fue como, la inspiración netamente centralista de la flamante Constitución de las Provincias Unidas de Sud América, originó la violenta reacción de las provincias, que no tardaron en pronunciarse contra Buenos Aires
De tal manera, se iniciaba la disgregación nacional y la larga y conflictiva época de la anarquía, que entre otras calamidades produjo el advenimiento de la época rivadaviana, cuando el 8 de febrero de 1826, con mayoría unitaria, el Congreso eligió a Bernardino Rivadavia, Presidente de las Provincias Unidas del Río de la Plata.
Empeñado en llevar a cabo su plan centralista, Rivadavia obtuvo la sanción de una ley que declaraba a la ciudad de Buenos Aires Capital de la República, colocando todo el territorio de la Provincia “bajo la inmediata dirección de las autoridades nacionales”, a fin de resolver “el gran problema sobre la forma de gobierno, que ha inquietado la confianza de algunos y ha suscitado los temores de otros”.
Proyecto que llevaba en su seno la semilla de su fracaso, cuando comprobamos por el examen de las fechas que no fue discutido ni en su estructura general ni en sus cláusulas esenciales. En cambio es notorio que la obra del norteamericano Alexander Hamilton, The Federalist (El Federalista), fue la fuente de inspiración de nuestros constituyentes.
La Constitución rivadaviana, defraudaba una vez más las aspiraciones de las provincias cuando, en el artículo 7º, consagraba “para su gobierno la forma representativa, republicana, consolidada en unidad de régimen”, en alusión expresa a su orientación unitaria. También decía en su artículo 130: “En cada provincia habrá un gobernador que la rija, bajo la inmediata dependencia del Presidente de la República”, y en su artículo 132 determinaba que: “El Presidente nombra los gobernadores de las provincias”.
Finalmente, aprobada por 41 votos favorables y 11 en contra, la Constitución unitaria fue aprobada el 24 de noviembre y sancionada el 24 de diciembre de 1826, siendo sometida a la consideración de las provincias, obteniendo un rechazo generalizado, atizando con renovada furia la guerra civil.
Así fue como Facundo Quiroga se levantó contra Buenos Aires, derrotando a las fuerzas unitarias, comandadas por el general Gregorio Aráoz de Lamadrid, en la batalla de El Tala, el 27 octubre de 1826. De tal manera, en abril de 1827, casi todas las provincias se habían pronunciado por el federalismo, a la vez que rechazaron la flamante Constitución unitaria, rompiendo las relaciones con el gobierno de Buenos Aires.
Fueron estas graves circunstancias que obligaron a Rivadavia a que renunciara a la presidencia de las ya inexistentes Provincias Unidas del Río de la Plata. Dimisión que concretó, el 27 de junio de 1827, luego de apenas 16 meses de gobierno, dejando el país enfrentado, sin recursos económicos y fuertemente endeudado con Inglaterra.
El estado caótico legado por Rivadavia, requirió un gobierno fuerte para poder superar tan crítica situación, razón por la cual el Congreso resolvió, el 5 de julio de 1827, designar al doctor Vicente López y Planes, en carácter de Presidente provisional.
Durante su breve gobierno, López y Planes nombró, el 14 de julio de 1827, a Juan Manuel de Rosas Comandante General de las Milicias existentes en la campaña de la Provincia de Buenos Aires, por lo que surge ya definidamente en la escena política de aquel entonces.
López y Planes, para dar cumplimiento a los objetivos de su interinato, convocó a elecciones, el 11 de agosto de aquel mismo año, siendo electo Gobernador de Buenos Aires, el coronel Manuel Dorrego, cuyo corto mandato concluyó trágicamente, cuando en la mañana del 1º de diciembre de 1828 las tropas del general Lavalle irrumpieron en la Plaza de la Victoria, para provocar la deposición del gobernador.
Capturado, días después, el 13 de diciembre, fue ejecutado impíamente por orden de Lavalle, sin juicio previo.
Así, como dijera el genial Ignacio B. Anzoátegui, “de tumbo en tumba”, llegamos al 6 de diciembre de 1829, cuando la Junta de Representantes procedió a elegir al Gobernador que condujera la convulsionada provincia de Buenos Aires, resultando electo Juan Manuel de Rosas, que asumió con el otorgamiento previo de “las facultades extraordinarias que juzgue necesarias”.
Según la clara visión de la realidad política de Carlos Ibarguren, Juan Manuel de Rosas asumía la gobernación de Buenos Aires, en momentos en que: “… no había Nación, propiamente dicha; los Estados provinciales estaban separados y el sentimiento nacional quedaba subordinado al localista. Las provincias eran entidades soberanas o independientes en guerra unas contra otras, o en coaliciones beligerantes recíprocas. El complejo relajamiento de los vínculos que debían unir a las diversas partes componentes del país, fue efecto de la anarquía causada por la revolución de 1810” (2).
Nada más cierto, si recordamos que durante los 19 años transcurridos desde el pronunciamiento de Mayo de 1810, la Argentina venía soportando las sucesivas sacudidas revolucionarias que asolaban el interior del país, enfrentado con Buenos Aires.
Situación originada como lógica consecuencia del desmantelamiento de la estructura política virreinal y la inexistencia de un gobierno central que la sustituyera, dando lugar al surgimiento de la anarquía reinante. Así fue como surgió el caudillismo, fenómeno socio-político que asumió empíricamente la misión de restaurar el orden, construir y organizar un estado.
En consecuencia surgieron los caudillos, devenidos en Señores feudales, protectores y custodios de intereses locales o regionales, sin rendir vasallaje a nadie por carecer de un rey a quien tributar.
Proceso que se remonta a la génesis de la monarquía como gobierno, cuando los reyes surgían de entre aquellos señoríos feudales, como primus inter pares, pero que en estas tierras generó una suerte de “Soberanos” territoriales.
De tal manera, Juan Manuel de Rosas fue, por aquel entonces, la encarnación del caudillo surgido –como decíamos– “primero entre sus pares”, razón por la cual asumía su gobierno, muñido de “las facultades extraordinarias”, dispuesto a imponer el principio de autoridad para restaurar el orden, que sus antecesores no habían logrado imponer.
El Pacto federal, preludio de la Constitución Nacional
Con el propósito de poner fin a la ofensiva unitaria y dar comienzo a la pacificación del interior, el 18 de junio de 1830, Rosas le escribió al general José María Paz para proponerle una conciliación a fin de lograr la paz “necesaria para los pueblos. El país no puede soportar ya por más tiempo la desastrosa guerra que lo consume, y es necesario que todos hagamos sacrificios sin reserva para que los pueblos se vean libres de la espantosa escena que representan” (3).
El general Paz desestimó la propuesta, por lo que Rosas debió iniciar una larga negociación para lograr una Liga federal, mediante el tratado llevado a cabo el 23 de febrero de 1830, entre Santa Fe y Corrientes, los arreglos del 24 de febrero entre Santa Fe y Buenos Aires, y el tratado del 3 de mayo, entre Corrientes y Entre Ríos. Acuerdos negociados mediante la mediación de Domingo Cullen por Santa Fe, José María Roxas y Patrón por Buenos Aires y Antonio Crespo por Entre Ríos, que tuvieron el cierre formal en la ciudad de Santa Fe, cuando el 4 de enero de 1831, suscribieron –excepto Corrientes– el memorable tratado recordado con el nombre de Pacto Federal.
Sin duda, el Pacto Federal fue el inicio de la tan anhelada organización nacional, objetivo testimoniado claramente en su artículo 14, cuando en la cláusula 5°, dispone: “Invitar a todas las demás provincias de la República, cuando estén en plena libertad y tranquilidad, a reunirse en federación con las litorales y a que por medio de un Congreso General Federativo se arregle la administración general del país bajo el sistema federal, su comercio interior y exterior, su navegación, el cobro y distribución de las rentas generales, y el pago de la deuda de la República, consultando del mejor modo posible la seguridad, y engrandecimiento general de la República, su crédito interior y exterior, y la soberanía, libertad e independencia de cada una de las provincias”.
Mientras tanto, las fuerzas de la Confederación habían logrado vencer a las huestes unitarias conducidas por José María Paz, quien sorprendido por una partida federal fue hecho prisionero, en marzo de 1831. Ello dio lugar a que progresivamente las provincias restantes se fueran adhiriendo al Pacto Federal: Mendoza, el 9 de agosto de 1831; Corrientes, el 19 de agosto de 1831; Córdoba, el 20 de agosto de 1831; Santiago del Estero, el 20 de agosto de 1831; La Rioja, el 12 de Octubre de 1831; San Luis, el 13 de abril de 1832; San Juan, el 3 de mayo de 1832; Salta, el 4 de julio de 1832; Tucumán, el 8 de julio de 1832; Catamarca, el 3 de septiembre de 1832.
Fue por aquellos días que el gobernador de Santiago del Estero, Felipe Ibarra, creyendo que había llegado el momento de organizar constitucionalmente al país, promovía la realización de una Asamblea Constituyente. Rosas, con fecha del 16 de diciembre de 1832, le envió una carta, en la que le exponía su oposición a su propuesta, basándose en la precaria situación política del país, aduciendo que: “Si me dejara arrastrar por las inspiraciones de mi voluntad, sería el primero en clamar por una asamblea que, ocupándose de nuestros destinos y necesidades comunes, estableciese un sistema conforme a las opiniones de la mayoría de la República y centralizase la acción del poder. Pero la experiencia y los repetidos desengaños me han mostrado los peligros de una resolución dictada solamente por el entusiasmo, sin ser antes aconsejada por la razón y por el estudio práctico de las cosas […] mientras no hayan calmado las agitaciones internas y moderándose las pasiones políticas que la última guerra ha encendido […] creo sería funesto ocuparnos de un Congreso federativo” (4).
Sin duda, Rosas tenía una visión clara de la situación interna y externa de la Confederación, si recordamos que por aquellos días los unitarios exiliados en la Banda Oriental, conducidos por Lavalle, planeaban la invasión del litoral. Mientras que en el orden externo, el 31 de diciembre de 1831, el Puerto Soledad, perteneciente a las Islas Malvinas, había sido invadido y su población maltratada por la tripulación de la corbeta norteamericana, Lexington, a las órdenes del capitán Silas Duncan. Acontecimiento que originó la primera violación de la Doctrina Monroe.
Por vía de síntesis, podemos decir que Juan Manuel de Rosas, comenzaba su andadura por aquel largo camino, para lograr “que los pueblos se ocupasen de sus constituciones particulares, para que después de promulgadas, entrásemos a trabajar los cimientos de la Constitución Nacional […] conservando cada uno su soberanía e independencia” (5), para luego instaurar un Gobierno federal representativo de cada estado provincial, soberano e independiente.
Como todos sabemos, sobrevinieron acontecimientos que le impidieron dar cumplimiento a su empírico proyecto de una constitución adecuada a la idiosincrasia rioplatense.
Pedro de Angelis, con su certero análisis de los acontecimientos, ya lo advertía en el Archivo Americano, cuando en 1845 decía que: “…hace ocho años que no dejamos las armas para repeler al bando rebelde unido a extranjeros enemigos de nuestra independencia; y una Nación no se construye en medio de la guerra, ella pelea y salva su nacionalidad primero; después naturalmente sanciona la Constitución que regirá en el país [de Angelis reconoce asimismo que] el Tratado del 4 de enero de 1831 es la base de la Constitución de la República. [En este mismo artículo afirma] La Constitución de un Estado, para que sea sólido, debe provenir de la creación progresiva de instituciones análogas, de las costumbres radicadas en los pueblos, de la acción lenta pero segura del orden y de las leyes especiales de cada Provincia” (6).
Por si falta hiciere mayor abundamiento, recordemos que el doctor Adeodato de Gondra, destacado jurista tucumano, también afirmaba en plena época federal que “Rosas prepara los elementos que deben formar la deseada Constitución Nacional, no como lo han pretendido los pérfidos violadores de todas las leyes, sino cual convenga a las necesidades, genio y costumbre de los argentinos” (7).
Es indudable, entonces, que Pedro de Angelis había bosquejado con la participación de Rosas un proyecto de Constitución para hacerla vigente cuando las condiciones políticas así lo permitieran.
Fue por ello que, ocurridos los acontecimientos de Caseros, Urquiza, enterado de los profundos conocimientos de Angelis sobre la concepción constitucionalista, le solicitó la redacción de un proyecto de Constitución (8).
En los días de junio de aquel año de 1852, Pedro de Angelis, tuvo concluido el proyecto y lo editó en la Imprenta del Estado, con el título de Proyecto de Constitución para la República Argentina (9). De tal manera de Angelis demostró que ya había avanzado en la problemática constitucionalista, según lo testimoniara en 1845 cuando anunciaba que: “Cuando nuestra independencia esté consolidada y libre de todo riesgo, habremos fijado la base más sólida para la Constitución Nacional.[…] En medio de la guerra no hemos olvidado fijar instituciones preliminares a aquel objeto; y la Administración del General Rosas, fuerte por la Ley, ha hecho esas creaciones que no existían. Terminará éste su carrera pública, devolviendo el poder extraordinario que le ha confiado la Nación, y dejando establecidos fundamentos sólidos al orden constitucional de nuestra Patria” (10).
Luces y sombras de la Constitución de 1853
A todo esto, Juan Bautista Alberdi, que se encontraba en la ciudad chilena de Valparaíso, tomó conocimiento de la deposición de Rosas, por lo que dijo que “yo me puse a escribir las Bases y Puntos de Partida para la Organización Política de la República Argentina, que mi amigo [Juan María Gutiérrez] debía hacer sancionar por sus consejos persuadidos y persuasivos” (12).
Según el propio Alberdi, las Bases fue una obra improvisada, un “escrito ligero, hecho en 20 días de ocio”, por lo que, según Paul Groussac, “en su angustia optó por tomar la constitución de los Estados Unidos como base y punto de partida, agregarle capítulos del régimen chileno para reforzar las atribuciones del presidente, algunas reminiscencias de citas de Pellegrino Rossi leídas por Lastarria y media docena de artículos que traducían el gobernar es poblar tal como creyó verlo en la flamante constitución del Estado de California dictada en 1850” (13).
Sin duda, Alberdi no dispuso del tiempo suficiente para producir una obra meditada. Tan es así que Juan María Gutiérrez, luego de leer la primera versión de las Bases, le solicitó a Alberdi que le agregara un proyecto constitucional, para facilitar la tarea de los congresales, reprochándole que “poco se gana con disquisiciones en el aire” (14).
Tres meses después, Alberdi, reeditó las Bases, según sus propias palabras, “aumentada de muchos parágrafos y de un proyecto de constitución según las bases propuestas”. Proyecto, en gran parte, nutrido ideológicamente en el influjo liberal, tan en boga a mediados del siglo XIX, la fallida y rechazada Constitución Argentina de 1826 y en la de los Estados Unidos de Norteamérica.
Al fin, el 24 de diciembre de 1852, el Congreso Constituyente, inauguró la Comisión de Negocios Constitucionales, encargada de redactar la Constitución, integrada por Juan María Gutiérrez, José Benjamín Gorostiaga, Pedro Ferré, Manuel Leiva y Pedro Díaz Colodrero, a la que luego se sumaron muchos más.
Si bien, el doctor José María Zuviría, secretario del Congreso Constituyente, anunció que ambos proyectos habían sido analizados por los constituyentes (15), el proyecto constitucional propuesto por Pedro de Angelis, fue desconsiderado por los antecedentes “rosistas” del autor.
Las sesiones –como dijera Gorostiaga– no consistieron solo en “verter a un lenguaje llano los trabajos abstractos del doctor Alberdi”, sino que el proyecto fue largamente discutido y analizado en apasionados debates.
Fue por ello que, apremiados por el tiempo transcurrido sin lograr consenso, los constituyentes debieron sesionar durante diez días corridos, entre el 21 y el 30 de abril de 1853, hasta obtener la aprobación de los 107 artículos del proyecto, “tan de prisa que se omitieron formalidades esenciales en las actas”.
De manera tan precipitada, los constituyentes pudieron firmar, el 1º de mayo, el texto original de la constitución, que elevarían a consideración de Urquiza, quien la promulgó el 25 de mayo, en San José de Flores, disponiendo que se la jurase en toda la Confederación el 9 de julio de aquel año de 1853.
El desacuerdo y la desunión no tardo en manifestarse, si recordamos que el gobierno de Buenos Aires rechazó de plano la flamante Constitución Nacional y la anexa ley de federalización del territorio de la ciudad. Así fue como, siendo gobernador de Buenos Aires el doctor Pastor Obligado, el 11 de abril de 1854, se sancionó la Constitución del Estado de Buenos Aires, y pocos días después, el 23 de mayo, fue solemnemente jurada frente a la Pirámide de Mayo, en la Plaza de la Victoria.
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| Jura de la Constitución de Buenos Aires (1854) Daguerrotipo. |
Carlos Ibarguren, sostiene que: “La Constitución de 1853 fue el resultado de una transacción entre provincias que se vincularon formando una entidad orgánica débil […] Fue necesaria una lucha civil de diez años entre las provincias y Buenos Aires, y la victoria militar de ésta sobre aquellas para consolidar políticamente al país” (16). Penoso capítulo de nuestra historia, que nos testimonia la vigencia del pensamiento de Juan Manuel de Rosas, cuando sostenía que “el reproche de no haber dado al país una constitución me pareció siempre fútil, porque no basta dictar un `cuadernito´, para que se aplique y resuelva todas las dificultades; es preciso antes prepara al pueblo para ello, creando hábitos de orden y de gobierno, porque una constitución no debe ser el producto de un iluso soñador sino el reflejo exacto de la situación del país” (17).
Epílogo
Luego de consagrarse como “el padre de la Constitución Republicana, Representativa y Federal de 1853”, Juan Bautista Alberdi, fue designado por Urquiza, con rango de Encargado de Negocios, para representar a la Confederación Argentina en Europa. Su misión diplomática tenía por objeto obtener el reconocimiento de la Confederación Argentina regida por la nueva Constitución, la designación de cónsules, vicecónsules y gestionar acuerdos comerciales (18).
Alberdi arribó a Inglaterra el 1º de julio de 1855, a fin iniciar su desempeño diplomático, actividad que le permitió frecuentar las Cortes europeas, la de Napoleón III, en Francia, la de la reina Victoria, en Inglaterra, la de la reina Isabel II, en España.
La imagen de aquellos reinos donde imperaban el orden, el progreso y la prosperidad, debieron deslumbrarlo, al mismo tiempo que la comparación con la anarquía reinante en su patria, le suscitaron la revisión de los fundamentos filosóficos de sus convicciones republicanas. Así se lo hizo saber a Félix Frías, cuando le decía: “Vergüenza me da el pensar que el federalismo argentino, que yo consideré como un régimen de transición hacia la consolidación, nos haya más bien llevado hacia la disolución”.
Alberdi, durante su larga permanencia en Europa, se mantuvo informado de los avatares políticos y el permanente caos que atormentaba a su país.
Fue por aquellos días que Alberdi le escribía una carta a su entrañable amigo Juan María Gutiérrez, confiándole un velado anuncio: “Yo no he dicho aún la última palabra sobre la organización argentina. Tengo un libro, escrito bajo el dictado de la experiencia de los últimos siete años y de lo que he podido estudiar en Europa. Lo daré a luz cuando venga la oportunidad en que su doctrina se pueda volver ley” (19).
Aquel libro, recién se dio a conocer luego de la muerte de Alberdi, ocurrida el 19 de junio de 1883.
Fue su hijo Manuel Alberdi, fruto de un romance juvenil, quien con subvención oficial, editó la obra en 1896, primeramente titulada Del Gobierno en Sudamérica, con el subtítulo Según su Revolución Fundamental. La obra, así editada, formó parte del volumen IV de sus Escritos Póstumos, que posteriormente se dio a conocer bajo el título de La monarquía como mejor forma del gobierno en Sud América (20). La dedicatoria contiene un sugestivo mensaje: “A San Martín, a Belgrano, a Bolívar, a Sucre: Vosotros sois los patrones naturales de este libro inspirado en vuestras ideas, animado de vuestros deseos”. Recordemos que los próceres mencionados, en su momento, apoyaron la solución monárquica para poner fin a la anarquía reinante.
A lo largo de sus 653 páginas y en particular en el Capítulo IV, Alberdi proclama las ventajas que ofrecería el sistema monárquico, “lo más indicado por la idiosincrasia y tradición de estos pueblos y aun anhelada por la masa de su población”.
Esta obra, curiosamente tan olvidada o soslayada, nos deja al descubierto graves interrogantes para resolver respecto al verdadero pensamiento filosófico alberdiano.
Notas
(1) Bernardo Lozier Almazán: La Constitución de 1819. Sus causas y consecuencias, El Restaurador, año XIII, nº 52, pp. 4-5.
(2) Carlos Ibarguren: Juan Manuel de Rosas. Su vida, su drama, su tiempo., Theoría, Buenos Aires, 1972, p. 149.
(3) Ídem. p. 152.
(4) Ídem. pp. 158-159. Carta de Rosas a Felipe Ibarra, del 16-12-1832.
(5) Carta de Rosas a Juan Facundo Quiroga, del 20-12-1834, en la Hacienda de Figueroa.
(6) Archivo Americano, Nº 19, del 21-6-1845, p.233.
(7) Ídem. Nº 16, del 11-12-1844, pp. 14-15.
(8) Carlos Tagle Achaval: Proyecto Constitucional de Pedro de Angelis. Su vida y su pensamiento, Instituto Nacional de Investigaciones Históricas Juan Manuel de Rosas, Bs.As., 1989, p. 39.
(9) Ídem. El texto completo figura entre pp. 43 y 66.
(10) Archivo Americano, Nº 19, del 21-6-1845, p. 231.
(11) Carlos Tagle Achaval: op. cit. p. 80.
(12) Juan Bautista Alberdi: Juan María Gutiérrez. Biografías y autografías, en Obras selectas de Alberdi, t. IV, La Facultad, Bs.As. 1920, p. 392.
(13) José María Rosa: Historia Argentina, Ediciones Oriente, Bs.As. 1973, t. 6, pp.105-106.
(14) Bernardo Lozier Almazán: Pedro de Angelis. Cronista de Juan Manuel de Rosas. Patriarca de los historiadores rioplatenses, Sammartino Ediciones, Bs. As. 2018, p. 174.
(15) José María Zuviría: Estudios sobre la Historia Argentina Contemporánea, Imprenta de Pablo Coni, Bs. As. 1881, p. 144.
(16) Carlos Ibarguren: La reforma constitucional, sus fundamentos y su estructura, Ediciones Dictio, Bs.As. t. IV, p. 218.
(17) Ernesto Quesada: Los unitarios y la traición a la patria, Plus Ultra, Bs.As. 1965, p. 219. El autor visitó a Juan Manuel de Rosas, en febrero de 1873, en Southampton, Inglaterra. Durante el diálogo que mantuvieron, Rosas le expresó el comentario mencionado.
(18) Jorge M. Mayer: Alberdi y su tiempo, Editorial Universitaria de Buenos Aires, 1963, p. 475.
(19) Juan Bautista Alberdi: La monarquía como mejor forma de gobierno en Sud América, A. Peña Lillo editor, Bs.As. 1970, p. 25, Estudio preliminar de Juan Pablo Oliver.
(20) Ídem. p. 13.
El año XX
Publicado en el Periódico El Restaurador - Año XIV N° 64 - Marzo 2020 - Pags. 1 a 6
Año Belgraniano
1770-3 de junio-2020, 250 años de su nacimiento / 1820-20 de junio- 2020, 200 años de su fallecimiento.
El año XX
Por Norberto Jorge Chiviló
Este año se cumplen dos aniversarios relacionados a una de las figuras centrales de nuestra patria y creador de su bandera, el abogado, periodista, economista y general Manuel Belgrano, cuyo nombre completo es: Manuel José Joaquín del Corazón de Jesús Belgrano, que tuvo gravitación importante en la historia patria en las dos primeras décadas del siglo XIX.
Nació en Buenos Aires el 3 de junio de 1770, cuando la ciudad dependía del Virreinato del Perú, y murió a los cincuenta años de edad en la misma ciudad, pero integrante la misma de las Provincias Unidas del Río de la Plata, el día 20 de junio de 1820, por lo cual se cumple el 250 aniversario de su natalicio y el bicentenario de su fallecimiento. Por estos dos aniversarios, este es el “Año Belgraniano”.
También en el mismo año que fue el natalicio de Belgrano, pero desconociéndose el día exacto, nació en Bonn, Alemania, un genio de la música de todos los tiempos: Ludwing van Beethoven. Otros personajes importantes de la historia nacidos en 1770 fueron: el político inglés George Canning quien llegó a ser Primer Ministro del Reino Unido en 1827; el prusiano Federico Guillermo III Rey de Prusia de la dinastía de los Hohenzollern, que intervino en las guerras napoleónicas y tuvo papel gravitante en la derrota de Napoleón y también fue uno de los gestores de la Santa Alianza; el porteño Teniente de Navío Cándido Francisco José de Lasala, que participó activamente en la Reconquista de Buenos Aires en 1806 y en su Defensa al año siguiente, muriendo en combate el 5 de julio; el brigadier general Juan Antonio Álvarez de Arenales, cuyo lugar de nacimiento no puede precisarse si fue en España o en Salta, de destacada actuación en las luchas por la independencia americana.
El último año de la segunda década del siglo XIX, esto es 1820 o como se conoce en nuestra historia, “el año XX”, en el que falleció Belgrano, se dieron muchos hechos que tendrán repercusión en la historia patria con posterioridad.
Pero también trataré de hacer un resumen de todos aquellos acontecimientos que fueron antecedentes de lo ocurrido en 1820, a fin de que se pueda comprender lo que pasó en ese año crucial.
Antecedentes políticos en el decenio 1810-1819
Mirando hacia atrás, ¿qué había sucedido durante los 10 años transcurridos desde la Revolución de Mayo? ¿Qué podemos decir y destacar de esa década, desde el punto de vista político y de la organización del Estado?
Como consecuencia de los hechos revolucionarios de mayo de 1810, producidos en la ciudad de Buenos Aires, en ese entonces capital del Virreinato del Río de la Plata, se produjo el establecimiento del primer gobierno patrio, llamado comúnmente como Primera Junta Gubernativa, encargado del ejecutivo, que fue un órgano colegiado de nueve miembros, compuesto por un presidente, seis vocales y dos secretarios, cuyo nombre oficial fue el de Junta Provisional Gubernativa de las Provincias del Río de la Plata a nombre del Señor Don Fernando VII.
En el seno de este cuerpo, se dieron dos tendencias, una moderada, tradicionalista y aperturista hacia los pueblos del interior cuya cabeza visible fue su presidente Cornelio Saavedra y la otra centralista y afín a los postulados de la Revolución francesa de 1789, liderados por el vocal Manuel Castelli y el secretario Mariano Moreno.
La crisis estalló el día 18 de diciembre cuando por votación se decidió la incorporación a la Junta, de los diputados que habían llegado desde el interior invitados por la circular enviada el 27 de mayo por la mismo cuerpo a los Cabildos integrantes del exvirreinato, solicitándoles justamente el envío de sus representantes. Ello fue una derrota para el grupo de Moreno y Castelli.
Ese mismo día 18 se formó oficialmente la llamada Junta Grande que gobernó hasta el 22 de setiembre de 1811 en la cual estaban representados los pueblos del interior, cuando por un golpe institucional encabezado por el Cabildo, la Junta fue transformada en la Junta Conservadora con facultades legislativas y despojadas de las ejecutivas que tenía hasta ese momento, formándose para ejercer estas últimas un órgano colegiado denominado Triunvirato, conocido como Primer Triunvirato conformado por Feliciano Antonio Chiclana, Manuel de Sarratea y Juan José Paso, que tomó varias medidas de carácter centralistas, concentrando el mando político y militar.
Una revolución que estalló el 8 de octubre de 1812, con la intervención activa de los miembros de la Logia Lautaro y que contaron con la participación del Regimiento de Granaderos a Caballo comandados por San Martín, entre otros cuerpos militares, provocó la renuncia de los miembros de este cuerpo ejecutivo colegiado y el Cabildo lo reemplazó por el Segundo Triunvirato, conformado en un principio por Nicolás Rodríguez Peña, Antonio Álvarez Jonte y Juan José Paso.
Durante el gobierno del Segundo Triunvirato, se instaló la Asamblea General Constituyente y Soberana, llamada comúnmente como Asamblea del Año XIII. También por aquél tiempo se produjeron las derrotas de la Segunda Expedición Auxiliadora al Alto Perú en Vilcapugio y Ayohuma. Todo ello precipitó la caída del Triunvirato y su reemplazo el 31 de enero de 1814, por un ejecutivo unipersonal, a cargo de Gervasio Antonio de Posadas, cuyo nombre fue el de Director Supremo de las Provincias Unidas del Río de la Plata, quien ocupó ese cargo hasta el año siguiente, seguido por su sobrino Carlos María de Alvear (1815), Ignacio Álvarez Thomas (1815-1816), Antonio González Balcarce (1816), Juan Martín de Pueyrredón(1816-1819), José Rondeau (1819-1820) y Juan Pedro Aguirre (1820).
La Asamblea del Año XIII que sesionó casi dos años desde el 31 de enero de 1813, no pudo concretar los dos objetivos principales para la cual fue establecida, que eran declarar la independencia y dictar una constitución, si bien dictó otras normas importantes. Un hecho de trascendencia se dio con respecto a los diputados de la Banda Oriental, elegidos por un Congreso dirigido por Artigas, quienes portaban instrucciones precisas para que la Asamblea declarara inmediatamente la independencia y se organizara el Estado bajo la forma republicana y confederal, lo que era contrario al centralismo porteño, por lo cual alegando vicios en las designaciones, fueron rechazados por la Asamblea, y ello agravó el distanciamiento con el gobierno de Buenos Aires. Artigas se afianzó como caudillo oriental y ese rechazo de diputados fue antecedente de la guerra civil que se acercaba (ER 20). Debemos aclarar que ese distanciamiento venía desde el sitio de Montevideo y se agravará con el paso del tiempo. Incluso el primer Director Posadas dictó un decreto el 11 de febrero de 1814, por el cual “Se declara a don José Artigas infame, privado de sus empleos, fuera de la Ley y enemigo de la Patria…”, o para decirlo más sencillo, lo declaró traidor a la Patria, además de ponerle precio a su cabeza.
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| Soldado del Escuadrón Dragones de la Muerte de Francisco Ramírez. Dibujo de Amado Bonplan |
En 1814 Fernando VII fue repuesto en el trono de España como consecuencia de la derrota de Napoleón y la reunión del Congreso de Viena. Fernando se comportó como un monarca absolutista y con la intención de recuperar de cualquier forma sus dominios en América, promovió una expedición militar con ese objetivo. También la situación política y militar en América se encontraba complicada por la reacción realista que triunfaba en todas partes, desde el norte en Méjico hasta el sur en Chile, con excepción de la revolución de Buenos Aires iniciada en 1810. Todo ello fue determinante para que la Asamblea del Año XIII no declarara la independencia (ER 39).
Tres años después se reunió en Tucumán otro Congreso que declaró la Independencia en 1816, siendo ello una necesidad para legitimar la lucha que los ejércitos de las Provincias Unidas llevaban contra el dominio español.
Cabe acotar que la Liga Federal bajo el liderazgo de Artigas que comprendía un importante territorio conformada por la Banda Oriental, Entre Ríos (que comprendía también a Corrientes y Misiones), Santa Fe y Córdoba, en el Congreso de Oriente o de Arroyo de la China, reunido en Concepción del Uruguay, en junio, decidió –a excepción de Córdoba– no mandar sus diputados a Tucumán al considerar que ese Congreso estaba influenciado por los porteños, lo que se vio corroborado en abril del año siguiente cuando el Congreso se trasladó a Buenos Aires para seguir sesionando allí y dos años después el 20 de abril de 1819, dictó una Constitución, que por sus características centralistas y promonárquicas, no conformó a los pueblos del interior, lo que agravó y reavivó las luchas internas entre los directoriales y los federales.
Hechos militares en el decenio 1810-1819
Entre 1810 y 1819, se produjeron hechos y acontecimientos militares ya sea para provocar la adhesión de los pueblos del interior a la revolución, para lograr la independencia del dominio español, como también luchas intestinas entre los pueblos del interior y Buenos Aires y la invasión portuguesa a la Banda Oriental.
Entre las primeras podemos mencionar la expedición militar al Paraguay que la Primera Junta, puso bajo el mando del general Manuel Belgrano, que fracasó en sus propósitos.
Otra fue la campaña en la Banda Oriental contra el poder español en Montevideo, que finalizó con la toma de esa ciudad y puerto, pero con las divergencias ya señaladas entre porteños y artiguistas.
Las diversas expediciones al Alto Perú (actual territorio boliviano), cuyo objetivo era llegar a Lima (Bajo Perú) donde se encontraba la base del poder realista en la América del Sur; fracasaron y quedaron empantanadas, no pudiendo llegar a destino y lograr sus objetivos. La lucha en lo que ahora es el norte de nuestro país para contener las embestidas del ejército español quedó en manos del salteño Martín Miguel de Güemes (ER 40).
En agosto de 1814 el general San Martín, designado como gobernador intendente de Cuyo, viendo la imposibilidad de los ejércitos patriotas de pasar por el Alto Perú y llegar a Lima, concibió su plan de traspasar los Andes, dar la independencia a Chile y desde allí, por mar llegar al Perú. Desde ese momento San Martín, comenzó a organizar un ejército con aquel objetivo. La primera parte del plan sanmartiniano, fue cumplida satisfactoriamente entre el 12 de enero de 1817 con el inicio del cruce de los Andes y ya en suelo chileno con las victorias de Chacabuco el 12 de febrero, la entrada del ejército patriota en Santiago dos días más tarde y después de la derrota de Cancha Rayada, vino la victoria definitiva de Maipú el 5 de abril de 1818, consolidándose la independencia del país trasandino.
Casi en paralelo con la declaración de nuestra independencia, se produjo la invasión a la Provincia argentina de la Banda Oriental, por parte de fuerzas portuguesas gran parte de las cuales eran veteranas de las guerras napoleónicas, al mando del general Carlos Federico Lecor, con el objetivo de ocupar ese importante territorio y dominar una de las márgenes del Plata, objetivo que habían perseguido durante tres siglos y que los había enfrentado con la corona española. Montevideo fue ocupada el 20 de enero de 1817, finalizando la guerra tres años después con la derrota definitiva de Artigas en Tacuarembó el 22 de enero de 1820 y la anexión de la Banda Oriental al Reino de Portugal, Brasil y Algarves, como Provincia Cisplatina. Las únicas fuerzas que hicieron frente a esa invasión fueron las artiguistas, sin recibir ningún aporte del gobierno de Buenos Aires. El comportamiento del Directorio en esas circunstancias fue deplorable. El entonces Director Supremo Pueyrredón, no solo no declaró la guerra por esa agresión a una provincia argentina, sino que se mantuvo inactivo, “neutral”, y no solo eso sino que guerreó entre 1817 y 1819, contra Santa Fe, Entre Ríos y Corrientes que formaban parte de los “Pueblos Libres”, con resultados adversos para los directoriales pero que impidieron que aquellos pueblos pudieran concurrir en auxilio de los orientales, por lo cual podemos decir que esa invasión portuguesa contó con la complicidad de las autoridades de Buenos Aires, quienes de esa forma quisieron terminar con la influencia de Artigas en el litoral, todo ello a costa de la pérdida de un importante territorio argentino, que se perderá definitivamente años después.
Civiles y militares que criticaron esa política directorial fueron expulsados del país.
Dos tendencias en pugna
Podemos decir que prácticamente desde el momento en que se produjo la Revolución de Mayo, surgieron dos tendencias: una centralista, con características monárquicas y aristocráticas que daba preminencia a Buenos Aires sobre el interior, pretendiendo seguir siendo el centro unitario del poder como lo había sido durante el Virreinato y seguir gobernando a las provincias, incluso designando a sus autoridades, que derivó posteriormente en el unitarismo y otra de tendencia republicana, que bregaba por la autonomía de los pueblos del interior de darse sus propias autoridades y que no aceptaron el predominio que sobre ellas pretendían los hombres de Buenos Aires y que derivó en el federalismo.
Con la incorporación a la Primera Junta de los diputados del interior que derivó en la Junta Grande parecía que la segunda tendencia se impondría, pero posteriormente y sobre todo a partir de la creación Triunvirato y después del Directorio, las tendencias aristocráticas, promonárquicas y unitarias y más aún con el dictado de la Constitución de 1819, la tendencia varió.
Las fuerzas federalistas y republicanas, a cuyo frente se encontraba José Gervasio Artigas, quien estaba secundado por Francisco Ramírez y Estanislao López entre otros, tenían influencia en un vasto territorio de las Provincias Unidas que comprendían la Banda Oriental, Corrientes, Entre Ríos, Santa Fé y Córdoba conformando la Liga de los Pueblos Libres.
Los enfrentamientos entre centralistas y federalistas se fue acentuando con el paso del tiempo. El rechazo de los diputados del litoral por parte de la Asamblea del año XIII acentuó el conflicto.
Esas luchas intestinas no cesaron en ningún momento y los intentos de los centralistas y directoriales para traer y coronar a un príncipe extranjero para que gobernara estas tierras, acrecentó el conflicto.
En 1819 y principios del año siguiente, la situación de las Provincias Unidas del Río de la Plata, se presentaba complicada.
La gota que rebalsó el vaso fue el dictado de la Constitución de tintes monárquica y centralista de 1819, la que fue rechazada por la mayoría de los pueblos del interior y que por lo tanto nunca se puso en práctica. Este hecho se sumó a los variados intentos por parte de los directoriales de instalar una monarquía con un príncipe europeo y también a la posición asumida por el Directorio con respecto a la invasión portuguesa a la Banda Orienta a la que se hizo mención precedentemente. Esa oposición se dio en mayor intensidad en el litoral, acaudillada principalmente por Artigas.
La orden del Director Rondeau a San Martín y Belgrano para bajar en auxilio de Buenos Aires
Con anterioridad, el director José Rondeau, había llamado en ayuda de Buenos Aires, al Ejército de los Andes que se encontraba en Chile y Cuyo al mando de San Martín y al Ejército del Norte al mando de Manuel Belgrano que estaba en Córdoba.
El primero se negó a obedecer esa orden para no intervenir en la guerra civil y prosiguió con su plan de emancipación americana.
Si bien Belgrano se puso en marcha hacia el sur cumpliendo la orden, por motivos de enfermedad dejó el comando del Ejército en su segundo, Francisco Fernández de la Cruz. Cuando las tropas se encontraban en camino, hubo una sublevación en la posta de Arequito –provincia de Santa Fe– el 8 de enero de 1820. Los jefes de este amotinamiento fueron los coroneles Juan Bautista Bustos y Alejandro Heredia y el mayor José María Paz. El argumento de los amotinados era no intervenir en aquella guerra intestina, ni a favor ni en contra del Directorio, y su intención era volver a la frontera, amenazada por los enemigos realistas.
Batalla de Cepeda y caída del Directorio
El gobernador de Santa Fe, Estanislao López y el entrerriano Francisco Ramírez, lugarteniente de Artigas habían proclamado que “el general Artigas por el clamor de los pueblos nos manda a exigir del Directorio... la declaratoria de guerra contra los portugueses... y el establecimiento de un gobierno elegido por la voluntad de las provincias, que administre por base el sistema de Federación”.
Declararon la guerra al Directorio y marcharon sobre Buenos Aires. El Director Supremo general Rondeau, salió al encuentro de los que llamaba “anarquistas”, siendo derrotado el 1° de febrero de 1820 en Cañada de Cepeda, cercano al límite entre las dos provincias, en un combate que duró menos de diez minutos, provocando ello la caída del Directorio y la disolución del Congreso Nacional, aquél que en la ciudad de Tucumán, tres años y medio antes había declarado la Independencia.
En esta batalla triunfó el federalismo litoraleño y así el país entró en una etapa que podemos llamar “federal”.

Francisco Ramírez, el “Supremo Entrerriano”.
Buenos Aires recobra su autonomía
El día 16 los vecinos de Buenos Aires en un Cabildo Abierto, designaron una Junta de Representantes, que nombró a Manuel de Sarratea como Gobernador de la provincia. Esta Junta será de ahí en más la Legislatura provincial. De esta forma Buenos Aires recobró su autonomía y las Provincias Unidas dejaron así aunque más no fuera en los papeles de tener un poder central con asiento en Buenos Aires que fue el Directorio. De esta forma las provincias recobraron su autonomía, algunas de las cuales habían declarado su “independencia”. También muchas ciudades secundarias, en ejercicio de sus derechos se independizaron a su vez de sus capitales, para formar nuevas provincias, como por ejemplo Santiago del Estero que se separó de Tucumán, La Rioja lo hizo de Córdoba, San Juan por un lado y San Luis por el otro también se separaron de Cuyo.
El Tratado del Pilar – Ascensión de Ramírez y ostracismo de Artigas
El 23 de febrero, en la capilla del Pilar, se firmó el tratado homónimo entre Buenos Aires, Santa Fe y Entre Ríos, comprometiéndose a la elección de diputados a un congreso para la organización de un estado bajo el régimen republicano y federal, asimismo establecía la libertad de navegación de los ríos Paraná y Uruguay, por parte de estas tres provincias. También se pactó que para el caso que el Litoral fuera atacado por los portugueses, Buenos Aires, iría en su ayuda.
En este tratado interprovincial, es el primero en el que Buenos Aires aparece como una provincia más, que entra en negociación con otras, pero sin atribuirse ninguna otra representación, para procurar la unidad nacional bajo la forma federal como era querido por Artigas.
El tratado fue firmado por Ramírez como “gobernador” de la provincia de Entre Ríos, cargo que se autoconfirió después de esa victoria, desconociendo así la autoridad de Artigas, lo que provocó que conocido el texto por éste, encontrándose en Corrientes después de la derrota de Tacuarembó y viendo también que en esa convención no se hacía mención a la reconquista de la Banda Oriental como lo había querido como condición necesaria para la firma de un tratado de paz, consideró que su subordinado lo había traicionado, lo que provocará el distanciamiento de estos dos hombres.
En consecuencia, Artigas no aceptó el Tratado y ello provocó la guerra con su exsubordinado Ramírez. Con sus fuerzas invadió Entre Ríos y derrotó a Ramírez, quién poco tiempo después y con ayuda porteña, se rehízo y vencerá definitivamente a Artigas, quien abandonado también por otros subalternos pasados a los portugueses, se retiró al norte, hacia el Paraguay, donde vivirá asilado hasta su muerte ocurrida en 1850. Con el exilio de Artigas, Ramírez dominó ya toda la Mesopotamia y formó un solo estado que llamó República de Entre Ríos.
Situación caótica en Buenos Aires
En Buenos Aires, la situación no era clara, se sucedieron diversos gobernadores, algunos de los cuales con tendencias centralistas, que duran pocos días en el cargo. Los federales también pelean entre sí. Es un momento de inestabilidad.
El inicio de la vida política de Rosas
Dorrego fue designado gobernador interino de Buenos Aires el 4 de julio y cuenta a su lado a un mozo de 27 años, comandante de milicias, que a partir de esos momentos comenzará a destacarse en la política bonaerense y casi diez años después será electo gobernador. Es un joven propietario y administrador de varias estancias y también tiene saladeros cuyos productos exporta en barcos propios al Brasil y Cuba. Es un industrial progresista, con una considerable fortuna hecha con tesón y constante trabajo, de carácter rudo y tenaz, formado en los duros trabajos camperos. Habitante de la frontera desde niño, es gran conocedor del campo y de sus habitantes, los gauchos e indios; con los primeros comparte el tipo de vestimenta, juegos y diversiones; con los indios también comparte juegos y se comunica con ellos en su propio idioma. Tiene un gran ascendiente entre el paisanaje y la gente de trabajo de la campaña, por su trato y proceder como patrón justo. Es el organizador de una milicia, armada a su costa, formada con los peones de sus estancias, adiestrados adecuadamente en una estricta disciplina; son los Colorados del Monte, es el 5° Regimiento de Caballería, un regimiento modelo. Es amante de la legalidad y el orden, cuyo prestigio crecerá día a día. Se llama Juan Manuel de Rosas.
Estanislao López derrotado por Dorrego
Promediando junio, Estanislao López, esta vez acompañado por Alvear y el chileno José Miguel Carrera, vuelve sobre Buenos Aires, llegando hasta los suburbios y luego se retira. El 18 de julio Dorrego sale en persecución de López, que reingresa a su provincia, mientras Alvear y Carrera acampan en San Nicolás, donde serán enfrentados por Dorrego quien los derrotó el 2 de agosto y diez días después en Arroyo Pavón vencerá al mismísimo López. En dichas acciones contó con el concurso de Rosas y Martín Rodríguez. El día 6 Dorrego confirió a Rosas el grado de teniente coronel y lo nombró jefe del 5° Regimiento, formado por los Colorados.
La elección de Martín Rodríguez como gobernador
Engolosinado con estas victorias, Dorrego cree que fácilmente podrá imponerse a las montoneras de López y no haciéndole caso a Rosas y a Rodríguez, que le aconsejan no invadir Santa Fe, por el contrario cruza el arroyo del Medio y así penetra en esa provincia en persecución de López. Al no ser escuchados, Rosas y Rodríguez se separan del ejército y regresan a Buenos Aires. López, con astucia, “lleva” a Dorrego a un campo de mío mío, que son pastos venenosos y que causan estragos en las caballadas del ejército porteño y que dejan de a pie a su ejército, por lo cual López carga contra esos soldados sin caballos y los derrota en el Gamonal el 2 de setiembre, pero contrariamente a lo hecho por Dorrego, solo lo persigue hasta el límite de ambas provincias pero no penetra en Buenos Aires, siendo ello un indicio de sus deseos de paz. Aquel error le costó a Dorrego la gobernación ya que la Junta de Representantes a fines de setiembre lo reemplazó por el general Rodríguez, apoyado por Rosas, quien consideró al nuevo gobernante como garantía de orden y también como la persona que podría lograr la paz con Santa Fe, contrariamente a lo que hubiera sucedido con Dorrego, que tenía una posición netamente confrontativa con el gobernador santafecino.
El Ejército de los Andes desembarca en Perú
Mientras esto ocurría en Buenos Aires y Santa Fe, en la madrugada del 8 de setiembre, muy lejos de aquí, desembarcaron en la bahía de Paracas, cercana a Pisco y a 230 kilómetros aproximadamente de Lima, 4.500 soldados trasladados en 24 naves, que habían partido el 20 de agosto desde el puerto chileno de Valparaíso, llevando municiones y todo tipo de pertrechos. Esa fuerza pertenecía al Ejército de los Andes al mando de San Martín, dando inicio ya desde suelo peruano a una larga campaña contra el poder realista.
El 5 de octubre – Los Colorados del Monte

Del 5° de colorados – 1820. “Colorados del Monte”. Dibujo de Eleodoro
Marenco
A fines de ese mes y principios de octubre, se produjo en Buenos Aires una revolución federal al mando del coronel Vicente Pagola, que contaba con gran apoyo popular y elementos orilleros y ocuparon la ciudad y el Fuerte bajo los gritos de “¡Abajo los directoriales!”, estableciendo cantones y trincheras en las bocacalles. Pretenden la renuncia del gobernador Rodríguez, quien se ha retirado a la campaña a buscar el apoyo de Rosas y sus milicianos. Ya el día 4 de octubre ambos están en la ciudad y ofrecen a los sublevados una generosa amnistía que estos no aceptan y exigen como única solución la renuncia del gobernador y la designación de uno nuevo. Rosas y Rodríguez se mantuvieron inflexibles en reconocer solo a la autoridad designada por la Junta de Representantes.
El día 5 los Colorados del Monte, “tropas de orden” con Rosas al frente, cargan sobre los cantones formados por los insurrectos y el Fuerte y desmontados de sus cabalgaduras y cuchillo en mano entablan una feroz lucha cuerpo a cuerpo con arma blanca, que dura más de cinco horas, tras lo cual la ciudad es totalmente retomada y la revolución vencida. Al anochecer Rodríguez pudo entrar en el Fuerte acompañado por Rosas, reconociendo así la acción importantísima que habían tenido las fuerzas a cargo de su subordinado, quien se convirtió en el héroe del día.
Los soldados de Rosas se destacaron por el orden que habían observado en todo momento y especialmente por el comportamiento y respeto hacia los vecinos, lo cual causó admiración entre la población, desacostumbrada a tan correcto proceder de los cuerpos armados de aquél entonces. Son llamados “Nobles hijos del sur, bravos campeones”, según unos versos que les dedica fray Cayetano Rodríguez (ER 49).
La valía que para Rosas tienen el concepto de orden y la legalidad, lo hacen estar esta vez del lado de los “directoriales” y con el legítimo gobernador Rodríguez y contra la anarquía y el desorden. Esas minorías directoriales o unitarias, años más tarde lo combatirán con saña y todo tipo de malas artes y no pararán ni siquiera de hacerlo así ante su muerte y tratarán de enlodar su memoria.

Colorado del Monte. Dibujo de Eleodoro Marenco
El 6 de octubre la Junta de Representantes otorgó al gobernador Rodríguez las facultades extraordinarias (1), quien al día siguiente, apreciando los servicios prestados por Rosas en el restablecimiento de la autoridad, lo ascendió a coronel de caballería.
Cuatro días después, Rosas en el Manifiesto dirigido al “benemérito pueblo de Buenos Aires” (ver texto completo en ER 1), antes de retirarse con su regimiento a sus estancias, ya cumplida su misión, expresaba entre otros conceptos:
“…La unión, mis compatriotas, la santa unión. La patria nos la pide. La patria exige de nosotros este corto sacrificio; la patria agonizante clama que no la abandonemos, por preferir a su existencia la de los odios y la de la anarquía.
Sed generosos los que abrigáis algún resentimiento. Sin unión no hay patria; sin unión todo es desgracia; todo fatalidades, miserias”.
“Sed precavidos, mis compatriotas; pero más que todo sedlo con los innovadores, tumultuarios y enemigos de la autoridad. Sed juiciosos para reclamar; sed sumisos a la ley, no confundiendo al gobierno con las personas, y a la representación suprema con los representantes”.
“Me despido, compatriotas. El 5° regimiento del sur de todos es amigo, de todos es hermano. Primero, segundo y tercero tercios cívicos; ciudadanos todos, y cada uno, recibid los votos que os hago presente a nombre de la división que comando. ¡Odio eterno a los tumultos!, ¡amor al orden!, ¡fidelidad a los juramentos!, ¡obediencia a las autoridades constituidas! Recibid a su nombre, os repito, la confesión de sus sanos sentimientos, este desahogo de unas almas patriotas, y esta expresión de unos hermanos agradecidos. Creedme que toda su satisfacción consiste en haber procurado ser virtuosos, y la mía muy particularmente en haber obedecido, sirviendo al pueblo en que nací y a la provincia a que pertenezco”. Por esos días, también los victoriosos Colorados del Monte, a cuyo frente marchaba su comandante, desfilaron por las calles de la ciudad.
Vencida la revolución, Dorrego reconoció la legitimidad del nuevo gobernador.
La llegada de la fragata Heroína a Malvinas
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| La fragata Heroína en Puerto Soledad, 6 de noviembre de 1820. Pintura de Emilio Biggeri (1907-1977). |
Por aquellos días, el 27 de octubre se produjo un hecho trascendental. El Coronel de Marina David Jewett, de origen estadounidense pero al servicio de las autoridades de Buenos Aires, al mando de la fragata Heroína, de acuerdo a directivas impartidas por el gobernador Manuel de Sarratea, llegó a puerto Soledad, tomando posesión efectiva del archipiélago malvinense. Esa toma de posesión fue conocida en Londres, debido a la publicación de la noticia en el diario The Times del 3 de agosto de 1821.
El Supremo Entrerriano
El 24 de noviembre, en Gualeguay, Ramírez fue elegido como Jefe Supremo de la República de Entre Ríos, que comprendía todo el territorio de la Mesopotamia (Entre Ríos, Corrientes y Misiones) y por ello es conocido como el “Supremo Entrerriano”.
El Tratado de Benegas
Ese mismo día, pero en la estancia de Benegas, situada junto al arroyo del Medio, que es el límite entre Buenos Aires y Santa Fe, los gobernadores de ambas provincias: Rodríguez y López y por las gestiones pacificadoras realizadas por el gobernador cordobés Bustos, establecieron la paz por el tratado que lleva el nombre de la mencionada estancia. Rosas como comandante y coronel de milicias, acompañaba a Rodríguez no será ajeno a las negociaciones que se llevan a cabo. Como condición para su firma, el gobernador López reclamó la entrega de 25.000 cabezas de ganado, como indemnización por los gastos incurridos por su provincia en la guerra contra Buenos Aires. Rosas se convirtió en garante y ejecutor de este acuerdo, encargándose personalmente de reunir ese número de cabezas de ganado, la mayor parte proveniente de sus estancias y el resto provistos por otros hacendados de la provincia. Cumplirá con creces su obligación, ya que las cabezas de ganado entregadas excederán el número de 30.000 (2).
Y así terminó ese año tumultuoso de 1820.
Notas:
(1) Rosas no fue el único que recibió las facultades extraordinarias, durante sus mandatos como Gobernador. Entre otros, Martín Rodríguez también las recibió el 6 de octubre de 1820 por el término de tres meses, las que cesaron el 6 de enero de 1921, el día 30 pidió se les renovaran tales facultades, lo que así se hizo el 6 de febrero “sin límite de duración”.
(2) Tres años después López asentaba en el documento respectivo: “Queda chancelado el presente documento en que el benemérito coronel Juan Manuel de Rosas llenó el compromiso de su contexto con el ‘exceso’ de 5.146 cabezas más…”
Fuentes:
Crónica Histórica Argentina, Tomo 2, Editorial Codex S.A., Buenos Aires, 1968.
BILBAO Manuel, Historia de Rosas, Editorial Sopena Argentina S.A., Buenos Aires, 1940.
GALVEZ Manuel, Vida de Juan Manuel de Rosas, Editorial Claridad, Buenos Aires, 1997.
PERRONE Jorge, Historia de la Argentina, Tomo 1, Editores Unidos, Buenos Aires, 1981.
SALDÍAS Adolfo, Historia de la Confederación Argentina, Tomo 1, Librería El Ateneo Editorial, Buenos Aires, 1951.









