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domingo, 16 de mayo de 2021

Rosas el Republicano

ROSAS EL REPUBLICANO

                                                                       Por Norberto J. Chiviló

Raúl Roux
Rosas. Dibujo de Raúl Roux


En los números 26, 27 y 28 de “El Restaurador” se publicó en tres partes el artículo de mi autoría “Rosas el Republicano”.

Otra prueba del republicanismo de Rosas, es el documento que se transcribe a continuación, que demuestra que a pesar de ser el Gobernador, la persona más importante y con más poder en Buenos Aires, actuaba como uno más de la sociedad, como un ciudadano común.

 

La ética de Rosas

Era muy común que a mediados del siglo XIX, las familias pudientes de Buenos Aires, compraran prendas o artículos suntuarios o adornaran sus casas con bienes procedentes de Inglaterra. La familia del Gobernador Rosas no era una excepción. Esos artículos debían abonar los correspondientes derechos de aduana y aquí tampoco ni el Gobernador ni su hija tenían ningún tipo de privilegio, sino todo lo contrario.

En el archivo de la Cancillería (C.1. Leg. 17), existe un borrador de una comunicación, dirigida por el canciller Felipe Arana al cónsul argentino en Gran Bretaña, Mr. Dickson, el día 4 de abril de 1849, redactada por el propio firmante y que dice así:

"La señorita hija de S. E. recibió el cajoncito que usted le envió por el Caballero Southern conteniendo el obsequio de una pantalla con las armas de la Confederación Argentina. Muy reconocida está aquella y el Sr. Don Juan Manuel por este fino recuerdo de su amistad… Ha recibido también, con otras cartas de Vd., los dos cajoncitos enviados por los paquetes de diciembre y enero (1848-49), conteniendo los sombreros de montar a caballo y un álbum...

"Sensible ha sido al señor Don Juan Manuel que el Sr. Hughes no haya comprendido bien los precisos términos en que aquél admitió sus generosos ofrecimientos para algunos encargos particulares del Sr. Don Juan Manuel y Manuelita. Jamás ha querido encargar nada por delicadeza en virtud de su posición pública, porque no se confunda ésta equivocadamente con su carácter privado, y además, porque temía ser molesto…

"Todo artículo que envíe de los encargos del Sr. Don Juan Manuel debe venir como corresponde, incluido en la factura del cargamento, pasar en su virtud, por la aduana como todos los demás, pagando los correspondientes derechos, no traer los bultos el nombre del Sr. Don  Juan Manuel, ni hacerse uso de dicho nombre para nada, porque esos artículos así que lleguen no hay para que se diga que él los ha comprado, o que son para él, hasta que mande por ellos y le sean entregados con la correspondiente cuenta su importe".

"De este modo es que solamente el Sr. Don Juan Manuel  comprará en la casa de Vd. unos artículos después de haber pagado éstos los derechos correspondientes y sin que pueda interpretarse nada con perjuicio del buen nombre y la delicadeza del Señor Don Juan Manuel”.

"…Y luego que tuvieran entrada en ella, después de correr las formas legales como todo artículo que viene en los cargamentos y pasa por la aduana pagando los derechos correspondientes, podía comprarlos el Sr. Don Juan Manuel, como puede comprarlo cualquier otro, por su justo precio. Esto bien entendido así por el Sr. Hughes y repetido va­rias veces por el Sr. Don Juan Manuel, convino en que Manuelita se entendiese con el Sr. Hughes y le diese una relación de artículos que consistían en cuatro espejos, ocho arañas, ocho alfombras para adelante de los sofáes, una  chimenea, tres docenas de calzoncillos de punto de lana seis docenas de media de ídem... Sólo así pudo el Sr. Don Juan Manuel animarse a molestar al Sr. Hughes y con estos encargos". 

El historiador José Luis Muñoz Azpiri, en su obra Rosas frente al imperio inglés. Historia íntima de un triunfo argentino, libro en el cual se publicó el borrador de la nota transcripta precedentemente, la comenta de la siguiente forma: "Para esa fecha hacía ya dos decenios que Rosas gobernaba con poderes de dictador legal. Tales facultades no alcanzaban, como vemos, ni al manejo del dinero público ni a la posibilidad de interpretar la ética con sentido personal. «El buen nombre del Señor Don Juan Manuel» se hallaba protegido por iguales facultades extraordinaria que el del último de sus compatriotas".

domingo, 1 de septiembre de 2013

Revue des Deux Mondes - Revista de los Dos Mundos

  Publicado en el Periódico El Restaurador - Año VII N° 28 - Setiembre 2013 - Pag. 15  


Revue des Deux Mondes
 
Revista de los Dos Mundos


         

En París se publicaba una revista quincenal, de las más importantes de Europa, llamada Revue des Deux Mondes -Revista de los dos Mundos-, que aparecía el 1° y el día 15 de cada mes.

En el número correspondiente al 1° de abril de 1843, se publicó un largo artículo con el título Las dos Riberas del Plata - Montevideo - Buenos Aires - Rivera - Rosas. En ese artículo, un viajero que había estado en estas tierras durante varios meses, hacía una serie de apreciaciones y comentarios sobre la vida, costumbres y la política rioplatense. En ese largo artículo, el autor hacía gala de imparcialidad, prometiendo consignar "recuerdos personales, y algunas impresiones de buena fe, completamente exentas de todo espíritu de partido". No obstante esas "intenciones", el viajero se despachó a gusto, criticando todo, desde los bailes populares, hasta la política que llevaba a cabo el gobierno de la Confederación Argentina.

Es así que Pedro de Ángelis (ver ER N° 18), director del periódico Archivo Americano y espíritu de la prensa del mundo, que se editaba en tres idiomas (español, inglés y francés) y que se distribuía no solo en Buenos Aires, sino en las principales ciudades de América y Europa, procedió a refutar punto por punto lo afirmado en la revista parisina y lo hizo en seis números del Archivo Americano (N° 7, 8, 9, 12, 13 y 14).

En lo referente al tema que nos ocupa, los embargos dispuesto por el decreto del 16 de setiembre de 1840, de Ángelis lo trata en el N° 9 del 30 de noviembre de 1843 y dice:

"... el Viajero alega el embargo puesto por el Gobierno a los bienes de los salvajes Unitarios. Nadie más adverso a una medida de esta clase como el General Rosas: a su elevación al mando manifestó cuáles eran sus ideas sobre el respeto debido a las propiedades de los particulares, que por decreto puso al abrigo de las confiscaciones. No preveía entonces, y no era posible preverlo, que llegaría el caso en que se haría de esta garantía una arma contra la misma autoridad que la había acordado, y que los recursos de la Provincia se emplearían para conspirar contra su independencia. La insurrección del sur fue costeada por algunos de sus hacendados, y el ejército con que Lavalle asoló al Entrerios, e invadió a los demás estados de la Confederación, fue vestido y armado en gran parte con el dinero que los emigrados Argentinos sacaban de los bienes que habían dejado garantidos en Buenos Aires. (1)       

"El General Rosas se resistió por mucho tiempo a los clamores del pueblo, y callaba cuando le hablaban de las remesas considerables de dinero que descaradamente hacían a Montevideo las familias y los apoderados de los prófugos: pero al fin tuvo que ceder a las pruebas irrefragables de ese nuevo crimen de los Unitarios, y si un sentimiento de justicia le había hecho proclamar la inviolabilidad de las propiedades, otro sentimiento, no menos justo y elevado, le arrancó una medida de rigor para poner al cubierto la libertad e independencia de la Patria.

"Son también inviolables las personas, y entretanto en todas partes caen los conspiradores bajo la cuchilla de la justicia. El derecho de propiedad es como el de la vida: ambos deben ser respetados, cuando no atentan a los derechos más sagrados, más prominentes, más intangibles de la sociedad, de cuya conservación está especialmente encargado, y es responsable el Gobierno.

"Estas consideraciones obligaron al General Rosas a dictar el decreto del 16 de Septiembre de 1840, que no es sino una medida eficaz para privar a los enemigos del país de los recursos de que se valían para amagarlo: y para no desmentir los principios que había proclamado en su decreto de 20 de Mayo de 1835, quitó al segundo todo cuanto podía darle el carácter de una confiscación, y lo redujo a un simple secuestro, que jurídicamente hablando, no invade el derecho de propiedad, sino prescribe el empleo de las rentas, y deja a los salvajes Unitarios con la obligación de reponer con sus bienes los daños y perjuicios causados al país, por la guerra que le han promovido. Hizo además declarar por el Gobierno Delegado, que presidia entonces la Provincia, que aquella disposición había sido tomada por expresa autorización del Exmo. Sr. Gobernador propietario, en uso de la suma del poder que investía.

"Los hombres de poco alcance, como el Viajero, hallarán en estas últimas palabras el comprobante de que los Ministros tienen las manos atadas sobre todo: pero, los que son capaces de valorar todo el merito de semejante declaración, no podrán menos de admirar en el General Rosas la delicadeza de sus procedimientos, en descargar á sus Ministros de la responsabilidad de una medida que, aunque indispensable, debía inspirar rencores y crear enemistades".

"(1) De este hecho se hallará una prueba flagrante en una carta de 18 de Marzo de 1840, del salvaje Unitario Florencio Varela al de igual clase Félix Frías, secretario de Lavalle. Ha sido publicada en la Gaceta Mercantil de 9 de Octubre de 1843".

(Nota del Director: de Ángelis aclaraba que todo lo impreso en bastardilla, era copiado del original del artículo refutado)

Rosas el Republicado

  Publicado en el Periódico El Restaurador - Año VII N° 28 - Setiembre 2013 - Pags. 8 a 15  

Rosas, el Republicano - Parte 3

                                                                                  por Norberto Jorge Chiviló

Rosas el Republicano
Juan Manuel de Rosas (A)

           

Continuando con los artículos publicados en los dos números anteriores de este periódico, ofrecemos ahora el tercero y último de ellos. 

Los ejemplos de republicanismo de Rosas, no se agotan con los que se han dado a conocer en estas tres entregas, por lo que invitamos a los lectores a aportar otros, que seguramente no faltan, pero a quien esto escribe seguramente se le han escapado de consignarlos. 


De confiscaciones y embargos

En primer lugar y a fin que el lector tenga una mejor comprensión del tema a tratar, creo necesario definir ambos términos.

La confiscación o decomiso, significa la incautación o privación de bienes a una persona por parte del Estado quien se apropia de ellos, como consecuencia de una pena aplicada; por el contrario el embargo es la traba o secuestro de bienes de una persona, impidiéndole su uso o disposición, pero sin que el individuo pierda la propiedad de los mismos.

Dejando de lado toda referencia a la confiscación de bienes de los enemigos políticos en otras partes del mundo, lo cual fue muy común en todas las épocas, vamos a ceñirnos a la historia patria.

Ya desde la Junta gubernativa surgida en la Revolución de Mayo, se había dispuesto que a todo patrón de buques que condujera pasajeros sin licencia del gobierno le sería confiscado el barco; como así también al individuo que se ausentare de la ciudad sin autorización del gobierno le serían confiscados todos sus bienes.

El Primer Triunvirato, por decreto del 12 de enero de 1812, dispuso que todo sujeto que pudiera tener bienes en dinero o en especie de personas pertenecientes a España, Montevideo o Brasil, debían dar cuenta de ello al gobierno dentro de las 48 horas de publicado el bando, bajo el apercibimiento en caso contrario de procederse a la confiscación de la mitad de sus bienes propios, entre otras penas.

Años después el Gral. Lamadrid, al asumir el mando en Mendoza con "facultades extraordinarias", ordenó la entrega de bienes de los enemigos políticos debiendo las personas que tuviesen a su cargo dichos intereses, presentarlos dentro de las 24 horas, so pena de perder a su turno todos sus bienes y ser castigadas “con una severidad inflexible”, incurriendo en una igual pena el que no delatare a los infractores. Se realizó también una lista de “clasificación” de los federales y los prófugos, como así también de sus propiedades. A los infractores se les confiscarían todos sus bienes e igual suerte correrían los que no se incorporaran al ejército. También se hicieron listas de contribuciones forzosas que recayeron en los federales.

El Gral. Fructuoso Rivera también declaró “…confiscados todos los bienes de los habitantes de la campaña que se hayan prestado a formar parte de los salvajes enemigos de la humanidad” -refiriéndose así a los federales-.

Otro jefe unitario, el Gral. José María Paz, echaría mano también a la confiscación de bienes, a tal respecto, dice su aliado Pedro Ferré, en sus Memorias, “Luego que el general Paz pisó el Entre Ríos, empezó a confiscar de un modo informal, sin más averiguación que los informes de los adulones, que nunca faltan en casos semejantes, contrariando así la opinión del gobierno y la que, por su parte, me había manifestado y asegurado sostener...” y continúa Ferré:  “A mi llegada al Paraná, la primera queja que me dio el gobernador Seguí fue que el general Paz, a nombre del gobierno de Corrientes, había hecho confiscar los bienes de varios vecinos pacíficos de algunos pueblos de la provincia, sin más motivos que ser clasificados vagamente por enemigos de la causa que sosteníamos”.

Como hemos visto con estos ejemplos, se disponía de los bienes ajenos con total arbitrio y discrecionalidad.

Para poner fin a tales arbitrariedades, el 20 de mayo de 1835, el gobernador de Buenos Aires, Juan Manuel de Rosas, por decreto “declara abolida, sin excepción alguna, la confiscación de bienes”. En el mensaje anual dirigido a la legislatura provincial el 31 de diciembre de ese año, Rosas manifestará: “Tanto por colocarse al nivel de la opinión pública, como por hacer sentir todo el respeto que se debe a la propiedad de un país libre, (el gobierno) derogó las leyes que imponían la pena de confiscación de bienes”.

En el año 1840 y en pleno conflicto con Francia, la situación en la provincia de Buenos Aires, podemos definirla como crítica, ya que después de haberse producido en octubre del año anterior la sublevación de los estancieros en el sur, (mal llamada de “Los Libres del Sur”), a mediados del año 40 se produjo la invasión del Gral. Lavalle en el norte de la provincia al frente del llamado “Ejército Libertador” o “Legión Libertadora”.

A principios de agosto de 1840 y en pleno conflicto con Francia, las tropas de Lavalle -transportadas en barcos franceses- desembarcaron en la costa de la provincia de Buenos Aires, sobre el Paraná. Días antes, avanzadas de ese ejército, asaltaron las estancias y se apoderaron de aproximadamente dos mil caballos. También Lavalle, una vez desembarcado, se dedicó a juntar caballos que sacó de las estancias de los federales.

Las tropas comandadas por Lavalle no eran un dechado de virtudes, sino todo lo contrario como lo han relatado los generales Iriarte y Paz en sus respectivas Memorias (ver ER N° 17 pág. 3/5), se encontraban indisciplinadas y los robos, depredaciones, estragos y tropelías que ocasionaban era cosa diaria, afectando no solo a los particulares, y en especial a los federales, sino también al erario público. 

Lavalle quien no se había decidido atacar la ciudad de Buenos Aires, se retiró hacia el norte, saqueando pueblo por el que pasaba. Así el juez de Paz de San Pedro en carta que le envió a Rosas le hizo saber que “el 14 de setiembre las fuerzas del salvaje unitario Lavalle, abandonaron ese pueblo después de haberlo saqueado...”, dejando así ese ejército en retirada una profunda huella de devastación por el lugar por el que pasaba.

El gobernador delegado Felipe Arana -ya que el gobernador propietario Rosas, se encontraba en Santos Lugares (actual localidad de San Andrés), atendiendo a los requerimientos del ejército, comandándolo y atento a los movimientos del ejército de Lavalle-, dictó un decreto el 16 de setiembre de 1840, disponiendo que tales daños recayeran sobre los autores y cómplices de tales desgracias “los envilecidos salvajes unitarios”, quienes eran aliados de los franceses y declaraba “especialmente responsables los bienes muebles e inmuebles, derechos y acciones pertenecientes a los traidores salvajes unitarios a la reparación de los quebrantos causados en las fortunas de los fieles federales por las hordas del desnaturalizado traidor Juan Lavalle, a las erogaciones extraordinarias a que se ha visto obligado el tesoro público para hacer frente a la bárbara invasión de este execrable asesino; y a los premios que el gobierno ha acordado en favor del ejército y de todos los defensores de la libertad y dignidad de la Confederación Argentina y de la América”. 

Se hizo constar que el mencionado decreto había sido dictado por expresa autorización del Gobernador propietario Rosas. Rosas no rehuía responsabilidades.

En el Mensaje anual a la Legislatura del 27/12/1940 de los Ministros encargados del Poder Ejecutivo, Felipe Arana y Manuel Insiarte, dan cuenta de la medida adoptada.

En primer lugar destaca que la delegación del Gobierno en la persona del Ministro Felipe Arana se debía a que “La invasión del cabecilla salvaje Lavalle exigía en el Ejército de la Confederación la presencia de su General en Jefe, nuestro ilustre Restaurador. Menester era reconcentrar la acción poderosa de S.E. a la defensa de la República. El Gobierno fue delegado en la persona del Ministro de Relaciones Exteriores. A esta confianza superior a su capacidad, debe la alta honra de hablaros en este día solemne”.

A continuación se refiere a la medida adoptada: “Indiscreto y ruinoso hubiera sido el ilimitado respeto a las propiedades de los salvajes unitarios, en medio del saqueo y del incendio con que los infames traidores de su bando aniquilaban las fortunas de los federales. El Gobierno se veía colocado en la alternativa, o de consentir impasible que la riqueza de los enemigos de la República sirviese al sostén de los bárbaros invasores, o de privarles de todo medio de hostilidad. No podía vacilar en la elección. Declaró inmediatamente responsables los bienes muebles e inmuebles de los traidores salvajes unitarios, a la reparación de las pérdidas de los federales, a las erogaciones extraordinarias por causa de la guerra, y a los premios acordados al ejército de línea y milicia, ocupado exclusivamente en defensa de la independencia y honor de la Confederación Argentina. Esta declaratoria, conforme a decretos anteriores vigentes fue, Honorables Representantes, una medida indispensable arrancada por la ingratitud y proceder hostil de los mismos que medraban a costa de los desvelos de la autoridad”.

La medida adoptada no era otra que la aplicación del principio que establece la obligación de responder con los bienes propios por los perjuicios causados a terceros, que establecía la legislación de la época y que recepciona también nuestro actual Código Civil. 

Dice Adolfo Saldías en Historia de la Confederación Argentina: “Y en consecuencia se trabó embargo sobre los bienes raíces y semovientes de los revolucionarios en armas, y la administración de dichos bienes se encomendó a los jueces de paz, dándoles instrucciones precisas y severas. Los capataces y peones que cuidaban las haciendas de campaña eran pagados con los frutos de los establecimientos a su cuidado y el sobrante comprobado se remitía a la Tesorería General donde se llevaba un estado especial de tal administración”.

El Edecán del Restaurador, coronel Antonino Reyes, quien había mandado una circular a los jueces de paz en los que les indicaba como debían actuar para llevar adelante la medida, redactó una memoria “En esa circular se reglamentaba el modo como debían ser atendidas las estancias embar­gadas, y se les prevenía que sólo podrían venderse de estos bienes en remate público las existencias que pudieran sufrir deterioro, como cueros, grasas, cerda, lana, artículos de almacén o tienda, etcétera, y que el producto de ellos, fuese enviado a la Tesorería para que tuviese entrada en la caja de depósitos como consta de los estados que se publicaron... De estos establecimientos se sacaban novillos para el mantenimiento del ejército, lo mismo que se sacaba a los federales, a las estancias de Rozas y Terrero, sin reservar en estos casos ni los siñueleros (1) , como lo comprueba la nota dirigida al juez de paz del Monte, extrañando no ver en esos repartos de sacas de haciendas, las que se hubieran sacado de las estancias de los ciuda­danos Rozas y Terrero y ordenado que se cargase la mano a esos establecimientos como lo hizo después dicho juez de paz”.

En otro pasaje de tal memoria Reyes dice: “Los jueces de paz tenían orden de remitir al campamento en San­tos Lugares tropas de reses para el consumo del ejército, cada tantos ­días el ejército lo hacían con puntualidad como queda dicho, y cuan­do no había de los establecimientos embargados, debían hacerlo del de los federales sin exceptuar las haciendas de Rozas y Terrero”.

El embargo fue una necesidad de la guerra, impuesta por la agresión francesa y la invasión de Lavalle. Parte de lo producido por los bienes embargados se destinaron al mantenimiento del ejército federal y a los gastos de guerra y el dinero correspondiente a bienes vendido ingresó a Tesorería, pero cuando esta terminó, los propietarios pidieron el desembargo de sus bienes y recobraron la posesión de los mismos.

No somos necios para decir que todo fue color de rosa, ya que existieron también en esos momentos de crisis, excesos de pasión y venganzas personales que hicieron que en muchos casos no se procediera con justicia.

Pero también existieron casos como el de Nicolás de Anchorena -uno de los ciudadanos más importantes de la provincia-, quien en su contestación a un hacendado que le había propuesto comprar ganado que había pertenecido a un unitario, decía: “...los hombres que por circunstancias particulares ocupamos una posición espectable y profesamos un patriotismo desinteresado, hemos tirado el guante y estamos exponiendo y sacrificando no sólo nuestras fortunas y vidas, sino también nuestra fama (en cuyo caso se halla también usted), no debemos presentar ocasión a los maldicientes para que rebajando nuestros sacrificios, los interpreten como inspirados en el vil interés, o especulando sobre la ruina de malvados que, olvidando lo que debían a sus hijos, los sacrificaron a la par que a su patria. Que en nuestro sacrificio brille el patriotismo puro...”. 

Con el transcurso del tiempo las personas a las que se les habían embargado sus bienes y que se encontraban expatriados, al regresar al país, solicitaron el desembargo de sus bienes, constatándose que no solo no habían sufrido perjuicio, sino que por el contrario sus bienes se habían incrementado. Con todos los errores que pudieron haberse cometido, nunca en la historia y no solo en la argentina, sino en la universal, una propiedad “enemiga" había sido administrada con más escrupulosidad

Reyes también recuerda que a Juan José Montes de Oca, le fue restituida su casa en la calle Piedras refaccionada y en perfecto estado. Así ocurrió con muchas estancias, que fueron bien cuidadas y cuyos bienes se encontraron incrementados y a cuyos propietarios les fueron entregados dineros por las ventas o remates de bienes que se habían hecho.

Rosas el Republicano
Manuel J. Pinto agradece a Rosas la devolución de sus bienes embargados en 1840 (Carta publicada en "Historia de la Argentina" de Domingo V. Sierra)


Incluso, Domingo Faustino Sarmiento, en su obra Vélez Sarsfield, decía sobre esta cuestión: “Rosas hacía tiempo había levantado la confiscación de los bienes de los salvajes unitarios, mediante solicitud para obtenerlo, sucediendo muchas veces, encontrarse más ricos con los ganados reproducidos, gracias a un Juez de Paz benévolo o amigo, que tenían cuidados los bienes confiscados” (Obras Completas T° XXVII, pág. 330).


Rosas y el dictado de una constitución

En verdad, si Rosas hubiera querido dictar una constitución no habría tenido oposición, ya que él dominaba por completo la política nacional y hubiera podido hacer una constitución a su antojo y voluntad.

Hoy en día en nuestra América, los distintos gobiernos más que cumplir con la constitución vigente, anhelan tener una constitución “a medida”.

Por ello adquiere relevancia el pensamiento de Rosas sobre este tema. 

Cuenta el escritor Ernesto Quesada, que en febrero de 1873, de paso por Southampton siendo adolescente y acompañando a su padre Vicente G. Quesada, fueron a visitar a Rosas quien vivía en dicha Ciudad desde que se radicó en Inglaterra, después de su derrota en la batalla de Caseros.

En la entrevista que tuvo lugar -de la cual el joven tomó apuntes de los temas tratados- Vicente G. Quesada le preguntó al exiliado, porqué no había dictado una constitución, pese a que había dominado el país por largo tiempo.

Rosas el Republicano
Vicente Gregorio Quesada
“Esa fue mi ambición, -contestó Rosas- pero gasté mi vida y mi energía sin poderla realizar. Subí al gobierno encontrándose el país anarquizado, dividido en cacicazgos hoscos y hostiles entre sí, desmembrado ya en parte y en otra en vías de desmembrarse, sin política estable en lo internacional, sin organización interna nacional, sin tesoro ni finanzas organizadas, sin hábitos de gobierno, convertido en un verdadero caos, con la subversión más completa en ideas y propósitos, odiándose furiosamente los partidos políticos; un infierno en miniatura. Me di cuenta de que si ello no se lograba modificar de raíz, nuestros gran país se diluiría definitivamente en un serie de republiquetas sin importancia y malográbamos así para siempre, el porvenir; pues demasiado se había ya fraccionado el virreinato colonial! La provincia de Buenos Aires tenía, con todo un sedimento serio de personal de gobierno y de hábitos ordenados; me propuse reorganizar la administración, consolidar la situación económica y, poco a poco, ver que las demás provincias hicieran lo mismo. Si el partido unitario me hubiera dejado respirar no dudo de que, en poco tiempo, habría llegado al país hasta su completa normalización; pero no fue ello posible, porque la conspiración era permanente y en los países limítrofes los emigrados organizaban constantemente invasiones. Fue así como todo mi gobierno se pasó en defenderse de esas conspiraciones, de esas invasiones y de las intervenciones navales extranjeras; eso insumió los recursos y me impidió reducir los caudillos del interior a un papel más normal y tranquilo. Además, los hábitos de anarquía, desarrollado en 20 años de verdadero desquicio gubernamental, no podían modificarse en un día. Era preciso primero gobernar con mano fuerte para garantizar la seguridad de la vida y del trabajo, en la ciudad y en la campaña, estableciendo un régimen de orden y tranquilidad que pudiera permitir la práctica real de la vida republicana. Todas las constituciones que se habían dictado habían obedecido al partido unitario, empeñado – en hacer la felicidad del país a palos; jamás se pudieron poner en práctica. Vivimos sin organización constitucional y el gobierno se ejercía por revoluciones y decretos, o leyes dictadas por las legislaturas; mas todo era, en el fondo, una apariencia, pero no una realidad; quizá una verdadera mentira, pues las elecciones eran nominales, los diputados electos eran designados de antemano, los gobernadores eran los que lograban mostrarse más diestros que los otros e inspiraban mayor confianza a sus partidarios. Era, en el fondo, una arbitrariedad completa. Pronto comprendí, sin embargo, que había emprendido una tarea superior a las fuerzas de un solo hombre; tomé la resolución de dedicar mi vida entera a tal propósito y me convertí en el primer servidor del país, dedicado día y noche a atender el despacho del gobierno, teniendo que estudiar todo personalmente y que resolver todo, todo tan sólo yo, renunciando a las satisfacciones más elementales de la vida, como si fuera un verdadero galeote. He vivido así cerca de 30 años, cargando sólo con la responsabilidad de los actos de gobierno y sin descuidar el menor detalle: vivos están todavía los empleados de mi secretaría, que se repartían por turnos las 24 horas del día, listos al menor llamado mío, y yo, sin respetar hora ni día, apenas daba a la comida y el sueño el tiempo indispensable, consagrando toda mi existencia al ejercicio del gobierno. Los que me han motejado de tirano y han supuesto que gozaba únicamente de las sensualidades del poder, son unos malvados, pues he vivido a la vista de todos, como en casa de vidrio, y renuncié a todo lo que no fuera el trabajo constante del despacho sempiterno. La honradez más escrupulosa en el manejo de los dineros públicos, la dedicación absoluta al servicio del estado, la energía sin límites para resolver en el acto y asumir la plena responsabilidad de las resoluciones, hizo que el pueblo tuviera confianza en mí, por lo cual pude gobernar tan largo tiempo. Con mi fortuna particular y la de mi esposa, habría podido vivir privadamente con todos los halagos que el dinero puede proporcionar y sin la menor preocupación, preferí renunciar a ello y, deliberadamente, convertirme en el esclavo de mi deber, consagrado al servicio absoluto y desinteresado del país. Si he cometido errores –y no hay hombre que no los cometa– sólo yo soy responsable. Pero el reproche de no haber dado al país una constitución me pareció siempre fútil, porque no basta dictar un “cuadernito”, cual decía Quiroga, para que se aplique y resuelva todas las dificultades: es preciso antes preparar al pueblo para ello, creando hábitos de orden y de gobierno, porque una constitución no debe ser el producto de un iluso soñador sino el reflejo exacto de la situación de un país. Siempre repugné a la farsa de las leyes pomposas en el papel y que no podían llevarse a la práctica. La base de un régimen constitucional es el ejercicio del sufragio, y esto requiere no sólo un pueblo consciente y que sepa leer y escribir, sino que tenga la seguridad de que el voto es un derecho y, a la vez, un deber, de modo que cada elector conozca a quien debe elegir... De lo contrario, las elecciones de las legislaturas y de los gobiernos son farsas inicuas  y de las que se sirven las camarillas  de entretelones, con escarnio de los demás y de sí mismos, fomentando la corrupción y la villanía, quebrando el carácter y manoseando todo. No se puede poner la carreta delante de los bueyes: es preciso antes amansar a éstos, habituarlos a la coyunda 2 y la picana, para que puedan arrastrar la carreta después. Era preciso, pues, antes que dictar una constitución, arraigar en el pueblo hábitos de gobierno y de vida democrática, lo cual era tarea larga y penosa: cuando me retiré, con motivo de Caseros  –porque había con anterioridad preparado todo para ausentarme, encajonando papeles y poniéndome de acuerdo con el ministro inglés– el país se encontraba quizá ya parcialmente preparado para un ensayo constitucional. Y Vd. sabe que, a pesar de ello, todavía se pasó una buena docena de años en la lucha de aspiraciones entre porteños y provincianos, con la segregación de Buenos Aires respecto de la Confederación… 

“Por lo demás, siempre he creído que las formas de gobierno son un asunto relativo, pues monarquía o república pueden ser igualmente excelentes o perniciosas, según el estado del país respectivo; ese es exclusivamente el nudo de la cuestión: preparar a un pueblo para que pueda tener determinada forma de gobierno; y, para ello, lo que se requiere son hombres que sean verdaderos servidores de la nación, estadistas de verdad  y no meros oficinistas ramplones, pues, bajo cualquier constitución si hay tales hombres, el problema está resuelto, mientras que si no los hay cualquier constitución es inútil o peligrosa. Nunca pude comprender ese fetichismo por el texto escrito de una constitución, que no se quiere buscar en la vida práctica  sino en el gabinete de los doctrinarios: si tal constitución no responde a la vida real de un pueblo, será siempre inútil lo que sancione cualquier asamblea o decrete cualquier gobierno. El grito de constitución, prescindiendo del estado del país, es una palabra hueca... Otorgar una constitución era asunto secundario: lo principal era preparar al país para ello – ¡y esto es lo que creo haber hecho!”

También podemos apreciar el pensamiento del gobierno de la Confederación en este tema en el artículo publicado en el Archivo Americano  N° 19 del 21 de junio de 1845, en contestación a  un artículo publicado en la Revista de los Dos Mundos (ver artículo adjunto) sobre la constitución nacional, contestando entre otros con los siguientes conceptos: 

“La constitución de un Estado, para que sea sólido, debe prevenir de la creación progresiva de instituciones análogas, de las costumbres radicadas en los pueblos, de la acción lenta pero segura del orden y de las leyes especiales de cada Provincia. Hace ocho años que no dejamos las armas para repeler al bando rebelde unido a extranjeros enemigos de nuestra independencia, y una nación no se constituye en medio de la guerra. Pelea y salva su nacionalidad; después sigue naturalmente su constitución...

“El Tratado del 4 de Enero de 1831 es la base de la constitución de la República... La organización política, administrativa y social de la Provincia de Buenos Aires, la seguridad de sus fronteras, la morigeración de las costumbres, y tantos otros progresos de un sistema liberal de orden y garantías, son otra base para la constitución del país, porque es inútil esperarla si sus Provincias no llevan al todo nacional fracciones ordenadas y regulares. Los salvajes unitarios han conspirado contra ese mismo Tratado en que se afianza la nacionalidad Argentina, y que es la base de su constitución...

“Así ha nacido el Gobierno Representativo en las naciones que con razón se precian de sus beneficios. Obra lenta del tiempo y de la paz, sus instituciones han resultado de la situación de las cosas, la práctica antecedió a la teoría; las leyes se sostuvieron en las costumbres; y la libertad constitucional surgió de la victoria de la independencia y de un orden social y político robustecido en la unión, en las tradiciones gloriosas, y en los hábitos morigeradores de los pueblos. La Francia ha recorrido un largo periodo de oscilaciones hasta llegar al punto culminante que ocupa entre las monarquías constitucionales. En su historia, rica de recuerdos ilustres y de lecciones útiles, nos presenta la anarquía y su licencioso desenfreno, la tiranía con sus víctimas, el despotismo militar con su rigor y sus prosperidades, las restauraciones, la oposición furibunda y delirante, hasta la fundación de un Gobierno Nacional en la unión de los Franceses contra los instigadores del desorden y los enemigos de la Independencia.

“Si el General Rosas antepusiese los estímulos de la ambición personal a los severos deberes del patriotismo, habría aspirado a ser el Presidente de la República, y habría fomentado la prematura organización nacional. Una prueba bien satisfactoria del deseo sincero que le anima por nuestra constitución política, es el cuidado de preparar la precisa oportunidad, para que una precipitación imprevisora no nos arrebate tan consoladoras esperanzas, cometiendo el funestísimo error de constituir el país, no en la situación conveniente y normal, sino en una extraordinaria y muy excepcional. No bien se escribe una constitución inoportuna o prematura, cuando la despedaza la anarquía o la conculca la rebelión. El código fundamental de la alianza nacional viene a ser pisoteado por los revoltosos; se convierte en escarnio de las pasiones; y ofrece un nuevo escándalo al Mundo. Así ha sucedido en el Estado Oriental del Uruguay, en el Perú, en casi todas las secciones de América; y la Confederación Argentina no se ha eximido de esos graves errores.

“Nuestros Congresos jamás pudieron producir los días serenos de la paz ni los sazonados frutos de la libertad constitucional. Se reunieron en la tempestad de las pasiones; un fuego violento sustituyó las inspiraciones de la razón fría y calculadora, y el clamor de las facciones enfurecidas hizo retemblar el sitio mismo de sus deliberaciones. La colisión fue espantosa; y no solo despedazó en su choque lo que existía, sino ofreció a los pueblos el ejemplo más pernicioso a la moral y a la futura constitución del país.

“Es una necesidad previa la consolidación de la independencia nacional y con ella de las instituciones preparatorias que ya existen creadas a virtud de los pactos fundamentales, como el Tratado del 4 de Enero de 1831. 

“Se necesita que cada Provincia afiance su organización interior en su constitución particular, en su sistema de hacienda, de justicia, de guerra y demás ramos administrativos. Esta será obra de la paz y de un tiempo empleado en asiduas y sabias tareas. Estas constituciones particulares no deben discordar en la base...

Rosas el Republicano
(B)
    “Cuando la guerra por la independencia termine de un modo feliz; cuando los hombres de las Provincias lleguen sin tumulto ni efusión de sangre a formar la constitución especial de cada una de ellas, cuando la calma y la moderación reflexiva hayan borrado los vestigios que en hondos surcos han dejado los excesos crueles y alevosía de los salvajes unitarios; cuando sazonen los frutos de una experiencia sabia, adquirida por sacrificios inmensos, lucirá el suspirado día de nuestra sólida y duradera constitución nacional. Las habitudes, las rivalidades locales, todo se refundirá en una masa compacta; un solo pensamiento la animará y el código constitucional representará entonces no una creación sobre el papel que pueda al menor soplo ser consumido en el fuego de la discordia, sino un hecho consumado e inconmovible. La Confederación se encamina hacia este término glorioso, del modo lento pero seguro que le permiten los sucesos y sus circunstancias. Defendiendo noblemente la Independencia, y fijando preliminares indispensables, reposa con seguridad y confianza plena en el testimonio de sus actos, en la prudencia, lealtad y sabiduría del Gobierno Encargado de sus Relaciones Exteriores. Es un pueblo ilustrado que, dilatándose sobre una de las más fértiles secciones de América, rica en productos naturales, marcha a su constitución por la independencia y el orden; porque no debe buscarla en la dependencia o la anarquía....

“La Europa Constitucional, para llegar a su presente condición ha sostenido el largo período de las guerras por la independencia y sobrellevado crueles conmociones interiores. No es extraño que nosotros, contando apenas treinta años de existencia propia no hayamos arribado al término y complemento de nuestro sistema representativo... 

“Seguimos el camino de todos los pueblos; defendemos con decisión nuestra independencia; y en medio de la guerra hemos puesto la base del orden constitucional de nuestra Patria. El general Rosas ejerce un poder que es nuestro, que nos defiende. Llegarán los días serenos de la paz en que florece la libertad civil. Se apagará el volcán que ha conmovido estos países libres, hospitalarios, francos al comercio del mundo. Esta obra de una política sabia se congraciará los fervorosos votos de la libertad; y en la justicia que nos acuerde satisfará las tendencias de la civilización y del comercio...”

El pensamiento de Rosas sobre la cuestión constitucional fue volcado en la carta que le escribió a Juan Facundo Quiroga en la Hacienda de Figueroa, en San Antonio de Areco el 20 de diciembre de 1834, con posterioridad a la entrevista que ambos habían mantenido tres días antes, previo de la partida del riojano al Norte, en el viaje que se le había encomendado para terciar en las disensiones surgidas entre los gobernadores de Tucumán -Alejandro Heredia- y Salta -Pablo Latorre-. Quiroga recibió la carta mandada por su amigo cuando se encontraba en tránsito hacia el norte y la portaba en el bolsillo de su chaqueta cuando fue asesinado en Barranca Yaco. La carta, manchada con su sangre, se encuentra en el Museo Histórico Nacional. La extensión de la misma impide que en este número podamos transcribirla, pero puede ser leída en internet en www.lagazeta.com.ar/hacienda­_de_figueroa.htm y www.portalplanetasedna.com.ar/carta_figueroa.htm.


(1) Siñuelero: Buey enseñado que es utilizado cuando se sacan animales escogidos de un rodeo de hacienda y se los arría juntándolos  con los siñueleros.

(2) Coyunda: Correa fuerte y ancha, o soga de cáñamo, con que se uncen los bueyes.


Fuentes (Parte 1, 2 y 3)

“Archivo Americano y espíritu de la prensa del mundo”. Edición facsimilar conforme a la edición original 1843-1851. Edit. Americana, Bs. As. 1946.

Beruti, Juan Manuel. “Memorias curiosas”, Emecé, 2001

Hortelano, Benito. “Memorias - Parte argentina 1849/1860”, Eudeba, 1972.

Ibarguren, Carlos. “Manuelita Rosas”, C. y R. editores, 3ra. edición, Bs. As. 1953.

Irazusta, Julio. “Vida política de Juan Manuel de Rosas”, 1975.

Luqui Lagleyze, Julio A. “Las plazas de Buenos Aires”, en revista “Todo es Historia” N° 90, Noviembre de 1974.

Murray Forbes, John. “Once años en Buenos Aires 1820-1831”, Emecé 1956. 

Quesada, Ernesto. “La época de Rosas”, Ediciones del Restaurador, Bs. As. 1950. 

Saldías, Adolfo: “Historia de la Confederación Argentina”, Edit. Oriente, 1975.

Sánchez Zinny, E.F. “Manuelita de Rosas y Ezcurra, verdad y leyenda de su vida”, Bs. As. 1942.

Sarmiento, Domingo F., “Obras completas”.

Sierra. Vicente D., “Historia de la Argentina”, T° IX 1840-1852, Editorial Científica Argentina, 1972.

http//:es.wikipedia.org/wiki/Paseo_de_Julio

www.arcondebuenosaires.com.ar/calle_alem-paseo-julio.htm


Agradecimiento. Agradecemos al director del Museo Histórico de Buenos Aires “Cornelio de Saavedra”, Lic. Alberto G. Piñeiro, el habernos facilitado las imágenes de objetos que se exhiben en ese Museo y que reproducimos en este artículo.   

(A) Tela al óleo de autor desconocido, de 0,62 x 0,50m, retrato de Rosas con la leyenda: "CONVENCIÓN ENTRE FRANCIA Y EL GOBIERNO DE BUENOS AIRES ENCARGADO DE LAS RS. ESTS DE LAS CONFEDERACIÓN ARGENTINA, ROSAS STOS LUGARES, 31 OCTUBRE DE 1840". Museo Histórico de Buenos Aires "Cornelio de Saavedra".

(B) Mueble que perteneció a Juan Manuel de Rosas. Se trata de una cómoda secreter con alzada, de procedencia francesa y estilo Luis Felipe (1830-1848). Su exterior es de madera enchapada en caoba con detalles en madera oscura, y aplicaciones de bronce dorado; en su interior está enchapado en raíz de nogal, con filetes marqueteados en madera clara. El mueble fue legado al museo Histórico de Buenos Aires "Cornelio de Saavedra", por don César León Pereyra Rozas, bisnieto de Prudencio Ortiz de Rozas, y sobrino bisnieto de Juan Manuel de Rosas y se exhibe en forma permanente en la Sala de la Confederación Argentina. Fuente: Gacetilla de prensa de dicho Museo.

sábado, 1 de junio de 2013

Rosas el Republicano

   Publicado en el Periódico El Restaurador - Año VII N° 27 - Junio 2013 - Pags. 1 a 7 

Rosas, el Republicano - Parte 2
por Norberto Jorge Chiviló
Rosas el Republicano
Dibujo y grabado de Juan Alais. Buenos Aires, 1836.


Manuelita ¿princesa federal?
Defensor de la ley y el orden y vencedor de la anarquía en octubre de 1820, la figura de Rosas se agiganta día a día y toma importante gravitación en el escenario político del país. Nueve años después accede a la gobernación de la provincia de Buenos Aires, gozando de gran consenso entre sus conciudadanos. Su persona representa la tan ansiada paz, la legalidad y el orden. En 1831 con la firma del Pacto Federal y la creación de la Confederación Argentina, comienza en serio la unidad nacional y su figura pasa así a ser nacional. Su prestigio no cesa de crecer y es un hombre a quienes todos sus conciudadanos, cualquiera fuese su clase social, lo consideran indispensable para el mantenimiento de tales valores y por lo tanto irremplazable en ese momento de la historia argentina.
Sus enemigos también lo consideran la figura más importante del partido federal y por lo tanto tratarán de eliminarlo ya que lo consideraban un escollo en el camino para acceder al poder. El intento más serio proviene de los emigrados argentinos residentes en Montevideo, quienes desde la prensa incitan al magnicidio del gobernante porteño. "Es acción santa matar a Rosas" era el título de una nota periodística publicada en "El Nacional", que teorizaban sobre las ventajas que sobrevendrían después de la muerte violenta  de Rosas. El nombre de otro periódico editado en Montevideo era "Muera Rosas".
En el año 1941 la Sociedad Anticuarios del Norte de la ciudad de Copenhague de la cual Rosas estaba asociado, le envía una caja conteniendo medallas. Esa caja es interceptada en el camino -posiblemente en Montevideo-  y convertida por los enemigos del Gobernador en una verdadera "máquina infernal" que es como se la conoce en la historia (ER N° 8, pág. 5) ya que en ella colocan 16 pequeños cañoncitos de bronce -dispuestos en forma circular como rayos en una rueda y con su boca mirando hacia afuera- con una bala cada uno y que por un sistema de ganchos y resortes dispararían todos juntos ante la apertura de la caja, matando o hiriendo a quien la abriera y también a quienes estuvieran a su alrededor. 
El hecho es, que la caja no fue abierta por su destinatario -Rosas- sino por su hija Manuelita y que el sistema falló, no produciéndose disparo alguno.
Pasados los primeros momentos de estupor, se sucedieron actos religiosos y de regocijo popular, por haber salvado su vida el Restaurador y ese atentado fallido, alertó a muchos ciudadanos acerca de cuáles hubieran sido las consecuencias que se hubieran producido si ello no hubiera sido así y el gobernador Rosas hubiere perecido en el atentado. ¿Qué hubiera pasado con la Confederación Argentina?, ¿Quién hubiera reemplazado al Gobernador?..., esas fueron algunas de las preguntas que se hicieron los hombres de aquella época.
A una invitación de José María Roxas y Patrón, se reunieron los hombres más espectables del partido federal, entre los que habían legisladores, militares, personas de la administración y otros para analizar las consecuencias que se producirían ante la muerte violenta de Rosas y la crisis política que ello ocasionaría y como conjurar los peligros que le sobrevendrían. 
Roxas y Patrón se dirigió a los reunidos con las siguientes palabras: "El general Rozas, es la colum­na de la federación. Si él cae en el estado de guerra y de odios en que se halla el país, quedarán en pie en ésta y en otras provincias varias influencias relativas, pero ninguna tendrá el poder suficiente, no ya para asegurar el régimen federal que sostenemos y que libramos al tiempo y a los acontecimientos, pero ni siquiera para luchar con las dificultades que surgirán inmediatamente de las divisiones y de los celos que explotarían nuestros enemigos para propiciarse un triunfo fácil. El dilema para nosotros es éste: o bien nos fijamos en la persona a la cual rodearemos en el caso en que haya que substituir al general Rozas, y le pedimos a éste anticipadamente la recomiende a la consideración de los principales federales de las demás provincias, y hacemos nosotros otro tanto para que el desig­nado cuente sobre una base esencialmente nacional, sin la cual sería todo efímero y peligroso; o bien nos resolvemos, una vez produ­cida la catástrofe que no podemos evitar, a caer bajo el dogal de nuestros enemigos, después de vagar errantes en un dédalo de ambiciones y de desgracias. Ninguno de nosotros puede ni debe vacilar, con tanto menos motivo cuanto que la experiencia de una parte, y el sentimiento de las altas conveniencias, de la otra, nos están indicando la persona alrededor de la cual se agruparían todos los federales de la República: la señorita Manuela de Rozas".
Esas palabras no tomaron de sorpresa a los presentes, ya que la "Niña de Palermo", tal como se la llamaba a Manuelita en aquella época, gozaba de muy buena imagen, no solo entre los federales, sino también entre sus adversarios. Manuelita, lo mismo que su madre -Encarnación- había sabido ganarse la confianza, no solo de la población de la provincia, sino también de los extranjeros que arribaron a estas costas. Persona de buen trato, afable, sabía cómo tratar a la gente. Conocedora como su padre del sentir sobre todo de las clases bajas. Era también la intermediaria ante este a quien acudían los que trataban de obtener clemencia hacia algún condenado.
Contrariamente a su hermano Juan, alejado de la Ciudad y atento al cuidado de las tareas del campo, Manuelita estaba en contacto permanente con su padre, conociendo también temas de la administración pública y oficiando muchas veces como "primera dama", representándolo ya en actos oficiales como privados. Un embajador británico la definió como ejerciendo el rol de "verdadera ministro y secretaria" de su padre, el Gobernador.
Se convino en pasar una nota a Rosas dándole cuenta de la reunión y solicitándoles los recibiera al día siguiente, lo que así ocurrió. 
Después de escuchar la exposición de Roxas y Patrón, Rosas agradeció las buenas intenciones manifestadas por estos hombres, pero se opuso a lo que en la práctica era establecer un gobierno o monarquía hereditaria. Rosas era un republicano y contrario al nepotismo y con las siguientes palabras, así se lo hizo saber a los presentes: "Como ustedes lo dicen, es cierto que la niña está impuesta de los asuntos de la administración y de la marcha que ellos deben seguir, y han de seguir, pero es más cierto que lo que ustedes pretenden es nada menos que el gobierno heredi­tario en nuestro país, el cual ya ha aventado tres o cuatro monarquías porque eran hereditarias".
Debemos aclarar también que el aquellos momentos, el régimen monárquico estaba más extendido en el mundo que el republicano y que con el poder que tenía Rosas en el país, si esa hubiera sido su intención, no le hubiera sido difícil su instalación.
Muchos años más tarde (diciembre de 1884) Manuela Rosas en carta que le envió al Dr. Adolfo Saldías, y en contestación a la pregunta que el escritor le hiciera refiriéndose a este tema, le escribió: "Me pregunta usted quiénes fueron los que representaron al general Rozas la necesidad de que les indicase su sucesor para el caso en que se repi­tiese con éxito la tentativa de la máquina infernal; y quién, entrando en consideraciones políticas de trascendencia, indicó la conveniencia de que el sucesor fuese yo misma... De lo primero se habló en la sala de representantes. La indicación de que el sucesor fuese yo misma fue del señor José M. Roxas y Patrón, en carta a mi padre, quien lo rechazó de todo punto, como que un hombre de su alcance ni por un momento pudo desconocer la impropiedad de tal idea, y que era inadmisible. Sin duda que nació de la distinción y del cariño con que ese buen e inolvidable amigo me favoreció desde mis primeros años".

Paseo de Julio
Rosas el Republicano
Fuerte de Buenos Aires, visto desde la rivera norte. Emeric Essex Vidal, 1816

Una de las distracciones de los habitantes de Buenos Aires, desde siempre, fue pasear por la ribera del río de la Plata, que los porteños denominaban Paseo de la Rivera o de la Alameda o del Bajo y que fue el primer lugar de esparcimiento público. 
En 1757 el entonces Gobernador Pedro Antonio de Cevallos Cortés y Calderón (recordemos que en esa época Buenos Aires era una gobernación que dependía del Virreinato del Perú y que Cevallos posteriormente sería nombrado en 1776 como primer virrey del Río de la Plata), encargó al Cabildo la construcción de un paseo arbolado, en lo que se llamaba el bajo de la ciudad, desde el fuerte hacia el norte (actual Casa Rosada hacia Retiro), arbolándoselo con sauces.
Ese espacio público fue mejorada después por el Virrey Juan José de Vértiz y Salcedo durante su mandato (1778-1784) -al margen diremos que fue el único Virrey que gobernó estas tierras, nacido en América y que tuvo una destacada actuación con una importante obra de gobierno-, convirtiéndose en un paseo costanero durante la gestión del Virrey Rafael de Sobremonte y Núñez del Castillo (1804-1807).
En el lugar que originariamente fue un saucedal, se plantaron ombúes y álamos entre otras especias arbóreas y se hicieron bancos de ladrillos para el descanso de los paseantes.
La extensión del Paseo era de aproximadamente cuatro cuadras.
En la ribera del río -el río llegaba a lo que actualmente es la Av. Leandro N. Alem- se lavaba la ropa y del río se extraía el agua, transportada por los carros de los aguateros, que junto con el agua de los aljibes servía para el consumo de los habitantes de aquella Buenos Aires.
Durante el gobierno de Juan Manuel de Rosas y a partir de 1844, se designó al Ing. Felipe Senillosa para que proyectara y ejecutara mejoras en el lugar.
Con ladrillos traídos desde los hornos de Santos Lugares (actual Ciudad de Gral. San Martín y localidad de San Andrés), se comenzó a levantar sobre este paseo un largo murallón con verja de hierro -denominado Murallón de la Alameda-, que contuviera las aguas del río e impidiera su avance hasta la calle 25 de Mayo, sobre todo en época de sudestada. Se ensanchó la calle y el piso fue tratado con el método de Mac'Adams (conocido en aquella época como "macadamizado" que era un método moderno). Al paseo se le agregaron árboles y faroles.
Un camino arbolado con sauces y naranjos y provisto de faroles, unía el lugar con la casa de Rosas en Palermo de San Benito. En mayo de 1849 se estableció el primer servicio de transporte de pasajeros que unió ambos lugares, por dos diligencias que partían a las 15 y 16 horas y que se cruzaban en el camino.
Don Felipe Senillosa, que fue autor de los planos, manifestaba en el informe que los acompañó: "La alameda principia desde la plaza 25 de Mayo, aunque el paseo verdaderamente dicho, sólo se extiende por ahora desde la barranca cerca de la Fortaleza hasta la prolongación de la calle Corrientes. El muro y terraplén avanzan hacia el río hasta ponerle en línea recta con los puntos más avan­zados de la Fortaleza. De este modo el espacio total sería de cerca de cuatro cuadras de longitud y setenta y cuatro varas de ancho. De éstas, las veinte contiguas a los edificios quedarían para calle pública y el resto hasta la muralla sería un paseo cruzado por cinco caminos…". 
Rosas el Republicano
Vista de la ribera de Buenos Aires desde la actual esquina de las avenidas
Leandro N. Alem y Corrientes. Pintura de
Rudolf Julius Carlsen (1812-1892)
C. 1847
Juan Manuel Beruti, en "Memorias curiosas", relata: "También a mediados de este mes de diciembre de 1846. Se principió a levantar una muralla desde la punta del baluarte del Fuerte en la barranca del sur al norte, para contener las crecientes del río y formar una hermosa alameda, que por lo menos será de larga cinco o seis cuadras". 
En su Mensaje anual a la Legislatura, el 27 de diciembre de 1846, el Gobernador Rosas le informaba: "El Gobierno atiende moderadamente a la obra de la Alameda. La dirección es encargada al ciudadano Ingeniero D. Felipe Senillosa. La ejecución, reparo y celo de los trabajos, están encomendados al capitán del Puerto". 
Más adelante y ya refiriéndose al acto de la colocación de la piedra fundamental, Beruti sigue su relato: "El 18 de enero de 1847. En esta tarde, en presencia de las autoridades eclesiásticas, civiles, militares, ministros y cónsules extranjeros, vecinos más notables y un sinnúmero de pueblo que concurrió, en el cimiento del muro que se va a levantar y arranca del baluarte de la fortaleza que mira al Norte, en la parte de la barranca del río de la alameda, se colocó la piedra fundamental de esta obra, que fue una urna de cristal metida dentro de un cajón de piedra; la que bendijo antes el ilustrísimo señor obispo diocesano don Mariano Medrano acompañado del presidente del venerable senado del clero, señores canónigos y eclesiásticos. Fueron padrinos a la ceremonia el señor ministro de hacienda don Manuel Insiarte y la señora doña Manuela Rosas y Ezcurra. 
Toda la alameda estaba embanderada federalmente, acompañando a su alegría varias bandas de música militares, que divertían la concurrencia. 
Se firmó una acta autorizada por el escribano mayor de gobierno, don Rufino Basavilbaso, que fue colocada su original en la urna; y se sacó antes una copia autorizada, que se pasó el gobierno para que la mandase archivar donde fuera de su supremo agrado. 
Concluido todo, pasaron todas las autoridades a la casa de la comandancia de marina, en donde en una gran sala elegantemente adornada con el retrato del señor gobernador y banderas estaba colocada una espléndida mesa de refresco, entonándose varios himnos federales, que fueron cantados por los mismos aficionados; habiendo en seguida formádose una tertulia de baile, que duró hasta las once de la noche. 
Las monedas de varias naciones que se colocaron y depositaron en la urna en que se colocó el acta y otros documentos relativos a la colocación de la piedra fundamental son las siguientes..." y allí Beruti nombra a las personalidades que aportaron las monedas -contemporáneas de nuestro país y de distintos países de América y Europa-, entre otros a Manuela Rosas, Pedro Romero, Pedro Gimeno, Pedro de Ángelis, Gregorio Lezama, Fernando Gloede. 
Sánchez Zinny, en su libro "Manuelita de Rosas y Ezcurra...", refiere con respecto al acto: "Su excelencia, el Ilustre Restaurador, excusa su asistencia. Manuelita lo representa. Ella, además, es la madrina en la ceremonia. Llega acompañada de sus damas de honor. Muchos coches conducen a la concurrencia. Ministros del P. E., representantes extranjeros, generales y lo más descollantes de la sociedad federal hacen acto de presencia. Las señoras con sus trajes claros, ponen colorido amable a la fiesta... El acto fue presidido por el ministro de hacienda, doctor Manuel Insiarte. Se depositó en la obra, la colección de documentos oficiales ordenando la ejecución y la nómina de los miembros de la H. Junta de Representantes, junto al nombre del Restaurador, encargado de las Relaciones Exteriores de la Confederación Argentina. Colocadas en el cajón de la piedra fundamental, en una urna de cristal, depositaron los documentos y 101 medallas de oro, plata y cobre, desde 1644 al 1845. Además, se pusieron un billete de cada clase de moneda corriente, desde 20 pesos hasta uno". 
Tal como lo relata este escritor, Rosas no concurrió al acto. El Restaurador, no era persona a la cual gustaran los actos oficiales. De carácter retraído omitía las reuniones donde hubiera gran concentración de gente. 
La esposa de Rosas, Encarnación Ezcurra, había fallecido varios años atrás (20 de octubre de 1838) y la Legislatura en su homenaje y el de su esposo, había decidido ponerle su nombre al Paseo. Así comenta, Beruti el cambio de nombre del Paseo que ocurrió, un año y casi dos meses después de aquél acto encabezado por Manuelita: "El 15 de marzo de 1848. En sesión de este día ha ordenado la sala de representantes, en memoria de la finada doña Encarnación Ezcurra de Rosas, mujer del señor gobernador Rosas, en consideración a su marido como a lo que ella contribuyó a la causa federal y perpetuar su memoria, lo siguiente. Artículo 1° - El paseo de la Rivera se denominará en lo sucesivo paseo de la Encarnación".
Rosas no aceptó el homenaje que se realizaba en memoria de su esposa y solicitó que al paseo se lo denominara "Paseo de Julio" en homenaje del mes en que se había declarado la Independencia.
Así lo informa Beruti: "31 de octubre de 1848. Por orden del superior gobierno el jefe de policía don Juan Moreno, en este día, ha hecho saber al público, quedar suprimido el nombre de la calle de la Alameda instituyéndose éste con el de "calle de Julio". 
En el mensaje a la Legislatura enviado por Rosas el 27 de diciembre de 1848, dirá: "Continúa la importante obra de la ribera. Me ha sido muy grato expresaros mi más íntimo agradecimiento por haberle designado el nombre de "Paseo de la Encarnación" y porque accedísteis benévolamente a mi súplica, de que suprimiéndose éste,  se lo denomine "Paseo de Julio".
Así se lo denominará hasta que por Ordenanza N° 520 del 28 de noviembre de 1919 se le cambiará por el nombre del fundador del radicalismo, Leandro Nicéforo) Alem, denominación que tiene hasta la actualidad.
Rosas el Republicano
Paseo de Julio - Daguerrotipo c. 1846/1850



Escrupulosidad en el manejo de los dineros públicos
En la administración de los dineros públicos, el Gobierno de Rosas, fue de lo más escrupuloso y detallista. La recaudación y la distribución de las rentas públicas fue de lo más transparente y exacto. 
"El manejo de los caudales públicos, otro tema inagotable de quejas contra los gobiernos mejor constituidos, -dirá "El Archivo Americano" N° 13 del 20 de julio de 1844- no presenta entre nosotros ningún flanco á la censura, no solamente por el celo con que son administrados, sino por la claridad y publicidad de las cuentas. Todas las operaciones de las oficinas de recaudación y de contabilidad pasan diariamente bajo los ojos del público, y llegan a manos de los Sres. Representantes, cuando han sufrido ya esta primera prueba, que bastaría por si sola a alejar cualquier sospecha contra la fidelidad de los administradores. Tantas son las precauciones que ha tomado el General Rosas para evitar la malversación y el fraude, que el hombre más experto en esta clase de manejos, no podría burlarlas sin ser sentido.
Agréguese a esto que la ley del presupuesto tiene su más rigoroso y exacto cumplimiento, y lo único que puede hacer el Gobierno es gastar menos de lo que le ha sido acordado". 
Durante su gobierno se dio diaria, amplia y transparente publicidad de las cuentas del Estado, propio de una buena y honesta administración como corresponde a una verdadera República.
Saldías en su "Historia de la Confederación Argentina", dice: "Rosas puso en práctica y conservó invariablemente un sistema de administración que, por la sencillez y por el método al cual estaba subordinado, como por la calidad de las personas encargadas de conducirlo, ofrecía positivas garantías y proporcionaba al último hombre del común el medio fácil de conocer diariamente la verdad acerca de la recepción, distribución e inversión de todos los ingresos que formaban el Tesoro Público... Desde luego, el movimiento controloreado de la contaduría, receptoría y tesorería general... y sujeto por la propia concurrencia de las operaciones de detalle y por la publicidad diaria de estas últimas, a una exac­titud que no podía violarse impunemente. Pero sobre todo la publi­cidad, la amplia publicidad de las cuentas del Estado, que constituye uno de los principales deberes de todo gobierno regular, como que es una regla esencial y un signo visible de buena administración. Así, en cualquier número que se tome de La Gaceta Mercantil se encontrará partida por partida, y con una precisión y claridad que exceden al escrúpulo, el estado diario de la tesorería general, de la receptoría y el informe de la contaduría sobre cada una de las cuentas examinadas. Y en la misma Gaceta y en el Registro Oficial el estado mensual de la circulación de billetes de tesorería; el balance de letras de receptoría; el recuento practicado de cada uno de los billetes y letras existentes, conformes con los cargos de la contaduría; la cantidad de billetes en circulación de la casa de mo­neda; las entradas y salidas de la caja de depósitos; el estado de los fondos públicos, el de la deuda clasificada, etcétera. Todas las repar­ticiones y oficinas de la administración estaban como abiertas de par en par a la mirada y al conocimiento del público, aun por lo que hacía a ciertos detalles sobre la inversión de los fondos votados anualmente para las eventualidades de la administración, que por lo general callan los gobiernos".
Anualmente y mientras ejerció el poder, siempre sometió las cuentas públicas a la consideración de la Legislatura, ya que en este punto, como decía en el Mensaje que le remitió el 27 de diciembre de 1844 "El Gobierno os presenta las cuentas de la Provincia en 1844. Examinadlas y pronunciad, honorables representantes, vuestro soberano fallo. Sabéis que no me considero investido con la suma del poder en la administración del caudal público".
Rosas el Republicano
José M. Ramos Mejía
José M. Ramos Mejía, escritor antirrosista, en “Rosas y su tiempo”, dirá: “No me hubiera animado, en otro tiempo, a llamar las cosas por sus nombres, es decir en alta voz que en el manejo de los dineros públicos  y a la luz de la documentación, Rosas no fue un ladrón vulgar como afirman sus enemigos. Pesaba sobre mí el concepto popular, hecho carne en la mente de dos generaciones por la pluma fulgurante de Rivera Indarte y por el procedimiento administrativo sin control efectivo con que operaba la Dictadura. Todavía después buscaba frases tortuosas en los mil recursos del lenguaje para ocultar mi verdadero sentir y no cumplir con el deber de expresarlo, aunque fuese tímidamente. Recuerdo que mis escrúpulos estrujaban el lenguaje para sacar una forma satisfactoria a la pasión política, hasta que por fin triunfó la probidad histórica y estampé el pensamiento con franqueza: en el manejo de los dineros públicos, Rosas no tocó jamás un peso en provecho propio, vivió sobrio y modesto y murió en la miseria; la raza argentina de antiguo cuño fue así hasta en sus tiranos”. 
Agustín de Vedia, pariente del general Mitre -quien había afirmado que "como administrador de los caudales públicos lo tengo -a Rosas- por un ladrón, como lo ha declarado la justicia..."- dirá estas esclarecedoras palabras contradiciendo a su pariente: “El mecanismo de la contabilidad, la publicidad y la regularidad con que Rosas procedió en el manejo de los caudales públicos, llama realmente la atención”.
En una carta que Antonino Reyes le envía a Rosas el 22 de enero de 1876, le comenta: "Hace poco hablando con un amigo me dijo que el gobierno de Buenos Aires comisionó hace algún tiempo a un Sr. Fox, casado con una hija del Dr. Somellera, para revisar las cuentas de la pasada administración del General Rosas y que éste en su informe al Gobierno decía que ningún reparo tenía que hacer por encontrarlas irreprochables, esto me llenó de satisfacción como que conozco la religiosidad de V. E. en todo lo que concernía al manejo de los dineros del Estado”.
Evaristo Carriego, ante tal circunstancia también opinará “El estado no pudo adjudicarse los bienes de Rosas, sin justificar previamente que Rozas había defraudado al Tesoro en beneficio personal, determinando con precisión la suma de que había echado mano con aquel objeto. ¿Y quién ha visto esa prueba? Cuando intentaron justificar los decantados desfalcos, no hallaron un solo antecedente; los libros de la Contaduría, abiertos delante de las ávidas miradas de los fiscales de Rozas, burlaron sus esperanzas. Los libros mostraron que los 4.000.000  de $ m/c, sobre que versaba el cargo contra aquel habían sido invertidos en uso público. ¿Con qué derecho pudo, pues, el Estado adjudicarse sin cuenta ni razón los bienes de Rozas?”.
El economista, Dr. José A. Terry (Ver ER N° 18, pág. 7) opinará: "El comercio y el extranjero tenían confianza en la honradez administrativa del gobernador".

Todos deben respetar la ley 
Para Rosas no había familiares, amigos o correligionarios, en lo que se refiere al cumplimiento de la ley, ellos no eran distintos a otros conciudadanos.
En el "Archivo Americano" N° 13 del 20 de julio de 1844, podemos leer: "... Aquellos parientes suyos que han querido usar en el Gobierno de su prerrogativas de familia, y que han contado sobre el afecto que Rosas les profesaba, para sobreponerse a la ley que él ha establecido, los ha puesto en prisión o desterrado: su hermano mismo se encontraba entre los refugiados en Montevideo".
Juan Manuel Beruti en "Memorias curiosas", relata los siguientes hechos, que demuestran la justicia de Rosas sobre la aplicación de sanciones a familiares y personal del ejército: 
El primer caso corresponde a un hecho que involucraba a su hermana: "El juez de paz de la parroquia del Pilar dio cuenta al señor gobernador de algunas tropelías que había hecho su señora hermana, doña Gregoria, mujer de don Felipe Ezcurra, a algunos vecinos de la parroquia, y la contestación al juez del señor gobernador, que llegó a mis manos una copia que me facilitó un vecino a quien se la dio el juez, es la siguiente.
"Señor juez de paz de la parroquia del Pilar. Buenos Aires febrero 19 de 1844. Al alcalde del cuartel 47 don Francisco San Martín. El juez de paz que firma con fecha de ayer ha recibido un decreto de su excelencia el excelentísimo señor gobernador de la provincia  brigadier don Juan Manuel de Rosas del tenor siguiente. Febrero 17 de 1844. Vuelva al juez de paz de la parroquia del Pilar para que cumpliendo con sus obligaciones quite por la fuerza el caballo, lo entregue al que lo cobra con suficiente poder y haga saber a doña Gregoria Rosas el serio desagrado del gobernador de la provincia por su avanzada, atrevida, insolente conducta, y que será tratada como merece, si vuelve a faltar en lo menor a los respetos debidos por las leyes a las autoridades; y respecto del alcalde, reconvéngasele severamente, por haber dejado ultrajar y atropellar brutalmente la autoridad que inviste sin haber llenado sus deberes. Hágase saber por el enunciado juez de paz esta resolución al indicado alcalde; y a doña Gregoria Rosas, apercibiéndose a ésta seriamente en orden a su conducta ulterior; y lo transcribe a usted para conocimiento, y dejar cumplida la superior disposición. Dios guarde a usted muchos años. Domingo Diana".
El otro caso es la sanción que se aplica a un general del ejército: "El 10 de diciembre de 1847. Por decreto de este día ha sido don José María Oyuela destituido del empleo de general que obtenía en los ejércitos de la república y borrado de la lista militar por haber insultado a las seis de la tarde en la calle pública del Perú el día 20 de noviembre último al señor encargado de negocios y cónsul general de S. M. F. la reina de Portugal, comendador don Leonardo de Souza Leite Acevedo, resultando de haber quedado dicho señor Souza maltratado de un golpe en la cabeza con una fuerte contusión, que recibió de un golpe que le dio con el cabo de un chicote (rebenque) un hombre que en momento se le acercó de a caballo, que no conoció, y echó a correr diciendo al pegarle este pícaro portugués ha de querer ser primero que un general de la nación; pues la disputa fue, por querer al encontrarse uno y otro, ser preferido al pasar la vereda con la derecha; pero se averiguó que Oyuela lo hizo con prevención que tenía al cónsul portugués". 
Otro caso, de los muchos que pueden señalarse es la de José Rivera Indarte. Este singular personaje del cual ya me ocupé en el artículo "La reencarnación de Rivera Indarte... y otras mentiras sobre Rosas", publicado en el N° 12 de este periódico, fué un fervoroso y exaltado federal y rosista a tal punto que escribió entre otras piezas el "Himno Federal", el "Himno de los Restauradores", además de escribir en varios periódicos de Buenos Aires, donde toda alabanza a los federales a Rosas es poca, incluso publicó una biografía del Gobernador, con el retrato de este al frente. Creyendo que su adhesión al sistema federal y a Rosas, lo ponían a salvo de todo, cometió varios delitos por los cuales primero fue separado de la Universidad en setiembre de 1831, a la que reingresó a su petición para "recuperar su honor", a mediados de 1832. Posteriormente fue acusado de robar la corona de la Virgen de Nuestra Señora de las Mercedes y de otros hurtos y fué puesto en prisión en un pontón. Después de recobrar la libertad se exilió en Montevideo y desde allí, como por arte de magia se puso al servicio de los unitarios y desde entonces comenzó a escribir contra quien tiempo antes había alabado de todas formas.
La exaltada adhesión de Rivera Indarte al sistema federal y a Rosas, no lo puso a cubierto o a salvo de la sanción penal que le cupo por haber violado la ley. 
Podemos afirmar también que el Gobernador de Buenos Aires, era más estricto respecto de los federales que con los enemigos unitarios.

Rosas asume responsabilidades
Previo a la ejecución de la joven Camila O'Gorman y del cura Gutiérrez -lo que será objeto de un artículo que publicaremos en el futuro en este periódico-, Rosas se hizo asesorar por varios juristas, -entre ellos por Vélez Sársfield-, para determinar si correspondía la aplicación de una pena y cuál sería la misma, quienes le aconsejaron y dictaminaron la aplicación de la pena capital. No obstante ello, pasado ya varios años Rosas asumió su única, total y absoluta responsabilidad por tal acto de gobierno, desvinculando a terceros de la misma.
Corría el año 1869, se encontraba en ejercicio de la presidencia de la Nación, Domingo F. Sarmiento, su ministro del Interior era el Dr. Dalmacio Vélez Sársfield, quien era cuestionado por la prensa opositora que le imputaba su participación veinticinco años atrás en aquél lamentable dictamen.
Vélez Sársfield para despegarse de la situación, requirió la intervención de la Sra. Josefa Gómez, amiga del exgobernante, con quien mantenía asidua correspondencia. En la contestación a la carta en la que Gómez le requería mayores precisiones sobre aquella cuestionada decisión, Rosas le contestó el 2 de setiembre de dicho año: "No es cierto que el señor doctor don Dalmacio Vélez Sársfield, ni alguna otra persona, me aconsejara la ejecución de Camila O’Gorman y del cura Gutiérrez. Durante presidí el gobierno provincial bonaerense encargado de las relaciones exteriores, y con la suma del poder por la ley goberné puramente según mi conciencia. Soy pues, único responsable de todos mis actos, de mis hechos buenos como los malos, de mis errores y de mis aciertos".
Rosas no era de tirar la piedra y esconder la mano, actitud muy común entre los gobernantes y funcionarios de todas las épocas, sobre todo cuando de medidas desacertadas o antipopulares se refiere, porque por el contrario, para los aciertos los "responsables" se multiplican.
Continuará