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lunes, 1 de junio de 2015

Alberdi y la Guerra del Paraguay

   Publicado en el Periódico El Restaurador - Año IX N° 35 - Junio 2015 - Pag. 16 

 Alberdi y la guerra


Guerra de la Triple Alianza
Soldado de Infantería de Línea (A)

Alberdi, quien estando en Europa y considerándose un desterrado, fue uno de los más importantes personajes que se opuso y condenó la intervención de nuestro país en la guerra contra el Paraguay, poniendo también en evidencia la política expansionista del Brasil: "La triple alianza actual es la liga de tres enemigos. El Brasil instaló dentro del territorio argentino, por tiempo indefinido, cuarenta mil soldados y cuarenta vapores de guerra, destinados a destruir una república que es el contrafuerte histórico y geográfico de las demás contra los avances territoriales del Brasil".

Destacó que la finalidad de la guerra era la destrucción del Paraguay como estado independiente: "Se le toma la mitad de su escaso territorio, se le desarma totalmente, se le impone un gobierno, y se le agobia bajo el peso de una deuda de cien millones"

Ello le valió que tanto el gobierno de Mitre -iniciador de la guerra-, como el de Sarmiento -quien lo sucedió en la presidencia de la Nación en 1868-, a quienes él acusó de "hacer guerras de despoblamiento y empobrecimiento" y que "Han hecho desaparecer cincuenta mil argentinos" y "han devastado el Paraguay", lo llamaran traidor. La prensa de Buenos Aires, lo acusa de estar pagado por el gobierno paraguayo y de conspirar para derrocar al gobierno de Mitre.

A la imputación de traidor, el contesta: "Se necesita haber mamado del despotismo para calificar de traición el acto de disentir o pensar a la inversa del Gobierno. En Francia puede un orador decir a su Gobierno que no tiene razón en su política de Méjico; en Inglaterra puede el de la Reina ser atacado en el Parlamento o por la prensa, en favor del extranjero, sin que a los republicanos de la escuela del general Mitre les pase por la mente que esto puede constituir la libertad, el honor, la dignidad de esos grandes países civilizados. Si al menos hubiera tomado yo una escarapela, una espada, una bandera de otro país, para hacer oposición al Gobierno mío, como en Monte Caseros lo hizo otro argentino (Mitre) contra Buenos Aires, con la escarapela oriental, como oficial oriental, bajo la bandera oriental y alineado con los soldados del Brasil. Dirá él naturalmente que eso fue contra Rosas, no contra Buenos Aires. De este punto puede ser juez su propio colega en el poder (el vicepresidente Marcos Paz), que formó en el campo contrario, en la batalla de Caseros. El podrá decirlo si defendió a Rosas o a Buenos Aires en esa jornada. No intento afear lo que hizo el general Mitre en ese día. Le recuerdo solamente que él que ha peleado con escarapela extranjera contra el Gobierno de su país, no es llamado a condenar al que no usó jamás otros colores que los de su patria, para atacar a su Gobierno por un medio y en un terreno que autorizan las leyes fundamentales y los usos de todos los países libres."

(A) Soldado argentino de Infantería de Línea, años 1865 / 1870. Dibujo de Eleodoro Marenco

lunes, 1 de septiembre de 2008

Algo más sobre Rosas y Alberdi

  Publicado en el Periódico El Restaurador - Año II N° 8 - Setiembre 2008 - Pag. 11 


Algo más sobre Rosas y Alberdi

En nuestro número anterior, en la nota de tapa, nos referimos a ese “otro” Alberdi, el amigo del Restaurador. Muchos de nuestros lectores, nos manifestaron que no conocían ese costado de la personalidad de Alberdi y se interesaron sobre su frase “Yo combatí su gobierno. Lo recuerdo con disgusto”. Para satisfacer la curiosidad de los lectores, transcribimos la carta que fue publicada el 25 de mayo de 1910 en el Nº 1514 del diario “El Porvenir” de San Juan y que dice así:

                                                                                                Paris, 27 de Junio, 1887.

Mi apreciable amiga y señora:

Durante un largo silencio, que su carta del 24 de Mayo ha venido a interrumpir, con mucho placer para mi, la he recordado con muchos motivos, y uno de ellos es el que Vd. toca en su carta; lo sucedido con respecto al funeral que debió hacerse al General Rozas, y cuya prohibición fué para mí enigma, que no comprendo hasta ahora. No creía ya jamás que la pasión pudiese llegar a este extremo.

Cuando la muerte del General, yo escribí á doña Manuelita, dos palabras de dolorosa simpatía por la situación que ese evento le hacía en país extraño y ausencia de su marido. Estando últimamente, la he visitado. La ví llorando la muerte de su padre, de un modo que hacía honor al corazón más elevado y a la más alta educación. Sería llenar un libro decirle a usted lo que en esa conversación la oí, sobre el final del hombre notable, de que se gloria de descender hoy mismo.

Ella y su familia pueden consolarse con un hecho: Mientras se levantan al­tares a San Martín, su espada está en Southampton, sirviendo de trofeo monu­mental a la tumba de Rosas, puesta en ella, por las manos mismas del héroe de Chacabuco y Maipú. 

Yo he combatido a Rozas desde niño. Se lo recordé a él mismo en Londres por si lo ignoraba. Por oposición a su gobierno, dejé el país hasta ahora. Creo según esto, tener más derecho que nadie para juzgarle. Su conducta en Europa, no ha sido inferior que la de San Martín. Yo no tendría derecho de hablar de otro modo. Me visitó muchas veces en Londres, y con respeto, se puso a mi dispo­sición. No por mi persona, sinó por mi calidad de representante del Gobierno que lo había derrocado. Ese respeto al vencedor, sin coacción ni motivo de temor, es tenido en todo pueblo civilizado, como respeto liberal de la ley.

Yo combatí su gobierno. Lo recuerdo con disgusto. Pero dejé de tener adversión a su persona, desde que lo ví inclinarse con respeto ante la autoridad de su país, desde una distancia que pudo él emplear como baluarte de agitación y de lucha, contra sus adversarios victoriosos. Otros muchos gobernantes caídos lo han hecho.

Nada le digo en esta carta, que no sea la expresión de mi conciencia, pero le ruego no divulgue su contenido en el interés de la paz de Vd. y mía. Hay jui­cios, que es preciso dejar a la Historia emitir y apreciar.

Juan Bautista Alberdi.


domingo, 1 de junio de 2008

Los escritores - Juan Bautista Alberdi - La República Argentina 37 años después de su revolución de Mayo

   Publicado en el Periódico El Restaurador - Año II N° 7 - Junio 2008 - Pags. 6 y 7 


  Los escritores - Juan Bautista Alberdi

La República Argentina 37 años después de su Revolución de Mayo

En el texto transcripto a continuación y para facilitar su lectura no se ha respetado literalmente al  original (En el original de la obra aparecen las palabras “Arjentina”, “arjentino”, “estranjero”, “soi”, etc.)

La obra completa en su redacción original, se puede leer en la página web de la Biblioteca Nacional: www.bibnal.edu.ar/webpub/digital.asp


Hoy más que nunca, el que ha nacido en el hermoso país situado entre la Cordillera de los Andes y el Río de la Plata, tiene derecho a exclamar con orgullo: soy argentino

En el suelo extranjero en que resido, no como proscripto, pues he salido de mi patria según sus leyes, sino por franca y libre elección, como puede residir un inglés o un francés alejado de su país por conveniencia propia; en el lindo país que me hospeda y que tantos goces brinda al que es de fuera; sin agravio a su bandera, beso con amor los colores argentinos y me siento vano al verles más ufanos y dignos que nunca.

La verdad sea dicha sin mengua de nadie: los colores del Río de la Plata no han conocido la derrota ni la defección. En las manos de Rosas o de Lavalle, cuando no han patrocinado la victoria, han presidido a la libertad. Si alguna vez han caído en el polvo, ha sido ante ellos propios: en guerra de familia, nunca a la planta de extranjero.

Guarden, pues, sus lágrimas los generosos llorones de nuestras desgracias; que a pesar de ellas, ningún pueblo de esta parte del Continente tiene derecho a tributarnos piedad.

La República Argentina no tiene un hombre, un suceso, una caída, una victoria, un acierto, un extravío en su vida de nación, de que deba sentirse avergonzada. Todos los reproches, menos el de villanía. Nos viene este derecho de la sangre que corre en nuestras venas; es la Castellana; es la del Cid, la de Pelayo.

Lleno de efusión patriótica y poseído de esa imparcialidad que da el sentimiento puro del propio nacionalismo, quiero abrazarlos todos y encerrarlos en un cuadro; cegado alguna vez, del espíritu de partido, he dicho cosas que han podido halagar el oído de los celos rivales; que me oigan ellos hoy algo que no les parecerá tan halagüeño ¿no habrá disculpa para el egoísmo de mi patriotismo local, cuando la parcialidad a favor del propio suelo es un derecho de todos?

…Rosas no es un simple tirano a mis ojos. Si en su mano hay una vara sangrienta de hierro, también veo en su cabeza la escarapela de Belgrano. No me ciega tanto el amor de partido para no conocer lo que es Rosas, bajo ciertos aspectos.

Sé, por ejemplo, que Simón Bolívar no ocupó tanto el mundo con su nombre, como el actual Gobernador de Buenos Aires.

Sé que el nombre de Washington es adorado en el mundo, pero no más conocido que el de Rosas.

Los Estados Unidos, a pesar de su celebridad, no tienen hoy un hombre público más espectable que el general Rosas. Se habla de él popularmente de un cabo a otro de América, sin haber hecho tanto como Cristóbal Colón. Se le conoce en el interior de Europa, más o menos como a un hombre visible de Francia o Inglaterra; y no hay lugar en el mundo donde no sea conocido su nombre, porque no hay uno a donde no llegue la prensa inglesa y francesa, que hace diez años le repiten día por día. ¿Qué orador, qué escritor célebre del siglo XIX no le ha nombrado, no ha hablado de él muchas veces? Guizot, Thiers, O’Conell, Lamartine, Palmerston, Aberdeen ¿cuál es la celebridad parlamentaria de esta época que no se haya ocupado de él, hablando a la faz de Europa?

…Así yo diré con toda sinceridad una cosa que considero consecuente con lo que dejo expuesto: Si se perdiesen los títulos de Rosas a la nacionalidad argentina, yo contribuiría con un sacrificio no pequeño al logro de su rescate. Me es más fácil declarar que explicar el motivo porqué me complazco en pensar que Rosas pertenece al Río de la Plata.

Pero, cuando hablando así, se nombra a Rosas, se habla de un general argentino, se habla de un hombre del Plata, o más propiamente, se habla de la República Argentina. Hablar de la espectabilidad de Rosas, es hablar de la espectabilidad del país que representa. Rosas no es una entidad que pueda concebirse en abstracto y sin relación al pueblo que gobierna. Como todos los hombres notables, el desarrollo extraordinario de su carácter, supone el de la sociedad a que pertenece. Rosas y la República Argentina son dos entidades que se suponen mutuamente: él es lo que es, porque es argentino; su elevación supone la de su país; el temple de su voluntad, la firmeza de su genio, la energía de su inteligencia, no son rasgos suyos, sino del pueblo, que él refleja en su persona. La idea de un Rosas boliviano o ecuatoriano, es un absurdo. Solo el Plata podía dar por hoy, un hombre que haya hecho lo que Rosas. Un hombre fuerte supone siempre otros muchos de igual temple a su alrededor. Con un ejército de ovejas, un león a su cabeza sería hecho prisionero por un solo cazador.

Suprimid Buenos Aires, y sus masas, y sus innumerables hombres de capacidad, y no tendréis Rosas…

Rosas, óleo de Fernando García del Molino.
Museo Histórico Nacional