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miércoles, 11 de septiembre de 2024

Rolando Hanglin - Día de la raza

REVOLVIENDO LA BIBLIOTECA

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En esta sección que llamamos "Revolviendo la biblioteca", incluimos distintos artículos de gran interés histórico, poco conocidos por el público en general, publicados hace ya muchísimos años. 

En el diario La Nación, sección Pensamientos incorrectos, fue publicado el 9 de octubre de 2012 el siguiente artículo.


Día de la Raza

Por Rolando Hanglin 


Los argentinos tenemos un defecto que es, a la vez, nuestra virtud cardinal. Somos, en gran parte, nietos de gringos. Por lo tanto, lo ignoramos casi todo respecto de la historia de nuestro país. Formamos parte de la marea humana que bajó de los barcos entre 1880 y 1920, cuando aún no estaban bien tapados por la tierra piadosa los cadáveres de miles de víctimas. Indios y cristianos, rehenes y cautivas, caciques y milicos, todos ellos caídos en la gran guerra indio-cristiana, entre 1820 y 1890.

Siendo, pues, medio gringos, poco podíamos saber de los malones, los fortines, de Roca y Villegas, de Pincén y Calfucurá. ¡Para nosotros, los indios eran unos tipos con plumita que aparecían en las películas de cowboys! Siempre perdiendo la batalla.

Somos, en gran parte, nietos de gringos. Por lo tanto, lo ignoramos casi todo respecto de la historia de nuestro país

Por eso nos sorprende que, hoy día, los supuestos descendientes de aquellos indios, hoy llamados "mapuches", reclamen propiedades de lugares como Bariloche, Aluminé, La Angostura e incluso Toay, La Pampa.

Vamos por partes.

En realidad, el término "mapuche" fue inventado por el etnólogo norteamericano Edmond E. Smith en 1850, y luego difundido en distintos países de América. El significado es claro: mapu:tierra; che:gente. Del mismo modo, yo mismo, aficionado a la lengua de la Patagonia (mapu-dungún) he bautizado a mi quinta de fin de semana "Epu-Trehua" (los dos perros) y a un chalecito que tengo en Chapadmalal, "Antu-Catán" (casa del sol) sin por ello reivindicar ninguna raíz histórica.

Leyendo las obras de Lucio V. Mansilla, Estanislao Zeballos, Manuel Prado y otros autores del tiempo de los fortines, no encontramos nunca la palabra "mapuche". Jamás se habló de semejante tribu o nación. La literatura de 1820-1880 habla, sí, de los pampas, los serranos, los araucanos o chilenos, los vorogas, los tehuelches, los tubichaminís. Pero la palabra mapuche no aparece jamás. La historia y la antropología coinciden en que el territorio argentino, de San Luis hacia el sur, estaba ocupado por los tehuelches septentrionales (pampas, aoniken) los tehuelches meridionales (pampas, guenaken) y los tehuelches que habían pasado a la isla, conocidos como onas. Estos paisanos integraban una comunidad de cazadores-recolectores. No cultivaban la tierra ni mantenían el concepto de propiedad privada o límites nacionales. Apenas el de "espacio vital", que mudaban de asentamiento en aquellas inmensas extensiones, buscando siempre caza abundante de guanacos, venados, piches, avestruces. Ocupaban, pues, sin ocuparlo, un país inmenso. Se cree que estos tehuelches (o sus antepasados) estamparon las paredes rocosas de la Cueva de las Manos hace 8000 años. Afirma Casamiquela que, cuando se fundó Carmen de Patagones, los tehuelches se arrimaron a traficar plumas de ñandú y cueros de guanaco. Lo mismo hacían en Punta Arenas, en 1850, y en 1865 con la colonia galesa, en el valle del Chubut. Era una actividad de significación económica muy superior a lo que hoy puede parecer. Todos los testimonios concuerdan en que la gente tehuelche era pacífica y dispersa.

Por eso es raro que hoy, en 2012, surjan comunas o movimientos o sindicatos de identidad "mapuche" que reclaman campos o tierras en Chubut, Río Negro, Neuquén y Santa Cruz. ¿De dónde vienen? ¿Son pueblos originarios de nuestro país, a los que la República les debe algo porque les ha jugado sucio, ocupando sus espacios y estrangulando sus medios de vida?

El mapuche es chileno y entra al ámbito de las pampas argentinas en 1820, expulsado por las guerras intestinas de Chile

Vamos a dejar la respuesta a don Rodolfo Casamiquela, etnólogo y antropólogo fallecido en el año 2008, pero no sin escribir 24 libros y 200 monografías sobre el tema. Casamiquela, nacido en Jacobacci, se consideraba el último hombre capaz de pronunciar correctamente el idioma tehuelche del norte (o sea, "pampa") y su veredicto fue contundente: "Los mapuches son chilenos".

Otros conceptos: "Hoy sólo se habla del mapuche. Los tehuelches se auto-suprimieron u olvidaron su propia historia, a pesar de que hoy existen muchos descendientes, como los Chagallo, Yanquetruz, Sayhueque, Foyel, Catriel, Chiquichano, Chelqueta, Chingolé, Chalao, Chacamata, Cual. Estas familias son los tehuelches que quedan, es decir los llamados pampas. Fueron un linaje de enorme poder potencial, que se fue araucanizando o mapuchizando a partir de la lengua. El mapuche es chileno y entra al ámbito de las pampas argentinas en 1820, expulsado por las guerras intestinas de Chile. Muchos jefes indios chilenos tomaron partido por el Rey de España y, en el contexto de una guerra a muerte, cruzaron la cordillera para salvar la vida. Aquí fueron recibidos por algunos parientes y, poco a poco, autorizados por el brigadier Juan Manuel de Rosas a instalarse en las provincias del Río de la Plata.

Uno se pregunta si los tehuelches, pueblo originario de Pampa y Patagonia, fueron exterminados por los araucanos chilenos, o por las fuerzas militares argentinas, o por alguien.

Casamiquela: "El tema es la lengua. Para negociar con el español, se celebraban los llamados parlamentos, o sea, asambleas de oratoria y diplomacia donde cada jefe (ulmén) con sus capitanejos o caciquillos, y los representantes del blanco o huinca (derivado de los incas, que también intentaron someter a los araucanos con poca suerte) rivalizaban en alocuciones y figuras retóricas para "ajustar las paces". En este terreno diplomático, el idioma mapuche era muy superior al tehuelche. Preciso, claro, bello, simple, rudo, el mapudungun es una lengua muy valiosa. Con ella penetra la religión, predominando entonces lo mapuche sobre lo tehuelche".

Llegamos a la conclusión de que los mapuches chilenos no exterminaron a los tehuelches argentinos, sino que se agruparon en distintas federaciones, en las cuales predominó siempre la jefatura militar mapuche. Según atestiguan con todo detalle viajeros históricos como el inglés Musters, los tehuelches eran tenidos por "gitanos, vagabundos, bohemios, indisciplinados".

Dice el Profesor Casamiquela: "El mapuche no tiene profundidad histórica en Argentina. Lleva 100 años aquí". En este sentido, es como los italianos, los irlandeses o los croatas. Sigue diciendo Casamiquela: "Cuando vino a nuestro país el Profesor Erice, autor del máximo diccionario mapuche, no encontró ningún hablante de esa lengua en Viedma. Aquí en Jacobacci quedaban los Linares, descendientes de un cautivo de ese apellido que se casó con la hija de un cacique, radicado en la laguna del Juncal, pero eran tehuelches. También son tehuelches los criollos de apellido Entraiga o Castelo. En resumen: los derechos que reclaman hoy los mapuches sobre la tierra... no existen. Esto es historia, no teoría. Actualmente las cosas se mueven políticamente. Entonces, los mapuches chilenos dicen que son argentinos y empiezan a reivindicar toda una vida en nuestro país. Al historiador, eso no le interesa. Lo que pueda decir un político, un abogado... eso es otra cosa".

Los altos y melancólicos tehuelches han sido colonizados y, sin duda, estafados por los blancos argentinos y los araucanos chilenos

Históricamente, el nombre de Patagonia evoca a un territorio habitado por hombres de pies enormes, y muy altos.

Dice Casamiquela: "Lo que pasa es que los españoles eran bajitos, y además miraban desde abajo a los tehuelches, que estaban subidos a la loma de un médano. De cualquier modo, en 1896, un francés llamado Delavaux, que recorría el trazado de la ruta 40, en el sur de Chubut, excavó una tumba tehuelche y midió el esqueleto del hombre allí enterrado. Le dio 1,99m. Otra excavación, en Península Valdez, permitió verificar los dos metros. Son la etnia más alta del mundo".

Grandotes pero muy dados al vicio, demasiado libres en sus costumbres, mansos y bondadosos, los tehuelches hicieron buenas migas con los galeses de Chubut y, en general, no molestaron a nadie. Se dejaron colonizar por los araucanos chilenos, primero, y por la República Argentina, después.

Foto del cacique Pincén






 Cacique Pincén










Uno de los últimos héroes del linaje tehuelche o pampa fue, sin duda, el cacique Pincén. Se lo recuerda como Vicente, Juan o Francisco Pincén. Según la paisanada, el apellido se pronuncia correctamente Pisen, o Piseñ o Pincel, pero siempre con acento en la "i".

Existen cuatro fotos de Pincén. Lo vemos con su chiripá, sus botas de potro, su lanza corta, sus bolas enroscadas al cuello, el torso desnudo, la melena larga sujetada por una vincha, y lo apreciamos idéntico a.¡Alberto Olmedo!. También podría parecerse a don Alberto Rodríguez Saá, aunque este último, más corpulento , conserva la altura y el carisma de sus antepasados ranquelinos. 

Algunos rechazan el Día de la Raza porque parece clasificarnos a nosotros, los seres humanos, tan espirituales, como perros de raza "golden retriever" o vacas, de raza Heresford. La verdad es que todos los hombres pertenecemos a la misma raza, pero con grandes variaciones étnicas: no es lo mismo un sueco que un senegalés.

Los altos y melancólicos tehuelches han sido colonizados y, sin duda, estafados por los blancos argentinos y los araucanos chilenos, que entraron a nuestras pampas -básicamente- a robar ganado y capturar mujeres rubias. En el camino, resultaba inevitable lancear o degollar a unos cuantos argentinos. ¿Qué se le iba a hacer? ¡Eran huincas!

Pero esa es otra historia. Por el momento cerramos este modesto apunte con el saludo que se utiliza aún hoy en la Patagonia, al cruzarse los caminos de los viajeros: "Mari-marí". Esto significa textualmente "diez-diez". Que te vaya bien, que te vaya "de diez". Y a veces, para que esa salutación al paso resulte más cálida, se la enuncia más completa. "Mari-marí peñí". O sea: Adiós, hermano.

NOTA: Las fuentes de este artículo son el sitio de internet "Los Matuastos- Periodismo" (domingo 9 de septiembre de 2012) y "Pincén, vida y leyenda" de Juan José Estévez, publicado en 2011.

martes, 4 de abril de 2023

Hipólito Yrigoyen - Día de la Raza

 REVOLVIENDO LA BIBLIOTECA

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En esta sección que llamamos "Revolviendo la biblioteca", incluimos distintos artículos de gran interés histórico, poco conocidos por el público en general, publicados hace ya muchísimos años. 

En el diario La Prensa del día 16 de julio de 1986, fue publicado este artículo sobre el presidente Yrigoyen, el Día de la Raza


HIPÓLITO YRIGOYEN

EL ESPÍRITU DE LAS NUEVAS GENERACIONES

por Andrés A. Amil

Día de la Raza


Año 1933: el 3 de julio muere Hipólito Yrigoyen. Tras renovadas manifestaciones, el día 6 de julio su sepelio congrega a vastas multitudes que —desde Sarmiento 944, su última vivienda— lo acompañan tumultuosamente rechazando las honras oficiales decretadas por el gobierno del general Justo. Numerosos discursos despiden sus restos en el monumento levantado en Homenaje a los Caídos en la Revolución de 1890 donde habría de juntarse, para siempre, con su tío Leandro Alem.

Atrás quedan largas décadas de luchas tenaces, impregnadas de un irrenunciable espíritu nacional que fue siempre, aun en tiempos de derrota o de transitoria declinación, un signo permanente y distintivo del radicalismo.

Siempre fue destacable y así lo reconocieron sus más acérrimos adversarios que la Unión Cívica Radical —obra indiscutible de esos tío y sobrino, reconocidos como sus únicos profetas— intentó con raro éxito que a más clara definición de su apostolado cívico fuera una insobornable adhesión a la gran causa de la nacionalidad, como legítima herencia de viejos caudillos federales que conquistaron la Independencia y organizaron la República.

Cada vez que los desencuentros políticos alcanzan, en la Argentina, fuertes ecos, debe recurrirse al ejemplo de los constructores de la nacionalidad para comprender que su lucha consistió en unir a poblaciones alejadas que asimilaron embates de contingentes inmigratorios nada homogéneos pero cuyos aglutinantes poderosos (como lo fueron su común historia, su idioma español y su predominante religión) otorgaron a la Nación un carácter distintivo y particular.

Por eso Yrigoyen y Alem resultan fundamentales para establecer distingos. Es oportuno destacar gestos del ex presidente —que alcanzó los mayores porcentajes de adhesión electoral— frente al desconcierto que producen iniciativas de inspiración sospechosa tanto como réplicas o resistencias que desbordan prácticas republicanas necesarias para el correcto desenvolvimiento de todo proceso democrático.


La conquista y el concepto de la raza

Por iniciativa de sociedades españolas y adhesión de numerosas entidades científicas y literarias, Yrigoyen instituye el 12 de octubre como Día de la Raza; la simple lectura de los considerandos que se trascriben (cuyos subrayados ayudan a desentrañar el mensaje buscado por su firmante) basta. para comprender el pensamiento del ilustre presidente, quien respetó y fomentó la incorporación de corrientes inmigratorias, grupos de pensadores y reconocimiento de religiones que llegaban a estas tierras del Plata y de la pampa sin tener la más mínima idea de sus particulares características pero —en cambio— sabían de su proverbial generosidad para permitir el arraigo y la asimilación de quienes vivían marginados de toda legalidad o deseaban trabajar, estudiar y adorar a sus dioses sin el riesgo de la persecución. En tal sentido, Yrigoyen, como noble señor de su época —inspirado en la generosidad de nuestros recordados caudillos criollos como en la de quienes constituyeron la República— respetó las ideas y acción de quienes la condujeron hasta la irrupción popular en los estrados del gobierno.

Era, por otra parte, la política nacional de todos los tiempos inspirada en la conducta impuesta por los soberanos Reyes Católicos, de la España descubridora y conquistadora, al almirante Colón y sus posteriores enviados. Veamos:

Considerandos

“1° — Que el descubrimiento de América es el acontecimiento de más trascendencia que haya realizado la humanidad a través de los tiempos, pues todas las renovaciones posteriores se derivan de este asombroso suceso que, al par que amplió los lindes de la Tierra, abrió insospechados horizontes al espíritu;

“2° — Que se debió al genio hispano —al identificarse con la visión sublime del genio de Colón—, efemérides tan portentosa, cuya obra no quedó circunscripta al prodigio del descubrimiento, sino que la consolidó con la conquista, empresa ésta tan ardua y ciclópea que no tiene términos posibles de comparación en los anales de todos los pueblos;

“3° — Que la España descubridora y conquistadora volcó sobre el continente enigmático y magnífico el valor de sus guerreros, el denuedo de sus exploradores, la fe de sus sacerdotes, el preceptismo de sus sabios, las labores de sus menestrales; y con la aleación de todos estos factores obró el milagro de conquistar para la civilización la inmensa heredad en que hoy florecen las naciones a las cuales ha dado, con la levadura de su sangre con la armonía de su lengua, una herencia inmortal que debemos de afirmar y de mantener con jubiloso reconocimiento”.


La nacionalidad

Yrigoyen, heredero de esa gran estirpe y continuador de tan nobles tradiciones así como celoso defensor de nuestra soberanía y de la heredad territorial (que nace del Descubrimiento y la Conquista) no podía ignorar la presencia de contingentes humanos que se asimilaban a la nacionalidad y —por ello—sin menoscabos ni prejuicios se cree en el deber de señalar, para su honesto y pacífico cumplimiento, cuáles serán (porque ya lo eran) las particularidades rectoras de la nacionalidad argentina. Todos los documentos de Yrigoyen reconocen esa constante.

Sin perjuicio del respeto que merecían todos los hombres de buena voluntad que al amparo de nuestra Constitución habían llegado al suelo argentino, el decreto que impone el Día de la Raza señala, sin posibilidades de error o desviación, el derrotero unico y auténtico de la nacionalidad.

Exaltación del sentido legítimo de argentinidad

Enero de 1919: nadie ignora los hechos originados en la huelga de los talleres Vasena. Mucho se ha escrito sobre el tema con evidente exageración en cuanto a las represalias y víctimas pero sería ocioso negar que ello constituyó una seria advertencia para el país respecto del propósito y sentimiento de sectores populares sometidos a inhumanas condiciones de trabajo, vivienda y alimentación. Es evidente que el altísimo porcentaje de extranjeros (poco inclinados a tomar la ciudadanía de su nuevo país de adopción), que dominaban los sectores obreros y artesanales representaban una especie de “país paralelo” dentro de los límites territoriales pero, sobre todo, en el gran puerto capital de la República. Ninguna duda cabe de que la gravedad de esos hechos impactó profundamente en el ánimo del presidente Yrigoyen cuya devoción por los desposeídos resultaba ínsita con su militancia radical puesto que ése era —precisamente— un postulado fundamental de su tío Alem, incorporado, sin apelación ni renunciamiento posible, al ideario de quienes venían de la Revolución de 1890.

Pero es necesario señalar —siempre es tiempo para ello— que las cosas no fueron tan absolutas como pretendieron los sectores izquierdistas o maximalistas de aquel entonces aunque hayan sido quienes más escribieron y profundizaron sobre el tema. No es cierto que sólo los reaccionarios y explotadores de obreros apoyaron la actitud de Yrigoyen que culminó con la acción militar desplegada por el Gral. Dellepiane y terminó con la sublevación. Numerosos grupos fueron solidarios con la acción del primer gobierno elegido por el pueblo; desde luego que la Unión Cívica Radical fue solidaria con Yrigoyen pero otros partidos políticos y numerosas entidades de bien público —insospechadas de arbitrariedad y reaccionarismo— aprobaron su actuación. Fuera de los sectores de la izquierda política y sindical, el resto del país consideró plausible la acción militar que devolvió la calma al país y llama la atención que sedicentes pensadores de la izquierda nunca hayan reparado en que la Federación Universitaria —en los primeros tiempos de la reforma y en plena agitación estudiantil— fue solidaria con Yrigoyen. Lo mismo habría de ocurrir pocos años después (cuando la actuación del Cnel. Varela, en la Patagonia) y no conozco (nadie lo exhibió aún) ningún documento reformista reprobando a Yrigoyen por esos hechos. Comprendo que a muchos causará disgusto esta apreciación pero es necesario aventar numerosas mentiras vinculadas con la auténtica historia de la República que se exhiben como cucos o mitos y resultan falsedades.

La profunda angustia que provocó en el espíritu de Hipólito Yrigoyen la Semana Trágica con sus innegables connotaciones antinacionales (por lo menos para el ideario de la Unión Cívica Radical) lo indujo a dictar otro célebre decreto conocido como “de Exaltación del Sentimiento Nacional” para que la enseñanza pública de todos los niveles encarara la necesidad de reafirmar los conceptos patrióticos y de argentinidad para exaltar el espiritu de las nuevas generaciones... buscando en el ejemplo de sus próceres...hacia lo que constituye nuestro patrimonio histórico.

“Considerando:

“Que corresponde esencialmente a la escuela intensificar la educación cívica y patriótica del pueblo, poniendo de manifiesto la alta significación que ella tiene en los destinos de la República; Que la historia argentina y la vida misma de la Nación, en su desenvolvimiento progresivo, encierran páginas inmortales cuyo recuerdo ha de servir en todo tiempo para exaltar el espírtu de las nuevas generaciones, no sólo en la idea de su glorificación, sino en el sentido legítimo de argentinidad que nace espontáneamente del concepto de su propia grandeza y del convencimiento de que el país marcha con paso firme y seguro hacia la conquista de las finalidades superiores de la humanidad.

“Que los nuevos y amplios horizontes abiertos a la democracia, en esta hora de renovaciones, exige que las instituciones docentes realicen su alta misión educadora con fervorosos estímulos, para mantener siempre vivos los ideales y las normas de nuestra nacionalidad, perpetuando el culto sacrosanto de la tradición gloriosa que nos ha sido legada por nuestros mayores.

“Por estas razones, el Poder Ejecu- tivo de la Nación

“Decreta:

“Artículo 1° — Las direcciones de los Colegios Nacionales, Escuelas Normales e Institutos Especiales, adoptarán las medidas conducentes para estimular al profesorado a fin de que sistemática y consecutivamente, aproveche todo hecho o circunstancia favorable que se presente en el curso de sus lecciones o conferencias, en el sentido de despertar y mantener vivo en los alumnos el amor y respeto hacia lo que constituye: nuestro patrimonio histórico. ‘

“Art. 2° — Procurarán igualmente, inculcarles, como base indispensable de su acción ciudadana, al par que un espíritu de veneración a las tradiciones argentinas, nobles y elevados pensamientos de bien público, y anhelos de verdad, de justicia y de progreso, buscando en el ejemplo de sus próceres las virtudes y enseñanzas que han de servirles para contribuir con honroso y altivo patriotismo a la felicidad y grandeza de la República.

“El concurso de los hogares a la obra e realicen los Colegios y las Escuelas, ha de procurarse tan frecuente y eficazmente como sea posible”.

Lamentablemente, estas cosas no se han difundido convenientemente y hasta algunos ciudadanos que se creen distraídamente radicales las ignoran. La trascripción permite observar que el presidente Yrigoyen reclamaba el concurso de los hogares para la difusión de tales preceptos sin que ninguna colectividad se manifestara, en contrario; felizmente para la Nación no había —en aquel entonces— quienes se negaban a cumplir con las obligaciones ciudadanas ni se negaban a saludar la enseña patria o cantar el Himno ni deseaban la derrota argentina en guerras ni en contiendas de ninguna naturaleza ...hoy, por rara simulación de las inteligencias y so pretexto de vulneración de la Democracia, pequeños grupos abogan por la derrota nacional o fomentan el desprestigio de instituciones de la Nación.

martes, 1 de diciembre de 2009

Para pensar - Alonso Piñeiro - Día de la Raza

 Publicado en el Periódico El Restaurador - Año IV N° 13 - Diciembre 2009 - Pag. 15   

Para pensar

Publicado en el diario “La Prensa” el día 11 de octubre de 2009, en la columna “Los fantasmas del pasado”

El Día de la Raza

Por Armando Alonso Piñeiro

Aquí estamos, una vez más, en vísperas del aniversario del Descubri­miento de América. Es decir, se ce­lebrará mañana el Día de la Raza, lo quieran o no los racistas que irónica­mente reivindican el imperialismo de las civilizaciones precolombinas. Incas, aztecas, apaches, sioux, mapu­ches eran agrupaciones divididas en castas y caracterizadas por sus ritos sanguinarios, sus luchas fratricidas y sus bárbaras expansiones imperia­les en detrimento de sus vecinos.

Muchos siglos más tarde, un pre­sidente argentino, -el radical Hipó­lito Yrigoyen- firmó en 1916 un de­creto fundamental, declarando el 12 de octubre como fiesta nacional. Curiosa y lamentablemente, en ninguna parte del documento, en ninguna parte de sus tres considerandos, se menciona la expresión “Día de la Raza”, que surgiría espontáneamente al poco tiempo como expresión de la voluntad popular. Sí, reconoce el decreto que "El descu­brimiento de América es el aconte­cimiento más trascendental que ha­ya realizado la humanidad a través de los tiempos, pues todas las reno­vaciones posteriores derivan de este asombroso suceso, que a la par que amplió los límites de la tierra, abrió insospechados horizontes al espíritu". De manera que, en pri­mer lugar, quienes afirman que Yri­goyen bautizó el 12 de octubre co­mo Día de la Raza adolecen, por cierto, de ignorancia elemental.

Pero vaya y pase la insipiencia. Lo grave es que aquellos opuestos a la conmemoración se basan en la pre­tendida creencia de un "genocidio" español sobre los aborígenes, algo que nunca existió y que no puede ser probado documentalmente. Por añadidura, ni siquiera existía la ne­cesidad de tal genocidio -palabra mal empleada, puesto que nació a me­diados del siglo XX-, ya que en la época precolombina no existían elementos aplicables a una matanza ge­neralizada e indiscriminada, salvo las que hicieron los propios pueblos indigenistas. Como lo escribiera Ju­lián Marías, los habitantes de este continente "no tenían noción de su existencia, de su conjunto, de su al­cance. No se conocían, no habían re­corrido su cuerpo, no podían hablar entre sí. Se hablaban centenares, aca­so millares de lenguas, la mayoría de las cuales se reducían a pequeños territorios, a tribus aisladas que no te­nían nada en común".

Ahora bien. Quienes están en contra del Día de la Raza incurren en una grave actitud racista, y deben ser denunciados ante el Instituto Nacional contra la Discriminación (INADI) al cometer un acto de dis­criminación en perjuicio de la raza, es decir, de la raza humana. Equivo­car raza por racismo es otro acto de ignorancia. Hace exactamente dos años, Hipólito Solari Yrigoyen afir­mó con acierto que intentar cam­biar la denominación tradicional del 12 de Octubre perpetra el aludido delito, pues no existe ningún fundamento que "autorice a invo­car que el Día de la Raza que se re­cuerda en la Argentina exalte a alguna etnia en desmedro de otras, si­no que las incluye a todas como in­tegrantes de la raza humana. La denominación lleva implícita, por lo tanto, un reconocimiento de nues­tro pluralismo étnico y cultural".

El Día de la Raza es, por otra par­te, el nacimiento de la etnia criolla, que no se hubiera creado si no fue­ra por la empresa colombina, por el respeto escrupuloso -entre otros méritos- del gobierno peninsular ante las costumbres indígenas. Tan es así que un siglo después del Des­cubrimiento, el gobierno de Felipe II, por intermedio del Consejo de Indias, se negó a imponer obligatoriamente el idioma castellano -lue­go conocido como español- con estas sabias palabras del monarca re­firiéndose a los aborígenes: "No pa­rece conveniente forzarlos a aban­donar su lengua natural, sólo habrá que disponer unos maestros para los que quieran aprender".

Cuando elementos ajenos a la concordia y la comprensión de la historia pretenden enarbolar pen­dones de hostil oposición, cuando se intenta deslucir la gesta inmortal con bastardas apelaciones a falsas reivindicaciones indigenistas, el 12 de Octubre nos viene a recordar que el heroísmo de la España eterna sig­nificó fundar un Nuevo Mundo a la faz del mundo clásico y sentar los principios humanos de una nueva dignidad humana, basada en la fu­sión de dos razas ávidas de mutuo conocimiento. Sobre este hecho se erige toda la grandeza del Descubri­miento y la Colonización, regados con la roja sangre común de ambos linajes, el talento y el empuje, la fie­ra convicción y la honda pulsación, en definitiva el secreto latido de la historia que nos impone su legado desde los arcanos ancestrales del pa­sado solidario.


sábado, 1 de diciembre de 2007

El Gral. Juan D. Perón y el "Día de la Raza"

 Publicado en el Periódico El Restaurador - Año II N° 5 - Diciembre 2007 - Pags. 5 a 8 


El Gral. Juan D. Perón

y el "Día de la Raza"



TTE. GRAL. JUAN DOMINGO PERÓN, TRES VECES PRESIDENTE (1946-1952, 1952-1955 Y 1973-1974); VISTE EL UNIFORME DE TENIENTE CORONEL EN UNA FOTOGRAFÍA OFICIAL DE 1974
Juan Domingo Perón

El siguiente es el discurso del Presidente Juan Domingo Perón pronunciado en la Academia Argentina de Letras con motivo del homenaje a Cervantes en el IV Centenario de su nacimiento (29 de septiembre de 1547), pronunciado en el Día de la Raza de 1947, que por razones de espacio no podemos transcribirlo en su totalidad, que contiene conceptos interesantes sobre el importante papel que nuestra Madre Patria, cumplió en el Nuevo Mundo.


No me consideraría con derecho a levantar mi voz en el solemne día que se festeja la gloria de España, si mis palabras tuvieran que ser tan sólo halago de circunstancias o simple ropaje que vistiera una conveniencia ocasional. Me veo impulsado a expresar mis sentimientos porque tengo la firme convicción de que las corrientes de egoísmo y las encrucijadas de odio que parecen disputarse la hegemonía del orbe, serán sobrepasadas por el triunfo del espíritu que ha sido capaz de dar vida cristiana y sabor de eternidad al Nuevo Mundo.

No me atrevería a llevar mi voz a los pueblos que, junto con el nuestro, formamos la Comunidad Hispánica, para realizar tan sólo una conmemoración protocolar del Día de la Raza. Unicamente puede justificarse el que rompa mi silencio la exaltación de nuestro espíritu ante la contemplación reflexiva de la influencia que, para sacar al mundo del caos que se debate, puede ejercer el tesoro espiritual que encierra la titánica obra cervantina, suma y compendio apasionado y brillante del inmortal genio de España.

Espíritu contra utilitalismo
Al impulso ciego de la fuerza, al impulso frío del dinero, la Argentina, coheredera de la espiritualidad hispánica, opone la supremacía vivificante del espíritu.

En medio de un mundo en crisis y de una humanidad que vive acongojada por las consecuencias de la última tragedia e inquieta por la hecatombe que presiente; en medio de la confusión de las pasiones que restallan sobre las conciencias, la Argentina, la isla de paz, deliberada y voluntariamente, se hace presente en este día para rendir cumplido homenaje al hombre cuya figura y obra constituyen la expresión más acabada del genio y la grandeza de la raza.

Y a través de la figura y de la obra de Cervantes va el homenaje argentino a la patria madre, fecunda, civilizadora, eterna, y a todos los pueblos que han salido de su maternal regazo.

Por eso estamos aquí, en esta ceremonia que tiene la jerarquía de símbolo. Porque recordar a Cervantes es reverenciar a la madre España; es sentirse más unidos que nunca a los demás pueblos que descienden legítimamente de tan noble tronco; es afirmar la existencia de una comunidad cultural hispanoamericana de la que somos parte y de una continuidad histórica que tiene en la raza su expresión objetiva más digna, y en el Quijote la manifestación viva y perenne de sus ideales, de sus virtudes y de su cultura; es expresar el convencimiento de que el alto espíritu señorial y cristiano que inspira la Hispanidad iluminará al mundo cuando se disipen las nieblas de los odios y de los egoísmos. Por eso rendimos aquí el doble homenaje a Cervantes y a la raza.


Miguel de Cervantes Saavedra

MIGUEL DE CERVANTES SAAVEDRA (1547-1616), ES EL MÁS DESTACADO ESCRITOR EN ESPAÑOL Y UNA DE LAS GRANDES FIGURAS DE LA LITERATURA DE TODOS LOS TIEMPOS. 
SUS OBRAS, ENTRE LAS QUE DESTACA EL INGENIOSO HIDALGO DON QUIJOTE DE LA MANCHA, MARCAN LA CULMINACIÓN DEL SIGLO DE ORO EN LA  LITERATURA ESPAÑOLA Y SUPONEN EL INICIO DE LA  NOVELA MODERNA. 
PINTURA DE EDUARDO BALACA


Homenaje, en primer lugar, al grande hombre que legó a la humanidad una obra inmortal, la más perfecta que en su género haya sido escrita, código del honor y breviario del caballero, pozo de sabiduría y, por los siglos de los siglos, espejo y paradigma de su raza. Destino maravilloso el de Cervantes que, al escribir El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha, descubre en el mundo nuevo de su novela, con el gran fondo de la naturaleza filosófica, el encuentro cortés y la unión entrañable de un idealismo que no acaba y de un realismo que se sustenta en la tierra. Y además caridad y amor a la justicia, que entraron en el corazón mismo de América; y son ya los siglos los que muestran, en el laberinto dramático que es esta hora del mundo, que siempre triunfa aquella concepción clara del riesgo por el bien y la ventura de todo afán justiciero. El saber “jugarse entero” de nuestros gauchos es la empresa que ostentan orgullosamente los “quijotes de nuestras pampas”. En segundo lugar, sea nuestro homenaje a la raza a que pertenecemos.

La raza: superación de nuestro destino 

Para nosotros, la raza no es un concepto biológico. Para nosotros es algo puramente espiritual. Constituye una suma de imponderables que hace que nosotros seamos lo que somos y nos impulsa a ser lo que debemos ser, por nuestro origen y nuestro destino. Ella es lo que nos aparta de caer en el remedo de otras comunidades cuyas esencias son extrañas a la nuestra, pero a las que con cristiana caridad aspiramos a comprender y respetamos. Para nosotros, la raza constituye nuestro sello personal, indefinible e inconfundible.

Para nosotros los latinos, la raza es un estilo. Un estilo de vida que nos enseña a saber vivir practicando el bien y a saber morir con dignidad. Nuestro homenaje a la madre España constituye también una adhesión a la cultura occidental.

Porque España aportó al occidente la más valiosa de las contribuciones: el descubrimiento y la colonización de un nuevo mundo ganado para la causa de la cultura occidental.

Su obra civilizadora cumplida en tierras de América no tiene parangón en la historia. Es única en el mundo. Constituye su más calificado blasón y es la mejor ejecutoria de la raza, porque toda la obra civilizadora es un rosario de heroísmos, de sacrificios y de ejemplares renunciamientos.

Su empresa tuvo el sino de una auténtica misión. Ella no vino a las Indias ávida de ganancias y dispuesta a volver la espalda y marcharse una vez exprimido y saboreado el fruto. Llegaba para que fuera cumplida y hermosa realidad el mandato póstumo de la Reina Isabel de “atraer a los pueblos de Indias y convertirlos al servicio de Dios”. Traía para ello la buena nueva de la verdad revelada, expresada en el idioma más hermoso de la tierra. Venía para que esos pueblos se organizaran bajo el imperio del derecho y vivieran pacíficamente. No aspiraban a destruir al indio sino a ganarlo para la fe y dignificarlo como ser humano...

Era un puñado de héroes, de soñadores desbordantes de fe. Venían a enfrentar a lo desconocido; ni el desierto, ni la selva con sus mil especies donde la muerte aguardaba el paso del conquistador en el escenario de una tierra inmensa, misteriosa, ignorada y hostil.

Nada los detuvo en su empresa; ni la sed, ni el hambre, ni las epidemias que asolaban sus huestes; ni el desierto con su monótono desamparo, ni la montaña que les cerraba el paso, ni la selva con sus mil especies de oscuras y desconocidas muertes. A todo se sobrepusieron. Y es ahí, precisamente, en los momentos más difíciles, en los que se los ve más grandes, más serenamente dueños de sí mismos, más conscientes de su destino, porque en ellos parecía haberse hecho alma y figura la verdad irrefutable de que “es el fuerte el que crea los acontecimientos y el débil el que sufre la suerte que le impone el destino”. Pero en los conquistadores pareciera que el destino era trazado por el impulso de su férrea voluntad.

América: empresa de héroes

Como no podía ocurrir de otra manera, su empresa fue desprestigiada por sus enemigos, y su epopeya objeto de escarnio, pasto de la intriga y blanco de la calumnia, juzgándose con criterio de mercaderes lo que había sido una empresa de héroes. Todas las armas fueron probadas: se recurrió a la mentira, se tergiversó cuanto se había hecho, se tejió en torno suyo una leyenda plagada de infundios y se la propaló a los cuatro vientos.

Y todo, con un propósito avieso. Porque la difusión de la leyenda negra, que ha pulverizado la crítica histórica seria y desapasionada, interesaba doblemente a los aprovechados detractores. Por una parte, les servía para echar un baldón a la cultura heredada por la comunidad de los pueblos hermanos que constituimos Hispanoamérica.

Por la otra procuraba fomentar así, en nosotros, una inferioridad espiritual propicia a sus fines imperialistas, cuyas asalariados y encumbradísimos voceros repetían, por encargo, el ominoso estribillo cuya remunerada difusión corría por cuenta de los llamados órganos de información nacional. Este estribillo ha sido el de nuestra incapacidad para manejar nuestra economía e intereses, y la conveniencia de que nos dirigieran administradores de otra cultura y de otra raza. Doble agravio se nos infería: aparte de ser una mentira, era una indignidad y una ofensa a nuestro decoro de pueblos soberanos y libres.

España, nuevo Prometeo, fue así amarrada durante siglos a la roca de la historia. Pero lo que no se pudo hacer fue silenciar su obra, ni disminuir la magnitud de su empresa que ha quedado como magnífico aporte a la cultura occidental.

Allí están, como prueba fehaciente, las cúpulas de las iglesias asomando en las ciudades fundada por ella; allí sus leyes de Indias, modelo de ecuanimidad, sabiduría y justicia; sus universidades; su preocupación por la cultura, porque “conviene –según se lee en la Nueva Recopilación– que nuestros vasallos, súbditos y naturales, tengan en los reinos de Indias universidades y estudios generales donde sean instruidos y graduados en todas ciencias y facultades, y por el mucho amor y voluntad que tenemos de honrar y favorecer a los de nuestras Indias y desterrar de ellas las tinieblas de la ignorancia y del error, se crean Universidades gozando los que fueren graduados en ellas de las libertades y franquezas de que gozan en estos reinos los que se gradúan en Salamanca”.

Su celo por difundir la verdad revelada porque –como también dice la Recopilación– “teniéndonos por más obligados que ningún otro príncipe del mundo a procurar el servicio de Dios y la gloria de su santo nombre y emplear todas las fuerzas y el poder que nos ha dado, en trabajar que sea conocido y adorado en todo el mundo por verdadero Dios como lo es, felizmente hemos conseguido traer al gremio de la Santa Iglesia Católica las innumerables gentes y naciones que habitan las Indias occidentales, isla y tierra firme del mar océano”.

España levantó ciudades, edificó universidades, difundió la cultura, formó hombres, e hizo mucho más: fundió y confundió su sangre con América y signó a sus hijas con un sello que las hace, si bien distintas a la madre en su forma y apariencias, iguales a ella en su esencia y naturaleza. Incorporó a la suya la expresión de un aporte fuerte y desbordante de vida que remozaba a la cultura occidental con el ímpetu de una energía nueva.

Y si bien hubo yerros, no olvidemos que esa empresa, cuyo cometido la antigüedad clásica hubiera discernido a los dioses, fue aquí cumplida por hombres, por un puñado de hombres que no eran dioses aunque los impulsara, es cierto, el soplo divino de una fe que los hacía creados a la imagen y semejanza de Dios.

España rediviva en el criollo Quijote

Son hombres y mujeres de esa raza los que en heroica comunión rechazan, en 1806, al extranjero invasor, y el hidalgo jefe que obtenida la victoria amenaza con “pena de la vida al que los insulte”. Es gajo de ese tronco el pueblo que en mayo de 1810 asume la revolución recién nacida; es sangre de esa sangre la que vence gloriosamente en Tucumán y Salta y cae con honor en Vilcapugio y Ayohuma; es la que anima el corazón de los montoneros; es la que bulle en el espíritu levantisco e indómito de los caudillos; es la que enciende a los hombres que en 1816 proclaman a la faz del mundo nuestra independencia política; es la que agitada corre por las venas de esa raza de titanes que cruzan las ásperas y desoladas montañas de los Andes, conducidas por un héroe en una marcha que tiene la majestad de un friso griego; es la que ordena a los hombres que forjaron la unidad nacional, y la que alienta a los que organizaron la República; es la que se derramó generosamente cuantas veces fue necesario para defender la soberanía y la dignidad del país; es la misma que moviera al pueblo a reaccionar sin jactancia pero con irreductible firmeza cuando cualquiera osó inmiscuirse en asuntos que no le incumbían y que correspondía solamente a la nación resolverlos; de esa raza es el pueblo que lanzó su anatema a quienes no fueron celosos custodios de su soberanía, y con razón, porque sabe y la verdad lo asiste, que cuando un Estado no es dueño de sus actos, de sus decisiones, de su futuro y de su destino, la vida no vale la pena de ser allí vivida; de esa raza es ese pueblo, este pueblo nuestro, sangre de nuestra sangre y carne de nuestra carne, heroico y abnegado pueblo, virtuoso y digno, altivo sin alardes y lleno de intuitiva sabiduría, que pacífico y laborioso en su diaria jornada se juega sin alardes la vida con naturalidad de soldado, cuando una causa noble así lo requiere, y lo hace con generosidad de Quijote, ya desde el anónimo y oscuro foso de una trinchera o asumiendo en defensa de sus ideales el papel de primer protagonista en el escenario turbulento de las calles de una ciudad.

El Quijote, de Salvador Dalí
El Quijote, de Salvador Dalí

Señores: La historia, la religión y el idioma nos sitúan en el mapa de la cultura occidental y latina, a través de su vertiente hispánica, en la que el heroísmo y la nobleza, el ascetismo y la espiritualidad, alcanzan sus más sublimes proporciones. El Día de la Raza, instituido por el Presidente Yrigoyen, perpetúa en magníficos términos el sentido de esta filiación. “La España descubridora y conquistadora –dice el Decreto–, volcó sobre el continente enigmático y magnífico el valor de sus guerreros, el denuedo de sus exploradores, la fe de sus sacerdotes, el preceptismo de sus sabios, las labores de sus menestrales y con la aleación de todos estos factores, obró el milagro de conquistar para la civilización la inmensa heredad en que hoy florecen las naciones a las cuales ha dado, con la levadura de su sangre y con la armonía de su lengua, una herencia inmortal que debemos de afirmar y de mantener con jubiloso reconocimiento”.


Porvenir enraizado en el pasado

Si la América olvidara la tradición que enriquece su alma, rompiera sus vínculos con la latinidad, se evadiera del cuadro humanista que le demarca el catolicismo y negara a España, quedaría instantáneamente baldía de coherencia y sus ideas carecerían de validez. Ya lo dijo Menéndez y Pelayo: “Donde no se conserva piadosamente la herencia de lo pasado, pobre o rica, grande o pequeña, no esperemos que brote un pensamiento original, ni una idea dominadora”. Y situado en las antípodas de su pensamiento, Renán afirmó que “el verdadero hombre de progreso es el que tiene los pies enraizados en el pasado”.

El sentido misional de la cultura hispánica, que catequistas y guerreros introdujeron en la geografía espiritual del Nuevo Mundo, es valor incorporado y absorbido por nuestra cultura, lo que ha suscitado una comunidad de ideas e ideales, valores y creencias, a la que debemos preservar de cuantos elementos exóticos pretenden mancillarla. Comprender esta imposición del destino, es el primordial deber de aquellos a quienes la voluntad pública o el prestigio de sus labores intelectuales les habilita para influir en el proceso mental de las muchedumbres. Por mi parte, me he esforzado en resguardar las formas típicas de la cultura a que pertenecemos, trazándome un plan de acción del que pude decir –el 24 de noviembre de 1944– que “tiende, ante todo, a cambiar la concepción materialista de la vida por una exaltación de los valores espirituales”.

Precisamente esa oposición, esa contraposición entre materialismo y espiritualidad, constituye la ciencia del Quijote. O más propiamente representa la exaltación del idealismo, refrenado por la realidad del sentido común.

De ahí la universalidad de Cervantes, a quien, sin embargo, es preciso identificar como genio auténticamente español, tal que no puede concebirse como no sea en España.

Esta solemne sesión que la Academia Argentina de Letras ha querido poner bajo la advocación del genio máximo del idioma en el IV Centenario de su nacimiento, traduce –a mi modo de ver– la decidida voluntad argentina de reencontrar las rutas tradicionales en las que la concepción del mundo y de la persona humana se originan en la honda espiritualidad grecolatina y en la ascética grandeza ibérica y cristiana.

Para participar en ese acto, he preferido traer, antes que una exposición académica sobre la inmortal figura de Cervantes, su palpitación humana, su honda vivencia espiritual y su suprema gracia hispánica. Su vida y en su obra personifica la más alta expresión de las virtudes que nos incumbe resguardar.


Entraña popular cervantina

En Cervantes cabe señalar, en primer término, la extraordinaria maestría con que subordina todo aparato erudito a la llaneza de la exposición, extraída de la auténtica veta del pueblo, en los aforismos, sentencias y giros propios del ingenio popular. Ningún autor ha penetrado de manera tan natural, en el río pintoresco en que bogan, como bajeles de mil colores, las esperanzas, angustias y emociones de los humildes. Esta ausencia de complicación, este deliberado acento familiar con que el genio cervantino traza su prosa, no quiere decir, ni mucho menos, que adolezca de plebeyismo o de pobreza. Por el contrario, es fina y magistral, exhibiendo una riqueza tal de vocablos, que cabe deducir cuán hondos y variados son los matices del habla popular y hasta qué punto es viva y expresiva la facundia del pueblo.

Ya en su primera obra “La Galatea”, Cervantes pone de manifiesto la sencillez de su estilo, que cobra naturalidad en las costumbres simples y puras de la vida pastoril, a la que pinta con tan noble emoción, que no puede dudarse de la íntima solidaridad que le une a rústicos y desheredados. Don Quijote, dirigiéndose a Sancho, ofrece elocuente testimonio: “Quiero que aquí a mi lado y en compañía desta gente te sientes, y que seas una mesma cosa conmigo, que soy tu amo y natural señor; que comas en mi plato y bebas por donde yo bebiere, porque de la caballería andante se puede decirlo mesmo que del años se dice: que todas las cosas iguala”: La perennidad del Quijote, su universalidad, reside, esencialmente, en su comprensión de los humildes, en esta forma de sentir la ardiente comunidad de todos los seres, que trabajan y cantan entre las rubias espigas de la Creación. Ese amor a los humildes que sintió Cervantes, ese mismo afán de compenetración, ese deseo metafórico de comer en el mismo plato, me ha llevado a decir en otra ocasión que el canto de los braceros, de esos centenares de miles de trabajadores anónimos y esforzados, de los que nadie se había acordado hasta ayer, puebla en este momento la tierra redimida. Legislamos para todos los argentinos, porque nuestra realidad social es tan indivisible como nuestra realidad geográfica.

Conciencia social de Cervantes

Cervantes demostró profunda conciencia social en todos los actos de su vida. Cuando se desarrolló la batalla naval de Lepanto, no obstante hallarse enfermo y con calentura, quiso correr la suerte de sus camaradas y participar en la lucha, por que “más vale pelear en servicio de Dios e de su majestad, e morir por ellos, que no baxarme so cubierta”. Más tarde en Argel junto con 25.000 cristianos que pagaban así su delito de amar a la patria y de sentir la fe, el glorioso manco de Lepanto padeció, más que a su propio dolor físico y espiritual, la incesante tortura de ver aherrojados a sus compañeros de esclavitud y de ver perseguida, aborrecida y negada a la religión en la que habían depositado toda la confianza de su corazón. En sus propias palabras lo dice: “Ninguna cosa fatiga tanto como oir y ver a cada paso las jamás vistas y oídas crueldades que mi amo usaba con los cristianos”. No obstante tan admirables sentimientos, no siempre obtuvo el estímulo de la reciprocidad. Su vida fue triste, estrecha, dolorosa. Como pasa siempre, hasta la gloria más singular y la pureza más nítida tienen sus detractores. Aun muchos años después de haber entrado a la inmortalidad, se le siguió acusando de fallas, defectos y vicios, no faltó quien en el “Diario de Madrid” adujera en 1788 que “depravó, corrompió y estragó el estilo y la gracia del manuscrito”. Felizmente, Cervantes con genial previsión, se adelantó a sus detractores; en su obra póstuma “Persiles y Segismunda”, estampó estas sabias reflexiones aplicables a todos los tiempos y lugares, y especialmente a cuantos compatriotas se empecinan en difamar a no importe quién: “Los satíricos, los maldicientes, los malintencionados, son desterrados y echados de sus casas, sin honra y con vituperio, sin que les quede otra alabanza que llamase agudos sobre bellacos, y bellacos sobre agudos y es como que suele decirse: la traición contenta, pero el traidor enfada”.


DON QUIJOTE Y SANCHO PANZA YACEN DESCALABRADOS TRAS UNA DE SUS INFAUSTAS AVENTURAS

DON QUIJOTE Y SANCHO PANZA YACEN DESCALABRADOS TRAS UNA DE SUS INFAUSTAS AVENTURAS. GUSTAVE DORÉ ES SIN DUDA EL ARTISTA QUE MÁS SE HA DESTACADO ENTRE LOS ILUSTRADORES DEL QUIJOTE. LA ILUSTRACIÓN DE LA FOTO PROCEDE DE LA EDICIÓN FRANCESA IMPRESA EN PARÍS EN 1863



Hipólito Yrigoyen, Presidente de la Nación 1916-1922 y 1928-1930

Hipólito Yrigoyen, Presidente de la Nación 1916-1922 y 1928-1930. 
Por decreto del 4 de octubre de 1917 instituyó el 12 de Octubre
 –Aniversario del Descubrimiento de América- 
como fiesta nacional, imprimiéndole el carácter de Día de la Raza