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miércoles, 22 de julio de 2026

La mentira mapuche - Rolando Hangling

 REVOLVIENDO LA BIBLIOTECA

280

En esta sección que llamamos "Revolviendo la biblioteca", incluimos distintos artículos de gran interés histórico, poco conocidos por el público en general, publicados hace ya muchísimos años. 

En el portal de INFOBAE, sección Opinión del 22 de octubre de 2021, fue publicado el siguiente artículo.


La verdad sobre la mentira mapuche, por Rolando Hanglin

La mirada del vicepresidente del Instituto de Estudios Históricos Julio Argentino Roca sobre los últimos acontecimientos y los atentados incendiarios en la Patagonia



Casi todos los sabihondos se esmeran en traducir la palabra “mapuche” y deletrean “mapu” (tierra) y “che” (gente) por lo tanto “gente de la tierra”. Muy interesante pero: ¿De cuál tierra están hablando? 

La traducción literal sería “paisano”. No es una nacionalidad, ni los araucanos fueron jamás una nación. Se trata de los habitantes de la región del río Arauco, en Chile. Grupo humano aguerrido, de temperamento militar, que resistió valientemente al imperio incaico y luego al español, obligándole a reconocer una frontera, que era el río Bío-Bío, en Chile. 

Los primeros europeos que llegaron a la Costa Atlántica de América (es decir acá, en nuestro Sur) encontraron a un nativo que era casi un gigante. Lo llamaron “patagón” por el tamaño descomunal de sus pies. Conviene recordar que el porte corporal de los europeos, en aquel entonces, era más bien chico. Como puede verificar el que visite el museo de la Lidia en la Plaza de Toros de Ronda, Andalucía, donde se exhiben las minúsculas chaquetillas de los toreros de otros siglos. El caso es que estos tehuelches grandotes eran pacíficos y tal vez bohemios: al parecer las mujeres eran a veces más altas que los varones. Con el tiempo se supo que su verdadero nombre era “guenaken” y que los araucanos pertenecían al tipo “ándido” en términos antropológicos, de estatura mediana y cuerpo compacto. Los apacibles tehuelches recibieron muy bien a los cristianos, incluyendo a los galeses que hace siglos desembarcaron cerca de Madryn. Incluso algunos paisanos hablaban algo de galés. 

Mientras tanto, la Cordillera de los Andes no era un paso infranqueable. Muchos indios, en el siglo XV, la cruzaban con el propósito de cazar, comerciar o explorar la pampa infinita. Algunas comunidades de origen araucano se instalaron (es difícil precisar la fecha) como los ranquilches o ranqueles, los vorogas de Vorohué (chile) y otros grupos que comerciaban con los tehuelches. Tal vez estuvieron en guerra, tal vez se mestizaron: estamos hablando de Sudamérica antes de la instalación del caballo español, que cambió totalmente las costumbres y las posibilidades físicas de unos y otros. 

Siguiendo el preciso estudio de Estanislao Zeballos en “Callvucurá y la dinastía de los Piedra”, (1928) el gran lonco (jefe militar) Piedra Azul cruzó la Cordillera en 1833, con un batallón montado, y anunció mediante mensajeros su visita para intercambiar tejidos, Pullcu (licor) y artesanías con sus lejanos parientes vorogas. Esto era en Chilihué (Pequeño Chile) cerca de Salinas Grandes. El jefe Rondeau le dijo que sí, y Callvucurá avanzó. Pero en el camino los forasteros, a traición, mudaron caballos y montaron los potros de pelea (los mejores) y entraron a la toldería de Rondeau, pasando a degüello a todos los loncos y capitanejos. Así se estableció don Juan, que al poco tiempo era llamado el Napoleón de las Pampas. Una vez dijo: ”Soy chileno pero estoy hace 30 años en esta tierra porque me mandó llamar Rosas, el gobernador”. 

¿Qué autoridad podía tener Rosas en 1833 y en Chile? 

El caso es que durante siglos se desarrolló la industria del malón. Asaltar las estancias, degollar hombres y raptar mujeres jóvenes, arreando miles de cabezas de ganado en un campo sin alambrados. Frecuentemente era vendido en Chile. Pero también en localidades argentinas. 

En tiempos de Callvucurá, existió la Confederación de Salinas Grandes, con su papelería y su sello que funcionaba como una frontera bélica y una tortura para el paisano argentino. Los tehuelches y otras etnias argentinas como los querandíes (tal vez parientes de los charrúas, chanáes o guaraníes del litoral) habían sido absorbidos entre guerras y malones. 

El remedio argentino fue cruel: dos conquistas del desierto, una de Rosas y otra de Roca, completada en 1879, pero allí nació un gran país, abierto a la inmigración, la agricultura y el progreso. 

En ese país, los araucanos son ciudadanos argentinos. En toda la Patagonia se saluda con el “mari-marí” y se habla el mapudungún. El último argentino que habló “tehuelche” (lengua de esta tierra) fue don Rodolfo Casamiquela. Los paisanos tienen sus campos, sus vecinos, sus propias creencias, y no quieren saber nada de formar una Nación Mapuche independiente. Son argentinos y muy patriotas. En la expulsión de Callvucurá intervinieron los loncos argentinos Catriel y Coliqueo. 

Esa es la historia. Perdón si la simplifico: hay que “agarrar los libros”, como decía el Ñato Desiderio. 

En el futuro , si le choca la palabra “indio” piense que la tierra en que vivimos se conocía como “las Indias” y nosotros sus habitantes como “los indianos”... y a mucha honra.

 

Pd: a mi juicio, don Juan Calfucurá, su hijo don Manuel Namuncurá y otros grandes como Cipriano Catriel e Ignacio Coliqueo deben ser estudiados en la Enseñanza Argentina. Ellos, sus creencias y sus fechas sagradas pertenecen a nuestro país.

viernes, 27 de septiembre de 2024

Rolando Hangling - Mapuches - El malón

REVOLVIENDO LA BIBLIOTECA

262

En esta sección que llamamos "Revolviendo la biblioteca", incluimos distintos artículos de gran interés histórico, poco conocidos por el público en general, publicados hace ya muchísimos años. 

En el portal del diario La Nación, sección Opinión del 8 de enero de 2013, fue publicado el siguiente artículo, sobre los malones


Chile y la Argentina: ¿hacia una crisis mapuche?

Por Rolando Hanglin 


En Chile y la Argentina, los que manipulan el mito del genocidio mapuche están jugando con fuego

En la edición correspondiente al 30 de diciembre de 2012, el lector Javier Bulló escribió a LA NACION: "He visitado el Parque Nacional de Lihuel Calel, en la Provincia de la Pampa, y allí se explica que la economía de los pueblos originarios de la región se basaba en los malones"

Empecemos por el principio. ¿Qué era un malón, también conocido como invasión entre el año 1500 y el año 1885, en el territorio denominado genéricamente "las pampas", abarcando desde la cordillera de los Andes hasta el Río de la Plata, en la franja central de la República Argentina?

Un malón consistía en un ataque masivo de la caballería india. Los guerreros o conas podían ser un reducido batallón de diez hombres o una tropa gigantesca de cinco o diez mil lanceros. Estaban encabezados por sus ulmén o jefes de guerra y, en segundo plano, los lugartenientes, capitanejos o caciquillos. Entre estos hombres se entreveraban también muchos blancos, cristianos o huincas, que convivían con los indios a raíz de distintos conflictos con la sociedad "blanca". Algunos eran prófugos, otros delincuentes, otros perseguidos políticos como el famoso coronel puntano Manuel Baigorria, que fue cacique ranquel y tuvo familia entre la paisanada, del mismo modo que los tres hermanos Sáa, antepasados de los actuales políticos puntanos, Alberto y Adolfo Rodríguez Saá.

El malón estaba protagonizado, pues, por un grupo de guerreros a caballo, armados de lanza tacuara con su moharra de fierro, cada uno de los cuales llevaba una tropilla propia, de espléndidos caballos. En el momento del asalto, el guerrero saltaba al lomo de su pingo mejor, el caballo de combate. Y así entraba a los pueblos, lanza en mano. Los hombres eran asesinados mediante lanzazos y golpes de bola. Las mujeres jóvenes, sin mayor alternativa, eran secuestradas. Su destino era servir de esclavas de cama de algún cacique o guerrero prominente. Los niños eran robados para servir de esclavos o (hay que decir la verdad) para criarlos como hijos. Viejos y viejas eran rápidamente sacrificados. Mientras tanto, la chusma (grupo de aborígenes no combatientes, es decir jovencitas, muchachos o niños y otros) colaboraban arreando el ganado. Mientras se prendía fuego a las casas, grandes tropas de vacunos y yeguarizos (hasta 50 mil cabezas) eran conducidos por el camino de los chilenos, histórica rastrillada que atravesaba la pampa y conformaba un sendero de 100 metros de ancho, hundido a 50 cm. de profundidad, con la huella de innumerables pisadas y el "rastrillar" de miles de lanzas, ya que los indios llevaban su arma principal amarrada a la muñeca, y la arrastraban por los médanos y los guadales del camino hasta la isla de Choele-Choel y los parajes de invernada del Neuquén , donde aquella hacienda robada hacía su última escala antes de pasar a Chile, donde a veces era "exportada" (¡) por barcos británicos del Pacífico. En el camino quedaban (obvio) miles de paisanos argentinos asesinados, sus casas quemadas, y sus mujeres e hijas violadas o secuestradas para siempre.

El malón estaba protagonizado, pues, por un grupo de guerreros a caballo, armados de lanza tacuara con su moharra de fierro, cada uno de los cuales llevaba una tropilla propia, de espléndidos caballos.

Esto es lo que era un malón. Que se anunciaba con el grito terrorífico de los guerreros, aquel ulular golpeándose la boca con la palma de la mano, y el "ya-ya-yaaaaaa" que aún hoy saben pronunciar los niños araucanos de la Patagonia, jugando a la guerra.

Así fueron los malones de Salto, Rojas, Bahía Blanca, Dolores, Río Cuarto. Así está relatado en la historia, a lo largo de 300 años de guerra étnica.

¿Puede describirse al malón como una actividad económica? No. Básicamente, se trataba de una acción armada contra la población civil indefensa, que incluía homicidio, robo de hacienda, incendio de propiedades, secuestro de personas y otros crímenes. Las acciones de este tipo han merecido, a lo largo de la historia y en todas las naciones, los castigos más severos.

También vale decir que, para poner fin a los malones, el Ejército Argentino se tomó no menos de 60 años (desde 1820 a 1880) recurriendo por fin a la táctica del "malón contra malón", es decir atacando a los caciques en sus propias tolderías, incendiando viviendas y diezmando familias. Hay una amplia crítica histórica, política y moral sobre estos hechos. Que, por otra parte, no fueron un capricho privado del General Julio Roca sino una Campaña de ocupación definitiva del territorio, ordenada por el presidente Avellaneda a partir de una ley del Congreso. No se enfrentaron, en esta contienda, dos bandos, sino muchos, pues hubo alianzas, rupturas y guerrillas variadas. Actuaron los indios amigos como Coliqueo, Pincén y Catriel, los indios chilenos instalados en Salinas Grandes como Calfucurá y luego sus hijos Reuquecurá y Namuncurá (a la cabeza de la Confederación Indígena, un embrión de Estado) y otras parcialidades. Los llamados "indios gauchos" (sin jefatura) y numerosas partidas de cristianos entre prófugos, delincuentes, marginales, rebeldes, refugiados políticos como el ya mencionado Baigorria ("Condor Petiso" entre los ranqueles) que fue un verdadero cacique blanco en las tolderías.

Cabe decir también que los aborígenes americanos defendían la tierra en que habían nacido, y donde fueron rudamente atacados por los españoles -primero- y los argentinos y chilenos después de 1810. En general, no reconocían el concepto de propiedad privada, Estado o territorio nacional. En cambio, los araucanos de Chile sí se consideraban titulares de una región definida, la Araucanía, y la defendieron con singular temple militar, hasta el punto de que el Imperio Español terminó reconociéndoles una frontera, la del río Bío-Bío.

Cuando se produce la independencia de la Argentina y Chile, numerosas indiadas pasan la cordillera y se instalan en la Argentina, no sin pedir autorización a los gobiernos (al parecer Calfucurá la solicitó de Rosas) entre otros motivos porque habían combatido por el bando español y temían la revancha de los patriotas. En nuestro país, los araucanos penetran desde el Siglo XVIII y muy acentuadamente a partir de 1830, cuando Calfucurá ataca a la tribu de los vorogas argentinos, cuyos jefes son degollados y su población anexada.

Puede decirse que todas las agrupaciones, conocidas en aquel tiempo como indiadas, constituían un mestizaje de razas y lenguas: se adquirían mujeres por compra, pacto, rapto o secuestro, tanto indias como cristianas, y los guerreros de una comunidad pasaban a otra si no se hallaban a gusto. Las distintas etnias conocidas como tehuelches, serranos, puelches, querandíes, fueron sometidas por jefaturas araucanas y prevaleció en las pampas la lengua chilena. Este proceso se conoce como Araucanización de la Pampa. La Argentina enfrentó una guerra larga y sangrienta contra el malón, hasta que en 1879 se produce la Campaña al Desierto de Roca. Los indios argentinos no fueron exterminados ni mucho menos, sino integrados como ciudadanos de nuestro país. Los irreductibles, encarcelados en Martín García o dispersados hacia el Sur y la Cordillera, donde no había hacienda que robar ni pueblos que incendiar.

En aquella guerra, imperó por ambos bandos la ley del degüello: no se tomaban prisioneros sino que se ejecutaba sumariamente a todos los vencidos. Al final, sin embargo, grandes jefes históricos como Pincén, Epumer, Namuncurá e Inacayal fueron encarcelados en Martín García. Es decir que se respetaron sus vidas. Pasada la conflagración, se los liberó.

La República Argentina atravesó un gravísimo problema de supervivencia en la Guerra al Malón (título del libro del comandante Manuel Prado, que relata lo sucedido con todos sus matices) y lo superó recién en la década de 1880, cuando se estabiliza la Organización Nacional.

Todo esto viene a cuento de lo sucedido la semana pasada en Chile. Una horda supuestamente mapuche, integrada por 20 hombres encapuchados, atacó la hacienda del Sr. Werner Luchsinger y su esposa, la señora Vivian MacKay. Los dos gringos fueron asesinados. Luego se incendió la cabaña, donde más tarde encontrarían los dos cadáveres.

Dada la composición demográfica de la Patagonia argentina (numerosos inmigrantes de Escocia, Gales, Irlanda y Alemania) tememos que se pueda incubar un fenómeno paralelo a ambos lados de los Andes. Hay personajes que le dicen a los criollos: "Negro, esta tierra es tuya! Sacá a los gringos, poneles un piquete para que paguen peaje antes de pasar la tranquera, ocupale las casas...! ¡Que se vuelvan a Europa!". Los que reciben este mensaje, en la Argentina, normalmente son nietos de chilenos, pero fermenta en su alma la idea de que "el extranjero" los ha despojado de algo propio. Y todo este asunto genera odio, envidia, sentimientos de revancha, violencia.

En Chile y la Argentina, los que manipulan el mito del genocidio mapuche están jugando con fuego. Los mapuches no son otros que los araucanos de la historia, aquellos que con Lautaro y Caupolicán le impusieron una frontera a la España Imperial. Gente aguerrida, con una mística especial: 900.000 viven en Chile y 150.000 en nuestro país.

Atención: vivimos en repúblicas criollas, regidas por constituciones democráticas que consagran la propiedad privada. Si alguien tiene algo que reclamar, debe presentarse al juez competente con la documentación histórica, jurídica, periodística, etnográfica, que lo acredite respecto de alguna zona o predio.

En Chile se habla de la intervención del grupo argentino Quebracho, que no nos consta. En la fecha del doble homicidio (Luchsinger) se conmemoraba el quinto aniversario de la muerte del estudiante mapuche Matías Catrileo, que aparentemente fue abatido por carabineros en una finca privada, también perteneciente a la familia Luchsinger.

"A mi prima Vivian MacKay la quemaron viva. Si llegan a mi casa, los voy a disparar a todo dar. Los voy a balear a todos. No les tengo ningún miedo", amenaza Alan Cooper, vecino y pariente de las víctimas. El ministro de Interior, don Andres Chadwick, dice: "Enfrentamos a un enemigo fuerte, poderoso y organizado". Ya existe una Asociación de Víctimas de la Violencia Rural en Araucanía. La Confederación de Dueños de Camiones de Chile se declara en estado de alerta porque sus cargueros deben atravesar la "zona roja" del conflicto. Palabras del presidente Piñera: "Esta lucha no es contra un pueblo en especial y menos contra el pueblo mapuche. Es una lucha contra una minoría de delincuentes, terroristas y violentistas".

Chilenos y argentinos deben analizar este asunto con extremo cuidado. Hay una historia que enseña cómo pueden descarrilarse las cosas. Lo que menos necesitamos es otra guerra étnica.

miércoles, 11 de septiembre de 2024

Rolando Hanglin - Día de la raza

REVOLVIENDO LA BIBLIOTECA

260

En esta sección que llamamos "Revolviendo la biblioteca", incluimos distintos artículos de gran interés histórico, poco conocidos por el público en general, publicados hace ya muchísimos años. 

En el diario La Nación, sección Pensamientos incorrectos, fue publicado el 9 de octubre de 2012 el siguiente artículo.


Día de la Raza

Por Rolando Hanglin 


Los argentinos tenemos un defecto que es, a la vez, nuestra virtud cardinal. Somos, en gran parte, nietos de gringos. Por lo tanto, lo ignoramos casi todo respecto de la historia de nuestro país. Formamos parte de la marea humana que bajó de los barcos entre 1880 y 1920, cuando aún no estaban bien tapados por la tierra piadosa los cadáveres de miles de víctimas. Indios y cristianos, rehenes y cautivas, caciques y milicos, todos ellos caídos en la gran guerra indio-cristiana, entre 1820 y 1890.

Siendo, pues, medio gringos, poco podíamos saber de los malones, los fortines, de Roca y Villegas, de Pincén y Calfucurá. ¡Para nosotros, los indios eran unos tipos con plumita que aparecían en las películas de cowboys! Siempre perdiendo la batalla.

Somos, en gran parte, nietos de gringos. Por lo tanto, lo ignoramos casi todo respecto de la historia de nuestro país

Por eso nos sorprende que, hoy día, los supuestos descendientes de aquellos indios, hoy llamados "mapuches", reclamen propiedades de lugares como Bariloche, Aluminé, La Angostura e incluso Toay, La Pampa.

Vamos por partes.

En realidad, el término "mapuche" fue inventado por el etnólogo norteamericano Edmond E. Smith en 1850, y luego difundido en distintos países de América. El significado es claro: mapu:tierra; che:gente. Del mismo modo, yo mismo, aficionado a la lengua de la Patagonia (mapu-dungún) he bautizado a mi quinta de fin de semana "Epu-Trehua" (los dos perros) y a un chalecito que tengo en Chapadmalal, "Antu-Catán" (casa del sol) sin por ello reivindicar ninguna raíz histórica.

Leyendo las obras de Lucio V. Mansilla, Estanislao Zeballos, Manuel Prado y otros autores del tiempo de los fortines, no encontramos nunca la palabra "mapuche". Jamás se habló de semejante tribu o nación. La literatura de 1820-1880 habla, sí, de los pampas, los serranos, los araucanos o chilenos, los vorogas, los tehuelches, los tubichaminís. Pero la palabra mapuche no aparece jamás. La historia y la antropología coinciden en que el territorio argentino, de San Luis hacia el sur, estaba ocupado por los tehuelches septentrionales (pampas, aoniken) los tehuelches meridionales (pampas, guenaken) y los tehuelches que habían pasado a la isla, conocidos como onas. Estos paisanos integraban una comunidad de cazadores-recolectores. No cultivaban la tierra ni mantenían el concepto de propiedad privada o límites nacionales. Apenas el de "espacio vital", que mudaban de asentamiento en aquellas inmensas extensiones, buscando siempre caza abundante de guanacos, venados, piches, avestruces. Ocupaban, pues, sin ocuparlo, un país inmenso. Se cree que estos tehuelches (o sus antepasados) estamparon las paredes rocosas de la Cueva de las Manos hace 8000 años. Afirma Casamiquela que, cuando se fundó Carmen de Patagones, los tehuelches se arrimaron a traficar plumas de ñandú y cueros de guanaco. Lo mismo hacían en Punta Arenas, en 1850, y en 1865 con la colonia galesa, en el valle del Chubut. Era una actividad de significación económica muy superior a lo que hoy puede parecer. Todos los testimonios concuerdan en que la gente tehuelche era pacífica y dispersa.

Por eso es raro que hoy, en 2012, surjan comunas o movimientos o sindicatos de identidad "mapuche" que reclaman campos o tierras en Chubut, Río Negro, Neuquén y Santa Cruz. ¿De dónde vienen? ¿Son pueblos originarios de nuestro país, a los que la República les debe algo porque les ha jugado sucio, ocupando sus espacios y estrangulando sus medios de vida?

El mapuche es chileno y entra al ámbito de las pampas argentinas en 1820, expulsado por las guerras intestinas de Chile

Vamos a dejar la respuesta a don Rodolfo Casamiquela, etnólogo y antropólogo fallecido en el año 2008, pero no sin escribir 24 libros y 200 monografías sobre el tema. Casamiquela, nacido en Jacobacci, se consideraba el último hombre capaz de pronunciar correctamente el idioma tehuelche del norte (o sea, "pampa") y su veredicto fue contundente: "Los mapuches son chilenos".

Otros conceptos: "Hoy sólo se habla del mapuche. Los tehuelches se auto-suprimieron u olvidaron su propia historia, a pesar de que hoy existen muchos descendientes, como los Chagallo, Yanquetruz, Sayhueque, Foyel, Catriel, Chiquichano, Chelqueta, Chingolé, Chalao, Chacamata, Cual. Estas familias son los tehuelches que quedan, es decir los llamados pampas. Fueron un linaje de enorme poder potencial, que se fue araucanizando o mapuchizando a partir de la lengua. El mapuche es chileno y entra al ámbito de las pampas argentinas en 1820, expulsado por las guerras intestinas de Chile. Muchos jefes indios chilenos tomaron partido por el Rey de España y, en el contexto de una guerra a muerte, cruzaron la cordillera para salvar la vida. Aquí fueron recibidos por algunos parientes y, poco a poco, autorizados por el brigadier Juan Manuel de Rosas a instalarse en las provincias del Río de la Plata.

Uno se pregunta si los tehuelches, pueblo originario de Pampa y Patagonia, fueron exterminados por los araucanos chilenos, o por las fuerzas militares argentinas, o por alguien.

Casamiquela: "El tema es la lengua. Para negociar con el español, se celebraban los llamados parlamentos, o sea, asambleas de oratoria y diplomacia donde cada jefe (ulmén) con sus capitanejos o caciquillos, y los representantes del blanco o huinca (derivado de los incas, que también intentaron someter a los araucanos con poca suerte) rivalizaban en alocuciones y figuras retóricas para "ajustar las paces". En este terreno diplomático, el idioma mapuche era muy superior al tehuelche. Preciso, claro, bello, simple, rudo, el mapudungun es una lengua muy valiosa. Con ella penetra la religión, predominando entonces lo mapuche sobre lo tehuelche".

Llegamos a la conclusión de que los mapuches chilenos no exterminaron a los tehuelches argentinos, sino que se agruparon en distintas federaciones, en las cuales predominó siempre la jefatura militar mapuche. Según atestiguan con todo detalle viajeros históricos como el inglés Musters, los tehuelches eran tenidos por "gitanos, vagabundos, bohemios, indisciplinados".

Dice el Profesor Casamiquela: "El mapuche no tiene profundidad histórica en Argentina. Lleva 100 años aquí". En este sentido, es como los italianos, los irlandeses o los croatas. Sigue diciendo Casamiquela: "Cuando vino a nuestro país el Profesor Erice, autor del máximo diccionario mapuche, no encontró ningún hablante de esa lengua en Viedma. Aquí en Jacobacci quedaban los Linares, descendientes de un cautivo de ese apellido que se casó con la hija de un cacique, radicado en la laguna del Juncal, pero eran tehuelches. También son tehuelches los criollos de apellido Entraiga o Castelo. En resumen: los derechos que reclaman hoy los mapuches sobre la tierra... no existen. Esto es historia, no teoría. Actualmente las cosas se mueven políticamente. Entonces, los mapuches chilenos dicen que son argentinos y empiezan a reivindicar toda una vida en nuestro país. Al historiador, eso no le interesa. Lo que pueda decir un político, un abogado... eso es otra cosa".

Los altos y melancólicos tehuelches han sido colonizados y, sin duda, estafados por los blancos argentinos y los araucanos chilenos

Históricamente, el nombre de Patagonia evoca a un territorio habitado por hombres de pies enormes, y muy altos.

Dice Casamiquela: "Lo que pasa es que los españoles eran bajitos, y además miraban desde abajo a los tehuelches, que estaban subidos a la loma de un médano. De cualquier modo, en 1896, un francés llamado Delavaux, que recorría el trazado de la ruta 40, en el sur de Chubut, excavó una tumba tehuelche y midió el esqueleto del hombre allí enterrado. Le dio 1,99m. Otra excavación, en Península Valdez, permitió verificar los dos metros. Son la etnia más alta del mundo".

Grandotes pero muy dados al vicio, demasiado libres en sus costumbres, mansos y bondadosos, los tehuelches hicieron buenas migas con los galeses de Chubut y, en general, no molestaron a nadie. Se dejaron colonizar por los araucanos chilenos, primero, y por la República Argentina, después.

Foto del cacique Pincén






 Cacique Pincén










Uno de los últimos héroes del linaje tehuelche o pampa fue, sin duda, el cacique Pincén. Se lo recuerda como Vicente, Juan o Francisco Pincén. Según la paisanada, el apellido se pronuncia correctamente Pisen, o Piseñ o Pincel, pero siempre con acento en la "i".

Existen cuatro fotos de Pincén. Lo vemos con su chiripá, sus botas de potro, su lanza corta, sus bolas enroscadas al cuello, el torso desnudo, la melena larga sujetada por una vincha, y lo apreciamos idéntico a.¡Alberto Olmedo!. También podría parecerse a don Alberto Rodríguez Saá, aunque este último, más corpulento , conserva la altura y el carisma de sus antepasados ranquelinos. 

Algunos rechazan el Día de la Raza porque parece clasificarnos a nosotros, los seres humanos, tan espirituales, como perros de raza "golden retriever" o vacas, de raza Heresford. La verdad es que todos los hombres pertenecemos a la misma raza, pero con grandes variaciones étnicas: no es lo mismo un sueco que un senegalés.

Los altos y melancólicos tehuelches han sido colonizados y, sin duda, estafados por los blancos argentinos y los araucanos chilenos, que entraron a nuestras pampas -básicamente- a robar ganado y capturar mujeres rubias. En el camino, resultaba inevitable lancear o degollar a unos cuantos argentinos. ¿Qué se le iba a hacer? ¡Eran huincas!

Pero esa es otra historia. Por el momento cerramos este modesto apunte con el saludo que se utiliza aún hoy en la Patagonia, al cruzarse los caminos de los viajeros: "Mari-marí". Esto significa textualmente "diez-diez". Que te vaya bien, que te vaya "de diez". Y a veces, para que esa salutación al paso resulte más cálida, se la enuncia más completa. "Mari-marí peñí". O sea: Adiós, hermano.

NOTA: Las fuentes de este artículo son el sitio de internet "Los Matuastos- Periodismo" (domingo 9 de septiembre de 2012) y "Pincén, vida y leyenda" de Juan José Estévez, publicado en 2011.

jueves, 16 de marzo de 2023

La cuestión de los pueblos originarios y la Constitución nacional

   Publicado en el diario Clarín el 16 de marzo de 2023   

Tribuna
La cuestión de los pueblos originarios y la Constitución nacional

Miguel Angel Pichetto - Auditor General de la Nación


El Artículo 75 de la Constitución nacional en su inc. 17 establece como facultad del Congreso “Reconocer la preexistencia étnica y cultural de los pueblos indígenas argentinos. Garantizar el respeto a su identidad y el derecho a una educación bilingüe e intercultural; reconocer la personería jurídica de sus comunidades, y la posesión y propiedad comunitarias de las tierras que tradicionalmente ocupan; y regular la entrega de otras aptas y suficientes para el desarrollo humano; ninguna de ellas será enajenable, transmisible, ni susceptible de gravámenes o embargos. Asegurar su participación en la gestión referida a sus recursos naturales y a los demás intereses que los afectan. Las provincias pueden ejercer concurrentemente estas atribuciones”.


Durante el proceso preconstituyente, la cuestión indígena aparece recién en el segundo documento del Pacto de Olivos (Acuerdos para la Reforma Constitucional del 13 de diciembre de 1993), en los siguientes términos: “Adecuación de los textos Constitucionales a fin de garantizar la identidad étnica y cultural de los pueblos indígenas. Por reforma del artículo 67 inciso 15 de la Constitución Nacional”.


En lo que respecta al “proceso constituyente”, nos interesan los consensos a los que arribaron los constituyentes, que son cuatro. Primero: la afirmación de la “preexistencia” de los pueblos indígenas, preexistencia como requisito. Segundo: La norma no se refiere a personas individuales de etnia indígena; se refiere a “los pueblos originarios”, como entidades colectivas. Tercero: la norma no se refiere a “pueblos indígenas” inespecíficos, sino específicamente a los de la Argentina. Y en cuarto lugar, se destaca que la referencia a “Las tierras que tradicionalmente ocupan” ... remite a conceptos de posesión y de propiedad distintos de los del Código Civil; esto es, la posesión protegida es sólo la que tiene como ‘causa’ la ocupación tradicional; y la propiedad a que se refiere es comunitaria, imprescriptible e inembargable.


Además, es de destacar que el sujeto “pueblo indígena”, alude a un “pueblo indígena argentino”, no a personas individuales de etnia indígena; tampoco a las asociaciones voluntarias de tales individuos y menos a los auto percibidos indígenas. El sujeto del artículo 75, inc. 17 de la CN, es el “sujeto colectivo pueblo indígena”, aludiendo con la palabra “indígena, según el Diccionario de la Real Academia Española, al «originario del país de que se trata”.


Esto es, debe ser un «pueblo indígena argentino”. Sólo están comprendidos dentro de la norma de la CN los pueblos indígenas originarios del territorio de la República Argentina y que. actualmente se encuentren ocupando tierras pacíficamente. La norma jurídica reconoce derechos a aquellos pueblos que se han originado como colectivo diferenciado, dentro del espacio definido por el ámbito territorial de validez de la Constitución Nacional: esto es, el territorio de la República Argentina.


La posesión a la que se refiere la norma es diferente de la institución regulada por el Código Civil y Comercial de la Nación; el reconocimiento referido en el artículo en análisis contiene dos requisitos: primero, que se trate de tierras que actualmente ocupan, no que hayan ocupado en el pasado; y segundo, que la ‘causa’ de tal posesión sea su ocupación tradicional, es decir desde el pasado por continuidad histórica, lo que excluye las poseídas por ocupaciones de facto.


Están produciéndose hechos muy graves en la República Argentina, hechos de violencia, como incendios, violaciones a la propiedad privada y ataques a particulares, sobre todo en la Patagonia argentina. Se les está reconociendo derechos territoriales a personas individuales, “auto percibidas” originarias, en contra de lo que expresamente prevé la norma y nuestra Ley Fundamental. Ello configura lisa y llanamente “Traición a la Patria”, porque ese actuar pone en peligro la integridad del territorio y atenta contra la Seguridad Nacional, vulnerando nuestra soberanía.


Todos estos actos emanados del Instituto Nacional de Asuntos Indígenas (INAI), por medio de Resoluciones administrativas, son nulos de nulidad absoluta porque están dictados exorbitando la norma de creación, la Constitución nacional y por ende excediendo las facultades que se le otorgara al funcionario firmante. Así se decidirá oportunamente.

lunes, 13 de marzo de 2023

Mapuches y el peligro de la desintegración territorial argentina

 Publicado en el diario La Nación el 13 de marzo de 2023   


Diario La Nación


En la edición de la fecha se publicó un artículo muy interesante en la sección "Opinión", sobre la "autopercepción" de seudos mapuches y sus implicancias con respecto al territorio nacional.



CAMBIO. Es la opinión pública la que permite, con su pasividad o su aprobación, que unos matones extorsionen a sus vecinos o que un violador escocés se declare mujer para burlar a los jueces; lo permite hasta que deja de hacerlo.


Isla Bryson, los mapuches y el despertar de las mayorías

Por Gonzalo Garcés


En el último par de meses, mientras en Mendoza la gente se manifestaba contra la cesión de tierras a mapuches autopercibidos, en Escocia anunció su renuncia la primera ministra Nicola Sturgeon. Estos hechos, en lugares y sociedades tan distantes, tienen más en común de lo que parece. En la Argentina la mayoría parece, de golpe, haber tomado conciencia del absurdo: el Estado nacional regala bienes raíces sin otro requisito que declarar que uno se siente mapuche, mientras ignora o condena a quienes compraron esas tierras en buena ley. En cuanto a la mandataria escocesa, su renuncia también se origina en una cuestión de autopercepciones.

En 2020, un escocés llamado Adam Graham fue juzgado por violar a dos mujeres; cuando la sentencia ya era indudable, se declaró mujer bajo el nombre de Isla Bryson y fue trasladada, de acuerdo con la reciente ley trans, a la cárcel de mujeres de Cornton Vale. Ese privilegio –cumplir una condena en un entorno menos duro que una cárcel de hombres, poniendo de paso en peligro a las otras reclusas– causó indignación; la mayoría de los escoceses protestaron contra la legislación que había impulsado la primera ministra Sturgeon y que obligaba a reconocer el género “autopercibido” como una realidad jurídica. El único requisito: declarar que uno se siente mujer.

¿Por qué la gente reacciona a estos casos? Tal vez son tan grotescos que lograron, por una vez, vencer la parálisis que suele acometer a las mayorías cuando la ideología woke ruge sus verdades. Vale la pena repasar el caso mapuche, el más tragicómico de ambos: dos familias del sur, los Jones Huala y los Colhuan Nahuel, deciden un día hacerse mapuches. Los Colhuan Nahuel eran mormones; le comentaron a un vecino, Nelson Cárdenas, que iban a hacerse mapuches para tomar tierras y así dejarles algo a sus hijos. Parafraseando a Simone de Beauvoir: mapuche no se nace, se hace. El propio Cárdenas cuenta que viajaron a Chile, a modo de pasantía, para aprender la lengua y la vestimenta. Después se dieron el nombre de Lafken Winkul Mapu, ocuparon una plaza y un hotel abandonado, quemaron una cabaña, rociaron a un hombre con nafta y casi lo queman también, amedrentan a  vecinos con disparos y destrozos.

Así lo narra Gonzalo Sánchez, que entrevistó a los protagonistas de esta historia picaresca que, para algunos, ya terminó mal: Santiago Maldonado se ahogó mientras escapaba de los gendarmes, Rafael Nahuel murió o lo asesinaron (el caso está siendo juzgado) en un enfrentamiento con Prefectura, después de lo cual el Gobierno prefirió abandonar Villa Mascardi a la ocupación de los exmormones hasta octubre de 2022. Pero algo está claro: si los Jones Huala y los Colhuan Nahuel, descontado el cotillón ancestral, son buscavidas que merecerían lástima si no causaran tanto daño, lo que agrandó su figura hasta las proporciones de una crisis nacional no sucedió en la Patagonia, sino en Buenos Aires.

Fue ahí donde ideólogos como Magdalena Odarda, exdirectora del INAI, o Sabrina Frederic, exministra de Seguridad, creyeron ver en esas patotas módicas la encarnación de su propio deseo: un alzamiento nacionalista y anticapitalista, que permite olvidar, entre otras cosas, la base china instalada en Neuquén durante el gobierno de Cristina Kirchner; alzamiento que además, por venir de presuntos oprimidos, paraliza las defensas de la opinión pública. Es esa opinión pública la que permite, con su pasividad o su aprobación, que unos matones extorsionen a sus vecinos o que un violador escocés se declare mujer para burlar a los jueces. Hasta que deja de hacerlo.

En el fondo, que los mapuches sean fraudulentos es secundario: aunque documentaran su ascendencia hasta el Toqui Lautaro, no tendrían más derechos que sus vecinos descendientes de italianos o croatas. En realidad, ningún pueblo es originario de ninguna parte; la idea misma de “pueblo originario” es racista y obtusa. La raza humana se originó en África oriental y desde entonces no hace otra cosa que migrar. También los hombres y mujeres que los españoles encontraron en América eran inmigrantes: descendían de tribus asiáticas que cruzaron el estrecho de Bering hace unos 16.000 años.

¿El que migró primero tendría más derechos? ¿También, entonces, merece más el descendiente de españoles llegados en 1700 que el coreano que todavía habla con acento? Por suerte la Constitución de este país es más generosa: ofrece un lugar para todos los hombres y mujeres que quieran habitar suelo argentino. Lo que significa esa idea, la más hermosa de todos nuestros textos fundamentales, es que la nacionalidad argentina no la define ninguna raza, religión, antigüedad o siquiera idioma, sino solo la voluntad de vivir juntos en este lugar, bajo estas leyes. Eso que se llama –mal que le pese a tanto reaccionario de cuero negro y tanto fascista vociferante que usurpa el nombre– liberalismo.

Por otro lado, si la idea es volver al statu quo anterior a 1885, ¿con qué derecho nos limitamos a la Patagonia? ¿No correspondería volver a anexar Uruguay, devolver el Chaco paraguayo? ¿Qué justifica la primacía del derecho mapuche sobre Vaca Muerta en desmedro del derecho querandí sobre Talcahuano y Viamonte? Como dice el ensayista David Rieff, el pasado es una materia demasiado dócil, que puede justificar cualquier cosa y su contrario, y por eso es repugnante usarlo para legitimar la política del presente. ¿Qué es lo justo? Lo justo es la igualdad ante la ley que sostenemos los vivos, no los mitos racistas apropiados por el pícaro de turno y sus cómplices con poder.

Pero (y con esto retomo la verdadera discusión) esta ideología enquistada en los Estados, el sistema educativo y el mundo empresario hace algo más grave. No solo crea privilegios espurios, sino que los funda en el peor lugar posible: la subjetividad pura. Esto anula la posibilidad de cualquier pacto social basado en parámetros racionales; lo que queda es la primacía del más poderoso, el que tenga el mejor lobby, el que incendie más casas. Sea esta la meta consciente de la movida woke o un daño colateral, lo cierto es que algo pareció romperse, como ocurrió cuando los presuntos mapuches extendieron sus reclamos a Mendoza, con el caso Isla Bryson.

Cuando una persona es encarcelada, pierde derechos civiles como la libertad o el voto, pero tradicionalmente conserva el de practicar su religión; la misma excepción se hizo, en el caso de Adam Graham, con el género autopercibido, lo que ayuda a revelar a la agenda woke como lo que es: una vocación teocrática, fundada en exaltaciones y visiones, en potestades elevadas a alturas sublimes sobre la razón y el derecho, y en la extorsión moral perpetrada por minorías iluminadas.

¿Cómo es que en nombre de las personas trans, que constituyen el 0,3% de la población, se llega a encubrir a un violador y se desprecian los derechos de las mujeres? Al menos Isla Bryson, después del escándalo, fue trasladado a una cárcel de hombres. ¿Y cómo es que una treintena de rateros se arroga la representación de los miles de argentinos descendientes de mapuches que viven en paz? Tal vez no sea descabellado ver en la caída de Magdalena Odarda o Nicola Sturgeon, socios de aquellos iluminados en el poder político, un indicio del despertar de las mayorías.

martes, 12 de julio de 2022

Carlos Manfroni - Pueblos originarios

Publicado en el diario La Nación el 23 de junio de 2022  


Incorporamos al Blog el artículo que se transcribe a continuación, sobre el tema mapuche y de los pueblos originarios.


¿"Originarios" de dónde?

por Carlos Manfroni, escritor y periodista



Mapuches
Carlos Manfroni

No se puede invocar la condición de nativo cuando pasaron generaciones de indisoluble y beneficiosa mezcla; no se puede utilizar la Justicia de un Estado cuya soberanía se desconoce, aunque se especule con la traición de los magistrados.


Existe una arraigada tendencia a pensar que lo que hoy es el territorio americano representaba una especie de paraíso terrenal antes de la llegada de los españoles, quienes, de acuerdo con esa convicción, vinieron a traer todos los males al continente y a avasallar a los pacíficos pueblos originarios que, hasta entonces, vivirían en una relación de armonía con la naturaleza. Es una lástima que los programas de estudio no suelan enfocarse demasiado sobre la historia de las culturas precolombinas. En realidad, no suelen enfocarse demasiado sobre la Historia.

Los llamados “pueblos originarios” poseían el mismo espíritu de conquista respecto de otras comunidades americanas que el que impulsó a numerosas naciones de los cinco continentes a avanzar sobre otras a lo largo de los siglos. Por tanto, esto de “originarios” es bastante relativo. ¿A cuántos pueblos sometieron los incas? En el lenguaje coloquial, es común hablar del imperio incaico, pero en este caso no se atribuye al término “imperio” el sentido negativo con el que suele utilizarse cuando se refiere a la cultura europea.

En los alrededores de lo que actualmente es la capital de Perú estaba asentada la cultura de los limas desde el comienzo de la era cristiana. Todavía se ven allí las pirámides de adobe que ellos construyeron. Aparentemente, ese pueblo, que podría haber sido el originario –quién sabe– y, en todo caso, muy anterior a los incas, se disolvió por agotamiento de su capacidad vital. Sin embargo, gracias a la violencia y a las cabezas cortadas y clavadas en picas, para cuando llegó el español Francisco Pizarro, en el siglo XVI, el imperio incaico se había extendido desde el sur de Colombia hasta el norte de Chile. Para no pocas etnias, la llegada de los españoles habrá representado un alivio, más que una situación traumática. De otro modo, no se explicaría cómo Hernán Cortés pudo triunfar sobre Tenochtitlan, hoy ciudad de México, con un ejército compuesto en un 99% por pueblos aborígenes de la región; es decir, menos del 1% de españoles.

La idea de que los indígenas aliados con Cortés traicionaron a sus hermanos aztecas es una elaboración del progresismo europeo. No había tal hermandad ni existía, siquiera, un concepto de “lo indígena”, como sostienen no pocos historiadores, sino alrededor de 50 pueblos que, hartos de soportar el avasallamiento de los mexicas, se rebelaron. Cortés solo tuvo la habilidad de organizar la alianza para esa rebelión.

Algo parecido, aunque de menor intensidad y con mayor extensión en el tiempo, ocurrió en lo que hoy es el territorio de Bolivia, con las permanentes confrontaciones étnicas. Allí, los caciques sakaka sostuvieron un pacto implícito con la corona ante el riesgo de su derrumbe frente a sus seculares enemigos, los kirkyawi. Existen trabajos historiográficos que recogen con detalles las demandas judiciales de las que ellos se valieron, como por ejemplo un amparo que, en 1646, José Villca, gobernador y cacique del pueblo de San José de Sakaka, presentó a la Real Audiencia de Charcas para las tierras “de los naturales de Aransaya y Urinsaya del ayllo Jilavi y Chaiquina”.

La historia “políticamente correcta” resta importancia a la crueldad que ciertas civilizaciones ejercían sobre otras, antes de la llegada europea; una indiferencia que, por un lado, está dirigida a mostrar que los únicos malos eran los españoles, pero que en realidad tiene un sentido racista, como lo tiene el hecho de reunir a todos esos pueblos bajo el concepto de indios o aborígenes. La subestimación de aquellas guerras precolombinas responde a la idea de que, en definitiva, todo eso era “cosa de indios”, “algo que a nosotros no debe interesarnos”. Con el mismo espíritu racista, el mundo ignoró el genocidio de Ruanda (¡en 1994!) y observó con indiferencia cómo los hutus exterminaban al 70% de los tutsis y violaban a casi 500.000 mujeres. Pero, claro, era una matanza “entre negros”, y a la cultura de la posmodernidad únicamente le interesan las violaciones a los derechos humanos que se le puedan atribuir a la civilización judeocristiana.

Está claro que las civilizaciones precolombinas, a la distancia, inspiran cierto romanticismo. Hasta Rubén Darío compuso una poesía a Caupolicán, el famoso cacique araucano –hoy mapuche– que fue ejecutado por empalamiento, una muerte cruel y horrible, por parte de los conquistadores. Lo que el poeta nicaragüense omite en sus versos, porque la cultura de su época lo daba por sabido, es que el gran tronco de árbol que Caupolicán cargó sobre sus hombros durante dos días y dos noches representó una exigencia de sus propios jefes mapuches para reconocerle el liderazgo. Y lo que la leyenda antieuropea calla, y no precisamente porque lo dé por conocido, es que Pedro de Valdivia, el gobernador de Chile y fundador de sus principales ciudades, tras ser derrotado en una emboscada por los mapuches, murió despellejado y devorado vivo por ellos.

Los incas, a pesar de su bravura, se asombraron de la crueldad y la falta de reglas de los mapuches, de quienes sostenían que no respetaban autoridad, ni siquiera la paterna, y por eso ellos no pudieron llegar más allá del norte de Chile, donde los araucanos les pusieron freno.

Sobre la llanura pampeana se extendían, precisamente, los pampas, los que según algunos especialistas formaban un solo pueblo con los puelches. Al sur del río Chubut estaban los tehuelches y, en Tierra del Fuego, los onas, muy cerca de los yaganes, en la zona de las islas próximas a los canales, como el de Beagle. En lo que hoy es Mendoza, habitaban los indios huarpes. El hecho de que los mapuches hayan realizado innumerables incursiones hacia este lado de la cordillera, atacado y a veces dominado a otras poblaciones aborígenes, no los convierte en pueblos originarios. En todo caso, son tan originarios como los criollos que después lucharon contra ellos y les ganaron. Punto. Como escribió Friedrich Nietzsche, la historia no se puede hacer volver hacia atrás como si fuera un tornillo. ¿O alguien imagina que un grupo se autoperciba parto y reclame tierras a los iraníes; o que se considere sabino y dispute las colinas a los romanos? Por eso no tiene sentido hablar de “pseudomapuches”. Falsos o verdaderos, no son originarios; pero, sobre todo, no tiene sentido en estas tierras, donde los españoles se mestizaron con los nativos formando así una sola nación. No se puede invocar la condición de nativo cuando pasaron generaciones de indisoluble y beneficiosa mezcla. Pero, sobre todo, no se puede utilizar la Justicia de un Estado cuya soberanía se desconoce, aunque se especule con la traición de los magistrados. O se reconoce la autoridad del Estado argentino o se la impugna desde la condición de enemigo.

Está claro que en todos lados, pero especialmente en la Argentina, existe una vocación indeclinable por favorecer al enemigo mientras no se meta en nuestro metro cuadrado. Es la causa principal de nuestra decadencia, es el negocio de los traidores a la nación y es la tendencia escatológica a ensuciar la mesa donde se come, por expresarlo en términos adecuados a estas páginas.

 

miércoles, 27 de octubre de 2021

La cuestión mapuche - Rolando Hanglin

 REVOLVIENDO LA BIBLIOTECA

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En esta sección que llamamos "Revolviendo la biblioteca", incluimos distintos artículos de gran interés histórico, poco conocidos por el público en general, publicados hace ya muchísimos años. 

En el diario La Nación, fue publicado el 22 de setiembre de 2009 el siguiente artículo.


LA CUESTIÓN MAPUCHE por Rolando Hanglin

Leemos que la comunidad mapuche Cayún ha ocupado tierras en la zona de San Martín de los Andes. Se trata de predios pertenecientes a Parques Nacionales. El conflicto social, cultural y patrimonial con los mapuches se ha ido desarrollando de tal modo que muy pronto va a ser un problema nacional, a debatir en el Congreso.

Muchos argentinos (sobre todo, los jóvenes) creen que los mapuches fueron los habitantes originarios del suelo argentino, donde vivieron pacíficamente criando a sus ovejas y tejiendo sus ponchos, sin ser molestados durante todo el lapso de la colonización española (digamos entre los años 1500 y 1850) hasta que la codicia de los estancieros blancos impulsó al general Julio Argentino Roca a expulsarlos de sus tierras. Esa sería la explicación de la limpieza étnica -o genocidio- realizada en 1879 con la llamada Campaña del Desierto.

Como es un tema complejo, que ni siquiera se estudia en el colegio secundario como parte de la historia argentina, no me atrevo a despachar una opinión "impactante" a través de estas líneas. Apenas sugiero a los interesados repasar algunos libros de etnografía, o por lo menos algo más profundo que un manual de historia de primer año, donde se dice poco y nada.

Lo primero que notarán es que la palabra "mapuche" no aparece en ninguna parte: los cronistas de Indias, los geógrafos militares, los mismos caciques en sus correspondencia política (que es abundante), los autores clásicos como Estanislao Zeballos, Lucio Mansilla y Manuel Prado; todos hablan de los indios de la Pampa y la Patagonia como "serranos", "pampas", "ranqueles", "vorogas", "catrieleros", "tehuelches", "pehuenches", e incluso "puelches"... pero jamás existió una etnia o tribu llamada "mapuche" dentro del territorio argentino. En tiempos de la guerra de los fortines -que duró desde 1820 hasta 1880- se escribieron numerosos glosarios para parlamentar, comerciar, dialogar y entender lo que decían los indios. En ninguno hallará el lector la palabra "mapuche".

Voy a transcribir algunas citas para aportar algunas pinceladas sobre estos hombres: quiénes eran, cómo eran, de dónde venían.

"Aquellos a quienes propiamente correspondía la denominación de mapuche eran originarios de Chile, de la región limitada por los ríos Bío-Bío y Toltén, aproximadamente en la latitud de la actual provincia de Neuquén. En su lugar de origen eran bastante sedentarios y practicaban la ganadería y la agricultura en forma incipiente... Divididos en distintas parcialidades, obedecían cada cual a su cacique... Su relación con los conquistadores españoles resultó sumamente conflictiva... Respecto de los mapuches en la Capitanía General de Chile se dio un caso atípico -estimo que único en los anales de la conquista española- ya que los europeos desistieron por escrito de someterlos y firmaron con los aborígenes varios tratados de paz en los que reconocieron su derecho a ocupar un sector del territorio de esa Capitanía General, con límites precisos que no podían ser traspasados por los españoles...La nación mapuche, o araucana como se la denominaba entonces, tuvo así un reconocimiento formal... El territorio establecido, sin embargo, resultó demasiado escaso para esta etnia tan agresiva, y grandes grupos de la misma traspasaron la cordillera de los Andes hacia las grandes llanuras que hoy constituyen el centro de nuestro país... La afluencia de los araucanos a este vasto escenario fue paulatina: puede describirse como una colonización cultural, acompañada de una invasión armada... Las etnias asentadas en territorio argentino fueron absorbidas y adoptaron la lengua mapuche... Este proceso, que se conoce como Araucanización de la Pampa, requirió largos años, pues comenzó en el Siglo XVII y a mediados del Siglo XIX todavía se estaba desarrolando... No es aventurado suponer que los primeros grupos trasmontaron los Andes en busca de los ganados sin dueño que poblaban nuestras llanuras y que se denominaban comúnmente cimarrones. Vacunos, equinos y lanares pastoreaban por millares en las pampas y constituían un tentador suministro para indios y blancos, que los perseguían y capturaban para consumirlos y comercializarlos... Lo que en un principio fueron excursiones temporarias de caza, rápidamente se transformaron en asentamientos definitivos de tal importancia que llegaron a desplazar y absorber a los primitivos habitantes" (Del libro Malones y comercio de ganado con Chile, Siglo XIX, de Jorge Luis Rojas Lagarde).

Estos primitivos habitantes que fueron dominados y absorbidos por los araucanos eran los famosos tehuelches, puelches y serranos de la historia, que perduran en el recuerdo de grandes jefes históricos argentinos como Pincén, Coliqueo, Painé, Catriel y Sayhueque. En todos los documentos históricos de la época, el lector hallará numerosas menciones de los "indios amigos" (sobre todo Catriel y Coliqueo) y también de los "indios chilenos", y la inmensa rastrillada que estos últimos dejaban, arrastrando sus lanzas por el campo, llamada "camino de los chilenos". Era ésta una larga banda pisoteada por arreos de ganado robado en las estancias argentinas (a veces hasta 200.000 cabezas) y luego comercializados en Chile, cruzando la cordillera tras un período de engorde que se hacía en el Neuquén.

En este largo ciclo histórico hubo malones cruzados de indios contra blancos y viceversa, alianzas, pactos y traiciones, y puede decirse que toda fuerza militar contó con su valiente escuadrón de lanceros indios, a veces en número de 1000 o 2000, ya que los araucanos y los pampas resultaban militares vocacionales y se anotaban en todas las batallas, con un guiño -naturalmente- del cacique, y la recompensa del botín, tal vez una cautiva blanca. De todos los jefes indios, el más exitoso, cruel y astuto fue sin duda el chileno Juan Calfucurá, que cruzó los Andes para atacar a traición a sus parientes, los vorogas de Salinas Grandes (La Pampa), convirtiéndose luego en un verdadero emperador, con su cancillería, sus escribientes y su trono: el monarca de Tierra Adentro. Sigue diciendo Rojas Lagarde: "Esta fuente de alimentos tan abundante comenzó a disminuir hasta agotarse, con motivo de las continuas e importantes exacciones que sufría, pues los blancos organizaban sus "vaquerías", anticipando la ganadería actual... los indios optaron por recurrir a la captura del ganado criado por los blancos en sus estancias... Con ello se transformaron de cazadores en depredadores, a mitad del Siglo XVIII". Es decir, cincuenta años antes de la Independencia.

El 18 de julio de 1872, el médico militar francés Henri Armagnac participó, como arriesgado testigo, de la represión a un malón que había causado veinte muertes y arreaba miles de cabezas de ganado hacia Tierra Adentro. La historia está relatada en Viaje por las pampas argentinas, publicado por Eudeba en 1974. Los indios asesinaban a sus víctimas varones, se resistieran o no, acometiéndolos con su larga lanza: luego echaban pie a tierra y los degollaban. Las mujeres jóvenes eran secuestradas como cautivas, lo mismo que algunos niños. Las viejas sufrían el mismo destino que los hombres. El doctor Armagnac da fe de que los soldados blancos hacían exactamente lo mismo: no se tomaban prisioneros. Los vencidos eran fusilados o degollados en el lugar, como lo ordenaba Juan Manuel de Rosas en una directiva escrita: "Mátenlos ahí mismo, en caliente y dejen sólo uno vivo, para que declare". Relata, pues, el doctor Armagnac el encuentro de indios y cristianos: "Pronto vimos a unos cincuenta indios, la mayoría a pie y algunos montados a una distancia de quinientos metros. Apenas nos vieron, los que estaban a pie montaron a caballo, por lo menos los que lo tenían a mano, y emprendieron la huida. Pero nuestros gauchos se lanzaron en su persecución y, en menos tiempo que toma en relatarlo, alcanzaron a algunos y los mataron a lanzazos y cuchilladas. Los otros escaparon en todas direcciones, entre los altos pastos que rodeaban el claro. Siguió la persecución y se logró apresar a algunos más, que fueron fusilados y rematados a puñaladas. Los gauchos realizaban con verdadero ensañamiento estas ejecuciones sumarias".

Dice Manuel Olascoaga en Estudio topográfico de la Pampa y el Río Negro, con referencia a las décadas posteriores a 1800: "Nuestros ganados se multiplicaban prodigiosamente de año en año, y los indios también de año en año traían sus malones a todas nuestras poblaciones y establecimientos limítrofes de la pampa...Los ganados invernaban y descansaban tranquilamente en las faldas de los Andes... Allí venian los comerciantes cristianos a cambalachearlos por tejidos, chaquiras, bebidas, tabaco, etc, para luego llevarlos tras la cordilera. Nunca uno de nuestros hacendados se presentó en Chile a reclamar sus vacas robadas. Tampoco hubo jamás una autoridad chilena que diera cuentas espontáneamente o pidiese certificados de propiedad a los que introducían por la Pampa cantidades de ganado que representaban cientos de miles de pesos. Esa exacción y sus connivencias eran absolutamente impunes ante la Justicia chilena".

El científico americano George Earl Church describe el ataque de un malón contra Bahía Blanca en 1859. Después de arrebatar 5000 cabezas de ganado que pastaban en los campos vecinos, y al ver que desde el fortín hacían fuego, los indios volvieron hacia la población cristiana y allí desencadenaron un infierno de lanzazos, degüellos y violaciones. Church los describe como jinetes prodigiosos y guerreros de admirable vigor. Al retirarse los salvajes con su gran botín de vacunos, yeguarizos y cautivas, dejaron en el campo de batallas 62 muertos, que el científico describe así: "Eran hombres bien constituidos, musculosos, de mediana estatura, pecho lleno y redondo, hombros anchos, muñecas pequeñas, manos y pies bellamente formados, con dedos estrechos y uñas largas. Un pelo tosco y enredado cubría sus cabezas y caía sobre sus frentes bajas. Tenían pómulos altos y bocas grandes, de aspecto salvaje. La cabeza de un diablo unida al cuerpo de un dios". (Aborigins of South America, Chapman & Hall, Londres, 1912). No eran, pues, enemigo fácil ni caballo manso.

Tiburcia Escudero, una muchacha de 20 años que en 1850 vivía con su madre y sus hermanos en La Higuerita, en San Luis, relata: "Nos levantamos todos en mi casa bien tempranito para ordeñar. En esa época hacíamos muchos quesillos y en esa tarea nos ayudaban, a mi mamá y a mí, mi tata Isaac y mis hermanos, Isaac y Fidel... Como a eso de las once, mis hermanos menores que andaban jugando atrás de las casas gritaron: ¡Dispare, los indios!... Yo les dije; ¡Dejen de joder!. Y seguimos con mi mamá trabajando en la leche. La cuajada ya estaba casi hecha. Ahí sentimos un tropel como si el cerro se viniera abajo. Yo salgo corriendo al patio y veo como doscientos indios a caballo rodean la casa. Gritaban: ¡Matando cristiano!... Yo disparé para el lado de la barranca pero no había hecho ni cincuenta metros cuando un indio me agarró de las trenzas y me levantó en el aire y me puso atravesada sobre la cruz de su caballo, gritando: "No escapando cristiana... Cristiana linda... No matando, llevando toldo"... Cuatro años después pude volver a mi rancho y supe que habían matado a mi mamá. Mi tata se salvó porque estaba en el campo.. Los indios se llevaron todo lo que pudieron, y ya de vuelta saquearon tres casas más, robando, incendiando y matando... En algunos casos, mataron a niñitos que ni caminaban... A las criaturas las revoleaban por el aire y las ensartaban con la lanza, a las carcajadas y al grito de: Matando pichi, matando pichi". (Tiburcia Escudero, la cautiva de los ranqueles, publicado por la Secretaría de Estado de Cultura de San Luis)

Todo este trastorno sangriento se había originado en el gran desequilibrio de la pampa, provocado por la masiva invasión de araucanos chilenos. Fueron cincuenta años de sangre y muerte, donde predominaron siempre los más crueles, los más audaces, los más traidores, los más valientes.

Y como trasfondo económico, la sangría de ganado, escamoteado en la pampa y vendido en Chile. El diputado chileno Puelma dijo en un debate del Congreso de su país sobre la cuestión de la araucanía: "Es sabido que el comercio que más realizan los araucanos es el de animales robados en la República Argentina... Y nosotros, que sabiendo que son robados los compramos sin escrúpulo ninguno, después decimos que los indios son ladrones. ¿Qué seremos nosotros, pues?".

Después de esta época terrible, se tapó todo, se olvidó pronto y mal, y vino el auge de la Generación del 80, con los grandes hombres de la Nación en su expresión moderna: Roca, Mitre, Pellegrini, Sarmiento. La inmigración de italianos, españoles, vascos, irlandeses, polacos, rusos, ingleses, árabes, cubrió ese pasado terrorífico y nadie conoció ya la tremenda historia. La Argentina aspiraba a sentarse entre los grandes países ricos y civilizados... el heróico pero terrorífico relato de la guerra al malón estaba lleno de capítulos turbios, escalofriantes, como para espantar al inmigrante más curtido.

Pero atención: en esa historia, que tiene muchos capítulos y muchos matices, no hay buenos y malos. No hay ángeles. No hay víctimas. No hay "mapuches". No hay "genocidio". No hay habitantes originarios, o mejor dicho sí los hay: originarios de Chile.

Nuestros indios amigos, nuestros paisanos que sobrevivieron como pudieron, hoy están esperando una reparación histórica, cultural, territorial, económica, en sus pagos de origen dentro de la República Argentina, como ser Toay, Los Toldos, Ñorquinco. A los araucanos chilenos que, a lanza y bola, derramaron su sangre en nuestro país, les toca (a través de sus descendientes) lo mismo que a cualquier argentino. Una oportunidad para estudiar y trabajar, el respeto de todos mientras se acate la Constitución. Pero, si vemos los hechos históricos, no parece el caso de una "indemnización" o la "devolución de sus tierras originarias, usurpadas por el cristiano". Eso no sería justo para todos los patriotas que murieron en esta guerra de 50 años y los paisanos que fueron degollados, sus mujeres violadas, sus hijos secuestrados.

En todo caso, yo sugiero al lector, o a los legisladores que muy pronto tendrán que resolver de manera ecuánime esta cuestión, una lectura seria de todo lo que se ha dicho y escrito sobre los indios de la pampa.

Mapuches - Miguel A. Pichetto

Publicado en diario La Nación el 20 de octubre de 2021  


El 20 de octubre de 2021, salió publicado el artículo que se transcribe a continuación, sobre el tema mapuche. 


Diario La Nación


Mapuches

El kirchnerismo, cómplice de la sublevación mapuche

La acción de estos grupos y la inacción del Gobierno hacen que el problema se agrande cada vez más, y se agrave su solución


Por Miguel Ángel  Pichetto (exsenador y auditor general de la Nación)



Hoy asistimos, entre la impavidez, la anomia y el asombro de muchos, a cómo, en plena democracia, un grupo de delincuentes terroristas roba, incendia, ocupa propiedades, niega al Estado nacional, cobra peajes, golpea a propietarios. La pregunta que nos debemos hacer es: ¿cuándo comenzarán a matar a todos aquellos que señalen como sus enemigos?

Estos sublevados facciosos se arrogan la representación de pueblos originarios.

Los supuestos mapuches de hoy dicen ser los herederos de un grupo de tribus indígenas que invadió y asoló nuestro territorio y que exterminó a los tehuelches, que eran nuestros verdaderos pueblos originarios. Desde el siglo XIX, las tribus mapuches estaban al servicio de políticas de expansión territorial y ejercieron una brutal violencia contra colonos y fuerzas militares. El crimen, el robo y mil tropelías más eran su conducta, transformando el “maloneo” en un hecho heroico y épico, cuando en realidad lo que se intentaba era erosionar nuestra naciente economía y poner en duda nuestros derechos soberanos sobre territorios despoblados, pero que pertenecían a nuestro acervo como Nación.

Hoy la “revolución mapuche” cuenta con el apoyo del kirchnerismo, de resabios de Montoneros, la izquierda “boba”, algunos sectores de la Iglesia, sectores políticos marxistas y, como siempre ocurre, el de un conjunto de almas bellas y culposas, tanto del ámbito nacional como internacional.

¿Por qué la izquierda enarbola hoy la bandera indigenista? La respuesta es muy simple, porque ataca frontalmente la propiedad privada, enemiga esencial del comunismo, deslegitima la ley y el Estado desde su origen, proclamándolo usurpador y ladrón. En definitiva, lo que se busca es la disolución del poder nacional.

Estos mapuches, que fueron originalmente funcionales a ciertas políticas chilenas, se han convertido en el principal problema que enfrenta nuestro Estado hermano.

En la Araucanía chilena se conformó la CAM (Coordinadora Arauco Malleco) y en nuestro país, la RAM (Resistencia Ancestral Mapuche), ambas organizaciones son embriones de políticas foquistas inspiradas en la visión guevarista de Abimael Guzmán con Sendero Luminoso, la continuación del proyecto del ERP en Tucumán y Montoneros, que buscaba crear otro Estado dentro de nuestra Nación.

Estos grupos, autorreferenciados como mapuches y que asumen la representación de todas las comunidades indígenas, tuvieron, aparte del apoyo teórico mencionado, el entrenamiento militar e ideológico de grupos de las FARC, Sendero Luminoso y de desencantados setentistas (Montoneros y ERP-ianos) que vieron en esta especie de “neoindigenismo” una forma de tomar revancha de las frustraciones políticas sufridas en el pasado.

Uno de los líderes indígenas, Jones Huala, que cumple prisión en Chile por incendios a propiedades y otros actos terroristas, habló de una revolución armada para recuperar “tierras ancestrales”, construir el socialismo basado en las tradiciones mapuches y en una teología indígena todavía no sistematizada, pero adecuada para generar un pastiche ideológico, que si no conllevara graves desafíos a la soberanía y a las autoridades del Estado argentino, resultaría interesante de estudiar como ejemplo cabal del desvarío humano.

La acción de estos grupos y la inacción del Gobierno hacen que el problema se agrande cada vez más, y se agrave su solución, que debe ser drástica y terminante, procediendo a la recuperación del orden, del territorio ocupado y la vigencia de la ley. Todo ello por parte de las fuerzas de seguridad, con pleno aval del Poder Judicial.

No debemos dejar espacio a aquellos que usan la violencia terrorista para imponer sus objetivos en donde el robo es moneda corriente, el ataque, la destrucción y el incendio de la propiedad privada es la metodología, la agresión a los símbolos patrios se considera un acto heroico y se desconoce a las autoridades legítimamente constituidas. Se podría agregar también un largo etcétera.

¿Cómo es posible escuchar y poner en práctica un discurso en el que se anuncia que se deben acumular fuerzas, aumentar la experiencia combatiente, crear un ejército de liberación mapuche, buscar la creación de una entidad política independiente y que no se haga nada?

Puede deberse a dos cosas, la primera es que no se tenga dimensión de la gravedad del problema, o la segunda, la más grave, que en nombre de una ficticia tolerancia se esté cobijando un foco de violencia que igual que en los años 60/70 sabemos cómo comenzó y también cómo terminó.

La disyuntiva es muy simple, o enfrentamos esta nueva forma de terrorismo, o terminaremos esclavos de los violentos, o algo peor, causaremos una tragedia mayúscula. Algo nos debe enseñar nuestra historia reciente.