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miércoles, 22 de julio de 2026

La mentira mapuche - Rolando Hangling

 REVOLVIENDO LA BIBLIOTECA

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En esta sección que llamamos "Revolviendo la biblioteca", incluimos distintos artículos de gran interés histórico, poco conocidos por el público en general, publicados hace ya muchísimos años. 

En el portal de INFOBAE, sección Opinión del 22 de octubre de 2021, fue publicado el siguiente artículo.


La verdad sobre la mentira mapuche, por Rolando Hanglin

La mirada del vicepresidente del Instituto de Estudios Históricos Julio Argentino Roca sobre los últimos acontecimientos y los atentados incendiarios en la Patagonia



Casi todos los sabihondos se esmeran en traducir la palabra “mapuche” y deletrean “mapu” (tierra) y “che” (gente) por lo tanto “gente de la tierra”. Muy interesante pero: ¿De cuál tierra están hablando? 

La traducción literal sería “paisano”. No es una nacionalidad, ni los araucanos fueron jamás una nación. Se trata de los habitantes de la región del río Arauco, en Chile. Grupo humano aguerrido, de temperamento militar, que resistió valientemente al imperio incaico y luego al español, obligándole a reconocer una frontera, que era el río Bío-Bío, en Chile. 

Los primeros europeos que llegaron a la Costa Atlántica de América (es decir acá, en nuestro Sur) encontraron a un nativo que era casi un gigante. Lo llamaron “patagón” por el tamaño descomunal de sus pies. Conviene recordar que el porte corporal de los europeos, en aquel entonces, era más bien chico. Como puede verificar el que visite el museo de la Lidia en la Plaza de Toros de Ronda, Andalucía, donde se exhiben las minúsculas chaquetillas de los toreros de otros siglos. El caso es que estos tehuelches grandotes eran pacíficos y tal vez bohemios: al parecer las mujeres eran a veces más altas que los varones. Con el tiempo se supo que su verdadero nombre era “guenaken” y que los araucanos pertenecían al tipo “ándido” en términos antropológicos, de estatura mediana y cuerpo compacto. Los apacibles tehuelches recibieron muy bien a los cristianos, incluyendo a los galeses que hace siglos desembarcaron cerca de Madryn. Incluso algunos paisanos hablaban algo de galés. 

Mientras tanto, la Cordillera de los Andes no era un paso infranqueable. Muchos indios, en el siglo XV, la cruzaban con el propósito de cazar, comerciar o explorar la pampa infinita. Algunas comunidades de origen araucano se instalaron (es difícil precisar la fecha) como los ranquilches o ranqueles, los vorogas de Vorohué (chile) y otros grupos que comerciaban con los tehuelches. Tal vez estuvieron en guerra, tal vez se mestizaron: estamos hablando de Sudamérica antes de la instalación del caballo español, que cambió totalmente las costumbres y las posibilidades físicas de unos y otros. 

Siguiendo el preciso estudio de Estanislao Zeballos en “Callvucurá y la dinastía de los Piedra”, (1928) el gran lonco (jefe militar) Piedra Azul cruzó la Cordillera en 1833, con un batallón montado, y anunció mediante mensajeros su visita para intercambiar tejidos, Pullcu (licor) y artesanías con sus lejanos parientes vorogas. Esto era en Chilihué (Pequeño Chile) cerca de Salinas Grandes. El jefe Rondeau le dijo que sí, y Callvucurá avanzó. Pero en el camino los forasteros, a traición, mudaron caballos y montaron los potros de pelea (los mejores) y entraron a la toldería de Rondeau, pasando a degüello a todos los loncos y capitanejos. Así se estableció don Juan, que al poco tiempo era llamado el Napoleón de las Pampas. Una vez dijo: ”Soy chileno pero estoy hace 30 años en esta tierra porque me mandó llamar Rosas, el gobernador”. 

¿Qué autoridad podía tener Rosas en 1833 y en Chile? 

El caso es que durante siglos se desarrolló la industria del malón. Asaltar las estancias, degollar hombres y raptar mujeres jóvenes, arreando miles de cabezas de ganado en un campo sin alambrados. Frecuentemente era vendido en Chile. Pero también en localidades argentinas. 

En tiempos de Callvucurá, existió la Confederación de Salinas Grandes, con su papelería y su sello que funcionaba como una frontera bélica y una tortura para el paisano argentino. Los tehuelches y otras etnias argentinas como los querandíes (tal vez parientes de los charrúas, chanáes o guaraníes del litoral) habían sido absorbidos entre guerras y malones. 

El remedio argentino fue cruel: dos conquistas del desierto, una de Rosas y otra de Roca, completada en 1879, pero allí nació un gran país, abierto a la inmigración, la agricultura y el progreso. 

En ese país, los araucanos son ciudadanos argentinos. En toda la Patagonia se saluda con el “mari-marí” y se habla el mapudungún. El último argentino que habló “tehuelche” (lengua de esta tierra) fue don Rodolfo Casamiquela. Los paisanos tienen sus campos, sus vecinos, sus propias creencias, y no quieren saber nada de formar una Nación Mapuche independiente. Son argentinos y muy patriotas. En la expulsión de Callvucurá intervinieron los loncos argentinos Catriel y Coliqueo. 

Esa es la historia. Perdón si la simplifico: hay que “agarrar los libros”, como decía el Ñato Desiderio. 

En el futuro , si le choca la palabra “indio” piense que la tierra en que vivimos se conocía como “las Indias” y nosotros sus habitantes como “los indianos”... y a mucha honra.

 

Pd: a mi juicio, don Juan Calfucurá, su hijo don Manuel Namuncurá y otros grandes como Cipriano Catriel e Ignacio Coliqueo deben ser estudiados en la Enseñanza Argentina. Ellos, sus creencias y sus fechas sagradas pertenecen a nuestro país.

miércoles, 9 de octubre de 2024

Rolando Hanglin - Rosas

 REVOLVIENDO LA BIBLIOTECA

264

En esta sección que llamamos "Revolviendo la biblioteca", incluimos distintos artículos de gran interés histórico, poco conocidos por el público en general, publicados hace ya muchísimos años. 

En el portal del diario La Nación, del 24 de abril de 2012, fue publicado este interesante artículo sobre Rosas.


Juan Manuel de Rosas
Retrato litográfico sobre papel. Este retrato ilustró la obra “Causa criminal seguida contra el ex-gobernador Juan Manuel de Rosas…” (Buenos Aires. Imprenta de La Tribuna, 1864)

Cosas sobre Rosas

Por Rolando Hanglin

Uno opina, acerca sobre Juan Manuel de Rosas lo que le han explicado en su casa, o lo que le contaron en la escuela.

Hoy día no aparece el tema Rosas en los diarios, revistas o la tele, de manera que -salvo que tenga un motivo especial- el argentino medio estima que Rosas fue "un tirano sangriento que mandaba degollar a sus opositores" o un "nacionalista cabal, continuador de San Martín y precursor de Perón". 

Sea como fuere, estas breves noticias pueden interesar al lector. Ante todo, cabe aclarar que el título de "Restaurador de las Leyes" no se entiende bien en la terminología actual. Hoy diríamos que Rosas fue un hombre decidido a restablecer la ley y el orden. Cabe recordar que fue designado gobernador de Buenos Aires después del fusilamiento de Manuel Dorrego por orden de Juan Lavalle (ver federales contra unitarios) y al cabo del largo período de anarquía que va de 1810 a 1830.


HECHOS

Rosas nació el 30 de marzo de 1793, en la casa grande del finado don Clemente López de Osornio, en la vereda norte de la calle Santa Lucía, hoy Sarmiento. La madre fue doña Agustina López y el padre un joven militar, don León Ortiz de Rosas. Al nacer el varoncito y chillar como un marrano, el gallardo teniente del regimiento de Infantería de Buenos Aires se calzó el uniforme completo. Abriéndose paso entre el pulpero don Ignacio, el mulato José, las esclavas negras Feliciana, Damiana, Pascuala, Teodora y otras, y la india libre Juliana, todas criadas de la familia, corrió hasta el cuartel con su calzón azul, su chupa, vuelta y collarín encarnado con botones blancos. Buscaba al capellán, pero como nadie le respondiera atrapó al cura del batallón tercero, doctor Pantaleón Rivarola. Pensaba que un vástago de los Ortiz de Rosas debía ser militar y católico desde el primer día de su vida. De Juan Manuel adelante, Agustina tuvo 20 hijos, de los cuales vivieron 10.


CRUELES RECUERDOS

En lo de López, aún se recordaba la tragedia de don Clemente. El padre de Agustina, un típico estanciero militar de aquel tiempo feroz, poseía un establecimiento llamado "El Rincón de López". Estaba en contacto con la frontera india. En un malón de 1783, don Clemente y su hijo Andrés (de 26 años) fueron degollados por los pampas.

El primer Ortiz de Rosas que se recuerda fue don Bartolomé, caballero de la orden de Santiago, que dejó partir a las Indias, en 1742, a su hijo Domingo. Luego vinieron virreyes, capitanes, alcaldes y gobernadores.

Don León, el padre de Juan Manuel, era un joven aventurero. Se alistó con una expedición de don Juan de la Piedra en 1785, hacia el Río Negro, en pleno territorio indio. Allí degollaron a numerosos guerreros, mujeres y niños de la tribu de Francisco. León fue tomado prisionero. Le esperaba una ejecución por la muerte lenta, pero el Virrey Loreto ofreció canjearlo por un hermano del cacique Negro, que mantenía cautivo. Luego se ajustaron las paces.


COMBATE A LOS 13 AÑOS

Rosas atravesó su bautismo de fuego a los 13 años. Al producirse las invasiones inglesas de 1806, al mando del muy diplomático y seductor William Carr Beresford, que dejó amigos por todas partes, muchos porteños se quedaron sin reacción, y otros derramaron lágrimas de impotencia como Mariano Moreno, Manuel Belgrano y Santiago de Liniers.

Luego, se produce la gloriosa Reconquista (13 de agosto de 1806) y Rosas actúa como niño servidor de cañón, encargado de conducir cartuchos. Al día siguiente de la victoria, el francés Liniers (hombre del ancien régime, conservador, leal a España, luego Virrey, luego renuente a la Revolución de Mayo y fusilado de manera inicua) felicita al joven Rosas, le da una carta para doña Agustina, le augura una gran carrera militar, etc. Recordando a Liniers, un Rosas ya anciano escribía: "¡Liniers! Ilustre, noble, virtuoso, a quien yo tanto he querido y he de querer por toda la eternidad, sin olvidarlo jamás."


NO LE GUSTÓ LA REVOLUCION DE MAYO

En otras palabras, Rosas reaccionó visceralmente, cuando era casi un niño, contra las Invasiones Inglesas. Como todo español bien nacido.

El General Beresford, que había sido un gobernador templado, quedó prisionero en Buenos Aires y, luego, en Luján. Gran número de comerciantes británicos, que se habían instalado ya en la Argentina, descontando el éxito de la nueva autoridad inglesa, se radicaron definitivamente aquí: por ejemplo, los hermanos John y William Parish Robertson. Cientos de prisioneros británicos desertaron y se instalaron como paisanos cualesquiera en ranchos de la pampa. Tal el caso del suboficial irlandés Peter Campbell, que al parecer olvidó el idioma inglés: fue matrero, maloneó con los indios y terminó como incorruptible ayudante de los hermanos Parish Robertson. Y por último, caudillo federal.

Cuando los ingleses invadieron Buenos Aires y Montevideo, en 1806-1807, había muchos irlandeses en sus filas, enrolados contra su voluntad. Era costumbre británica, y de las autoridades militares, reclutar a jóvenes de Irlanda acusados de algún delito político o vulgar, y la condena consistía en servir al Ejército o la Marina de Guerra, sobre todo esta última, lo cual no deja de asemejarse a la leva de los paisanos argentinos. El hecho es que numerosos irlandeses, católicos y antibritánicos, se encontraron de pronto en el Río de la Plata. Región española de la misma religión, donde eran inducidos por los vecinos a desertar. Y lo hicieron masivamente, tanto es así que el bueno de Beresford (irlandés también, y hasta se lo sospechaba católico) tuvo que imponer la pena de muerte a los desertores de la tropa británica o aquellos que los sedujeran (¿) en esa dirección. (Más pormenores de esta cuestión se encuentran en "Historias Ignoradas de las Invasiones Inglesas", de Roberto Elissalde, incluyendo la aventura de los Paley, los Lynch y otras familias tradicionales irlando-argentinas).

Los cientos de comerciantes, desertores, contrabandistas y granjeros ingleses arribados entre 1806 y 1807, sembraron una semilla de liberalismo, independencia y constitución. Tanto así, que Beresford fue asistido en su fuga, cuando se encontraba bajo arresto domiciliario en Luján, por dos argentinos: Saturnino Rodríguez Peña y Manuel Aniceto Padilla. Este último, agente del venezolano Francisco de Miranda, precursor de la Independencia Iberoamericana. En otras circunstancias y en otra nación, lo de estos hombres sería alta traición, o sea: fusilamiento.

De todos modos, el caballeresco Beresford permaneció en Montevideo y no volvió a la carga en 1807 (cuando la Segunda Invasión) cumpliendo con el código de capitulación militar, propio de aquellas épocas, en las cuales el vencido juraba no levantar otra vez las armas contra el vencedor.

Entiéndase bien: el vencedor de la Reconquista, en 1806, era España, y no la Argentina, república nonata.

En los días siguientes, el fermento ideológico sembrado por los ingleses germinó en Buenos Aires, donde los jóvenes jacobinos de la Sociedad Patriótica distribuían panfletos, proclamaban la libertad, y parloteaban incansablemente en casa de Mariquita Sánchez de Thompson y su marido, que a pesar del apellido era un militar español.

Escribía don Tomás M. de Anchorena: "Nos hemos defendido de los ingleses sin ningún auxilio español, y hemos emprendido un gobierno a nombre del rey cautivo don Fernando VII, para después, cuando recobrase la libertad, brindarle su justo homenaje. De este modo era como yo oía discurrir entonces a patriotas de primera figura en nuestro país. No sé si algunos habían leído alguna cosa de política moderna, ni sé que hubiera otra que el Pacto Social de Rousseau, traducido al castellano por el famoso señor Mariano Moreno, cuya obra sólo puede servir para disolver los pueblos, formando de ellos grandes conjuntos de locos furiosos y de bribones. Así discurrían muchos de los que estaban al frente del movimiento separatista".

Esto escribía Anchorena, primo de don Juan Manuel y su amigo íntimo. En cuanto a Rosas, así lo dice Carlos Ibarguren: "La mayoría de los jóvenes contemporáneos de Rosas abrazaron la nueva causa, para combatir por el triunfo de la revolución. Y hasta sacrificaron su tranquilidad, su fortuna y su vida. Mientras que, en las década de 1810 a 1820, esa juventud brega por la independencia o trabaja exaltada por los ideales de libertad en la prensa o la tribuna, Rosas permanece completamente ajeno. El joven Juan Manuel se retrae, se empeña en labores rurales que lo enriquecen, se encierra en su estancia y contempla como simple espectador, desde lejos, los tumultos de la lucha y las proezas de la epopeya".

Luego, aclara el propio Juan Manuel: "Ninguno de mis padres, ni yo, ni mis hermanos o hermanas, hemos sido contrarios a la causa de la independencia americana" (Carta a Josefa Gómez, 2 de mayo de 1869, Museo de Luján).

Es verdad -dice Ibarguren- que Rosas no actuó contra el movimiento separatista de España, pero no pudo ocultar su fastidio ante el desorden y los tumultos: "Los bienes de la asociación han ido desapareciendo insensiblemente desde que nos declaramos independientes. Los tiempos actuales no son los de quietud y tranquilidad que precedieron al 25 de mayo".

Otra carta a Josefa Gómez (Museo de Luján, fecha 1868, Southampton): "En más de 50 años en estas repúblicas, hemos podido ver la marcha de la enfermedad política que se llama revolución, cuyo término es la descomposición del cuerpo social".

Para Rosas, "los tiempos mejores y tranquilos fueron antes de 1810, en los que la subordinación estaba bien puesta, el fuego devorador de las guerras civiles no nos abrasaba: había unión "¿Necesidades de la Provincia? Seguridad y respeto. Asegurar la propiedad de los hacendados y evitar una guerra con los indios, negociando la paz con ellos. "Acostumbrándose a vivir en guerra, los indios formarían escuela militar para ella, y acaso adoptarían el plan de consumir el poder del ejército por medio de la guerra de recursos. No debemos olvidar que aún estamos en revolución, que aún hay conspiradores, y que vemos a los hombres llevar sus venganzas y resentimientos hasta seducir a los salvajes y hacerlos sus instrumentos. Lejos, pues, de nosotros un proyecto de expedición (contra los indios de la Pampa). La paz es lo que conviene a la provincia". Atención: es palabra de Rosas, estanciero de fronteras en 1820. No hablaba de oído.

Ascendido a coronel de caballería el 7 de octubre de 1820, Rosas proclama: "¡Sed precavidos, mis compatriotas, pero más que todo sedlo para con los innovadores, los tumultuarios y enemigos de la autoridad!...¡Odio eterno a los tumultos!...¡Amor al orden!...¡Obediencia a las autoridades constituidas!".


SE FORMAN LOS MALONES

Queda dicho que don Juan Manuel era remiso a una guerra con los pampas, ya que sospechaba que estos jinetes y lanceros podrían formar una temible caballería ligera. Cosa que, en efecto, sucedió. No obstante, ni Rosas ni el singular evangelizador de Kakel- Huincul, el hacendado Francisco Ramos Mexía, lograron mantener el equilibrio de pactos y malones, regalos apaciguadores y visitas gentiles a los astutos caciques.

Un informe del coronel don Pedro Andrés García, enviado por la Primera Junta en 1810 a inspeccionar las guardias de fronteras, reportó lo siguiente: "Existe un desorden general en las campañas, considerando a los llamados labradores y a los vagos. Todos estos forman una parte importante de nuestra población rural. En el curato de Morón, que está casi a las puertas de la ciudad, se cuentan 622 familias, y acaso una tercera parte de estas puede entrar en la clase de estos dudosos labradores. Lo mismo, los demás partidos. ¿Y qué podemos esperar de estos hombres, habituados desde la infancia a todos los vicios y la más destructiva holgazanería? Las más sabias leyes, la más rigurosa policía, no funcionarán jamás sobre una población esparcida en campos inmensos, y sobre unas familias que pueden mudar su domicilio con la misma facilidad que los beduinos o los pampas. Muchos de nuestros campestres, cuyas costumbres no distan demasiado de los salvajes, se han familiarizado con ellos, y atraídos por el deseo de vivir a sus anchas, salen a efectuar correrías en nuestras haciendas. Hay otros que, temiendo el castigo de sus delitos, se domicilian generosamente entre los indios. Estos tránsfugas, cuyo número es muy considerable y crece incesantemente, les instruyen en el uso de nuestras armas, e incitan a que ejecuten robos y se atrevan a hacer correrías en nuestras haciendas. ¡Cuánto no debemos temer a estos indios, acaudillados y dirigidos por nuestros mismos soldados!".

El coronel García estaba registrando, sin saberlo, un cambio antropológico de proyección crucial. En las llanuras despobladas, desde Buenos Aires a Mendoza en el sentido E-O, desde Chaco hasta Tierra del Fuego en el sentido N-S, se reunían varios elementos de combustión histórica:

1. Los pampas y tehuelches, de origen argentino.

2. Los araucanos de Chile, que cruzaban la cordillera y se lanzaban a la caza de ganado cimarrón para venderlo del otro lado de la Cordillera.

3. Millones de vacas y yeguarizos silvestres, en un país de grandes ríos y llanuras fértiles.

4. La disposición de insumos militares útiles como el hierro, aportado por los españoles, ideal para blindar la punta de las chuzas o lanzas.

5. La abundancia de hombres blancos sin domicilio, refugiados de las guerras civiles. Por ejemplo: los Pincheira chilenos, cuatro hermanos hispánicos que perdieron la contienda de la Independencia y pasaron al Plata. El unitario coronel puntano Manuel Baigorria, que se arrimó con sus hombres a los ranqueles. Los hermanos Saa, también puntanos, de historia parecida. Los chilenos Carreras.

6. Todo este gentío fue aglutinado culturalmente por los araucanos chilenos, con su disciplina militar y su lenguaje sencillo y práctico. Tehuelches, blancos, españoles, argentinos, uruguayos, se adaptaron a la Civilización del Cuero. Los araucanos dejaron su "ruca" de piedra y adoptaron el toldo portátil. Se enseñorearon del caballo, alimento autoportante y arma de guerra, alcanzando su máxima expresión en la Confederación de Salinas Grandes, encabezada por el chileno Juan Calfucurá, que había entrado a nuestro país en 1833.

7. Toda esta cuenca inexplorada, conocida como Tierra Adentro o El Desierto, cumplió un papel dramático en Argentina desde 1780 hasta 1880. Es cierto que Rosas realizó, finalmente, una expedición al desierto con Facundo Quiroga y el Fraile Aldao. Pero su idea inicial consistía en pactar, a toda costa, con los pampas argentinos.


NO LE GUSTABA BUENOS AIRES

A pesar de que había nacido en esta ciudad y aquí tenía su casa, Rosas no gustaba del ambiente porteño en el período 1806-1820. Por empezar: en 1806, la población, fácilmente conquistada por los ingleses, acogió con aparente cordialidad a los nuevos amos: "Abriéronse amablemente las salas para recibir a los jefes y oficiales británicos, que se paseaban por la calle del bracete con las Marcos, las Escalada y las Sarratea: las autoridades juraron fidelidad al general Beresford, las comunidades religiosas dedicaron laudatorias y lo mismo el prior de Santo Domingo, Fray Ignacio Grela, quien hizo desde el púlpito el panegírico del gobierno británico. Pero, en el fondo, el espíritu público despechado temblaba sediento de venganza", (Alejandro Gillespie, Buenos Aires y el Interior)

Conviene aclarar que Rosas no tenía nada de antibritánico. Durante su larga administración (1829-1852) respetó y consultó a los ingleses. Llegado el momento, se exiló en Southampton, donde sus amistades fueron británicas y sus peones ingleses, en la Burgess Farm, durante 25 años. Al morir, designó albacea a Lord Wellington. En el poder, privilegió fuertemente al Consul General en Buenos Aires, Mr. Woodbine Parish, quien fue designado coronel de la Confederación, ciudadano argentino honorario, y luce los colores celeste y blanco. ¡En su escudo de familia!


¿AMIGO DE LOS INDIOS?

Más de un lector conoce la orden escrita del Restaurador: "Si se capturan algunos indios, lo mejor es fusilarlos en el monte y en caliente, como corresponde, dejando uno sólo vivo para declarar".

Esto fue en 1833, cuando no se tomaban prisioneros. Se degollaba a los heridos y rehenes para ahorrar balas, pues eran pocos los fusiles disponibles. Rosas llegó a esta filosofía después de incontables malones, choques y desentendimientos con las indiadas, a las que podríamos describir como etnia criolla mestiza, de predominio araucano.

El caso es que Rosas defendió con energía a sus aliados, los "indios amigos" pampas y tehuelches. Sigamos a don Carlos Ibarguren: "Rosas había manifestado su absoluta oposición a que se atacara a los indios pampas, calificando ese intento como la empresa más arriesgada, peligrosa y fatal, capaz de concluir con la existencia, el honor y el resto de fortunas que han quedado en la campaña". Al no obtener respuesta, se dirigió al gobernador Martín Rodríguez: "He hablado a usted con la franqueza propia de un hombre que marcha de buena fe; pero usted, mi querido don Martín, continúa escondiéndome mucho su corazón. Algo podía usted haber hablado sobre las entradas a los indios, por usted y otros que tengan más lucimiento que yo. He hecho seguir muy lejos el rastro de los indios del último gran malón y, por los rumbos que conozco, me afirmo que no son Pampas, ni Ranqueles, los que han robado estas fronteras. Por eso clamo al cielo: nuestras operaciones militares no deben ofender a los Pampas, que son nuestros amigos y merecen nuestra protección".

Rosas fue autor de un libro titulado: "Diccionario y Gramática de la Lengua Pampa". Otro: "Instrucciones para los mayordomos de las estancias". Y además, cartas innumerables que forman una verdadera biografía por correo.

Con respecto al supuesto temperamento antibritánico de Rosas, cabe señalar que el Restaurador preparó su retirada, antes de Caseros, con el Cónsul General inglés Don Robert Gore. Acondicionó 19 cajones de documentos -señal de que ya la veía venir- en su casa y en casa de Gore. Después de la derrota, acudió a este último domicilio sin dudas, y el mucamo le abrió, aunque no estaban los patrones. Rosas se tiró a dormir como en casa propia, hasta la llegada de Gore, que muy pronto lo encauzó, por medio de una chalupa, con todos sus cajones de documentos, su familia y algunos allegados, hasta las naves británicas ancladas en el Río de la Plata, custodiando los intereses de Su Majestad.

Aquí terminan estos apuntes sobre el Restaurador, sin tocar la Vuelta de Obligado, ni el Bloqueo Francés, ni la batalla de Caseros.

viernes, 27 de septiembre de 2024

Rolando Hangling - Mapuches - El malón

REVOLVIENDO LA BIBLIOTECA

262

En esta sección que llamamos "Revolviendo la biblioteca", incluimos distintos artículos de gran interés histórico, poco conocidos por el público en general, publicados hace ya muchísimos años. 

En el portal del diario La Nación, sección Opinión del 8 de enero de 2013, fue publicado el siguiente artículo, sobre los malones


Chile y la Argentina: ¿hacia una crisis mapuche?

Por Rolando Hanglin 


En Chile y la Argentina, los que manipulan el mito del genocidio mapuche están jugando con fuego

En la edición correspondiente al 30 de diciembre de 2012, el lector Javier Bulló escribió a LA NACION: "He visitado el Parque Nacional de Lihuel Calel, en la Provincia de la Pampa, y allí se explica que la economía de los pueblos originarios de la región se basaba en los malones"

Empecemos por el principio. ¿Qué era un malón, también conocido como invasión entre el año 1500 y el año 1885, en el territorio denominado genéricamente "las pampas", abarcando desde la cordillera de los Andes hasta el Río de la Plata, en la franja central de la República Argentina?

Un malón consistía en un ataque masivo de la caballería india. Los guerreros o conas podían ser un reducido batallón de diez hombres o una tropa gigantesca de cinco o diez mil lanceros. Estaban encabezados por sus ulmén o jefes de guerra y, en segundo plano, los lugartenientes, capitanejos o caciquillos. Entre estos hombres se entreveraban también muchos blancos, cristianos o huincas, que convivían con los indios a raíz de distintos conflictos con la sociedad "blanca". Algunos eran prófugos, otros delincuentes, otros perseguidos políticos como el famoso coronel puntano Manuel Baigorria, que fue cacique ranquel y tuvo familia entre la paisanada, del mismo modo que los tres hermanos Sáa, antepasados de los actuales políticos puntanos, Alberto y Adolfo Rodríguez Saá.

El malón estaba protagonizado, pues, por un grupo de guerreros a caballo, armados de lanza tacuara con su moharra de fierro, cada uno de los cuales llevaba una tropilla propia, de espléndidos caballos. En el momento del asalto, el guerrero saltaba al lomo de su pingo mejor, el caballo de combate. Y así entraba a los pueblos, lanza en mano. Los hombres eran asesinados mediante lanzazos y golpes de bola. Las mujeres jóvenes, sin mayor alternativa, eran secuestradas. Su destino era servir de esclavas de cama de algún cacique o guerrero prominente. Los niños eran robados para servir de esclavos o (hay que decir la verdad) para criarlos como hijos. Viejos y viejas eran rápidamente sacrificados. Mientras tanto, la chusma (grupo de aborígenes no combatientes, es decir jovencitas, muchachos o niños y otros) colaboraban arreando el ganado. Mientras se prendía fuego a las casas, grandes tropas de vacunos y yeguarizos (hasta 50 mil cabezas) eran conducidos por el camino de los chilenos, histórica rastrillada que atravesaba la pampa y conformaba un sendero de 100 metros de ancho, hundido a 50 cm. de profundidad, con la huella de innumerables pisadas y el "rastrillar" de miles de lanzas, ya que los indios llevaban su arma principal amarrada a la muñeca, y la arrastraban por los médanos y los guadales del camino hasta la isla de Choele-Choel y los parajes de invernada del Neuquén , donde aquella hacienda robada hacía su última escala antes de pasar a Chile, donde a veces era "exportada" (¡) por barcos británicos del Pacífico. En el camino quedaban (obvio) miles de paisanos argentinos asesinados, sus casas quemadas, y sus mujeres e hijas violadas o secuestradas para siempre.

El malón estaba protagonizado, pues, por un grupo de guerreros a caballo, armados de lanza tacuara con su moharra de fierro, cada uno de los cuales llevaba una tropilla propia, de espléndidos caballos.

Esto es lo que era un malón. Que se anunciaba con el grito terrorífico de los guerreros, aquel ulular golpeándose la boca con la palma de la mano, y el "ya-ya-yaaaaaa" que aún hoy saben pronunciar los niños araucanos de la Patagonia, jugando a la guerra.

Así fueron los malones de Salto, Rojas, Bahía Blanca, Dolores, Río Cuarto. Así está relatado en la historia, a lo largo de 300 años de guerra étnica.

¿Puede describirse al malón como una actividad económica? No. Básicamente, se trataba de una acción armada contra la población civil indefensa, que incluía homicidio, robo de hacienda, incendio de propiedades, secuestro de personas y otros crímenes. Las acciones de este tipo han merecido, a lo largo de la historia y en todas las naciones, los castigos más severos.

También vale decir que, para poner fin a los malones, el Ejército Argentino se tomó no menos de 60 años (desde 1820 a 1880) recurriendo por fin a la táctica del "malón contra malón", es decir atacando a los caciques en sus propias tolderías, incendiando viviendas y diezmando familias. Hay una amplia crítica histórica, política y moral sobre estos hechos. Que, por otra parte, no fueron un capricho privado del General Julio Roca sino una Campaña de ocupación definitiva del territorio, ordenada por el presidente Avellaneda a partir de una ley del Congreso. No se enfrentaron, en esta contienda, dos bandos, sino muchos, pues hubo alianzas, rupturas y guerrillas variadas. Actuaron los indios amigos como Coliqueo, Pincén y Catriel, los indios chilenos instalados en Salinas Grandes como Calfucurá y luego sus hijos Reuquecurá y Namuncurá (a la cabeza de la Confederación Indígena, un embrión de Estado) y otras parcialidades. Los llamados "indios gauchos" (sin jefatura) y numerosas partidas de cristianos entre prófugos, delincuentes, marginales, rebeldes, refugiados políticos como el ya mencionado Baigorria ("Condor Petiso" entre los ranqueles) que fue un verdadero cacique blanco en las tolderías.

Cabe decir también que los aborígenes americanos defendían la tierra en que habían nacido, y donde fueron rudamente atacados por los españoles -primero- y los argentinos y chilenos después de 1810. En general, no reconocían el concepto de propiedad privada, Estado o territorio nacional. En cambio, los araucanos de Chile sí se consideraban titulares de una región definida, la Araucanía, y la defendieron con singular temple militar, hasta el punto de que el Imperio Español terminó reconociéndoles una frontera, la del río Bío-Bío.

Cuando se produce la independencia de la Argentina y Chile, numerosas indiadas pasan la cordillera y se instalan en la Argentina, no sin pedir autorización a los gobiernos (al parecer Calfucurá la solicitó de Rosas) entre otros motivos porque habían combatido por el bando español y temían la revancha de los patriotas. En nuestro país, los araucanos penetran desde el Siglo XVIII y muy acentuadamente a partir de 1830, cuando Calfucurá ataca a la tribu de los vorogas argentinos, cuyos jefes son degollados y su población anexada.

Puede decirse que todas las agrupaciones, conocidas en aquel tiempo como indiadas, constituían un mestizaje de razas y lenguas: se adquirían mujeres por compra, pacto, rapto o secuestro, tanto indias como cristianas, y los guerreros de una comunidad pasaban a otra si no se hallaban a gusto. Las distintas etnias conocidas como tehuelches, serranos, puelches, querandíes, fueron sometidas por jefaturas araucanas y prevaleció en las pampas la lengua chilena. Este proceso se conoce como Araucanización de la Pampa. La Argentina enfrentó una guerra larga y sangrienta contra el malón, hasta que en 1879 se produce la Campaña al Desierto de Roca. Los indios argentinos no fueron exterminados ni mucho menos, sino integrados como ciudadanos de nuestro país. Los irreductibles, encarcelados en Martín García o dispersados hacia el Sur y la Cordillera, donde no había hacienda que robar ni pueblos que incendiar.

En aquella guerra, imperó por ambos bandos la ley del degüello: no se tomaban prisioneros sino que se ejecutaba sumariamente a todos los vencidos. Al final, sin embargo, grandes jefes históricos como Pincén, Epumer, Namuncurá e Inacayal fueron encarcelados en Martín García. Es decir que se respetaron sus vidas. Pasada la conflagración, se los liberó.

La República Argentina atravesó un gravísimo problema de supervivencia en la Guerra al Malón (título del libro del comandante Manuel Prado, que relata lo sucedido con todos sus matices) y lo superó recién en la década de 1880, cuando se estabiliza la Organización Nacional.

Todo esto viene a cuento de lo sucedido la semana pasada en Chile. Una horda supuestamente mapuche, integrada por 20 hombres encapuchados, atacó la hacienda del Sr. Werner Luchsinger y su esposa, la señora Vivian MacKay. Los dos gringos fueron asesinados. Luego se incendió la cabaña, donde más tarde encontrarían los dos cadáveres.

Dada la composición demográfica de la Patagonia argentina (numerosos inmigrantes de Escocia, Gales, Irlanda y Alemania) tememos que se pueda incubar un fenómeno paralelo a ambos lados de los Andes. Hay personajes que le dicen a los criollos: "Negro, esta tierra es tuya! Sacá a los gringos, poneles un piquete para que paguen peaje antes de pasar la tranquera, ocupale las casas...! ¡Que se vuelvan a Europa!". Los que reciben este mensaje, en la Argentina, normalmente son nietos de chilenos, pero fermenta en su alma la idea de que "el extranjero" los ha despojado de algo propio. Y todo este asunto genera odio, envidia, sentimientos de revancha, violencia.

En Chile y la Argentina, los que manipulan el mito del genocidio mapuche están jugando con fuego. Los mapuches no son otros que los araucanos de la historia, aquellos que con Lautaro y Caupolicán le impusieron una frontera a la España Imperial. Gente aguerrida, con una mística especial: 900.000 viven en Chile y 150.000 en nuestro país.

Atención: vivimos en repúblicas criollas, regidas por constituciones democráticas que consagran la propiedad privada. Si alguien tiene algo que reclamar, debe presentarse al juez competente con la documentación histórica, jurídica, periodística, etnográfica, que lo acredite respecto de alguna zona o predio.

En Chile se habla de la intervención del grupo argentino Quebracho, que no nos consta. En la fecha del doble homicidio (Luchsinger) se conmemoraba el quinto aniversario de la muerte del estudiante mapuche Matías Catrileo, que aparentemente fue abatido por carabineros en una finca privada, también perteneciente a la familia Luchsinger.

"A mi prima Vivian MacKay la quemaron viva. Si llegan a mi casa, los voy a disparar a todo dar. Los voy a balear a todos. No les tengo ningún miedo", amenaza Alan Cooper, vecino y pariente de las víctimas. El ministro de Interior, don Andres Chadwick, dice: "Enfrentamos a un enemigo fuerte, poderoso y organizado". Ya existe una Asociación de Víctimas de la Violencia Rural en Araucanía. La Confederación de Dueños de Camiones de Chile se declara en estado de alerta porque sus cargueros deben atravesar la "zona roja" del conflicto. Palabras del presidente Piñera: "Esta lucha no es contra un pueblo en especial y menos contra el pueblo mapuche. Es una lucha contra una minoría de delincuentes, terroristas y violentistas".

Chilenos y argentinos deben analizar este asunto con extremo cuidado. Hay una historia que enseña cómo pueden descarrilarse las cosas. Lo que menos necesitamos es otra guerra étnica.

miércoles, 11 de septiembre de 2024

Rolando Hanglin - Día de la raza

REVOLVIENDO LA BIBLIOTECA

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En esta sección que llamamos "Revolviendo la biblioteca", incluimos distintos artículos de gran interés histórico, poco conocidos por el público en general, publicados hace ya muchísimos años. 

En el diario La Nación, sección Pensamientos incorrectos, fue publicado el 9 de octubre de 2012 el siguiente artículo.


Día de la Raza

Por Rolando Hanglin 


Los argentinos tenemos un defecto que es, a la vez, nuestra virtud cardinal. Somos, en gran parte, nietos de gringos. Por lo tanto, lo ignoramos casi todo respecto de la historia de nuestro país. Formamos parte de la marea humana que bajó de los barcos entre 1880 y 1920, cuando aún no estaban bien tapados por la tierra piadosa los cadáveres de miles de víctimas. Indios y cristianos, rehenes y cautivas, caciques y milicos, todos ellos caídos en la gran guerra indio-cristiana, entre 1820 y 1890.

Siendo, pues, medio gringos, poco podíamos saber de los malones, los fortines, de Roca y Villegas, de Pincén y Calfucurá. ¡Para nosotros, los indios eran unos tipos con plumita que aparecían en las películas de cowboys! Siempre perdiendo la batalla.

Somos, en gran parte, nietos de gringos. Por lo tanto, lo ignoramos casi todo respecto de la historia de nuestro país

Por eso nos sorprende que, hoy día, los supuestos descendientes de aquellos indios, hoy llamados "mapuches", reclamen propiedades de lugares como Bariloche, Aluminé, La Angostura e incluso Toay, La Pampa.

Vamos por partes.

En realidad, el término "mapuche" fue inventado por el etnólogo norteamericano Edmond E. Smith en 1850, y luego difundido en distintos países de América. El significado es claro: mapu:tierra; che:gente. Del mismo modo, yo mismo, aficionado a la lengua de la Patagonia (mapu-dungún) he bautizado a mi quinta de fin de semana "Epu-Trehua" (los dos perros) y a un chalecito que tengo en Chapadmalal, "Antu-Catán" (casa del sol) sin por ello reivindicar ninguna raíz histórica.

Leyendo las obras de Lucio V. Mansilla, Estanislao Zeballos, Manuel Prado y otros autores del tiempo de los fortines, no encontramos nunca la palabra "mapuche". Jamás se habló de semejante tribu o nación. La literatura de 1820-1880 habla, sí, de los pampas, los serranos, los araucanos o chilenos, los vorogas, los tehuelches, los tubichaminís. Pero la palabra mapuche no aparece jamás. La historia y la antropología coinciden en que el territorio argentino, de San Luis hacia el sur, estaba ocupado por los tehuelches septentrionales (pampas, aoniken) los tehuelches meridionales (pampas, guenaken) y los tehuelches que habían pasado a la isla, conocidos como onas. Estos paisanos integraban una comunidad de cazadores-recolectores. No cultivaban la tierra ni mantenían el concepto de propiedad privada o límites nacionales. Apenas el de "espacio vital", que mudaban de asentamiento en aquellas inmensas extensiones, buscando siempre caza abundante de guanacos, venados, piches, avestruces. Ocupaban, pues, sin ocuparlo, un país inmenso. Se cree que estos tehuelches (o sus antepasados) estamparon las paredes rocosas de la Cueva de las Manos hace 8000 años. Afirma Casamiquela que, cuando se fundó Carmen de Patagones, los tehuelches se arrimaron a traficar plumas de ñandú y cueros de guanaco. Lo mismo hacían en Punta Arenas, en 1850, y en 1865 con la colonia galesa, en el valle del Chubut. Era una actividad de significación económica muy superior a lo que hoy puede parecer. Todos los testimonios concuerdan en que la gente tehuelche era pacífica y dispersa.

Por eso es raro que hoy, en 2012, surjan comunas o movimientos o sindicatos de identidad "mapuche" que reclaman campos o tierras en Chubut, Río Negro, Neuquén y Santa Cruz. ¿De dónde vienen? ¿Son pueblos originarios de nuestro país, a los que la República les debe algo porque les ha jugado sucio, ocupando sus espacios y estrangulando sus medios de vida?

El mapuche es chileno y entra al ámbito de las pampas argentinas en 1820, expulsado por las guerras intestinas de Chile

Vamos a dejar la respuesta a don Rodolfo Casamiquela, etnólogo y antropólogo fallecido en el año 2008, pero no sin escribir 24 libros y 200 monografías sobre el tema. Casamiquela, nacido en Jacobacci, se consideraba el último hombre capaz de pronunciar correctamente el idioma tehuelche del norte (o sea, "pampa") y su veredicto fue contundente: "Los mapuches son chilenos".

Otros conceptos: "Hoy sólo se habla del mapuche. Los tehuelches se auto-suprimieron u olvidaron su propia historia, a pesar de que hoy existen muchos descendientes, como los Chagallo, Yanquetruz, Sayhueque, Foyel, Catriel, Chiquichano, Chelqueta, Chingolé, Chalao, Chacamata, Cual. Estas familias son los tehuelches que quedan, es decir los llamados pampas. Fueron un linaje de enorme poder potencial, que se fue araucanizando o mapuchizando a partir de la lengua. El mapuche es chileno y entra al ámbito de las pampas argentinas en 1820, expulsado por las guerras intestinas de Chile. Muchos jefes indios chilenos tomaron partido por el Rey de España y, en el contexto de una guerra a muerte, cruzaron la cordillera para salvar la vida. Aquí fueron recibidos por algunos parientes y, poco a poco, autorizados por el brigadier Juan Manuel de Rosas a instalarse en las provincias del Río de la Plata.

Uno se pregunta si los tehuelches, pueblo originario de Pampa y Patagonia, fueron exterminados por los araucanos chilenos, o por las fuerzas militares argentinas, o por alguien.

Casamiquela: "El tema es la lengua. Para negociar con el español, se celebraban los llamados parlamentos, o sea, asambleas de oratoria y diplomacia donde cada jefe (ulmén) con sus capitanejos o caciquillos, y los representantes del blanco o huinca (derivado de los incas, que también intentaron someter a los araucanos con poca suerte) rivalizaban en alocuciones y figuras retóricas para "ajustar las paces". En este terreno diplomático, el idioma mapuche era muy superior al tehuelche. Preciso, claro, bello, simple, rudo, el mapudungun es una lengua muy valiosa. Con ella penetra la religión, predominando entonces lo mapuche sobre lo tehuelche".

Llegamos a la conclusión de que los mapuches chilenos no exterminaron a los tehuelches argentinos, sino que se agruparon en distintas federaciones, en las cuales predominó siempre la jefatura militar mapuche. Según atestiguan con todo detalle viajeros históricos como el inglés Musters, los tehuelches eran tenidos por "gitanos, vagabundos, bohemios, indisciplinados".

Dice el Profesor Casamiquela: "El mapuche no tiene profundidad histórica en Argentina. Lleva 100 años aquí". En este sentido, es como los italianos, los irlandeses o los croatas. Sigue diciendo Casamiquela: "Cuando vino a nuestro país el Profesor Erice, autor del máximo diccionario mapuche, no encontró ningún hablante de esa lengua en Viedma. Aquí en Jacobacci quedaban los Linares, descendientes de un cautivo de ese apellido que se casó con la hija de un cacique, radicado en la laguna del Juncal, pero eran tehuelches. También son tehuelches los criollos de apellido Entraiga o Castelo. En resumen: los derechos que reclaman hoy los mapuches sobre la tierra... no existen. Esto es historia, no teoría. Actualmente las cosas se mueven políticamente. Entonces, los mapuches chilenos dicen que son argentinos y empiezan a reivindicar toda una vida en nuestro país. Al historiador, eso no le interesa. Lo que pueda decir un político, un abogado... eso es otra cosa".

Los altos y melancólicos tehuelches han sido colonizados y, sin duda, estafados por los blancos argentinos y los araucanos chilenos

Históricamente, el nombre de Patagonia evoca a un territorio habitado por hombres de pies enormes, y muy altos.

Dice Casamiquela: "Lo que pasa es que los españoles eran bajitos, y además miraban desde abajo a los tehuelches, que estaban subidos a la loma de un médano. De cualquier modo, en 1896, un francés llamado Delavaux, que recorría el trazado de la ruta 40, en el sur de Chubut, excavó una tumba tehuelche y midió el esqueleto del hombre allí enterrado. Le dio 1,99m. Otra excavación, en Península Valdez, permitió verificar los dos metros. Son la etnia más alta del mundo".

Grandotes pero muy dados al vicio, demasiado libres en sus costumbres, mansos y bondadosos, los tehuelches hicieron buenas migas con los galeses de Chubut y, en general, no molestaron a nadie. Se dejaron colonizar por los araucanos chilenos, primero, y por la República Argentina, después.

Foto del cacique Pincén






 Cacique Pincén










Uno de los últimos héroes del linaje tehuelche o pampa fue, sin duda, el cacique Pincén. Se lo recuerda como Vicente, Juan o Francisco Pincén. Según la paisanada, el apellido se pronuncia correctamente Pisen, o Piseñ o Pincel, pero siempre con acento en la "i".

Existen cuatro fotos de Pincén. Lo vemos con su chiripá, sus botas de potro, su lanza corta, sus bolas enroscadas al cuello, el torso desnudo, la melena larga sujetada por una vincha, y lo apreciamos idéntico a.¡Alberto Olmedo!. También podría parecerse a don Alberto Rodríguez Saá, aunque este último, más corpulento , conserva la altura y el carisma de sus antepasados ranquelinos. 

Algunos rechazan el Día de la Raza porque parece clasificarnos a nosotros, los seres humanos, tan espirituales, como perros de raza "golden retriever" o vacas, de raza Heresford. La verdad es que todos los hombres pertenecemos a la misma raza, pero con grandes variaciones étnicas: no es lo mismo un sueco que un senegalés.

Los altos y melancólicos tehuelches han sido colonizados y, sin duda, estafados por los blancos argentinos y los araucanos chilenos, que entraron a nuestras pampas -básicamente- a robar ganado y capturar mujeres rubias. En el camino, resultaba inevitable lancear o degollar a unos cuantos argentinos. ¿Qué se le iba a hacer? ¡Eran huincas!

Pero esa es otra historia. Por el momento cerramos este modesto apunte con el saludo que se utiliza aún hoy en la Patagonia, al cruzarse los caminos de los viajeros: "Mari-marí". Esto significa textualmente "diez-diez". Que te vaya bien, que te vaya "de diez". Y a veces, para que esa salutación al paso resulte más cálida, se la enuncia más completa. "Mari-marí peñí". O sea: Adiós, hermano.

NOTA: Las fuentes de este artículo son el sitio de internet "Los Matuastos- Periodismo" (domingo 9 de septiembre de 2012) y "Pincén, vida y leyenda" de Juan José Estévez, publicado en 2011.

miércoles, 27 de octubre de 2021

La cuestión mapuche - Rolando Hanglin

 REVOLVIENDO LA BIBLIOTECA

40

En esta sección que llamamos "Revolviendo la biblioteca", incluimos distintos artículos de gran interés histórico, poco conocidos por el público en general, publicados hace ya muchísimos años. 

En el diario La Nación, fue publicado el 22 de setiembre de 2009 el siguiente artículo.


LA CUESTIÓN MAPUCHE por Rolando Hanglin

Leemos que la comunidad mapuche Cayún ha ocupado tierras en la zona de San Martín de los Andes. Se trata de predios pertenecientes a Parques Nacionales. El conflicto social, cultural y patrimonial con los mapuches se ha ido desarrollando de tal modo que muy pronto va a ser un problema nacional, a debatir en el Congreso.

Muchos argentinos (sobre todo, los jóvenes) creen que los mapuches fueron los habitantes originarios del suelo argentino, donde vivieron pacíficamente criando a sus ovejas y tejiendo sus ponchos, sin ser molestados durante todo el lapso de la colonización española (digamos entre los años 1500 y 1850) hasta que la codicia de los estancieros blancos impulsó al general Julio Argentino Roca a expulsarlos de sus tierras. Esa sería la explicación de la limpieza étnica -o genocidio- realizada en 1879 con la llamada Campaña del Desierto.

Como es un tema complejo, que ni siquiera se estudia en el colegio secundario como parte de la historia argentina, no me atrevo a despachar una opinión "impactante" a través de estas líneas. Apenas sugiero a los interesados repasar algunos libros de etnografía, o por lo menos algo más profundo que un manual de historia de primer año, donde se dice poco y nada.

Lo primero que notarán es que la palabra "mapuche" no aparece en ninguna parte: los cronistas de Indias, los geógrafos militares, los mismos caciques en sus correspondencia política (que es abundante), los autores clásicos como Estanislao Zeballos, Lucio Mansilla y Manuel Prado; todos hablan de los indios de la Pampa y la Patagonia como "serranos", "pampas", "ranqueles", "vorogas", "catrieleros", "tehuelches", "pehuenches", e incluso "puelches"... pero jamás existió una etnia o tribu llamada "mapuche" dentro del territorio argentino. En tiempos de la guerra de los fortines -que duró desde 1820 hasta 1880- se escribieron numerosos glosarios para parlamentar, comerciar, dialogar y entender lo que decían los indios. En ninguno hallará el lector la palabra "mapuche".

Voy a transcribir algunas citas para aportar algunas pinceladas sobre estos hombres: quiénes eran, cómo eran, de dónde venían.

"Aquellos a quienes propiamente correspondía la denominación de mapuche eran originarios de Chile, de la región limitada por los ríos Bío-Bío y Toltén, aproximadamente en la latitud de la actual provincia de Neuquén. En su lugar de origen eran bastante sedentarios y practicaban la ganadería y la agricultura en forma incipiente... Divididos en distintas parcialidades, obedecían cada cual a su cacique... Su relación con los conquistadores españoles resultó sumamente conflictiva... Respecto de los mapuches en la Capitanía General de Chile se dio un caso atípico -estimo que único en los anales de la conquista española- ya que los europeos desistieron por escrito de someterlos y firmaron con los aborígenes varios tratados de paz en los que reconocieron su derecho a ocupar un sector del territorio de esa Capitanía General, con límites precisos que no podían ser traspasados por los españoles...La nación mapuche, o araucana como se la denominaba entonces, tuvo así un reconocimiento formal... El territorio establecido, sin embargo, resultó demasiado escaso para esta etnia tan agresiva, y grandes grupos de la misma traspasaron la cordillera de los Andes hacia las grandes llanuras que hoy constituyen el centro de nuestro país... La afluencia de los araucanos a este vasto escenario fue paulatina: puede describirse como una colonización cultural, acompañada de una invasión armada... Las etnias asentadas en territorio argentino fueron absorbidas y adoptaron la lengua mapuche... Este proceso, que se conoce como Araucanización de la Pampa, requirió largos años, pues comenzó en el Siglo XVII y a mediados del Siglo XIX todavía se estaba desarrolando... No es aventurado suponer que los primeros grupos trasmontaron los Andes en busca de los ganados sin dueño que poblaban nuestras llanuras y que se denominaban comúnmente cimarrones. Vacunos, equinos y lanares pastoreaban por millares en las pampas y constituían un tentador suministro para indios y blancos, que los perseguían y capturaban para consumirlos y comercializarlos... Lo que en un principio fueron excursiones temporarias de caza, rápidamente se transformaron en asentamientos definitivos de tal importancia que llegaron a desplazar y absorber a los primitivos habitantes" (Del libro Malones y comercio de ganado con Chile, Siglo XIX, de Jorge Luis Rojas Lagarde).

Estos primitivos habitantes que fueron dominados y absorbidos por los araucanos eran los famosos tehuelches, puelches y serranos de la historia, que perduran en el recuerdo de grandes jefes históricos argentinos como Pincén, Coliqueo, Painé, Catriel y Sayhueque. En todos los documentos históricos de la época, el lector hallará numerosas menciones de los "indios amigos" (sobre todo Catriel y Coliqueo) y también de los "indios chilenos", y la inmensa rastrillada que estos últimos dejaban, arrastrando sus lanzas por el campo, llamada "camino de los chilenos". Era ésta una larga banda pisoteada por arreos de ganado robado en las estancias argentinas (a veces hasta 200.000 cabezas) y luego comercializados en Chile, cruzando la cordillera tras un período de engorde que se hacía en el Neuquén.

En este largo ciclo histórico hubo malones cruzados de indios contra blancos y viceversa, alianzas, pactos y traiciones, y puede decirse que toda fuerza militar contó con su valiente escuadrón de lanceros indios, a veces en número de 1000 o 2000, ya que los araucanos y los pampas resultaban militares vocacionales y se anotaban en todas las batallas, con un guiño -naturalmente- del cacique, y la recompensa del botín, tal vez una cautiva blanca. De todos los jefes indios, el más exitoso, cruel y astuto fue sin duda el chileno Juan Calfucurá, que cruzó los Andes para atacar a traición a sus parientes, los vorogas de Salinas Grandes (La Pampa), convirtiéndose luego en un verdadero emperador, con su cancillería, sus escribientes y su trono: el monarca de Tierra Adentro. Sigue diciendo Rojas Lagarde: "Esta fuente de alimentos tan abundante comenzó a disminuir hasta agotarse, con motivo de las continuas e importantes exacciones que sufría, pues los blancos organizaban sus "vaquerías", anticipando la ganadería actual... los indios optaron por recurrir a la captura del ganado criado por los blancos en sus estancias... Con ello se transformaron de cazadores en depredadores, a mitad del Siglo XVIII". Es decir, cincuenta años antes de la Independencia.

El 18 de julio de 1872, el médico militar francés Henri Armagnac participó, como arriesgado testigo, de la represión a un malón que había causado veinte muertes y arreaba miles de cabezas de ganado hacia Tierra Adentro. La historia está relatada en Viaje por las pampas argentinas, publicado por Eudeba en 1974. Los indios asesinaban a sus víctimas varones, se resistieran o no, acometiéndolos con su larga lanza: luego echaban pie a tierra y los degollaban. Las mujeres jóvenes eran secuestradas como cautivas, lo mismo que algunos niños. Las viejas sufrían el mismo destino que los hombres. El doctor Armagnac da fe de que los soldados blancos hacían exactamente lo mismo: no se tomaban prisioneros. Los vencidos eran fusilados o degollados en el lugar, como lo ordenaba Juan Manuel de Rosas en una directiva escrita: "Mátenlos ahí mismo, en caliente y dejen sólo uno vivo, para que declare". Relata, pues, el doctor Armagnac el encuentro de indios y cristianos: "Pronto vimos a unos cincuenta indios, la mayoría a pie y algunos montados a una distancia de quinientos metros. Apenas nos vieron, los que estaban a pie montaron a caballo, por lo menos los que lo tenían a mano, y emprendieron la huida. Pero nuestros gauchos se lanzaron en su persecución y, en menos tiempo que toma en relatarlo, alcanzaron a algunos y los mataron a lanzazos y cuchilladas. Los otros escaparon en todas direcciones, entre los altos pastos que rodeaban el claro. Siguió la persecución y se logró apresar a algunos más, que fueron fusilados y rematados a puñaladas. Los gauchos realizaban con verdadero ensañamiento estas ejecuciones sumarias".

Dice Manuel Olascoaga en Estudio topográfico de la Pampa y el Río Negro, con referencia a las décadas posteriores a 1800: "Nuestros ganados se multiplicaban prodigiosamente de año en año, y los indios también de año en año traían sus malones a todas nuestras poblaciones y establecimientos limítrofes de la pampa...Los ganados invernaban y descansaban tranquilamente en las faldas de los Andes... Allí venian los comerciantes cristianos a cambalachearlos por tejidos, chaquiras, bebidas, tabaco, etc, para luego llevarlos tras la cordilera. Nunca uno de nuestros hacendados se presentó en Chile a reclamar sus vacas robadas. Tampoco hubo jamás una autoridad chilena que diera cuentas espontáneamente o pidiese certificados de propiedad a los que introducían por la Pampa cantidades de ganado que representaban cientos de miles de pesos. Esa exacción y sus connivencias eran absolutamente impunes ante la Justicia chilena".

El científico americano George Earl Church describe el ataque de un malón contra Bahía Blanca en 1859. Después de arrebatar 5000 cabezas de ganado que pastaban en los campos vecinos, y al ver que desde el fortín hacían fuego, los indios volvieron hacia la población cristiana y allí desencadenaron un infierno de lanzazos, degüellos y violaciones. Church los describe como jinetes prodigiosos y guerreros de admirable vigor. Al retirarse los salvajes con su gran botín de vacunos, yeguarizos y cautivas, dejaron en el campo de batallas 62 muertos, que el científico describe así: "Eran hombres bien constituidos, musculosos, de mediana estatura, pecho lleno y redondo, hombros anchos, muñecas pequeñas, manos y pies bellamente formados, con dedos estrechos y uñas largas. Un pelo tosco y enredado cubría sus cabezas y caía sobre sus frentes bajas. Tenían pómulos altos y bocas grandes, de aspecto salvaje. La cabeza de un diablo unida al cuerpo de un dios". (Aborigins of South America, Chapman & Hall, Londres, 1912). No eran, pues, enemigo fácil ni caballo manso.

Tiburcia Escudero, una muchacha de 20 años que en 1850 vivía con su madre y sus hermanos en La Higuerita, en San Luis, relata: "Nos levantamos todos en mi casa bien tempranito para ordeñar. En esa época hacíamos muchos quesillos y en esa tarea nos ayudaban, a mi mamá y a mí, mi tata Isaac y mis hermanos, Isaac y Fidel... Como a eso de las once, mis hermanos menores que andaban jugando atrás de las casas gritaron: ¡Dispare, los indios!... Yo les dije; ¡Dejen de joder!. Y seguimos con mi mamá trabajando en la leche. La cuajada ya estaba casi hecha. Ahí sentimos un tropel como si el cerro se viniera abajo. Yo salgo corriendo al patio y veo como doscientos indios a caballo rodean la casa. Gritaban: ¡Matando cristiano!... Yo disparé para el lado de la barranca pero no había hecho ni cincuenta metros cuando un indio me agarró de las trenzas y me levantó en el aire y me puso atravesada sobre la cruz de su caballo, gritando: "No escapando cristiana... Cristiana linda... No matando, llevando toldo"... Cuatro años después pude volver a mi rancho y supe que habían matado a mi mamá. Mi tata se salvó porque estaba en el campo.. Los indios se llevaron todo lo que pudieron, y ya de vuelta saquearon tres casas más, robando, incendiando y matando... En algunos casos, mataron a niñitos que ni caminaban... A las criaturas las revoleaban por el aire y las ensartaban con la lanza, a las carcajadas y al grito de: Matando pichi, matando pichi". (Tiburcia Escudero, la cautiva de los ranqueles, publicado por la Secretaría de Estado de Cultura de San Luis)

Todo este trastorno sangriento se había originado en el gran desequilibrio de la pampa, provocado por la masiva invasión de araucanos chilenos. Fueron cincuenta años de sangre y muerte, donde predominaron siempre los más crueles, los más audaces, los más traidores, los más valientes.

Y como trasfondo económico, la sangría de ganado, escamoteado en la pampa y vendido en Chile. El diputado chileno Puelma dijo en un debate del Congreso de su país sobre la cuestión de la araucanía: "Es sabido que el comercio que más realizan los araucanos es el de animales robados en la República Argentina... Y nosotros, que sabiendo que son robados los compramos sin escrúpulo ninguno, después decimos que los indios son ladrones. ¿Qué seremos nosotros, pues?".

Después de esta época terrible, se tapó todo, se olvidó pronto y mal, y vino el auge de la Generación del 80, con los grandes hombres de la Nación en su expresión moderna: Roca, Mitre, Pellegrini, Sarmiento. La inmigración de italianos, españoles, vascos, irlandeses, polacos, rusos, ingleses, árabes, cubrió ese pasado terrorífico y nadie conoció ya la tremenda historia. La Argentina aspiraba a sentarse entre los grandes países ricos y civilizados... el heróico pero terrorífico relato de la guerra al malón estaba lleno de capítulos turbios, escalofriantes, como para espantar al inmigrante más curtido.

Pero atención: en esa historia, que tiene muchos capítulos y muchos matices, no hay buenos y malos. No hay ángeles. No hay víctimas. No hay "mapuches". No hay "genocidio". No hay habitantes originarios, o mejor dicho sí los hay: originarios de Chile.

Nuestros indios amigos, nuestros paisanos que sobrevivieron como pudieron, hoy están esperando una reparación histórica, cultural, territorial, económica, en sus pagos de origen dentro de la República Argentina, como ser Toay, Los Toldos, Ñorquinco. A los araucanos chilenos que, a lanza y bola, derramaron su sangre en nuestro país, les toca (a través de sus descendientes) lo mismo que a cualquier argentino. Una oportunidad para estudiar y trabajar, el respeto de todos mientras se acate la Constitución. Pero, si vemos los hechos históricos, no parece el caso de una "indemnización" o la "devolución de sus tierras originarias, usurpadas por el cristiano". Eso no sería justo para todos los patriotas que murieron en esta guerra de 50 años y los paisanos que fueron degollados, sus mujeres violadas, sus hijos secuestrados.

En todo caso, yo sugiero al lector, o a los legisladores que muy pronto tendrán que resolver de manera ecuánime esta cuestión, una lectura seria de todo lo que se ha dicho y escrito sobre los indios de la pampa.

sábado, 31 de julio de 2021

Camila O'Gorman y Uladislao Gutiérrez

REVOLVIENDO LA BIBLIOTECA

26

En esta sección que llamamos "Revolviendo la biblioteca", incluimos distintos artículos de gran interés histórico, poco conocidos por el público en general, publicados hace ya muchísimos años. 


Encontramos este artículo que fue publicado en el diario La Nación  el 24 de julio de 2012 sobre el caso Camila O'Gorman.


La verdad sobre Camila y Rosas
Los delatores o instigadores no han dicho una palabra
                                    por Rolando Hanglin


Camila O'Gorman

La historia de Camila O´Gorman es simple y despiadada. Una niña bien se enamora de un joven sacerdote, el cura Uladislao Gutiérrez, y él de ella. Acorralados en un amor imposible, se fugan para vivir en pareja. La justicia los atrapa y, para castigar su sacrilegio, los fusila a ambos, asesinando de paso al niño que llevaba Camila en el vientre.

Lo que sucedió en Santos Lugares fue una barbaridad, y no tiene perdón de Dios. Igual que otras mil barbaridades que se han cometido en todos los tiempos. Pero esta triste historia tiene también otros perfiles: se atribuye, exclusivamente, la orden de ejecución al dictador Rosas. Se la agrega a otros mil actos sanguinarios, como para completar el retrato del "Calígula del Plata". Se sobrecarga lo sucedido con todos los detalles horrorosos que se encuentren a mano.

Hay mucho escrito sobre este acontecimiento. Hemos seguido la cronología y las citas de Roberto Etchepareborda (Rosas, controvertida historiografía, Pleamar, 1972) que son un intento de relatar con ecuanimidad.

El episodio se produjo en 1848, momento en que Buenos Aires iba recobrando su fisonomía normal, liberada del bloqueo y de los rigores de una constante amenaza de guerra. Los emigrados, desde más de un año atrás, regresaban masivamente, desde Montevideo y Santiago de Chile. Según Abel Chaneton: "La vida se remansa y Buenos Aires, no ya sometida sino adicta, es un pueblo casi feliz. Llegan tiempos prósperos, renace el comercio... Toda resistencia armada a la dictadura desaparece en el Interior y el Exterior. Sólo la prensa "unitaria" sigue bombardeando a Rosas... cuyo prestigio se acrecienta y se representa inconmovible". (Historia de Vélez Sarsfield , Tomo 1, 1937).

En medio de esa recuperación, se produce la fuga de Camila con el cura. El hombre tiene 30 años, ella 19. Desaparecen el 12 de diciembre de 1847. Recién el 21, el atribulado padre informa al canciller de Rosas, don Felipe Arana, y solicita la detención de los prófugos.

¿Quién era ese padre, don Adolfo O’Gorman? Era el hijo de don Tomás O´Gorman, sobrino del médico Miguel O´Gorman, personaje principal en Buenos Aires, casado con la francesa Anne Perichon, que según la historia fue amante pública del Virrey Liniers, durante uno de los largos viajes de negocios del señor O´Gorman. Se la recuerda con el apelativo de "la Perichona". (Seguimos en este pasaje a Daniel Balmaceda en Romances Turbulentos de la Historia Argentina). Tanto los hijos de Liniers con Juana Úrsula Membille como los que tuvo, después de enviudar, con Martina Sarratea, se radicaron en Goya, Candelaria y otras localidades del nordeste argentino. Por ejemplo: una hija de Liniers se casó con Juan Bautista Perichon. El segundo Perichon, Esteban María, se radicó en Corrientes y originó una de las familias más tradicionales de Goya.

Gran parte de los vecinos de Plaza San Martín (en Buenos Aires) eran irlandeses y concurrían a la misa del Socorro. Entre ellos estaban Adolfo y Tomás, hijos de la francesa, casados con damas de la mejor sociedad y cultores de una moral severa. Sentían horror por el escándalo: estaban marcados desde niños.

La prensa adversa a Rosas, desde Montevideo, aprovecha el escándalo para señalar la inmoralidad reinante en la sociedad rosista. Se lo considera típico de las aberrantes costumbres que rodean al dictador, de quien se señalan graves impudicias que llegarían hasta el incesto. Los emigrados en Chile no trepidan en publicar, en El Mercurio: "Ha llegado a tal extremo la horrible corrupción de las costumbres del Calígula del Plata, que los impíos y sacrílegos sacerdotes de Buenos Aires huyen con las niñas de la mejor sociedad, sin que el infame sátrapa adopte medida alguna contra estas monstruosidades" (27 de marzo de 1848). El pecado de los amantes se convierte rápido en un acto de explosivo efecto político. Mientras, los prófugos, que han adoptado los nombres falsos de Máximo Brandier y Valentina San, se han establecido en Goya y regentean una escuelita. En aquella ciudad tenían parientes que los protegieron, mientras soñaban con una fuga (demasiado cara para sus ahorros) a Río de Janeiro. Pasan sin problemas cuatro meses, hasta que son reconocidos por el cura irlandés Michael Gammon, que descubre sus verdaderas identidades. En consecuencia, son detenidos y remitidos a Buenos Aires.

El regreso es lentísimo. Tarda más de dos meses, con un trato riguroso: separación absoluta, remache de grillos. A pesar de ello, Camila logra enviar una súplica a su amiga Manuelita Rosas, cuya respuesta se conoce. En una carta sumamente cariñosa, Manuelita le pide resignación para salvar la distancia que las separa "a fin de que, ya a mi lado, pueda con mis esfuerzos daros la última esperanza".

La grita opositora arrecia. En "El Comercio del Plata", don Valentín Alsina exige ejemplar justicia: "¿Hay en la tierra –expresa Alsina- castigo bastante severo para el hombre que así procede con una mujer cuya deshonra no puede reparar, casándose con ella?". Aparentemente, Rosas aún no ha resuelto nada. Su cuñada, María Josefa Ezcurra, lo insta a recluir a Camila en la Casa de Ejercicios. Aparentemente, se acepta en principio este criterio, porque se conoce la boleta de la compra del moblaje destinado a su celda, efectuada directamente por Manuelita. Recuérdese que María Joséfa Ezcurra había tenido un hijo con Manuel Belgrano, que fue adoptado por Rosas y pasó a la historia como Pedro Rosas y Belgrano, de larga actuación política. Sin embargo, Rosas parece cambiar de idea bajo el efecto de la enconada prédica unitaria. Manuel Rubio ha señalado que "aconsejar el patíbulo para un crimen social, y aconsejarlo a un hombre que era acusado por los unitarios de sanguinario, revela una convicción extraviada o una malignidad refinada e injustificable". Según Bilbao, para Rosas "el verdadero crimen de Gutiérrez y Camila fue burlar su autoridad". (Antonino Reyes, memorias de un edecán de Rosas, anotadas por Bilbao). Consecuentemente, tiende por fin al escarmiento ejemplificador. Por un lado, el clero, y por el otro, los más destacados juristas, se inclinan por la aplicación de la drástica legislación vigente a los culpables.

Se afirma que fueron consultados los jurisconsultos más destacados de Buenos Aires: Baldomero García, Lorenzo Torres, Nicolás Anchorena, Dalmacio Vélez Sarsfield y Eduardo Lahitte. Este último habría sido el único en oponerse a la sentencia de muerte. En cuanto a Vélez, Abel Chaneton desmiente la versión, que supone fruto de la pasión política posterior a Caseros. Le querían facturar a Vélez los devaneos del mentado cordobés durante las tertulias familiares de Rosas. Chaneton señala a Lorenzo Torres como el principal responsable: "Dio forma legal al asesinato, justificando la convicción de Rosas con citas de cánones y leyes".

Es casi indudable que Rosas, presa de un excesivo afán de reprimir un crimen privado, optó finalmente por la pena capital para ambos reos. Las ejecuciones se cumplirían en el campamento de "Santos Lugares de Rosas" (así se llamaba entonces) en el momento oportuno. Para la mentalidad severa de Rosas, el acto cometido representó un quebrantamiento de la moral social que no podía quedar impune. Se sentía responsable de cualquier condescendencia con Camila O´Gorman, que se hallaba tan cerca del círculo gubernamental, justificando el desenfreno de las costumbres los infundios de sus adversarios.

El cura Uladislao no estaba menos relacionado: era sobrino carnal de Celedonio Gutiérrez, gobernador de Tucumán, rosista y federal.

Años más tarde, desde Southampton, Rosas escribe a Federico Terrero: "Ninguna persona me aconsejó la ejecución del cura Gutiérrez y de Camila O´Gorman, ni nadie me habló en su favor. Todas las primeras personas del clero me hablaron o escribieron sobre ese atrevido crimen y la urgente necesidad de un ejemplar castigo para prevenir otros escándalos semejantes o parecidos. Yo creía lo mismo. Y siendo mía la responsabilidad, ordené la ejecución... Mientras fui gobernador, con la suma del poder por la ley, goberné según mi conciencia. Soy, pues, el único responsable de todos mis actos, de mis hechos buenos como de los malos, de mis errores y de mis aciertos". (6 de marzo de 1877, once días antes de morir).

Para agravar la responsabilidad de Rosas, se ha dicho generalmente que Camila estaba embarazada. Al parecer, ella misma lo declaró, para salvar la vida, al propio Antonino Reyes, jefe de Santos Lugares. Según oficio de Reyes a don Manuel Bilbao, "el cuerpo de la joven no lo evidenciaba, ni se advertían indicios de preñez.. Si la había, debía ser muy reciente, pero la causa servía en aquel momento para salvarla. Yo la respaldé, poniéndome de acuerdo con el médico del campamento, Dr. Martínez". (Memorias ya mencionadas). Al parecer, la carta no llegó a Manuelita Rosas, que era la destinataria, sino al propio general, quien ordenó de inmediato el cumplimiento de la sentencia.

Ejecución de Camila O'Gorman
Ejecución de Camila O'Gorman. Oleo sobre tela de 49 x 63 cms. de F. Augero . Turin 1858 

Dice Dardo Corvalán Mendilaharzu: "La infortunada Camila no llevaba el fruto de su amor en las entrañas. El sumario hecho en la ciudad de Goya... formal y minucioso, me robustece en la convicción... sobre la falsedad de la causa originaria de esa cosa terrible que ha dado en llamarse el "bautismo federal". A este sumario corre agregado el informe del único médico que había en Goya, el Dr. William Gibson, quien examinó prolijamente a la desventurada mujer. Nada hay (sobre un embarazo) en el informe, donde no escapan detalles, aún de los más insignificantes". (El caso de Camila O´Gorman, 1926).

Sin embargo, Daniel Balmaceda (Romances Turbulentos) menciona que el presbítero Castellanos, encargado de brindar a Camila los últimos auxilios, le dio a beber agua bendita para bautizar al niño que llevaba en el vientre.

Los jóvenes amantes fueron, durante Rosas, reprobados como ejemplo de las costumbres licenciosas de la dictadura y, más tarde, usados como prueba del absolutismo y la crueldad del dictador.

Ahora bien. Camila fue la única mujer ajusticiada por Rosas: ocurrió el 18 de agosto de 1848, 250 días después de huir juntos y 65 después de ser descubiertos y delatados por el Padre Gannon Chitty.

En aquel entonces, un desliz significaba un hijo: no había píldoras ni se usaban preservativos. Las peripecias de nuestros fundadores están sembradas de hijos naturales, pecadillos privados y otras historias que se encaraban con o sin grandeza, según los casos. Se degollaba o fusilaba a los prisioneros, se combatía por pequeñeces, se engrillaba a los revoltosos o se los aherrojaba en un cepo. Terrible. Un tiempo sin piedad. No la tuvo Rosas, pero tampoco Lavalle, o Moreno o Sarmiento.

En esta barbaridad, el único que se hace cargo de sus actos parece ser el brigadier general Rosas, por aquellas líneas desde Southampton, en que absorbe todo el peso de la criminal ejecución sobre su conciencia. Los otros, los delatores o instigadores, eclesiásticos o civiles unitarios, incluyendo a los federalísimos padres y parientes de Camila, no han dicho una palabra.