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domingo, 1 de marzo de 2020

La Constitución de 1853

 Publicado en el Periódico El Restaurador - Año XIV N° 64 - Marzo 2020 - Pags. 8 a 11   

 Año Belgraniano

 1770-3 de junio-2020, 250 años de su nacimiento / 1820-20 de junio- 2020, 200 años de su   fallecimiento 

La Constitución de 1853

Por Bernardo Lozier Almazán

Antonio Alice
Los constituyentes de 1853. Óleo de Antonio Alice. 1935


Antecedentes

Nuestros infructuosos intentos constitucionalistas, tuvieron su inicio en la llamada Constitución unitaria de 1819, (1) que fue sancionada el 20 de abril de 1819 y jurada el 25 de mayo de aquel mismo año. 

Carta Magna, nacida con el pecado original de ser inspirada en la Constitución liberal de las Cortes de Cádiz de 1812, la Constitución francesa de 1791 y en la Constitución norteamericana, en cuanto a la división de poderes. Como sabemos, nunca llegó a tener vigencia debido a su marcada orientación unitaria, de tan amañado texto que tanto podía adecuarse a un sistema republicano como monárquico constitucional.

Así fue como, la inspiración netamente centralista de la flamante Constitución de las Provincias Unidas de Sud América, originó la violenta reacción de las provincias, que no tardaron en pronunciarse contra Buenos Aires 

De tal manera, se iniciaba la disgregación nacional y la larga y conflictiva época de la anarquía, que entre otras calamidades produjo el advenimiento de la época rivadaviana, cuando el 8 de febrero de 1826, con mayoría unitaria, el Congreso eligió a Bernardino Rivadavia, Presidente de las Provincias Unidas del Río de la Plata.

Empeñado en llevar a cabo su plan centralista, Rivadavia obtuvo la sanción de una ley que declaraba a la ciudad de Buenos Aires Capital de la República, colocando todo el territorio de la Provincia “bajo la inmediata dirección de las autoridades nacionales”, a fin de resolver “el gran problema sobre la forma de gobierno, que ha inquietado la confianza de algunos y ha suscitado los temores de otros”. 

Proyecto que llevaba en su seno la semilla de su fracaso, cuando comprobamos por el examen de las fechas que no fue discutido ni en su estructura general ni en sus cláusulas esenciales. En cambio es notorio que la obra del norteamericano Alexander Hamilton, The Federalist (El Federalista), fue la fuente de inspiración de nuestros constituyentes. 

La Constitución rivadaviana, defraudaba una vez más las aspiraciones de las provincias cuando, en el artículo 7º, consagraba “para su gobierno la forma representativa, republicana, consolidada en unidad de régimen”, en alusión expresa a su orientación unitaria. También decía en su artículo 130: “En cada provincia habrá un gobernador que la rija, bajo la inmediata dependencia del Presidente de la República”, y en su artículo 132 determinaba que: “El Presidente nombra los gobernadores de las provincias”.

Finalmente, aprobada por 41 votos favorables y 11 en contra, la Constitución unitaria fue aprobada el 24 de noviembre y sancionada el 24 de diciembre de 1826, siendo sometida a la consideración de las provincias, obteniendo un rechazo generalizado, atizando con renovada furia la guerra civil. 

Así fue como Facundo Quiroga se levantó contra Buenos Aires, derrotando a las fuerzas unitarias, comandadas por el general Gregorio Aráoz de Lamadrid, en la batalla de El Tala, el 27 octubre de 1826. De tal manera, en abril de 1827, casi todas las provincias se habían pronunciado por el federalismo, a la vez que rechazaron la flamante Constitución unitaria, rompiendo las relaciones con el gobierno de Buenos Aires.

Fueron estas graves circunstancias que obligaron a Rivadavia a que renunciara a la presidencia de las ya inexistentes Provincias Unidas del Río de la Plata. Dimisión que concretó, el 27 de junio de 1827, luego de apenas 16 meses de gobierno, dejando el país enfrentado, sin recursos económicos y fuertemente endeudado con Inglaterra.

El estado caótico legado por Rivadavia, requirió un gobierno fuerte para poder superar tan crítica situación, razón por la cual el Congreso resolvió, el 5 de julio de 1827, designar al doctor Vicente López y Planes, en carácter de Presidente provisional.

Durante su breve gobierno, López y Planes nombró, el 14 de julio de 1827, a Juan Manuel de Rosas Comandante General de las Milicias existentes en la campaña de la Provincia de Buenos Aires, por lo que surge ya definidamente en la escena política de aquel entonces.

López y Planes, para dar cumplimiento a los objetivos de su interinato, convocó a elecciones, el 11 de agosto de aquel mismo año, siendo electo Gobernador de Buenos Aires, el coronel Manuel Dorrego, cuyo corto mandato concluyó trágicamente, cuando en la mañana del 1º de diciembre de 1828 las tropas del general Lavalle irrumpieron en la Plaza de la Victoria, para provocar la deposición del gobernador.

Capturado, días después, el 13 de diciembre, fue ejecutado impíamente por orden de Lavalle, sin juicio previo. 

Así, como dijera el genial Ignacio B. Anzoátegui, “de tumbo en tumba”, llegamos al 6 de diciembre de 1829, cuando la Junta de Representantes procedió a elegir al Gobernador que condujera la convulsionada provincia de Buenos Aires, resultando electo Juan Manuel de Rosas, que asumió con el otorgamiento previo de “las facultades extraordinarias que juzgue necesarias”. 

Según la clara visión de la realidad política de Carlos Ibarguren, Juan Manuel de Rosas asumía la gobernación de Buenos Aires, en momentos en que: “… no había Nación, propiamente dicha; los Estados provinciales estaban separados y el sentimiento nacional quedaba subordinado al localista. Las provincias eran entidades soberanas o independientes en guerra unas contra otras, o en coaliciones beligerantes recíprocas. El complejo relajamiento de los vínculos que debían unir a las diversas partes componentes del país, fue efecto de la anarquía causada por la revolución de 1810” (2).

Nada más cierto, si recordamos que durante los 19 años transcurridos desde el pronunciamiento de Mayo de 1810, la Argentina venía soportando las sucesivas sacudidas revolucionarias que asolaban el interior del país, enfrentado con Buenos Aires.

Situación originada como lógica consecuencia del desmantelamiento de la estructura política virreinal y la inexistencia de un gobierno central que la sustituyera, dando lugar al surgimiento de la anarquía reinante. Así fue como surgió el caudillismo, fenómeno socio-político que asumió empíricamente la misión de restaurar el orden, construir y organizar un estado.

En consecuencia surgieron los caudillos, devenidos en Señores feudales, protectores y custodios de intereses locales o regionales, sin rendir vasallaje a nadie por carecer de un rey a quien tributar. 

Proceso que se remonta a la génesis de la monarquía como gobierno, cuando los reyes surgían de entre aquellos señoríos feudales, como primus inter pares, pero que en estas tierras generó una suerte de “Soberanos” territoriales. 

De tal manera, Juan Manuel de Rosas fue, por aquel entonces, la encarnación del caudillo surgido –como decíamos– “primero entre sus pares”, razón por la cual asumía su gobierno, muñido de “las facultades extraordinarias”, dispuesto a imponer el principio de autoridad para restaurar el orden, que sus antecesores no habían logrado imponer.


El Pacto federal, preludio de la Constitución Nacional

Con el propósito de poner fin a la ofensiva unitaria y dar comienzo a la pacificación del interior, el 18 de junio de 1830, Rosas le escribió al general José María Paz para proponerle una conciliación a fin de lograr la paz “necesaria para los pueblos. El país no puede soportar ya por más tiempo la desastrosa guerra que lo consume, y es necesario que todos hagamos sacrificios sin reserva para que los pueblos se vean libres de la espantosa escena que representan” (3). 

El general Paz desestimó la propuesta, por lo que Rosas debió iniciar una larga negociación para lograr una Liga federal, mediante el tratado llevado a cabo el 23 de febrero de 1830, entre Santa Fe y Corrientes, los arreglos del 24 de febrero entre Santa Fe y Buenos Aires, y el tratado del 3 de mayo, entre Corrientes y Entre Ríos. Acuerdos negociados mediante la mediación de Domingo Cullen por Santa Fe, José María Roxas y Patrón por Buenos Aires y Antonio Crespo por Entre Ríos, que tuvieron el cierre formal en la ciudad de Santa Fe, cuando el 4 de enero de 1831, suscribieron –excepto Corrientes– el memorable tratado recordado con el nombre de Pacto Federal.

Sin duda, el Pacto Federal fue el inicio de la tan anhelada organización nacional, objetivo testimoniado claramente en su artículo 14, cuando en la cláusula 5°, dispone: “Invitar a todas las demás provincias de la República, cuando estén en plena libertad y tranquilidad, a reunirse en federación con las litorales y a que por medio de un Congreso General Federativo se arregle la administración general del país bajo el sistema federal, su comercio interior y exterior, su navegación, el cobro y distribución de las rentas generales, y el pago de la deuda de la República, consultando del mejor modo posible la seguridad, y engrandecimiento general de la República, su crédito interior y exterior, y la soberanía, libertad e independencia de cada una de las provincias”. 

Mientras tanto, las fuerzas de la Confederación habían logrado vencer a las huestes unitarias conducidas por José María Paz, quien sorprendido por una partida federal fue hecho prisionero, en marzo de 1831. Ello dio lugar a que progresivamente las provincias restantes se fueran adhiriendo al Pacto Federal: Mendoza, el 9 de agosto de 1831; Corrientes, el 19 de agosto de 1831; Córdoba, el 20 de agosto de 1831; Santiago del Estero, el 20 de agosto de 1831; La Rioja, el 12 de Octubre de 1831; San Luis, el 13 de abril de 1832; San Juan, el 3 de mayo de 1832; Salta, el 4 de julio de 1832; Tucumán, el 8 de julio de 1832; Catamarca, el 3 de septiembre de 1832.

Fue por aquellos días que el gobernador de Santiago del Estero, Felipe Ibarra, creyendo que había llegado el momento de organizar constitucionalmente al país, promovía la realización de una Asamblea Constituyente. Rosas, con fecha del 16 de diciembre de 1832, le envió una carta, en la que le exponía su oposición a su propuesta, basándose en la precaria situación política del país, aduciendo que: “Si me dejara arrastrar por las inspiraciones de mi voluntad, sería el primero en clamar por una asamblea que, ocupándose de nuestros destinos y necesidades comunes, estableciese un sistema conforme a las opiniones de la mayoría de la República y centralizase la acción del poder. Pero la experiencia y los repetidos desengaños me han mostrado los peligros de una resolución dictada solamente por el entusiasmo, sin ser antes aconsejada por la razón y por el estudio práctico de las cosas […] mientras no hayan calmado las agitaciones internas y moderándose las pasiones políticas que la última guerra ha encendido […] creo sería funesto ocuparnos de un Congreso federativo” (4). 

Sin duda, Rosas tenía una visión clara de la situación interna y externa de la Confederación, si recordamos que por aquellos días los unitarios exiliados en la Banda Oriental, conducidos por Lavalle, planeaban la invasión del litoral. Mientras que en el orden externo, el 31 de diciembre de 1831, el Puerto Soledad, perteneciente a las Islas Malvinas, había sido invadido y su población maltratada por la tripulación de la corbeta norteamericana, Lexington, a las órdenes del capitán Silas Duncan. Acontecimiento que originó la primera violación de la Doctrina Monroe.

Por vía de síntesis, podemos decir que Juan Manuel de Rosas, comenzaba su andadura por aquel largo camino, para lograr “que los pueblos se ocupasen de sus constituciones particulares, para que después de promulgadas, entrásemos a trabajar los cimientos de la Constitución Nacional […] conservando cada uno su soberanía e independencia” (5), para luego instaurar un Gobierno federal representativo de cada estado provincial, soberano e independiente.

Como todos sabemos, sobrevinieron acontecimientos que le impidieron dar cumplimiento a su empírico proyecto de una constitución adecuada a la idiosincrasia rioplatense.

Pedro de Angelis, con su certero análisis de los acontecimientos, ya lo advertía en el Archivo Americano, cuando en 1845 decía que: “…hace ocho años que no dejamos las armas para repeler al bando rebelde unido a extranjeros enemigos de nuestra independencia; y una Nación no se construye en medio de la guerra, ella pelea y salva su nacionalidad primero; después naturalmente sanciona la Constitución que regirá en el país [de Angelis reconoce asimismo que] el Tratado del 4 de enero de 1831 es la base de la Constitución de la República. [En este mismo artículo afirma] La Constitución de un Estado, para que sea sólido, debe provenir de la creación progresiva de instituciones análogas, de las costumbres radicadas en los pueblos, de la acción lenta pero segura del orden y de las leyes especiales de cada Provincia” (6).

Por si falta hiciere mayor abundamiento, recordemos que el doctor Adeodato de Gondra, destacado jurista tucumano, también afirmaba en plena época federal que “Rosas prepara los elementos que deben formar la deseada Constitución Nacional, no como lo han pretendido los pérfidos violadores de todas las leyes, sino cual convenga a las necesidades, genio y costumbre de los argentinos” (7).

Es indudable, entonces, que Pedro de Angelis había bosquejado con la participación de Rosas un proyecto de Constitución para hacerla vigente cuando las condiciones políticas así lo permitieran. 

Fue por ello que, ocurridos los acontecimientos de Caseros, Urquiza, enterado de los profundos conocimientos de Angelis sobre la concepción constitucionalista, le solicitó la redacción de un proyecto de Constitución (8).

En los días de junio de aquel año de 1852, Pedro de Angelis, tuvo concluido el proyecto y lo editó en la Imprenta del Estado, con el título de Proyecto de Constitución para la República Argentina (9). De tal manera de Angelis demostró que ya había avanzado en la problemática constitucionalista, según lo testimoniara en 1845 cuando anunciaba que: “Cuando nuestra independencia esté consolidada y libre de todo riesgo, habremos fijado la base más sólida para la Constitución Nacional.[…] En medio de la guerra no hemos olvidado fijar instituciones preliminares a aquel objeto; y la Administración del General Rosas, fuerte por la Ley, ha hecho esas creaciones que no existían. Terminará éste su carrera pública, devolviendo el poder extraordinario que le ha confiado la Nación, y dejando establecidos fundamentos sólidos al orden constitucional de nuestra Patria” (10).


Luces y sombras de la Constitución de 1853

Según la acreditada opinión de Carlos Tagle Achaval: “Pareciera indudable que de Angelis tuvo su esquema pergeñado en Buenos Aires para cuando Rosas creyera oportuno consensuar una Constitución” (11).

A todo esto, Juan Bautista Alberdi, que se encontraba en la ciudad chilena de Valparaíso, tomó conocimiento de la deposición de Rosas, por lo que dijo que “yo me puse a escribir las Bases y Puntos de Partida para la Organización Política de la República Argentina, que mi amigo [Juan María Gutiérrez] debía hacer sancionar por sus consejos persuadidos y persuasivos” (12).

Según el propio Alberdi, las Bases fue una obra improvisada, un “escrito ligero, hecho en 20 días de ocio”, por lo que, según Paul Groussac, “en su angustia optó por tomar la constitución de los Estados Unidos como base y punto de partida, agregarle capítulos del régimen chileno para reforzar las atribuciones del presidente, algunas reminiscencias de citas de Pellegrino Rossi leídas por Lastarria y media docena de artículos que traducían el gobernar es poblar tal como creyó verlo en la flamante constitución del Estado de California dictada en 1850” (13).

Sin duda, Alberdi no dispuso del tiempo suficiente para producir una obra meditada. Tan es así que Juan María Gutiérrez, luego de leer la primera versión de las Bases, le solicitó a Alberdi que le agregara un proyecto constitucional, para facilitar la tarea de los congresales, reprochándole que “poco se gana con disquisiciones en el aire” (14). 

Tres meses después, Alberdi, reeditó las Bases, según sus propias palabras, “aumentada de muchos parágrafos y de un proyecto de constitución según las bases propuestas”. Proyecto, en gran parte, nutrido ideológicamente en el influjo liberal, tan en boga a mediados del siglo XIX, la fallida y rechazada Constitución Argentina de 1826 y en la de los Estados Unidos de Norteamérica.

Al fin, el 24 de diciembre de 1852, el Congreso Constituyente, inauguró la Comisión de Negocios Constitucionales, encargada de redactar la Constitución, integrada por Juan María Gutiérrez, José Benjamín Gorostiaga, Pedro Ferré, Manuel Leiva y Pedro Díaz Colodrero, a la que luego se sumaron muchos más.

Si bien, el doctor José María Zuviría, secretario del Congreso Constituyente, anunció que ambos proyectos habían sido analizados por los constituyentes (15), el proyecto constitucional propuesto por Pedro de Angelis, fue desconsiderado por los antecedentes “rosistas” del autor. 

Las sesiones –como dijera Gorostiaga– no consistieron solo en “verter a un lenguaje llano los trabajos abstractos del doctor Alberdi”, sino que el proyecto fue largamente discutido y analizado en apasionados debates. 

Fue por ello que, apremiados por el tiempo transcurrido sin lograr consenso, los constituyentes debieron sesionar durante diez días corridos, entre el 21 y el 30 de abril de 1853, hasta obtener la aprobación de los 107 artículos del proyecto, “tan de prisa que se omitieron formalidades esenciales en las actas”. 

De manera tan precipitada, los constituyentes pudieron firmar, el 1º de mayo, el texto original de la constitución, que elevarían a consideración de Urquiza, quien la promulgó el 25 de mayo, en San José de Flores, disponiendo que se la jurase en toda la Confederación el 9 de julio de aquel año de 1853.

El desacuerdo y la desunión no tardo en manifestarse, si recordamos que el gobierno de Buenos Aires rechazó de plano la flamante Constitución Nacional y la anexa ley de federalización del territorio de la ciudad. Así fue como, siendo gobernador de Buenos Aires el doctor Pastor Obligado, el 11 de abril de 1854, se sancionó la Constitución del Estado de Buenos Aires, y pocos días después, el 23 de mayo, fue solemnemente jurada frente a la Pirámide de Mayo, en la Plaza de la Victoria. 

Constitución de 1853
Jura de la Constitución de Buenos Aires (1854) Daguerrotipo.

Carlos Ibarguren, sostiene que: “La Constitución de 1853 fue el resultado de una transacción entre provincias que se vincularon formando una entidad orgánica débil […] Fue necesaria una lucha civil de diez años entre las provincias y Buenos Aires, y la victoria militar de ésta sobre aquellas para consolidar políticamente al país” (16). Penoso capítulo de nuestra historia, que nos testimonia la vigencia del pensamiento de Juan Manuel de Rosas, cuando sostenía que “el reproche de no haber dado al país una constitución me pareció siempre fútil, porque no basta dictar un `cuadernito´, para que se aplique y resuelva todas las dificultades; es preciso antes prepara al pueblo para ello, creando hábitos de orden y de gobierno, porque una constitución no debe ser el producto de un iluso soñador sino el reflejo exacto de la situación del país” (17). 


Epílogo

Luego de consagrarse como “el padre de la Constitución Republicana, Representativa y Federal de 1853”, Juan Bautista Alberdi, fue designado por Urquiza, con rango de Encargado de Negocios, para representar a la Confederación Argentina en Europa. Su misión diplomática tenía por objeto obtener el reconocimiento de la Confederación Argentina regida por la nueva Constitución, la designación de cónsules, vicecónsules y gestionar acuerdos comerciales (18).

Alberdi arribó a Inglaterra el 1º de julio de 1855, a fin iniciar su desempeño diplomático, actividad que le permitió frecuentar las Cortes europeas, la de Napoleón III, en Francia, la de la reina Victoria, en Inglaterra, la de la reina Isabel II, en España.

La imagen de aquellos reinos donde imperaban el orden, el progreso y la prosperidad, debieron deslumbrarlo, al mismo tiempo que la comparación con la anarquía reinante en su patria, le suscitaron la revisión de los fundamentos filosóficos de sus convicciones republicanas. Así se lo hizo saber a Félix Frías, cuando le decía: “Vergüenza me da el pensar que el federalismo argentino, que yo consideré como un régimen de transición hacia la consolidación, nos haya más bien llevado hacia la disolución”.

Alberdi, durante su larga permanencia en Europa, se mantuvo informado de los avatares políticos y el permanente caos que atormentaba a su país. 

Fue por aquellos días que Alberdi le escribía una carta a su entrañable amigo Juan María Gutiérrez, confiándole un velado anuncio: “Yo no he dicho aún la última palabra sobre la organización argentina. Tengo un libro, escrito bajo el dictado de la experiencia de los últimos siete años y de lo que he podido estudiar en Europa. Lo daré a luz cuando venga la oportunidad en que su doctrina se pueda volver ley” (19). 

Aquel libro, recién se dio a conocer luego de la muerte de Alberdi, ocurrida el 19 de junio de 1883.

Fue su hijo Manuel Alberdi, fruto de un romance juvenil, quien con subvención oficial, editó la obra en 1896, primeramente titulada Del Gobierno en Sudamérica, con el subtítulo Según su Revolución Fundamental. La obra, así editada, formó parte del volumen IV de sus Escritos Póstumos, que posteriormente se dio a conocer bajo el título de La monarquía como mejor forma del gobierno en Sud América (20). La dedicatoria contiene un sugestivo mensaje: “A San Martín, a Belgrano, a Bolívar, a Sucre: Vosotros sois los patrones naturales de este libro inspirado en vuestras ideas, animado de vuestros deseos”. Recordemos que los próceres mencionados, en su momento, apoyaron la solución monárquica para poner fin a la anarquía reinante. 

A lo largo de sus 653 páginas y en particular en el Capítulo IV, Alberdi proclama las ventajas que ofrecería el sistema monárquico, “lo más indicado por la idiosincrasia y tradición de estos pueblos y aun anhelada por la masa de su población”. 

Esta obra, curiosamente tan olvidada o soslayada, nos deja al descubierto graves interrogantes para resolver respecto al verdadero pensamiento filosófico alberdiano.

Notas

(1) Bernardo Lozier Almazán: La Constitución de 1819. Sus causas y consecuencias, El Restaurador, año XIII, nº 52, pp. 4-5.

(2) Carlos Ibarguren: Juan Manuel de Rosas. Su vida, su drama, su tiempo., Theoría, Buenos Aires, 1972, p. 149.

(3) Ídem. p. 152.

(4) Ídem. pp. 158-159. Carta de Rosas a Felipe Ibarra, del 16-12-1832.

(5) Carta de Rosas a Juan Facundo Quiroga, del 20-12-1834, en la Hacienda de Figueroa.

(6) Archivo Americano, Nº 19, del 21-6-1845, p.233.

(7) Ídem. Nº 16, del 11-12-1844, pp. 14-15.

(8) Carlos Tagle Achaval: Proyecto Constitucional de Pedro de Angelis. Su vida y su pensamiento, Instituto Nacional de Investigaciones Históricas Juan Manuel de Rosas, Bs.As., 1989, p. 39.

(9) Ídem. El texto completo figura entre pp. 43 y 66.

(10) Archivo Americano, Nº 19, del 21-6-1845, p. 231.

(11) Carlos Tagle Achaval: op. cit. p. 80.

(12) Juan Bautista Alberdi: Juan María Gutiérrez. Biografías y autografías, en Obras selectas de Alberdi, t. IV, La Facultad, Bs.As. 1920, p. 392.

(13) José María Rosa: Historia Argentina, Ediciones Oriente, Bs.As. 1973, t. 6, pp.105-106.

(14) Bernardo Lozier Almazán: Pedro de Angelis. Cronista de Juan Manuel de Rosas. Patriarca de los historiadores rioplatenses, Sammartino Ediciones, Bs. As. 2018, p. 174.

(15) José María Zuviría: Estudios sobre la Historia Argentina Contemporánea, Imprenta de Pablo Coni, Bs. As. 1881, p. 144.

(16) Carlos Ibarguren: La reforma constitucional, sus fundamentos y su estructura, Ediciones Dictio, Bs.As. t. IV, p. 218.

(17) Ernesto Quesada: Los unitarios y la traición a la patria, Plus Ultra, Bs.As. 1965, p. 219. El autor visitó a Juan Manuel de Rosas, en febrero de 1873, en Southampton, Inglaterra. Durante el diálogo que mantuvieron, Rosas le expresó el comentario mencionado.

(18) Jorge M. Mayer: Alberdi y su tiempo, Editorial Universitaria de Buenos Aires, 1963, p. 475.

(19) Juan Bautista Alberdi: La monarquía como mejor forma de gobierno en Sud América, A. Peña Lillo editor, Bs.As. 1970, p. 25, Estudio preliminar de Juan Pablo Oliver.

(20) Ídem. p. 13.

domingo, 1 de septiembre de 2019

Mayo de 1810 - La Argentina improvisada

 Publicado en el Periódico El Restaurador - Año XIII N° 52 - Setiembre 2019 - Pag. 7 

Mayo de 1810 - La Argentina improvisada

El día 12 de junio pasado, fue presentado en la sede del Instituto Nacional de Investigaciones Históricas Juan Manuel de Rosas, la segunda edición del libro “Mayo de 1810. La Argentina improvisada 1810-1860. Medio siglo de desencuentros” del historiador Bernardo Lozier Almazán, editado por Sammartino Ediciones. 

Esta edición está notablemente ampliada con nuevos aportes documentales, con respecto a la anterior publicada diez años atrás.

La obra fue presentada por el Dr. Sandro Olaza Pallero y también se refirió a la misma su autor, en un acto que contó con una gran asistencia de público y que fue seguida con gran interés por todos los presentes.

En brevísima síntesis podemos decir que en este interesante libro, redactado de manera sencilla y comprensible aún por quienes no tienen conocimientos profundos de la historia, se trata sobre la improvisación con la que actuaron los hombres públicos de nuestro país en lo que respecta a la organización política e institucional, ya desde los comienzos de la gesta de Mayo y hasta 1860.

Parecería que ese actuar improvisado del que habla el autor por aquellos 50 años, también ocurrió en nuestra historia patria con posterioridad y se extiende hasta el presente, pasando a ser esa improvisación, desgraciadamente una característica –salvo algunas excepciones- de nuestra clase dirigente.

La Constitución de 1819

  Publicado en el Periódico El Restaurador - Año XIII N° 52 - Setiembre 2019 - Pags. 4 y 5 

La Constitución de 1819 - Sus causas y consecuencias


Por Bernardo Lozier Almazán


La historia es una larga cadena de acontecimientos, cuyos eslabones están constituidos por un sinfín de causas y consecuencias.

Acorde con esta premisa, para comprender nuestra historia, debemos rememorar la creación de la Constitución de 1819, comenzando por determinar las causas que impulsaron su génesis, por lo que conviene remontarnos a los días del eclipse napoleónico. Hecho que dio origen, en 1814, a la Santa Alianza, cuya finalidad fue, entre otros objetivos, la de brindar apoyo a las monarquías absolutistas, combatir los sistemas democráticos y republicanos y restaurar la corona de España en manos de Fernando VII. Objetivo, este último, que se concretó el 22 de marzo de 1814, cuando pudo regresar a Madrid para ocupar el trono español. 

Recordemos que las primeras disposiciones de Fernando VII fueron abolir todo cuanto se había realizado en el ámbito político y administrativo durante aquellos aciagos cuatro años de cautiverio. Fue por ello que disolvió las Cortes de tendencia liberal y restauró el absolutismo.

Mientras tanto, en el Río de la Plata, aquel acontecimiento le originó una difícil situación al gobierno revolucionario, oculto tras la “máscara de Fernando VII”, haciendo peligrar la emancipación que se habían propuesto los hombres de Mayo de 1810. A todo esto –para alentar mayor incertidumbre– llegaron a Buenos Aires los rumores de que en España se estaba preparando una poderosa expedición militar al Río de la Plata, al mando del prestigioso general Pablo Morillo, para poner fin a la insurrección revolucionaria.

Tal situación, puso en evidencia la confusión que, por aquellos tiempos, reinaba en Buenos Aires, originada por los desaciertos e improvisaciones de nuestro primer gobierno patrio. Al respecto, el Dr. Ricardo Zorraquín Becú decía que ”…la revolución de Mayo fue el resultado de una conjuración sumamente limitada en su origen, que no traducía las aspiraciones generales del Virreinato”. También el padre Guillermo Furlong sostenía que debíamos “reconocer sinceramente, porque es una realidad histórica, que la revolución de 1810 fue la obra de muy pocos; en manera alguna fue fruto de un estado de conciencia o la voluntad general del pueblo rioplatense”. Es así que no podemos negar que nuestra Patria independiente nació en forma improvisada, en mi opinión, se desgajó de la Madre Patria prematuramente, y eso tuvo sus consecuencias, que se testimonian en la Primera Junta, la Junta Grande, el Primer Triunvirato, el Segundo Triunvirato y los sucesivos Directorios, todos de efímera vida, sin olvidar los numerosos proyectos o intentos monárquicos, que fueron fracasando uno tras otro. Recordemos que Paul Groussac, en su Ensayo Histórico sobre el Tucumán, editado en 1882, ya sostenía que “la rivalidad de Saavedra y Moreno abrió el camino de la anarquía”. 

Siguió dando vueltas la rueda del tiempo, y así llegamos a la Asamblea del año XIII, cuando el gobierno, quitándose la “mascara de Fernando VII”, resolvió declarar la independencia y dictar una constitución, que no logró concretar.

Así, de manera tan caótica, provocada por las profundas divergencias internas y la derrota que sufriera Belgrano en Tacuarí, pusieron al gobierno revolucionario en posición nada propicia para coronar con éxito el proceso emancipador. No obstante ello, un grupo de patriotas reunidos en San Miguel de Tucumán, en un acto de gran valentía, resuelven declarar la independencia. Así fue como el 24 de marzo de 1816 los congresales comenzaron a sesionar, siendo una de sus primeros temas a tratar el reemplazo de Antonio González Balcarce, en su carácter de Director Supremo, quien el 3 de mayo de 1816, por voto unánime del Congreso fue sustituido por el general Juan Martín de Pueyrredon.

Luego de superar no pocas actitudes anárquicas, llegado el 9 de julio de 1816, se celebró la asamblea en la que los diputados en sala plena aclamaron la Independencia de las Provincias Unidas de la América del Sud, “en el nombre y por la autoridad de los Pueblos […] declaramos solemnemente a la faz de la tierra, que es voluntad unánime e indubitable de estas provincias romper los violentos vínculos que las ligaba a los reyes de España”.

Tres días después, en la sesión llevada a cabo el día 12 de julio, se trató la forma de gobierno que debía adoptarse, proponiéndose “que fuese la monarquía temperada en la dinastía de los Incas y sus legítimos sucesores”. Aquel mismo día fue despachado un oficio para informar al Cabildo de Buenos Aires que “la mayoría de los representantes de los pueblos se manifestaba propensa a adoptar la forma monárquica constitucional…”. Sin embargo, aquel aparente consenso pronto mostró su desacuerdo, conformando tres tendencias, más o menos definidas, en cuanto a la forma de gobierno que se pretendía adoptar. Ellas fueron, además de la monárquica, en sus variantes, incaica, española, francesa, inglesa, brasileña, etc. La federal, propugnada por Artigas con apoyo en la Banda Oriental, Entre Ríos, Corrientes, Santa Fe, las Misiones y la unitaria que gozaba del apoyo porteño.

Como consecuencia del caos ideológico reinante en las sesiones, el Congreso optó por no pronunciarse sobre la forma de gobierno, determinación que favoreció a los diputados de Buenos Aires que en su mayoría se oponían a la monarquía.

Como no podía ser de otra manera, las consecuencias de aquellas improvisaciones se proyectaron con mayor intensidad, por lo que podemos decir que dio origen a la disgregación nacional.

Sin duda, eran tiempos de gran incertidumbre y zozobra, si recordamos que la causa de la emancipación mucho distaba de estar triunfante y negros nubarrones cubrían el horizonte. La presencia de las tropas realistas en Salta y la probabilidad de que avanzaran sobre San Miguel de Tucumán, hicieron que el Congreso se trasladara a Buenos Aires, donde volvió a sesionar el 19 de abril de 1817.

Como respuesta a la creciente anarquía, los congresales, resolvieron dictar una constitución, con el fin de poder detener el proceso de disgregación y promover una voluntad unificadora.

Ante la necesidad de contar con un marco legal provisorio, hasta que la constitución se pusiera en vigencia, en agosto de 1817, se formó una Comisión para redactar el Reglamento Provisorio, integrado por Mariano Serrano, Teodoro Sánchez de Bustamante, Diego Estanislao Zavaleta, Antonio Sáenz y Juan José Paso.

En la sesión del 22 de noviembre de 1817 el Congreso General Constituyente aprobó el Reglamento Provisorio, que debía regir a las provincias mientras se redactara el proyecto constitucional. El 2 de diciembre de 1817, fue sancionado por el Soberano Congreso de las Provincias Unidas de Sud América y al fin, en enero de 1818, luego de introducir algunos cambios, el Director Supremo Pueyrredon lo aprobó con su firma y rúbrica.

Aquel reglamento advertía que “hasta que la Constitución determine lo conveniente, subsistirán todos los códigos legislativos, cédulas, reglamentos y demás disposiciones generales y particulares del antiguo gobierno español que no estén en oposición directa o indirecta con la libertad e independencia de estas provincias, ni con este Reglamento y demás disposiciones que no sean contrarias a él, libradas desde el veinte y cinco de mayo de mil ochocientos diez”.

Puesto en vigencia el Reglamento Provisorio, los mismos congresales que lo redactaron, comenzaron a discutir, el 31 de julio de 1818, el texto del proyecto de constitución definitiva. Consultadas las actas de la sesión celebrada el 6 de agosto de aquel año, sus redactores expresaban que se habían inspirado en las constituciones de Inglaterra y de Estados Unidos de Norteamérica. También se nutrieron en los proyectos aportados por la Sociedad Patriótica y por la Comisión Oficial autora de la propuesta presentada a la Asamblea del año XIII, en el Reglamento Provisorio de 1817, en la Constitución Francesa de 1791 y en la Constitución de Cádiz de 1812. 

Luego de nueve meses de intensos debates, la Constitución fue sancionada el 20 de abril de 1819, y su jura fue llevada a cabo el 25 de mayo de aquel mismo año, siendo la primera aprobada y jurada en la historia constitucional de la Argentina, aunque no por todas las provincias.

Bernardo Lozier Almazán


El general Manuel Belgrano, por su parte, fue el primero en jurarla ante su ejército, aunque fiel a sus principios monárquicos, manifestó explícitamente su desacuerdo cuando expresó que “no es en mi opinión la que conviene al país [porque] no tenemos ni virtudes ni la ilustración necesarias para ser una república: una monarquía moderada es lo que hubiese convenido”. Por su parte, el extraño manifiesto con que se anunciaba la Constitución, redactado por el deán Funes, aumentaba el recelo de la misma, cuando decía: “Seguramente podemos decir con igual derecho lo que decía una sabia pluma en su caso, que la presente Constitución no es: ni la democracia fogosa de Atenas, ni el régimen monacal de España, ni la aristocracia patricia, ni la efervescencia plebeya de Roma, ni el gobierno absoluto de Rusia, ni el despotismo de Turquía, ni la Federación complicada de algunos estados […] un estado medio entre la convulsión democrática, la injusticia aristocrática y el abuso del poder ilimitado”. 

La flamante Constitución de las Provincias Unidas de Sud América estaba constituida de 138 artículos, con un agregado de otros 12 y un apéndice. Respecto a la forma de gobierno estaba proyectada con tal ambigüedad que podía adecuarse a un sistema republicano o monárquico constitucional. Recordemos que por aquellos mismos días, Pueyrredon continuaba con sus quiméricas negociaciones diplomáticas para instaurar una monarquía rioplatense, coronando a un príncipe de la Casa de Orleans, lo cual fracasó estrepitosamente, poniéndonos al descubierto el tan amañado texto constitucional. 

Lo concreto es que aquella Constitución nunca llegó a tener vigencia, debido a que su indudable inspiración unitaria, netamente centralista, originó la violenta reacción de las provincias del litoral, que no tardaron en pronunciarse contra Buenos Aires.

Aquellas circunstancias provocaron que Pueyrredon, luego de poco más de tres años de su controvertida gestión, se viera obligado a renunciar como Director Supremo, el 9 de junio de 1819. Los hermanos John Parish Robertson y William Parish Robertson, comerciantes ingleses establecidos en Buenos Aires, en sus Cartas de Sud América, recuerdan que “el directorio de Pueyrredon, sostenido por el Congreso nacional, fue causa de incalculables daños para Buenos Aires. Era el despotismo militar bajo la apariencia de la legalidad […] Las provincias, en su mayoría, habían sido tratadas con desdén altanero y de ahí que fuera en ellas donde los enemigos de Pueyrredon encontraron los ánimos mejor dispuestos para dar por tierra con el Director”.

Reemplazado por el brigadier general José Rondeau, iniciaba su mandato como Director Supremo con un escenario político signado por la adversidad. El coronel Bernabé Aráoz se proclamó gobernador de Tucumán, rompió toda dependencia con el Directorio y el 22 de marzo de 1820, creó la República de Tucumán, declarándose presidente del nuevo estado. A todo esto la alianza concertada por Artigas, el caudillo entrerriano Francisco Ramírez y el gobernador de Santa Fe, Estanislao López, representando el descontento de las provincias litoraleñas le declararon la guerra al Director Supremo, Rondeau, iniciando un avance sobre Buenos Aires. Este último, careciendo del apoyo del Ejército del Norte y librado a su propia suerte, presentó batalla en la localidad de la Cañada de Cepeda. 

La batalla, que por primera vez enfrentaba a unitarios y federales, comenzó a las 8.30 de aquella mañana del 1º de febrero de 1820. Las tropas federales lograron en pocos minutos la victoria sobre los efectivos unitarios.

Las consecuencias de esta victoria tuvieron una trascendente gravitación, como lo fue la caída del régimen dictatorial, la disolución del Congreso Nacional, la conformación de su Junta de Representantes, que elige por primera vez a su gobernador, el 18 de febrero de 1820, elección que recae en Manuel de Sarratea. Sin duda Buenos Aires pasó a ser una provincia autónoma, por lo que, por primera vez, debió demarcar su territorio. 

Luego, el 23 de febrero de aquel mismo año, sobrevendría el Tratado de Pilar, pacto firmado por el gobernador de Buenos Aires, Manuel de Sarratea y los representantes de la Liga Federal, el gobernador de Santa Fe Estanislao López y el gobernador de Entre Ríos, Francisco Ramírez, quienes proclamaron la unidad nacional y el sistema federal.

jueves, 1 de diciembre de 2011

Anécdotas - Ña María la carretera

  Publicado en el Periódico El Restaurador - Año VI N° 21 - Diciembre 2011 - Pag. 5 

ANÉCDOTAS

Ña María la carretera

Por Bernardo Lozier Almazán

 

Anécdotas de Rosas
Carreteros preparando su comida. William Mac Cann

Corría el lluvioso mes de abril de 1843, cuando por el camino que conducía desde el pueblo de San Fernando de Buena Vista a Buenos Aires avanzaba trabajosamente Ña María la carretera. Había pasado la Posta de San Isidro con gran dificultad por la pantanosa huella hasta que, llegando a las cercanías del arroyo Maldonado, la enorme carreta quedó empantanada de tal manera que los extenuados bueyes se dieron por vencidos.

Ña María, que llevaba en su carreta una pesada carga de bultos, correspondencia para Buenos Aires y, como pasajeros, a una señora con varios niños, comenzó a preocuparse ante la perspectiva de que los sorprendiera la noche en tal peligrosa situación, dado los bandidos que merodeaban la región. Como corresponde en estos casos, la carretera comenzó a despotricar contra las autoridades, dedicándole todo tipo de improperios a los jueces de Paz, Alcaldes y hasta al mismísimo gobernador don Juan Manuel de Rosas por el pésimo estado de los caminos.

En eso estaba, con toda la furia, cuando apareció por el camino un jinete muy bien montado, a quien pidió ayuda mientras seguía protestando contra el gobernador y toda la manga de inútiles que lo rodeaban. El paisano muy sonriente acompañó en sus protestas a la pobre carretera que, sintiéndose estimulada iba aumentando sus insultos a la autoridad.

Al fin, el jinete –demostrando una gran destreza criolla– puso su caballo a tiro y logró desencajar la carreta. La alegría de Ña María era indescriptible, por lo que llegó a ofrecerle una propina al paisano que la había sacado de tan mal trance, dádiva que no aceptó de ninguna manera. El gaucho se despidió y partió al galope mientras la carretera quedó observándolo y diciendo: “¡Que paisano tan güeno y bien montao!”.

La carretera retomó la marcha apurando el lerdo paso de los bueyes para llegar al anochecer a Buenos Aires, poniendo fin al tan accidentado viaje en la Plaza Nueva, donde se concentraban las carretas que venían de tierra adentro.

A la mañana siguiente, Ña María se encontraba preparando el regreso, cuando se le presentó un soldado, muy ataviado de color punzó, para comunicarle que don Antonino Reyes, comandante de las tropas federales, la citaba en San Benito de Palermo. El susto de la pobre carretera fue tal que casi llega al desmayo mientras recordaba las críticas que había proferido contra don Juan Manuel.

No obstante, se hizo presente en la residencia de San Benito, siendo conducida ante Rosas. Fue en aquel momento que creyó desplomarse, cuando descubrió que se encontraba ante el mismísimo paisano que en la víspera la había ayudado a salir del pantano.

Según nos relata el recordado historiador sanfernandino, Héctor Adolfo Cordero, el Restaurador mantuvo un cordial diálogo con Ña María, admitiéndole que tenía razón en cuanto que había que reparar los caminos. La entrevista tuvo el final feliz de los buenos cuentos, ya que la carretera salió de San Benito encantada con el Gobernador quien, le obsequió doscientos pesos de aquellos, que no eran pocos, y le prometió que libraría a sus hijos del servicio militar, para que la ayudaran en su pesada tarea de carretera.

Ña María había nacido el 18 de febrero de 1792 en el pueblo de Santa María de las Conchas (actualmente Tigre), en cuya parroquial pila bautismal le impusieron los nombres de María de los Santos, quedando registrado que sus padres fueron don Marcelino Sayas y doña María Zárate, ambos de antiquísima raigambre criolla.

Enrique Udaondo refiere que María de los Santos Sayas “era la persona que hacía el correo desde la época en que se estableció por decreto del 6 de diciembre de 1821 […] ya que habían desempeñado el mismo oficio sus ascendientes desde el año 1747…”. 

De tal manera rescatamos del olvido a aquella criolla que se había dedicado durante toda su vida a la abnegada tarea de Carretera y Correo, transportando dos veces por semana pasajeros, bultos y correo entre los pueblos de las Conchas, San Fernando de Buena Vista, San Isidro y Buenos Aires, hasta que el cóleras le quitó la vida el 11 de febrero de 1868. También recreamos esta simpática anécdota federal trasmitida por tradición oral por los descendientes de Ña María.     

martes, 1 de marzo de 2011

Pedro de Angelis

  Publicado en el Periódico El Restaurador - Año V N° 18 - Marzo 2011 - Pags. 1 a 4  

Personajes de la Confederación Argentina

Pedro de Angelis y su esposa Melanie Dayet.

Nuevos aportes sobre sus últimos días.

 

Por Bernardo Lozier Almazán *

Especial para El Restaurador

 

Pedro de Angelis

Breve semblanza de su personalidad

Fue aquel el 20 de junio de 1784, cuando Pedro Antonio Diego Henrique Estanislao de Angelis, pegó sus primeros berridos en el hogar napolitano de Domingo de Angelis (aunque algunos autores digan que fue Francisco de Angelis) y Julieta de Rossi.  

Durante su juventud cursó sus estudios primarios y secundarios en Nápoles su ciudad natal, demostrando tempranamente su marcada vocación por la docencia. Por aquellos tiempos tuvo en su hermano mayor, Andrés, un eficaz mentor en sus estudios, posteriormente en su formación intelectual e introductor en el ámbito social y político.

Así fue como, luego de su paso por la Real Escuela Politécnica Militar, donde alcanzó el grado de oficial de artillería, prestó servicios en la Corte de Joaquín Murat,  cuando éste reinaba en Italia, siendo maestro de italiano de las jóvenes princesitas Leticia y Luisa y ayo de los príncipes Aquiles y Luciano, todos pertenecientes a la flamante nobleza de creación napoleónica, tan despreciada por la ancienne noblesse, dicho sea de paso.

Debieron ser días de gloria para de Angelis quien, por su vocación docente, pudo trasmitir sus vastos conocimientos a aquellos que se preparaban para gobernar, al tiempo que se ganaba el respeto y la consideración de los más encumbrados personajes de aquel entonces.

Llegado el año de 1819, de Angelis abandonó Nápoles estableciéndose en Ginebra apenas un año, para luego radicarse en París, donde en 1820 obtuvo la designación de “Real  Secretario de la Legación cerca de la Imperial Corte de Petersburgo”, en representación del reino de Nápoles y las Dos Sicilias. Cargo al que no pudo acceder por razones políticas, motivo por el que continuó su permanencia en París, iniciando entonces una íntima relación con el conde Gregorio Vladimiro Orloff, diplomático ruso a cargo de la embajada de su país en la capital francesa.

Por aquel tiempo también conoció a madame Melanie Dayet, que “según algunos era rusa, afrancesada por la vida intensa y palaciega de París, suiza o francesa según otros, pero todos acordes en proclamarla una mujer extraordinaria”,  quien se desempeñaba como femme de chambre de la condesa Orloff. Pero francesa al fin, como ya veremos. 

Muy pronto, el joven de Angelis inició un idilio con la “dama de cámara” que -como generalmente ocurre en los buenos cuentos- terminó en matrimonio celebrado en París. Lamentablemente, no ha llegado a nuestros días algún retrato que nos pudiera brindar el aspecto físico de Melanie Dayet, pero según nos la describe uno de sus contemporáneos, José Antonio Wilde decía de ella que era “extremadamente afable, muy bonita y de esmerada educación”.

Respecto a Pedro de Angelis, su descripción física no ha sido tan favorable, si tomamos en cuenta que el ya mencionado Wilde decía que era “extremadamente feo, pero de modales finos y de vasta instrucción”. En cuanto a retrato pictórico de  Pedro de Angelis, se conoce hasta nuestros días solamente la litografía ejecutada en 1822 por el eximio retratista ruso, Oreste Kiprensky, durante su permanencia en París, retrato ampliamente difundido en nuestro medio.

Fue en Paris donde conoció a Bernardino Rivadavia, quien en 1824 se encontraba en aquella ciudad comisionado por Las Heras, dedicado –entre otras cosas– a la búsqueda de dos redactores periodísticos, dispuestos a establecerse en Buenos Aires para ponerse al servicio de la prensa oficial.

Sin duda, durante aquella entrevista, de Angelis debió producirle a Rivadavia una favorable valoración. Fue por ello que, cuando el 8 de febrero de 1825, asumió la presidencia de la República, le encomendó a su agente en París, Filiberto de Varaigne, que le propusiera a de Angelis un contrato para trasladarse con su esposa a Buenos Aires, a fin de emprender la edición de publicaciones periódicas.

 

Su arribo al Río de la Plata

Así fue como, el 19 de diciembre de 1826, el matrimonio de Angelis, llegaba al Río de la Plata, cuando el gobierno rivadaviano caía estrepitosamente víctima de sus desaciertos.

El bloqueo del Río de la Plata ocasionado por la guerra con el Brasil, fue motivo de que debieran permanecer por varios días en Montevideo, por lo que el matrimonio de Angelis debió alojarse en la residencia del encumbrado personaje de la sociedad montevideana, don Francisco Juanicó, hasta que, desde Carmelo, logró cruzar a Buenos Aires, donde llegaron el 29 de enero de 1827.

Instalado en Buenos Aires, rápidamente se vinculó a los círculos intelectuales porteños y, resuelto a quedarse en este nuevo destino, obtuvo la ciudadanía argentina, firmada el 24 de abril de 1827 por Rivadavia. Aquel mismo año se incorporó, como Codirector, al flamante periódico Crónica Política y Literaria de Buenos Aires, órgano oficial del gobierno.

Periodista talentoso, escribió al calor del gobierno de Rivadavia, hasta que el estado caótico del país exigió un gobierno de conciliación, por lo que debió renunciar, siendo reemplazado fugazmente por Vicente López y Planes, quien desconoció el contrato laboral firmado por Rivadavia, por lo que de Angelis se encontró, a poco de llegar a Buenos Aires, sin empleo y sin recursos económicos. 

Aquella triste circunstancia hizo que de Angelis, aprovechando sus conocimientos en el campo de la docencia, se dedicara a la enseñanza, por lo que fundó la “Escuela Lancasteriana”, para varones, mientras que su mujer, Melanie Dayet junto con Fanny de Mora, abrieron el “Colegio Argentino”, para niñas, probablemente el primero dedicado a la enseñanza de mujeres en el país. Pero indudablemente su frustrada primera experiencia en el turbulento Buenos Aires de la primera mitad del XIX, le permitió dedicarse a lo que sería su verdadera pasión, como lo fue la investigación histórica.

 

El patriarca de los historiadores argentinos

Como es bien sabido, de Angelis fue un eminente historiador, geógrafo, bibliófilo, numismático y coleccionista,  por cuyo motivo, a poco de instalarse en Buenos Aires, dedicó gran parte de su tiempo a indagar en cuanta biblioteca y archivo pudiera aportarle los testimonios que le permitieran conocer el pasado rioplatense e hispanoamericano. Como bibliófilo logró formar la biblioteca más importante del Buenos Aires de aquel entonces, considerada incluso superior a la de Mitre. Teodoro Becú, estudioso de la obra de de Angelis, lo consideraba “un geógrafo de fama universal, maestro en el arte de imprimir, bibliófilo destacado erudito y hombre de ilustración vastísima”. 

Indudablemente, de Angelis traía consigo un enorme bagaje intelectual, producto de su actividad en el campo de la historiografía y la literatura, desarrollada en Europa. 

Con tal acervo cultural, muy pronto pudo dedicarse a lo que fue su pasión, en adelante la historia americana, iniciando los primeros aportes importantes en el conocimiento de nuestro pasado. El primer fruto de sus estudios fue la publicación, en colaboración con José Joaquín de Mora, de la obra titulada Ensayo histórico y político sobre las Provincias del Río de la Plata, desde el 25 de mayo de 1810. También conviene recordar que de Angelis fue el autor de la primera biografía de Juan Manuel de Rosas, editada en 1830 con el título de Ensayo histórico sobre la vida del Exmo. Sr. D. Juan Manuel de Rosas. A esta biografía, le sucedió de inmediato una semblanza del caudillo santafesino, titulada Noticias biográficas del Exmo. Brigadier Estanislao López.

Luego vendrían trabajos de mayor envergadura, como lo fueron sus enjundiosos estudios e investigaciones, que fundamentaron la enorme cantidad de obras, editas e inéditas que produjo durante su fecunda existencia, que no mencionaremos en honor a la brevedad y respeto a los autores de las más importantes bibliografías referidas a la obra de de Angelis, como lo son: Enrique Arana (h), Teodoro Becú, Antonio Zinny, Rodolfo Trostiné, Josefa Emilia Sabor y Mario Tesler, a quienes le debemos nuestra gratitud. Solo diremos que –en nuestra opinión– su monumental Colección de Obras y Documentos relativos a la Historia Antigua y Moderna de las Provincias del Río de la Plata, aparecida entre los años 1836 y 1837, en siete tomos, este último inconcluso, editados por la Imprenta del Estado, obra de obligada consulta para los estudiosos de nuestro pasado, bastaría para otorgarle nuestro perpetuo reconocimiento y gratitud.     

 

Su pluma al servicio de la causa federal

Actas capitulares
En un principio de Angelis no gozó de la simpatía de don Juan Manuel de Rosas, quien desconfiaba de aquel intelectual napolitano que había estado al servicio de Rivadavia. El tiempo y las circunstancias hicieron que Rosas valorara su erudición y buena pluma como columnista de la Gaceta Mercantil, por lo que le confió la redacción y publicación del periódico Archivo Americano y Espíritu de la Prensa en el Mundo,  editada en tres idiomas, castellano, francés e inglés. El Archivo Americano, con un tiraje de 1.500 ejemplares, tuvo la finalidad de contrarrestar la acción opositora de los exiliados y difundir una buena imagen en el exterior, pesada tarea que de Angelis llevó a cabo fielmente hasta la caída de Rosas en Caseros. No está demás recordar, que durante su desempeño como editor responsable del Archivo Americano, de Angelis llevó a cabo una firme defensa de nuestros derechos territoriales referentes a la cuestión de Malvinas y durante los largos conflictos limítrofes con Chile. Así lo testimonia su invalorable Memoria sobre la legítima soberanía y Dominio de la Confederación a la Parte Austral del Continente Americano, concluida en 1849 y publicada en 1852.

Sería absurdo negar que de Angelis tuvo simpatía por don Juan Manuel de Rosas, afecto y admiración que se lo reconocía al general Tomás Guido, en carta de diciembre de 1842, cuando le decía: “Digan lo que quieran contra el Señor Rosas, pero ese vivo sentimiento de nacionalidad que penetra en las clases más humildes de la sociedad, es exclusivamente suya”.

Como ferviente panegirista de Rosas, de Angelis se atrajo el más enconado odio de los más conspicuos unitarios, por lo general exilados en Montevideo, desde donde conspiraban, con el apoyo de las potencias extranjeras, para derrocar al régimen federal.

De Angelis, que tenía buen olfato político, en 1849 ya presentía el ocaso del gobierno de Rosas. Una carta que le enviara a su amigo Tomás Guido, manifiesta su grave preocupación, cuando le expresaba que: “El Sr. Gobernador tiene sobrados motivos para mandarnos a todos a la puta que lo parió. Es el único hombre puro, patriota y de buena voluntad, que tenemos. Si él nos falla, todo se lo lleva la trampa y no es posible que él lo desconozca o que insista en su renuncia, si no lo ignora. Qué sería del país, de sus amigos, y de él mismo, si dejase el mando? La sola idea de un cambio cualquiera en el gobierno, me anonada. Por supuesto, el mismo día en que el Sr. Gobernador se retirara al “descanso de su vida privada” yo haría mi petaca y me iría adonde me llevara el viento…” 

Llegado el año de 1850, la atmósfera política de Buenos Aires se había enrarecido, cuando la renuncia presentada por Rosas a la Legislatura porteña, le fuera aceptada poco después por Urquiza, dando inicio a la Campaña del Ejército Grande, que concluiría en la batalla de Caseros.

Probablemente, fue aquel tan inquietante panorama político lo que decidió al matrimonio de Angelis  a poner sus asuntos personales en orden, por lo que ambos testaron ante el escribano Mariano Cabral. Primero lo llevó a cabo “En el nombre de Dios Todopoderoso, […] Don Pedro Antonio Diego Henrique Estanislao de Angelis, natural de Nápoles […], estando sano en pie y en mis cinco sentidos y potencias cumplidas, temeroso de la muerte, he dispuesto otorgar mi testamento, bajo los auspicios divinos, protestando como protesto vivir y morir en la verdadera fe y conciencia de la Religión Católica, Apostólica  Romana que profeso […] Item 3º: Declaro que me casé en París con Doña Melania Dayet, hija legítima de Don José Dayet y Doña Teresa Reuill […] matrimonio contraído según el ritual romano, no tenemos sucesión; […] Item 4º: Declaro por bienes los que se reconozcan por tales al tiempo de mi fallecimiento […] Item 7º: Declaro que instituyo y nombro por única y universal heredera […] a mi esposa Doña Melania Dayet de Angelis….”.

Cinco días después, el 9 de mayo de  1850, testaba su esposa “Doña Melania Dayet de Angelis […] natural de Nozeroy en Francia, hija legítima de Don José Dayet y de Doña Teresa Reuill, finados”, nombrando “heredero universal a su esposo Don Pedro de Angelis”.   

La lectura de los dos testamentos nos testimonia que no tuvieron descendencia y que ambos se declaraban recíprocamente “herederos universales” de los bienes inventariados al momento de su fallecimiento.

Si bien, el testamento no menciona los bienes que a la sazón poseía el matrimonio de Angelis, poco tiempo después de testar, el 13 de julio de 1851, testimoniaba ante el escribano Cabral que había hipotecado su propiedad, consistente en una casa sita en “la esquina de Balcarce y Santa Clara [actualmente Alsina], con frentes al sur y al oeste, a una cuadra de la fortaleza para la aduana, con terreno de 33 y media varas de frente al sur y 35 y media varas de fondo al norte”. La propiedad había sido hipotecada a favor de Luis de Saavedra, quien le había prestado 34.000 pesos de moneda corriente a Pedro de Angelis, que se había comprometido a devolverlos en el término de nueve meses. Préstamo que pudo saldar en muy pocos días, ya que el 25 de julio de aquel mismo año ya lo había cancelado.

Según Lucio V. Mansilla, que frecuentaba aquella casa, decía que “era un verdadero museo, hermosamente decorada y arreglada y donde se custodiaban las preciosidades menos imaginables. Abarrotada de libros se adornaba todo con hermosos bibelots, cuadros de valor, platería autóctona, obras de arte indígenas,  antigüedades, curiosidades y libros por doquier”. Roberto Trostiné, con su reconocida erudición, opina que el catálogo de su biblioteca nos pone ante el más maravilloso conjunto de libros americanos que puede desear un estudioso.  

 

Caseros: El ocaso de Pedro de Angelis

Como todos sabemos, el triunfo de Urquiza en Caseros puso fin al gobierno de la Confederación Argentina. A partir de aquel momento de Angelis quedó en total desamparo a merced de los unitarios, de los emigrados que volvían cargados de rencores, y aquellos otros que rápidamente dejaron de lucir el chaleco y las cintas color punzó.

Así fue como nuestro personaje cayó en desgracia, siendo despreciado y escarnecido aún por sus antiguos amigos. Incluso acusado de haberse apropiado de libros y documentos ajenos. Triste situación que se vio agravada por la pobreza, el peso de los años y la desesperanza. Por aquellos días sólo le quedaba su magnífica biblioteca, el tan nutrido archivo y la colección numismática. Apremiado por la falta de dinero, de Angelis intentó en más de una oportunidad la venta de su biblioteca, en 1846 la ofreció al Brasil, por intermedio del Encargado del Consulado General de ese país en Buenos Aires. Aquella oferta fue desdeñada por el gobierno brasileño, razón por la cual la volvió a ofrecer, esta vez a Urquiza, que en un primer momento manifestó estar interesado en adquirir una biblioteca de esa importancia con destino al Colegio de Concepción del Uruguay.

Aquellas tratativas se llevaron a cabo a lo largo de los años 1849 y 1850, hasta que un sugestivo silencio puso fin a las ilusiones de de Angelis. Las consecuencias de aquel fracaso hizo posible que esta maravillosa biblioteca se perdiera para la Argentina, porque dos años después, en 1852, de Angelis inició otra nueva gestión ante el Brasil, que concluyó con su venta concretada durante su exilio en Río de Janeiro en 1853. No obstante, según lo afirmado por Josefa E. Sabor, se sabe que de Angelis, acuciado por las necesidades económicas, ya había vendido no pocas obras a distintos bibliófilos, “en especial al general Mitre, Manuel Ricardo Trelles, Juan María Gutiérrez, más Andrés Lamas en el exterior”.

Según lo informado por fray Camilo de Monserrate, director de la Biblioteca de Río de Janeiro, la cantidad de obras y documentos comprados a de Angelis fueron: 2.785 libros, 1291 documentos y mapas, que sumaron 4.076 piezas, al precio de tan solo 8.000 pesos fuertes.

 

El exilio

De Angelis debió buscar refugio, primeramente en Montevideo, para luego trasladarse a Río de Janeiro, donde arribó el 12 de diciembre de 1853, siendo muy bien recibido, circunstancia que le mitigó en algo su enorme tristeza.

La primera impresión que recibiera a su llegada la testimonió en la conocida carta que, el 21 de diciembre le envió a su amigo Florentino Castellanos narrándole que: “Al cabo de seis días de navegación, llegamos a esta ciudad, en donde todo me causa sorpresa. He pasado tantos años en medio de una sociedad anarquizada que el espectáculo de una población tranquila es sorprendente para mí”.

En Río de Janeiro fue objeto de homenajes y distinciones. El Instituto Histórico y Geográfico Brasilero le ofreció, en su calidad de Miembro Correspondiente, un solemne recibimiento, que contó con la presencia del gran aficionado a los estudios históricos, el emperador del Brasil, Pedro II, quien posteriormente, en 1858, le otorgaría la condecoración de la Orden de la Rosa.

           

Su regreso y el fin de sus días.

No obstante aquellos efímeros halagos, de Angelis extrañaba a su patria adoptiva, por lo que llegó a la conclusión de que prefería vivir pobre y desdeñado, pero en Buenos Aires, por lo que abandonó Río de Janeiro, estableciéndose previamente en Montevideo hasta tanto le autorizaran su regreso, cosa que logró por intercesión de Mitre.

Al fin, en octubre de 1855, llega a Buenos Aires y, con tal motivo, le escribe a Tomás Guido una emotiva carta, anunciándole su retorno, “extrañará V. –le decía– que yo me haya decidido a volver […] Lo he solicitado y lo he conseguido: dentro de pocos días estaré al lado de mi buena compañera y amiga, encerrado en mi quinta, y viviendo como viven los apocados y los tontos. Ya me era imposible permanecer en mi aislamiento: en mi edad no bastan los favores que le dispensa la amistad, o los momentos agradables…”. 

Analizando esta carta se infiere que su esposa, Melanie Dayet, había quedado en Buenos Aires durante su estadía en Río de Janeiro, y que se recluiría en su quinta. Sobre el particular, debemos recordar que, ut supra, hemos mencionado que, en 1851, habitaba en una casa ubicada en “la esquina de Balcarce y Santa Clara”. En consecuencia debemos aceptar que se refiere a otra propiedad ya que la denomina “su quinta”, aún no ubicada por los autores que han incursionado en la vida de este personaje. Al respecto, Josefa E. Sabor admite que: “Estos son los parcos datos que hemos podido reunir sobre las casas que habitó de Angelis en Buenos Aires con su esposa”. Carlos Enrique Pellegrini, por su parte le comentaba en una carta a de Angelis que, “he respirado el frescor en la más importante de las dos casas, que una traidora confianza en el porvenir os llevó a construir”. Como se ve, reconociendo y diferenciando ambas casas. 

El plano levantado por Adolfo Sourdeaux, nos ha permitido ubicar la quinta de de Angelis en las afuera de la ciudad, con una espaciosa casa con frente a la actual calle Azcuénaga, entre Córdoba y Paraguay, con dilatada extensión de terreno. De tal manera, ha quedado develada la tan prolongada incógnita de la verdadera ubicación de la quinta donde de Angelis vivió sus últimos años, hasta que la muerte le quitó la vida en febrero de 1859. 

Para retomar la ilación de nuestra reseña, debemos recordar que, en 1856, a propuesta de Bartolomé Mitre, de Angelis ingresó como miembro fundador del Instituto Histórico-Geográfico del Río de la Plata (Actual Academia Nacional de la Historia). Tan grato como merecido reconocimiento, fue comentado por de Angelis a su amigo Tomás Guido, en carta del 18 de junio de 1856, cuando le decía que, “yo vivo en mi quinta, como un triste patriarca, ni me quejo de mi suerte. Mucho me ha costado salir de mi retiro, para asistir a una sesión del Instituto Histórico y Geográfico que acaba de instalarse en esta ciudad”.  La carta, además nos testimonia que en 1856, de Angelis continuaba viviendo sus últimos años en su quinta, con la salud muy quebrantada, dedicado a la lectura y a recibir la visita de sus muy pocos amigos que le frecuentaban.    

El 9 de febrero de 1859, Manuel R. García le escribía a Juan María Gutiérrez, para informarle que había visitado a de Angelis unos días antes: “D. Pedro –le decía– ha estado muy malo. Los médicos decían que de una aneurisma, y él emperrado en que eran unos burros. Ha salido con la suya y está muy mejor”. Lo cierto es que Pedro de Angelis murió, en Buenos Aires, el 10 de febrero de 1859, un día después de aquella tan optimista carta. El acta de defunción, que fue librada en la parroquia de Balvanera, testimonia que “recibió el Sacramente de la Extremaunción”, que “murió de hígado”, y que se daba licencia para sepultarlo en el Cementerio del Norte. 

Melanie Dayet, sobrevivió a su marido casi veinte años, en la mayor pobreza pero con dignidad, sin dejar de frecuentar a sus viejas y consecuentes amistades porteñas, como lo fueron especialmente Juan María Gutiérrez y Miguel Navarro Viola. Octavio C. Battolla, en su obra La sociedad de antaño, menciona que “madame de Angelis”, frecuentaba las reuniones en lo de Mariquita Sánchez de Thompson. Pastor Obligado también recuerda en sus Tradiciones argentinas, que Melanie de Angelis concurría a las frecuentes tertulias en lo de Mariquita. No obstante sus escasos recursos, se dedicó a obras caritativas, como integrante de las Damas de Caridad de San Vicente de Paul, ocupando la primera presidencia, entre los años 1866-1869, época en que echó las bases de tan benemérita institución.

Por aquellos tiempos, Melanie Dayet, debió disponer de una cantidad importante de dinero, que conjeturamos proveniente de la venta de la tan mentada quinta de Buenos Aires, ya que el 1º de octubre de 1869, el acaudalado financista, Francisco Casiano Belaustegui, recibía “de la Señora Doña Melanie D. de Angelis la cantidad de trescientos mil pesos moneda corriente que me ha entregado para colocar al interés de nueve por ciento al año, que hacen al mes dos mil doscientos y cincuenta pesos moneda corriente…”.

Josefa Emilia Sabor, en su estupenda obra que venimos mencionando, refiriéndose a Melanie Dayet, plantea la siguiente incógnita, cuando se pregunta: “¿En donde murió? No parece posible que aún viviera en su antigua quinta. ¿Pudo retenerla o a manos de  quien fue a parar finalmente? Son interrogantes que no hemos podido aclarar”.

Según los testimonios expuestos, desde 1869 no habitaba aquella quinta, la cual –como veremos seguidamente– debió vender, ya que no figura entre sus bienes, en un hasta ahora desconocido testamento.

Por vía de síntesis diremos que, la viuda de de Angelis, pasados unos años, había otorgado un nuevo testamento, fechado esta vez “en el pueblo de San Isidro Labrador, hoy primero de Mayo de mil ochocientos setenta y ocho”. Testimonio que con la farragosa retórica notarial nos prueba, en forma indubitable, su permanencia en San Isidro, a la vez que declara que “sus bienes consisten únicamente en la cantidad de trescientos mil pesos”, en poder de Francisco C. Belaustegui, “cuyos intereses del nueve por ciento anual los he recibido de su Señora viuda Doña Damasia Carreras de Belaustegui […] a todo lo que se agrega mis muebles y ropas de uso y decencia, sin que deba nada a nadie, ni a mí se me deba cosa alguna”. Como vemos, por aquel entonces, no disponía de ninguna propiedad, pero en cambio contaba con una importante suma de dinero, probablemente de la venta de la quinta, que destinara a obtener una renta para sobrevivir decorosamente. En el mismo instrumento, la otorgante declara que “en atención a no tener herederos forzosos por ninguna línea, instituyo y nombro mi único y universal heredero a Don Juan Folco, para que los haya herede y goce con la bendición de Dios y mi voluntad […]. Para cumplir, guardar y ejecutar este mi testamento, nombro por mi albacea a Don Carlos Vernet”, como sabemos distinguido vecino de San Isidro, hijo de Luis Vernet, el primer gobernador de las Islas Malvinas, también vecino de este pueblo.   

El testamento concluye dejando constancia que Melanie Dayet, “no firmó por impedírselo el estado de su enfermedad, haciéndolo a su ruego uno de los testigos”, que lo fueron Manuel Boggio, Fernando Indart (quien firmó en lugar de la otorgante) y Santiago Boggio, todos destacados vecinos de San Isidro.

Un año y medio después, Melanie Dayet entregaba su alma al Señor, el 2 de noviembre de 1879, a los “90 años de edad, de “parálisis”; domiciliada en el “Cuartel 1º”, o sea en pleno pueblo de San Isidro, según nos revela el acta de defunción, extendida por el cura párroco de San Isidro, Diego Palma.

 

* Bernardo Lozier Almazán, fue Director del Museo, Biblioteca y Archivo Histórico Municipal de San Isidro “Dr. Horacio Beccar Varela” y del Museo “Brig. Gral. Juan Martín de Pueyrredón”. Entre otros, es Académico de Número del Instituto Nacional de Investigaciones Históricas Juan Manuel de Rosas, de la Academia Provincial de Ciencias y Artes San Isidro, Presidente del Centro de Estudios Históricos Hispanoamericanos “Isabel la Católica”. Se ha dedicado a la investigación histórica, siendo autor de numerosas obras, alguna de las cuales son: “Liniers y su tiempo”; “Beresford, Gobernador de Buenos Aires”; “Reseña histórica de los proyectos monárquicos en el Río de la Plata”, “Mayo de 1810, la Argentina improvisada”, etc. En el año 1979, el Institut des Relations Diplomatiques, de Bruselas, Bélgica, le otorgó la orden del Mérito Diplomático, en Grado de Comendador.

Se puede tener acceso a la “Colección de obras y documentos relativos a la Historia Antigua y Moderna de las provincias del Río de La Plata por Pedro de Angelis”, ingresando a la página correspondiente a la Academia Argentina de letras: www.cervantesvirtual.com/portal/aal/index.shtml