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jueves, 22 de agosto de 2024

Inquisición - De Galileo Galilei y otras mentiras

Publicado en el diario La Nación el 29 de julio de 2023   


Reproducimos este interesante artículo sobre Galileo Galilei, publicado en el diario La Nación.

INQUISICIÓN
DE GALILEO GALILEI Y OTRAS MENTIRAS
por Carlos Manfroni


Cualquier profesor universitario puede hacer la prueba de preguntar a sus alumnos cómo terminó su vida Galileo Galilei. Muy probablemente, la mayoría responderá que murió en la hoguera, torturado, encarcelado hasta su muerte o cosas parecidas. En cambio, si en el estado actual de nuestra educación se lanzara la misma pregunta en un colegio secundario, es probable que la mitad de los estudiantes no sepan quién era Galileo.

La cuestión es que la prueba fue hecha, y no precisamente en la Argentina. Una encuesta lanzada hace años por el Consejo de Europa entre estudiantes de ciencias de todos los países de la Unión Europea reveló que casi el 30% de ellos creía que Galileo había sido quemado vivo en la hoguera por la Iglesia. Y, más asombrosamente, el 97% estaba convencido de que había sido sometido a torturas. Ni siquiera fue real la famosa frase que, según la leyenda, Galileo habría lanzado desafiante contra los jueces eclesiásticos: “Eppur si muove”.

Así lo muestra el escritor Vittorio Messori en su libro Leyendas negras de la Iglesia. Allí destaca que aquel supuesto desafío del “sin embargo se mueve” fue inventado en 1757, en Londres, por el periodista Giuseppe Baretti y nunca fue pronunciado por el científico pisano.

Galileo murió en su cama, de muerte natural, nueve años después de aquel famoso juicio, que tuvo lugar en 1633; no pasó un solo día en la cárcel y nunca fue torturado. En realidad, tras la sentencia, agradeció a los cardenales que lo evaluaron, ya que no se le impidió seguir con su trabajo de investigación. Durante el proceso, se alojó, a cargo de la Santa Sede, en una residencia de cinco habitaciones con vista a los jardines del Vaticano y servidumbre personal. Terminada la causa, se hospedó en la estupenda Villa Medici, en la región de la Toscana; después, en el Palacio del arzobispo de Siena –quien lo había ayudado y apoyado en sus estudios– y, hasta su muerte, en la villa Il Gioiello (La Joya), siempre rodeado de atenciones y en excelente trato con los más altos dignatarios de la Iglesia.

La sentencia le había impuesto la penitencia de rezar siete salmos una vez a la semana durante tres años, oraciones con las que él continuó voluntariamente hasta el final de sus días, ya que era un católico practicante y convencido. Tanto lo fue que, en 1629, cuatro años antes del juicio, cuando la Universidad de Pisa, su ciudad de origen, recortó sus honorarios, el papa Urbano VII le otorgó una pensión para que pudiera continuar sus estudios con autonomía.

Aun frente a semejante panorama, muy diferente al del relato divulgado, y tal vez por eso mismo, cualquiera podría preguntarse –como se hizo durante tanto tiempo– por qué fue juzgado un científico por un tribunal eclesiástico y con qué motivo se le impuso una pena, por leve que fuera.

La falla más difundida en la comunicación de nuestro tiempo es la aplicación de las categorías actuales a los hechos ocurridos hace siglos. Ya resulta bastante difícil comprender los acontecimientos y hasta el sentido de las palabras de hace unas pocas décadas con los cánones de hoy. Pero la pretensión de juzgar con esos mismos parámetros la historia de hace 400 o 500 años es una verdadera insensatez.

Está claro que se cometieron barbaridades en nombre de la fe. Hasta Juana de Arco, después declarada santa por la Iglesia, murió en el fuego de la Inquisición. Pero lo que se escribió, se dijo y se repite hasta el cansancio acerca del motivo del enjuiciamiento de Galileo no resiste el menor análisis.

De acuerdo con el relato, Galileo habría sido juzgado por sostener que la Tierra gira alrededor del sol. ¿De verdad? El clérigo polaco Nicolás Copérnico había lanzado la misma hipótesis un siglo antes que Galileo. Llamamos “giro copernicano” a esa revolución en la astronomía y no “giro galileano”. Y aún hoy denominamos “giro copernicano”, como una metáfora, a un cambio agonal de perspectiva sobre lo establecido.

Pero el sacerdote católico y astrónomo Nicolás Copérnico no fue perseguido por ese descubrimiento o, al menos, no fue perseguido por la Iglesia. Fue, en cambio, vapuleado por los protestantes de la época, lo mismo que el profesor luterano Johannes Kepler, quien descubrió las leyes del movimiento de los planetas en nuestro sistema solar y que terminó enseñando en la entonces católica Universidad de Bolonia.

Tampoco se puede juzgar al protestantismo con las categorías de nuestro tiempo. La interpretación literal de la Biblia formaba parte de la columna vertebral de la Reforma. Cualquier teoría que pusiera en tela de juicio la lectura lineal de los textos sagrados significaba en ese tiempo una conmoción de los cimientos de la fe. Lo que resulta llamativo es que haya sido la Iglesia Católica la que cargó con la culpa de la oposición al sistema heliocéntrico y que el “caso Galileo” se haya tomado como símbolo de esa supuesta confrontación entre la religión y la ciencia.

Pero entonces, una vez más: ¿por qué fue juzgado Galileo? La respuesta la dio entre nosotros el padre Javier Bocci, en su libro El proceso romano a Galileo Galilei, en el que analiza pormenorizadamente todas las instancias de aquel famoso y nunca bien contado juicio.

Galileo no se conformaba con ser un científico, sino que se consideraba a sí mismo un filósofo e incluso se creyó intelectualmente preparado para incursionar en la teología. En ese contexto, pretendió que las Sagradas Escrituras fueran interpretadas y se sometieran a los cambiantes y no siempre acertados descubrimientos científicos, por expresarlo en términos extremadamente simples y resumidos.

¿Era aquello para un juicio? No a los ojos de hoy. Veamos cómo se juzga en el futuro a la nueva inquisición que se levanta en nuestro tiempo contra todo aquel que cree y practica coherentemente su fe. Una nueva inquisición que quema en las llamas de la cancelación y de la infamia a todos aquellos que se atrevan a pronunciar una palabra contra los dogmas de una agenda mundialista en la que están escritas las nuevas tablas de lo “políticamente correcto”.

Esta moderna inquisición no se ejerce desde un solo tribunal, sino desde una amplia red de organismos internacionales, organizaciones de la sociedad civil y comunicadores, con su feminismo radicalizado, sus políticas de género, su indigenismo prepotente, su ateísmo militante, su sostenida defensa de quienes atacan y su constante condena a quienes se defienden. Sus procedimientos no necesitan de la lógica ni aceptan el principio de no-contradicción; sólo resulta suficiente con sujetarse al catálogo. Por eso pueden clamar hasta por los mínimos derechos de los culpables mientras proclaman sin pudor la muerte de los inocentes. No hay libertad de expresión para la moral tradicional.

A pesar de todo, hay una buena noticia. Este fantasma que sobrevuela occidente sólo tiene poder contra los temerosos. La mala noticia es que los temerosos son demasiados. Para ellos, un cuaderno en el que escriban mil veces “¡Y qué!”, hasta que pierdan el miedo a las izquierdas.

Resulta imperiosa una alianza de las religiones tradicionales y de las fuerzas políticas conservadoras en el mundo, en defensa propia y de las sociedades prooccidentales. Esa corriente ya está fluyendo sobre la Tierra y la Argentina forma parte de ella.


martes, 12 de julio de 2022

Carlos Manfroni - Pueblos originarios

Publicado en el diario La Nación el 23 de junio de 2022  


Incorporamos al Blog el artículo que se transcribe a continuación, sobre el tema mapuche y de los pueblos originarios.


¿"Originarios" de dónde?

por Carlos Manfroni, escritor y periodista



Mapuches
Carlos Manfroni

No se puede invocar la condición de nativo cuando pasaron generaciones de indisoluble y beneficiosa mezcla; no se puede utilizar la Justicia de un Estado cuya soberanía se desconoce, aunque se especule con la traición de los magistrados.


Existe una arraigada tendencia a pensar que lo que hoy es el territorio americano representaba una especie de paraíso terrenal antes de la llegada de los españoles, quienes, de acuerdo con esa convicción, vinieron a traer todos los males al continente y a avasallar a los pacíficos pueblos originarios que, hasta entonces, vivirían en una relación de armonía con la naturaleza. Es una lástima que los programas de estudio no suelan enfocarse demasiado sobre la historia de las culturas precolombinas. En realidad, no suelen enfocarse demasiado sobre la Historia.

Los llamados “pueblos originarios” poseían el mismo espíritu de conquista respecto de otras comunidades americanas que el que impulsó a numerosas naciones de los cinco continentes a avanzar sobre otras a lo largo de los siglos. Por tanto, esto de “originarios” es bastante relativo. ¿A cuántos pueblos sometieron los incas? En el lenguaje coloquial, es común hablar del imperio incaico, pero en este caso no se atribuye al término “imperio” el sentido negativo con el que suele utilizarse cuando se refiere a la cultura europea.

En los alrededores de lo que actualmente es la capital de Perú estaba asentada la cultura de los limas desde el comienzo de la era cristiana. Todavía se ven allí las pirámides de adobe que ellos construyeron. Aparentemente, ese pueblo, que podría haber sido el originario –quién sabe– y, en todo caso, muy anterior a los incas, se disolvió por agotamiento de su capacidad vital. Sin embargo, gracias a la violencia y a las cabezas cortadas y clavadas en picas, para cuando llegó el español Francisco Pizarro, en el siglo XVI, el imperio incaico se había extendido desde el sur de Colombia hasta el norte de Chile. Para no pocas etnias, la llegada de los españoles habrá representado un alivio, más que una situación traumática. De otro modo, no se explicaría cómo Hernán Cortés pudo triunfar sobre Tenochtitlan, hoy ciudad de México, con un ejército compuesto en un 99% por pueblos aborígenes de la región; es decir, menos del 1% de españoles.

La idea de que los indígenas aliados con Cortés traicionaron a sus hermanos aztecas es una elaboración del progresismo europeo. No había tal hermandad ni existía, siquiera, un concepto de “lo indígena”, como sostienen no pocos historiadores, sino alrededor de 50 pueblos que, hartos de soportar el avasallamiento de los mexicas, se rebelaron. Cortés solo tuvo la habilidad de organizar la alianza para esa rebelión.

Algo parecido, aunque de menor intensidad y con mayor extensión en el tiempo, ocurrió en lo que hoy es el territorio de Bolivia, con las permanentes confrontaciones étnicas. Allí, los caciques sakaka sostuvieron un pacto implícito con la corona ante el riesgo de su derrumbe frente a sus seculares enemigos, los kirkyawi. Existen trabajos historiográficos que recogen con detalles las demandas judiciales de las que ellos se valieron, como por ejemplo un amparo que, en 1646, José Villca, gobernador y cacique del pueblo de San José de Sakaka, presentó a la Real Audiencia de Charcas para las tierras “de los naturales de Aransaya y Urinsaya del ayllo Jilavi y Chaiquina”.

La historia “políticamente correcta” resta importancia a la crueldad que ciertas civilizaciones ejercían sobre otras, antes de la llegada europea; una indiferencia que, por un lado, está dirigida a mostrar que los únicos malos eran los españoles, pero que en realidad tiene un sentido racista, como lo tiene el hecho de reunir a todos esos pueblos bajo el concepto de indios o aborígenes. La subestimación de aquellas guerras precolombinas responde a la idea de que, en definitiva, todo eso era “cosa de indios”, “algo que a nosotros no debe interesarnos”. Con el mismo espíritu racista, el mundo ignoró el genocidio de Ruanda (¡en 1994!) y observó con indiferencia cómo los hutus exterminaban al 70% de los tutsis y violaban a casi 500.000 mujeres. Pero, claro, era una matanza “entre negros”, y a la cultura de la posmodernidad únicamente le interesan las violaciones a los derechos humanos que se le puedan atribuir a la civilización judeocristiana.

Está claro que las civilizaciones precolombinas, a la distancia, inspiran cierto romanticismo. Hasta Rubén Darío compuso una poesía a Caupolicán, el famoso cacique araucano –hoy mapuche– que fue ejecutado por empalamiento, una muerte cruel y horrible, por parte de los conquistadores. Lo que el poeta nicaragüense omite en sus versos, porque la cultura de su época lo daba por sabido, es que el gran tronco de árbol que Caupolicán cargó sobre sus hombros durante dos días y dos noches representó una exigencia de sus propios jefes mapuches para reconocerle el liderazgo. Y lo que la leyenda antieuropea calla, y no precisamente porque lo dé por conocido, es que Pedro de Valdivia, el gobernador de Chile y fundador de sus principales ciudades, tras ser derrotado en una emboscada por los mapuches, murió despellejado y devorado vivo por ellos.

Los incas, a pesar de su bravura, se asombraron de la crueldad y la falta de reglas de los mapuches, de quienes sostenían que no respetaban autoridad, ni siquiera la paterna, y por eso ellos no pudieron llegar más allá del norte de Chile, donde los araucanos les pusieron freno.

Sobre la llanura pampeana se extendían, precisamente, los pampas, los que según algunos especialistas formaban un solo pueblo con los puelches. Al sur del río Chubut estaban los tehuelches y, en Tierra del Fuego, los onas, muy cerca de los yaganes, en la zona de las islas próximas a los canales, como el de Beagle. En lo que hoy es Mendoza, habitaban los indios huarpes. El hecho de que los mapuches hayan realizado innumerables incursiones hacia este lado de la cordillera, atacado y a veces dominado a otras poblaciones aborígenes, no los convierte en pueblos originarios. En todo caso, son tan originarios como los criollos que después lucharon contra ellos y les ganaron. Punto. Como escribió Friedrich Nietzsche, la historia no se puede hacer volver hacia atrás como si fuera un tornillo. ¿O alguien imagina que un grupo se autoperciba parto y reclame tierras a los iraníes; o que se considere sabino y dispute las colinas a los romanos? Por eso no tiene sentido hablar de “pseudomapuches”. Falsos o verdaderos, no son originarios; pero, sobre todo, no tiene sentido en estas tierras, donde los españoles se mestizaron con los nativos formando así una sola nación. No se puede invocar la condición de nativo cuando pasaron generaciones de indisoluble y beneficiosa mezcla. Pero, sobre todo, no se puede utilizar la Justicia de un Estado cuya soberanía se desconoce, aunque se especule con la traición de los magistrados. O se reconoce la autoridad del Estado argentino o se la impugna desde la condición de enemigo.

Está claro que en todos lados, pero especialmente en la Argentina, existe una vocación indeclinable por favorecer al enemigo mientras no se meta en nuestro metro cuadrado. Es la causa principal de nuestra decadencia, es el negocio de los traidores a la nación y es la tendencia escatológica a ensuciar la mesa donde se come, por expresarlo en términos adecuados a estas páginas.

 

lunes, 25 de octubre de 2021

Mapuches y traición a la patria

Publicado en diario La Nación el 20 de octubre de 2021  


El 20 de octubre de 2021, en la sección Opinión - página 29 salió publicado el artículo que se transcribe a continuación, sobre el tema mapuche.




En el sur. Los ataques de grupos autodenominados

 originarios a funcionarios, vecinos, bienes públicos y

 privados se suceden con la complicidad del gobierno

nacional.

Mapuches y la traición a la patria

Carlos Manfroni



Diario La Nación
Los ataques de grupos autodenominados mapuches a funcionarios y ciudadanos particulares, así como a bienes públicos y privados, se suceden con la complicidad del gobierno nacional, cuyo embajador en Chile acaba de solicitar a ese país, por obvias instrucciones del Poder Ejecutivo, la liberación de Facundo Jones Huala, quien lideró buena parte de esos ataques a ambos lados de la cordillera.

Existen más de 40 denuncias de hechos graves protagonizados contra vecinos y turistas en el sur.

A comienzos de este mes, maniataron al cuidador de un campamento de la Dirección de Vialidad de Río Negro e incendiaron sus instalaciones, que quedaron destruidas, lo mismo que las maquinarias.

Muy poco tiempo antes, miembros de la Resistencia Ancestral Mapuche (RAM) habían quemado el Centro de Informes Turísticos de El Bolsón, con total impunidad. Allí además usurparon tierras y su permanencia ilegítima en el lugar se prolonga ante la inacción oficial.

Los incendios fueron muchos, incluso con familias dentro de las viviendas, como ocurrió en Chile con el matrimonio de Werner Luchsinger y Vivianne Mackay, quienes murieron cuando su casa fue quemada.

También en Chile, esas organizaciones terroristas incendiaron quince iglesias, del mismo modo que en la zona del lago Mascardi prendieron fuego a tres cabañas pertenecientes al Colegio San José, en el complejo Ruca Laquen. Además, violentaron el ingreso de las cabañas Hueche Ruca, del obispado de San Isidro, y robaron cientos de elementos para el hospedaje.

A pesar de aquellos hechos vandálicos contra iglesias y propiedades de instituciones católicas, así como de la irrupción de un grupo mapuche durante una misa en la catedral de San Carlos de Bariloche, el obispo de esa diócesis, monseñor Juan José Chaparro, intercedió en más de una ocasión en favor de los grupos violentos, con pedidos de esperas y diálogos que ellos solo utilizaron para ganar tiempo.

La situación más indignante se produjo con la toma de tierras en Villa Mascardi, un lugar paradisíaco junto a uno de los lagos más bellos del sur. Según la versión de los propios usurpadores, la ocupación comenzó cuando la joven Betiana Colhuan declaró haber recibido un mensaje extrasensorial que le decía que ese lugar era sagrado para ellos. Así de fácil.

Seguramente Colhuan no habría tenido la misma suerte si el mensaje extrasensorial le hubiera señalado como sagrados los lugares de ciertos hoteles en El Calafate, una zona que también caería dentro de las pretensiones de la Resistencia Ancestral Mapuche.

Para contribuir al absurdo, apareció un señor Luis Pilquiman, vicepresidente del Instituto Nacional de Asuntos Indígenas (INAI), que encabeza Magdalena Odarda, manejando una camioneta de la provincia de Río Negro, que aparentemente habría sido transferida al INAI. El vehículo transportaba a miembros de la comunidad mapuche a la toma de Mascardi, por lo que las fuerzas de seguridad promovieron una causa ante la Justicia.

Según declaró a quien escribe esta nota Diego Frutos, presidente de la Junta Vecinal de Villa Mascardi, el propio Pilquiman proveería de víveres a los usurpadores todos los fines de semana en vehículos oficiales.

Frutos sufrió ya seis ataques de los mapuches, uno de los cuales le provocó heridas de consideración, además de haber padecido el incendio de su casa, que resultó destruida en su totalidad.

Luis Pilquiman es hermano de Claudina Pilquiman, denunciada por falso testimonio en el caso Maldonado y una de las que estuvieron en aquel momento en el predio usurpado en Chubut. Por su lado, Luis Pilquiman mantuvo una participación activa en la coordinación de reclamos mapuches. Si se cumpliera con el Código de Conducta para Funcionarios, no debería estar ocupando ese cargo, ya que lo afecta un claro conflicto de intereses. Las propias comunidades mapuches que poseen tierras pacíficamente han declarado que el lago Mascardi no tiene relación alguna con posesiones vinculadas con esa etnia.

Quienes sí tienen vinculación con la Resistencia Ancestral Mapuche y con la Coordinadora Arauco Malleuco son algunas organizaciones terroristas de diversa procedencia, fundamentalmente la Guerrilla Internacionalista Kurda, por lejana que parezca. Los enlaces locales responden al ciudadano turco Abdullah Öcalan, condenado en Turquía a prisión perpetua por actos de terrorismo y separatismo de la región del Kurdistán. Los vínculos alcanzan a organizaciones de izquierda en la Argentina, tales como Quebracho o la Tendencia Piquetera Revolucionaria (TPR), entre muchas otras, con apoyo financiero palestino.

A propósito de apoyos palestinos, no podía faltar en el juego Roberto Cirilo Perdía, uno de los tres líderes de la conducción de Montoneros.

Montoneros recibió en los 70 entrenamiento de la Organización para la Liberación Palestina en Libia, Siria y El Líbano. En un gesto de gratitud hacia el terrorismo islámico, la cúpula montonera proveyó a la OLP de una fábrica de explosivos plásticos de esos que se usan para atentar contra edificios, y que se instaló en Beirut. Ahora Perdía brinda apoyo jurídico a las organizaciones mapuches que cometen actos de terrorismo.

En el portal Mapuche-Nation, perteneciente a la organización Mapuche International Link, con oficinas en la ciudad británica de Bristol, y manejado fundamentalmente por un señor Reynaldo Mariqueo, puede verse el mapa con las pretensiones de ese grupo, que abarca nada menos que la totalidad de la Patagonia.

No tiene sentido detenerse en el carácter absurdo de semejante reclamo, porque todas las reivindicaciones mapuches carecen de sustento desde el comienzo. Los mapuches, en realidad “araucanos”, porque proceden de la región chilena de Araucanía, no eran originarios del sur argentino. Habitaban en Chile y, a partir del siglo XIX, hacían incursiones vandálicas, lo mismo que ahora, en nuestra Patagonia, donde mataban pobladores, tomaban mujeres cautivas y robaban ganado. En la región de Cuyo, sojuzgaron a los huarpes, que sí constituían una etnia originaria, con una cultura propia del lugar.

Los araucanos o mapuches fueron combatidos por militares con pensamientos muy distantes entre sí, como Juan Manuel de Rosas y Juan Facundo Quiroga, por un lado y, años más tarde, Julio Argentino Roca, por otro.

Si los actuales mapuches son argentinos, deben someterse a la ley, o bien la Justicia debe actuar contra ellos con ayuda de las fuerzas de seguridad. Si no se consideran argentinos, como quieren demostrarlo al quemar nuestra bandera, desconocer la jurisdicción nacional y actuar coordinadamente con fuerzas del exterior, lo que están llevando a cabo son actos de hostilidad bélica que habilitan una respuesta propia de las leyes de la guerra, con las correspondientes garantías de las convenciones internacionales. Pero la realidad es que con las fuerzas de seguridad bastaría si los jueces cumplieran su deber.

En cuanto a los funcionarios del Ejecutivo, resultaría deseable que algún fiscal investigara si los hechos guardan alguna correspondencia con el delito de traición a la patria, previsto en nuestra Constitución y recogido en el Código Penal, que prevé hasta la prisión perpetua para quienes se unieren a los enemigos de la nación o les prestaren ayuda o socorro.

Las propias comunidades mapuches que poseen tierras pacíficamente han declarado que el lago Mascardi no tiene relación alguna con posesiones vinculadas con esa etnia.