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domingo, 29 de octubre de 2023

La revolución francesa y la religión católica - Mártires de la revolución francesa

REVOLVIENDO LA BIBLIOTECA

251

  En esta sección que llamamos "Revolviendo la biblioteca", incluimos distintos artículos de gran interés histórico, poco conocidos por el público en general, publicados hace ya muchísimos años. 

En el año 1989 y con motivo del bicentenario de la Revolución Francesa, el diario La Prensa, durante todo el año publicó periódicamente artículos referidos a ese tema. No tenemos la fecha exacta del artículo que a continuación ofrecemos, pero que con casi seguridad lo fue en agosto de dicho año.

La verdad y la historia

¿Los derechos del hombre y del ciudadano?
por Roberto Gorostiaga

 

Los mártires de la revolución francesa

Como dijo Rousseau, “para establecerse y subsistir el Estado revolucionario deberá destruir a la Iglesia y los cuerpos naturales de la sociedad”.

Así, la Asamblea Legislativa francesa dijo: “Los males que resultan de las corporaciones han sido expuestos. La tendencia natural que ellas tienen a crecer, la oposición constante de su interés con el interés general se han visto con toda claridad. Los proyectos de los enemigos de la revolución se fundan sobre los bienes del clero... devolvedlos a la Nación y ellos serán destruidos”. (Diario de decretos y debates -9 de abril de 1790- nr 238) Por eso el papa Pío VI enseñó:

“La Asamblea Nacional se ha abrogado la potestad eclesiástica, estableciendo tantas y tantas cosas contrarias no sólo a los dogmas sino también a la disciplina eclesiástica y obligando a todos los obispos y eclesiásticos con juramento a la observancia de su decreto. Más esto de ningún modo debe maravillar a aquellos que por la constitución misma de la Asamblea fácilmente comprenden que a ninguna otra cosa se encamina ni de ninguna otra cosa trata que de abolir la religión católica...” (Breve Quod Aliquantum, del 10 de febrero de 1791).

Veamos sólo algunos hechos de cómo procedió con la Iglesia la “gloriosa Revolución”, cuyo bicentenario acaba de celebrarse:

El 12 de noviembre de 1789 los bienes del clero son puestos a disposición de la Nación.

El 13 de febrero de 1790 se decreta la secularización de los religiosos, prohibiendo los votos de religión.

El 20 de marzo se decreta se hagan los inventarios de las iglesias y locales del clero. Desde la Revolución las iglesias católicas son del Estado, que —desde el Concordato de 1801 a que fue obligado por la resistencia vandeana— facilita su uso a la Iglesia.

La Asamblea Nacional francesa votó del 9 de abril al 12 de julio de 1790 “la Constitución civil del clero” que instaura una Iglesia nacional.

Allí Robespierre dijo que: “La Nación debe conservar (en sus manos) todo lo que es necesario para el culto, para el sostén de la religión católica...”. Y reclama la supresión del celibato eclesiástico.

El 6 de abril de 1792: la Asamblea Legislativa suprime el hábito religioso.

El 18 de agosto de 1792: supresión de todas las congregaciones religiosas.

El 17 de noviembre de 1792: se aprueba el matrimonio de los clérigos.

El 22 de enero de 1783: Circular del consejo ejecutivo para imponer al clero “constitucional” la obligación de casar a los divorciados y a los sacerdotes.

El 3 de abril de 1789 (14 germinal, año VI): Resolución del directorio relativo al calendario y a los mercados para impedir el ayuno de los viernes.


Mártires y víctimas de la Revolución

La Iglesia ha beatificado hasta ahora 374 mártires, asesinados por “odio de la fe” a saber:

Las 16 carmelitas de Compiegne, guillotinadas el 17 de julio de 1794 (beatificadas por la Iglesia en 1906). 

Las 15 religiosas de Valenciennes (3 Hijas de la Caridad y 11 Ursulinas) guillotinadas el 26 de junio de 1794 (beatificadas en 1920). 

Las 32 religiosas de Bollene, guillotinadas en Orange del 6 al 26 de agosto de 1794 (beatificadas en 1925).

El padre Noél Pinot, guillotinado el 21 de febrero de 1794 (beatificado en 1926).

Los 191 mártires guillotinados en la prisión del Carmelo el 2 de septiembre de 1792 (beatificados en 1926.

El padre Pierre-René Rogue, guillotinado en Vannes el 3 de marzo de 1796 (beatificado en 1934).

Los 19 mártires de Laval, guillotinados el 21 de enero de 1794 (beatificados en 1955).

Los 99 mártires de Angers (12 sacerdotes; 3 religiosas y 94 laicos, de ellos mujeres) ejecutados entre octubre de 1793 y octubre de 1794.

Otras causas en proceso de beatificación en Roma son los de:

El padre Jean Poulín de Arras ejecutado el 22 de agosto de 1793 y otras 157 víctimas de la misma ciudad, entre 1793 y 1798.

El padre Ignacio José Gosseau, de Valenciennes y 46 sacerdotes y religiosos de la misma ciudad, ejecutados entre 1792 y 1799.

Tomás Merle de Castillon y otras 71 personas ejecutadas en Lyon entre 1792 y 1794.

Los 5 capuchinos ejecutados en Nimes el 14 de junio de 1790, Jean Baptiste Souzy ejecutado en L'Ile Madame el 27 de julio de 1793 y sus 102 compañeros también muertos por la fe entre 1793 y 1795.

Los 110 niños de menos de 7 años masacrados en Lucs-sur-Boulogne en Vendee, por la “columna infernal” del general Cordellier.

No se agota con esto la lista de quienes murieron por causa directa de su fe.

Así, en Nantes, están los 143 sacerdotes ahogados en el río Loira a fines del año 1793.

En Toulouse el padre Duchein, ejecutado el 7 de noviembre de 1793.

En París, Ana Poulain y su criada Margarita, condenadas a muerte el 21 de diciembre de 1793 por haber escondido a un sacerdote proscripto.

El padre Fenelon, sobrino nieto del autor de “Telémaco” guillotinado también en París, julio 1794.

En Puy la señora de Beauzac, madre de un sacerdote refractario a la Constitución civil del clero; y la familia Best (el marido, su esposa y su cuñada) guillotinados en enero de 1794 por ayudar al clero fiel.

En Dax sor Margarita Rustau, Hija de la Caridad, guillotinada el 9 de abril de 1794.

En Montpellier, María Coste, campesina guillotinada el 3 de mayo de 1794 por haber alimentado a un sacerdote proscripto.

Se calculan en 2 millones de personas las víctimas del terror en Francia. A ellos deben agregarse las víctimas de las guerras de la Revolución y el imperio napoleónico en toda Europa, desde España hasta Rusia. Todo ello en nombre de los derechos del hombre y el ciudadano.


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viernes, 27 de octubre de 2023

Revolución Francesa - El martirio de las Carmelitas Descalzas de Compiégne

REVOLVIENDO LA BIBLIOTECA

250

  En esta sección que llamamos "Revolviendo la biblioteca", incluimos distintos artículos de gran interés histórico, poco conocidos por el público en general, publicados hace ya muchísimos años. 

En el año 1989 y con motivo del bicentenario de la Revolución Francesa, el diario La Prensa, durante ese año publicó periódicamente artículos referidos a ese tema. Una lectora hizo notar que en tales artículos se había omitido mencionar el martirio sufrido por las Carmelitas de Compiégne. Su carta de lectores fue publicada en el mencionado matutino el 27 de julio de 1989 y por la importancia del tema, la publicamos en este Blog.

El Martirio de las Carmelitas de Compiégne
Fueron 16, las Carmelitas Descalzas sacrificadas en Compiégne


Las Carmelitas de Compiégne

Señor director:
En la abundante recordación que se ha hecho en las publicaciones de la Revolución Francesa se ha omitido un aspecto de la misma y es la actitud que tuvo con respecto a la religión.
Solamente “La Prensa” en su sección Santoral del 17/7 ha mencionado uno de los crímenes más despiadados que se cometieron en ese aspecto, el de las Carmelitas de Compiégne. Dispersadas primero —la libertad e igualdad no funcionaban para los que querían vivir religiosamente— fueron luego encarceladas y condenadas a muerte “por tenencia de armas ocultas en su convento”.
Ante esta acusación la superiora sacó el crucifijo que llevan bajo el hábito y dijo: “Estas son nuestras armas”. Subieron al cadalso cantando la Salve y como todas tenían buenas voces, aquello parecía realmente un coro de ángeles que partían al Paraíso. Impresionaron tanto a la muchedumbre que rodeaba el patíbulo que se abstuvieron de insultarlas o burlarlas como acostumbraban con otros condenados y hasta una chica se atrevió a pedirles un recuerdo (la superiora le regaló su devocionario). En provincias, las matanzas de clérigos y religiosas fueron atroces.
Son hechos éstos que conviene recordar, ya que se han repetido en otras revoluciones inspiradas en la francesa, como la rusa.
                    MYRIAM DE LA RIESTRA
                    Periodista
                    Libertad 976, Buenos Aires

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miércoles, 20 de septiembre de 2023

Revolución Francesa

REVOLVIENDO LA BIBLIOTECA

245

  En esta sección que llamamos "Revolviendo la biblioteca", incluimos distintos artículos de gran interés histórico, poco conocidos por el público en general, publicados hace ya muchísimos años. 

Con motivo del Bicentenario de la Revolución Francesa en 1989 se publicaron en el diario La Prensa diversos artículos relativos a ese tema, el que a continuación publicamos, si bien no tenemos registro el día exacto de su edición pero estimasmos que lo fue en agosto de 1989. 

La Revolución Francesa y el sentido común
por Patricio H. Randle 

Excesos en la Revolución Francesa




No hace falta ser muy versado en historia, ni siquiera ser un avezado revisionista para tener dudas en adherirse a los homenajes en curso a la Revolución Francesa. Basta con haber conservado el sentido común.
En primer lugar, resulta bastante lógico tener reservas frente a cualquier revolución. Las revoluciones —no los alzamientos o la desobediencia civil por causa justa— implican siempre un voluntarista trastoque del orden sin la menor consideración por lo que se pierde con él. Revolución y subversión son sinónimos. Y ambas participan tanto de la malsana intención de torcer los cursos naturales como la de entregarse a ensueños que nunca llegan y dejan el tendal por el camino.
Precisamente, el tendal dé muertos fue fenomenal durante la Revolución Francesa y no podría haber sido de otro modo por más que algunos espíritus excesivamente sutiles se empeñen en discernir entre unos principios luminosos y unas aplicaciones sanguinarias. Pero por muy impresionante que sea la anécdota de crueldad de 1789, no debería hacernos olvidar de que de ningún modo fue su nota peculiar. Toda revolución profunda entraña inevitablemente violencia y sangre para imponer un supuesto nuevo orden producto artificial de algunas mentes calenturientas o bien de algunas inteligencias frías e inhumanas.
Por eso tal vez sea que, en el fondo, ninguna revolución haya triunfado verdaderamente. Se habrá impuesto, pero jamás ha logrado la conversión de los espíritus, esa metanoia que no se verifica a nivel social —como pretenden los revolucionarios— sino estrictamente en el fuero íntimo de las personas. Lo que en todo caso logran algunas revoluciones es difundir una ideología, esto es, un esquema cerrado y rígido de ideas que funciona con la precisión de un mecanismo en la medida que se aparta de la realidad y arrastra afuera de ella a quien se entrega dócilmente a sus especulaciones simplistas.

El triunfo del ideologismo
En el caso de la Revolución Francesa habría que decir que lo que verdaderamente triunfó fue —genéricamente— el ideologismo; una especie intelectual jamás conocida antes por nuestra civilización. Y a partir de ella ha venido haciendo estragos durante dos siglos en Europa y su periferia cultural y política. Los ideólogos dela Revolución Francesa fueron los primeros en reelaborar esquemáticamente, en forma escrita, una serie de valores que integran la tradición de Occidente desde su raíz greco-latina. Verdaderamente no descubrieron nada. Sólo redactaron fórmulas. Hicieron un culto de la letra y, desgraciadamente, indujeron a que se pensase que eran los autores del espíritu. En realidad no inventaron nada; como que después del Decálogo es imposible que exista norma moral que no esté implícita o explícitamente en él, a menos que se la dicte desacralizando al hombre.
Por eso, una de las características de la ideología es su laicismo. Por su propia razón de ser rechaza toda trascendencia de la cual somos tan sólo partícipes. Las ideas, conforme a su soberbia, serían el producto supremo de los hombres y con ellas solas se podría construir un mundo mejor. ¡Craso error! Como si las ideas solas tuviesen un valor comparable a los universales; como si el mundo hubiera marchado desde la Creación al ritmo de ideas y no de significaciones.
La revolución, como el “cambio”, padecen de un defecto común. El de creer que por la mera acción de invertir el orden de las cosas o por la sencilla vía de hacer algo radicalmente diferente a lo anterior aparecerá un nuevo orden mejor. Igualmente padecen de la miopía según la cual para cambiar algo hay que cambiarlo todo, aun corriendo el riesgo de por mejorar algunas cosas empeoren otras.
Pero el error principal sigue siendo el de pretender cambiar al hombre desde lo social, desde las estructuras, desde la cultura manipulada a gusto. Por eso es esencialmente laicista. Para la revolución no existe la interioridad del hombre. Y por eso son sus más eficaces detractores quienes la reivindican. Los “filósofos” inspiradores de 1789 son los grandes responsables de este atropello al espíritu y de sus consecuencias prácticas. De allí que exista una relación directa y necesaria entre la Constitución Civil del Clero y los mártires que murieron en nombre de la Libertad.

El pueblo se hizo mito en 1789
Para legitimar las revoluciones siempre se ha apelado a su popularidad. Es una manera de respaldar la fuerza suprema de lo social cuya culminación desemboca en la peligrosa abstracción absoluta de la soberanía popular. Mucho más peligrosa que la creencia en el poder divino de los reyes que, al menos, era un condicionamiento: el de ser meros ejecutores de la voluntad divina; no sus autores, como con mala fe se ha sostenido. En el primer caso, la soberanía popular puede entender de todo (hasta de la misma existencia de Dios, como fue en ocasión de una sesión parlamentaria en la República Española), en el segundo, el rey se niega a sí mismo cuando actúa en contradicción con la religión y su moral.
Como quiera que sea, la Revolución Francesa no fue casualmente laicista. Los altares consagrados a la diosa Razón no obedecieron a un pedido ferviente del populacho y la persecución de clérigos (por mucha complicidad que tuviese de algunos ciudadanos resentidos) tuvo un origen ideológico bien neto. De allí que es imposible sostener —como algunos lo hacen— que los principios de la revolución eran buenos pero se tradujeron imperfectamente en los sucesos revolucionarios.
Jamás las revueltas populares son tan espontáneas como para carecer de jefes, o de —como se dice precisamente a partir del auge del ideologismo— de ideas-fuerza; expresión lamentable en tanto y en cuanto sería admitir que unas meras ideas pudieran justificar acciones humanas que vulneran la libertad, la dignidad y el respeto de hombres semejantes. ¡Y todo en nombre de derechos inalienables!
Toda revolución es, por naturaleza, inestable y por eso mismo no puede librarse de la amenaza interna de una revolución posterior más virulenta. Esto sucedió en 1792 con los jacobinos y en 1918 en Rusia con los bolcheviques. Si fuera verdad que esas revoluciones fueron hechas contra el despotismo, pronto se vio que terminaron imponiendo un nuevo despotismo de peor laya e intensidad.
Poca duda debe caber de que de nada vale alterar el orden intempestivamente. La continuidad social es un valor irreemplazable y sólo el pensamiento artificial de los ideólogos puede haber dado lugar al mito de que el enunciado de derechos abstractos o de constituciones escritas a priori y sin base empírica alguna sirve de algo en la práctica.
Pero, insistimos, no es verdad que la Revolución Francesa haya sido de sana inspiración y que sólo una banda de forajidos la hayan desvirtuado. Este pensamiento se está haciendo lugar común en ocasión del bicentenario y se corre el riesgo de que muchos caigan en el engaño. No; mucho más grave que la carnicería que desató (¡han habido tantas en la historia!), es el haber desatado el Prometeo de la ideología, el cual, de paso, ha provocado muchas otras revoluciones como la de la Comuna, la comunista, la de Mao Tse-Tung, la de Ho-Chi-Min, la de Fidel Castro, la de Ortega y numerosos émulos africanos. Porque cuando se mata en nombre de ideas —y no simplemente por pasiones— se está haciendo un sistema del asesinato colectivo y, para peor, disfrazándolo de altos principios.

Sangre y frivolidad
Sólo un ideologismo deliberadamente estratégico o una frivolidad sin nombre pueden haberse sumado alegremente a la conmemoración a-critica de este bien llamado “Bisangtenaire” (por lo de “sang” que supone) de la Revolución Francesa. Una cosa es ser un enamorado de Francia, de su cultura y de su tradición, de su moda y hasta de su genio culinario y otro no distinguir entre estas inocentes aficiones y la perniciosa voluntad de hacer de la revolución un paradigma; cuando en la vida política de las naciones lo deseable es lo contrario: su continuidad natural, su evolución gradual.
Claro que para aceptar esto hay que estar convencido previamente de que es inútil confiar en el cambio de las estructuras o de que de nada sirve si no se modifican las costumbres en el hombre. Porque las instituciones no nacen de principios abstractos sino de hábitos consuetudinarios; sin los cuales de nada sirve el enunciado de los más altos ideales,
De allí que resulte una inaceptable contradicción, como se ha hecho en ocasión de este aniversario, afirmar que paradójicamente, sobre un crimen comenzó una nueva era de la libertad. Más allá de que huele a una cínica “boutade” volteriana muy francesa pero muy despiadada (como son todos los panegíricos prorevolucionarios), resulta indemostrable en los hechos. Ciertamente lo de “nueva era”, tan fácil de decir, no se corresponde institucionalmente con los eventos que experimentó Francia a partir de 1789: primero terror, después imperio (autoritario), de nuevo monarquía y república alternativamente hasta rehacer su integridad nacional maltrecha gracias a la aceptación de un arbitrario como el general De Gaulle, que redactó a su gusto la Constitución de la V° República. ¡Que no se diga que la Revolución Francesa inauguró ninguna era porque para ello debería de haber habido una estabilidad que, obviamente, faltó!
Pero hay más. Y es que los resabios del ideologismo parecen haber contagiado a quienes no quisieran ser tildados de tales. Porque resulta inaudito hablar de una nueva era que habría esclarecido la moral pública. ¿Se puede honestamente pensar que en dos mil años de Europa cristiana, de pronto, un día a fines del siglo XVIII se descubrieron nuevos valores personales, sociales o políticas que no estuvieran ya vivos en los dieciocho siglos anteriores?
 Hay que tener un concepto muy estrecho de la libertad para convencerse de que un acontecimiento absolutamente contingente como la Revolución Francesa pueda haberlo enriquecido un ápice siquiera. Lo que hizo, en todo caso, fue elevarla a la categoría de abstracción, de semidiosa (subordinada a la diosa Razón), desde cuyo altar se la ha utilizado con la mayor discrecionalidad en los casos concretos (¡cuántos crímenes no se cometieron en tu nombre!)
Las libertades específicas, consagradas por la tradición greco-romana y enriquecidas por el soplo cristiano, no ganaron nada con esta explosión que en nombre dela razón hizo trizas con todos los demás valores del hombre. Por lo cual pareciera que se necesita ser demasiado “racionalista” para rendir tributo a 1789 y a todas sus secuelas revolucionarias. Porque, si como dijera Chesterton, el loco es aquel que ha perdido todo menos la razón, aplaudir todo aquello hoy tiene mucho de acto demencial. Sin contar que algunos la divinizan.
En cuanto a la Igualdad y a la Fraternidad, no resulta necesario distinguir la enorme cuota de error y de utopía que su proclamación ha difundido. Aquí, como en todo lo relativo a la Revolución Francesa, entonces como ahora, parece haberse perdido el sentido común.

NOTA BENE: En todo esto hay una moraleja para los argentinos contemporáneos que acaban de sufrir casi seis años de gobierno jacobino. Es verdad que casi no hubo sangre y eso es consuelo para muchos que no penetran el fondo de la política. Pero hubo una carga ideológica abrumadora; tal vez mayor que la de la Revolución Francesa si pensamos en el poder arrasador de los modernos medios de comunicación masiva en manos de un Estado abusivo.
Conforme a ello, la mentalidad del hombre-masa argentino (que no son pocos) fue despegada de la realidad y modelada de acuerdo a prejuicios ideológicos mediante los cuales la guerra de las Malvinas fue trasformada en algo infamante, la insurrección marxista fue condonada con el pretexto de haber sido reprimida violentamente y la política cultural entregada a una deliberada apertura para la disolución del alma nacional.
Después de esta experiencia, realmente cuesta poco darse cuenta de la perniciosa fuerza de una política subordinada a una ideología que, entre otras cosas (y por lo mismo), impidió que el gobierno viera que la realidad —especialmente la económica— era distinta de lo que sus ideas fijas habían concebido. Pero la gente lo vio y no voy a decir que por eso perdieron las elecciones (factor meramente cuantitativo) sino que muchísimos que votaron a Alfonsín en 1983 votaron en su contra este año. Y ahora, libres de esta pesada carga mental, están redescubriendo la realidad argentina tal cual es y ha sido siempre. No como la hubiera querido cambiar el artificial doctor Alfonsín, el presidente que no pudo concluir su mandato.

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domingo, 27 de agosto de 2023

Enfoque no tradicional de la Revolución francesa

REVOLVIENDO LA BIBLIOTECA

233

  En esta sección que llamamos "Revolviendo la biblioteca", incluimos distintos artículos de gran interés histórico, poco conocidos por el público en general, publicados hace ya muchísimos años. 

El 6 de agosto de 1994, en el diario La Prensa fue publicado el siguiente artículo.

revolución francesa
Toma de la Bastilla


LA REVOLUCIÓN FRANCESA ANTE LA HISTORIA 

por JORGE BALLESTEROS


Cuando se celebró, hace pocos años, el bicentenario de la Revolución Francesa, se puso de manifiesto ante la opinión pública internacional, la neta prevalencia en la historiografía moderna y contemporánea, de las interpretaciones críticas de la “Grand Revolution” sobre la hermenéutica apologista dominante en el siglo pasado. ¿Cómo se explica este hecho? Entre las motivaciones que lo originan, destaco: la tendencia, de sesgo fenomenológico, en la historiografía de nuestra época, a describir los acontecimientos tal como se presentan, ateniéndose a la mostración rigurosa de éstos, sin mezclarla con las convicciones o ideas del observador; el análisis psicológico profundo de los protagonistas históricos; la extensión de la valoración valorativa que antes daba atención preferente a los discursos, actitudes exteriores y comportamiento público de los personajes evocados: ahora también se registra en ellos, detenidamente, las frases circunstanciales —trasmitidas por testigos confiables— las cartas y comunicaciones reservadas, los rasgos de personalidad que se revelan en la conducta privada. Así, el relato evocativo gana en aproximación auténtica el equivalente de lo que pierde en preciosismos estilísticos o en juicios apodícticos enturbiados por la ideología del historiador.

La prosa imaginativa de Jules Michelet, la amenidad anecdótica de Adolfo Thiers, el apasionamiento marxista de Jean Jaurés, referidos a la Revolución Francesa, son actualmente considerados como ajenos al meollo real del acontecimiento.

El revisionismo metodológico preponderante hoy en academias, universidades e institutos de investigaciones históricas de Francia, se caracteriza por su estilo conciso, sus ingentes aportes en documentación original, sus penetrantes análisis psicológicos, sociológicos y políticos. “Entre las obras representativas de ese perspicaz revisionismo se encuentra un libro de Louis Madelin: “Los hombres de la Revolución Francesa”. Louis Madelin, con gran acopio de documentos públicos y privados, examina las personalidades de notorios propulsores de la Revolución: el marqués Gilbert de Lafayette; Gabriel de Riquetti, conde de Mirabeau; los sacerdotes renegados Henri de Talleyrand y Emmanuel Sieyes; Georges Danton; madame (Marie Jean) Roland; Maximilien Robespierre; los feroces termidorianos Fouché, Fréron, Tallien, Barras. 

Madelin muestra como la escasa capacidad intelectual de Lafayette, la conducta licenciosa de Mirabeau, el desmesurado afán de riqueza y honores de Talleyrand y Sieyes, los llevaron a tener complicidad, directa o indirecta, con los crímenes políticos que dieron origen al Terror. Desencadenado éste, después del regicidio, Madelin establece una clara distinción entre el obnubilado idealismo de Danton y de los Girondinos con madame Roland a la cabeza, precursores del ideologismo revolucionario que asolaría el siglo veinte, y los psicóticos detentadores del nuevo despotismo burocrático: Robespierre, Saint-Just, enfrentados con los dirigentes de Termidor que los hicieron guillotinar, siendo ellos, sus circunstanciales adversarios, también terroristas profesionales. Madelin halla ciertas excusas para los extravíos políticos de Danton y de los Girondinos: no supieron detectar a tiempo las consecuencias légicas que se derivaban de sus premisas revolucionarias absolutistas. En cuanto a los oficiantes del terrorismo estatal como Robespierre y Saint-Just, Fouché y Fréron, y otros organizadores desde el gobierno revolucionario de numerosos crímenes políticos, Madelin los enjuicia con severidad: ellos, extremistas despiadados, son los verdaderos responsables del fracaso de una rebelión que pudo haber sido encauzada por los principios liberales de la famosa Declaración de Derechos de 1789.

Madelin cita frases significativas de los revolucionarios por él estudiados: “Me encuentro en la terrible situación de ver el mal sin poder remediarlo” (Lafayette). “Cuando se pone uno a dirigir una revolución, la dificultad no está en hacerla avanzar, sino en contenerla” (Mirabeau). “¡Ah Libertad! ¡Cuántos crímenes se cometen en tu nombre!” (Mme. Roland). “El terror, sin el cual la virtud es impotente” (Robespierre). “En un día como este, hace un año, hice instituir el Tribunal Revolucionario. Pido por ello perdón a Dios y a los hombres” (Anton). “Los cadáveres ensangrentados, arrojados al Ródano, producen en ambas riberas, una impresión de espanto y brindan la imagen de la omnipotencia del pueblo” (Fouché, después de ejecutar a 2.000 prisioneros políticos en Lyon). “La muerte, sin frases” (Sieyés, al votar por la decapitación de Luis XVI. “Las cosas van bien. Hemos movilizado a 1.200 operarios para demoler y arrasar la ciudad. Todos los días, desde que llegamos, hacemos caer doscientas cabezas” (Fréron, en carta a la Convención, dando cuenta de la represión militar en Toulón, dirigida por él). Cabe añadir a estas citas este párrafo, extraído de un informe a la Convención del general Francois Westermann, jefe de la represión revolucionaria en La Vendée: “Conforme a vuestro mandato, he arrojado a los niños a las patas de los caballos. He mandado acuchillar a las mujeres para asegurar que no pongan otros hijos en el mundo. No se me puede echar en cara ningún prisionero: los he eliminado a todos”.

Al final del informe, agrega Westermann: “No hacemos prisioneros, se les habría de dar el pan de la Libertad y la compasión no es negocio de la Revolución”. Basándose en datos sobre la población de La Vendée a la llegada de las tropas revolucionarias, y en el comprobado número de sobreviviente al término de la invasión militar, el afamado historiador francés contemporáneo Pierre Chaunú, imputa a la Convención y a Westermann el haber cometido el crimen de genocidio, comparable, en guarismos proporcionales, al Holocausto del que fueran víctima los judíos durante el nazismo.

Cual se deduce de estos testimonios, a partir de la Revolución Francesa, la democracia como régimen político hubo menester de un calificativo para ser debidamente caracterizada: democracia liberal. Pues la Revolución había instaurado la democracia totalitaria.

En el mundo de hoy, son fácilmente reconocibles y diferenciables las democracias liberales — democracias propiamente dichas— y las democracias totalitarias., Entre los principales atributos de las liberales, figuran un Estado limitado; la autonomía efectiva de los tres poderes gobernantes: Ejecutivo, Legislativo y Judicial; el pluripartidismo; la plena vigencia de los derechos individuales: derecho a expresarse en la prensa sin censura previa, derecho a disponer de la propiedad legítimamente adquirida, derecho a exteriorizar las convicciones religiosas —o no religiosas—, derecho a asociarse libremente, etcétera. Democracias totalitarias son aquellas en las que rige un Estado centralizado y prácticamente omnipotente; en ellas, cuando las hay, las elecciones son un formalismo vacío, pues se celebran sin que haya libertad para elegir; el gobierno es ejercido por una casta burocrática en nombre de ideales revolucionarios siempre postergados en su realización.

Múltiples son las fuentes históricas de las democracias liberales. Cito las más destacables: las tradiciones jurídicas griega y romana; la influencia espiritual del judaísmo y del cristianismo; la filosofía aristotélico-tomista; las concepciones políticas de la Ilustración europea; las monarquía constitucional británica; el individualismo y el federalismo norteamericanos.

Una sola es la fuente histórica de las democracias totalitarias: la praxis de la Revolución Francesa, magistralmente elucidada, por Louis Madelin en sus principales obras, entre las cuales sobresale su libro “Los hombres de la Revolución”, pródigo en enseñanzas ejemplares.


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