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lunes, 27 de julio de 2026

Brown, Mansilla, Vuelta de Obligado

 BROWN, MANSILLA, VUELTA DE OBLIGADO

Pedro de Ángelis

En el año  2009, la Biblioteca Nacional Mariano Moreno, publicó “Archivo Americano y espíritu de la prensa del mundo (Primera Serie 1843-1847) Pedro de Ángelis”.

La compilación, estudio preliminar y notas estuvo a cargo de Paula Ruggeri. Lo que publicamos a continuación corresponde a dos de los capítulos del Estudio preliminar, titulados "Brown, Mansilla, Vuelta de Obligado" y "El crimen de la guerra".


Brown, Mansilla, Vuelta de Obligado

Algunos historiadores o divulgadores de la historia, en un afán desmitificador digno de encomio pero que a veces cae en excesos, han cometido el error de subestimar el esfuerzo bélico de la escuadra y las baterías argentinas en la Vuelta de Obligado. Nos hemos cansado, mientras hacíamos este estudio, de leer sobre la “ingenua tentativa de atar cadenas a barquitos a lo largo del río” y otras expresiones semejantes. La natural tendencia argentina a la autohumillación se acentúa en algunos reclamos desmitificadores, y esta tendencia se profundiza cuando los adversarios son aquellos a quienes tanto se admira como modelo: los flemáticos británicos, los finísimos franceses. Los poderosos. Las crónicas que presentamos en esta antología dan cuenta de la escasa flema con que un oficial inglés descendió a las aguas poco templadas del río para limar las tres gruesas cadenas que impedían el paso de la escuadra combinada bajo la poco inocente metralla de las baterías argentinas. En realidad, la estrategia de Rosas se basaba en esas baterías enclavadas en tierra y no en la cadena, estorbo que permitía cañonear a gusto a la escuadra anglo-francesa. No olvidemos el hecho de que la sencilla pero eficaz cadena fue colocada a lo largo del río a los barquitos por los marinos, luego de que la auténtica escuadra, la que conducía el almirante Brown, fuera sitiada mientras se abastecía, y capturada. Este hecho inaudito, en el que los británicos manifestaron tan poca flema inglesa, es relatado sucintamente en el Archivo Americano, publicación que no gustaba de derrotas, pero contado en detalle por su protagonista, Guillermo Brown, con ese estilo “entre ingenuo y verídico” (así lo califica Adolfo Saldías), que le era característico, en un parte que transcribimos en un apéndice. La captura de la escuadra es un hecho que no se puede ignorar al hablar de la Vuelta de Obligado. Hacerlo implica ofrecer una versión de la historia recortada y simplificada al extremo de llegar a la falsedad. Ese momento en que los buques de Brown son sitiados y su tripulación amenazada con la horca fue el primer paso de las fuerzas bloqueadoras para su posterior y brutal incursión: se deshicieron entonces del más incómodo obstáculo por métodos completamente inusuales para las normas de la época, aunque coherentes con las que regían en otros tiempos en la Isla de la Tortuga. El relato realizado por Guillermo Brown es elocuente; no deja de manifestar su estupor, pero también su sangre fría: luego de diez días de sitio en medio del río, iza la bandera portuguesa para festejar el cumpleaños de una duquesa, en una bravata digna de su humor irlandés o de un personaje de Dumas.

Pero este hecho, bravatas aparte, deja a Guillermo Brown lejos de la escena y es Lucio Mansilla quien prepara la defensa para enfrentar la incursión extranjera decisiva: con sus cañones a tope, frente a la improvisada pero inteligente defensa argentina (recursos humanos y accidentes topográficos aprovechados al máximo en una defensa plenamente sanmartiniana), una escuadra jamás vista en los ríos de la Mesopotamia se lanzó al ataque para abrir paso a vapores cargados de mercadería para vender. Con muchas bajas en ambos bandos, la escuadra pasó; pero los barcos mercantes se fueron como llegaron: con toda su mercadería sin tocar. Nadie la compró. Luego siguieron otras batallas, pero Vuelta de Obligado fue el comienzo del fin de la incursión anglo-francesa: victoria militar completa, fracaso político estrepitoso. Luego de esto, ambos gobiernos europeos consideraron que los informes que durante años habían recibido de sus agentes y el apoyo de los emigrados unitarios les habían costado tal vez demasiado caro y la inversión hecha en el intento de colonización, una pérdida de dinero, hombres y esfuerzos.

Las palabras de San Martín son más que elocuentes:

Los interventores habrán visto por esta echatillon que los argentinos no son empanadas que llevarse a la boca.

 

El crimen de la guerra

La profundidad y el largo de orilla a orilla en ese lugar del Paraná mejor conocido como Vuelta de Obligado lo convertía en el sitio ideal para esperar a la escuadra anglo-francesa, así como el barranco de San Lorenzo era el sitio perfecto para que una fuerza inferior tuviera oportunidades frente a un enemigo muy superior.

Hoy en día no se eligen campos de batalla como la Vuelta de Obligado, el barranco de San Lorenzo o el Paso de las Termópilas. Hoy día no se eligen campos de batalla porque no hay batallas, hay matanzas, y no hay ejércitos enemigos, hay blancos, un punto rojo en la mira, civiles sin defensa. Un almirante Brown, un San Martín, un Leónidas tenían que poner en juego su inteligencia a la par que su vida. Tratándose de matanzas, la inteligencia no se precisa. No necesitamos a Clausewitz para leer las noticias del Oriente Medio. A Clausewitz lo reemplazaron imágenes monstruosas, frente a las cuales cualquier paralelo con el ajedrez es un rapto psicótico que ni Lewis Carroll podría admitir. La diferencia entre la matanza y la batalla está en que la batalla contiene un adversario, un otro, considerado como un igual, aun si es inferior. Por eso la batalla tiene reglas. Los juegos basados en las guerras napoleónicas difieren en mucho de los juegos basados en la guerra actual y no hace falta decir por qué. No hace falta señalar la diferencia entre un tablero donde se ordenan batallones (flanco derecho, flanco izquierdo) y una mira con un punto rojo y figuras que se estrellan en sangre en una fracción de segundo.

Entonces la batalla, decíamos, implicaba reglas, reglas que el comodoro Purvis infringía, cuenta De Angelis. Pero la existencia de reglas implica, decíamos también, un otro, un adversario. Se mata, pero aquel a quien se mata tiene defensa. Cuando hay matanza no hay reglas, el otro existe sólo como víctima. Es la principal condición del genocidio: su ausencia de reglas. Por eso hoy no tenemos a Clausewitz ni a De Angelis, tenemos clamores indignados o relatos estúpidamente fascinados que convierten en insultos las imágenes en vivo y en directo del crimen y la tragedia.

Esos tiempos de salvajes unitarios y salvajes federales, corsarios italianos y piratas ingleses, por no hablar de franceses brutales, tienen mucho que enseñarnos.

martes, 20 de agosto de 2024

Intento para lograr la defección del Alte. Brown de la causa de la Confederación Argentina

 REVOLVIENDO LA BIBLIOTECA

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  En esta sección que llamamos "Revolviendo la biblioteca", incluimos distintos artículos de gran interés histórico, poco conocidos por el público en general, publicados hace ya muchísimos años.

El 30 de octubre de 1938, en la Segunda Sección del diario La Prensa fue publicado el siguiente artículo sobre el fallido intento de lograr la defección del almirante Guillermo Brown de la causa nacional de la Confederación Argentina. 

Almirante Brown




Tentativas para obtener la defección del Almirante Brown

Por el Teniente de navío 
Homero Martínez Montero

Especial para La Prensa
Montevideo, 1938

I
Uno de los enigmas históricos cuya dilucidación ha escapado al empeño o a la afortunada información de los investigadores, es el que se refiere a las tentativas tendientes a lograr que el almirante Guillermo Brown abandonase la causa rosista durante la llamada Guerra Grande, para abrazar la de Montevideo en forma activa o pasiva, que tanto en la acción como en la inhibición el pronunciamiento de aquel jefe redundaría en apreciables beneficios para los enemigos del dictador porteño.
Historiadores hay que creen en la existencia de tales tentativas, y quienes califican la versión de inventiva puesta en circulación  por el encono político de la época que, en su exaltación, no se detenía ni ante el glorioso soldado de las guerras de la independencia. Para unos, la iniciativa de las negociaciones correspondería al mismo Brown, y otros la imputan a los unitarios emigrados en el Uruguay y también a su gobierno. Así, por ejemplo, Antonio Díaz consigna en su conocida obra refiriéndose a la difundida noticia de la posible deserción, que “conocido el carácter del General Brown, esta patraña no podía tener otro objeto que un tiro directo a la susceptibilidad y desconfianza del General Rosas, y al genio atrabiliario del  General Brown para que por lo menos dejase el mando de la escuadra” (1).
El general José María Paz, en cambio, no sólo asegura la existencia de la tentativa para obtener la defección, sino que afirma haber correspondido a Brown la iniciativa. “Otro incidente de diverso género —dice— tuvo lugar en esta época fecunda, que pudo haber influido  poderosamente en el éxito favorable de la guerra, y que se inutilizó completamente, por nuestras desgraciadas divergencias. Hablo de la que mandaba la escuadra de Rosas, entabló con el gobierno de Montevideo. Según ella el Almirante y la escuadra debían dejar el servicio del dictador, sin dejar el pabellón argentino, mediante la suma de doscientos mil pesos fuertes que se le darían para gratificar las tripulaciones. Esta negociación, cuyos detalles no son bien conocidos, ha sido el objeto de mis más prolijas indagaciones y de todo he deducido, que fue iniciada de buena fe por el General Brown, con el decidido fin de separarse de Rosas y pasar al partido de sus adversarios políticos, sin abjurar por eso de su nacionalidad, ni dejar de ser argentino” (2).
La disparidad de versiones sobre el suceso y la vaguedad con que se le presenta, manifiestan claramente que hasta el momento no se dispuso de las pruebas fehacientes en que afirmar la noticia y el comentario. En lo que coinciden los historiadores, en cambio, es en la fecha del ecaecimiento: abril de 1842. Ángel Justiniano Carranza dice textualmente, refiriéndose e la aparición de la escuadra argentina frente a Montevideo en la fecha arriba señalada: “Fue entonces que, impotente el adversario para domar su bravura, tentó por primera vez poner a prueba su Lealtad” (3).
Esas pruebas fehacientes existían, sin embargo, y evidencian, además, que la tentativa de soborno del almirante data de un año anterior a la fecha en que los historiadores fijan su comisión”.

II
Los comprobantes aludidos están representados por tres cartas de Ignacio Álvarez y un borrador de otra del general Enrique Martínez, y se hallan en el Archivo General de la Nación, Montevideo, caja número 184, fondo documental “ex Archivo y Museo Histórico Nacional”, carpeta de Ignacio Álvarez.
Sobre los personajes de la trama no hay mucho que informar.
El general Enrique Martínez es figura bien conocida. Hombre de confianza de Fructuoso Rivera, en 1841, desempeña el cargo de ministro de Guerra y Marina. En cuanto al segundo personaje, cuya identidad parece diluirse en la vaguedad de un hombre vulgar, es el Director porteño de 1815 Ignacio Álvarez Thomas, a quien se deben las instrucciones consignadas a Brown para el ejercicio de su campaña de corso en el Pacífico, hecho del cual hace derivar, a nuestro juicio, la autoridad que, como veremos en una de sus cartas, manifiesta tener sobre el almirante y a la cual pone como garantía de éxito en sus proposiciones al gobierno uruguayo.
Figura de segundo orden  en el escenario político rioplatense, su sola calidad de unitario le vale la proscripción, buscando refugio en el Uruguay, desde donde conspira con los demás emigrados argentinos para cambiar el régimen de gobierno de su país. La revolución de Rivera contra Oribe lo encuentra en Colonia presidiendo una logia, reminiscencia de la Lautaro, cuya acción se orienta en el sentido de la destrucción del gobierno de Oribe —ya lugarteniente de la influencia rosista— y exaltación al poder de Rivera, quien debería proporcionar recursos y elementos a sus amigos unitarios para llevar la guerra a Buenos Aires (4). En su casa, como en la de Lavalle y Rivadavia, al ser escrupulosamente  revisadas con el estallido de la revolución riverista, se hallan unas claves secretas que le valen la detención y su nombre (Ignacio Álvarez) figura en la lista que el agente de Rosas en Montevideo, Juan Correa Morales, envía el 20 de octubre de 1836 sobre los “individuos que han sido puestos en prisión y desterrados de esta República por haber tomado parte en la rebelión del candidato Don Fructuoso Rivera”.
La adversidad política le ha dejado en precarias condiciones de fortuna; en 1841 está al frente de un pequeño establecimiento de campo coloniense temporalmente cedido por Brown y cuya explotación no basta a subvenir las necesidades familiares a punto de tener que solicitar ayuda del gobierno oriental haciendo invocación de sus servicios, “Apartando el ...me causa la confesión de mi estado doméstico, y fiando en las  consideraz. de amistad que V. me dispensa, me resuelbo a implorar en su capacidad oficial algún alivio de que no abusare tan pronto como cesen mis urgencias actuales i si para ello fuese necesaria la concurrencia de S. E. el Sor. Rivera, no dudo encontrarla en la benevolencia con que siempre me ha tratado. Ruego á V. que por algnos. momtos. fije su atencion en la suerte aflijente de su viejo amigo que no cuenta recurso alguno para proveer á las économicas erogaciones de su familia, pues que el pequeño  establecimto. de Campo que posee no le produce pa. redimir sus empeños i cubrir los gastos”.
Tal es la situación del ex Director en el momento en que se dirige al gobierno oriental en carta un tanto extraña por la seguridad con que pretende dominar la conciencia de hombres eminentes, proponiéndole gestionar la defección de Brown. 

III
Esta carta tiene carácter reservado y dice textualmente: “Sor. Generl. Dn. Enrrique Martinez — Reservada — Colonia Febo. 13 1841 — Compañero i amigo — Desde que se asegura que el generl. Brown está puesto á la caveza de la Esquadra de Rosas, lo que hé ofresido toda mí cooperasion á la Admon. de que V. hace parte, boy a trasmitirle un pensamto, que puede producir los mas fecundos resultados en provecho de la causa pública — Creo pues, que prosediendose con la mayor cautela, podría atra. se  á aql. Gefe dejando burlados los planes del Regulo— Las relaciones de amistad con mi compadre Brown son tan antiguas, como sinceras i no interrumpidas y aun me atrevo á asegurar que á ninga. persona daria preferencia en sus consejos— En tal supuesto, si el Gobno Supmo juzgase útil i combente. adoptar el pensamto., teniendo por base el indemnisarle en una manera generosa la perdida de sus intereses, del modo  qe, io indicaria i bajo Ja inmediata garantia de... Sor. Pres(idente) Rivera, la negosiacion (¿podría?)  consertarse, aunqe. para ello fuese indispensable trasladarme á esa capital, lo que en la falta de recursos con que me hallo me aparejaria un grande perjuicio.
“Quiera V—si le parece, embiarme sus ideas á este respecto con aquella precausion que écsije la gravedad del negocio; i aceptar los sentimtos. de la buena amistad con que és su affmo Servor, y Compaño. —Igno. Alvarez”.
Estas carta fue contestada por el ministro Martínez según el tenor del borrador que transcribimos:  “Sor. D. Ygo. Alvarez — Montevo. Marzo 12 de 1841. — Amigo y Compañero. — Dije a Vd. en mi carta anterior qe. debia consultar el asunto de qe. V. me trataba en la suya de 13 de Febo. respecto del pensamiento de establecer relaciones con el Gral. Brown: En consecuencia pues de ello he sido autorizado por el Gono. pa. manjfestarle qe. esta en un todo de acuerdo con V— y quiere qe. empiese sus trabajos; mas al mismo tiempo me encarga dirija a V algunas obserbacion qe puedan servir de base en el asunto, Parece dificil crer qe. el Gral. Brown este conforme conla conducta de Rosas y quizá su compromiso no sea sino por su situacion — Establecido esto como un principio, claro es qe. es indispensable estimular el honor de aquel, y por lo tanto el Govno, cre qe el medio mas seguro pa. arribar al objeto qe. V se propone sin qe. se resienta es indicarle que si (se) separa de Rosas con los buques a sus ordenes lo puede verificar declarando qe. no siendole posible por mas tiempo: estar sometido a un tirano juzgaba qe. su honor le exige unir sus esfuerzos a los Argentinos qe, pelean por destruir aquel y continuar por si la gra. Considerándose aliado de la Repa. Oriental— Un paso de esa naturaleza le seria muy honorífico, pues qe. se habria un camino de gloria inmensa en la Repca. Argentina— Porlo qe. hase a la Oriental echa la declaratoria qe. ha indicado antes el Govno. esta dispuesto (y lo hara en el acto) a indemisarle al S Brown en metalico aquello qe. el - dijese importaría la perdida de sus bienes para lo qe. estoy tambien autorisado a decirlo a  V y asegurarle qe. tal como se ofrece se hara.
“El Govno. a considerado qe. lo qe. antes se dice a V es lo qe. cre mas aesequible consultando la  dignidad del S Brown pero si encasos se quiere por aquel señor alguna otra cosa fácil sera decirlo y V. me lo trasmitira para ponerlo en conocimiento del Govno.
“Respecto ala facilidad con qe. V deve entenderse con migo se le ordena al Comte. de ese destino qe. toda ves en qe. V ponga en sus manos alguna comunicacion pa mi (5) la haga salir ganado horas.
"Quiera la suerte pueda V llenar sus deseos cuyos servicios...es grande magnitud... qe se le pueda.:... Repa.  Argentina.— Es como siempre de V affmo amigo Q B S M".
Desde el punto de vista del rigorismo histórico podría parecer prueba inconsistente dar a un borrador el valor de un documento definitivo; mas según se desprende de la segunda carta del ex Director, la intención del general Martínez no quedó en proyecto, sino que el trascripto borrador fué regularizado y expedido, si no en la forma que aparece a través de tantas enmiendas, por lo menos en coincidencia con las ideas apuntadas en su preparación.
Dicha segunda carta dice así: “Sor. Generl. Dn. Enrriqe. Martinez. — Colonia Marzo 17 — 1841.— Mi distingdo. amigo i compaño. — Tenia preparada la inclusa carta para V que hiva ádespachar por mar cuando ha llegado a mis manos su posterior del 12.
"Impuesto de su contenido i desceoso de propender á los deseos del Gobno. Supmo. haré á V las observaciores  que me sujiere el mejor écsito del negocio— En la imposivilidad que estoi de trasladarme á esa Capital, por razones que á V. son conosidas, pa. consertar mejor la operasion de su referencia, y la de encontrar aqui un sugeto aparente pa. confla(rle) la mision delicada cerca de la persona de mi compadre, se hace neceso, que V se lo proporslone (en) esa,: que á mi juicio, deberá ser Ingles ó extragero al menos, el que conferensiando antes conmigo le conduseca una carta obstensible bajo el fundamto, de interesarse en la compra del campo que temporalte, me tiene cedido, i otra que contenga el verdadero motibo con las reflecciones analogas á descidirlo á tomar una resolucion digna de su nombre i provechosa á la libertad de la Repca. (Argentina). 
“Podria. Embiar á V ahora ambas mis(ivas)… será facil conocer que ellas llegarian de... en tanto que la persona conductora le dijese haverlas tomado de ajena mano en Montevo. — Ademas, pa. mover éficazmte, el animo de Brown se necesita que no le quede ninga. duda en el cumplimto.  De las ofertas por parte del Gobno. de este Estado, i esto á mi vér se lograría, depositando en mi poder una declarasion oficial (reservada) con referencia á un previo, acuerdo de S E el Sr. Pte. Rivera qe. contuviese  ademas de las bases que V. me indica en su confidencial, la seguridad de que todos los buques seran mantenidos como propiedad nacion. Argentina, i sostenidos en el pie de guerra, por el Erario Oriental hasta Ja caida del Tirano: Que no solo á él (Brown). sino á todos los Gefes i oficiales qe. cooperasen á la empresa y qe este señalase, se les hara una compensacion. Confe. á su regulasion conservando: sus rangos Militares… aunqe. tales érogacions, queden á cargo del pais á que pertenesen pa. ser rembolsadas en su caso; i finalmte., que el mando en Gefe de las Esquadras  reunidas, le será confiado si asi lo solicitase.
“Resta solo el hallanar la dificultad que ofrece encontrar la persona aparente que haya de desempeñar la Comison con el pulso,  sijilo, i discresion que ella requiere, pues que deve ir encargada de consertar la operacion (si llega a prestarse) pa. en conseqr. Poner (de) acuerdo i en el secreto, al Sr. Coee para qe. … practicarse, repito que aqui és (imposible?) buscarla, i V puede ofreser la garantia de que aun en el caso de negarse á todo B. nada tiene que temer en el modo que lo consevire la recomendasion á su favor: ademas, devera venir provisto de un pasavante para seguridad de la embarcan. menor qe le haya de conducir, i autorizado para los gastos que Je sean indispensables; encargandole qe desde su llegada se mantenga en distancia mía pa. no llemar la atension de los observadores que aquí abundan — También: el Comandte. Militar devera estar prevenido de auxiliar lo que io le indicare, sin descubrir el verdado objeto (?)
“Creo lo anteriormte dicho suficte para que V. forme idéa de cuanto haya de practicarse en mi modo de vér: quiza se omita algo substancial qe su penetrasion  sabra suplir con acuerdo del Sr Vice-Presidte ojala qe me tocase el honor: de sér el intermediario para el logro de una empreza que tanto importa á la humanidad afligida...! - Es como spre. su amigo affmo y Compaño Q. S. M. B. — Y. Alvarez” (6).
Como puede observarse, la posición de Álvarez Thomas es la del enemigo del gobierno de su país que procura derrocar por todos los medios, manteniendo, empero, los derechos de su patria. La escuadra es argentina y como tal debe mantenerse. Es lo justo. ¿Llegó el gobernante de 1815 a realizar los propósitos del proscripto?

IV
Parece muy difícil: dar a la interrogación una contestación afirmativa.
En su carta del 17 de marzo plantea situaciones que el gobierno de Montevideo debe resolver; entre ellas, la búsqueda del hombre apto para comisión tan difícil el cual, aun antes de pasar a Buenos Aires ha de detenerse en Colonia para conferenciar con Álvarez. Todos estos detalles y los posteriores hasta el arribo del comisionado junto al almirante, no podrían insumir un tiempo menor de una semana a diez días; entretanto, la escuadra de Rosas, el mismo 17 de marzo, ha cambiado de fondeadero: Los Pozos por la rada exterior, y hacia el 27 zarpa para presentarse frente a Montevideo el día 30.
Cierto que si todos los pormenores dirigidos por la materialización de la tentativa pudieron ser resueltos con la diligencia y prudencia exigida por los sucesos, relativamente fácil le pudo ser al emisario llegar junto a Brown aprovechando la continua comunicación mantenida con tierra por la escuadra en sus preparativos; pero si tal hizo, es evidente que no sólo procedió con la discreción que reclamaba Álvarez  Thomas, sino con la mala  fortuna que éste no admitía fácilmente. 
Da derecho a admitir esto último la conducta de Brown y los hechos acaecidos. En el correr del año en que por cuatro veces se bate contra la escuadra oriental, quedando al fin solo en el Plata.
En abril del año siguiente: (1842) el almirante se halla frente a Montevideo; sólo entonces voces y hechos ponen de manifiesto las tentativas del gobierno de la Defensa para atraerse a Brown. ¿En qué condiciones? Una  comunicación del 24 de abril de 1842 de Julián Paz, encargado de Negocios del gobierno de Corrientes en Montevideo, a Pedro Ferré, las denuncia. “El general recibe doscientos mil (pesos) fuertes — comunica a su gobierno — A título de indemnización por las propiedades que á él y á sus oficiales les serán confiscadas en Buenos Aires y someterá la escuadra de su mando al jefe o gobierno argentino que esté en operaciones sobre el tirano Rosas, tremolando el verdadero pabellón argentino en lugar del manchado con letreros de muerte que el tirano le había sustituido”. Es decir: mantenimiento de la nacionalidad de la escuadra y compensación a su personal por parte del gobierno oriental.
Son, como se ve, las condiciones acordadas por éste y Álvarez Thomas en 1841, coincidencia que viene a robustecer nuestra hipótesis de que en tal año no pudo darse realización, al proyecto de  soborno. Fue mantenido, sin embargo, por los gobernantes de Montevideo, logrando darle comienzo de realización un año más tarde en circunstancias más apremiantes.
Cuál  fue la reacción psíquica del viejo almirante ante la sugestión; qué influencia pudo tener en su fuero interno, son misterios que acaso nunca serán revelados. Su conducta frente a los sucesos, en cambio, ratifica el derecho que tiene a la glorificación de su recuerdo por parte del pueblo de la patria que defendió contra españoles y lusitanos, que confió en su rectitud aun en las guerras fratricidas.

1) A. Díaz. “Historia política y militar de las repúblicas del Plata”. Montevideo, 1868, Tomo V, página 183.
2) Memorias póstumas del General José M. Paz. La Plata, 1892, Tomo III, página 223.
3) Carranza. “Costa Brava” Revista Nacional, Buenos Aires, 1900, Tomo 29, página: 102. La existencia de este trabajo nos fue comunicada por “el fecundo historiador argentino y respetado amigo señor capitán de fragata T. Caillet Bois, a quien expresamos nuestro público reconocimiento.
Sobre la materia de nuestro trabajo el capitán Caillet Bois tiene un Interesante aporte en su obra: “Los marinos durante la dictadura”, Buenos Aires, 1935, página 99.
4) Felipe Ferreiro. “Documentos, referentes a la guerra civil 1836-1838". Rev. del Instituto Histórico y Geográfico. Montevideo. Tomo II. Volumen 2, página 639.
5) La parte final de esta carta no es muy clara y contiene líneas que expresan las mismas ideas con semejantes palabras. Tratándose de un borrador, cabo pensar que su autor no se preocupó de borrar lo enmendado.
6) La tercera carta de Álvarez Thomas aludida, si bien contiene cuatro líneas referentes al asunto que tratamos, no interesa porque nada nuevo agrega. Casi toda ella se contrae a enterar al General Martínez de su precaria condición económica. Hemos dado un fragmento al individualizar  al corresponsal del ministro de Rivera.

Clickeando en el siguiente link se puede acceder al artículo "Tentativas para hacer defeccionar al Alte. Brown" de Pablo Santos Muñoz:

https://periodico-el-restaurador.blogspot.com/2023/09/guillermo-brown-intentos-realizados.html


domingo, 24 de septiembre de 2023

Guillermo Brown - Intentos realizados para la defección de Brown como comandante de la flotilla de la Confederación Argentina

 REVOLVIENDO LA BIBLIOTECA

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  En esta sección que llamamos "Revolviendo la biblioteca", incluimos distintos artículos de gran interés histórico, poco conocidos por el público en general, publicados hace ya muchísimos años.

El 11 de agosto de 1969 el Dr.  Pablo Santos Muñoz dió una conferencia en el Instituto Naval de Conferencias, dependiente del Centro Naval, que fue publicado por ese Instituto en el Folleto N° 15 y como consideramos tal disertación muy interesante la publicamos a continuación.


Tentativas para hacer defeccionar al Almirante Brown 
conferencia del Dr. Pablo Santos Muñoz
Brown y la Confederación Argentina


Presentación del conferenciante por el Vicealmirante Ernesto Basílico

Prosiguiendo el cielo de conferencias programado para el corriente año, hará uso de la palabra en esta reunión, un distinguido compatriota, abogado, diplomático e historiador, el doctor Pablo Santos Muñoz, quien ha prestado muy importantes servicios a nuestro país.

Por hallarse internado en el Hospital Naval el señor almirante Lajous, que es quien debía presentar a nuestro distinguido conferenciante de hoy, se me ha encomendado efectuar dicha presentación. Y al hacerlo en su nombre, trataré de reproducir, de la manera más fiel, las palabras con que lo habría hecho el almirante Lajous, y cuyo contenido y sentido emocional él habría sabido evidenciar al poner de manifiesto la simpatía y el afecto que nació y creció hasta el punto de convertirse en un fuerte vínculo de la amistad, iniciada durante la permanencia de ambos en los Estados Unidos hace ya muchos años, mientras el doctor Santos Muñoz se desempeñaba como Secretario de nuestra Embajada en Washington. Tuvo entonces ocasión de advertir de inmediato el alto concepto con que lo distinguían algunos diplomáticos de otros países allí acreditados, que requerían su opinión en cuestiones relacionadas con sus funciones. Y esto se explicaba, porque, además de ser sumamente afable, cordial y modesto, se distinguía por su inteligencia y acertado juicio para apreciar y resolver las más delicadas cuestiones propias de esa función.

Graduado con medalla de oro al término de su carrera universitaria en la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales de Buenos Aires, se ha desempeñado sucesivamente como Asesor Letrado de YPF desde 1923 a 1927; Secretario en las Embajadas Argentinas en Washington, Londres y Conferencia Mundial del Desarme; Encargado de Negocios en Río de Janeiro; Jefe de Misión en Canadá, Perú, Austria y Uruguay; Secretario General y Delegado en la Conferencia de Paz del Chaco; Presidente de la Delegación Argentina en las Naciones Unidas en 1962; Consejero Político Legal del Ministerio de Relaciones Exteriores y Subsecretario de dicho Ministerio en 1955 y 1956. Es miembro correspondiente del Instituto Histórico y Geográfico del Uruguay.

Ha sido distinguido por los gobiernos de Bolivia, Brasil, Chile y Perú con la condecoración de Gran Oficial, y por ocho gobiernos europeos con otras de grado menor.

Me siento muy honrado por ser el intérprete del almirante Lajous en esta presentación del Dr. Santos Muñoz, quien nos hablará de un hecho histórico, sumamente interesante, titulado TENTATIVAS PARA HACER DEFECCIONAR AL ALMIRANTE BROWN.

La índole del tema y la versación histórica del doctor Santos Muñoz nos predisponen para escuchar con verdadero interés su autorizada palabra, para lo cual me complazco en cederle la tribuna.


CONFERENCIA DEL DOCTOR PABLO SANTOS MUÑOZ


Algunos historiadores han hecho mención de una tentativa que se habría efectuado en 1842, a fin de provocar la defección del almirante Brown del servicio de la causa de Buenos Aires. Las versiones han variado en lo que respecta a la extensión de la maniobra, sea que ella comprendiera sólo al almirante o también a algunos otros jefes de la marina confederada y en cuanto a su amplitud: o bien se trataría de buscar la incorporación de los barcos a la flota adversaria o meramente su neutralización durante la lucha, conservándose Brown en el comando de ellos y bajo la misma bandera. Igualmente, en cuanto al motivo determinante; según unos, se habría apelado simplemente a los sentimientos de honor y humanidad del al mirante; según otros, hubo una oferta concreta de dinero, aunque con disparidades acerca del monto ofrecido.

Y, finalmente, se preguntan: ¿conoció el gobernador Rosas estas tentativas? ¿Dio o no crédito a las denuncias? ¿Cómo pudo mantener en el mando de la escuadra a un jefe así sospechado? A pesar de las discrepancias sobre esos puntos, había, hasta ahora, unanimidad en cuanto a la fecha: todos coincidían en que la intentona se produjo en abril de 1842, mientras la escuadra de Buenos Aires estaba frente a Montevideo.

En realidad, hay un fondo de verdad en todos esos díceres: en esa fecha, efectivamente, el gobierno y los comerciantes de Montevideo intentaron quebrar la lealtad del almirante mediante el ofrecimiento de una suma de dinero. Pero, no fue ése el primer ensayo de captación, y el gobierno de Buenos Aires estuvo plenamente informado del plan, aún antes de que comenzara a ponerse en ejecución. La primera obertura se produjo, en realidad, en diciembre de 1841; y no obstante la enérgica repulsa de Brown, fue reiterada en abril de 1842. Los pormenores de estas maniobras son los que constituirán el tema de esta disertación.

Debo hacer una advertencia previa: la guerra que entonces se desarrollaba en ambas márgenes del Plata y del Uruguay, no era una guerra de naciones, sino meramente ideológica y personal. Bajo la bandera Oriental combatían numerosos argentinos y bajo la de la Confederación, emigrados orientales, tan numerosos como los otros. El gobierno de Montevideo no hacía la guerra a la Confederación Argentina, ni el de Buenos Aires al Estado Oriental. En la batalla definitoria de Arroyo Grande del 6 de diciembre de 1842, los contingentes correntinos, entrerrianos y santafesinos constituían una enorme proporción de las fuerzas de Rivera, y eran también abundantes los batallones y escuadrones de orientales en las filas de Oribe. Los jefes de ambos ejércitos enemigos eran orientales, pero era argentino el suelo en que se combatió. Un nombre simbolizaba esa lucha mixta: se estaba con Rosas o en contra de él. En realidad, se trataba de una verdadera guerra civil.

El mismo calificativo de federales y unitarios era ya entonces equívoco. Detrás de esos términos no había quedado ningún concepto serio de organización política. Para Rosas, todo enemigo suyo era salvaje unitario, así fuera argentino, oriental o francés. Si un jefe desertaba su causa, dejaba de ser leal federal para transformarse en inmundo unitario; adjetivo con que, producido su alzamiento, fueron calificados Juan Pablo López y Urquiza en su tiempo. Es más, el mismo Urquiza desde que empezó a combatir en suelo argentino, contra las fuerzas de Rosas, calificó a éste de unitario. Sin embargo, como esas calificaciones fueron entonces de uso corriente, seguimos utilizándolas para caracterizar a los bandos en lucha.

Antes de entrar al punto concreto del tema propuesto, conviene efectuar un bosquejo de cuál era la situación político- militar a fines de 1841 y comienzos de 1842.

Fracasada la expedición de Lavalle a Entre Ríos primero, a Santa Fe y Buenos Aires después, Rosas lanzó en su persecución al general Oribe al frente de un numeroso y bien provisto ejército. Quebracho Herrado, Rodeo del Medio, Famaillá, fueron jalones que marcaron la ruta de desastres de Lavalle hasta terminar sus días, en Jujuy el 9 de octubre en forma que no ha sido aún bien aclarada. Oribe y Pacheco impusieron la ley del vencedor en todas las provincias que habían constituido la liga unitaria, y gobernadores federales volvieron a asegurar su obediencia a la causa rosista. Todo el interior estaba, a fines de 1841, en manos seguras.

Sólo la indómita provincia de Corrientes, no obstante la sangría de Pago Largo y de haber quedado sin soldados al embarcarlos Lavalle en su expedición, había seguido manteniendo el estandarte de la rebelión. El general Paz formaba allí un nuevo ejército, cuya sola presencia constituía para Rosas un motivo de grave preocupación, pues entre ambos sólo mediaba el ejército de Entre Ríos, al mando del gobernador general Pascual Echagüe.

Para extirpar ese foco de rebelión, Echagüe, eficazmente ayudado por Rosas con tropas, armas y dinero, invadió Corrientes en septiembre de 1841. Pero no era para Paz un rival de su altura. Lo dejó internarse en medio de un territorio hostil y sin recursos, haciéndole una eficaz campaña de guerrillas que entorpecían sus comunicaciones con Entre Ríos y le obligaban a un continuo desgaste para procurarse víveres, y recién cuando lo juzgó oportuno le presentó batalla en Caaguazú el 28 de noviembre de 1841.

Mientras Rosas iba sojuzgando así a sus adversarios en el interior y mantenía a Paz en jaque en Corrientes, se ocupó también de acrecentar su poder naval, con el objeto de llevar a la práctica la interdicción del comercio fluvial de sus enemigos, decretada a comienzos de año cuando cerró los ríos Paraná y Uruguay a todos los barcos que no llevaran bandera argentina, declarando buena presa a los de bandera Oriental. Mientras duró el bloqueo francés, la actividad naval de la Confederación había estado limitada a las aguas del río Uruguay y en forma muy restringida; pero, firmado con el almirante Mackau el tratado del 29 de octubre de 1840 y devueltos los barcos y la isla de Martín García, podía comenzarse a actuar en el río de la Plata con vistas a la dominación de sus aguas. El 3 de febrero de 1841 el brigadier Guillermo Brown fue nombrado comandante en jefe de la escuadra de la Confederación, bastante reducida, por cierto, por cuanto no la constituían sino el viejo barco ECHAGÜE, incrementado con los bergantines SAN MARTÍN y VIGILANTE, devueltos por los franceses en cumplimiento del tratado del 29 de octubre.

Por su parte, el gobierno de Montevideo designó también un nuevo jefe naval, poniendo al frente de su flota al comodoro John F. Coe, de nacionalidad norteamericana, antiguo oficial de la marina de Buenos Aires, bajo cuya bandera y al mando de Brown había peleado contra el Imperio.

La flota de Montevideo era, al principio, más numerosa que la de Buenos Aires, pero aún antes de comenzar los combates, empezó a perder unidades. En febrero de 1841, la goleta GENERAL AGUILAR se pasó con armas y tripulantes al bando de Rosas, siguiendo en mayo a esta deserción la de la goleta PALMAR. Ambos barcos, rebautizados LIBERTAD y 25 DE MAYO, respectivamente, fueron incorporados a la flota porteña.

Durante el curso del año 1841 las acciones bélicas no fueron muy abundantes, pero sí las averías sufridas en ellas por los buques. El 24 de mayo los comandados por Brown se enfrentaron con los de Coe frente a Montevideo. El 3 de agosto, la nave capitana de Brown, GENERAL BELGRANO, sufrió serios daños en un encuentro contra tres de Coe, frente a la desembocadura del río Santa Lucía. En los intervalos, las escuadras repararon sus respectivos deterioros y aumentaron su potencial bélico con nuevas adquisiciones; de modo que, a fines de noviembre, el gobierno de Rivera disponía de los siguientes barcos principales: SARANDÍ, 25 DE MAYO, CONSTITUCIÓN y CAGANCHA, con 86 cañones. Bajo el mando de Brown estaban la nave capitana GENERAL BELGRANO, el nuevo bergantín SAN MARTÍN, la corbeta 25 DE MAYO y los viejos barcos menores ECHAGÜE, VIGILANTE, REPUBLICANO y 9 DE JULIO, con 88 bocas de fuego. El poder ofensivo era, por piezas de artillería, prácticamente igual; pero la reciente incorporación del SAN MARTÍN, con muy buena y moderna artillería, poco calado, gran estabilidad y maniobrabilidad, daba a la flota de la Confederación una cierta superioridad. Por lo demás, era evidente que el dominio de las aguas del río de la Plata por la flota rosista era cada vez más pronunciado, manteniendo la iniciativa y obligando a la de Coe a permanecer encerrada la mayor parte del tiempo en el puerto de Montevideo.

Al comenzar diciembre, una noticia estremeció a Buenos Aires y a Montevideo: el general Paz acababa de destrozar en los esteros de Caaguazti al ejército del general Echagüe; le había causado un millar de muertos, otro tanto de prisioneros y copado toda la artillería, parque y municiones. El resto se había dispersado y escondía en montes y bañados. De los cinco mil orgullosos soldados de las tres armas, portando 16 cañones, con que había partido el gobernador de Entre Ríos, regresó a su capital con sólo 200 hombres extenuados física y moralmente.

Montevideo se sacudió vibrante. Repiques de campanas, tedéum, desfiles, suscripciones, arengas, levantaron el ánimo de la población y dieron impulso a la decisión de luchar contra el enemigo común. El general Rivera —que hasta entonces no había contribuido sino con meras promesas, mientras procuraba llegar a un arreglo unilateral con Rosas— se galvanizó súbitamente. Hizo remitir un buen contingente de armas y vestuarios para el ejército de Corrientes, pasó unos piquetes al otro lado del río Uruguay para recoger fugitivos y desertores entrerrianos y comenzó preparativos para invadir a Entre Ríos. Pretendía la incorporación de las fuerzas de Corrientes, pasar a Santa Fe, reunir también bajo su bandera las del gobernador López, ya declarado contra Rosas, y arremeter contra éste antes que Oribe y Pacheco tuvieran tiempo de regresar.

A fines de año, pues, la situación había dado un vuelco considerable con la aplastante victoria de Paz en Caaguazú, que volvía a abrir el camino de la invasión a Buenos Aires, vía Entre Ríos y Santa Fe. La flor del ejército rosista estaba en Tucumán y Cuyo, bajo el comando de Oribe y de Pacheco, El 19 de enero de 1842, Rosas dio a ambos la orden de regresar, pero entre la llegada de esas órdenes, la organización de las fuerzas de vigilancia a dejar en las provincias y la travesía hasta el Paraná de los numerosos elementos de lucha, transportados en carretas, no podían estar disponibles antes de tres meses. ¿Y entretanto? Aparte de las fuerzas estacionadas en Santos Lugares y en los partidos de la provincia que componían el Departamento del Centro, no muy numerosas, Rosas no podía contar sino con las reservas que habían quedado en Entre Ríos bajo el comando del nuevo gobernador Urquiza. Pero todo leso era poco si el ejército correntino avanzaba rápidamente bajo el comando de Paz, unía sus efectivos a los que trajera Rivera de la Banda Oriental y se complementaba con las tropas santafesinas del rebelde gobernador López (a) Mascarilla.

Bien puede decirse, que en diciembre de 1841 la defensa de Buenos Aires estaba en gran medida confiada a las murallas de madera de sus barcos. En esos momentos, Rosas debió congratularse de las sumas invertidas en la compra de esos buques (1) y de su acierto en confiar el comando de los mismos al Viejo Bruno, un poco gruñón, exigente, desconfiado, pero el mejor y más valiente marino del río de la Plata. Para Rivera, en cambio, era esencial procurar su conquista con el oro, ya que no habían podido dominarlo con el hierro y con el fuego.

En realidad, un proyecto de seducción había sido ya estudiado de tiempo atrás, y su primer esbozo debe atribuirse a Ignacio Álvarez Thomas. El antiguo director vivía emigrado en el Estado Oriental desde hacía mucho tiempo y pasaba las mayores penurias. El almirante Brown, a quien lo ligaba una vieja y estrecha amistad, le había entregado para su gratuito disfrute y administración un pequeño campo que poseía en Colonia y una casa en la ciudad. Pero el rendimiento del predio debía ser muy escaso, a juzgar por su correspondencia conservada en los archivos de esta ciudad y de Montevideo.

El eminente historiador oriental teniente de navío Homero Martínez Montero publicó, hace treinta años, un interesante trabajo sobre este tema, en el que reprodujo algunas cartas intercambiadas entre Álvarez Thomas y el entonces ministro de guerra, general Enrique Martínez, de las que surge la iniciación del plan (2).

Acuciado por la necesidad, Álvarez Thomas había pedido que se le acordara una cierta suma en calidad de préstamo reembolsable. Y para dar mayor peso a su solicitud, en carta del 13 de febrero de 1841, esboza un plan audaz, consistente nada menos que en sobornar al almirante Brown. Para que no lo califiquen de visionario, afirma: Las relaciones de amistad con mi compadre Brown son tan antiguas como sinceras y no interrumpidas y aún me atrevo a asegurar que a ninguna persona daría preferencia en sus consejos. Sobre la base de esa amistad, asegura que sería factible atraer a Brown, siempre que el gobierno —o mejor aún el presidente Rivera en persona— se comprometiera a otorgarle una generosa indemnización por las pérdidas que su actitud pudiera acarrear a sus bienes en Buenos Aires.

A los miembros del gobierno riverista la idea no les pareció descabellada, y el general Martínez contestó a Álvarez Thomas en forma afirmativa, pero con alguna variante. Estando convencidos de que la adhesión de Brown a Rosas no era por razones políticas, sino meramente motivada por su mala situación económica, creían que era necesario estimular su sentimiento del honor. Por lo tanto —explica el general Martínez en su carta—, el Gobierno cree que el medio más seguro para arribar al objeto que se propone sin que se resienta, es indicarle que si se separa de Rosas con los buques a sus órdenes, lo puede verificar declarando que no siéndole posible por más tiempo estar sometido a un tirano, juzgaba que su honor le exige unir sus esfuerzos a los argentinos que pelean por destruir aquél y continuar por sí la guerra, considerándose aliado de la República Oriental. Un paso de esa naturaleza le sería muy honorífico, pues que se abría un camino de gloria inmenso en la República Argentina. Por lo que hace a la Oriental, hecha la declaratoria que he indicado antes, el Gobierno está dispuesto (y lo hará en el acto), a indemnizarle al Señor Brown en metálico aquello que él dijese importaría la pérdida de sus bienes. Pero si él pidiese otra cosa, el gobierno estaría llano a considerar cualquier variante al plan.

Contando ya con la conformidad inicial del gobierno, Álvarez Thomas concretó más su programa de acción. Para llegar hasta Brown, indica a Martínez, lo mejor será enviarle un agente que sirva de enlace, preferentemente un inglés, o, por lo menos, extranjero. Esta persona llevaría como misión ostensible la de adquirir su campo en Colonia; pero, debidamente instruido, le hablaría también sobre la entrega de la escuadra. Para ambos efectos iría provisto de cartas de presentación y de memorias explicativas dirigidas por Álvarez Thomas a su compadre.

En principio, dice en su carta del 17 de marzo, las bases indicadas por el general Martínez son aceptables, pero para que al almirante no le queden dudas respecto del cumplimiento y alcance de las personas, el presidente Rivera debería depositar en las manos de Álvarez Thomas una declaración firme en el sentido de que los buques serán mantenidos en el Estado Oriental como propiedad del Gobierno Argentino y devueltos a la caída del tirano. Además, la indemnización debería ser no sólo en favor del almirante sino de todos los jefes y oficiales que cooperasen a la empresa, a quienes, además de compensarles las pérdidas que llegaran a experimentar en sus bienes, debería asegurárseles el mantenimiento de sus respectivos rangos militares.

Asombra comprobar cómo la pasión política de los hombres alteraba en tal forma su visión, haciéndoles ver la realidad a través del prisma deformante de sus propios deseos. Al mismo tiempo que Álvarez Thomas afirmaba no ser posible que el almirante estuviera de acuerdo con la conducta del gobernador de Buenos Aires, Brown manifestaba su adhesión personal a Rosas. Y seguramente no lo hacía por necesidades económicas, pues pocos meses después pidió su separación por razones nada políticas, sino de servicios. Es que Brown sólo veía una bandera, la de su patria adoptiva, por la cual había derramado su sangre y hecho agobiantes sacrificios, y estaba dispuesto a sacrificar su vida. Era hombre de carrera, respetaba al gobierno que el pueblo de ese país se había dado y obedecía sus órdenes. Nada más. Ya lo había dicho en 1815: él estaba exento de todo partido o facción (3).

Por lo demás, personalmente manifestó siempre devoción y respeto al general Rosas. Y éste, a su vez, dejó estampada en sus MENSAJES su admiración por el abnegado marino. En el de 1842 decía: Sosteniendo con invencible intrepidez el pabellón argentino, el Brigadier Don Guillermo Brown ha acreditado que pertenece á los héroes ilustres de la Libertad (4). Conceptos análogos se expresaron en los años siguientes hasta su retiro del servicio activo en 1847. En definitiva, como dice el ilustre historiador Teodoro Caillet-Bois, el análisis de la correspondencia de Brown no autoriza a poner en tela de juicio la firmeza y lealtad de su adhesión al gobierno de Rosas (5).

No se conoce si el plan de Álvarez Thomas llegó a un principio de ejecución en los meses inmediatamente posteriores y si algún emisario suyo alcanzó a entrevistar al almirante. Si así ocurrió, su actitud no debió dejar lugar a dudas sobre su ninguna disposición a escuchar proposiciones como las sugeridas. Lo cierto es que el 21 de marzo hizo su aparición en tren de guerra frente a Montevideo, y si entonces no hubo lucha fue porque el comodoro Coe no juzgó prudente aceptar el desafío, y Brown regresó a Buenos Aires.

La idea de tentar a los marinos de Rosas siguió, sin embargo, latente en Montevideo. Para explicar las defecciones de sus propios barcos se acusaba al dictador porteño de haber empleado el oro para conseguirlas, y, lógicamente, se opinaba que ese medio no debía ser descuidado.

En aquella época trascendieron también las rencillas entre el almirante y sus subordinados inmediatos. Éstos no se recataban para expresar sus quejas; y él, a su vez, propalaba que se lo quería envenenar. Se encierra en su barco, despacha a su cocinero y se hace él mismo la comida a título de precaución. Se indispone con el médico de a bordo, denuncia que los tripulantes reciben venenos en vez de medicamentos; reemplaza los prescriptos por otros de su conocimiento, y asegura en sus informes que la gente le tiene más fe a él y a sus drogas que a las del médico (6). Rosas mismo tiene que intervenir personalmente para calmar las inquietudes de su desconfiado amigo, y asegurarle que la epidemia desatada a bordo no es un fenómeno local provocado por sus enemigos sino un mal general que ataca a todo el mundo, en las ciudades, en el campo y en los cuarteles, y para tranquilizarle más, le manda su médico de confianza.

Brown sostiene que es víctima de una conspiración de sus mismos oficiales; que ya le pasó algo semejante durante la guerra con el Brasil; que lo mejor es que abandone el servicio antes que lo maten y pide su retiro. Y cuando su ayudante de órdenes, Alzogaray, guarda la carta en lugar de darle curso, se enfada con él y lo hace responsable de cualquier cosa que le ocurra. Nueva intervención de Rosas para calmarlo. Poco a poco, el viejo Bruno se apacigua. Tanto que al darle el gobernador nuevas pruebas de su amplia confianza y adquirir el barco que él ha elegido quiere ponerle el nombre de ILUSTRE RESTAURADOR DE LAs LEYES y hasta acepta el reingreso de Hidalgo, a quien poco antes había acusado de deslealtad y echado de los barcos.

Estas rencillas tienen amplia difusión; se comentan en las dos orillas y con una cierta lógica, el mal humor de Brown y sus querellas con los oficiales son atribuidos a desavenencias de carácter político y a disgustos del almirante con el gobernador, de modo que parecería oportuno el momento para hacer la oferta de dinero para conseguir su alejamiento. Además, se ha encontrado el mensajero ideal para llevar el mensaje de la tentación: será la propia hija de Brown.

El almirante se había casado con Elisa Whitty, teniendo de ella tres hijos varones; Guillermo, Juan Benito y Eduardo; y tres mujeres; Rosa, Natividad y Martina. Al igual que algunos de sus hermanos, esta última vivía en Montevideo, donde su marido, el señor Reincke, hamburgués, se dedicaba al comercio con provecho.

Naturalmente, los comerciantes de Montevideo militaban en el bando opuesto a Rosas. Tenían interés en el progreso de la ciudad en que desarrollaban sus actividades. El bloqueo de Buenos Aires de 1838 a 1840, había significado para la plaza oriental un auge inusitado; su puerto se pobló de barcos de ultramar que cargaban y descargaban allí sus mercaderías y, con la complicidad complaciente de bloqueados y bloqueadores, eran después llevadas en barcos costeros a Buenos Aires y a los puertos interiores de los ríos Paraná y Uruguay, dejando previamente millones de pesos de beneficios a los comerciantes y a la Aduana de Montevideo. Terminada esa época de oro, la aparición de la flota rosista, si bien no significaba todavía el bloqueo de Montevideo, como lo temieron al principio, podía ser su paso inicial.

En ese ambiente Brown no contaba, lógicamente, con simpatías, posiblemente ni en las casas de sus propios hijos, y el señor Reincke y Martina aceptaron fácilmente llevar al almirante, en la primera ocasión oportuna, un mensaje en que, invocando razones de honor y de humanidad, se lo invitaba a abandonar la causa de Rosas y pasarse a la de sus enemigos, con honra y provecho. Esa esperada ocasión se presentó a mediados de diciembre.

Incorporado el nuevo barco SAN MARTÍN a la flota de Buenos Aires, el almirante desea utilizarlo en la acción cuanto antes. Con ese ánimo abandona la rada de Buenos Aires y el 21 de noviembre se halla a unas quince millas al S.O. de la plaza de Montevideo. El comodoro Coe, ultimados sus preparativos, está también dispuesto a la batalla, pues si permanece encerrado junto a la isla de Ratas, otorga de hecho el dominio de las aguas a su adversario, Y como en esos días la ciudad festeja ruidosamente la victoria de Caaguazú, no quiere él ser menos y sale en las primeras horas del 9 de diciembre, favorecido por un suave viento norte.

Advertido el almirante Brown, traslada sus insignias del SAN MARTÍN a su viejo y conocido GENERAL BELGRANO. Se ubican los barcos en la posición que más favorable les resulta y comienza el cañoneo, intermitente al principio, más sostenido luego, que debe ser interrumpido a intervalos por los cambios de vientos y la inminencia de uno de esos violentos temporales de verano, que eran entonces el azote de los barcos en el río de la Plata. Cerca del mediodía, la barca riverista 25 DE MAYO, al mando del capitán francés Fourmantin, más conocido por Bibois, abandona la lucha y se aleja. ¿Por qué? Posiblemente, por enemistad personal entre su comandante y el de la flota. La tormenta separó enseguida a los adversarios; y tres barcos de Brown, entre ellos el GENERAL BELGRANO, fueron a dar a las barrancas de San Gregorio.

No proseguiré con la descripción del combate por no interesar mayormente a nuestro tema especial. Baste apuntar que el bautizo de fuego del SAN MARTÍN no pudo ser más brillante, causando con sus cohetes serios daños a la nave capitana riverista SARANDÍ y al CAGANCHA, siendo este último perseguido por los barcos federales que habían quedado en el lugar de la acción a pesar de la tormenta. Muy dañado y falto de velamen, fue finalmente capturado y llevado a Buenos Aires.

Entre tanto, Brown se dedicó en San Gregorio a reparar sumariamente sus barcos, y el 15 volvió a colocarse frente a Montevideo con el GENERAL BELGRANO, la 25 DE MAYO y la 9 DE JULIO para esperar allí al comodoro Coe y disputarle el ingreso a su base.

Estacionado allí, ese mismo día 15 recibió a bordo la visita de su hija y de su yerno, que venían a cumplir la misión que se les había encomendado. Apenas se retiraron ellos, Brown mandó una carta al capitán Bathurst, quien comandaba la 9 DE JULIO, despachándolo de urgencia a Buenos Aires con unas notas y varios encargos. El principal era tomar el comando del SAN MARTÍN —que había ido a la capital conduciendo el CAGANCHA—. y traerlo para participar en la vigilancia frente a Montevideo. Además, Brown pedía al gobierno que se le concediera a Beazley, heroico comandante del barco apresado, su libertad bajo palabra o, al menos, un régimen de consideración. Bathurst debía también traerle unas prendas de ropa y gallinas para la alimentación de los heridos que se cuidaban a bordo del GENERAL BELGRANO, y dar cuenta al gobierno de la tentativa de seducción realizada por el gobierno de la plaza.

Sobre este último punto, que es el que más nos interesa, veamos lo que dice la nota de Bathurst a Arana, fechada dos días después, es decir, el 17 de diciembre, desde a bordo de la 9 DE JULIO en la rada de Buenos Aires: Informa Bathurst: “Que el día 15 del corriente fue un bote de tierra de Montevideo a bordo del “General Belgrano”, con un Caballero y una Señora; que después ha sabido de un modo muy privado por el Comandante del Bergantín Goleta “Republicano”, Teniente D. Eduardo Brown, que la visita era de la hija del Sr. General Brown, Da. Martina Brown, y de su esposo el Sr. Reincke, comerciante hamburgués residente en Montevideo, quienes eran mandados por el Salvaje Pardejón Rivera con la comisión secreta de ofrecer al Sr. General Brown, si abandonaba el servicio de la República Argentina, la cantidad de Cien Mil Patacones, cuya cantidad le sería entregada a bordo del Bergantín “General Belgrano” ó en letras á satisfacción del Sr. Gral. Brown; á lo que contestó el dicho Sr. General á su hija Da. Martina Brown de Reincke que dijera al Salvaje Rivera, que había adoptado la causa sagrada de la República de la Confederación Argentina para servirla con honor y lealtad, hasta derramar por ella la última gota de su sangre; y que el Pardejón Rivera no se equivocara, pues no tenía él bastante dinero ara comprar al General Brown, y que de este modo lo despachó á su hija y yerno (7).

Como es natural, este informe fue inmediatamente llevado a conocimiento del gobernador Rosas, pero en Buenos Aires se guardó estricto secreto por los pocos que del episodio tuvieron algún conocimiento, y recién al año siguiente, al comentar Arana la segunda tentativa reveló que ya había habido una anterior (8). En Montevideo, en cambio, algo trascendió, pues en una carta del 25 de diciembre de ese año, enviada por el general Paz a Ferré, le dice: Acompaño á usted la, que he recibido de mi hermano para que vea lo que se dice respecto de Brown. Yo voy á dirigirle la carta que se desea en términos bastante generales pero amistosos y expresivos: si usted gusta hacer otro tanto puede dirigir la suya al agente (9). Evidentemente, cuando D. Julián Paz escribía a su hermano pidiéndole unir sus esfuerzos a los de Rivera ante el almirante, no se había recibido todavía su contundente negativa.

Después de este ingrato suceso, el almirante Brown, deseoso de reparar los daños de sus barcos y usando de la amplia autorización que le había conferido el gobierno, (10) dispuso el regreso a Buenos Aires, donde fue debidamente agasajado. Según resulta de una carta de Rosas, tuvo una entrevista personal con el dictador y se atendieron debidamente sus deseos en cuanto a la distribución de premios a los captores del CAGANCHA. (11)

Desde el 12 de marzo siguiente, vuelve a estacionarse frente a Montevideo con el objeto de vigilar sus actividades e impedir la salida de sus barcos de guerra. Pero la flota riverista ha quedado muy reducida con la venta de algunas de sus unidades y el desarme de otras. Coe, desprestigiado, es reemplazado por Garibaldi.

En abril de 1842, ha fracasado la invasión de Entre Ríos debido a las disidencias entre Rivera, Paz y Ferré. En cambio, las huestes federales al mando de Oribe llegan a Santa Fe, derrotan a su rebelde gobernador López y lo obligan a refugiarse en Corrientes con un puñado de partidarios. Poco después, Oribe cruza el Paraná y establece su cuartel general en el Arroyo de las Conchillas, cerca de la capital entrerriana. La sombra de la invasión rosista se acerca cada vez más al río Uruguay.

Vuelve a pensarse nuevamente en obtener la defección del almirante Brown, quien ejerce en las aguas un dominio exclusivo; y en Montevideo se decide tentar nuevamente el plan fracasado en diciembre anterior. Es esta intentona de abril, la que ha sido conocida hasta ahora y sobre la que hay diversas versiones más o menos coincidentes en sus líneas generales.

Tenemos, ante todo, el informe elevado al gobernador Ferré por D. Julián Paz, hermano del general y agente del gobierno correntino en Montevideo. En nota del 24 de abril, hace saber que, mediante negociaciones iniciadas por el gobierno oriental y ultimadas en los días 20 al 22, se ha llegado a un acuerdo con el almirante Brown, por el cual éste se ha comprometido a entregar la escuadra de su mando al jefe que esté al frente de las operaciones contra Rosas, enarbolando el verdadero pabellón argentino en lugar del manchado con letreros de sangre que Rosas ha impuesto a sus fuerzas y que Brown (12) se ha hecho ya a la vela hacia Buenos Aires para tratar de salvar a sus familias de la cólera de Rosas y capturar el resto de la escuadra.(13)

Convalida este informe de Julián Paz sobre los rumores que en esa época circulaban en la capital oriental, una carta de autor no revelado transcripta por Antonio Díaz en su HISTORIA DE LAS REPÚBLICAS DEL PLATA y que describe el ambiente en tono muy animado. Vale la pena copiar lo esencial :

Juan Gowland, José María Esteves, la mayor parte de los ingleses y unitarios emigrados, Lafone, etc., todos apuestan y aseguran la defección del Almirante del Gobierno Argentino con todos los buques que están á sus órdenes. A este paso se le da el colorido de que no es una traición lo que hace, sino que debe mantener sus buques con el pabellón Argentino hasta tanto haya un cambio en el gobierno de esa República. Sería cansado referir á Ud. porción de pormenores que se citan para hacer más creíble este negocio: uno de ellos es que el acuerdo está firmado por el mismo Almirante á quien deberán entregársele trescientos mil pesos para él, su oficialidad y tripulación.

Esteves tiene en su poder sesenta mil patacones recaudados de varios individuos contribuyentes para este negocio (esto es un hecho) y se le espera ver aparecer de un momento á otro; pues aunque por los buques y paquetes llegados de esa se sabe estuvo ó está en tierra, no por eso lo creen menos y dicen que á la salida del bergantín francés que llegó de esa ayer quedaba embarcando la familia de los oficiales para un convite que daba á bordo, pero que tenía por objeto librarlas del enojo que causaría indispensablemente al Señor Gobernador una jugada tan pesada como la que le hacía su Almirante (14).

El eminente historiador de nuestras glorias navales, D. Ángel Justiniano Carranza, en su estudio sobre Costa Brava, inserta una narración contemporánea, el nombre de cuyo autor tampoco revela, que nos da una vívida pintura del momento culminante en que llega a bordo del GENERAL BELGRANO una comisión enviada por el comercio montevideano para proponerle, verbalmente y por escrito, la entrega de la escuadra.

Según este relato (15), el 21 de abril llegó a bordo de la nave capitana una comisión de tres caballeros, siendo recibidos en cubierta por el almirante Brown, quien vestía uniforme de gala y estaba rodeado de sus oficiales y tripulantes. Escuchó cortésmente el pedido que le formularon de tener con él una breve conferencia, con el objeto de darle algunas explicaciones sobre una comunicación que poco antes le habían remitido.

Delante de toda su gente, el almirante expresó en alta voz que accedía al pedido en el entendido de que no se tratarían cuestiones políticas, pues él, en su doble condición de extranjero y de jefe a sueldo del gobierno argentino, nada quería saber de ellas. Por otra parte, agregó: Yo hago la guerra a un pabellón extranjero que, unido al francés, hostilizó al argentino, antes que pisara el puente del BELGRANO.

Ya en la cámara del almirante y no obstante su advertencia, sus huéspedes procuraron una y otra vez llevar la conversación al terreno de la política para apoyar la petición que, con muchísimas firmas, incluso la de su hijo Guillermo, le habían enviado.

Después de un cierto tiempo, para cortar esta entrevista, que debía serle muy penosa, poniéndose de pie Brown les manifestó que no estaba dispuesto a escucharlos más, agregando: Por mi parte, y sin demora, voy a poner estas notas en conocimiento de mi Gobierno, pidiéndoles, por lo tanto, no abusen más de mi indulgencia y tengan a bien retirarse, a menos que prefieran ir en persona a verse con el General Rosas en Palermo (16). Los visitantes se pusieron inmediatamente en retirada.

El viejo marino, profundamente afectado por el episodio, no quiso que ni una sombra quedara sobre su conducta y esa misma noche llamó al coronel Pinedo —comandante del bergantín ECHAGÜE y hermano del inspector de armas del gobierno porteño—, y mostrándole los papeles dejados en su poder, le expresó que deseaba hacerlos llegar sin demora al gobierno de Buenos Aires. Pinedo le aconsejó que lo hiciera directamente a Rosas, en vez de mandarlos al gobernador delegado Arana, a quien podía remitirle una copia, reservando el original para entregarlo a Rosas en mano propia o por conducto seguro. Aceptó el almirante el consejo y a los pocos días regresó a Buenos Aires.

Los agentes del gobierno riverista y los emigrados argentinos estaban convencidos de que este viaje a Buenos Aires era con el fin de embarcar las familias de los supuestos complotados. Otra era la verdad. Brown regresó con el objeto de informar personalmente sobre la aventura y entregar el petitorio de los comerciantes montevideanos. Así resulta expresamente de una carta a Guido en que el ministro Arana, con fecha 21 de mayo de 1842, es decir, al mes de los hechos relatados, le informa que el gobierno de Montevideo ha renovado ante Mandeville sus gestiones en procura de una nueva mediación, y agrega:

También entraron en el despropósito de tentar la lealtad acreditada del General Brown ofreciéndole ingentes cantidades si defeccionaba del Gobierno de le Confederación. Esta tentativa, que es ya ejercida por segunda vez, determinó al General Brown á contestarles de un modo que los alucinó, contando entrasen por el medio que les indicaba de que el malvado Coe fuese á recibirse de la Escuadra y asegurándolo, escarmentando á los viles de quienes era injuriado con tanta infamia. Mas no tuvo efecto la salida de Coe y el Gral. Brown se vino a esta en donde dió cuenta al Gobierno de su conducta y del fin que se había propuesto al contestarles prestándose á los depravados designios del Gobierno refractario de la República Oriental; entre tanto los de Montevideo consintieron de una manera muy seria en la defección de Brown; y se suscribieron con gruesas cantidades para pagar la traición en que fundaban su áncora de salvación, sin que en esto puedan ser excepcionados los mismos extranjeros que todos ellos fueron de los primeros, sin embargo de que aquí cuando se trataba de suscripciones, son muy apegados á la neutralidad que les incumbe observar (17).

Y Guido, a su vez, con fecha 24 de mayo, informa a Arana desde Río de Janeiro, que los descalabros de López en Santa Fe y de los aliados en Entre Ríos han servido para disipar muchas ilusiones. Sin embargo —agrega—, fecundísimos nuestros enemigos en confeccionar antídotos para sus desgracias, escribieron de Montevideo haberse firmado un convenio con el General Brown, por el cual este jefe debía recibir 300.000 patacones para sí y para sus oficiales, conservar en la escuadra el pabellón argentino, apoderarse de la isla de Martín García, imponer un derecho al comercio del Uruguay para sostener sus buques, hostilizar á nuestro Gobierno, y conservar la fuerza bajo su mando para entregarla al sucesor del Sr. Rosas. Es increíble la velocidad con que este incidente se hizo general, y el efecto que produjo en algunos (18).

Todavía en mayo no se convencían en Montevideo que el almirante les había escuchado y dejado hablar simplemente para ver hasta dónde llegaban en sus maquinaciones, pero, llegado el momento decisivo, había regresado a Buenos Aires para informar en detalle de todo lo ocurrido. El General Antonio Díaz, que había quedado acreditado como representante del general Oribe ante el gobierno de la Confederación, hizo conocer a Arana una carta enviada desde Montevideo, según la cual el 11 de mayo todavía continuaban, aunque con menos fuerza, asegurando la pasada del Almirante.

También el general Paz, en sus valiosas MEMORIAS, después de un rendido tributo a la honradez del almirante Brown, se refiere a este asunto, llegando a la conclusión de que existieron tratativas para conseguir su defección y que si ésta no se produjo fue porque justamente en esos días llegaron a conocimiento del almirante las rencillas entre los unitarios que habían invadido la provincia de Entre Ríos y la fácil reconquista de la capital provincial por la misma población, de arraigada convicción federal. Percibió, dice, que la oposición a Rosas estaba vencida y que, no combatiendo al lado de argentinos y bajo la bandera de su patria, aquel paso hubiera constituido una traición (20).

Los complotados en esta segunda tentativa no guardaron secreto alguno sobre sus pretensiones, haciendo correr la versión y dándola por un hecho hasta en las capitales europeas, según se desprende de una carta del ministro Manuel Moreno a Guido del 3 de setiembre siguiente.

Estaban empeñados en convencer a todo el mundo que verdaderamente existía un convenio formal para la entrega de la escuadra de la Confederación. Y sobre esta base trataban de persuadir a los gobiernos europeos y al del Brasil que la caída de Rosas era inevitable y que, en consecuencia, la política más conveniente era para ellos la de aliarse con el gobierno de Montevideo o, por lo menos, forzar la mediación entre los beligerantes.

En la carta atrás mencionada de Guido a Arana del 24 de mayo, se lee lo siguiente: Se mostró tanto empeño en Montevideo en que se diera crédito en el Janeiro a este negocio que Vázquez y Rivera Indarte se apersonaron en casa del agente del Brasil en aquella plaza y le aseguraron de la autenticidad del convenio para que, como tal, lo comunicase á su Gobierno. El Sr. Regis comprendió la tendencia verdadera de esta oficiosidad y transmitiéndola al Ministro, la da como una razón entre otras para no creerlo. A pesar de esto se ha hecho un juego tal por los agentes del pardo de la defección de Brown que hasta se han afectado de él algunas especulaciones mercantiles, sin que nadie me haya ayudado para combatir esta especie, sino los Ministros de Estado que, fiados en la opinión de su agente, han negado la existencia de tal convenio (21).

Pero en aquellos momentos la tendencia del gobierno imperial no era hacia la alianza con Montevideo sino más bien, al contrario, a un entendimiento con Buenos Aires. El encargado de negocios del Brasil en Montevideo era entonces el Sr. Regis, particularmente partidario de un estrechamiento de relaciones con la Confederación, de modo que cuando en Montevideo se dio por hecha la entrega de la escuadra porteña, el Sr. Regis se apresuró a poner sobre aviso a su colega en Buenos Aires, Sr. Moutinho y, de acuerdo con el jefe de la estación naval de su país en el Plata, ofrecieron el concurso de la escuadra imperial (22).

Este gesto espontáneo de los agentes brasileños no llegó a materializarse porque estaba condicionado a la supuesta y anunciada defección del almirante Brown, pero sirvió para, cimentar la armonía entre ambos gobiernos y a Guido como antecedente para las negociaciones que culminaron, un año después, en la firma del tratado de alianza del 24 de marzo de 1843.

Hasta aquí los hechos. Pero los hechos tienen, por sí mismos, una elocuencia honda y fuerte, que no suelen alcanzar las palabras. El almirante Brown pudo haber obrado, en las dos oportunidades a que nos hemos referido, de manera distinta, aceptando las ofertas que se le hacían y consiguiendo así una fortuna como no había podido lograrla en toda su vida anterior, de penurias y sacrificios.

Debe tenerse en cuenta que en aquella época, las ofertas de dinero no eran miradas con tanta severidad y, especialmente tratándose de jefes extranjeros, no parecía demasiado extraño el pase de un bando a otro. Ejemplos no faltan. El general D. Antonio Díaz, ministro de Oribe, escribía a Arana en 1840: Con el fin de promover en Montevideo la defección de alguno ó algunos de los jefes del facineroso unitario Rivera; y en el concepto de que este medio y la oportunidad de emplearlo sean de la aprobación de S. E., ruego á V. E. se sirva indicarme que oferta de recompensa puede hacérseles para el caso de entregar la escuadra. ó parte de ella á disposición de este Gobierno; pues siendo extranjeros los mencionados Jefes, todo puede esperarse de su venalidad y nada de su patriotismo (23). Al capitán King se le ofreció en 1841 entregarle 3.000 pesos fuertes si, abandonando la causa federal, se avenía a comandar una nave riverista. El general Martín Rodríguez formuló al coronel Pinedo la oferta de darle 10.000 pesos fuertes si se pasaba con la escuadrilla de su mando a los Libertadores de Entre Ríos (24). Durante el sitio de Montevideo, el general Oribe utilizó las onzas de oro más de una vez como elemento convincente, incluso para conseguir la defección de Garibaldi, a quien ofreció todo el oro que quisiera, viéndose obligado, ante su fracaso, a informar a Rosas: He empleado todos los medios para conseguirlo, pero es inganable, es un empecinado salvaje (25). Otras veces, en cambio, la oferta fue muy tentadora o muy débil el carácter del tentado, dejándose seducir, como en el caso muy conocido del comodoro Coe, que en 1853 entregó al Estado de Buenos Aires la escuadra de la Confederación que comandaba.

Pero Brown era de otra fibra y en la alternativa entre su lealtad y la fortuna, prefirió mantenerse fiel a la primera antes que obtener la segunda, pudiendo así repetir las palabras de Artigas un cuarto de siglo antes: ¡Yo no soy vendible!

Declaro así mi satisfacción al haber podido exhibir un episodio poco conocido de su actuación, que hace alto honor a la figura del viejo marino, valiente en los combates hasta el heroísmo, audaz y experimentado en la formulación de sus planes estratégicos, noble y sencillo siempre. Por ese conjunto de condiciones, su vida ha de seguir siendo valiosa y pura fuente de inspiración para los hombres de nuestra Marina y para todos los ciudadanos de esta tierra, que él amó con tanta o mayor pasión que si hubiera nacido bajo su cielo y su bandera.

 

(1) Carta de Rosas a Oribe del 2/4/1841: La escuadra me ha costado inmensamente ponerla en el estado en que se encuentra y ya debe hacerse V. Cargo que habrá ocupado algunos artilleros hechos. El bergantín GENERAL BELGRANO que monta el General Brown, ha costado á este Gobierno, pelado, aunque listo para ponerle artillería, setecientos treinta mil pesos, y para dejarlo listo, cincuenta mil pesos metálicos. Pero es cosa muy buena, construido al objeto preciso de la guerra. A.G.N., Correspondencia de Oribe, VII-17-6-10.

(2) Homero Martínez Montero; Tentativas para obtener la defección del Almirante Brown, La Prensa del 30 de octubre de 1938.

(3) Nota al Cabildo de Montevideo del 21 de octubre de 1815, citada por Ratto, H.: Historia del Almirante Brown, t. I, p. 134.

(4) Mabragaña H., Los Mensajes, t. II

(5) Caillet-Bois T., Los marinos durante la dictadura.

(6) Carta de Brown a Alzogaray del 26 de abril de 1841: Archivo General de la Nación, Documentos Alzogaray, VII-1-5-10.

(7) Nota de Bathurst a Arana del 17/12/1841: Archivo del Ministerio de Relaciones Exteriores, Caja 1, Varios, Exp. 8.

(8) Carta de Arana a Guido del 21/5/1842: Archivo General de la Nación, Archivo Guido, VII-16-1-14.

(9) Ferré, Memoria, p. 722.

(10) Carta de Arana a Brown del 18/12/1841 dejando a su libre albedrío permanecer frente a Montevideo o regresar a Buenos Aires: Archivo del Ministerio de Relaciones Exteriores, Caja 4, Bloqueo de Montevideo, Exp. 1.

(11) Carta de Rosas a Brown del 27/1/1842: Archivo General de la Nación, Secretaria de Rosas: VII-3-3-9. Ver cartas de Brown a Alzogaray del 29/1 y 31/1/1842, Documentos Alzogaray VII-1-5-10.

(12) La bandera que llevaba la nave capitana de Brown, de 110 por 80 cm era de seda, con dos franjas de color azul oscuro en las que estaban estampadas las leyendas ¡Viva la Confederación Argentina! ¡Mueran los Salvajes Unitarios! y en sus esquinas cuatro gorros frigios de color punzó. En la franja blanca, más ancha que las azules un sol de oro (Archivo General de la Nación, Documentos Alzogaray: VII-1-4-1).

(13) Por evidente error material, la carta aparece como si llevara fecha 30 de abril de 1844, pero todos los detalles revelan que es del 30 de abril de 1842: Díaz A., Historias de las repúblicas del Plata, t. VI, p. 183.

(14) Carta citada.

(15) El texto in extenso en Carranza A. J., Costa Brava, Revista Nacional, t. XXIX p, 104. Pereda S., GARIBALDI EN EL URUGUAY, t, 1 p, 111. Ratto H., Historia de Brown, t. 11 p. 212.

(16) En una carta del 21/4/1842 de Eduardo Brown a Alzogaray figuran en el dorso unas anotaciones hechas a lápiz relativas a una visita recibida en ese día, que concuerdan con el relato mencionado: Archivo General de la Nación, Documentos Alzogaray: VII-1-5-10.

(17) Carta de Arana a Guido del 21/5/1842, Archivo General de la Nación, Archivo Guido: VII-16-1-14.

(18) Carta de Guido a Arana del 24/5/1842, Museo Mitre, Sección Manuscritos: A.1-C.37-C.13.

(19) Archivo General de la Nación, Secretaría de Rosas: X-26-2-5. Cfme: Carta de Juan Frías a Félix Frías del 5/5/1842 en Archivo General de la Nación, Archivo Frías Doc. N° 129 CRPHN.

(20) Memorias del general Paz, Cap. XXXV.

(21) Carta de Guido a Arana del 24/5/1842, Museo Mitre, Sección Manuscritos: A.1-C.37-C.13.

(22) Sobre este interesante episodio, encontramos valiosos detalles en la carta de Arana a Guido del 21/5/1842, en que el ministro informa a su agente en Río: Efectivamente ya está en Montevideo el Sr. Regis desempeñando las funciones de Encargado de Negocios del Imperio y tengo la satisfacción de anunciar a Ud. que ha acreditado un espíritu amistoso hacia este Gobierno. Luego que allá trascendió la noticia de que fueron alucinados sobre la figurada defección del Gral. Brown, la avisó por un oficio al Sr. Moutinho mandando a esta la Corbeta 7 de Abril a fin de que este Gobierno cruzase aquel designio que tanto podía influir en el desenlace de los sucesos.

Si el Sr. Regis en este paso acreditó su espíritu, no fue menos benévolo el Sr. Moutinho. Sin demora lo puso en mi conocimiento ofreciendo a las órdenes de este Gobierno, en caso de ser cierta aquella defección, la escuadra Brasilera, agregándome que este ofrecimiento no nacía de instrucciones que tuviese de su Gobierno, pues que era un caso completamente imprevisto sino del espíritu de su sincera amistad hacia este, y porque estaba convencido sería del agrado de S. M. el Emperador la conducta benévola que observaba en este caso. Ud. bien puede considerar cuanto nos ha obligado este paso tan noble y generoso del Sr. Moutinho y las expresivas demostraciones con que le he significado nuestro aprecio y gratitud; sin perjuicio de esto el Sr. Gobernador en una de las tardes que fue a la Quinta, le hizo una visita de dos horas en que hablaron muy franca y amistosamente sobre los asuntos de la República Oriental y Provincia de Río Grande en el mismo sentido que observo con Ud. en nuestra correspondencia. Es probable que el Sr. Moutinho de cuenta a su Gobierno de estos incidentes y Ud. por su parte secundará en la oportunidad que se presente las intenciones de este Gobierno que felizmente ha presentado dicho Sr. Moutinho (Archivo General de la Nación, Archivo Guido: VIL-16-1-14).

(23) Carta de Díaz a Arana del 9/11/1840: Archivo General de la Nación, Relaciones Exteriores, X-2-1-5.

(24) Carranza, A. J., Costa Brava, Revista Nacional, t. XXXI, p. 335.

(25) Carranza A. J., Costa Brava, Revista Nacional, t. XXXI, p. 11.


Para acceder a otra publicación de este blog sobre este tema "Tentativas para obtener la defección del Alte. Brown" (La Prensa, 20 de octubre de 1838) de Homero Martínez Montero, hacer click en el siguiente link:

https://periodico-el-restaurador.blogspot.com/2024/08/intento-para-lograr-la-defeccion-del.html