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martes, 14 de noviembre de 2023

Los libres del Sur - Batalla de Chascomús

 REVOLVIENDO LA BIBLIOTECA

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  En esta sección que llamamos "Revolviendo la biblioteca", incluimos distintos artículos de gran interés histórico, poco conocidos por el público en general, publicados hace ya muchísimos años.

Durante los meses de octubre y noviembre de 1989 y con motivo de cumplirse el 150° aniversario de la revolución o levantamiento de los llamados "Libres del Sur", fueron publicados en el diario La Prensa, artículos alusivos al tema, con la visión de la Historia Oficial.
El 30 de julio, se publicó siguiente artículo en el Suplemento Cultural del mencionado matutino.


Dolores y Chascomús, los libres del sur, de 1839
por Rolando Dorcas Berro (h)

Batalla de Chascomús, los hacendados del sur
Batalla de Chascomús


Hace exactamente ciento cincuenta años, Dolores y Chascomús, dos pueblos cercanos de similar características, nacidos ambos como avanzadas de la civilización en el desierto, protagonizaron la Revolución del Sur, gesta heroica que Esteban Echeverría calificó, en 1849, como el acontecimiento más notable de la historia argentina después de la Revolución de Mayo.

Recordemos, brevemente, aquellos hechos. A fines de 1839 el comandante Rico se incorporó a los complotados con Jo cual se ganaba a uno de los principales actores del movimiento.

El grito de rebelión estaba acordado para el 6 de noviembre, pero, un acontecimiento, sl se quiere insignificante, precipitó el estallido. Un vecino del pueblo de Dolores, un tal Cuello, encontró en la calle un anónimo harto comprometedor y se lo llevó al juez de paz. Este, preocupado, le envió una copia del mismo a Rosas que le contestó así: "Que esta clase de anónimos son obra de la miserable importancia de los salvajes unitarios y que toda vez que aparezca alguno, se fije usted en cuatro unitarios de los más señalados y mentados por tales en el partido, los haga prender, les remache una barra de grillos a cada uno y los remita a la cárcel pública de esta ciudad con orden al conductor de fusilarlos en el camino si dieran trabajo y dar cuenta. Y, por último, que luego de recibir la presente mande los cuatro que correspondan al anónimo comunicado”.

Temeroso el juez Sánchez se apresuró a pedirle a Rosas que designe a los cuatro y, por consiguiente, en esos días se empezó a rumorear en la población los nombres de ellos.

Un comunicado análogo le había llegado al juez de paz de Lobería, don José Otamendi con la nómina de los que tenía que engrillar, que eran: su hermano Fernando, Pedro Castelli, su íntimo amigo, Juan Ramón Ezeiza y el comandante Lacasa. El juez comunicó la noticia a su hermano Fernando, éste avisó a Lacasa quien a su vez se puso en comunicación con Castelli y éste urgió a Rico que se hallaba en los Montes Grandes para que regrese a Dolores. Rico, a su vez, había tenido noticias de que iban a ser detenidos otros amigos de modo que precipitó los acontecimientos. En las primeras horas de la mañana del 29 de octubre se empezó a escuchar el redoble acompasado del tambor batiendo generala por las calles solitarias de Dolores y, rápidamente, se comenzó a llenar la plaza de gente. Entonces el comandante Rico, cubierto aún con el polvo del camino -como dice Carrranza-  y seguido por los capitanes Zacarías, Márquez y Crispín Peralta, penetró en el cuadro a caballo y desmontándose, comenzó a hablar así

"Compañeros: Nos hemos reunido aquí con el objeto de elegir para el partido de Dolores un nuevo comandante militar y otro juez de paz que respondan y apoyen el levantamiento dela campaña del Sur contra el gobernador D. Juan Manuel de Rosas…”

Luego de firmada el acta, el ciudadano Severo Pizarro fue con cuatro hombres a buscar el retrato de Rosas que ocupaba en el juzgado de paz un lugar de honor, así nos lo relata Ángel J. Carranza en su libro "La Revolución del Sur”. Llevado el retrato delante de Rico, dijo éste:

“Compañeros, hermanos: Por quién llevamos este velillo de luto en el sombrero y arrancándose también la divisa agregó: Y qué significa esta marca ignominiosa sobre el corazón? Pues arrojemos al suelo con desprecio el primero, clavando en él con nuestros puñales la segunda para vengarnos de tantos ultrajes…” y en acto, dice un testigo, la plaza quedó coloreando de cintas y sembrada de trapos negros.

Esa misma noche, no encontrándose tela celeste para embanderar el pueblo un grupo de mujeres tiñó varias piezas de bramante, de modo que, a las pocas horas quinientas banderas flotaban al viento.

El grito de Dolores repercutió de inmediato en Chascomús y el 2 de noviembre el comandante José Mendiola en medio de la plaza y entre repiques de campanas aclamaba a los revolucionarios de Dolores con la consecuente destrucción de bustos de yeso. El 3 la vanguardia de las tropas revolucionarias entró en la ciudad y en tanto que Dolores bullía de espirito belicoso, Castelli escribía al General Eustaquio Díaz Vélez, guerrero de la Independencia, a su estancia en la comarca, ofreciéndole la jefatura de todo el movimiento. Se enviaron tropas para sublevar Tandil y al mismo tiempo se comunicaban con la escuadra francesa bloqueadora para ponerse en contacto con Montevideo.

Pedro Castelli, sargento mayor, fue designado jefe del movimiento por el prestigio de su apellido pues era hijo de Juan José Castelli, miembro de la Junta de Mayo. Dicen que cuando Martínez Castro y Ramos Mejía, en nombre de Lavalle y de Maza le ofrecieron la jefatura del movimiento, declaró “que preferiría ir como simple soldado ya que se empeñaban en hacerlo degollar”.

Mientras en Chascomús se reclamaba la presencia de Castelli, desde Azul y Tapalqué venían avanzando las fuerzas del gobierno al mando de Prudencio Rosas. El 5 llegó Castelli a Chascomús y junto con Crámer y Márquez recorrieron el campamento revolucionario. Castelli lanzó una proclama a la población y luego doña Carmen Machado de Deheza repartió escarapeles de mostacillas azul y blanco a los oficiales y de cintas a los soldados. Por la noche se celebró un gran baile en honor de las ropas que venían de Dolores. Era Ja noche del 6 de noviembre. Las informaciones decían que Rosas y Granada venían llegando y que desde Monte avanzaba el famoso coronel Vicente González su Majestad Caranchísima.

En poco más de tres horas se decidió la batalla que sirvió para consolidar el poder de Rosas. Muchos quedaron en el campo de lucha, muchos fueron prisioneros. Rico se retiró a Dolores y desde allí al Tuyú en donde se embarcó con cerca de mil hombres para Montevideo.

En la tarde de ese tormentoso día 7, Castelli regresaba solitario y deprimido hacia Dolores y con su asistente el negro Gabino optó por continuar solo hacia los Montes  Grandes de Monsalvo y allí se refugió. Al pasar por dichos montes la vanguardia de Prudencio Rosas, que iba con el mismo rumbo, uno de los soldados de la partida sorprendió al asistente que aterrorizado dio a conocer el refugio de su amo. Castelli fue atacado de Improviso, mientras grababa su nombre en un tala; cayó derribado de un feroz  hachazo en la cara y enseguida lo degolló el soldado Durán“.

En la mañana  del 17  de  noviembre los vecinos de Dolores se sintieron horrorizados pues una partida entraba al pueblo, al frente de la cual un jinete traía colgada al pecho de su caballo una cabeza humana, era la de Pedro Castelli, que, totalmente desfigurada fue colgada en un madero que se colocó en la plaza donde ahora se levanta la pirámide. Para escarnio y terror de la población estuvo siete años colocada allí.

Refiere Juan B. Selva, en su libro “El Grito de Dolores”, que una mañana lluviosa y destemplada de julio de 1847, una mulata correntina conocida como Mama Pancha y otra amiga atravesaban la plaza en dirección a su casa. Al llegar al poste, Mama Pancha levantó los ojos, quizá para dirigirle una plegaria al muerto, y con sorpresa vio que la cabeza había desaparecido. Su compañera la sacó de dudas pues la hacía rodar de un puntapié. Mama Pancha sólo pensó en rescatarla. Cuándo llegó su hijo José, cabo del 5 de Cívicos, al notarla tan preocupada le inquirió la causa y la madre le propuso que fuera a la plaza para traer el fúnebre despojo. Algo similar había hecho Fortunato García con la cabeza de Avellaneda. Madre e hijo comprendian que se exponían a ser fusilados, no obstánte, José la trajo esa noche, oculta en su pesado poncho pampa. La madre, ansiosa, lo recibió con un grito de júbilo. Nada nos ocurrirá, dijo, rasgando el cotín del colchón, escondiendo la cabeza entre la lana. Mama Pancha solía sacarla, la colocaba sobre un cajón, le encendía velas y le rezaba oraciones. Así la tuvo oculta hasta la caída de Rosas.

 Muchos poetas han cantado esta épica acción: Echeverría en la “Insurrección del Sur”, Mitre en varios poemas, Melgar en “El Grito de Dolores”, Egozcue en “La cabeza de Castelli”, Cotta en “La Jornada heroica”, Navarro  Puentes en su “Canto épico a la batalla de Chascomús”, mi progenitor en sus “Décimas”

Dolores y Chascomús son hoy ciudades cultas e importantes en la provincia de Buenas Aires, pero la santidad y el heroísmo, están por encima de todas las grandezas materiales y para siempre su mayor título de gloria habrá sido esta acción casi legendaria.


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sábado, 11 de noviembre de 2023

Revolución de los Libres del Sur - General Tomás de Iriarte - Comisión Argentina de Montevideo

 REVOLVIENDO LA BIBLIOTECA

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  En esta sección que llamamos "Revolviendo la biblioteca", incluimos distintos artículos de gran interés histórico, poco conocidos por el público en general, publicados hace ya muchísimos años.

Durante los meses de octubre y noviembre de 1989 y con motivo de cumplirse el 150° aniversario de la revolución o levantamiento de los llamados "Libres del Sur", fueron publicados en el diario La Prensa, artículos alusivos al tema, de autoría de personas que seguían la línea de la Historia Oficial.
El 16 de noviembre, se publicó siguiente artículo de interesante apreciación sobre la Comisión Argentina de Montevideo.


Iriarte y los Libres del Sur
por Alberto Allende Iriarte

General Iriarte
General Tomás de Iriarte



Sin lugar a dudas son Ángel Carranza en 1880 y Juan B. Selva, más tarde, los mayores investigadores de la romántica Revolución de los Libres del Sur. Sin embargo, en sus magníficas obras que tratan exhaustivamente dichos acontecimientos, la figura del brigadier general Tomás de Iriarte aparece fugazmente.
Las memorias del general Iriarte que constan de 10.000 páginas manuscritas, fueron publicadas a partir de 1945 en 12 voluminosos tomos, con estudio preliminar del académico Enrique de Gandía.  Carranza y Selva no tuvieron en sus manos el relato de Iriarte que hubiese dado respuesta a muchos de los interrogantes que consignan en sus libros. ¿Qué sucedía con esa “Comisión Argentina”, controvertida y vacilante? ¿Qué motivaba las cambiantes decisiones del general Lavalle?  ¿Por qué se retardó la invasión a Buenos Aires, qué abortara la conspiración de Maza? Todas estas preguntas están contestadas en las maravillosas páginas del memorialista que explican la vida, las divisiones, las ideas, las ambiciones, las ilusiones y las debilidades de los inmigrados de Montevideo. En 1838 la primera inmigración formada por los unitarios de Rivadavia y los que acompañaron a Lavalle en su revolución de 1828 estaba dividida. Por un lado los que no concebían la ayuda francesa para derrocar a Rosas y por otro los que consideraban que ésta potencia no tenía pretensiones sobre nuestro país, sino que sólo quería ayudar a derrocar un régimen despótico que había perseguido a sus súbditos. De la primera opinión participaban entre otros el General Lavalle, Varela, Agüero, Alsina y Gallardo. Opinaban en forma contraria, inducidos por Rivadavia que escribía febrilmente desde el Brasil, el canónigo Gomes y el doctor Zavaleta. Los antiguos unitarios, “Los Ancianos” dice Alberdi, recelaban de los “Lomos Negros”, como Iriarte, que junto a Olazábal, Martínez, Balcarce y otros formaban la segunda inmigración de federales constitucionalistas. En Montevideo, Rivera se propuso organizar la inmigración y al efecto promovió la instalación de una "Comisión Argentina”, con la que debían entenderse y ante quien debían subordinarse los Inmigrados. Quedó constituida bajo la presidencia del general Martín Rodríguez, y estaba integrada por Florencio Varela como secretarlo y como vocales Valentín Alsina, Salvador María del Carril, general Félix de Olazábal y el General Tomás de Iriarte. A medida que llegaron por sus destierros se incorporaron. Agüero, Ocampo, Gallardo, Costa y Agrelo. Desde las primeras reuniones de la comisión se manifestó el espíritu antagónico entre la primera y segunda inmigración. Los unitarios y los federales liberales (Lomos negros). Según Iriarte, “... vivían hacía cerca de cuatro años y no tenían inmediato contacto, existía entre ellos una especie de interdicción”. La comisión estaba integrada en su mayoría por unitarios, solamente había dos liberales: Iriarte y Olazábal. La inmigración de Buenos Aires aumentaba día a día y se componía en especial de hombres jóvenes y muchos estudiantes de Derecho que estaban imbuidos de las  nuevas ideas que habían convulsionado al régimen imperante. Los nuevos emigrados se denominaron "La nueva generación”, pretendía constituir el país y hacerlo marchar bajo su dirección por la senda del progreso social. Esta tercera inmigración que tenía por principales representantes, entre otros, a Alberdi, Echeverría, Gutiérrez, Mitre y Rivera Indarte, surgió de las ideas románticas  que llegaron de Francia con le revolución de Julio de 1830, que llevó al trono a Luis Felipe de Orleáns: Este movimiento producido por la burguesa de Francia es producto de la prédica de republicanos y liberales. Sus doctrinas llevaron a Diego de Alcorta, desde la cátedra, a enseñar un nuevo lenguaje intelectual y político que llevó a sus discípulos a pasar de una postura literaria a una decidida acción política. De sus primeras reuniones en lo de Miguel Cané, de las  realizadas en el “Salón Literario” en la librería de Marcos Sastre, pasaron a actuar secretamente en Ja Asociación de Mayo, para luego tener que emigrar por la persecución de Rosas. Es indudable que la "Nueva Generación” fue la que logró que los unitarios y el mismo Lavalle aceptaran la ayuda de la Flota Francesa y de Rivera en la empresa de derrocar al tirano. Lavalle, distanciado de Rivera desde la batalla del Palmar, a instancia de los inmigrados y muy especialmente de Iriarte, escribió al caudillo oriental, logrando su apoyo y se convirtió finalmente en el jefe del movimiento. Estas desinteligencias habían hecho perder un tiempo precioso a la revolución y dio por resultado desarticular las operaciones combinadas con el coronel Maza en  Buenos Aires y con los hacendados del sur de la campaña. La actividad de Iriarte  dentro de la Comisión Argentina, su trabajo con Alberdi en los proyectos bélicos y políticos que se resumieron en el memorial citado y su lucha denodada para unir a las tres inmigraciones, tenía un solo objetivo, lograr que la legión argentina invadiera Buenos Aires por el sur cuanto  antes para concretar el plan concebido. Muchos hacendados, federales distinguidos, ponían objeciones a la figura de Lavalle como jefe de la expedición y requerían al general Martín Rodríguez u otro jefe de mérito para encabezarla. La edad y el estado de salud del general Rodríguez impedían que accediera a lo solicitado y en consecuencia quedaban los generales Olazábal e Iriarte como líderes naturales con antecedentes reconocidos para satisfacer tales requerimientos. El bloqueo final que privaba al Fisco de las entradas aduaneras y la guerra que mantenía la Confederación con Bolivia, habían resentido el erario dejando al gobierno en estado de total insolvencia. Fue así que Rosas expidió un decreto en 1838 que duplicaba el canon enfitéutico y estableció una amplia zona dentro de la provincia en la cual no se renovarían los contratos enfitéuticos cuyos terrenos serían vendidos. Quienes atacan la gesta de los Libres del Sur, invocan estas razones como las causas que indujeron a los hacendados en su pronunciamiento, olvidando que la mayor parte de los sublevados eran propietarios de sus estancias. Asimismo los sublevados del sur se habían incorporado al “Club de los Cinco” liderado por Tejedor y en consecuencia Ramón Maza, Pedro Castelli, Marcelino Martínez Castro, los hermanos Ramos Mejía, Francisco Madero y Manuel Belgrano y otros se habían imbuido de las ideas de libertad que allí se debatían. Por entonces estallaban movimientos contra Rosas en los cuatro puntos cardinales del país y los inmigrados en la Banda Oriental se preparaban para invadirlo. Félix Frías seguía comunicándose con los conjurados y prometiendo la ayuda de Lavalle. Descubierta la conspiración de Maza, por la tardanza de Lavalle, ésta terminó con su fusilamiento y el asesinato de su padre Manuel Vicente en su despacho. Al fracasar la revolución en la ciudad, los hacendados, privados de su jefe militar, quedaron librados a sus propios y desorganizados recursos, sólo les quedaba la esperanza del desembarco de Lavalle en las playas de Buenos Aires. Los de conjurados del sur lo instaban a que lo hiciera en sus costas, Ferré preocupado por su situación le pedía invadir Entre Ríos. Finalmente, Lavalle, ante la invasión de Echagüe, varió su plan y se dirigió a Entre Ríos desde Martín García, desembarcando el 5 de septiembre en el puerto de Landa. No obstante sus reiterados pedidos a Lavalle en Martín García, Iriarte, presumiblemente por la oposición de los “Ancianos Ilustrados”, no pudo incorporarse a la legión.   El mismo día que embarcó Lavalle comisionó al general don Tomás de Iriarte, para que se entrevistara con Rivera a efectos de combinar un plan militar entre los ejércitos argentino y uruguayo. Rico el 28 de octubre de 1839 dio el Grito de Dolores y puso en marcha la romántica epopeya de los Libres del Sur. La costa cayó en poder de los sublevados, lo que les permitió luego una retirada que evitó un desastre mayor. Prácticamente no era más que una masa humana sin jefes y sin soldados y para colmo sin armas. Estas habían sido pedidas a la “Comisión Argentina” en Montevideo y llegaron después del desastre. Frente a estos grupos que sólo podían oponer su valor, avanzaron las huestes de Prudencio Rosas bien equipadas e igualmente disciplinadas. El 7 de noviembre de1839 se encontraron las fuerzas enemigas en Chascomús  donde después de un combate reñido, que duró “tres horas, quedó sellada la suerte de la revolución. Ese mismo día llegó a Montevideo por vía de la escuadra francesa la noticia del levantamiento de la campaña del sur de Buenos. Aires, irónicamente  cuando ya estaba definido el destino de los insurrectos. Iriarte, como representante de Lavalle, resuelve embarcarse hacia el lugar de las operaciones y se le presentan jefes y oficiales que resuelven acompañarlo. En nombre de la “Comisión Argentina” entrega a los enviados de los insurgentes, mil sables, mil tercerolas y municiones. Montevideo vive jornadas de júbilo y las campanas de las iglesias no cesan de repicar, la música cruzaba por las calles de la ciudad hasta después de la medianoche. El día 14 de noviembre llegó a Montevideo la noticia funesta del desastre de Chascomús y la crónica real de los sucesos. No obstante la certeza de la derrota, Iriarte con su secretario Pascual Videla y su comitiva partió el mismo día al ponerse el sol, en la balandra “L'Actif”, llegando el día 15 de mañana a la boca del Salado. Iriarte se reunió con Rico en el bergantín en que éste estaba embarcado. Lo acompañaban Miguel Irigoyen y Miguel Sánchez, que habían llegado poco antes comisionados por los líderes de la primera inmigración. Estos habían ya convencido a Rico de unirse a Lavalle embarcándose a Montevideo y éste había soltado poco antes más de 4.000 de los mejores caballos del sur de la provincia. Este no había sido el plan original del jefe revolucionario. Luego de permanecer más de tres días inactivo en Dolores con 1.000 hombres, 300 lo abandonaron por no haber entrado en acción. Entonces recibió la comunicación del coronel Martín Campos que le anunciaba su llegadas al Ajó con 200 hombres. Rico arengó a sus tropas y prometió luchar hasta el fin, fue aclamado por el pueblo y marchó a unirse con Campos y con los efectivos y armas que venían desde Montevideo para batir la campaña y juntarse con los Libres que aún combatían. Rico le manifestó a Iriarte que estaba decidido a unirse a las fuerzas de Lavalle e Iriarte no insistió más, quedando convenido que el cambio de plan de Rico y la falta de una cabeza que diere dirección al conjunto fue la única causa de la derrota de los libres. Entre los900 hombres que acompañaban a Rico sólo treinta y tantos estuvieron en la acción de Chascomús. El plan del general Iriarte no pudo aplicarse debido a las luchas de predominio de las distintas facciones de los emigrados, que trataban separadamente de atribuirse el mérito de la caída de Rosas y, por ende, de lograr para ellos el acceso al poder. Lavalle animado de las mejores intenciones qué surgen de su proclama, no pudo sustraerse de los consejos de los “Ancianos Ilustrados”, a quien tanto oía y que en definitiva le hicieron cometer los errores que lo llevarían a su trágico fin y que demorarían más de una década el comienzo de la organización de la Nación.

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