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sábado, 11 de noviembre de 2023

Revolución de los Libres del Sur - Isidoro Ruíz Moreno

 

REVOLVIENDO LA BIBLIOTECA

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  En esta sección que llamamos "Revolviendo la biblioteca", incluimos distintos artículos de gran interés histórico, poco conocidos por el público en general, publicados hace ya muchísimos años. 

Durante los meses de octubre y noviembre de 1989 y con motivo de cumplirse el 150° aniversario de la revolución o levantamiento de los llamados "Libres del Sur", fueron publicados en el diario La Prensa, artículos alusivos al tema, de autoría de autores seguidores de la línea de la Historia Oficial; el que sigue se publicó el 31 de octubre.

Los Libres del Sur
por Isidoro Ruiz Moreno

Levantamientos contra el gobierno de Rosas
Los iniciadores del levantamiento de los hacendados del sur

No siempre la admiración de la posteridad se detiene en hechos victoriosos. A veces, como en el  presente episodio histórico, la atención va dedicada a exaltar gestas que, no obstante su fracaso, salvan la dignidad de un pueblo. Al cumplirse el 150° aniversario del alzamiento porteño de 1839 contra un sistema degradante y regresivo rememoraremos sus alternativas como homenaje a la protesta viril ante ese estado de cosas.

Cuatro años hacía que asumiera el mando provincial don Juan M. de Rosas. Investido por la Legislatura con la “suma del Poder Público”, su autoridad omnímoda se había hecho sentir de inmediato para eliminar a sus opositores, a los enemigos de la Federación y a quienes calificaba de  traidores a la misma. Listas de cesantías de todo tipo de funcionarios, sin exceptuar a clérigos o profesores universitarios, pasando por la baja de militares, llenaron páginas del Registro Oficial; paralelamente se fulminaba con amenazas tremendas a quienes osaran manifestarse contra el régimen imperante, denostados con dicterios aterradores.

Se había trocado libertad por orden, y éste se hizo sentir pesadamente. Una severa fiscalización que no perdonó siquiera modas, impuso todo tipo de control, hasta llegar incluso a prohibir el acceso a las Iglesias a quienes no portaban la divisa partidista.

Lo descripto —y mucho más que no permite referir el espacio— podía perpetuarse merced a la ausencia de una Constitución. Nada bastaba que el propio Pacto Federal de 1831 impusiera la obligación de convocar al Congreso, ni que el mismo Rosas lo hubiera ratificado, como tampoco que reinase formalmente la “paz y tranquilidad” fijadas como presupuesto para dicha convocatoria.

La uniformidad cromática era reflejo de la igualdad de conductas, y la pasividad vino a ser la característica del pueblo porteño, otrora levantisco y altivo, que había rechazado a los ingleses y expulsado a los españoles.

En 1838 este panorama sombrío vino a complicarse cuando un conflicto con el Reino de Francia derivó en el establecimiento de bloqueo primero, y de hostilidades después. Motivaba el entredicho la negativa de las autoridades de la provincia a someter a proceso a ciertos franceses detenidos, y a licenciar a otros que prestaban servicio militar. Presentado por el gobernador Rosas como un ataque a la propia independencia nacional con propósito de colonización, esta interpretación pronto fue refutada por el gobernador López de Santa Fe, que la redujo a los límites de Buenos Aires por procederes de sus funcionarios. De su parte, Francia negó todo intento de conquista.

La sorda protesta culminaría en 1839, no ya encarnada en opositores emigrados, sino por los hasta entonces sostenedores de la situación. La crítica dio paso a la conspiración.

Numerosos hombres vinculados al circulo dominante se propusieron lograr la renuncia de Rosas, encabezándolos el comandante Ramón Maza en la capital de la provincia, con ramificaciones en su campaña. Todos, por cierto, militaban dentro del partido Federal.

Los más prestigiosos hacendados del sur de Buenos Aires, hombres de alma templada y espíritu valeroso, sin agitaciones partidistas sino cansados de todo tipo de imposición oficial, resolvieron secundar aquellos esfuerzos. Se preveía el apoyo del general Lavalle, quien al frente de una Legión Libertadora vendría desde Montevideo para derribar la tiranía uniendo en la empresa común a los antiguos bandos adversarios. Tres jóvenes decididos actuaban como enlaces entre la capital, la campaña y el cuartel de la Legión, instalado en Martín García: Marcelino Martínez Castro, Félix Frías e Isaías de Elía. Estaba previsto que Lavalle conduciría el armamento preciso hasta la costa bonaerense, en cercanías de la actual Mar del Plata, donde poseía una pequeña estancia el jefe de los complotados del sur; que era el antiguo mayor de caballería Pedro Castelli, ex oficial de Granaderos como aquél, e hijo del prócer del año 10.

Al lado de éste anudaban adhesiones sus amigos Martín Campos, Francisco Matías Ramos Mejía; Martín de la Serna, José Otamendi, José Ferrari y varios jóvenes más. Carreras de caballos y yerra servían de ocasión para unir voluntades, y el círculo creció: Anselmo Sáenz Valiente, Martín de Alzaga. Leonardo Gándara, Domingo Lastra, Juan Ramón Ezeiza, Francisco Bernabé Madero y otros hacendados de fortuna, enviaron dinero a Montevideo para adquirir los fusiles, sables y lanzas que les faltaban. Cabe apuntar otros nombres de quienes se movilizaban con entusiasmo; el veterano coronel de la Independencia Ambrosio Crámer, Pedro Lacasa, José María Guerra; José Iraola, José María Pizarro, Pascual Calvento, Miguens, Agustín Acosta, Tiburcio Lens, Miguel Miller, Antonio Pillado, Juan Antonio Fernández  Suárez, Ildefonso Torres, Rufino Fornaguera, Saturnino Lara, Manuel Silva, Juan Dillon, Francisco Mujica y multitud más que resulta imposible mencionar.

En el mes de junio la conspiración del teniente coronel Maza en la capital fue descubierta, y ejecutado su jefe y detenidos muchos implicados. Empero, contra lo que podía esperarse, el movimiento de la campaña no se detuvo pese al grave contraste, sin cundir el desaliento. Rosas sintió la agitación, y en septiembre ordenaría que los vecinos de la costa del Tuyu internasen sus caballadas a 20 leguas, para privar de elementos de movilidad a los legionarios del general Lavalle si desembarcaban allí.

Pero el esperado adalid había alterado sus planes: noticiado que el Ejército Entrerriano cruzaba el río Uruguay para atacar a su aliado el presidente Rivera en el estado oriental, tomó la funesta decisión de invadir Entre Ríos para aliviarlo en vez de dirigirse al sur...“A mí me es indiferente empezar por una o por otra parte, pero no al pueblo oriental invadido —escribió Lavalle a Andrés Lámas—. Yo tengo, que obedecer a su interés, que es el de todos: en Buenos Aires se van a desesperar, pero así lo exige el bien público”.

Esta alteración tan importante no detuvo tampoco a los complotados, quienes contaban con lograr la defección del coronel Granada, jefe de valor y prestigio, a fin de sumarlo a sus filas, tal como se había adherido el comandante Manuel Rico, segundo jefe del Regimiento 5 de Milicias y antiguo juez de paz de Dolores.

El pronunciamiento estaba previsto para el 6 de noviembre. Unos 3.000 hombres sólo esperaban el armamento necesario; ya estaba impresa la Proclama suscripta por Castelli, quien se denominaba en ella: “el jefe de los patriotas armados en la campaña del sur contra el tirano Rosas”.

Un raro ejemplar de la misma, propiedad del historiador Juan Isidro Quesada, informaba sobre los agravios que los movían: “Un error funesto nos hizo elevar al mando supremo a un malvado indigno de gobernarnos, y aún de vivir entre nosotros. Juan Manuel Rosas ha quebrantado todas las promesas, todos los juramentos que hizo cuando le confiamos el gobierno. Nos prometió restablecer la tranquilidad  pública y no ha hecho más que fomentar odios, partidos y desuniones. Nos ofreció dar paz a la República, y la comprometió injustamente en guerras con Estados vecinos y con naciones amigas. Juró proteger nuestras vidas, nuestros derechos, y se ha ocupado diez años consecutivos en encarcelar, fusilar y degollar a nuestros compatriotas. Nos ha hecho quemarle inciensos, darle nuestras fortunas, vestir trajes y divisas ridículas e insultantes, arrastrar su coche, adorar su retrato en los templos mismos”. Concluía el documento: “Os hablan hombres que conocéis, propietarios, hacendados, que os ofrecen garantías de sus intenciones: no tenemos aspiración ninguna no queremos partidos, no los quiere tampoco el patriota general Lavalle ni los valientes que le acompañan, queremos sólo paz para la República, unión de hermanos entre todos los argentinos, un gobierno regular y justo, elegido libremente por el voto de los pueblos”.

La delación de un vecino de Dolores precipitó el estallido. El comandante Rico dio la señal de insurrección en la plaza de Dolores en la mañana del martes 29 de octubre, quitándose la concurrencia las divisas coloradas con que sembraron el suelo; esa noche un grupo de entusiastas damas tiñeron con añil varias piezas de bramante —porque se carecía de tela celeste, color proscripto oficialmente por “unitario"— y confeccionaron banderas argentinas para engalanar al pueblo. Cuatro días después se levantaba en Chascomús el comandante José Mendiola,

Mas una semana después, todo estaba concluido; sorprendidos los elementos heterogéneos de los “Libres del Sur” al borde de la laguna de Chascomús, por una división mandada por el general Prudencio O. de Rozas, hermano del mandatario, en cuyas filas formaba —para confusión y terror de aquéllos— el coronel Granada con cuyo apoyo se especulaba, la derrota y la muerte fueron la consecuencia inevitable de la confusión, y la falta de armamento y disciplina. Apenas pudo salvar Rico unos 1.400 hombres que luego engrosaron la hueste de Lavalle.

Tremendo fue el escarmiento, y nada mejor que trascribir un parte del jefe vencedor: “El principal cabecilla motinero, salvaje unitario Pedro Castelli, había sido encontrado en una isleta de monte, y  habiéndose resistido a entregarse, fue necesario matarle y cortarle la cabeza, la que reconocida por mí, la remitió el general que firma a Dolores, para que el comandante de este pueblo la coloque en un palo en medio de la plaza, lugar donde estalló el motín, para escarmiento de esos malvados salvajes unitarios”. Los que salvaron de la persecución, sufrieron la confiscación de sus propiedades, repartidas entre los triunfadores.

Pero quien mejor juzgó el hecho que evocamos, midiéndolo con cabal conocimiento y criterio, fue el general José María Paz, a la sazón residente en Buenos Aires, donde tenía la ciudad por cárcel. Sabiéndose de la severidad de sus costumbres y lo parco que era en elogios, llama la atención las vibrantes frases que le dedicó en sus “Memorias”: “Creo que el movimiento del sur de Buenos Aires es uno de los episodios más brillantes de esta época: el fue tan espontáneo como general, tan desinteresado como simultáneo; casi no tuvieron parte en él los cuerpos militares, y fue todo obra del paisanaje, incluso los ricos propietarios de aquella campaña. Es seguro que ningún otro suceso ha sorprendido tanto a Rosas, y a fe que tenía razón para ello: el sur era su comarca predilecta, en la que se freía que conservaba más influencia; había sido en una palabra la cuna de su poder. Fue para él un desengaño, una sorpresa, un desencanto: puede creerse sin miedo de equivocarse que han sido los días más aciagos de su carrera”.

Episodios como el reseñado son los que prepararon el ambiente para la reacción final. Sin ellos, que sedimentaron la resistencia a lo largo del tiempo, el espíritu público habría languidecido para siempre, privando al país de su regeneración. Tal es la enseñanza que se desprende de su análisis, y por eso sus autores y actores son dignos de nuestro reconocimiento en este aniversario de su empresa.


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viernes, 15 de octubre de 2021

Levantamiento de los hacendados del sur - Alberto Mondragón

REVOLVIENDO LA BIBLIOTECA

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En esta sección que llamamos "Revolviendo la biblioteca", incluimos distintos artículos de gran interés histórico, poco conocidos por el público en general, publicados hace ya muchísimos años. 

En el periódico El Puente, fue publicado en el año 1969 el siguiente artículo.


130 años de una Traición Unitaria  

Especial para “EL PUENTE”
por Alberto A. Mondragón

Prudencio Ortiz de Rozas
Prudencio Ortiz de Rozas (1800-1857)

La historiografía oficial sigue intoxicando a nuestros hombres de Gobierno, algunos de los cuales ya están preparando la celebración del 130 aniversario del levantamiento -por ellos así llamado- Libres del Sud en Chascomús y Dolores. 

Sucede que llevamos 130 años ingiriendo ese folletín, adobado por los liberales, de los “Libres del Sud”, folletín incoherente, ilógico, mal escrito y bastardo: y aunque a este tópico nos referimos hoy, toda la conexión, tanto de antes como de después de la “Revolución del 39”, es de tal peligrosidad moral que, mental y culturalmente, llega a ser una catástrofe nacional al admitirse un gesto de “patriotismo” cuando la verdad autenticada es una manifiesta TRAICION A LA PATRIA.

Ese “patriotismo” hueco, antihistórico, convencional y carente de sentimiento nacional es creador de una forma de vida psíquica límite con el apátrida, con el individualismo y por fin con la doctrina liberal “ubi beni, ubi patria” de los sarmientos y alberdis redivivos del siglo XX, castigo que cae sobre muestra patria por los múltiples engaños de una historia falsificada a designio para “justificar” la entrega de la Soberana Nacional; y razonablemente no se podía esperar otra cosa en un país que está acostumbrado a ver su historia al revés, y así seguirá la desdicha de la Argentina mientras se mantenga la escandalosa historia falsificada.

Esta incomprensión del ser nacional la veremos en los homenajes a esos llamados LIBRES DEL SUD, que no eran tan libres como ellos creían, porque estaban gestionando un vasallaje extranjero: por inconciencia o por intereses monetarios o por lo que fuere, pero lo estaban gestionando; y si no desencadenaron un desastre nacional, fue porque otros argentinos, con más clara visión de las cosas, lo pararon en seco en la batalla de Chascomús: no cabe pues, sino llorarle la falta de seso de los primeros y rendirle el debido homenaje a los segundos.

Es decir, exactamente lo contrario de lo que se ha hecho.

Cuando se produjo el levantamiento de los “Libres del Sud”, el país enfrentaba la invasión francesa,  agresión ilegítima, meticulosamente sepultada en nuestra historia oficial. Los franceses, fuertes en barcos de guerra y en francos oro, promovieron, como lo estilan las empresas colonizadoras el levantamiento de los descontentos, que siempre existen, —y algunos que no tienen vergüenza— hábil recurso de los imperialismos, que no falla, por la práctica sistemática de su aplicación.

No hay ninguna duda que les “Libres del Sud” pactaron con los invasores sores; si entre ellos hubo una paloma cándida que no entrevió el negocio, peor para él; pero lo cierto es que ninguno pudo ignorar el hecho mismo, pues todos firmaron la nota al almirante francés, de quien además gestionaron y obtuvieron que colocara sus barcos en el Tuyú; y así lo hizo éste, no sin exigir el reconocimiento escrito del derecho de los invasores, según se verá por el sentido jurídico que tiene el segundo párrafo de la nota dirigida por los “Libres del Sud” al contralmirante Leblanc que dice así:

“Nos es grato anunciar al Sr. Contralmirante que no reconociendo los ciudadanos que formamos este cuerpo, ninguna clase de enemigos en el extranjero, esperamos que los puertos del Salado y del Tuyú, que están en nuestro poder, abriguen cualquier pabellón ultramarino, por más enemigo que sea del tirano que domina nuestra patria; y que este hecho hará conocer al Sr. Contralmirante la falsía con que Rosas ha tratado de alucinar al pueblo, diciéndole que las aspiraciones de la Nación Francesa ro son otras que la conquista de nuestro país”. (Nota publicada por Ángel J. Carranza en “La Revolución del 39 en el Sur de Buenos Aires - Edición “Cultura Argentina” - pág. 149).

Según los más o menos candorosos “Libres del Sud”, Rosas engañaba al país acerca de los propósitos franceses, pero el General San Martín que estaba precisamente en Francia, no se engañaba acerca de las intenciones imperialistas, de ahí que le escribiera a Rosas el 3 de agosto de 1838 ofreciéndole sus servicios militares para defender al país; y que le vuelve a escribir el 10 de Julio de 1839 (pocos meses antes de la batalla de Chascomús), para calificar con dureza a Francia y a los unitarios que se unían a ella; la carta en uno de sus párrafos dice de esta guisa:

“Confieso a Ud., estimado General que es menester no tener ni el menor sentimiento de justicia para mirar con indiferencia un tal violento abuso del poder... Pero lo que no puedo concebir es que haya americanos que por un indigno espíritu de partido se unan al extranjero para humillar a su patria y reducirla a una condición peor que la que sufrimos en tiempos de la dominación española; una tal felonía ni el sepulcro la puede hacer desaparecer...” (San Martín - Su Correspondencia - Publicación del Museo Histórico Nacional - Edición 1911 - Pág, 127.)

Como Rosas dio a esas cartas la debida publicidad, es difícil que las ignoraran los “Libres del Sud”, de manera que la nota que dirigieron al almirante francés o era un felonía —para mantener la palabra de San Martín— o era una imbecilidad propia de incapaces e ignorantes, y a la verdad que no se alcanzan los motivos paraque cualesquiera de esas cosas, puedan ser objeto de homenajes oficiales.

El 28 de marzo de 1838, el Almirante francés desde la corbeta “Expeditive”, declaró rigurosamente bloqueado el puerto de Buenos Aires y todo el litoral argentino; los propósitos de Francia no eran ignorados en el país, sino por quienes no querían saberlo, porque ya el Ministro Manuel Moreno (hermano de Mariano), le había escrito a Rosas comunicándole que Francia buscaría cualquier pretexto para invadir a la Confederación Argentina. (Saldías, Adolfo, “Historia de la Confederación Argentina”, Tomo III pág. 2).

Los medios de que se valían los franceses para conmover la resistencia de don Juan Manuel de Rosas, tampoco eran desconocidos por los unitarios; una carta muy significativa de Florencio Varela a Juan Nepomuceno Madero, dice, hablando del cónsul francés:

“Martigny —entre otras cosas que escribe— lo autoriza a que gaste hasta 30.000 patacones en ganarse algún jefe de Rosas…”. (Rodríguez, Gregorio. - “Contribución Histórica y Documental”, Tomo II, páginas 213 a 216).

Además la agresión había sido públicamente condenada en todo el orbe civilizado; todas esas constancias existen, aunque —por cierto— no quepan en este artículo; a Rosas se lo llamó desde entonces: EL GRAN AMERICANO; el ministro inglés Palmerston acusaba a Francia de convertir las más fútiles e insignificantes circunstancias en cuestiones de importancia para beneficio territorial, financiero, político y comercial (Cady, John — “La intervención extranjera en el Río de la Plata— Edic. 1946, pág. 86).

Editoriales del “London Time” de junio 23 y agosto 21 de 1838 le atribuían a Francia el deseo de apoderarse de las minas de América y de buscar tronos allende los mares; y otro, de querer convertir a América en una nueva Argelia...

Un portavoz del gobierno francés anunciaba en el Parlamento que Francia “sólo con el apoyo de una poderosa marina podría abrir nuevos mercados a los productos franceses en América”. (Enero de 1838 — Archivos Parlamentarios — Op. c., 114, págs. 723/724).

En julio de 1839, un artículo de la “Revue des Deux Mondes”, recordaba el deber civilizador de Francia sobre “los degenerados hijos de la Conquista Española”.

En junio de 1839 estaba pendiente de aprobación en la Cámara un crédito de seis millones de francos oro para los gastos en la cuestión americana, (“Archivos Parlamentarios “— págs. 126/493).

Sabemos por una discusión en el Parlamento francés (1840), con motivo de más créditos solicitados para pagar los gastos de Martigny en América, de la resistencia de algunos diputados en acordarlos por la ausencia de todo contralor, puesto que el dinero se entregaba sin obligación de rendir cuentas, lo que por cierto nos muestra muy al vivo la honestidad del destino que tenían los fondos que los franceses mandaban a América. (Cady, Ob. cif., pág. 96).

Años más tarde el poeta romántico Lamartine, habría de imputar a Francia en pleno Parlamento, el “haber dado oro ensangrentado para pagar al Partido Unitario”, que “en definitiva —dijo— era traidor a su patria”.

De más está decir que el general Rosas procedió con cautela y ajustándose a la más estricta legalidad en el conflicto con Francia; sometió el caso a la Legislatura Provincial y remitió copia de todos los antecedentes a los Gobernadores de Provincia, quienes aprobaron su actitud. Exigió sí que el Cónsul Francés, que no tenía representación de su país, no tratara cuestiones de derecho internacional con el Jefe de la Confederación Argentina; y que el Almirante de una flota extranjera no pretendiera imponer un tratado con los cañones apuntando  sobre Bs. Aires, cuando tampoco —lógicamente— tenía representación de su país: vale decir que Rosas fue el primer Gobernante de América que le hizo entender a los europeos que estas eran naciones organizadas y no tolderías; el gran calumniador de Rosas, de España, del gaucho, de lo americano y del catolicismo, Domingo Faustino Sarmiento, no tuvo más remedio que reconocerlo; dice en “Facundo”: “El Gobierno de Rosas se presentaba en el exterior haciendo frente gloriosamente a las pretensiones de una potencia europea, y reivindicando el poder americano contra toda tentativa de Invasión. Rosas ha probado —se decía por toda la América y aún se dice hoy (Sarmiento escribía esto en 1845) — que la Europa es demasiado débil para conquistar un estado americano que quiera sostener sus derechos; sin negar esta verdad incuestionable....” (“Facundo”, Ed. 1874 —pág. 196).

Por lo demás la aventura de los “Libres del Sud” terminó confusa y opacamente; lo habían engañado al cacique Catriel y así también a muchos gauchos, diciéndoles que Rosas había muerto; bastó la presencia del general Prudencio Rosas con 1.400 hombres para que Castelli no atinara a hacer cosa alguna; con más sentido práctico el comandante Rico se refugió con 500 soldados en los barcos franceses; como siempre en todas las traiciones, algunos sinceramente engañados fueron los que pelearon y murieron.

Y cabe añadir que el movimiento no fue popular; terminado éste, 247 vecinos de Dolores y 786 de Chascomús, gente afincada y respetable, repudiaron la “revolución”, que había importado una traición a la Patria (los documentos firmados existen); así por lo demás, lo declaró la Legislatura el 9 de noviembre de 1829 (Saldías — Ob. cit., pág. 137).

Hay una carta íntima de Lavalle a su mujer, escrita el 12 de octubre de 1840 —y no es la única— que refleja la verdadera solidaridad del país con Don Juan Manuel de Rosas; la carta que no oculta el desprecio que ya empiezan a merecerle los unitarios, dice así:

“Porque el hecho es que los triunfos de éste ejército no hacen conquista sino entre la gente que habla; la que no habla y pelea nos es contraria y nos hostiliza como puede. Esto es el secreto de tantas y tan engañosas ilusiones sobre el poder de Rosas que nadie conoce hoy mejor que yo; mi situación no es pués halagüeña. En medio de países contrarios. . .abandonado por los franceses. . .” (Rodríguez, G. — Ob, cit. - Tomo III, pág. 139).

Efectivamente los franceses lo abandonaron; Francia admitió su error, envió un embajador especial, el Almirante Mackau para pedirle a Rosas la paz; reconociendo nuestra Independencia, y la paz efectivamente se firmó el 29 de octubre de 1840; y quedó así consagrada la Soberanía de la Confederación Argentina.

La longanimidad, o sea la grandeza y constancia de ánimo frente a la adversidad, fue la virtud de Rosas; por  eso salvó al país y despertó en los argentinos el fervor por la defensa de la Patria atacada injustamente, la divisa punzó con su inscripción —VIVA LA CONFEDERACION ARGENTINA — MUERAN LOS SALVAJES ASQUEROSOS UNITARIOS VENDIDOS AL ORO FRANCES—, aunque un tanto descomedida, expresó en su momento la realidad nacional histórica, rigurosa y científicamente probada hoy con documentación real y precisa.