REVOLVIENDO LA BIBLIOTECA
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A 180 años de otro aniversario malvinense
por Armando Alonso Piñeiro
Con motivo de cumplirse el próximo miércoles 180 años de haber sido creada la Comandancia Política y Militar de las Islas Malvinas, resulta oportuno su recuerdo para reconfirmar por enésima vez la larga pertenencia del archipiélago a la soberanía argentina.
Fue el gobernador Martín Rodríguez quien, el 10 de junio de 1829, firmó el decreto correspondiente, haciéndose eco de lo cual el periódico “La Gaceta Mercantil” diría: “Una de las medidas más importantes del gobierno actual ha sido la organización política y militar de las islas Malvinas y de los terrenos adyacentes al estrecho de Magallanes”.
Por aquella época el archipiélago tenía un fértil territorio poblado por cuarenta mil cabezas de ganado, cuyos primeros antecesores habían sido soltados por los españoles siglos antes. Miles de caballos salvajes retozaban por su áspera geografía y los lobos marinos constituían una tentación para posteriores explotaciones.
El gobierno de Buenos Aires designó en la fecha antes citada a Luis Vernet como comandante político y militar. Se trataba de un personaje tan curioso como polémico, de nacionalidad francesa. Luego de peripecias por Alemania y Estados Unidos, recaló en Buenos Aires en 1817, donde se hizo empresario y al poco tiempo compró tierras ¡en las islas Malvinas! Parecía evidente que su destino estaba inevitablemente entroncado con ellas, pues fue quién informó puntillosamente al gobierno sobre las características geográficas y zoológicas antes resumidas.
En su carácter de funcionario oficial de la Argentina, Vernet cuidaba celosamente de los intereses territoriales, vigilando la pesca y la caza clandestinas, a pesar de que carecía de poder militar. Sin embargo, en enero de 1831 se dio el lujo de apresar a una goleta estadounidense -la ‘Harriet’-, y siete meses después se apoderó de otra nave pesquera -‘Beakwater’-, brevemente, porque pudo huir. Otra goleta, la ‘Superior’, no tardó en caer en sus manos.
En su momento me ocupé de estos episodios, manifestando que “estos hechos, particularmente el incidente con la “Harriet”, motivaron finalmente un incidente diplomático con el gobierno norteamericano. En Buenos Aires, el encargado de negocios Jorge Slacum tomó cartas en el asunto, pero encontró una firme resistencia en nuestro ministro de Relaciones Exteriores, Tomás Manuel de Anchorena, quien no se dejó amedrentar por el tono insolente y desmedido del diplomático norteamericano”.
Se produjeron otros acontecimientos, como la incursión bucanera de otra nave de los Estados Unidos, la “Lexington”, que apenas si pudo llevarse parcialmente una carga de pesca ilegal.
Pero llama la atención que tales acontecimientos no hayan sido centro de la preocupación de Gran Bretaña, cuyo gobierno no intervino ni ante Washington ni ante Buenos Aires, lo que debía haber hecho si sus pretensiones de soberanía hubieran sido legales, como lo diría efectivamente años después -luego de 1833, con la invasión del archipiélago-, al afirmar que el mismo había sido descubierto por exploradores ingleses.
Ya está suficiente y largamente probado que tales exigencias eran insanablemente nulas. Ni siquiera habían protestado cuando, en 1820, la fragata argentina “Heroína”, al mando del coronel de marina David Jewett, enarbolara la enseña nacional en territorio malvinense (Jewett había sido oficial de los Estados Unidos, pero luego prestó oficialmente servicios al gobierno de Buenos Aires, comandando la citada nave, declarada “al servicio del Estado argentino”).
Son todos hechos históricos significativos que deberían ser evocados oficialmente en ocasión de cada aniversario, porque esto constituiría una campaña permanente y sin vacíos, reiterando la indeclinable soberanía de nuestro país en el archipiélago que -aunque el autor de esta columna y sus lectores no lo veamos- pasará inexorablemente a integrar de hecho el ya extenso territorio nacional. Son, pues, los fantasmas del pasado que se alían solidariamente para hacer realidad un sueño de 176 años.
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A 25 años de Malvinas
por Armando Alonso Piñeiro
Mañana se cumplirá un cuarto de siglo de la Guerra de Malvinas, es decir, desde que los argentinos intentamos reconquistar el archipiélago pirateado por los ingleses en 1833.
Quienes después de 1982 abominaron de esta gesta -y lo continúan haciendo hasta el presente- olvidan la importancia histórica de aquel hecho, prolongado hasta la rendición del 14 de junio del gobernador de la época, general Mario Benjamín Menéndez, desobedeciendo las órdenes en contrario del general Leopoldo Galtieri.
En los últimos tiempos los británicos no insisten mucho en subrayar sus falsos derechos sobre las islas Malvinas, porque saben que tienen en contra, más que las justas alegaciones nuestras, posiciones de los propios ingleses de los siglos XIX y XX.
Un contemporáneo de la agresión de 1833, el duque de Wellington -a la sazón primer ministro del Reino Unido-, confesó haber “revisado los papeles relacionados con las islas Malvinas. No me resulta nada claro que alguna vez hayamos poseído la soberanía de estas islas”. En 1848 William Maleswon manifestó públicamente en la Cámara de los Comunes que era necesario devolver “las islas al gobierno de Buenos Aires, que justamente las reclama”. El acuerdo anglo-hispano de 1771 contenía una cláusula secreta que implicaba el reconocimiento de los derechos españoles. Ello motivó una sorda polémica en el gobierno inglés, que pidió al prestigioso escritor y lexicógrafo Samuel Johnson ocuparse del tema para dilucidar la cuestión afondo. Johnson escribió entonces un trabajo titulado “Consideraciones sobre las últimas transacciones con respecto a las islas Falkland”, donde su desprecio por el archipiélago era patente: “Hemos mantenido el honor de la Corona y la superioridad de nuestra influencia. ¿Y qué hemos adquirido además de esto? Nada, sino una soledad yerma y triste, una isla inadecuada para cualquier uso humano, de inviernos tormentosos y áridos veranos; una isla que ni siquiera los salvajes sureños se han dignado habitar; donde hay que mantener una guarnición en tales condiciones que llegan a envidiar a los exiliados en Siberia, cuyo gasto será eterno y el uso especialmente ocasional, y que, si la suerte se apiada de nuestros apuros, puede convertirse en nido de contrabandistas en tiempos de paz y en los de guerra en refugio de futuros bucaneros”.
Cuesta creer que un país tenga tan deplorable opinión de su eventual propio territorio, de manera que la conclusión es obvia. Pero hay más aún. En 1910, el titular del Departamento América del Foreign Office, Sidney Spicer, escribió textualmente: “Es difícil evitar la conclusión de que la actitud del gobierno argentino no es enteramente injustificada y que nuestra acción ha sido algo despótica”.
Veintiséis años más tarde, el consejero legal de la Cancillería inglesa, George Fitzmaurice, señaló: “Nuestro caso posee cierta fragilidad”. Y su dictamen era, simplemente, “sentarse fuerte sobre las islas, evitando discutir, en una política para dejar caer el caso”.
Al mismo año de 1936 corresponde un comentado y demoledor párrafo de John Tortbeck, otro alto funcionario del Ministerio de Asuntos Exteriores británico: “La dificultad en nuestra posición radica en que nuestra toma de posesión de las islas Malvinas en 1833 fue tan arbitraria a los ojos de procedimientos legales actuales, que no es por lo tanto fácil de explicar nuestra posición sin mostrarnos a nosotros mismos como bandidos internacionales”.
Se conservan otros documentos diplomáticos de similar envergadura, todos ellos existentes en el Archivo Público Oficial (PRO) del Foreign Office, pero existe la perturbadora circunstancia de que este archivo se encuentra cerrado hasta el año 2015. Es el mismo repositorio donde se encuentra un memorándum de 1940: “Oferta propuesta por el gobierno de Su Majestad para volver a unir las islas Malvinas a la Argentina y aceptación de arrendamiento”. Este documento fue escrito en una época particular, cuando al Reino Unido le interesaba el apoyo argentino, en plena Guerra Mundial. No sólo el contenido del memorándum sino aun su propio título no tiene desper- dicio, puesto que “volver a unir las islas Malvinas a la Argentina” implica un paladino reconocimiento de que el archipiélago estaba unido a nuestro país.
¿No habrá llegado el momento de utilizar las pruebas británicas -y otras muchas que conservo en mis archivos- a fin de que se les vuelvan en contra?
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En la revista El Tradicional N° 87 de setiembre de 2008, se publicó el siguiente artículo.
El gaucho, forjador de nuestra independencia
Por la Prof. María Cristina Fernández
Isabel González del Solar Hernández, nieta de José Hernández, escribía el 21 de noviembre de 1972: “Martín Fierro se formó honrando la memoria de Martín Güemes, el más gaucho de nuestros guerreros, y considerando de fierro el temple del hijo de la pampa”. El texto expresa un vínculo entre el poema más importante de la literatura gauchesca y el Gral. Güemes, héroe de nuestra independencia. Independencia que no se hubiera declarado sin su accionar y el de sus gauchos, que todo lo dieron durante el largo y tortuoso camino que condujo a ella. Cuando el 25 de mayo de 1810 se formó en Buenos Aires el Primer Gobierno Patrio, la única Intendencia que apoyó la revolución y reconoció a la Junta fue la de Salta del Tucumán (entonces conformada por Salta, Tucumán, Jujuy, Santiago del Estero, Catamarca y Tarija). Según el Dr. Bernardo Frías: “Su resolución fue tan heroica, que privó que muriese en su cuna la libertad”. De haberse pronunciado en contrario, todas las fuerzas del interior (desde Córdoba a La Paz) hubieran sofocado el movimiento aislado de Buenos Aires como ocurrió un año antes en el Alto Perú.
Allí comenzó a servir a la Patria Güemes, el militar salteño que adhirió a la causa de Mayo impidiendo que los rebeldes de Córdoba se unieran a los del Alto Perú. Durante once años combatió a los realistas hasta morir, el 17 de junio de 1821.
Patriotismo inclaudicable
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| Gaucho de Güemes |
Ese año el director supremo Juan Martín de Pueyrredón ordenó a José de Rondeau retirar el ejército a Tucumán, dejando a cargo de Güemes la actividad, celo y defensa de las Provincias y la seguridad de ese Ejército. Entonces sus tropas asumieron el rango de Ejército al servicio de las Provincias Unidas.
De sus 6.610 hombres sólo 900 integraban la tropa de línea que cobraba sueldo, los restantes 5.710 —en su mayoría gauchos- nada percibían. Los movilizaba un patriotismo inclaudicable que los llevó a superar limitaciones y a erigirse en fortalezas infranqueables.
El fervor gaucho era tan firme que a pesar de su pobreza pusieron al servicio de la Patria además de su vida-su único caballo y las armas que tenían. En una carta Güemes decía al Gral. Manuel Belgrano en 1816: “...mi alma se estremece al verlos desnudos, hambrientos, y sufriendo el rigor de la campaña. Ya no tengo un peso que darles, ni cómo proporcionarlo, porque este pueblo es hoy un esqueleto descarnado sin giro ni comercio”.
Belgrano, desde Tucumán, le respondía: “Cómo me compadece la suerte de los infelices que están en la vanguardia. Estoy sin un medio, estoy sin un recurso; temiéndome todos los días que los hombres se empiecen a desgranar y se vayan en bandadas a donde les den algo por el trabajo que tienen”.
Tal era la gravedad de la situación que se atravesaba, después de haberse declarado la Independencia.
El escenario de la lucha
La mayoría de los combates se libró en el territorio que abarca el extremo sur de la actual Bolivia hasta el Río Juramento (de norte a sur) y desde la zona de San Pedro de Atacama, hoy Chile, hasta el departamento de Orán (de oeste a este). Según Ricardo Rojas en Salta hubo 76 batallas contra los realistas, en consecuencia su territorio quedó devastado y en la miseria. La defensa más importante fue ejercida contra José de la Serna, quien al desembarcar en Arica en 1816 anunció que en menos de un año recuperaría Buenos Aires. Según los planes de la Corona, el cargo de virrey sería ocupado por Joaquín de la Pezuela. Sin embargo, en mayo de 1817, cinco meses después de iniciar la invasión, La Serna fue obligado a retirarse.
El militar español consideraba a los gauchos indignos de enfrentar a sus tropas y los calificaba de bandidos desnaturalizados. Cuando se vio forzado a regresar al Alto Perú, la Gazeta de Buenos Aires informaba: “Se jactaban los Enemigos de que dicho regimiento era invencible, pero sería porque estaba reservado a los gauchos, humillar su orgullo”.
La Serna no fue el único jefe realista de prestigio vencido por las fuerzas gauchas, también lo fueron Joaquín de la Pezuela, José de Canterac, Pedro Antonio de Olañeta, Juan Ramírez Orozco, entre otros.
Juramento cumplido
En varias oportunidades Martín Güemes disputó el trato que debía darse a los gauchos, a quienes protegía con firmeza y afecto. A Gregorio Aráoz de Lamadrid le pidió: ...“que trate con la mayor consideración a mis gauchos y no dudo que lo hará así porque es mi amigo y porque obedecerá cuanto yo le mande, porque por mis gauchos quebraré con cuantos me los traten mal”.
A Pedro Antonio de Olañeta, quien había intentado sobornarlo subestimando a su tropa, le respondía: “Yo no tengo más que gauchos honrados y valientes. Con éstos únicamente los espero a usted, a su ejército y a cuantos mande la España. En el magnánimo corazón de éstos no tiene acogida el interés ni otro premio que su libertad”.
Martín Güemes no sólo defendió a sus hombres en el papel. Cuando gobernó la intendencia de Salta -desde 1815 hasta su muerte en 1821- adoptó medidas protectoras de gran relevancia a favor de los gauchos, en mérito a que fueron ellos los que favorecieron y sostuvieron la libertad. El mismo había jurado sostener la independencia de América y sellarla con su sangre. Y cumplió su palabra. Por eso sus descendientes, los herederos de las glorias que legara, permanecen de pie, exaltando su memoria.
Emblema de valor, símbolo de energía
La carta de Isabel González del Solar y Hernández (nieta del poeta) cita una nota de su madre (la hija de Hernández) según la cual el poeta consideraba que: “Martín es un nombre que dejó en la Historia su huella de valor y de hidalguía. Juan Martín de Pueyrredón patriota y ecuánime defensor de los derechos de sus conciudadanos y el ínclito general Martín Güemes que con sus valientes gauchos, hermano de éste que nació en la pampa, defendió las fronteras argentinas del avance español. Y este escritor, queriendo que su libro fuera genuinamente nacional, compuso ese nombre que es un emblema de valor y un símbolo de energía”.
Güemes y sus gauchos fueron un emblema de valor y un símbolo de energía. Su gesta continúa asombrando cuando se analiza el proceso independentista. En ese marco es posible que Hernández, quien escribiera su obra cinco décadas después de la muerte de Güemes, lo admirara. Quizás los lazos de parentesco que unían al poeta con Juan Martín de Pueyrredón, la estrecha relación entre Martín Güemes y Pueyrredón durante la lucha por la Independencia, la contemporaneidad entre Hernández y Pueyrredón y el conocimiento que a través de éste y otros parientes pudo haber tenido el escritor sobre la capacidad militar, patriótica y humana de Güemes, lo hayan inspirado. Quizás admiraba el valor y la hidalguía de aquél hombre que murió como lo había anunciado y por ello honró con su nombre al Martín Fierro. Así unió la memoria de Martín Güemes “el más gaucho de nuestros guerreros y el temple del hijo de la pampa”.
En momentos en que se evoca la lucha por la Independencia, es oportuno exaltar el poco conocido vínculo entre el título del magno poema y el Gral. Martín Güemes. De esa manera se honra su recuerdo.
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