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jueves, 28 de julio de 2022

Puerto de Buenos Aires

REVOLVIENDO LA BIBLIOTECA

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En esta sección que llamamos "Revolviendo la biblioteca", incluimos distintos artículos de gran interés histórico, poco conocidos por el público en general, publicados hace ya muchísimos años.

Este interesante artículo "Historia e imágenes del Puerto de Buenos Aires, fue publicado en la revista El Tradicional  N° 93 de enero de 2010.





Historia e imágenes del Puerto de Buenos Aires 

por Fernando Romero Carranza


Desembarco en Buenos Aires
Rugendas. Desembarco en Buenos Aires, 1845



La historia de este puerto tan importante para la vida, la economía y la política argentina se inicia en 1536, cuando don Pedro de Mendoza llega a las costas del Río de la Plata, y funda un fuerte y el puerto de Santa María de los Buenos Ayres en honor a una advocación mariana de los navegantes, en las márgenes del Río de Solís, o Río de la Plata.

Período colonial

Mendoza no fundó una ciudad con todas las reglas que se exigían en las Leyes de Indias, toma de posesión de la tierra documentada por el escribano real, erección del rollo o poste fundacional y otras ceremonias.

Instaló como primer paso el fuerte, primera construcción de la ciudad, que estaba situado en lo que se llamaban los Altos de San Pedro, donde hoy está la actual iglesia de Nuestra Señora de Belén, conocida por San Telmo, y el puerto estaba debajo de la barranca, a la altura de la actual calle Chile, que era donde desembocaba un río o riacho, al que primero llamaron el Río Pequeño y después quedó denominado como el Riachuelo. El Puerto de Santa María de los Buenos Aires era un fondeadero natural, y fue el fondeadero de los buques que arribaban al puerto durante doscientos cincuenta años. Los buques aquí fondeaban lejos de la costa, y las cargas y pasajeros se trasladaban a la ribera, como después veremos, con un sistema muy complicado de barcazas de alije y carromatos arrastrados por caballos.

En 1540, Domingo Martínez de Irala, decide despoblar Buenos Aires, y se lleva toda la población a Asunción del Paraguay, es decir, lo que quedaba de la primitiva población diezmada tras duras vicisitudes, hambre, enfermedades y ataques indígenas.

Después de cincuenta años, Juan Torres de Vera y Aragón, nuevo Adelantado del Río de la Plata, advierte el error cometido al abandonar la anterior posición estratégica en la boca del Río de la Plata, y comisionó a su teniente don Juan de Garay para que repoblara la zona que había abandonado don Pedro, fundando una nueva ciudad e instalando un puerto con todas las reglas de la ley. Garay, a los nuevos pobladores no tenía nada que ofrecerles en Buenos Aires, porque estas tierras eran una llanura deshabitada, sólo cubierta de pastos, no había oro ni plata ni bosques, no había indios para conceder en encomiendas, no había tampoco posibilidad de introducir esclavos, porque el sistema de comercio español no lo permitía. Lo único que en sus capitulaciones les promete a los vecinos de Asunción es "hacer merced a los pobladores del ganado vacuno y caballuno que vaga por estas tierras, y que fuera abandonado por don Pedro”.

La única actividad que tenían esos pobladores era la posibilidad de cazar caballos y vacas que habían recuperado su libertad desde que fueran introducidas por varia corrientes pobladoras, y vender el cuero y el sebo, elementos que se convirtieron en una riqueza de gran valor para la época, porque Torres de Vera y Aragón no tenía la menor idea de cuántos animales poblaban la llanura, creyó que eran unos pocos los dejados por Mendoza y resultaron unos cuantos cientos de miles que nutrieron las matanzas de las vaquerías, y las exportaciones de cuero y sebo durante bastante tiempo, además de ser los elementos que condicionaron la existencia y la actividad de ese mítico personaje ecuestre y seminómade de la llanura bonaerense que se denominó “gaucho”.

Garay ubicó el puerto en el mismo lugar que Mendoza, bajo la barranca de los altos de San Pedro, a la ciudad la bautizó con el nombre de “Ciudad de la Santísima Trinidad”, al puerto lo rebautizó “Santa María de los Buenos Ayres”.

La ubicación del fuerte fue trasladada hacia la actual Plaza de Mayo, la ciudad era muy reducida inicialmente, era un cuadrilátero que estaba delimitado hacia el Norte por lo que se llamaba el Zanjón de Matorras, arroyo que corría desde la actual estación Constitución hasta lo que hoy que viene a ser la calle Tres Sargentos, desembocando en el Río de la Plata; los otros límites eran al Oeste la actual calle Libertad, y al Sur la calle Chile, hasta llegar al actual parque Lezama y la costa del río.

El puerto se comunicaba con la Plaza Mayor y el fuerte por la llamada Calle Mayor, que es la actual calle Defensa, en el nuevo puerto comenzó a florecer un comercio que duró pocos años, porque en 1590 una Real Cédula prohibió que Buenos Aires comerciara con las demás colonias e incluso con España.

El sistema español era el de un solo puerto de salida de América y un solo puerto de entrada en España, el de salida fue inicialmente Panamá, después Portobelo, que fue asaltado y destruido por Francis Drake, y luego Cartagena, que el famoso corsario inglés no pudo tomar ni destruir, y los puertos de entrada a España fueron primero Sevilla y después Cádiz.

Las mercaderías llegaban del Caribe a Lima, y los comerciantes de Lima las revendían a los habitantes del Río de la Plata con un incremento de precio de hasta diez veces el original, acrecentado por el costo del transporte hacia el Sur en carretas o mulas.

Siempre se han inventado sistemas para violar las leyes, y aquí se inventaron las llamadas “arribadas forzosas”, para generar actividad en el puerto. Los buques llegaban al puerto de Buenos Aires con mercaderías de España, con esclavos, con géneros varios, y declaraban a las autoridades que el buque se había dañado o perdido el rumbo durante un temporal, entonces se vendían las mercaderías en el puerto local, y las compraba la Liga de aquella época, organizaciones a quienes no les llamaban contrabandistas, sino Confederados, y ellos, después de comprar los efectos a precio de remate, mandaban las mercaderías y esclavos ya “blanqueados” al Perú.

Los comerciantes de Lima se pusieron muy nerviosos por esta competencia, para ellos desleal, que reducía sus ingresos, y consiguieron otra Real Cédula que instaló una Aduana Seca en Córdoba, con un recargo del 50% para los productos que llegaban desde Buenos Aires, que quedó entonces muy reducida en su comercio, salvo en los embarques de los Confederados, que se las arreglaron para continuar con su contrabando.

Hasta 1777 quedó cerrado oficialmente al comercio el puerto de Buenos Aires. Cuando se creó el Virreinato del Río de la Plata, en 1778, Juan José de Vértiz y Salcedo instala la Aduana, y abre el puerto al comercio con las colonias y con España porque el comercio con los otros países no estaba permitido.

La importancia que va adquiriendo el puerto tiene por efecto trasladar su prestigio a la ciudad, que adquiere su nombre y será conocida como Ciudad de Buenos Aires, no obstante no ser ése su nombre oficial.

En 1794, los comerciantes de la ciudad se trenzan con los de Montevideo en la llamada “guerra de los puertos”, que ocurrió cuando se abrió el comercio desde el puerto de Buenos Aires al resto del Virreinato.

Estos comerciantes habían obtenido que los montevideanos pagaran unos derechos diferenciales por las mercaderías ingresadas por ese puerto, recordaban su viejo conflicto con los comerciantes de Lima, y entonces, aprendida la lección, consiguieron que el virrey le impusiera un cargo del 0,5% a esas mercaderías entradas por Montevideo, el título del gravamen se denominaba “Donación para la Corona”, suena muy interesante y de actualidad ese título.

Por supuesto, los de la Banda Oriental protestaban contra “estos malditos comerciantes porteños” y de ahí quedó el mote de “porteños” a los habitantes de la ciudad portuaria de Buenos Aires, el título se conservará legítimamente hasta 1880, ya veremos por qué lo perdieron en esa fecha, y por qué aún no lo han recuperado.

Los ingleses, en los escasos períodos de sus invasiones a Buenos Aires, abrieron el puerto al comercio internacional, y también les abrieron los ojos a los comerciantes criollos, mostrando lo importante que era comerciar con el mundo, claro que por aquellos tiempos el mundo del comercio era principalmente Inglaterra.

Por el puerto de Buenos Aires entraron no sólo las mercaderías y los pasajeros, sino también las nuevas ideas republicanas, nuestra independencia, como lo sostienen los historiadores, le debe a la Ciudad Puerto de Buenos Aires el impulso de la gesta que se inició en Mayo de 1810, y luego se difundió en el interior creando las Provincias Unidas del Río de la Plata y más tarde la República Argentina.

A partir de la Independencia

En 1821, años después de consolidada la Independencia, el gobierno de Rivadavia advierte que las condiciones del puerto de Buenos Aires para el embarque y desembarque de pasajeros y productos del exterior eran sumamente precarias y le pide un préstamo a la banca inglesa Baring Brothers de 1.000.000 de libras esterlinas para la construcción del puerto, de las cuales recibe, deducidos intereses, comisiones y otros descuentos, unas 527.000 libras, que fueron devueltas treinta años después.

Pero en ese momento se declara la guerra con Brasil, y el préstamo se fue a financiar la guerra, y nos quedamos sin puerto, desviando los fondos conforme prácticas bastante usuales entre los argentinos. Hablar de construir puertos significaba en ese momento edificar muelles e instalaciones, porque durante trescientos cincuenta años Buenos Aires no tenía muelles donde pudieran amarrar y descargar los buques de ultramar, o bajar los pasajeros y sus equipajes...

Los buques fondeaban a un kilómetro de la costa, después de hacerlo en los Altos de San Pedro se fueron corriendo hacia el Norte, hasta un fondeadero ubicado delante del Retiro, zona que se llamaba ”el Pozo de San Sebastián”; había varios otros “pozos,” el de Las Catalinas, el de La Merced, los “pozos” eran fondeaderos naturales, donde las cargas se bajaban de los buques a lanchas, y las lanchas a su vez a carromatos tirados por caballos que llegaban a la costa, dependiendo de cómo estaba la creciente del río, la distancia que había que recorrer.

Y de allí las mercaderías pasaban a los precarios muelles de madera de la Aduana, y de ahí a los depósitos en un lento y trabajoso proceso, tanto que los buques que iban y volvían muchas veces regresaban y todavía las mercaderías que habían desembarcado en el viaje anterior no habían sido despachadas a plaza, porque seguían demoradas en los depósitos.

Relata un viajero inglés que no cabía en su asombro con la operación que presenciaba la primera vez que desembarcó en Buenos Aires, porque los carros de traslado de pasajeros eran arrastrados a la cincha por un gaucho a caballo, que cuando llegaba a la costa hacia girar el caballo y el jinete empujaba la lanza que tenía atada a la cincha por una gran argolla, pero ahora hacia delante, para permitir el descenso de los pasajeros por la parte trasera del vehículo, y ese viajero comentaba: “Es la primera vez en mi vida que he visto poner el carro delante del caballo”.

Durante el gobierno de Juan Manuel de Rosas, el puerto siguió funcionando exactamente igual, apareciendo entonces una cierta competencia con el Puerto Rosario, aguas arriba del río Paraná. Rosario es una ciudad que nunca se fundó oficialmente como las demás del Virreinato, se creó naturalmente alrededor de una capilla, la de Nuestra Señora del Rosario del criollo Pago de los Arroyos, y después alrededor del puerto, Rosario empieza a tener real importancia cuando Buenos Aires se separa de la Confederación, constituido como estado independiente.

Previamente, Santa Fe, más arriba de Rosario, había sido declarada “puerto preciso” para el tráfico con Asunción, marginando a Rosario y quitando cargas a Buenos Aires.

Los ”porteños” entonces dueños de su ciudad, y dueños de su puerto y de su aduana, empiezan a promover algunas obras portuarias, y se llegan a construir tres muelles, donde no llegan todavía los buques, sino las barcazas “alijadoras” de transbordo de mercaderías y pasajeros. Uno de ellos es el muelle de la Aduana Nueva, que estaba instalado detrás del Fuerte, actual Casa de Gobierno, recientemente hemos visto que se han descubierto los arcos de los cimientos de ese edificio, contaba con un muelle de madera de 350 metros de largo, donde amarraban las barcazas, se había eliminado el gaucho con el caballo, y la lanza que daba vuelta, pero los barcos continuaban fondeando afuera, en los viejos “pozos”, dragados naturalmente por la corriente del río.

Posteriormente se construyó un muelle de pasajeros a la altura de la calle Cangallo con acceso por la actual Leandro N. Alem, más corto, de 250 metros, su finalidad era evitar que los pasajeros tuvieran que desembarcarse a los carromatos donde el oleaje del río les pasaba por arriba y si el Plata estaba picado llegaban a la costa prácticamente empapados. Más tarde se instaló otro muelle de carga en Las Catalinas, a la altura de la calle Viamonte, ya que la ciudad había empezado a crecer hacía tiempo hacia el Norte, del otro lado del Zanjón de Matorras, donde se creó un nuevo barrio que se llamó el “Barrio Recio”, en los alrededores de la parroquia de San Nicolás (actual ubicación del Obelisco), y de la vieja Plaza del Retiro, de donde el barrio tomó su nombre.

Pero el puerto siguió consistiendo en una serie de ”pozos” para el fondeo de los buques, la famosa batalla de Los Pozos, en la guerra contra Brasil, la presenciaron los porteños encaramados arriba de las azoteas de sus casas, porque se desarrolló enfrente del Retiro, donde los buques brasileños debieron retirarse, rechazados por los buques del Almirante Brown porque temieron vararse por la cantidad de bancos de arena existentes, que sólo eran conocidos por los baquianos de Buenos Aires.

De ahí colegimos que los españoles no fueron nada tontos en la ubicación del puerto porque aquí no llegaban nunca los piratas o corsarios enemigos de la corona, porque se arriesgaban a que sus bergantines se quedaran varados, había que sortear los bancos por los canales cambiantes y sólo conocidos por los baquianos, un largo banco protegía el frente del fondeadero del puerto, y había que llegar navegando inicialmente hasta la altura del Retiro para volver a girar hacia atrás hasta los Altos de San Pedro, donde los buques estaban protegidos de las sudestadas, pero no había protección para otro tipo de vientos u oleaje del río cuando su fuerza superaba los bancos. Durante el período en que la provincia de Buenos Aires se separa de la Confederación, no obstante mantenerse la importancia del comercio por el puerto de Buenos Aires, y el monopolio de los porteños de las rentas de aduana, el puerto de Rosario cobra importancia como puerto principal de la Confederación, con capital en Paraná.

En 1859, se terminan con la Batalla de Cepeda las pretensiones de Buenos Aires de ser una república independiente, y se instala de nuevo el gobierno nacional en la ciudad de Buenos Aires.

En 1861, durante el gobierno de Sarmiento, el ingeniero Eduardo Madero presenta el primer proyecto para hacer un puerto, lo que significa construir diques, hacer hangares y depósitos, y profundizar los canales de acceso para permitir que los buques de ultramar lleguen a la costa y puedan amarrar en los muelles costeros.

Se presentaron dos proyectos, Madero quería hacer una serie de diques en línea, detrás de la Casa de Gobierno donde estaba la Aduana Nueva, con dos canales de acceso por el Norte y por el Sur. También presentó su proyecto el ingeniero Luis Huergo, que era más lógico práctico y económico, se basaba en el dragado de una gran dársena, construyendo un rompeolas o escollera, y después se colocarían espigones en forma de peine en la zona protegida, para el amarre de los barcos a medida que el tráfico creciera Esta obra propuesta por Huergo no necesitaba financiamiento externo y era progresiva a medida que el calado de los buques lo exigiera. El puerto de Madero estaba financiado nuevamente por la banca inglesa Baring Brothers, que parecía tratar de recuperar lo que había perdido en su mal negocio anterior, y resultó ser un puerto copiado de un puerto del norte de Europa, con los diques que estaban preparados para proteger de oleajes marítimos de 5 o 6 metros, en el Plata nunca hubo ese tipo de oleaje.

Se planteó entonces lo que hoy se llamaría “guerra de los medios”. El diario La Nación apoyaba el proyecto de Madero; La Prensa, el de Huergo, y cuestionaba el negocio de Madero, que se presupuestó en 23 millones de pesos oro, finalizando con un gasto de 36 millones. Finalmente, en 1882 se votó la ley aprobando el proyecto de Madero y el vencido Huergo, aunque había obtenido fondos para dragar la boca del Riachuelo, no consiguió ver en vida la aceptación del suyo, tampoco Madero vivió para ver el final de su obra, que cuando finalizó ya se encontraba obsoleta.

Paralelamente se desarrolló en 1890 el Dock Sud de la Capital, que fue un emprendimiento particular del otro lado del Riachuelo: una empresa privada, la firma Pablo Angulo, que creó este puerto que tuvo su importancia hasta que, como veremos, empieza el período de la decadencia, habiendo recuperando su importancia y eficiencia en la actualidad como terminal de contenedores. En 1880 había terminado el período histórico de la hegemonía de la provincia de Buenos Aires y su Puerto, y para la Ciudad empezaba el período de su federalización ya que Buenos Aires es declarada Capital de la Nación vencido Carlos Tejedor por las tropas nacionales, y posteriormente federalizado su territorio y su puerto.

A partir de ese momento, como decíamos antes los “porteños” dejaron de serlo, porque perdieron su Puerto, que pasó al dominio, administración y explotación del Estado Nacional, pero siguieron llamándose con ese apodo mientras la ciudad crecía y se convertía en un conglomerado cosmopolita, puerta de entrada de la inmigración masiva que cambió totalmente en pocos años la estructura poblacional de la República.

La Municipalidad de Buenos Aires se desentiende del problema portuario, y el divorcio de la ciudad con su puerto se inicia entonces y aún continúa.

Por eso los habitantes de la ciudad deberían llamarse “capitalinos” o “trinitarios”, si recordaran que la ciudad tampoco nunca se llamó Ciudad de Buenos Aires, sino que fue bautizada por Garay como Ciudad de la Santísima Trinidad. Las provincias venían desde tiempo atrás peleando por las rentas de Aduana, que era el único recurso fiscal o impuesto de importancia que recaudaban los “porteños” con exclusividad, con la capitalización de Buenos Aires la Aduana quedó nacionalizada y las rentas de aduana fueron patrimonio del Estado Federal.

Ya comenté que Rosario había tenido una relevante participación comercial durante la separación de Buenos Aires de la Confederación, al volver el auge de Buenos Aires, y comunicarse Rosario a través del ferrocarril con esta ciudad, perdió su temporaria hegemonía, aunque continuó siendo un puerto muy importante, y esa Ciudad casi fue capital de la Nación, lo que fue dispuesto por ley del Congreso Nacional que vetó Sarmiento. También con Rosario se planteó la lucha de la “tarifas diferenciales” que beneficiaban a Buenos Aires.

Es poco conocido que la Bolsa de Cereales de Rosario era tan importante que el Mercado de Chicago, que abría su rueda de negocios dos o tres horas después por su ubicación geográfica, consultaba previamente las cotizaciones de Rosario antes de iniciar sus operaciones.

Hoy en día, las Bolsa de Cereales de Buenos Aires abre su rueda con las cotizaciones del día anterior del Mercado de Chicago, ya nadie consulta en Chicago ni a Rosario ni a Buenos Aires para fijar sus precios.

Rosario llegó a ser el puerto exportador de cereales con el volumen más importante del mundo.

Pero Rosario tampoco tenía muelles hasta principios de 1900, tampoco los tenía Santa Fe. La Plata se funda en 1880, cuando Buenos Aires se capitaliza, pero Rosario tenía una ventaja operativa ya que en las barrancas los cargadores operaban la carga de los buques con las llamadas “canaletas”, que eran una especie de toboganes de madera cubiertos desde donde se deslizaban las bolsas directamente desde tierra a los barcos, con un sistema similar a una cinta transportadora, por gravedad, con el bajísimo costo que es de suponer, y eso le permitía a los barcos de ultramar navegar para cargar por el canal que pasa justo por debajo de las barrancas de Rosario, buques que en aquel tiempo tenían el mismo calado que los que venían a Buenos Aires.

Eso sí, tenían que ir por el canal de Martín García, que a medida que los buques empezaron a aumentar su calado, el paso se empezó a hacer complicado por su fondo rocoso.

En 1906 ya existía un proyecto del ingeniero Emilio Mitre, para construir un canal dragado por el Paraná de Las Palmas, proyecto que se concretaría muchos años después.

El sistema portuario en el siglo XX

En el Puerto Madero, los diques empezaron a construirse en 1887, desde el Sur, desde la entrada del Riachuelo hacia el Norte, cuando se termina la obra, en 1907, ya era inadecuada, ya no servía para los nuevos buques y no tenía posibilidad de ampliarse, entonces el puerto se extiende hacia el Norte, recurriendo al proyecto del ingeniero Huergo, que explicamos, y se construye el sector de Puerto Nuevo dragando frente a Retiro, en el viejo Pozo de San Sebastián un gran una dársena, protegida con una escollera rompeolas y con muelles en forma de peines, contando con dos canales de acceso, con 18 km desde Zona Común de fondeo de los buques de ultramar, donde se bifurca la altura del km 10, en un canal que va a Dársena Norte, y el Canal Sud que empalma con el Riachuelo, Dársena Sud y Dock Sud.

La Plata, que es declarada Capital de la Provincia de Buenos Aires, había construido su puerto entre 1880 y 1900. Es un puerto mejor ubicado que Buenos Aires, que adquiere bastante importancia, llegando a operar el 10% del volumen que manejaba este puerto, eso significaría hoy unos 100.000 contenedores anuales. Su nacionalización y afectación a actividades petroleras estatales lo eliminan como competidor de Buenos Aires. Cuando termina este período están funcionando como puertos comerciales de más importancia Santa Fe, Rosario, Buenos Aires, Dock Sud, La Plata, Quequén y Bahía Blanca (Ingeniero White), que fue construido en 1890 por el Ferrocarril Sud y que no está muy bien ubicado, porque el ferrocarril lo colocó en el fondo de la ría, que conforma un acceso de 90 km que se embanca constantemente y hay que dragarlo periódicamente a un altísimo costo.

Quien había previsto la ubicación de un puerto en la zona con futuro operativo, con mucha razón había sido el capitán Rosales, sosteniendo que la ubicación óptima era la que se llama ahora Puerto Rosales y Punta Cigüeña, donde operan los buques petroleros, pero el ferrocarril tenía que tender 90 km más de vías y prefirió instalarlo en el fondo de la ría, lo que en ese momento no creaba problemas a los buques dado su poco calado y que hoy es un condicionante técnico y económico de importancia para ese puerto.

Los demás puertos patagónicos no existían en el primer período con la honrosa excepción y utilidad de Carmen de Patagones, única vía de ingreso a la Patagonia, dado el problema de los indios que dominaban el “hinterland”, a partir de 1890 empezaron las obras en varios puertos del litoral marítimo hasta Tierra del Fuego, como puertos muy especializados que no enumeramos por no alargar esta breve reseña histórica.

Durante el siglo XX el Puerto de Buenos Aires mantiene su hegemonía comercial como puerto estatal, opacando la actividad de los otros puertos del país, que a partir de 1949 son transferidos en su totalidad a la propiedad y administración del Estado Nacional, manejados por la Administración General de Puertos y la Capitanía de Puertos, organismos estatales centralizantes y burocráticos para llegar a fines del siglo XX con un sistema portuario obsoleto, costoso, inseguro y de deficiente operación.

En 1992 se produce una transformación total del sistema portuario argentino, luego de la sanción de la ley de puertos 24.092, devolviéndose por esa ley de la Nación todos los puertos a las provincias donde se encontraban ubicados, y permitiendo la actividad y propiedad portuaria privada, el puerto de Buenos Aires que queda no obstante en el dominio y administración del Estado Nacional.

También a partir de ese año se privatiza el dragado y mantenimiento del Canal Mitre, viejo proyecto que se había concretado con anterioridad, y que permitió que los puertos de aguas arriba del Paraná, consolidados como puertos privados de empresas particulares, crecieran en volumen de cargas, siendo hoy los puertos donde se carga el 70% de nuestras exportaciones de granos, quedando el puerto de Buenos Aires como el principal puerto del país en el movimiento de cargas generales que se operan en el moderno sistema de contenedores.

El sector del viejo Puerto Madero es desafectado de la actividad portuaria, y se convierte en un nuevo y moderno barrio de la ciudad, Dock Sud es transferido a la provincia de Buenos Aires.

En 1994, mediante la reforma de la Constitución Nacional, se crea la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, que en su Estatuto Constitucional reclama como propio el Puerto de Buenos Aires con razones y fundamentos históricos y jurídicos irrebatibles, no obteniendo todavía el traspaso del Puerto a la Ciudad, tema que en este momento es de total actualidad política y legislativa. Cuando esta transferencia se produzca, la historia del Puerto de Santa María de los Buenos Ayres se retrotraerá a sus orígenes cuando fuera instalado por Pedro de Mendoza bajo la barranca de los Altos de San Pedro, y entonces los habitantes de la ciudad de la Santísima Trinidad, luego llamada Buenos Aires, volverán a recuperar su puerto, igual que las provincias que recuperaron los suyos, y a consolidar su derecho a llamarse “porteños”.

miércoles, 15 de junio de 2022

Monumento a Juan Bautista Bustos en Córdoba

 REVOLVIENDO LA BIBLIOTECA

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Patricios de Salta




En esta sección que llamamos "Revolviendo la biblioteca", incluimos distintos artículos de gran interés histórico, poco conocidos por el público en general, publicados hace ya muchísimos años.

En la revista El Tradicional  N° 96 de julio-agosto de 2010, encontramos un interesante artículo sobre el caudillo cordobés Bustos. 




CÓRDOBA Y UN GESTO DE REINVINDICACIÓN HISTÓRICA

El monumento al brigadier General Juan Bautista Bustos

por Ismael R. Pozzi Albornoz - Magister en Historia de la Guerra

Fotografía: Leonardo Magallanes

Monumento a Juan Bautista Bustos


No fue un acto más sino la ceremonia central con ocasión de los festejos del Bicentenario de la Revolución de Mayo y, por lo mismo, revistió toda la solemnidad prevista por el ceremonial para un acontecimiento de esa magnitud. Además, correspondía en justicia que de forma pública y oficial Córdoba le rindiera homenaje a quien fue sin duda una de sus figuras más representativas, sistemáticamente relegada por el liberalismo local en sintonía con el que se enseñoreó de nuestra Historia después de la vergüenza de Caseros. Ese olvido a sabiendas, pertinaz en más de siglo y medio, procuró erradicar de la memoria popular el recuerdo del ilustre patriota porque sobre él pesaban dos cargos inlevantables desde la perspectiva sectaria de quienes se erigieron en guardianes del pasado argentino: Juan Bautista Bustos fue un caudillo y, pecado mayor para esos corifeos, defendió como pocos el federalismo. Así y todo falta aún que sus venerables restos descansen en la provincia que lo vio nacer y a la que gobernó con prudencia de estadista, transformó en gestión de progreso y organizó dándole una Constitución, fuente de la legitimidad de su mandato. Confiamos entonces que pronto su mausoleo se alzará en el atrio de la Catedral mediterránea, en simetría con el que desde siempre guarda las cenizas de José María Paz, ese tan discutido “general táctico” y probado felón, porque entonces, sólo entonces, aquella deuda quedará totalmente saldada.

BUSTOS Y SU OBRA

Monumento a Bustos
No ha de faltar oportunidad para ocuparnos detenidamente de este notable cordobés a quien, por cierto, también Buenos Aires le debe su reconocimiento por la destacada intervención que tuvo con ocasión del ataque británico al Plata Indiano, pues consta que peleó bravamente contra el invasor, primero como voluntario en la Reconquista de 1806 y luego en la posterior defensa de la ciudad; protagonizando un episodio sin parangón como fue derrotar y tomar prisioneros a centenares de ingleses con solo un puñado de hombres del Cuerpo de “Arribeños” al que pertenecía, hazaña oficialmente registrada en los siguientes términos: “En la acción decisiva del 5 de Julio de 807 teniendo a su mando 22 soldados de este Cuerpo, 6 cabos y dos sargentos tuvo la distinguida gloria de batirse con una columna avanzada del enemigo compuesta de 240 hombres la cual posicionada a las espaldas del convento de La Merced, distante dos cuadras de esta Real Fortaleza, trataba de fortificarse en dicho punto; y enterado este oficial de las intenciones del enemigo con extraordinario valor, posición y pericia después de un vivo “fuego tuvo el distinguidísimo mérito de rendir dicha columna entregándose prisioneros doscientos catorce soldados y trece oficiales, entre ellos el Jefe que la manda que lo era el mayor del Regimiento 88,cuyo número de prisioneros, armas y fornituras entregó en la Real Fortaleza en mano propia del actual Excmo. Sor. Virrey; aún regresó y en el mismo día sostuvo dos cañones nuestros que apoderados el enemigo trataba de retirarlos a su posición, lo que no consiguieron”.

Ese era Bustos, valiente a carta cabal y que honró a la milicia, pero su perfil no se agotó en ello pues cuando los acontecimientos lo llevaron a asumir el gobierno de Córdoba exhibió también su condición de político prudente y brillante administrador. Veamos. Su gestión, que sería una de las más progresistas en la historia cordobesa, marcó un hito con el “Bando solemne” por el cual convocó a una Asamblea llamada a sancionar la primera Constitución de la provincia, que no otra cosa fue el Reglamento Provisional aprobado el 30 de enero de 1821. Ese texto, integrado por 8 secciones y 31 capítulos, admitió reformas posteriores y extendió su vigencia por 26 años, corriendo su redacción a cargo de notables juristas locales como el presbítero José Gregorio Baigorrí y el doctor José Norberto de Allende quienes, entre otras, consultaron fuentes tan significativas como la Constitución del Estado de Massachussets de 1789.

Incluso, Bustos tampoco escatimó esfuerzos para que todo el país contara cuanto antes con una ley suprema que le diera organización definitiva y a tal fin actuó como eficaz mediador en el conflicto entre Buenos Aires y Santa Fe concluido con el “Tratado solemne, definitivo y perpetuo de paz” que a modo de Pacto se acordó el 24 de noviembre de 1820 en la estancia de Tiburcio Benegas, una de cuyas cláusulas disponía justamente que ambas provincias promoverían la reunión de un Congreso “...dentro de dos meses, remitiendo sus Diputados a la ciudad de Córdoba por ahora, hasta que en unidad elijan el lugar de su residencia futura”. En consecuencia, poco después se encontraban allí representantes de esas tres provincias y los de Catamarca, Jujuy, La Rioja, Mendoza, San Juan, San Luis, Santiago del Estero y Tucumán. Pero el intento fracasó, pues Bernardino Rivadavia, el más enconado enemigo de Bustos, intuyendo el carácter federal que consagraría el proyecto consiguió desarticularlo en una de sus tantas intrigas, frustrando así el intento más serio de los que se habían realizado para conseguir la organización nacional.

También, en el campo educativo, fue significativa la intervención del gobernador que el 26 de septiembre de 1822 creó la Junta Protectora de Escuelas con el objeto de promover mejoras en el sistema de enseñanza, pues vigente todavía en el célebre colegio de Monserrat el Plan elaborado por el deán Gregorio Funes sus asignaturas exigían ser actualizadas, y a ese efecto el ya citado canónigo J. G. Baigorrí fue designado “Visitador” por Bustos, quien lo respetaba tanto por su sapiencia como por su intervención en la Asamblea del año XIII. Poco después comenzó a regir un nuevo programa que incluyó materias tales como gramática castellana, idiomas (griego, latín, francés e incluso hebreo), retórica y poesía, orientado a perfeccionar una mejor formación humanista. También, por decreto del 24 de junio de 1824, socorrió económicamente al establecimiento aportando fondos para becar alumnos y pagar al claustro docente, mereciendo su gesto un solemne reconocimiento académico y que se lo designara oficialmente como “Benefactor” no sólo del Colegio sino también de la Universidad anexa por cuyas aulas ya habían pasado, entre otros, Manuel Alberti, Juan José Castelli y Juan José Paso, miembros de la Primera Junta del Gobierno patrio; Tomás Godoy Cruz congresal de Tucumán en 1816, Facundo Zuviría, futuro presidente de la Convención redactora de la Constitución de 1853, y Dalmacio Vélez Sarsfield autor más tarde del Código Civil de la nación.

Siempre en ese plan de mejoras, en 1823 dotó a la Universidad de su segunda imprenta (la anterior había sido trasladada a Buenos Aires en tiempos del virrey Vértiz y Salcedo siendo luego conocida popularmente como “de los niños expósitos”); comprada en Inglaterra con fondos conseguidos por suscripción popular de sus prensas salieron además de textos de estudios y tesis diferentes periódicos como “El Investigador”, “El Filantrópico” y “El Montonero”. Pero también fue Bustos quien el año anterior había ordenado realizar un censo provincial certificando una población de 76.199 habitantes; el que creó la primera Escuela de Dibujo; el que despachó rumbo a Cuyo hombres en apoyo al General San Martín, y tanto más que un historiador ecuánime como Carlos Segreti opinó con acierto “Quién quiera sintetizar adecuadamente la vida de Juan Bautista Bustos no puede olvidar su ardua lucha para reorganizar el país según pautas que aún hoy constituyen la meta del pueblo argentino; tampoco podrá dejar de lado que Córdoba le debe a él la iniciación de la organización constitucional y sus primeras experiencias en el gobierno representativo y republicano, que entre otros hechos meritorios prestó preferente atención a la ilustración de la niñez y de la juventud. Estas cualidades le distinguen de otros gobernantes de la época”. Pero siendo su provincia el primer objetivo a conquistar por la Liga Unitaria que lideraba Paz, el 22 de abril de 1829 fue derrotado en el combate de San Roque y mal herido buscó refugio en Santa Fe donde murió el 18 de septiembre del año siguiente.

UNA PROHIBICIÓN ABSURDA

El anuncio que pronto Juan Bautista Bustos tendría su postergado y merecido monumento permitió comprobar, una vez más, que como un verdadero estigma perduran en ciertos sectores ideológicos viejos enconos que ni el paso del tiempo consigue atemperar y, otra vez, en el ámbito más inesperado la memoria del ilustre cordobés fue objeto de un nuevo vituperio. En efecto, cuando el 24 de mayo de 2009 una gacetilla de prensa hizo conocer que la Provincia, la municipalidad de Córdoba y la Fundación “Capilla Histórica de San José de Punilla” habían firmado el respectivo convenio para la erección de su monumento y se anunciaba que el mismo sería emplazado “...en la rotonda principal de acceso a la Ciudad Universitaria” la reacción del rectorado de la Casa de Trejo fue harto descomedida; y tomó carácter público por voz de su titular, Carolina Scotto, a través de un artículo aparecido el 14 de octubre en “La Voz del Interior” bajo el contradictorio título de “La necesidad de una convivencia respetuosa e independiente”.

En esa nota sostenía la rectora que dicha ubicación se había dispuesto de modo inconsulto vulnerando la tan cacareada “autonomía” que parece esgrimirse siempre como un pretendido fuero especial para excluir a la vida universitaria de los restantes ámbitos institucionales de la nación. Fue a partir de ese planteo que se comunicó con el secretario de Cultura José Jaime García Vieyra, haciéndoselo conocer y el funcionario, previo invocar la autorización y acuerdo de las autoridades municipales, accedió a formularle una presentación con fecha 3 de junio requiriéndole su expreso asentimiento con carácter de pronto despacho, pues así lo exigía el inicio de las obras.

Relata Scotto que entonces dio intervención a los canales institucionales por corresponder “... al Honorable Consejo Superior resolver en la materia, y a pesar de tratarse de urgencias que no eran nuestras, la solicitud fue girada de inmediato a ese cuerpo, proponiendo que se constituya una comisión interdisciplinaria, para que analice, a la mayor brevedad posible, los fundamentos y características del proyecto y aconseje la decisión a tomar”. Así se hizo, y el 12 de junio esa comisión, integrada por la ingeniera Cerato, el abogado Ferrer Vera y los arquitectos Ponce y Gutnisky, dictaminó que “Puesto que la intervención [monumento] se encontraría en la puerta principal de acceso a la Ciudad Universitaria, no tiene una alta representatividad para la Universidad por su falta de correlación con la historia de la misma, sin que esto implique negar ningún otro tipo de valor a los prohombres de nuestra historia que no estén ligados a la producción y difusión del conocimiento...”. Cuatro días después “... el Consejo Superior se expidió, en votación unánime, haciendo suyos los distintos fundamentos acordados por la comisión” y al día siguiente se puso en conocimiento de la Secretaría de Cultura la decisión adoptada, desestimando el pedido y negando el predio para que se emplazara el monumento.

Fútiles fueron las razones alegadas, desde recordar que en el proyecto se había evaluado inicialmente otros lugares, como la Isla de los Patos o la avenida del Dante, hasta un argumento de suyo inconsistente: “... que el terreno propuesto constituye uno de los puntos más representativos de ingreso a la Ciudad Universitaria, por lo que la intervención propuesta inhibiría, por su magnitud y ubicación, cualquier emprendimiento para señalar simbólicamente el acceso a la UNC, pero también que se trata de un nodo de tránsito de gran complejidad y que la obra podría inducir el tránsito de peatones desde y hacia la plaza, lo que aumentaría el índice de accidentes”.

Mueve a risa que un mero criterio estético -que por cierto hubiera ganado en realce con el monumento- o la alusión a una potencial estadística vial fueran las razones por las que la Universidad Nacional de Córdoba le negaba un justo homenaje a quién fuera su benefactor. Eso sí, pretendiendo cubrirse de las críticas que igual recibió, verbigracia la muy certera formulada por la Junta de Historia Provincial -uno de sus miembros, Jorge Maldonado, opinó que “Queda en evidencia el poco conocimiento de la gestión de Bustos y de su vida; es similar a desconocer las obras de Deán Funes y Vélez Sarsfield”-la rectora finalizaba reiterando “....que la UNC no ha opinado negativamente acerca de la figura y obra del general Bustos, más aun, que no ignora su enorme significación histórico-política para Córdoba e incluso para nuestra Universidad. La decisión adoptada por el Consejo Superior se asienta más bien en la voluntad de preservar para la Universidad, con la autonomía que le es propia, la decisión sobre cómo definir su ingreso principal, sobre la base de los criterios históricos, estéticos, paisajísticos y urbanísticos que considere más adecuados, de un modo compatible, por supuesto, con su inserción plena en la vida de la ciudad. Que sea necesario insistir sobre nuestra autonomía en relación con cuestiones de esta naturaleza, que sea necesario responder a la intolerancia de expresiones públicas condenatorias o exabruptos autoritarios en vez de debatir proyectos e iniciativas en forma conjunta, deja pocas esperanzas para la enorme tarea de construir una convivencia institucional respetuosa e independiente”.

Cupo entonces al licenciado Alfredo Terzaga Moreyra, responsable del Laboratorio Cultural Latinoamericano dependiente de la Subdirección de Letras en la referida Secretaría de Cultura provincial, darle la condigna respuesta en el mismo periódico, pues refutó los endebles argumentos del Rectorado con un artículo de título por demás sugerente: “Ingreso a la Universidad: Restricto para Juan B. Bustos”. Comenzaba por recordarle a la Scotto que “Si en vísperas de la celebración por el Bicentenario se espera un acercamiento de todas las instituciones para homenajear la gesta de Mayo, como fiesta colectiva, mal se puede calificar de ‘avasallamiento a la autonomía' cuando este acontecimiento supone, precisamente, una dependencia creativa y un vínculo institucional renovado, que no tiene por qué arriesgar ninguna autonomía particular”; y proseguía “En el texto publicado por el Rectorado se detecta cierta hipersensibilidad hacia ataques supuestos, y es notorio que se exagera la pretensión autonómica justamente en instantes de conmemorarse los inicios de una autonomía nacional mucho más abarcadora, al punto de rechazar que esa obra de arte dignifique un espacio que ha permanecido vacío durante años. Las objeciones universitarias a los procedimientos de la Secretaría de Cultura de la Provincia, para dicho emplazamiento, han sido tan taxativas que no dieron lugar a continuar el diálogo y han transformado el tema de la supuesta inconsulta en una cuestión de contenidos, lo que ha privado a esa Casa de Estudios de enriquecer las celebraciones de Mayo con un matiz local… El mensaje transmitido es de una ambigüedad tal que pareciera decir que se lo valora pero no tanto, ya que los íconos universitarios son autónomos de la simbología nacional. Lo explicita el dictamen: ‘El citado monumento constituye una manifestación en la que la Universidad (…) no ha participado, ni debe necesariamente compartir’. Esto ya es una expresión algo lesiva para la ‘convivencia respetuosa’ aludida y que ofende la identidad histórica cordobesa”. Luego, sin ambages, revela la razón última de tan extemporánea actitud: “La negativa a autorizar el emplazamiento de la estatua de Bustos es también una negación a su valor simbólico y, aunque no se osa explicitarlo, disimula su distanciamiento con el prócer, por más argumentos procedimentales a los que se apele, y que bien podían haber sido mejorados en posteriores encuentros. Ricardo Rojas decía que ‘las estatuas no pueden levantarse sino en los solares de la sociedad a la cual sirvieron’. …Por otra parte, la Secretaría de Cultura de la Provincia dio por supuesto, en este acercamiento, que la Universidad acogería gustosa un símbolo nacional propio de sus mejores días de compromiso con la emancipación. Pero ese 'no' obtenido apela a conservar la identidad de un espacio, que permanece vacío desde años, y que se pretende exclusivo, sólo por razones catastrales, en espera eterna de una mejor e hipotética iconografía”. Y el autor de la réplica concluye preguntándose “¡Será que Sarmiento puede merecer un busto y sitio privilegiado en esos predios, y en cambio Bustos, compañero de Facundo en la resistencia federalista, ha de quedar excluido? Parece que continúa aquello de ‘civilización y barbarie’...”. Visto el tenor de la polémica, respondemos al interrogante de Terzaga afirmativamente; pues aunque heridas de muerte por la verdad históricas esas categorías sarmientinas, tendenciosas y falsas, se resisten a desaparecer y algo de eso conocemos por aquí recordando los obstáculos que hubo que vencer para conseguir que los restos de don Juan Manuel de Rosas retornaran a su patria y el ilustre Restaurador de la Leyes tuviera el público desagravio oficial que se le debía.

INAUGURACIÓN DEL MONUMENTO 

Pero finalmente, el pasado jueves 20 de mayo, tuvo lugar la lucida ceremonia inaugural de la estatua ecuestre de Juan Bautista Bustos emplazada en la céntrica esquina de avenida Concepción Arenal y Arquitecto Carlos Thays, allí donde se inicia el denominado Parque Sarmiento. La obra es imponente y tiene por autor al escultor Marcelo Hepp. A un costo de 1,6 millón de pesos el monumento se integra en un conjunto de elementos que se nutren de un alto valor simbólico y destacan la figura en bronce del prócer colocada sobre un majestuoso basamento de granito negro, que contrasta con el mármol travertino de la plazoleta sobre la que todo el grupo descansa. Aquel material se repite en la fuente de agua, con cascadas, y se complementa con una soberbia llama votiva. Rodeado por una importante reja de hierro, su artístico forjado no altera la presencia natural de macizos de flores y árboles centenarios. El monumento tiene una altura máxima de 11 metros y se extiende a lo largo de otros 50, con pasarelas peatonales y bancos dispuestos para que el transeúnte pueda apreciar la obra desde cualquier perspectiva. El día señalado una multitud se apiñó para participar de un momento de suyo histórico, y tuvimos el privilegio de ser uno más entre esos centenares de argentinos que quisieron decir ¡presente! Fue una tocante ceremonia que presidió el gobernador y contó con la presencia del intendente de la ciudad capital y funcionarios de ambas gestiones y de los otros dos Poderes, el comandante del III Cuerpo de Ejército y altos oficiales de las restantes Fuerzas Armadas y de Seguridad, además de los descendientes del prócer y representantes diplomáticos. En una tarde fresca pero con sol brillante se oyeron los discursos, rescatando del ejecutivo provincial el que así cumplimentaba un acto de estricta justicia, pues era “Reparar su ausencia en la historia oficial de Córdoba y de la Patria... rescatar a un cordobés que siempre tuvo una conducta heroica [que] nos debe llenar de orgullo por la actitud que tuvo como héroe nacional, como gobernante, como estadista, de defender una Argentina federal junto a otros caudillos como Estanislao López, Pancho Ramírez, Facundo Quiroga y tantos hombres del interior que lucharon contra el centralismo”. También, y con razón, en otro párrafo recordó que “Fue quien dictó la Constitución de la Provincia y cuando gobernó se ciñó absolutamente a ella. Se ocupó de expandir la educación porque sabía que ése era el camino de la libertad de los pueblos y rescató a la Universidad Nacional de Córdoba, dándole recursos para que nuestra Córdoba siga siendo el faro que ilumina la sabiduría y la modernidad de nuestra Patria”.

Dos momentos particularmente emotivos se vivieron cuando Horacio Antonio Grigioni Bustos, uno de los descendiente del Brigadier General, manifestó que para ellos era un sueño cumplido, porque integraban una Comisión permanente “... que hacía muchos años venía luchando para que se erigiera un monumento que recordara la memoria de este gran hombre de todos los cordobeses”, y luego cuando, con guardia de honor, se depositaron en la hornacina del monumento dos urnas, conteniendo tierra santafesina del sitio donde descansan los restos del caudillo y la extraída en inmediaciones del Fuerte de Barragán enviada por la Junta de Estudios Históricos de Ensenada para recordar el valor demostrado por Bustos cuando combatió en suelo bonaerense. Finalmente, el encendido de la llama votiva y colocación de ofrendas florales precedió al desfile cívico-militar con que se cerró tan significativo acto. Siempre dentro del programa oficial de festejos se integró la conferencia que ese mismo día pronunciamos en el Club Militar de las Fuerzas Armadas y la próxima aparición de un volumen titulado “Juan Bautista Bustos héroe y estadista federal” compilando trabajos de Ignacio Tejerina Carreras, Roberto Ferrero, Esteban Domina, Luis Moyano, Rafael Garzón, el ya mencionado Alfredo Terzaga y mi propio aporte.

Antes de regresar nos permitimos realizar un último paseo para disfrutar la vista de la imponente obra. Atardecía y el sol buscando su poniente recortaba en una imagen única la figura del prócer enmarcada por la postal urbana de los edificios. Realmente disfrutamos el momento y retornamos contentos pensando en la alegoría de ese instante: ahora sí Córdoba puede descansar tranquila, su caudillo vela por ella.

COLOFÓN

Reconforta ver como sin prisa pero sin pausa nuestra verdadera Historia va librándose de la hojarasca ideológica que por tanto tiempo la ocultó y juzgados con criterios de verdad hechos y protagonistas son ubicados en su auténtico contexto, pues ese imperativo de verdad una vez manifiesto provoca la emulación y así, al cierre de esta nota, nos informan que la ciudad de Río IV pronto emplazará en la cabecera de su flamante puente otro monumento a Juan Bautista Bustos “... idéntico al erigido en el parque Sarmiento de Córdoba pero la base, de granito negro cordobés, será más alta”. Y es por respeto a esa misma verdad histórica que remarcamos el compromiso público asumido por el gobernador asegurando que “...seguirá trabajando para repatriar los restos de Bustos a Córdoba esperando que antes de fin de año, o máximo a principios del año que viene ya puedan descansar en la Catedral”, lo cual, insistimos, es de total justicia.

lunes, 13 de junio de 2022

Patricios de Salta - Guillermo Palombo

REVOLVIENDO LA BIBLIOTECA

92 


Patricios de Salta




En esta sección que llamamos "Revolviendo la biblioteca", incluimos distintos artículos de gran interés histórico, poco conocidos por el público en general, publicados hace ya muchísimos años.

En la revista El Tradicional  N° 96 de julio-agosto de 2010, se publicó un artículo sobre los Patricios de Salta.




Iconografía de los uniformes militares

Patricios de Salta (1810)

Las "Milicias patrióticas"

por Guillermo Palombo 


Eleodoro Marenco
Patricios de Salta
El 14 de junio de 1810, la Junta Provisional Gubernativa instalada en Buenos Aires el 25 de mayo dispuso la formación de un cuerpo expedicionario al Perú, a cuya integración los regimientos de infantería números 1 y 2 (ex Patricios), 3 (ex Arribeños), 4 (ex Montañeses), 5 (ex Andaluces) y de Castas, aportarían dos compañías completas; el Real Cuerpo de Artillería cuarenta artilleros veteranos, y sesenta artilleros el Regimiento de Artillería de la Unión; el Fijo de Infantería y el de Dragones cincuenta hombres cada uno, el regimiento de Húsares cincuenta jinetes y cien el Cuerpo de Blandengues de la Frontera de Buenos Aires, cada una de estas seis últimas fracciones con sus respectivos oficiales.

En forma complementaria, la Junta dispuso reorganizar las guarniciones del interior del Virreinato. En agosto ordenó la creación de una “Compañía Patriótica” al sueldo en Santa Fe, que se denominó de “Nobles Patriotas Urbanos” de esa ciudad; otra en Salta con los “Jóvenes Nobles” de su capital, que se denominó de “Patricios de Salta”, junto con dos de alabarderos; y otras dos, también de alabarderos, en Tucumán con “mozos ilustres de esos pueblos”. En octubre mandó formar dos compañías veteranas de alabarderos en Mendoza, cuando estaba adelantada por entonces la integración del “Batallón de Patricios de Córdoba”. Y en diciembre autorizó levantar un Regimiento de Milicias Urbanas de la ciudad de San Juan y una compañía de Patricios de Jujuy, en tanto que Manuel Belgrano formaba en Corrientes la Milicia Patriótica de Misiones”.

Las palabras “noble” y “patricio” usadas en la denominación de algunas de esas compañías significan, simplemente, que sus integrantes eran blancos. Los hombres “de color” (con status de libertos) formaban exclusivamente en las compañías de Pardos Libres de las respectivas guarniciones, en virtud del principio de separación racial imperante en la sociedad de aquel entonces. 

LA COMPAÑÍA DE “PATRICIOS DE SALTA”

Bernardo Frías recuerda que los “Patricios de Salta” constituyeron una fuerza de infantería, armada y equipada con los hombres y con los recursos de esa ciudad, que integró las filas de la expedición que marchaba al Norte, hacia el Alto Perú, región que comprendía la actual Bolivia. Lo que se confirma en la siguiente prevención de la Junta de Buenos Aires al Gobernador Intendente de Salta fechada el 15 de agosto de 1810: “La suma importancia de que la Expedición llegue a las Provincias interiores a la más posible brevedad hace indispensables todas las medidas que puedan contribuir a conseguirlo. La Junta espera de Vd. que con anticipación aprontará muladas, y víveres en abundancia, practicando asientos a fin de que la Expedición no se detenga un solo día por estos renglones. Espera igualmente que tendrá recogidas todas las armas del Rey del territorio de su mando, para entregarlas al General de la Expedición, y que recogiendo igualmente las armas de los particulares con concepto a lo dispuesto en el adjunto bando, armará con ellas una Milicia patriótica en que colocará a los Jóvenes distinguidos de ese Pueblo, pues con ella sostendrá su autoridad, y se facilitará recursos para un caso desgraciado de la Expedición”.

Feliciano Antonio Chiclana, gobernador intendente interino de Salta, informó a la Junta el 2 de noviembre: “Consecuente a las superiores órdenes de Vuestra Excelencia acerca de que se levantase un cuerpo de Milicias de los Jóvenes Nobles de esta Capital se han alistado ya hasta el número de setenta, y muy [en] breve se completará el de ciento y veinte hombres, que forme una compañía respetable con sus respectivos oficiales, que son don José Román Texada capitán, don Inocencio Torino teniente y don José María Nadal alférez. Estos oficiales ya han empezado a hacer su servicio al arribo a ésta del Excelentísimo señor representante de la Excelentísima Junta, desempeñando la guardia de honor bien uniformados, a la similitud del diseño, que incluyo; por la falta absoluta de armas no están ya en el ejercicio de la disciplina militar. Pero este defecto se va a suplir con las que se han recogido del vecindario, que son hasta cuarenta y cuatro, con las que se pondrán en instrucción inmediatamente y no dudo, que saldrán bien aprovechados, en un corto tiempo, por la aplicación y amor que les advierto de emplearse en el servicio de la Patria. Espero que Vuestra Excelencia se sirva librar los despachos correspondientes para la mayor satisfacción de los individuos que componen este cuerpo”.

Así las cosas, el 27 de noviembre la Junta libró a favor de Inocencio Torino el siguiente despacho que acreditaba habérsele concedido empleo de teniente de la primera Compañía de Milicias Provinciales de Salta “nuevamente formadas” con el título de Patricios de Salta:

“La Junta Suprema Atendiendo a los méritos y servicios de don Juan Inocencio Torino y siendo preciso proveer el empleo de teniente de la primera Compañía de Milicias Provinciales de Salta nuevamente formadas con el título de Patricios de Salta ha venido la Junta en conferirle el empleo de teniente de la referida compañía concediéndole las gracias, exenciones y prerrogativas que por este título le corresponden. Por tanto manda y ordena se le haya, tenga y reconozca por tal teniente para lo que le hizo expedir el presente despacho firmado y refrendado del infrascrito Secretario del que se tomará razón en la Contaduría de Cuentas y Reales Cajas de Salta. Dado en Buenos Aire a 27 de noviembre de 1810 - Cornelio Saavedra - Miguel Azcuénaga - Dr. Manuel Alberti - Domingo Matheu - Juan Larrea - Dr. Mariano Moreno, Secretario - Lugar del sello. Nota: El interesado pasó este despacho a la ciudad de Salta, sin presentarlo a este Tribunal de Cuentas para la toma de razón que en él se previene y habiendo enmendado su omisión en el día de la fecha, no es extraño aparezca esta después de corridos nueve meses. Tomóse razón en el Tribunal de Cuentas. Buenos Aires, agosto 27 de 1811 - Ramos Mejía”.

EL UNIFORME

El diseño original del uniforme de los “Patricios de Salta” ...es el remitido por Chiclana a la Junta el 2 de noviembre de 1810, y se conserva en el Archivo General de la Nación. El figurín consta de casaca azul, con cuello y bocamangas encarnadas. En ambos lados del cuello se advierte una cifra o emblema, cuyo detalle no es posible distinguir. 

La solapa de la casaca es azul con un vivo encarnado en su contorno, los botones plateados. En el antebrazo izquierdo luce un escudo de campo blanco y borde encarnado. El vestuario se completa con camisa blanca, pañuelo negro al cuello, pantalón blanco, botas cortas y sombrero negro con escarapela y penacho blanco.

La casaca lleva los colores que la que vistieron los Patricios de Buenos Aires en 1810 (Regimientos 1 y 2), con la sola diferencia de que la solapa de estos últimos era encarnada. En cambio, se ajusta en todo a los colores de la que dispuso Belgrano en diciembre de 1810 para la Milicia Patriótica de Infantería de Misiones (también con solapa azul) a la que fijó el uniforme “de los Patricios de Buenos Aires”, que era el “uniforme general del Ejército” como se ha dicho al tratar el de los Edecanes de la Junta.

El escudo en el antebrazo izquierdo tiene una orla o borde encarnado, y en su centro, blanco, hay una cifra encarnada. En esta última se entrelazan letras, en las que parece posible advertir una “V” (¿de Voluntarios?), una “P” (de Patricios) y una “S” (de Salta). Blanco era el escudo que llevaron los Patricios de Buenos Aires desde las Invasiones Inglesas, y “un escudo blanco en el brazo derecho con esta cifra: “M. P. de Misiones” dispuso Belgrano en el tránsito de su campaña al Paraguay para esas milicias patrióticas.

Respecto del sombrero, que es un bicornio negro, era de fácil confección: se plegaba en dos el ala ancha de uno común por sus partes anterior y posterior, que se unían en lo alto mediante una puntada. La escarapela, en lugar de la reglamentaria española toda encarnada, es de centro blanco con alguna cifra en él (parece ser XX), y con el borde exterior encarnado. Pudo tratarse de una aplicación de blanco sobre la reglamentaria de diámetro mayor, por lo que solamente sobresale el borde de esta última. No parece una fantasía del dibujante pues la lámina está agregada a un documento oficial remitido a la Junta.

Una leyenda agregada con tinta aclara que “la fornitura” (es decir el correaje que cruza el pecho de la figura) “debe ser blanca”, como lo fue la usada por los Patricios de Buenos Aires.

En una cuenta algo posterior, que lleva el núm. 489, titulada “Gastos causados en vestir la Compañía de Patricios”, sin fecha pero que es posible fijarla en noviembre de 1811, Rudecindo Alvarado, su firmante, enumera detalladamente la cantidad y precios del paño azul de 2a., paño azul entrefino, paño grana y botones empleados en 66 uniformes y otros dos “más chicos”, y el importe de 70 pares de zapatos. Al respecto, Inocencio Torino, titulado “Comandante de la Compañía de Patricios de esta Ciudad”, en informe fechado en Salta el 27 de noviembre de 1811, expresa que vistos los documentos que tenía en su poder el teniente Rudecindo Alvarado “no me queda duda estar está cuenta muy exacta habiendo examinado por menor, que así mismo me es constante haber vestido sesenta, y ochos hombres, inclusos dos tambores, con una camisa, un chaleco, una casaca, un pantalón, y un par de zapatos”.

Y ya que hemos mencionado a Rudecindo Alvarado, nacido en Salta el 1° de marzo de 1792, que participó en la Guerra de la Independencia y llegó al grado de general, cerramos esta nota con el siguiente breve recuerdo de su paso por la compañía de Patricios de Salta que incluyó en sus páginas autobiográficas: “El coronel don Feliciano Chiclana fue la primera autoridad que el gobierno revolucionario destinó a esta provincia, predispuesta a aceptar los principios últimamente invocados. Sucedió muy luego al señor Chiclana el coronel don Tomás Allende, quien creyendo necesaria una fuerza que cubriera el servicio de esta guarnición, organizó una compañía titulada “Patricios de Salta” en la que fui colocado de teniente primero, como lo acredita el despacho número 1. El servicio ordinario de dicha guarnición no me privaba atender mis negocios comerciales, y por esto acepté este empleo”.

viernes, 10 de junio de 2022

Revolución de Mayo - Cornelio Saavedra

 REVOLVIENDO LA BIBLIOTECA

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En esta sección que llamamos "Revolviendo la biblioteca", incluimos distintos artículos de gran interés histórico, poco conocidos por el público en general, publicados hace ya muchísimos años.

En la revista El Tradicional  N° 95 de mayo-junio de 2010, se publicó un interesante artículo sobre Cornelio Saavedra.




Bicentenario

Cornelio Saavedra y la impronta militar de la Revolución de Mayo 

por Ismael Pozzi Albornoz (Magister en Historia de la Guerra)

 

Revolución de Mayo
Cornelio Saavedra

EI martes 31 de marzo de 1829 los habitantes de Buenos Aires conocieron que dos días antes había dejado de existir quien fuera principal protagonista de los sucesos de Mayo de 1810. En su edición de aquella fecha “El Tiempo” publicó este escueto suelto: “A las ocho de la noche del domingo murió repentinamente el brigadier general Cornelio de Saavedra. Los buenos patriotas deben sentir su pérdida, por los servicios que aquel ciudadano ha prestado al país”. Así, en apenas tres líneas, se anoticiaba el final de uno de los prohombres de nuestra nacionalidad. Ningún acto oficial hubo ni tampoco rendición de honores, pues por entonces los asesinos de Manuel Dorrego usurpaban el poder y su política era una continuación ideológica de la que, a su tiempo, había inaugurado Mariano Moreno, visceral enemigo del difunto que había truncado su alocado proyecto político de una transformación sangrienta como el mismo Saavedra, en carta del 15 de enero de 1811 a Feliciano Chiclana, lo ratifica con estas palabras “...el sistema robespierrano que se ha querido adoptar en ésta, y la imitación de la Revolución Francesa que se intentaba tener como molde, gracias a Dios ha desaparecido” no obstante, aquella conducta jacobina alcanzó para cobrarse la vida de Santiago de Liniers y sus compañeros. Por lo demás, el silencio ominoso frente al óbito del ejemplar patriota obedecía también a que se buscaba desdibujar en los relatos de los sucesos de 1810 la fundamental intervención que en ellos tuvo el estamento militar encarnado por Saavedra, sosteniendo que dicho proceso fue obra de un grupo intelectual imbuido por aquel ideario y que su protagonismo operó: como un verdadero acicate del mismo. Y esto, conviene reiterarlo, fue lo que más tarde la historia liberal impuso como paradigma de enseñanza, partiendo del parcial relato de los hechos que Bartolomé Mitre plasmó en sus libros (“Historia de Belgrano y de la Independencia Argentina”), prolijamente distorsionado más tarde por Vicente Fidel López en los suyos (“Evocaciones Históricas”) y definitivamente canonizado, a partir de 1893, en los “manuales” de estudio escritos por Alfredo Bartolomé Grosso. De tal suerte la fabulación sustituyó a la verdad en una progresión de mentiras, que iba desde la jocosa de los paraguas en aquel día “que amaneció gris y lluvioso”, a la voluntariosa de las “cintas celestes y blancas” repartidas por French y Beruti, para concluir con la dañosa que exaltaba como motor revolucionario, y cito a Mitre, “...al pueblo de la plaza pública, que no discute pero que marcha en columna cerrada apoyando y a veces iniciando por instinto los grandes movimientos que deciden de sus destinos”. Felizmente, todos esos macaneos no quedaron impunes y tuvieron su oportuna rectificación a partir de investigaciones serias y responsables realizadas por figuras señeras como Gustavo Martínez Zuviría con su inigualable “Año X” y Roberto H. Marfany con la saga iniciada por “La Semana de Mayo. Diario de un testigo” y concluida con “Episodios de la Revolución de Mayo”. En la línea de pensamiento de esos verdaderos maestros realizamos hoy este modesto aporte.

Un potosino notable

Pero volviendo a lo anunciado en “El Tiempo” ¡quién era ese al que “los buenos patriotas” debían llorar como una pérdida? Una rápida semblanza lo señala como oriundo de Potosí, más precisamente de Santa Ana de Otuyo, en cuya iglesia recibió las aguas bautismales el 20 de febrero de 1761. Seis años después sus padres, don Santiago Saavedra y doña Teresa Rodríguez, resolvieron afincarse en Buenos Aires trayendo con ellos al pequeño Cornelio Judas Tadeo. Iniciado en las primeras letras, posiblemente por un maestro particular, se matriculó luego en el Real Convictorio Carolino distinguiéndose en los cursos de Filosofía que lo acercaron al pensamiento de los clásicos y a la sana doctrina de la Iglesia, leyendo a sus autores en un latín fluido. En cuanto a su personalidad, los estudios grafológicos realizados por el profesor Enrique Mosquera, analizando científicamente manuscritos originales del prócer, permiten concluir que Saavedra fue hombre sumamente reservado, cauteloso y prudente. Rígido en la emisión de juicios y respetuoso, en todo momento, de su sentido del honor y del deber. Dueño de un perfil signado por la precisión de ideas y conceptos, resultó idóneo en la organización de tareas, por ser meticuloso incluso en los menores detalles. Cerebralmente activo, con una propensión al aislamiento y cierta tendencia a imponer su criterio, era en extremo disciplinado y no se apartaba de sus principios, llegando incluso en esto hasta la intransigencia. Justamente ese perfil le ganó pronto el respeto y la confianza de sus contemporáneos, que no dudaron en promoverlo a importantes tareas de responsabilidad en la administración de la cosa pública, ocasión en la que, dice Enrique Ruiz Guiñazú, “...cumpliendo su cargo de procurador y alcalde se atuvo a las enseñanzas cristianas de los escritos de San Agustín y de Santo Tomás, que venían a su memoria frecuentemente por su gran saber teológico”. Pero no fue solo en el medio civil donde destacó su figura pues, a imperio de las circunstancias, Saavedra se hizo militar y quedó al frente de una emblemática unidad de infantería: la Legión de Patricios Voluntarios Urbanos, relatando que ellos “...me proclamaron por su primer jefe y comandante”. El antiguo edil y comerciante devino así en soldado, y pronto los acontecimientos convertiría a ese ámbito castrense en el campo donde desarrollaría una intensa y eficaz acción política. En lo inmediato, se consagró por entero a la organización del flamante Cuerpo, que en la primera revista pudo exhibir alistadas en sus tres batallones 22 compañías, todas perfectamente uniformadas y provistas del respectivo armamento; pero además congregando a su alrededor a un grupo de noveles oficiales cuyo protagonismo cobraría dimensión con el paso del tiempo, pues en esa forja se templaron, entre otros, el sargento mayor Manuel Belgrano y los capitanes Feliciano Chiclana, Juan José Viamonte, Antonio Luis Beruti y Eustaquio Díaz Vélez.

Revolución de Mayo

El estamento militar

Derrotada en 1806 la primera intentona británica para apoderarse de estas tierras la inminencia de una nueva agresión llevó a que Liniers lanzara su proclama del 6 de septiembre convocando a los vecinos de Buenos Aires para que —decía— “...uniendo vuestra voluntad a mis deseos, vengáis a dar el más constante testimonio de vuestra lealtad y patriotismo reuniéndoos en Cuerpos separados y por provincias, y alistando vuestro nombre para la defensa sucesiva del suelo que poco hace habéis reconquistado”. La trascendencia de la misma fue señalada por el Dr. Carlos Alberto Pueyrredón, al sostener que tal Proclama ”...constituye la partida oficial de nacimiento de nuestro glorioso Ejército Nacional [pues] todos concurrieron con puntualidad al llamado y en cuanto se organizaron con sus uniformes y armamento marchaban en correcta formación a las iglesias para la bendición de sus banderas... Con ese espíritu patriótico no es de extrañar el fracaso de la nueva expedición llegada al mando del teniente general Whitelocke en 1807...que tuvo repercusión inmensa, y constituye una de las grandes etapas de la vida de nuestra Nación... Pues sin esto no habría habido Revolución de Mayo, sin Revolución de Mayo no habría habido Independencia, sin Independencia no habría habido Patria, y sin Patria seríamos una factoría”.

En la cronología de los hechos, le siguió una Orden hecha pública el martes 9 de septiembre donde se fijaba un cronograma para los voluntarios. En ella Liniers les recordaba que “Uno de los deberes más sagrados del hombre es la defensa de la patria que lo alimenta” y que los habitantes de Buenos Aires habían dado siempre “…las más relevantes pruebas de que conocen y saben cumplir con exactitud esta preciosa obligación”, y deseando verlos ahora “...alistados y condecorados con el glorioso título de Soldados de la Patria” les pedía que concurrieran a la Real Fortaleza en los días que a ese efecto les designaba “...a fin de arreglar sus batallones y compañías, nombrando los Comandantes y sus segundos, los Capitanes y sus Tenientes a voluntad de los mismos Cuerpos”. Admonitoriamente, concluía “Ninguna persona en estado de tomar las armas dejará de asistir sin justa causa a la citada reunión, so pena de ser tenida por sospechosa y notada de incivismo, quedando en tal caso sujetos a los cargos que deban hacérseles”.

Al respecto, sostiene Ricardo Zorraquín Becú que “Los batallones criollos estaban compuestos por jóvenes de todas las clases sociales, reunidos por un común sentimiento patriótico que los impulsaba a defender su tierra de los enemigos exteriores. Sus jefes, elegidos por ellos mismos, pertenecían también según sus respectivas categorías a todos los sectores de la población... Sin embargo, la vida común fue creando entre todos ellos una especie de conciencia de clase que los apartó progresivamente de su pertenencia a las demás”. Esta observación es exacta, porque al elegir voluntariamente esos ciudadanos hacer vida de cuartel, subordinándose a una disciplina castrense, terminaron por configurar una nueva élite con códigos propios, donde la adhesión sin retaceos a ideales comunes y un respeto absoluto por el honor empeñado marcaban la diferencia; hermanando a sus miembros en una férrea fraternidad cuyos pilares descansaban en la lealtad y camaradería. Esto se hizo tan notorio que terminó por despertar la suspicacia de otros factores de poder, las denominadas “viejas categorías”, que no tardaron en descalificar a quienes ahora veían como un peligroso adversario para sus propios intereses, apelando a todo tipo de crítica incluso las más peyorativas. Ubicados en la época comprenderíamos mejor la enorme valoración que se daba al sentido de pertenencia social y cómo ciertos sectores rechazaban que un individuo cumpliera un rol para el cual, según esos rígidos patrones imperantes, no estaba capacitado por su origen. En el caso concreto del militar, esa condición se heredaba o, excepcionalmente, se ganaba por privilegio real; de allí que en el nuevo Ejército creado por Liniers el orden de cosas se había alterado radicalmente, al quedar desplazados de la conducción los antiguos jefes veteranos españoles y muy desprestigiada sus tropas por el deslucido cuando no inepto papel desempeñado durante 1806 y 1807. En contraposición, esas funciones habían recaído en un núcleo de oficiales caracterizados por dos notas relevantes: eran recién llegados a la milicia y, dato clave, mayoritariamente americanos. De allí el protagonismo que cobraron Saavedra, porque estando al frente de la Unidad con mayor poder de fuego abroqueló a su alrededor al resto de los comandantes de Cuerpos, y ese núcleo militar que comenzó a interesarse por todo lo que acontecía en esa caja de resonancia que era la capital virreinal conservando, de paso, el monopolio de la fuerza tal como lo demostrara el 1° de enero de 1809 haciendo fracasar la asonada que lideró el alcalde Martín de Álzaga pretendiendo destituir al virrey Liniers.

Revolución de Mayo
El primer Gobierno Patrio

El complejo marco internacional que se vivía en el Viejo Mundo, donde por primera vez los ejércitos napoleónicos se enfrentaban a una verdadera resistencia popular en la Península seguido de la proclamación del fugaz José I como monarca, que provocó la constitución de una Junta Central Gubernativa a nombre de Fernando VII con asiento en Sevilla, dejaría sentir su influencia en el Río de la Plata. Sobre todo, al conocerse un decreto emanado del organismo metropolitano elevando a las colonias a categoría de “provincias de ultramar” y reconociendo a sus habitantes como “iguales a los peninsulares y con derecho a participar en el gobierno central por medio de sus diputados”; también, cuando poco después se supo que otorgándole a Liniers un título condal se lo reemplazaba por un valiente y prestigioso marino: don Baltasar Hidalgo de Cisneros. La llegada del nuevo virrey a Buenos Aires fue aplaudida por el partido españolista pero tomada con mucha prevención por los criollos, actitud que mudó a total desconfianza cuando Cisneros, invocando razones presupuestarias, ordenó en septiembre de 1809 una profunda reforma militar que en verdad apuntaba a disminuir el poder de fuego de las unidades americanas: los “Patricios” se transformaron en el Batallón 1 y 2, los “Arribeños” en el N° 3, los “Andaluces” en el N° 5, el de “Indios, Pardos y Morenos” quedó convertido en el de Castas y los “Granaderos del Señor Liniers” en los “de Fernando VII”; en cuanto a los escuadrones de caballería de cuatro fueron reducidos a uno, porque los antiguos “Húsares de Pueyrredón” mutaron en los “del Rey”; y finalmente los “Patriotas de la Unión” devinieron en “Artillería Volante”. Fue a partir de esta medida que otro clima comenzó a percibirse, polarizándose las opiniones acerca de la legitimidad del mando en cabeza del virrey, pero siendo notorio que ningún cambio, y mucho más de orden político, podría operarse sin el respaldo de las tropas. En referencia a todo esto, y años después, Saavedra expresó en una “Solicitada” aparecida en “La Gaceta Mercantil” del 25 de mayo de 1826 que “La Revolución la prepararon gradualmente los sucesos de Europa. Los patriotas en ésta nada podían realizar sin contar con mi influjo y el de los jefes militares que teníamos armas en la mano. Cuando llegó el momento de sazón di los pasos para verificarla con toda la circunspección y energía que es sabida por notoriedad, y el voto público lo acreditó en destinos que me colocó, presidiendo el país, pues afortunadamente viven muchos de aquellos días; [y] el que se atreva a desmentir esta aserción, preséntese”. Y, a mayor abundamiento, sostiene en sus “Memorias” que “a la ambición de Napoleón y a la de los ingleses de querer ser señores de esta América se debe atribuir la Revolución de Mayo de 1810”, poniendo especial énfasis en esta última causa, porque —remarca— de no haberse rechazado a los británicos en sus dos ataques “...si hubieran triunfado de nosotros, si se hubieran hecho dueños de Buenos Aires ¿qué sería de la causa de la Patria, dónde estaría su libertad e independencia?... Sí, a esos sucesos es que debemos radicalmente atribuir el origen de nuestra Revolución, y no a algunos presumidos de sabios y doctores que en las reuniones de café y sobre las carpetas hablaban de ella, mas no se decidieron hasta que nos vieron a mis compañeros y a mí mismo con las armas en las manos resueltos a verificarla”.

Con relación a esos ideólogos “de café”, un contemporáneo de los sucesos y actor de los mismo, el doctor Tomás Manuel de Anchorena en carta a su primo Juan Manuel de Rosas, fechada el 4 de diciembre de 1845, le expone la ninguna influencia ideológica que en la Revolución tuvo el pensamiento de los iluministas franceses, concretamente Juan Jacobo Rousseau, de cuyo “Contrato Social” -“ traducido al castellano por el famoso señor don Mariano Moreno”- es totalmente crítico pues afirma que su contenido solo podía “...servir para disolver los pueblos y formarse de ellos grandes conjuntos de locos furiosos y bribones”. Incluso, el mismo Rosas con ocasión de un nuevo aniversario de la fecha patria, el 25 de Mayo de 1836, expresó en su discurso que la Revolución “...no se hizo para introducir anarquía sino para preservarnos de la anarquía y para no ser arrastrados al abismo de males en que se hallaba sumida la misma España. Pero ¿quién lo hubiera creído?, un acto tan heroico de generosidad y de patriotismo, no menos que de lealtad y fidelidad a la Nación española fue interpretado en algunos malignamente como una rebelión disfrazada por los que debieron haber abocado su admiración y gratitud para corresponderlo dignamente”.

Yendo ahora a los sucesos puntuales de aquella trascendental semana culminada el día 25, luego de conocido aquí por los periódicos llegados de Europa, que ocupada por los franceses prácticamente toda España la Junta Central se había disuelto formándose en su lugar un denominado Consejo de Regencia, integrado por unos pocos miembros, esa novedad conmovió de tal manera los espíritus que inteligentemente, Cisneros decidió adelantarse a los acontecimientos para liderarlos y evitar una crisis mayor. Comenzó por hacer pública la difícil situación en que se encontraba la metrópoli, a través de una proclama aparecida el 18 en donde descontando “...toda la amargura que debe produciros su inexcusable conocimiento” alertaba al pueblo en contra “...de aquellos genios inquietos y malignos que os procuran inspirar celos y desconfianza recíproca contra los que os gobiernan”, de los que aconsejaba “...huid como de áspides, los más venenosos”, e invocando “...los sagrados derechos de nuestro amado Monarca” instaba a todos a que respetaran el orden establecido. Pero sabía muy bien que la clave de todo exigía conocer qué pensaban los jefes militares, y para ello los convocó a su despacho en la noche del 20 de mayo. Nuevamente es Saavedra quien nos relata lo acontecido en esa significativa reunión, que comenzó cuando el virrey inquirió “...si están resueltos a sostenerme en el mando como lo hicieron el año de 1809 con Liniers o no”. A lo que el jefe de los “Patricios” respondió “Señor, son muy diversas las épocas del 1 de enero de 1809 y la de mayo de 1810 en que nos hallamos. En aquella época existía la España aunque ya invadida por Napoleón; en ésta toda ella, todas sus provincias y plazas están subyugadas por aquel conquistador, excepto solo Cádiz y la Isla de León, como nos aseguran las gacetas que acaban de venir y V. E. en su proclama de ayer. ¿Y qué, Señor? ¿Cádiz y la Isla de León son España? ¿Este territorio inmenso, sus millones de habitantes, han de reconocer soberanía en los comerciantes de Cádiz y en los pescadores de la isla de León? ¿Los derechos de la Corona de Castilla a que se incorporaron las Américas han recaído en Cádiz y la Isla de León que son parte de una de las provincias de Andalucía? No, Señor; no queremos seguir la suerte de España y ser dominados por los franceses; hemos resuelto reasumir nuestros derechos y conservarnos por nosotros mismos. El que a V. E. dio autoridad para mandarnos ya no existe; por consiguiente tampoco V. E. la tiene ya, así que no cuente con las fuerzas de mi mando para sostenerse en ella”.

Pensamos que en esa noche, y merced a tal decisión de los mandos criollos, se selló la suerte del poder español en esta parte de América, porque los sucesos consiguientes sólo reforzaron la tesitura enunciada por Saavedra hasta darle el reconocimiento legal con la proclamación de la Junta Provisional Gubernativa, previo su fundamentación jurídica en los importantes debates del Cabildo abierto del día 22. Nuestra aseveración no hace sino recoger el parecer que por entonces se difundió internacionalmente, y de lo que da prueba, por ejemplo, el N° 240 de un periódico francés, la “Gaceta Nacional o Monitor Universal”, que en su edición del 28 de agosto de 1810 publicó con referencia a los sucesos porteños “... Hombres ilustres de este país, anticipándose a los acontecimientos, habían reflexionado largamente en las medidas que convendría tomar cuando recibieran de Europa noticias que los autorizaran a reclamar el ejercicio de sus derechos... Como los autores de este proyecto tenían a su lado a los militares, a varios jefes de Regimiento y como tomaron una actitud activa, el Virrey se vio obligado a ceder... el 25 [de mayo] se procedió a una nueva elección y se nombró a siete miembros (sic) que formaron la Junta provisoria, cuya presidencia fue confiada a don Cornelio Saavedra, hombre muy popular y que es jefe de un Cuerpo compuesto por nativos de Buenos aires, llamado Cuerpo de Patricios. Esta última elección ha conformado a todo el mundo, y como el Virrey quedó despojado de toda su autoridad, la Junta empezó enseguida a ejercer sus funciones”. Nadie mejor que el mismo Cisneros para corroborarlo y al respecto, en un informe reservado a la Corte, señaló que el 22 de mayo, día del célebre Cabildo abierto, habiendo dado orden que en cada boca calle de la plaza se apostaran efectivos para impedir el ingreso de todos los que no exhibieran la invitación oficial “...las tropas y sus oficiales hacían lo que sus comandantes les prevenían secretamente... negaban el paso a los vecinos honrados y lo franqueaban a los de la confabulación, tenían algunos oficiales copias de esquelas de convite sin nombre y con ellas introducían a la casa del Ayuntamiento a sujetos no citados por el Cabildo...”, frustrando así su jugada tendiente a contar en el recinto con un número suficiente de votos capaz de impedir el menor cambio político.

Y cuando el 23 se anunció la caducidad de la autoridad del Virrey proclamándose una Junta que formada por dos criollos y dos españoles presidía el mismo Cisneros con retención de la Comandancia de Armas, la reacción fue incontenible. Confesando sin ambages el español que encontrándose exaltados en los cuarteles “oficiales y paisanos” esa actitud tornaba su autoridad “precaria y aparente”, quedando la misma “…pendiente de la voluntad de los Comandantes, quienes en la misma noche anduvieron por sus respectivos cuarteles juntando a viva diligencia firmas de sus oficiales, sargentos y cabos, para pedir con este aparato mi entera separación a nombre del pueblo”. En efecto, ese documento existió y se conserva. Dirigido al Cabildo lo rubricaron 401 firmas, de las que 95 son de civiles y 16 de sacerdotes pues todas las restantes corresponden a militares alistados en las diferentes Unidades criollas.

En esa verdadera acta fundacional de nuestra nacionalidad se expone que “Los vecinos, Comandantes y oficiales de los Cuerpos voluntarios de esta capital de Buenos Aires que abajo firmamos por nosotros y a nombre del Pueblo hacemos presente que hemos llevado a entender que la voluntad de este resiste la Junta y vocales que V. E. se sirvió erigir y publicar a consecuencia de las facultades conferidas a este excelentísimo Congreso en el cabildo abierto del 22 del corriente, y porque pudiendo el Pueblo como lo hace reasumir la autoridad y facultades que había conferido en uso de ella, y mediante la renuncia que ha hecho el señor Presidente nombrado y demás vocales, revoca y da como de ningún valor la Junta erigida y anunciada en el bando de ayer veinticuatro del presente; y quiere que V. E. proceda a manifestar por medio de otro bando público la nueva elección de vocales que hace de la Junta de Gobierno que ha de regir y gobernar compuesta de los señores Don Cornelio Saavedra para Presidente de dicha Junta de Gobierno y Comandante General de Armas, Dr. D. Juan José Castelli, Dr. D. Manuel Belgrano, D. Miguel Azcuénaga, Dr. D. Manuel Alberti, D. Domingo Matheu y D. Juan Larrea, y para Secretarios al Dr. D. Juan José Paso y Dr. D. Mariano Moreno; entendiéndose esta elección bajo la expresa y precisa condición de que instalada la Junta se ha de publicar en el término de quince días una expedición de quinientos hombres para auxiliar las Provincias Interiores del Reino... porque esta es la manifiesta voluntad del Pueblo lo hacemos presente a V. E a los fines expresados. Buenos Aires, veinticinco de mayo de mil ochocientos diez años”.

Aunque la contundencia de este texto prueba que la Revolución tuvo en Saavedra -como cabeza militar visible- a su verdadero numen y gestor, a poco otros pretendieron hacerse con tal mérito; llevando a que aquel reflexionara sobre ello y se sincerara en carta a su amigo Viamonte con un relato que permite tener un cabal conocimiento de lo verdaderamente acontecido. Así, en esa singular misiva, le escribe “...es verdad que Peña, Vieytes y otros querían de antemano hacer la Revolución, esto es desde el 1° de enero de 1809 y que yo me opuse porque no [lo] consideraba tiempo oportuno. Es verdad que ellos y otros, incluso Castelli, hablaron mucho de esto antes que yo, pero también lo es que ninguno se atrevió a dar la cara en lo público, aun cuando yo les decía que lo hiciesen y que aseguraba no hacer oposición a nada. En sus tertulias hablaban, trataban planes y disponían; más personarse para realizar lo mismo que aconsejaban o querían ¿quién lo hizo? ¿Se acuerda Usted cuántas veces me tocó [atender] estos negocios movidos por estos hombres? ¿Se acuerda usted que mi respuesta fue siempre que no es tiempo, y que lo que se hace fuera de él no sale bien? ¿Se acuerda usted que cuando el 20 de Mayo me llamó de San Isidro mostrándome los papeles públicos y proclamas que el mismo Cisneros dio a luz; dije a Usted ya es tiempo y manos a la obra? ¿Quién desde aquel momento dio más la cara que yo? ¿Quién movió al Cabildo para que se hiciese Cabildo Abierto, en que se oyese al pueblo? ¿Quién habló al virrey Cisneros con tal carácter y firmeza que en aquella época se requería sino yo? ¿Quién ...pero para que me canso en recordar hechos con un sujeto que es testigo presencial de todos ellos? ...No tenga Vuestra merced reparo en hacer correr esta carta; le suplico la lea a todos los oficiales pues de nada de cuánto digo me retracto ni arrepiento”. Ciertamente nunca podría Saavedra haberse arrepentido de ser el precursor de nuestra libertad, ni tampoco de haber presidido el primer gobierno patrio surgido de la gloriosa Revolución cuya innegable impronta castrense quedó marcada en cada una de las jornadas vividas durante esa inmortal semana de Mayo.

Colofón

Concluyo convencido de aportar con estas líneas un enfoque veraz acerca de los orígenes del magno acontecimiento cuyo Bicentenario celebramos, reivindicando el esencial protagonismo que en 1810 tuvieron los Cuerpos militares existentes y, en particular, la figura del brigadier general Cornelio de Saavedra. Esa certeza nace a sabiendas que la Historia opera siempre como eficaz herramienta de esclarecimiento y justicia vindicativa a condición de enfocarla con una perspectiva ética, cuya premisa enunció su santidad León XIII, de feliz memoria, cuando proclamó “La primera ley de la Historia es no atreverse a mentir, la segunda, no temer decir la verdad”.