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domingo, 8 de diciembre de 2024

INFOBAE - Notre-Dame - La edad media

Portal INFOBAE del 8 de Diciembre de 2024


Notre Dame: la maravilla arquitectónica que desmiente el cliché del oscurantismo medieval


“Ni que estuviéramos en la Edad Media”. ¿Quién no ha escuchado alguna vez esta frase en alusión a lo retrógrado, anticuado, opuesto a la libertad, etc. Pero la asociación de ese largo período con el inmovilismo, la violencia y la oscuridad es una “construcción”, como les gusta decir a los autopercibidos modernos. Por Claudia Peiró


Notre-Dame
La construcción de la catedral de París comenzó en 1163

Siempre me llamó la atención que un período de la historia cuyo nombre convencional -Edad Media- remite a una transición tuviese una duración ni más ni menos que de diez siglos. Diez siglos de intervalo.

Un milenio durante el cual, según la imagen más difundida y popularizada, no pasó gran cosa, salvo la servidumbre y las guerras. A nivel cultural, un estancamiento o solo arte sacro -y esto presentado como algo muy negativo por supuesto-; a nivel social, inmovilismo, una inmensa mayoría explotada por algunos pocos señores y obispos, y atada a la tierra de por vida, etc. etc. Ni hablar de las mujeres, no existían.

Hasta que llegó el Renacimiento italiano para rescatar a la humanidad de este pantano de mediocridad.

Un milenio entero en el que, en Occidente, no pasó casi nada.

Este sábado 7 de diciembre se reabrieron las puertas de de Notre-Dame de París, la catedral que domina el centro de la Capital francesa y probablemente su mayor ícono.

¿Sentirán los millones de visitantes de esa iglesia -muchos de ellos imbuidos de esos preconceptos sobre el pasado, enseñadas hasta hoy en muchos manuales- alguna contradicción con ese relato cuando se detienen a admirar la hermosa fachada, ejemplo del mejor arte y de un impactante equilibrio estético?

Notre-Dame se empezó a construir en 1163, se concluyó en 1345, del siglo XII al XIV. No es la única joya de esos tiempos. “Los vestigios de la época medieval son más numerosos que los de todas las otras épocas juntas”, escribió la historiadora Régine Pernoud, en Pour en finir avec le Moyen Age (Seuil, 1977. Para terminar con la Edad Media).

El monasterio del Mont Saint-Michel en Normandía o el castillo de Haut-Koenisbourg, en Alsacia, son otras dos maravillas de la arquitectura medieval. Y en la misma capital francesa, los sitios más mágicos son precisamente el conjunto que forman la Conciergerie y la Sainte Chappelle, muy cercanos a Notre-Dame; pero también la abadía de Saint-Germain des Prés, en pleno barrio latino, o el Hôtel des archevêques de Sens, en el Marais, por citar sólo algunos.

Pero la Edad Media es denostada del mismo modo que la religión católica a la que está asociada. El relato histórico deformado de ese período se solapa totalmente con la permanente campaña contra la Iglesia. Son dos caras de la misma moneda.

El catolicismo es el blanco preferido de las críticas de los anticlericales, de todo el arco político. En Francia además arden las iglesias como fósforos. Sea por intención o por descuido, en ambos casos está detrás el desinterés por cuidarlas. Como si ese patrimonio no fuese común, como si el cristianismo, se sea o no creyente, no hubiese formateado toda la cultura occidental.

“La civilización occidental y cristiana se detesta a sí misma”, como dijo a Infobae el historiador francés Jean Sévillia.

“Medieval”, dice Jacques Heers, autor de Le Moyen Age une imposture (traducido al castellano como La invención de la Edad Media), es un condimento que va bien con todas las salsas “cuando se trata de caracterizar un retraso o un bloqueo”.

Habrán notado ustedes que, en el debate público, se hace muchas veces referencia a la historia, por lo general de modo esquemático, apelando a lugares comunes y haciéndose voceros de preconceptos, fake news y “constructos”, según la horrible palabra de moda.

Ni que estuviéramos en la Edad Media…” ¿Quién no escuchó esa frase alguna vez? Oscurantista y medieval son sinónimos.

“¿Un intermedio de 1000 años? -se pregunta Jean Sévillia en Historiquement correct (Perrin, 2003)- En Occidente, la civilización habría pasado directamente de la Antigüedad al Renacimiento, padeciendo un eclipse de un milenio? ¿Quién puede creerlo?”

Y sin embargo….

El periodista y escritor Rémy de Gourmont (1858-1915) decía: “Un error que pasa al dominio público no sale de allí jamás; las opiniones se transmiten hereditariamente. Eso termina haciendo la Historia” (citado por Heers en el libro mencionado).

Jacques Heers explica que por esta tendencia a juzgar el pasado con categorías polarizantes -el bien y el mal-, buscar chivos emisarios y etiquetar de modo esquemático, “generaciones de pedagogos aplicados, autores de manuales de un lastimoso conformismo, así como de novelistas, retoman indefinidamente los mismos clichés trillados, las mismas clasificaciones maniqueas, sin volver a las fuentes”.

En contraste con la denigración de lo medieval, está la exaltación de la “democracia” ateniense, que reservaba la ciudadanía para un pequeño grupo y condenaba al resto a la esclavitud.

Decir que el Renacimiento redescubrió a los antiguos equivale a decir que los hombres de la Edad Media los ignoraban. Esto último, señala Heers, “es hacer gala de ideas preconcebidas y de una grave falta de lecturas; ambas cosas suelen ir de la mano, porque naturalmente es más cómodo soltar grandes verdades a la sombra de la ignorancia que provisto de ejemplos que matizan y contradicen”.

Y agrega: “Que el cristianismo, las gestas de sus mártires, luego la caballería, sus colectas, sus combates o sus juegos, hayan enriquecido el bagaje cultural de Occidente y le hayan dado otro color, es algo que se impone como una evidencia. Pero este enriquecimiento no implicaba hacer tabla rasa de una herencia que por el contrario era cultivada con una viva reverencia y a veces con pasión”.


Los monjes en la Edad media

La Edad Media es denostada, entre otras cosas, por la hegemonía intelectual de la Iglesia en ese período.

La asociación de Edad Media con superstición, ignorancia y atraso y con un dominio total por hombres de Iglesia que reprimían el pensamiento es la imagen que Heers se aplica a desmontar en su libro. Porque “se ha impuesto en nuestros manuales, y más aún en nuestra literatura chatarra, la idea de una Edad Media ignorante y estrecha de miras, que imaginaba la tierra chata como una galleta, rodeada de horribles precipicios”.

Hago una paréntesis para decir que es curioso que quienes atribuyen terraplanismo a sus adversarios ideológicos son por lo general los mismos que cultivan el terraplanismo de género; como algunos negaban la redondez de la tierra, ellos niegan el binarismo sexual y creen que el humano nace como una tabla rasa de género sobre la cual se puede “construir” cualquier cosa.

Volviendo a Heers y la superstición de la tierra plana, éste afirma que en la Edad Media, Ptolomeo era leído y releído. Desde el 1300 por lo menos, en Francia las representaciones de la tierra eran esféricas y ya existían manuales de astronomía y matemática. El debate entre Colón y los sabios de Salamanca no fue por la redondez del planeta sino por los cálculos demasiado optimistas del genovés sobre la distancia que separaba a Europa de Catay y Cipango (China y Japón). Tenían razón los de Salamanca; sólo que ni ellos ni Colón sabían que en el medio había otro continente.

Hagan la prueba de buscar en Internet “Edad Media” y verán brotar todos esos clichés: “La Edad Media fue un período de guerras, epidemias y nuevas formas políticas”; “el arte medieval ilustraba historias bíblicas y afirmaba el poder de la Iglesia”; “la iglesia tenía privilegios y autoridad sobre la educación en el Medioevo”, etc. etc. Es curioso que el siglo XX, que vivió dos conflagraciones mundiales mucho más devastadoras que las del medioevo, califique a éste como violento.

Según la leyenda, elaborada en el siglo XVI, hubo dos épocas de esplendor cultural y artístico, la Antigüedad y el Renacimiento. Entre ambos, un intermedio oscuro. “El simple sentido común bastaría para comprender que el Renacimiento no hubiera podido producirse si los textos antiguos no hubieran sido conservados” en los tiempos medievales, dice Pernoud.

¿Cómo considerar bárbara a una época que construyó algunas de las más imponentes catedrales y creó las universidades?

A fines de 1972, adelantándose o promoviendo futuras tendencias, la ONU declaró que 1975 sería el Año Internacional de la Mujer. Esto dio lugar obviamente a coloquios, simposios, congresos, conferencias. Y mucho verso, como suele pasar. La mujer en la Edad Media fue el blanco fácil de todos estos cónclaves.

Sin embargo, como explica Pernoud, en tiempos medievales, la Reina era coronada a la par del Rey, y las reinas dejan el primer plano recién en el siglo XVII.

“Mientras que una Leonor de Aquitania y una Blanca de Castilla dominan realmente su siglo, ejercen el poder sin ser objetadas en caso de ausencia, enfermedad o muerte del rey, tienen su cancillería, su aduana, su campo de actividad personal (lo que podría ser reivindicado como un ejemplo fecundo por los movimientos más feministas del presente), la mujer de los tiempos clásicos es relegada a un segundo plano; sólo ejerce influencia de modo clandestino y se encuentra excluida de toda función política o administrativa”, además de ser considerada “incapaz de reinar, de heredar el feudo o dominio, y finalmente, según nuestro código, de ejercer cualquier derecho sobre sus bienes personales”.

La influencia de la mujer disminuye en paralelo con el ascenso del derecho romano, que no es favorable a la mujer, y sólo reconoce al pater familia. Por caso, el uso obligatorio del apellido del esposo por parte de la mujer, data del siglo XVII. En cambio, dice Sévillia, “entre los siglos V y X la Iglesia lucha por limitar los casos de anulación (matrimonial) y por prohibir el repudio (de la mujer por el marido) -costumbre romana y germánica”. Lo que con el correr de los siglos pudo ser visto como un corsé -el matrimonio indisoluble- era en realidad en los primeros tiempos una protección para la mujer.

Pero, parafraseando a Heers, es más fácil hacer feminismo a la sombra de la ignorancia.

La hegemonía de la Iglesia en lo político, cultural y social en la Edad Media es algo natural, fruto de la historia, no es un artificio ni una imposición. Luego de la descomposición del Imperio Romano, los obispos asumieron la defensa de las ciudades ante los embates de los bárbaros. Los obispos de esos tiempos eran verdaderos hombres de Estado. Y en casi toda Europa, la iglesia fue anterior a las naciones.

“Entre los siglos V y VIII, rezando, predicando y construyendo, los monjes evangelizan Europa occidental: Irlanda, Gales, Escocia, Bretaña, Inglaterra -dice Sévillia-. Antes de que se dibujen las fronteras nacionales, Europa ya es cristiana”.

De a poco, los historiadores están dando vuelta esta imagen de la Edad Media -y especialmente en Francia, con los trabajos de Jacques Le Goff, Georges Duby y los ya citados Pernoud y Heers, entre otros-.

Pero entonces, a medida que surge una imagen más real y positiva del medioevo, los anticlericales de todas las tendencias buscan ahora relativizar la influencia de la Iglesia en ese período. Así como antes la señalaban por el oscurantismo, ahora pretenden negarle todo rol en la brillantez.

En el año 2001, se organizó en Francia un coloquio, cuya frase disparadora era: “¿La Edad Media fue cristiana?” La fundamentación para esta pregunta era que “las fuentes medievales estarían dando una visión de la Edad Media más religiosa que la real”.

No sólo quieren descristianizar la Navidad, también pretenden hacerlo con la Edad Media.

No sin ironía, Sévillia decía: “Les deseamos buena suerte a los historiadores que salen a la búsqueda de una Edad Media no religiosa; no existe tal cosa. La época medieval creía en Dios, no son solo los archivos los que lo atestiguan, son los humildes oratorios o las macizas catedrales, son los millares de pueblos que llevan el nombre de un santo patrono. Y las cruzadas”.


Cruzadas, Edad Media
Las cruzadas de la Edad Media

Y, ya que de Notre-Dame se trata, no faltaron los intentos de laicizar el monumento.

Ya en junio de 2019, poco después del incendio, Jean-Philippe Hubsch, gran maestro de la principal logia masónica de Francia, el Grand Orient, dijo que Notre Dame, “ese monumento histórico nacional, es un sitio de cultura” y “no de culto”.

Karine Dalle, directora de comunicación de la diócesis de París replicó que la catedral “es y seguirá siendo un lugar de culto, de fe, un lugar de acogida, de generosidad, de gratuidad”. Y remató: “De todo, salvo de lo que es la francmasonería”.

En este coro de iconoclastas, no podía faltar Jean-Luc Mélenchon, el referente de la extrema izquierda francesa, para quien “por supuesto que Notre-Dame acoge a todo el mundo, y la fe católica la anima, pero ella no pertenece a nadie o bien a todo el mundo, como las pirámides de Gizeh”.

Como si el carácter católico del edificio fuera fruto de la casualidad, un detalle menor. Pero allí está el monumento medieval con su rica fachada, que representa las escenas del Evangelio para que todos los fieles pudieran “leerlo”, para desmentir esto.

Quizás por falta de lectura, como diría Heers, o sin temor a las contradicciones, Mélenchon agregaba: “Que el edificio sea religioso no impide que sea la encarnación de la victoria de nuestros antepasados contra el oscurantismo”.


Edad Media, Notre-Dame
Representación de cómo sería Notre Dame en el 1200, bajo el reino de Philippe Auguste. Realizado por Jacques van Merlen (c.1640)

Varias veces desde el incendio, el entonces arzobispo de París, monseñor Michel Aupetit, tuvo que salir a aclarar que Notre-Dame es y sigue siendo un sitio de culto: “¿Se puede realmente, por ignorancia o ideología, separar la cultura y el culto? Lo digo con fuerza: una cultura sin culto se vuelve incultura. Basta ver la ignorancia religiosa abismal de nuestros contemporáneos en la exclusión de la noción divina y del mismo nombre de Dios en la esfera pública invocando una laicidad que excluye toda dimensión espiritual visible. Como todo edificio, la catedral comprende una piedra angular que sostiene el conjunto. Esa piedra angular es Cristo”.

miércoles, 28 de agosto de 2024

Reportaje al historiador Ismael Arce

 Publicado en el portal Infobae en 17 de agosto de 2024   


El 17 de agosto de 2024, con motivo de recordarse un nuevo aniversario del fallecimiento del brigadier general don José de San Martín, se publicó en el portal de Infobae un reportaje al profesor e historiador Ismael Arce. 
Si bien coincidí con muchos de los conceptos allí vertidos y considerando algunas respuestas poco claras, le envié a dicha persona una carta al correo electrónico que me informó la editorial "El emporio ediciones":  ismaarce@hotmail.com , que publicó uno de sus libros.
El reportaje puede leerse a través del siguiente link:

y la carta que le envié se transcribe a continuación. 
Aclaro que en caso de recibir respuesta, la misma la publicaré en este Blog. 

Villa Ballester, 22 de agosto de 2024.

Sr. profesor Ismael Arce

De mi consideración.

Con motivo de un nuevo aniversario del fallecimiento del Brigadier General de la Confederación Argentina, don José de San Martín, se publicó en el portal INFOBAE el 17 ppdo. un reportaje que le hizo el periodista Luciano Sáliche, sobre distintas características del prócer, titulado el mismo “San Martín ‘detrás del mito’: monárquico, austero e imperfecto”.

Antes de proseguir, me voy a presentar. Soy Norberto Jorge Chiviló, tengo 77 años, soy abogado, tengo el honor de haber nacido en la ciudad que lleva el nombre del Padre de la Patria, de la provincia de Buenos Aires.

Fundé en mi ciudad natal dos periódicos, uno EL GRAN AMERICANO en el año 2004 y que dirigí en sus tres primeros números y en diciembre de 2006, fundé el periódico cultural EL RESTAURADOR, de aparición trimestral, de distribución gratuita y normalmente de 16 págs. Se editó en formato papel y también en versión PDF. Pude publicar 54 números hasta que por la pandemia del Covid 19, no pude seguir con esa tarea. Una persona muy generosa, armó un blog Periódico El Restaurador, que contiene más de 900 artículos. Además soy colaborador de la revista Todo es Historia.

Como Ud. cuenta en ese reportaje, yo también me interesé por nuestra historia desde la preadolescencia, allá por fines de la década del ’50 y principios de la del ’60 del siglo pasado. En aquel entonces, en la escuela nos enseñaban sobre lo mejor de San Martín y lo peor sobre Rosas, el cuentito de las persecuciones, la Mazorca y demás mentiras.

Pero en aquellos años pude leer la cláusula 3ra. del testamento del prócer, donde lega su sable al Restaurador. Mi mente infantil hizo un click, pues razoné que si San Martín era tan bueno, no podía haberle legado su sable a un tirano como nos lo pintaban a Rosas.

Gracias a San Martín, llego a considerar a Rosas como gran personaje de nuestra historia. Seguí con las lecturas históricas y mi consideración hacia Rosas se fue acrecentando día a día. Soy rosista porque soy sanmartiniano.

Como les digo a muchas personas, yo me avivé –gracias a San Martín– de cómo venía la historia, quienes eran los verdaderos próceres y quienes eran los otros de pacotilla. Pero como yo me avivé de chico, hay otros grandulotes, que siguen las huellas de la llamada historia oficial, la “gran historieta”, como yo la denomino. Otros, que se definen como sanmartinianos pero son contrarios a Rosas, como no lo fue nuestro querido Padre de la Patria, muy por el contrario, pero bueno, allá ellos.

En la revista SER EN LA CULTURA N° 28, escribí el artículo “El General San Martín, el primer rosista”, al cual puede acceder para su lectura, mediante el link que figura más abajo.

Ya que pude informarle algo de mí, vuelvo al reportaje. Si bien concuerdo con muchas de sus apreciaciones sobre San Martín, me llamaron la atención algunas de sus manifestaciones, cuando Ud. dice:

1. Sobre San Martín que tiene “sus cosas no tan buenas”. Le pregunto, ¿cuáles son a su entender esas “cosas no tan buenas”?

2. Cuando le asigna a San Martín, participación en el reconocimiento por parte de Gran Bretaña, de nuestra independencia (Tratado de 1825), atribuyéndole funciones de “diplomático”. No tengo registro de que ello hubiera sido así. Cuando San Martín, se alejó de Buenos Aires, rumbo a Europa, lo hizo motivado por la hostilidad del gobierno de Buenos Aires hacia su persona, por lo cual hubiera sido insólito que le hubiera encomendado funciones como “diplomático” o de cualquier otra índole. ¿Qué gestiones realizó para lograr el reconocimiento? Le agradecería si Ud. me diera a conocer las fuentes de su afirmación.

2.1. Durante el gobierno de Rosas, sí se le propuso ser representante en el Perú, pero por razones éticas, San Martín no aceptó.

2.2 Durante la intervención anglofrancesa, si bien San Martín, no tenía el carácter oficial de embajador, sí prestó importante servicio a la Confederación Argentina en Europa, a favor de los intereses de nuestro país. Le paso el link, de un artículo publicado en mi periódico donde traté ese tema.

3. Ud. dijo: “Sí, es un personaje que tanto la extrema izquierda como la extrema derecha, como para catalogar a las ideologías a grandes rasgos, pasando por el centro, por supuesto, tienen en San Martín un punto de referencia ineludible. Y por otro lado, aún contra algunas verdades y atribuyéndole pensamientos o posturas o actitudes que son un poco forzadas para adaptarlas a la ideología que esté apropiándose de San Martín. Por ejemplo, el extremo nacionalismo, que uno tiene más asociado a lo que sería la derecha, hace mucho hincapié en la relación con Rosas, entonces toman una parte y otra parte la dejan de lado porque no eran tan buenos los conceptos de San Martín sobre Rosas…”

Le pido si puede aclarar que quiso significar con “…aún contra algunas verdades y atribuyéndole pensamientos o posturas o actitudes que son un poco forzadas para adaptarlas a la ideología que esté apropiándose de San Martín”. ¿Cuáles son “algunas verdades”? ¿Cuáles son los “pensamientos o posturas o actitudes que son un poco forzadas para adaptarlas a la ideología que esté apropiándose de San Martín”. Con respecto a la relación de San Martín con Rosas: ¿Cuáles elementos son tomados en cuenta por los partidarios de Rosas y que otras dejan de lado “porque no eran tan buenos los conceptos de San Martín sobre Rosas…”?

Ud. ¿puede indicar cuál era el pensamiento político de San Martín, con respecto a Rosas?, ¿cómo fue la relación entre ambos? ¿Leyó la correspondencia que intercambiaron durante doce años? Y en caso afirmativo ¿qué podría comentar al respecto?

En su reportaje, no hace ninguna mención a un hecho político importantísimo de la vida del Libertador, cual es el legado del sable corvo a Rosas. No mencionar ese acto trascendental en el reportaje, es ningunear en cierta forma a San Martín, además no mencionar la relación y conceptos que tuvo sobre Rosas y la Confederación Argentina y la opinión que tenía sobre los unitarios, es otra de las “ninguneadas”.

Le mando el link sobre el artículo que en el mes de enero pasado publicó la revista Todo es Historia de mi autoría sobre el testamento de San Martín.

4. Ud dijo: “…Porque Rosas es otra figura multifacética que no podés abarcar en dos palabras: tiene cosas que vos podés aplaudir y otras cosas que, por lo menos en mi criterio, son horribles”.

Le pregunto ¿Qué cosas de Rosas, a su criterio, son para “aplaudir”? y ¿qué otras cosas “son horribles”? 

Desde ya y a la espera de su contestación, le mando un atento saludo.

                                  Norberto Jorge Chiviló


Links:

lunes, 20 de noviembre de 2023

Combate de Vuelta de Obligado

 Con motivo de conmemorarse un nuevo aniversario del Combate de la Vuelta de Obligado, en la sección  Sociedad del portal INFOBAE del 18 de noviembre de 2023, se publicó el siguiente artículo, que compartimos con nuestros lectores.

Vuelta de Obligado

"¿Estamos en guerra con Buenos Aires?": el debate que la Vuelta de Obligado suscitó en los parlamentos de Inglaterra y Francia

Hubo interpelaciones a los responsables de la política exterior de esas potencias coloniales, porque unos no podían entender y otros explicarse cómo no habían triunfado en su intento de imponer su voluntad en este rincón del mundo

por Pablo Yurman

La guerra que sostuvo nuestro país, por espacio de cinco años, contra la armada anglo-francesa en la década de 1840, y que tuvo como fecha icónica el 20 de noviembre de 1845, día del Combate de Vuelta de Obligado, sobre el río Paraná, fue cubierta con marcado interés por la prensa internacional, y además constituyó tema de permanente debate en los parlamentos tanto en Inglaterra como de Francia. 

Para comprender los motivos por los que ambas potencias decidieron financiar una armada que superaba el centenar de buques, en su mayoría mercantes, escoltados por una veintena de naves de guerra, debe tenerse en cuenta el contexto internacional de mediados del siglo XIX.

Eran años en los que en varias partes del mundo se asistía a una expansión del colonialismo británico, y también francés, que por la vía diplomática o por el uso de la fuerza -recordemos que se trataba de las principales potencias militares y económicas de la época- obtenían en todos lados las más variadas concesiones de diversos pueblos sometidos. Por ejemplo, el primer ministro Lord Robert Peel logró la firma del Tratado de Nankín con China en 1842 por el cual se puso fin a la primera guerra del opio, y le permitió a Inglaterra apoderarse de la célebre isla de Hong Kong (cuyo control retuvo hasta su cesión en 1997) y la apertura económica de China a sus productos industriales. Era una época en la que la diplomacia británica no aceptaba de buen grado una negativa a sus demandas por parte de otros países.

Combate de Vuelta de Obligado
La firma del Tratado de Nankin, 1842

Los franceses no se quedaban muy atrás. Y en tren de reivindicaciones territoriales sostenían un vasto imperio colonial en todos los continentes. Al tiempo que inventaban el término “Latinoamérica” (jamás usado en los siglos precedentes), no se privaron ni de bombardear el puerto mexicano de Veracruz (1838) ni de instalar a un emperador dócil a la sugerencia de establecer un tutelaje galo sobre México, como fue el caso del  desdichado Maximiliano (1864-1867).

Era, por tanto, cuestión de esgrimir una buena excusa para iniciar formalmente hostilidades contra una nación que, como la Argentina, controlaba la comercialmente estratégica boca del estuario del río de la Plata, la que a su vez constituía el paso previo para la navegación por los ríos Paraná, Paraguay y Uruguay, que eran la llave de ingreso al interior del continente.

Máxime cuando había un punto débil para la Argentina de aquellos años que será astutamente aprovechado por las potencias invasoras: nuestra guerra civil entre unitarios y federales que había provocado el exilio de muchos de los primeros en Montevideo, desde donde prestarían su ayuda a los enemigos externos del país.

Raúl Roux
Francia usó como excusa el reclamo al gobierno presidido por Juan Manuel de Rosas de que a sus ciudadanos se les diera el mismo trato privilegiado que ya tenían los residentes británicos en nuestro país (concesión que venía de tiempos de Bernardino Rivadavia). Por su parte Inglaterra reclamaba que los ríos internos en territorio argentino fuesen de libre navegación internacional, es decir, que naves de bandera británica circularan por ellos sin necesidad de autorización del gobierno argentino.

Años antes habíamos mantenido un conflicto militar similar con Francia, entre 1838 y 1840, que se concluyó con la firma del Tratado Arana-Mackau. Al respecto señala Edmundo Heredia (en Un conflicto regional e internacional en el Plata. La vuelta de Obligado) que “la prepotencia francesa desnudó su imperialismo al mezclar sus pretensiones comerciales con su apoyo a los unitarios proscriptos, entrometiéndose así en una cuestión interna de los rioplatenses. Las concretas intervenciones de fuerzas navales francesas acompañadas de declaraciones y otras actitudes nada amistosas del gobierno de Francia, eran una demostración ostensible de su decisión de mantener siempre una presencia activa en el continente”.

La negativa argentina, expresada en un incesante intercambio de notas diplomáticas entre nuestro canciller, Felipe Arana, y los funcionarios europeos, se mantuvo incólume, lo que derivó en el inicio de hostilidades. La resistencia militar argentina en la Vuelta de Obligado fue saludada por los pueblos americanos que la reivindicaron al nivel de una segunda guerra por nuestra independencia. Resultó que nuevamente ingleses y franceses deberían lidiar con uno de los pocos pueblos del planeta dispuesto a hacerles frente.

Dice Vicente Sierra en su Historia de la Argentina que “ya en enero de 1846 en el Parlamento inglés se hizo escuchar la voz de la oposición liberal ante un desarrollo de los hechos del Plata que no se ajustaba a lo que la mayoría había supuesto.” (tomo IX, pág. 275). Y agrega respecto de las bases para una salida negociada a la crisis, propuesta formulada por Rosas a través del representante argentino en Londres, Manuel Moreno, que “Lord Aberdeen dijo ante la Cámara de los Lores, el 19 de febrero de 1846, que si bien se trataba de proposiciones inadmisibles, ‘podían muy prontamente conducir a un arreglo amistoso de toda la cuestión.”

El 23 de marzo de 1846 Lord Peel fue interpelado en el parlamento, sitio en el que tuvo que responder las preguntas del vocero de la oposición, Lord Aberdeen (tiempo después pasará de la oposición al gobierno). A las preguntas relacionadas con el estado de la cuestión del Plata, a saber: si existía un estado de guerra entre Gran Bretaña y la Confederación Argentina, y fundamentalmente, sobre las perspectivas que razonablemente tendría el asunto, Peel respondió diciendo: “¿Estamos en guerra con Buenos Aires? No ha habido declaración de guerra. Hay un bloqueo de ciertos puertos del Río de la Plata pertenecientes a Buenos Aires; pero no entiendo que el establecimiento de un bloqueo importe necesariamente un estado de guerra. La segunda pregunta del noble Lord es si las operaciones de carácter más hostil en las márgenes del río Paraná tenían la sanción previa del Gobierno. Dije ya que no había dado instrucciones ningunas al representante del gobierno o al comandante de las fuerzas navales además de las que fueron comunicadas a la Cámara, y aunque parezca singular hasta hoy no se ha recibido aún una explicación amplia o satisfactoria de los motivos que hubo para la expedición del Paraná…”(citado por Vicente Sierra en Historia de la Argentina).

Sostiene Heredia que “las razones por las cuales, entre otras alternativas, la flota conjunta decidió forzar el paso fluvial en lugar de atacar un puerto o llevar a cabo alguna otra medida de fuerza, o hasta declarar la guerra, son por ahora objeto de conjeturas. Resulta extraña la pretensión de colocar mercaderías contenidas en casi una centena de barcos, en un mercado incierto y de escasa población; es poco creíble que comerciantes y fuerzas armadas creyeran realizar un buen negocio, en términos estrictamente comerciales. La hipótesis que parece más plausible, que puede inferirse por los hechos ocurridos, es que la opción procuraba movilizar en contra de Rosas a las provincias situadas al Norte (Santa Fe, Entre Ríos, Corrientes) y al Paraguay; es decir, producir un hecho detonante que provocara una reacción generalizada contra Rosas.”

En efecto, varios documentos y testimonios de la época dan cuenta del interés por parte del Brasil de sacar ventajas de la intervención europea en perjuicio de la Argentina, procurando su debilitamiento en combinación con el Paraguay. Llegó a manejarse la posibilidad de crear una artificial República de la Mesopotamia, es decir, el desmembramiento del territorio argentino.

Las tensiones parlamentarias en Francia estaban a la orden del día a raíz de los sucesos en Sudamérica. François Guizot era el ministro de relaciones exteriores francés y será poco tiempo después primer ministro coincidiendo con el reinado de Luis Felipe. Al comparecer a la Asamblea Nacional fue duramente interpelado por un viejo adversario, Adolfo Thiers, en línea similar a la de los parlamentarios ingleses.

Al respecto expresa Sierra que “Guizot no podía defenderse muy eficazmente, pues su política rioplatense distaba de ser coherente, revelaba contradicciones, de manera que se limitó a exponer que no se podía aún hablar de que la intervención hubiera fracasado. La verdad era, en cambio, que ni Guizot ni Aberdeen lograban explicarse cómo no habían triunfado.”

Constituye un lugar común en ciertos sectores de nuestra historiografía, guiados más por prejuicios que por rigor y exhaustividad histórica, considerar a la actitud argentina de resistir las demandas extranjeras como un capricho de Rosas. Además de omitir decir que ese conflicto culminó con una victoria diplomática de nuestro país, olvidan que al tiempo que fue una guerra internacional, también lo fue regional, en la que por una suma de intereses y circunstancias se jugaba nuestro destino: o salvaguardar nuestra integridad y dignidad, o atomizarnos en un mosaico de pequeños estados irrelevantes en el tablero internacional.

sábado, 20 de noviembre de 2021

Combate de Vuelta de Obligado

Infobae 20 de noviembre de 2021

Día de la Soberanía: cuando la diplomacia argentina se impuso a Inglaterra y Francia



Combate de Vuelta de Obligado

Muchos historiadores se empeñan -hasta se complacen- en subrayar que Vuelta de Obligado fue una derrota militar. Pero olvidan el desenlace final de la agresión anglofrancesa contra la Confederación, que fue la frustración de la nueva aventura colonial de las potencias europeas en el Río de la Plata



Por Pablo Yurman - Profesor, director del CEHCA


El famoso combate de la Vuelta de Obligado, el 20 de noviembre de 1845, fue apenas el inicio en términos bélicos de una guerra que nos enfrentó contra las dos principales potencias militares de la época, Francia e Inglaterra. Tras esa inicial derrota para las armas criollas, que pese a ello sirvió para encender el patriotismo local y el sentimiento de solidaridad continental, siguieron sucesivas acciones de hostigamiento a la flota anglo-francesa que remontaba el río Paraná con destino a Paraguay, con episodios memorables como, San Lorenzo y Punta Quebracho, entre otros.

Llama la atención el relativo olvido en el que ha caído el triunfo final argentino, sellado por los tratados conocidos como Arana- Southern y Arana- Le Predour, firmados por los delegados inglés y francés, respectivamente, haciéndolo en representación del gobierno argentino el canciller Felipe Arana. En realidad, acaso cabe una explicación: el período que va de 1835 en que Juan Manuel de Rosas asume la gobernación de Buenos Aires, hasta su derrota en Caseros en 1852 se resumió durante las décadas posteriores como “la tiranía”, sin matices ni atenuantes, y por supuesto sin hechos rescatables desde ningún punto de vista.

A mediados del siglo XIX, Gran Bretaña y Francia se lanzan, por razones similares aunque no idénticas, a aventuras colonialistas con el fin de consolidar sus respectivos imperios. La primera, indiscutida potencia naval y pionera industrial, necesitaba sí o sí que sus buques pudieran navegar libremente los ríos de la cuenca del Plata, única vía comercial de entonces para llegar al corazón del continente. Francia, humillada tras la caída de Napoleón, anhelaba recuperar su orgullo nacional con nuevas conquistas, aunque no descartaba asimismo beneficiarse con la obtención de mercados donde colocar sus manufacturas. En 1845 ambas naciones convendrán en formar una armada conjunta que puso proa rumbo al estuario del Plata. 

Para calibrar la verdadera dimensión de esta guerra, que habrá de prolongarse por cinco años, no puede dejarse de advertir que, sea por las buenas -presiones diplomáticas- o por las malas -a cañonazos-, desde el puerto de Veracruz en el Caribe, hasta China, ambas potencias europeas no estaban acostumbradas a recibir una negativa por los gobiernos locales en respuesta a sus intimidaciones. El único país que les hizo frente y que tras largos años de lucha y privaciones de todo tipo de su población pudo coronar con un triunfo diplomático semejante ataque será la República Argentina.


Juan Manuel de Rosas, gobernador de la provincia de Buenos Aires y responsable
 del manejo de las relaciones exteriores de toda la Confederación Argentina

Una necesaria aclaración sobre la situación institucional de nuestro país durante el período que va de 1845 a 1850. El nombre más comúnmente utilizado era Confederación Argentina, constituida políticamente a partir del Pacto Federal de 1831, documento al que adhirieron todas las provincias. Cada provincia se administraba a sí misma y todas juntas estaban unidas en forma confederal. El gobernador de una de ellas, la de Buenos Aires, Juan Manuel de Rosas, además del gobierno local, estaba a cargo del manejo de las relaciones exteriores de toda la Confederación. Es decir que en caso de conflicto internacional Rosas representaba a todas las provincias. Para el cargo de Ministro de Relaciones Exteriores contará con Felipe Arana, abogado porteño, que obtuvo su título en la Real Universidad de San Felipe, en Chile. Ejemplo de un diplomático afortunadamente más pendiente de defender los intereses nacionales que de detalles de etiqueta, tal como se verá. 

Las hostilidades estallaron ante el ultimátum presentado por Inglaterra y Francia por el cual exigían que la Argentina reconociera que la navegación de los ríos Paraná y Uruguay era libre para naves de cualquier bandera, sin necesidad de autorización expresa del gobierno argentino.

Como se dijo, si los barcos europeos cargados de mercaderías industriales no podían remontar ambos ríos, sobre todo el Paraná, sería imposible llegar a importantes mercados compradores como ser, Paraguay, pero también Bolivia y la zona de Mato Grosso en Brasil. Hablamos por tanto del acceso al núcleo del continente no sólo en un sentido geográfico sino también demográfico (las zonas de Bolivia que habían constituido el Alto Perú eran por entonces más pobladas que nuestro Litoral) y económico, elementos indispensables para una aventura comercial como la que analizamos.

El argumento de nuestro país era lógico, coherente con el derecho internacional y hasta de sentido común: la navegación de un río que corre por territorio de un país no es libre como pretendían ingleses y franceses, sino sometida a la reglamentación que establezcan sus autoridades, tal como lo era la navegación por el río Támesis o el Sena, ambos interiores y que no podían ser surcados por barcos que no fueran ingleses y franceses, respectivamente, salvo expresa autorización de esas naciones. No es que Argentina rechazara la navegación de sus ríos interiores, sino que en ejercicio de su soberanía sostenía que debía ser previamente autorizada por nuestras autoridades. Y para el caso del río Uruguay, toda vez que la República Oriental del Uruguay era un estado independiente, la autorización debía ser de común acuerdo entre ésta y la Argentina. 

En virtud de la inferioridad militar evidente de Argentina frente al despliegue bélico de la flota invasora, Rosas adoptó la táctica de una guerra de desgaste. En definitiva, su astucia consistió en entender cuál era la lógica de la aventura colonial anglo-francesa: en esencia una empresa mercantil con fuertes intereses económicos de la City de Londres. Así, una de sus primeras medidas fue la suspensión del pago de los intereses del empréstito contraído con la casa Baring en tiempos de la presidencia de Rivadavia.

El paso del tiempo, sin que los buques mercantes de las potencias agresoras pudieran desembarcar adecuadamente sus mercaderías en los puertos prefijados, sumado a ello los daños ocasionados por las baterías móviles que Lucio Mansilla montaba según que la flota se dirigiera río arriba o en dirección contraria, jugaron su carta favorable a la posición argentina.

No fue menor la ayuda prestada al gobierno de Rosas por el general José de San Martín residente por entonces en Francia. Deliberadamente se interesó en la publicación, en diarios ingleses y franceses, de una carta por él dirigida al cónsul inglés en París, en la que daba las razones por las que, desde el punto de vista militar, la empresa anglo-francesa estaba condenada de antemano a un rotundo fracaso. La opinión del Libertador fue citada incluso cuando la continuidad de la guerra llegó a discutirse en la Asamblea Nacional de Francia y tuvo amplia repercusión en la opinión pública de ambas naciones interventoras en el Plata por el bien ganado respeto que un militar estratega como San Martín poseía. 

José de San Martín en 1948, a los 70. Un par de años antes, fue consultado sobre el conflicto en el Río de La Plata, su opinión fue publicada en la prensa inglesa y francesa y tuvo un fuerte impacto

Vale la pena leer un extracto de esa carta en la que San Martín vertió sus opiniones: “Bien sabida es la firmeza de carácter del jefe que preside la República Argentina (en referencia a Juan Manuel de Rosas): nadie ignora el ascendiente muy marcado que posee sobre todo en la vasta campaña de Buenos Aires y resto de las demás provincias; y aunque no dudo que en la capital tenga un número de enemigos personales, estoy convencido [de que] la totalidad se le unirán y tomarán una parte activa en la actual contienda. (...) Yo no dudo un momento podrán (las dos potencias) apoderarse de Buenos Aires con más o menos pérdida de hombres y gastos (...), pero aun en este caso estoy convencido que no podrán sostenerse por mucho tiempo en posesión de ella (...). Sostener una guerra en América con tropas europeas, no sólo es muy costoso, sino más que dudoso su buen éxito. Tratar de hacerla con los hijos del país; mucho dificulto y aun creo imposible encuentren quien quiera enrolarse con el extranjero. En conclusión: con 8.000 hombres de caballería, del país y 25 o 30 piezas de artillería, fuerzas que con mucha facilidad puede mantener el general Rosas, son suficientes para tener en un cerrado bloqueo terrestre a Buenos Aires, sino también impedir que un ejército europeo de 20.000 hombres salga a 30 leguas de la capital, sin exponerse a una completa ruina por falta de todo recurso; tal es mi opinión y la experiencia lo demostrará…”

Guerra del Paraná
Felipe Arana
La primera en enviar un embajador plenipotenciario a negociar las condiciones del cese al fuego fue Inglaterra, en uso del proverbial pragmatismo de su élite política. El 24 de noviembre de 1849 Enrique Southern, enviado del gobierno británico a Buenos Aires, firmó con el canciller Arana el célebre tratado por el que Inglaterra se comprometía a devolver los pertrechos tomados durante la lucha, desocupar la isla de Martín García, saludar en desagravio a la bandera argentina y reconocer que la Argentina como país soberano posee el derecho de reglamentar como lo considere apropiado la navegación de sus ríos interiores. No se incluyó la ya por entonces espinosa disputa por Malvinas (ocupada por Inglaterra desde 1833) aunque la Argentina por documento separado volvió a reclamar su soberanía sobre el archipiélago. 

Dato curioso: en rigor, Southern había llegado muchos meses antes a Buenos Aires, pero al presentar sus credenciales a Rosas, éste juzgó insuficientes las facultades con las que venía investido. Fue necesario gestionar nuevas cartas que la reina Victoria firmó en su residencia veraniega, el castillo de Balmoral, en Escocia.

Francia, sacudida por la revolución interna de 1848 ya no estaba en condiciones de continuar con su aventura colonialista en Sudamérica, razón por la cual, tras días de debate parlamentario, debió aceptar las cláusulas del tratado firmado por el jefe de la escuadra en el Plata el almirante Fortunato Le Predour, que establecía términos similares al acuerdo con los ingleses. La victoria militar y diplomática de la Confederación Argentina fue saludada por todos los pueblos hispanoamericanos que la vivieron como un triunfo propio. Recordarlo permite reflexionar sobre algo siempre vigente: si fuimos capaces de eso, frente a las dos principales potencias militares del mundo, entonces somos capaces de cualquier cosa.