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jueves, 27 de noviembre de 2025

Una fiesta en los Cerrillos - Estanislado López - Manuel Bilba0 - Manuel A Bilbao Rivero - Rosas

 

Manuel A. Bilbao -hijo del  escritor Manuel Bilbao-, nacido en Buenos Aires en 1871 y fallecido en 1935, en 1902 escribió un interesante libro titulado "Buenos Aires. Desde su fundación hasta nuestros días, especialmente el período comprendido en los siglos XVIII y XIX" -editado en Buenos Aires en 1902 en la Imprenta de Juan A. Alsina-.

Muchos años después, en 1934, escribió "Tradiciones y recuerdos de Buenos Aires". 

Reproducimos ahora el capítulo 95 de esta última obra.








viernes, 4 de febrero de 2022

Alberto Mondragón - Estanislao López

A mediados de la década del '60 Alberto Mondragón redactó unas breves biografías bajo el título "Figuras rosistas", que fueron publicadas en distintos periódicos y revistas (Revista o períódico El Puente, Revista Doctrina, entre otras). 


FIGURAS ROSISTAS 

(El Puente)


Octava figura

ESTANISLAO LÓPEZ



Para el 1838 la Argentina se consolida firmemente en una Federación bajo la mano férrea de Rosas, llegándose a ello por los tremendos errores y sus sangrientas consecuencias, de los liberales y unitarios. Desde luego en un aspecto, mas la razón la daba la irreductible posición de los federales, y esa suma de errores. La razón de los hechos históricos producidos, fue en definitiva la conformación nacional de los ideales mantenidos por los creadores de un sistema, que para ese 1838 tuvo en el destino final de uno de ellos —López— el “Patriarca de la Federación” el comienzo en continuidad de —Rosas— el “Restaurador de las Leyes”.

Rosas y López, López y Rosas eran la síntesis, que con Quiroga, formaron la trilogía federal que sostendría el edificio nacional en conformidad popular hasta Caseros; Quiroga en el Interior, López en  la Mesopotamia y Rosas en Buenos Aires daban clara cuenta de lo que ambicionaban los pueblos: la autonomía provincial en Federalismo, frente al centralismo unitario y extranjerizante.

Tanto a Rosas, como a Quiroga y López lo consolidado con sus esfuerzos marcan los rumbos a seguir en la Argentina de hoy y mañana.

A Estanislao López se le ha reivindicado en su Santa Fe, cosa curiosa que una figura rosista tenga pedestal, calles y escuelas con su ilustre nombre!, más si eso lo es, sólo de Santa Fe se trata, pues López como figura nacional y rosista es desconocida; una vez más la historia falsificada al parcializar lo opaca: el “Patriarca de la Federación” es “sólo” de Santa Fe.

En 1818 el Cabildo de Santa Fe, en un hecho revolucionario, asume la soberanía provincial haciendo de Santa Fa una provincia y designando Gobernador —primer Gobernador— al Comandante en Armas Don Estanislao López.

Los directoriales de Buenos Aires no aceptan esta primera descentralización de su poder y oleadas de invasores —Balcarce, Viamonte— penetran en Santa Fe; son siempre vencidos. Los pueblos se arman y Buenos Aires debe aceptar, tratado tras tratado, —Pilar, Cuadrilátero— dan a López singular primacía en los levantamientos del interior que se suceden en continuidad; el “Patriarca de la Federación” tiene ya su característica y su nombre es bandera federalista.

El Tratado de Benegas —24 de Noviembre de 1820— lo relaciona con un joven estanciero bonaerense que con lealtad y honestidad da cumplimiento —sobrado cumplimiento— del envío de 25.000 cabezas de ganado como garantía de la paz entre Buenos Aires y Santa Fe; de ahí nació la vinculación con Don Juan Manuel de Rosas, un porteño muy diferente a los que hasta ese entonces conocía, todo un gaucho, y ¡sin levita!, que era tal su poder de comprensión que para López un hombre íntegro, encontró un intérprete de su claro pensamiento nacional; de ahí la firmeza con que sostuvo, a través de varias vicisitudes, hasta su muerte en 1838 la política coherente de su amigo Rosas. Las ciento y pico de cartas intercambiadas dan la pauta cierta de la identidad de ambos caudillos.

Sus esfuerzos no fueron vanos, su fe en Rosas se cumplió en un aspirado deseo de su pensamiento federal, el “Pacto Federal” del 4 de Enero de 1831 en unión con Buenos Aires, Entre Ríos y Corrientes y luego todas las provincias, dieron cima al levantado deseo del “Patriarca de la Federación” de crear una liga interprovincial por la que bregaba desde 1818, tratado éste del 4 de Enero verdadera constitución que rigió la Confederación de Rosas y que imprimió un soplo argentinista a la Constitución de 1853.

Su obra marcó rumbo a otras provincias y fue el precursor —en su Constitución de Santa Fe en 1819— del sufragio universal, creador de pueblos y ciudades, extendió la frontera en lucha con el indomable indio, etc., que hace de este caudillo una figura progresista y realista, una figura rosista en el desarrollo de los tratados federales y un gran argentino conformado con conciencia nacional.

Alberto A. Mondragón

sábado, 1 de diciembre de 2018

Una carta de San Martín

  Publicado en el Periódico El Restaurador - Año XIII N° 49 - Diciembre 2018 - Pags. 1 a 7 

Una carta de San Martín

Por Norberto Jorge Chiviló

Juan Manuel de Rosas
San Martín. Óleo de Edelmiro Volta. Liceo Militar Gral. San Martín


En la edición del diario La Nación del domingo 21 de octubre ppdo., se publicó en la tapa la siguiente noticia: “De puño y letra. Qué dice una carta inédita de San Martín. En el texto de 1820, afirma que no existe sociedad sin orden”, el artículo continuaba en la página 26.

Allí se explicaba que “En 1820, el día anterior a su partida desde Chile con la Expedición Libertadora del Perú, José de San Martín envió una carta de despedida al Cabildo de San Juan”.

La carta, en aquél momento, quedó en poder de Tadeo de Rojo y Maurín, quien fuera Regidor, Alcalde y Alférez Real, integrante de aquel Cabildo, conservada por su familia durante casi dos siglos, pasando así de mano en mano por ocho generaciones, estando actualmente en poder del abogado Luis Ponferrada, quien acertadamente manifestó que la misiva la iba a donar al Archivo General de la Nación, porque “está bien organizada y hay expertos que saben cómo guardar las cosas… y pueda ser consultada por todos”, considerando así al lugar como el más adecuado para su conservación, evitándose que la misma con el transcurso del tiempo futuro pudiera llegar a perderse o deteriorarse. Me imagino que para el poseedor de semejante carta será difícil desprenderse de ella, pero la decisión de donarla al Archivo nacional es más que acertada y digno de ser imitada en casos como el suyo.

En otro artículo sobre el mismo tema y aparecido en ese diario tres días más tarde  algunos historiadores opinaron sobre el contenido de la carta. Me llamó la atención lo que manifestó la investigadora del Conicet y docente de la Universidad Nacional de Cuyo, Beatriz Bragoni, quien entre otros conceptos, dijo: “San Martín detestaba el tumulto, y fue adverso a la forma federal de gobierno”, si analizamos estas palabras pareciera que quisiera equiparar el “tumulto”, con la “forma federal de gobierno”, que fueran sinónimos o como queriendo decir que San Martín, por estar en contra de los tumultos, fue adverso al sistema federal de gobierno. Más adelante afirmó: “Tenía un concepto jerárquico de la autoridad y el poder, y creía que para conservar el orden político era indispensable evitar la división de las opiniones o de partidos, en tanto desconfiaba de la rivalidad. Por eso no se pronunció por unitarios o federales”.

Me extraña que la doctora Bragoni, antes de dar semejantes opiniones sobre que San Martín era adverso a la forma federal de gobierno, y que nunca se hubiera pronunciado por unitarios o federales, demuestre desconocimiento de la correspondencia del Libertador intercambiada con otros personajes de la época y sobre todo con la que mantuvo con Rosas durante muchos años y hasta poco meses antes de su fallecimiento. Correspondencia que es muy esclarecedora acerca de las opiniones políticas de San Martín.

Muchos historiadores, la mayoría de ellos seguidores de la llamada “historia oficial”, prácticamente dan por terminada la historia de la vida del general, cuando el héroe parte hacia Europa y la retoma en los últimos años cuando ya se encontraba en el viejo continente. Pero de su relación con la tierra americana y de su correspondencia con Juan Manuel de Rosas, prácticamente nada dicen.

Desde las páginas de este periódico destacamos en varias oportunidades el paralelismo de pensamiento entre quien fue el promotor y artífice principal de nuestra independencia y las de Chile y Perú y la de quien años más tarde se empeñó en sostenerla y mantenerla ante los embates de las dos principales potencias europeas de la época y en nuestro continente del Imperio del Brasil.

De la lectura de esta carta ahora publicada, vemos que San Martín se expresó sobre la necesidad del orden y la unidad en la sociedad. Debemos decir que en otras también lo hizo.

No solo San Martín detestaba el desorden y el tumulto sino que también lo detestaba Rosas. Ambos eran amantes del orden y contrarios a la anarquía. Los dos también querían la unión nacional. Podemos decir que entre estos personajes históricos no hubo opiniones discordantes o contrarias en ningún tema que hiciera a la vida política de nuestro país.

La carta enviada por San Martín al Cabildo de San Juan está fechada el 19 de agosto de 1820, un día antes de la partida de la expedición libertadora al Perú.

Juan Manuel de Rosas
San Martín regresa a Buenos Aires, junio de 1817.
Óleo sobre tela de Francisco Fortuny


En el año 1819 el gobierno de Buenos Aires a cuyo frente se encontraba el Director Supremo de las Provincias Unidas, José Rondeau, estaba en conflicto con los caudillos de las distintas provincias, por las actitudes centralistas, aristocráticas y monárquicas de los hombres de Buenos Aires; además el Congreso había dictado una constitución unitaria y aristocrática, resistida por los pueblos del interior. También ese gobierno había dado el visto bueno a los portugueses para apropiarse de la Banda Oriental que era una provincia argentina, a fin de sacarse de encima a José Artigas. De allí la oposición que encontraron en los pueblos fuera de la ciudad de Buenos Aires, que tenían sentimientos republicanos, federales y antiportugueses.

San Martín, dependía del gobierno de Buenos Aires, que tampoco se preocupaba mucho del Ejército que aquél comandaba. Sí lo ayudaron con recursos y tropas otros gobernadores de provincias.

Ante el asedio de los caudillos, principalmente de Estanislao López y “Pancho” Ramírez, Rondeau, ordenó a San Martín bajar a Buenos Aires con su ejército para sostenerlo en su conflicto con los caudillos federales y atacar Santa Fe. San Martín desobedeció la orden y desoyó el pedido –y por suerte así lo hizo– y continuó con la epopeya libertadora, iniciada años antes.

Por  aquella época, Buenos Aires vivía sus horas anárquicas. Recordemos que el 20 de junio de 1820, fecha en la que murió Manuel Belgrano, se lo recuerda como el día de los tres Gobernadores (Idelfonso Ramos Mejía, Miguel Estanislao Soler y el propio Cabildo de Buenos Aires como cuerpo colegiado). Esta provincia de semana en semana se veía conmocionada por revoluciones y asonadas. La anarquía era total. El día 5 de octubre, el teniente coronel Rosas al frente del 5to. Regimiento de Caballería, llamado los Colorados del Monte –organizados, instruidos y armados por él– restableció la ley y el orden en la Ciudad y el día 10 dio un manifiesto al “benemérito pueblo de Buenos Aires” (ver texto completo en ER N° 1) en el que entre otros conceptos señalaba: "La unión, mis compatriotas, la santa unión. La patria nos la pide. La patria exige de nosotros este corto sacrificio; la patria agonizante clama que no la abandonemos, por preferir a su existencia la de los odios y la de la anarquía... Sin unión no hay patria; sin unión todo es desgracia; todo fatalidades, miserias… sed sumisos a la ley… ¡Odio eterno a los tumultos!, ¡amor al orden!, ¡fidelidad a los juramentos!... ¡obediencia a las autoridades constituídas!...”

Nótese si en estas palabras y pensamiento de Rosas que fueron volcadas en ese Manifiesto, no parecen como si hubieran salido de los propios labios del Libertador. Se destacaba la necesidad de la unión, la sumisión a la ley, el odio a los tumultos (anarquía), amor al orden y la obediencia a las autoridades constituidas. Incluso podemos decir que tales palabras serían aplicables a la actualidad de nuestro país.

El orden y la disciplina de los Colorados del Monte, puesto de manifiesto no solo en el combate, sino después de la victoria, llamaron la atención de los habitantes de la ciudad, por lo que fueron distinguidos y llamados “restauradores de las leyes”. No todos los ejércitos de nuestra Patria eran así, ya que estaban integrados muchas veces por el peor elemento y donde la población era víctima de la arbitrariedad y actuar de esa soldadesca quienes cometían todo tipo de abusos, no solo en los bienes como el pillaje, robos, violación de domicilios, sino también en las personas como golpes, insultos, violaciones…

Si bien en los Colorados también tuvieron cabida elementos marginales, la disciplina impuesta en ese cuerpo de caballería por Rosas, lo hicieron una fuerza militar ejemplar, por el orden y disciplina que imperaban en sus filas.

La actuación del entonces teniente coronel Rosas y sus tropas, en aquellas tristes jornadas de anarquía imponiendo el orden en semejante estado de cosas, le valió el reconocimiento de toda la población.

En el N° 25 del periódico Despertador Teofilantrópico Místico Político, del 12 de octubre que dirigía el padre Francisco de Paula Castañeda dice, refiriéndose al asalto por las tropas de Rosas una semana antes contra los revoltosos: "No puedo dispensarme de anticipar al conocimiento de los pueblos y del mundo, una pequeña idea de la conducta que han guardarlo en su entrada, en su carga y después del triunfo, los vecinos de la campaña. No disparaban un solo tiro que no fuese dirigido a los sublevados. Los que escapaban de las inmediaciones de la plaza respiraban al caer en manos de los voluntarios del comandante Rosas, los cuales les facilitaban sus caballos. Para cargar a una azotea sufrieron un fuego horroroso de la fusilería y de un cañón de la plaza, mientras suplicaban al dueño que abriese, aunque pudieron haber usado de la fuerza; pero más pudo en ellos la ordenanza, pues se les había mandado que venciesen excusando hacer el menor daño posible”. “De estos pasajes sucedieron innumerables ejemplares, que acreditan que el ejército salvador traía en el camino la moderación unida con el valor que les había de dar el triunfo; así es que, antes y después de la victoria, no se ha visto un solo voluntario ebrio, no se ha oído una sola expresión indecente, una sola acción indecorosa, nada que no respirase sinceridad y honradez”.

Fray Cayetano Rodríguez, también le dedicó un soneto a “Los Colorados”, que dice así:

“Milicianos del sur, bravos campeones, / Vestidos de carmín, púrpura y grana, / Honorable legión americana, / Ordenados valientes escuadrones, / A la voz de la ley vuestros pendones  / Triunfar hicisteis con heroica hazaña, / Llenándose de glorias en campaña / Y dando de virtud grandes lecciones; / Gravad por siempre en vuestros corazones / De Rozas la memoria y la grandeza, / Pues restaurando el orden os avisa / Que la Provincia y sus instituciones / Salvas serán si ley es vuestra empresa / La bella libertad vuestra divisa”.

Ese comportamiento ejemplar de las tropas de Rosas, fue reconocido por el ministro diplomático nombrado por O’Higgins en 1818 ante el gobierno de Buenos Aires, Don Miguel José de Zañartú Santa María, que fue testigo directo de los sucesos ocurridos por aquellos días, quien en carta al gobernador de Mendoza Tomás Godoy Cruz, afirmaba: "El denuedo, bizarría y coraje del Batallón de Rosas, harían honor a las tropas mismas de Napoleón". Si bien tales comparaciones pueden parecer un poco exageradas, demostraban cual era la instrucción y comportamiento de los Colorados de Rosas.

Si bien Rosas no era de profesión militar, como sí lo fue San Martín, sus dotes como creador y organizador de una fuerza militar disciplinada, en este caso los Colorados del Monte, no le iba a la zaga con respecto a la creación y organización de los Granaderos a Caballo, por parte de San Martín. En uno y en otro, había organización y orden, donde las faltas eran castigadas severamente y la disciplina, indispensable en toda fuerza armada, era mantenida a toda costa. 

En contraposición a este comportamiento, párrafos más adelante me referiré al que tuvieron las fuerzas militares unitarias, donde no imperaba ni el orden, ni la disciplina.  

Años más tarde y después de su entrevista con Simón Bolívar en Guayaquil (26 de julio de 1822), San Martín quien no había obtenido del gobierno de Buenos Aires los recursos para proseguir la guerra independentista, debió dejar el campo libre a Bolívar para terminar con aquella empresa libertadora.

Después de pasar por Lima, donde renunció a su cargo de Protector del Perú, regresó a Mendoza donde poseía una chacra y con la intención de volver a Buenos Aires para reunirse con su esposa e hija.

José de San Martín

En octubre de 1823, el gobernador de Santa Fe, Estanislao López, enterado del propósito de San Martín de trasladarse a Buenos Aires y agradecido por la actitud que años antes había tenido ante el Director Supremo de no prestarse a combatir contra los federales, le hizo llegar un mensaje, advirtiéndole de lo que el gobierno tramaba en su contra. En ese mensaje le avisaba: “Sé de una manera positiva por mis agentes en Buenos Aires que a la llegada de V.E. a aquella capital, será mandado juzgar por el gobierno por un consejo de guerra de oficiales, por haber desobedecido sus órdenes de 1817 y 1820, realizando en cambio, las gloriosas campañas de Chile y el Perú”, pero también se ofrecía a ayudarlo: “Para evitar este escándalo inaudito y en manifestación de gratitud, mía y del pueblo que presido, por haberse negado V.E. tan patrióticamente en 1820 a derramar sangre de hermanos con los cuerpos del Ejército de los Andes que se hallaban en la provincia de Cuyo, siento el honor de asegurar a V.E. que, a su solo aviso, estaré con la provincia en masa a esperar a V.E. en El Desmochado (1), para llevarlo en triunfo hasta la Plaza de la Victoria. Si V.E. no aceptase esto, fácil me será hacerlo conducir con toda seguridad por Entre Ríos hasta Montevideo”.

José de San Martín
Posta de Desmochados


Llegado San Martín a Buenos Aires, durante el gobierno de Martín Rodríguez, cuyo ministro era Bernardino Rivadavia, y en una reunión fuera de protocolo realizada con este último, intentó tranquilizarlo haciéndole saber que sus intenciones no eran la de conspirar contra el gobierno. Pero como los rumores en su contra eran permanentes y considerando la posibilidad de que fuera asesinado en su viaje de regreso a Mendoza, desencantado, se embarcó rumbo a Europa, junto a su pequeña hija.

Cinco años más tarde, a fines de noviembre de 1828, y ya alejados del gobierno Rivadavia y su grupo de unitarios, decidido a regresar a Buenos Aires, se embarcó en el paquete inglés Countess of Chichester, con destino al Río de la Plata. Esta nave que además de pasajeros transportaba gran cantidad de mercaderías manufacturadas, era una de las mejores que tenía por destino el Plata. 

Manuel Dorrego

Cuando la nave hizo escala por unas horas en Río de Janeiro, San Martín se enteró por los periódicos que el 1° de diciembre había estallado un motín en Buenos Aires, al frente del cual estaba su antiguo subordinado el general Juan G. Lavalle, quien al mando de las tropas que poco tiempo antes habían combatido en la guerra contra el imperio del Brasil y que por esos días estaban de regreso en Buenos Aires, se levantó contra el gobernador legítimo Manuel Dorrego.

Cuando la nave retomó el camino hacia Buenos Aires y se encontraba en navegación a la altura de Río Grande do Sul, fue sorprendida por una tremenda  tempestad que duró varios días, y que por su intensidad incomodó a los pasajeros, llegándose a temer que pudiera naufragar. Ese viaje duró dos largos meses.

A la arribada a balizas de Montevideo, el 5 de febrero de 1829, las noticias ya eran más graves, pues daban cuenta no solo de la derrota que había sufrido Dorrego, sino de su posterior fusilamiento en Navarro por orden del jefe rebelde. Así, dos de sus compañeros de armas, ya que tanto Dorrego como Lavalle habían sido subordinados suyos en la Campaña libertadora, ahora eran los actores principales del drama que acababa de desatarse en Buenos Aires, lo cual apenó el ánimo de San Martín, al ver la situación lamentable de su patria, inmersa nuevamente en la anarquía por la guerra civil que se iniciaba.

Fusilamiento de Dorrego


Al día siguiente la embarcación enfiló hacia Buenos Aires, ya que esa era la orden que había dado la casa armadora de la nave, pero que debía retornar días después a Montevideo.

La noticia de la llegada de San Martín al Río de la Plata, fue conocida de inmediato en Montevideo, con la arribada de la nave y de allí la novedad pasó rápidamente a Buenos Aires, donde sus habitantes se enteraron que el héroe de Chacabuco y Maipú, regresaba a la patria y se encontraba próximo a desembarcar.

En la madrugada del 6 de Febrero, el Countess of Chichester  llegaba a las balizas del puerto de Buenos Aires. 

Pero la prensa porteña en manos de personajes afines al gobierno surgido de la asonada del 1° de diciembre, en vez de alegrarse por la venida del gran hombre además de glorioso y bravo soldado, no lo saludó en buenos términos, sino que por el contrario se despachó con conceptos que representaron un insulto y un agravio hacia su persona, tildándole prácticamente de cobarde y oportunista.

Nada menos que San Martín (¡!), tratado como un cobarde por unos individuos, que lo único que sabían hacer era calumniar, sentados cómodamente detrás de los escritorios de esos pasquines de Buenos Aires.

Así el periódico El Pampero en el número 21 publicado en esa semana de febrero, consignó lo siguiente: “AMBIGUEDADES. En esta clase reputamos el arribo inesperado a estas playas del general San Martín, sobre lo que diremos a más de lo que ha expuesto nuestro coescritor “El Tiempo”. Que este general ha venido a su país a los cinco años. PERO DESPUES DE HABER SABIDO QUE SE HAN HECHO LAS PACES CON EL EMPERADOR DEL BRASIL”.

En cartas que tiempo después nuestro héroe escribió a sus amigos O’Higgins y Tomás Guido, les explicó los motivos por el cual no había ofrecido sus servicios al gobierno de Rivadavia, en la guerra contra el Imperio, actitud que contrastó años después, en 1838 cuando sí se ofreció a Rosas a raíz del primer bloqueo francés al Río de la Plata.

Los hombres de Buenos Aires a quienes no les iba muy bien en su lucha con los federales encabezados por Estanislao López y Rosas, le ofrecieron a San Martín, la gobernación de la Provincia, con la intención de que combatiera a los federales, lo que este no aceptó, pues no quiso inmiscuirse en las luchas civiles, porque si aceptaba la gobernación de la provincia, ello implicaba ponerse en contra de los federales, por los cuales sentía simpatía. Simpatía que nunca había tenido ni con los directoriales, ni con los unitarios a quienes siempre detestó y así surge de mucha de su correspondencia.

El Coronel Manuel Olazábal contó que en aquellos momentos, se presentó ante San Martín, quien se encontraba en el navío que lo había traído al Plata, ya que no desembarcó en Buenos Aires, quien le dijo “Yo supe en Río de Janeiro la revolución encabezada por Lavalle; en Montevideo el fusilamiento del coronel Dorrego; entonces me decidí a venir hasta balizas, permanecer en el Paquete y no desembarcar, haciendo desde aquí algunos asuntos que tenía que arreglar y regresar a Europa. Mi sable… no… ¡jamás se desenvainará en guerras civiles!”.

En carta que le remitió a O’Higgins en abril de 1829, le comentaba de la proposición que Lavalle por medio de unos enviados le habían hecho para que se hiciera cargo del gobierno de Buenos Aires: “El objeto de Lavalle era el que yo me encargase del mando del ejército y provincia de Buenos Aires y transase con las demás provincias a fin de garantir, por mi parte y la de los demás gobernadores, a los autores del movimiento del 1° de Diciembre; pero usted conocerá que en el estado de exaltación a que han llegado las pasiones, era absolutamente imposible reunir los partidos en cuestión, sin que quede otro arbitrio que el exterminio de uno de ellos. Por otra parte, los autores del movimiento del 1° son Rivadavia y sus satélites, y a usted le consta los inmensos males que estos hombres han hecho, no sólo a este país, sino al resto de la América, con su infernal conducta; si mi alma fuese tan despreciable como las suyas, yo aprovecharía esta ocasión para vengarme de las persecuciones que mi honor ha sufrido de estos hombres; pero es necesario enseñarles la diferencia que hay de un hombre de bien a un malvado.” Y en una carta enviada a Tomás de Iriarte antes de partir para Europa, le expresaba estos lapidarios conceptos: “Sería un loco si me mezclase con estos calaveras. Entre ellos hay alguno y Lavalle es uno de ellos a quien no he fusilado de lástima cuando estaban a mis órdenes en Chile y en Perú… Son muchachos sin juicio, hombres desalmados…”

Evidentemente la anarquía en que se encontraba la Provincia por la asonada de Lavalle, a quien si bien San Martín lo reconoció como un valiente militar –por su actuación en la campaña libertadora y en la guerra contra el Imperio del Brasil–, lo llamó “tarambana y cabeza hueca”, por lo que había provocado en Buenos Aires, lo cual ensombreció su espíritu y lo llevó a volver a Europa. 

Al margen, diré que años después y en otras circunstancias Esteban Echeverría también llamó a Lavalle “espada sin cabeza”.

En los combates y acciones que las tropas federales al mando de Rosas, llevaron a cabo durante ese año de 1829, contra las que obedecían al gobierno usurpador de Buenos Aires, se destacaron nuevamente no solo por su valor, sino también por el correcto proceder hacia la población civil y los que así no lo hicieron fueron inmediatamente fusilados.

Los usurpadores del gobierno, ellos que habían sumido la provincia en la anarquía total, llamaban “anarquistas” a las tropas federales al mando de Rosas, que justamente trataban de imponer el orden y restaurar las instituciones. 

Juan Manuel Beruti, que fue un verdadero cronista de aquella época, y al cual ya nos referimos en otros números de este periódico, en sus llamadas Memorias Curiosas, da cuenta de lo que acabamos de decir. Relató que el 29 de abril las tropas federales hicieron una incursión en la ciudad, apropiándose de caballadas, pólvora y armas y que “en su entrada y salida no hicieron daño a ningún vecino”.

El contraste entre el comportamiento de las tropas federales y las fuerzas de Lavalle, lo hace notar bien Beruti, cuando dice: “Lo que los montoneros, en las muchas veces que han entrado en estos puntos, han respetado y dejado a sus vecinos pacíficos, sin dañarlos, ni robarlos; a no ser uno u otro que en la soldadesca es irremediable, fuera de la vista de sus jefes, lo han hecho los nuestros [se refiere a los soldados de Lavalle] a presencia de los suyos [sus jefes]; esto prueba que unos llevan la fama y otros cargan la lana; así sucede nuestro gobierno, proclama el orden, protección y seguridad en las propiedades individuales, pero autoriza el robo ¡qué mal se compadece de lo dicho al hecho! Por lo que se ve que la guerra no se ha vuelto sino una piratería y que tanto padece el amigo del gobierno unitario como el enemigo federal, pues por lo que se experimenta todos los bienes son comunes. Pobre patria, que siendo tan rica y poderosa, va a quedar totalmente arrasada por la ambición de mandar en algunos de sus hijos”. Está claro quiénes eran anárquicos y ambiciosos.

Cuenta este cronista de algunos robos realizados por partidas de soldados federales, de las sanciones que recibieron los ladrones y de la restitución de los bienes robados a sus víctimas: “… se les devolvieron [a las víctimas] las prendas robadas, llevaron al ejército de Rosas a los delincuentes que fueron diez los aprehendidos e inmediatamente fueron fusilados”, en otro caso en que los ladrones no pudieron ser hallados, destacó que Rosas se encargó de abonar al perjudicado de lo que se le había quitado.

Y acto seguido dice Beruti: “Compárese unos hechos con otros de los dos contenedores y véase quién de los dos obra mejor”. (Ver ER N° 32)

El lector podrá sacar sus conclusiones acerca de quiénes eran en realidad los anarquistas, alborotadores y tumultuosos, si los federales o unitarios, quienes tenían más afinidad con el pensamiento sanmartiniano o con los cuales San Martín podría sentirse más identificado.

Después de vencer a Lavalle y de restaurar la Legislatura que había sido disuelta por los sediciosos del 1° de diciembre, Rosas fue elegido Gobernador  y declarado “Restaurador de las Leyes”, justamente por su apego a la ley y el orden.

San Martín, siempre tuvo enconos contra Rivadavia y su círculo de unitarios, a quienes culpó por los males que aquejaron a nuestro país de entonces, en una carta que le remitió a O’Higgins desde Bruselas el 20 de octubre de 1827, después de la renuncia de Rivadavia, dijo “…su administración ha sido desastrosa y solo ha contribuido a dividir los ánimos. Yo he rechazado tanto sus groseras imposturas como su innoble persona. Con un hombre como este al frente de la administración no creí necesario ofrecer mis servicios en la actual guerra contra el Brasil, por el convencimiento en que estaba, de que hubieran sido despreciados”. 

En otra carta que escribió a su amigo Tomás Guido, desde Montevideo el 27 de abril de 1829, le manifestaba: “Si sentimientos menos nobles de los que poseo a favor de nuestro suelo, fuesen el norte que me dirigiese, aprovecharía de esta coyuntura para engañar a ese heroico pero desgraciado pueblo, como lo han hecho cuatro demagogos, que con sus locas teorías lo han precipitado en los males que lo afligen, y dándole el pernicioso ejemplo de calumniar y perseguir a los hombres de bien, con el innoble objeto de inutilizarlos para su país.”

Años después, ya en 1844 en una carta que remitió al chileno Palenzuelos, después de enumerarle los “logros” del “célebre Rivadavia”, le dice: “sería de no acabar si se enumerase las locuras de aquel visionario y la admiración de un gran número de mis compatriotas, creyendo improvisar en Buenos Aires la civilización europea con solo los decretos que diariamente llenaba lo que se llama el Archivo Oficial”.

Nuestro Libertador, en su momento, mantuvo correspondencia con los caudillos federales, quienes tenían por él verdadero afecto, devoción y respeto. Nunca hubo palabras despectivas de San Martín hacia ellos, como si las tuvo y bastante duras contra los unitarios. Para San Martín, los caudillos eran verdaderos conductores de los pueblos del interior, pueblos que se sentían bien argentinos y que querían la unión del país, bajo un sistema, el federal, que respetara sus autonomías provinciales. Pueblos que nunca promovieron secesiones territoriales y que como hermanos quisieron formar un solo país. Todo ello era coincidente con el pensamiento sanmartiniano, de unión.

Por el contrario los unitarios promovieron secesiones territoriales en la Mesopotamia, Cuyo y el norte argentino, que si no hubiera sido por la actitud enérgica del gobierno de Rosas, nuestro país no hubiera sido como lo es en la actualidad, sino mucho más pequeño, posiblemente se hubiera limitado a lo que es la provincia de Buenos Aires. ¿Era eso lo querido por San Martín?

Cuando Rosas asumió por primera vez el mando político de la provincia, San Martín, en carta a Tomás Guido del 6 de abril de 1830, expresaba “…Yo no conozco al señor Rosas, pero según tengo entendido tiene un carácter firme y buenos deseos; esto basta, pues la falta de experiencia en el mando la adquirirá (que no es mala escuela mandar ese pueblo) bajo la dirección de sus buenos Ministros” y un año y medio después en otra carta a su amigo y en conocimiento que Rosas ha pacificado el país, se alegra de esos acontecimientos y “… Por ellos puede calcularse que la guerra fratricida que tanto ha deshonrado y destruido estas desgraciadas provincias es concluida… que la Paz sea duradera y larga…”

Con la firma del Pacto Federal el 4 de enero de 1831 entre Buenos Aires, Santa Fe, Entre Ríos y a la que adhirió poco tiempo después Corrientes y las demás provincias, más tarde, fue piedra fundamental de la unidad nacional argentina que las congregó en un sistema confederal. (Ver ER N° 44)

Antonio Dellepiane, destaca en su obra Rosas, que éste tenía un “espíritu de orden. Y ese espíritu de orden lo observará en todo: en sus actos, en sus hábitos, en su estilo y hasta en su grafía. El sentimiento de respecto a la autoridad está en él mismo vivamente arraigado”.

En pleno conflicto con Francia, desde Grand Bourg, el Libertador le escribió una carta al gobernante porteño el 10 de julio de 1839, en la que le expresa su indignación contra el partido unitario, unido al agresor francés: “…lo que no puedo concebir es que haya americanos que por un indigno espíritu de partido se unan al extranjero para humillar a su patria y reducirla a la condición peor  que la que sufríamos en tiempo de la dominación española” y continúa con un juicio lapidario y terminante: “una tal felonía ni el sepulcro la puede hacer desaparecer”. Si esto no es tomar partido, ¿explíquenme que es?. “Una tal felonía”: significa como decir “una tal traición” y el término “tal” aquí tiene un significado ponderativo o intensificador, ya que no era cualquier traición, sino la de mayor importancia, la traición a la Patria, delito de “lesa Patria” y cuando dice “ni el sepulcro la puede hacer desaparecer”, quiere significar que merece el mayor de los castigos y que ni aún la muerte puede lavar semejante acto.

Ya las Partidas de Alfonso X el Sabio, que era la ley vigente en nuestro país y en toda Hispanoamérica, definían al traidor como el que “se pone con los enemigos para guerrear o facer mal al rey o al regno o los ayuda de fecho o de consejo”. 

Los miembros del partido unitario siempre fueron traidores que se unieron a otras potencias extranjeras “para humillar su patria”, salvo pocas honrosísimas excepciones como los casos de los Coroneles Martiniano Chilavert y Pedro José Díaz y algún otro, para quienes el amor a la Patria era superior a todo. Debo destacar que estos dos militares unitarios se batieron en Caseros al mando de tropas de la Confederación, mucho mejor que algunos jefes “federales”.

El general “federal” Justo José de Urquiza, fue el mayor felón de la historia argentina. Tuvo la suerte que el Brigadier General José de San Martín, hubiera fallecido poco tiempo antes de cometer tan infamante delito de lesa Patria, pues no es difícil imaginarse que hubiera opinado nuestro Libertador, de haber estado vivo en aquellos momentos.

San Martín, como hombre público y militar que fue, conocía al dedillo las normas de las Partidas referentes a la traición a la Patria y las consecuencias y penas.que ello aparejaba, no solo a quien cometía el delito de felonía, sino también sobre sus descendientes, como una mancha imborrable que pasaba de generación en generación. No había peor delito infamante que ese.

¿Podía estar San Martín de acuerdo con ese partido?. ¿Con cuál se sentía más identificado, con unitarios o federales?

Todo argentino y más aún quienes se dicen historiadores, deberían conocer la correspondencia intercambiada entre Rosas y San Martín, totalmente esclarecedora sobre los sentimientos de San Martín hacia el gobernante porteño, a quien en alguna oportunidad lo llamó “Presidente” y sobre su gobierno.

No solo en esa correspondencia, sino también en las intercambiadas con otros personajes, destacó la energía con la cual Rosas defendió la independencia nacional ante los ataques de otras potencias. 

En su testamento ológrafo del 23 de enero de 1844 (ver ER N° 30), se declaró “Brigadier General de la Confederación Argentina”, de lo cual seguramente se sentía orgulloso y con lo cual podemos afirmar que también se sentía parte integrante del ejército de la Confederación. Después de esto ¿se puede afirmar que San Martín era contrario al sistema federal?.

En ese testamento San Martín legó a Rosas, lo más preciado por todo militar que es su arma, en este caso nada menos que el sable corvo libertador.

Rosas encontró en San Martín, siempre la adhesión a su política, no solo externa, sino también interna, bien puesta de manifiesto en la última carta que le remitió pocos meses antes de fallecer, el 6 de mayo de 1850, cuando desde Grand Bourg, le expresó textualmente: “…como argentino me llena de un verdadero orgullo, al ver la prosperidad, la paz interior, el orden y el honor restablecidos en nuestra querida patria; y todos estos progresos efectuados en medio de circunstancias tan difíciles, en que pocos estados se habrán hallado. Por estos bienes realizados, yo felicito a Ud. sinceramente, como igualmente a toda la Confederación Argentina...”

Como bien lo indica el historiador Jorge O. Sulé “…los logros que San Martín señaló como efectuados en la época de Rosas [en la mencionada carta]: LA PROSPERIDAD… que constituye un logro en la política interior; LA PAZ INTERIOR, otro resultado de la política interior; EL ORDEN, otro resultado de la política interior y EL HONOR que hace referencia incuestionablemente a las concreciones en materia de política exterior”.

Si esto no es tomar partido, ¿qué es…?

Pero hay algo más, que no es menor, sino de muchísima importancia cuando al final de la carta le desea: “Que goce Ud. de salud completa, y que al terminar su vida pública, sea colmado del justo reconocimiento de todo Argentino, son los votos que hace y hará siempre a favor de Ud. este su apasionado Amigo y compatriota”. Léanse estas palabras con detenimiento y atención.

Podríamos transcribir unas cuantas cartas más con conceptos del Libertador, sobre Rosas, su gobierno, sobre el orden y la unidad nacional, pero excederían el lugar que disponemos en este periódico y creo que con lo transcripto el lector podrá tener una idea bastante clara sobre el pensamiento del Brigadier General José de San Martín, muy distinto al señalado por ciertos historiadores.

Puedo decir, sin temor a equivocarme, que San Martín fue admirador de la obra del gobernador de Buenos Aires y el primer rosista, como titulé un artículo que fue publicado en la revista “Ser en la Cultura-Revista de Artes y Letras” N° 28, editada por la Casa y Mutual Universitaria de General San Martín en el año 2010, “El General San Martín, el primer rosista”. 

José de San Martín


La carta

“Yo me despido de los Cuyanos con los sentimientos más ingenuos, de afecto y estimación, que siempre les he profesado; me despido como un compatriota que los ama, y les recomiendo por su bien que estrechen entre sí los vínculos de la unión y se fortifiquen en el concepto de que no existe Sociedad donde no hay orden. Sin otro carácter que el de Ciudadano manifiesto estos mis deseos a Vuestra Señoría como el representante de la Ciudad de San juan, para que se digne transmitirlos a sus habitantes virtuosos, por cuya felicidad hago votos al Cielo, pronto a dar la vela con la Expedición Libertadora del Perú para el día de mañana.

Dios guarde a Vuestra Señoría muchos años. Cuartel general de Valparaíso, Agosto 19 de 1820.

José de San Martín

Al Muy Ilustre Cabildo,Justicia y Regimiento de la Ciudad de San Juan


Notas

(1). El Desmochado era una posta, ubicada cerca de la localidad de Casilda en el sur de la provincia de Santa Fe. Se llamaba así porque los árboles eran desmochados esto es, que eran bajos y de pobre copa.


Bibliografía

Beruti, Juan Manuel. “Memorias curiosas”, Emecé editores S.A., Buenos Aires, 2001.  

Doallo, Beatriz Celina. “El exilio del Libertador”, Colección Estrella Federal, Instituto Nacional de Investigaciones Históricas Juan Manuel de Rosas, Buenos Aires, 1997.

Siri, Eros Nicola. “San Martín. Los unitarios y federales”, A. Peña Lillo editor, Buenos Aires, s/f.

Sulé Tonelli, Jorge Oscar. “La coherencia política de San Martín”, Ediciones Fabro, Buenos Aires, 2007.

domingo, 1 de junio de 2014

Combate de las Vizcacheras - Batalla de Puente de Márquez

  Publicado en el Periódico El Restaurador - Año VIII N° 31 - Junio 2014 - Pags. 2 y 3 

Combate de Las Vizcacheras y Batalla de Puente de Márquez

         por Norberto Jorge Chiviló

Combate de las Vizcacheras
Cnl. Federico Rauch

    Pocos días después de la asonada de Lavalle contra el legítimo gobernador de Buenos Aires, Cnel. Manuel Dorrego el 1° de diciembre de 1828, Rosas le había aconsejado al depuesto mandatario, no hacer frente a las aguerridas y experimentadas tropas que habían llegado poco tiempo antes a Buenos Aires, como consecuencia de la finalización de la 1ra. guerra contra el Brasil a la vez que le aconsejaba retirarse a Santa Fe para lograr el concurso de Estanislao López. Dorrego, un poco testarudo, no hizo caso a la advertencia, y por el contrario enfrentó a Lavalle en Navarro, donde fue completamente derrotado y días después hecho prisionero, con aquél trágico desenlace de su fusilamiento el día 13 de diciembre.

    Lavalle fue designado por los unitarios como "gobernador" de la provincia. (Quiroga en una carta que le dirigió a Lavalle lo llamaba "gobernador intruso de Buenos Aires").

    Por su parte Rosas había concebido un plan después de la derrota de Navarro; este consistía en que varios caudillejos federales e indios amigos -que habían decidido apoyar a los federales-, con el asesoramiento del mayor Manuel Mesa -quien había sido edecán de Dorrego-, levantaran la campaña bonaerense, para atraer así a las tropas de Lavalle, con el fin de ganar tiempo y para que en Santa Fe, López pudiera organizar sus fuerzas.

    Lavalle cayó en la trampa, quiso combatir a las partidas federales y la indiada, pero estos no presentaban batalla directamente y se les escabullían.

     Dándose cuenta de la situación, Lavalle decidió dirigirse hacia Santa Fe a fines de marzo de 1829, dejando a los coroneles Federico Rauch y Ramón B. Estomba, la tarea de contener a los partidarios de Rosas.

    Los jefes unitarios con el objeto de doblegar a la campaña que les era totalmente hostil, iniciaron una campaña de terror contra los federales, pero que en realidad fue contraproducente, pues generó mas resistencias entre la población que era totalmente adicta a Rosas. 

    Lavalle se dirigió a Santa Fe con un contingente de 600 coraceros, que no solamente eran tropas experimentadas -como ya se señaló-, para enfrentar a López, antes que éste pudiera formar su ejército, pero el santafecino hábilmente no presentó batalla directamente, sino que solo se dedicó a hostilizar a los unitarios, y gran conocedor del terreno que pisaba, con sus desplazamientos y hábiles maniobras "condujo" a la caballería unitaria a la Cañada del Carrizal o Carrizal del Monje (entre Rosario y Santa Fe), que era una tierra anegadiza y zona de yuyos venenosos (mío-mío), donde el 1° de abril, incautamente acampó Lavalle con su ejército para descansar, produciéndose una gran mortandad de caballos, lo que obligó al jefe unitario a retroceder hasta la Posta de los Desmochados -cerca de Casilda-, prácticamente a pié. Allí se enteró del combate de Las Vizcacheras ocurrido en el sur de la provincia días antes, que lo obligaron a retroceder hasta la ciudad de Buenos Aires que estaba prácticamente cercada, llegando en la noche del 11 de abril. 

    Simultáneamente a lo narrado, en la campaña de la provincia, las partidas federales, asediaban continuamente a las unitarias. 

Federico Rauch
Muerte de Rauch en Las Vizcacheras. Dibujo de Federico Fortuny


    El 28 de marzo en Las Vizcacheras,- entre Lobos y Chascomús- el Gral. Rauch, quien se encontraba al frente de las mejores tropas los "Húsares del Plata" y otras unidades, fue vencido en un combate muy duro por la indiada y las partidas federales a los que perseguía. Cada fuerza contaba con aproximadamente 600 hombres. Rauch salió ileso de la acción pero cuando se retiraba fue perseguido por un grupo de indios y su caballo fue boleado por el cabo de blandengues Manuel Andrada. No obstante que las patas traseras del animal quedaron trabadas, el equino continuó galopando, pero al entrar en un campo lleno de vizcacheras, se cayó. Rauch, que no era un buen jinete, antes de entrar en combate, se hacía atar las piernas por debajo de la panza del animal para no caerse del mismo, ello le impidió en esta ocasión el poder levantarse para defenderse, siendo entonces lanceado y muerto por el cacique Nicasio Maciel (también llamado "Arbolito"). Los indios, que lo odiaban, le cortaron la cabeza, la que fue arrojada en la ciudad como señal de desafío.

    Estanislao López, que actuaba en el carácter de Comandante en Jefe del Ejército Nacional (1) y Juan M. de Rosas, quien había sido designado por aquél como segundo jefe, se acercaban a la ciudad de Buenos Aire, para combatir a los unitarios y desalojar a Lavalle del poder que había usurpado. 

    Las tropas nacionales de López y Rosas, incrementaron notablemente su número a su ingreso a la provincia, sobre todo por el ascendiente que desde 1820 tenía el caudillo bonaerense en la campaña.

    Al día siguiente de su arribada a Buenos Aires, el día 12 de abril, Lavalle se dirigió con su ejército a Puente de Márquez con la intención de detener a las fuerzas federales que se venían hacia la ciudad.

    Lavalle consideró que ese era el mejor lugar para hacerlo, pues el Puente de Márquez, se encontraba sobre el río Las Conchas y ese era el lugar adecuado por donde debían pasar los federales y por lo tanto era el lugar ideal -por sus características- para intentar una defensa.

    El 13 de abril Lavalle al frente de 1.400 soldados de caballería, 500 de infantería y cuatro piezas de artillería sorprendió a una guardia de la avanzada federal que custodiaba el paso del río y le tomó numerosos caballos.

    El 26 de abril se enfrentaron ambas fuerzas en las llamadas chacras de Álvarez iniciando Lavalle el ataque.

    Por su parte el ejército federal sumaba aproximadamente 4.000 milicianos, acompañados por 3.000 indios auxiliares.

    La batalla comenzó a las 6 hs. y duró hasta la media mañana, guerreándose con fiereza por ambas partes. Las aguerridas y experimentadas tropas de Lavalle, especialmente la caballería, llevaron adelante una y otra vez las cargas contra las milicias federales, pero las cargas de López por la izquierda y Rosas por la derecha, lograron por fin el desbande de la caballería enemiga  y terminaron arrollando al ejército unitario, sableándolo, dispersándolo y provocando que éstos se retiraran derrotados a las cuatro de la tarde al otro lado del río. En su retirada las fuerzas lavallistas incendiaron el puente, para entorpecer la persecución.

    La batalla de Puente de Márquez dejó un saldo de 150 hombres muertos los que fueron enterrados en el lugar, en una fosa común.

    Lavalle con los restos de su ejército se refugió en la chacra  de Los Tapiales de Altolaguirre, propiedad de la familia Ramos Mejía, donde estableció su campamento y Rosas acampó su ejército en su estancia El Pino (ambos -chacra y estancia- ubicados en el actual Partido de La Matanza).

    López después de establecerse en la villa de Luján, volvió a Santa Fe, para defender su provincia ante un posible ataque del Gral. Paz, quien en Córdoba se había hecho fuerte, después de deponer al gobernador. 


(1) Designado así por la Convención Nacional reunida en Santa Fe, para operar contra el ejército de línea amotinado y restablecer el orden interno.

domingo, 1 de septiembre de 2013

Estanislao López

 Publicado en el Periódico El Restaurador - Año VII N° 28 - Setiembre 2013 - Pags. 1 a 4 

Estanislao López en Buenos Aires

Por El Federal Apostólico

Se han cumplido 175 años del fallecimiento del llamado Patriarca de la Federación, el Gobernador de la provincia de Santa Fé, Brigadier General Estanislao López. Como homenaje a tan insigne personaje de la historia nacional, publicamos estas crónicas sobre las dos oportunidades en las que estuvo en Buenos Aires, invitado por su amigo Juan Manuel de Rosas.

La primera se trató de una visita de cortesía a raíz de una invitación que le había hecho quien años más tarde será elegido Gobernador de la provincia de Buenos Aires y que habría tenido lugar aproximadamente en el año 1822, según lo refiere Manuel Gálvez en su obra  Vida de Juan Manuel de Rosas.

Los pormenores de las fiestas con las que se homenajeó al visitante las dio a conocer el escritor Manuel Bilbao (h) en Tradiciones y recuerdos de Buenos Aires publicada en 1934, cuyo capítulo Una fiesta en Los Cerrillos, se transcribe a continuación.

Patriarca de la federación
Estanislao López. 22 de noviembre de 1786 - 15 de junio de 1838


Mediaba ya una buena amistad personal entre Rosas y López cuando los acontecimientos del año veinte los encontraron en campos adversos.

La batalla de Pavón, librada el 12 de agosto de ese año, entre López y Dorrego, terminó con la derrota del primero. Rosas, con sus colorados, estaba con el segundo. Envalentonado Dorrego con su éxito, invadió Santa Fe contra la opinión de Rosas y Rodríguez, que se retiraron. Dorrego fue batido en el combate del Gamonal, el 2 de septiembre, lo que trajo la paz del 24 de noviembre, en cuyo trato López no dejaba de exigir auxilios que compensaran sus erogaciones, llegando a un punto tal, que don Martín Rodríguez manifestó no ser posible acceder a todo lo que pedía el caudillo santafesino. Tomaban mal cariz las cosas, cuando Rosas, allí presente, hizo que López aceptase lo que se le ofrecía, bajo su garantía personal, lo que aquél aceptó enseguida, firmando el arreglo con la garantía oficial del gobierno de Córdoba.

Fue en esta ocasión en la que López aceptó la invitación que le hizo Rosas para que le visitara en Los Cerrillos ese verano, cuando el horizonte político se despejara.

Cuando López lo creyó conveniente, anunció su visita y se puso en marcha con una regular comitiva. Fue recibido por Rosas con toda clase de agasajos.

Los Cerrillos, en cuyos campos inició su poderío Rosas, estaba de gala. Corrida la voz entre el paisanaje de que don Juan Manuel tenía huéspedes a quienes agasajar, empezó a caer de todas partes, como obedeciendo a una voz de mando, reuniéndose en tres días más de un millar de gauchos, número extraordinario para los tiempos en que la población de la campaña, además de ser escasa, vivía diseminada, cosa que no dejó de llamar la atención del huésped, quien preguntó a Rosas cómo podía hacer eso. A lo que éste contestó de que pasándoles la voz de que los precisaba; y que si les hubiera recomendado urgencia, en mucho menos tiempo los hubiera reunido.

El caudillo santafesino no creyó encontrar tanta riqueza y poder, lo que hizo exclamar que “aquello valía más que todo Santa Fe”, a lo que Rosas le contestó que “todo lo que allí veía estaba a la disposición de sus amigos, en cuya primera línea estaba él”.

En el galpón grande de la estancia se improvisó un gran salón, destinado a la gente de categoría, y afuera, bajo los árboles, otros con cuerdas y lazos de árbol a árbol, techándolos con ponchos y cueros, y teniendo como asientos cabezas de vaca y todo género de apoyos. Por la noche eran alumbrados con profusión de candiles de todo tamaño.

Después de cenar, Rosas a la cabeza de sus invitados se dirigió al salón, donde asumió el papel de bastonero; y a una señal que dio rompió con un gran pericón una orquesta compuesta de cincuenta guitarras. Fue bailado por las parejas que el mismo Rosas había formado y que también dirigió, terminando entre los aplausos y vítores más entusiastas.

Rosas tocando la guitarra
"Rosas tocando la guitarra y Prudencio bailando el gato", Antigua pintura al óleo sobre tela. Sin firma.


Terminado el pericón, don Juan Manuel, en medio de la expectativa general, tomó una guitarra, en la que punteó un gato: y llamando a una criollita, Nicolasa, apodada la Colorada, muy bonita y vivaracha, que además de reunir estos encantos físicos era una eximia bailadora de gato, la presentó a don Estanislao y le invitó a que bailara. Este no se hizo rogar, revelándose en el primer escobilleo un gran bailarín. En la segunda figura, la Nicolasa se superaba a sí misma, lo que entusiasmaba más a López, cuyos pies parecían igualar la agilidad pasmosa de los dedos del gran guitarrista. López terminó el baile con una figura de punta y talón, que fue la novedad de aquella memorable fiesta. A continuación don Juan Manuel bailó un malambo, que fue la admiración de todos, especialmente de López, que declaró que nunca había visto bailar de aquella manera, ni zapatear con más gracia ni originalidad. El baile terminó por la madrugada, retirándose todos a descansar.

Al día siguiente continuaron las fiestas con una gran corrida de sortijas, en la que participaron todos los concurrentes, iniciándola Rosas, quien no erró ninguna, volviéndolas a colocar para que los paisanos las sacaran.

En este juego López se reveló un gran chambón, por lo que dispuso Rosas que se corriera una especial, con jinetes escogidos por él, con la consigna de que nadie sacase la sortija sino López. Como premio colocó un anillo de su uso particular, que tenía un solitario de gran valor y que como estaba previsto sacó López, cuya satisfacción exteriorizaba de todas maneras.

Conversando con Rosas sobre los caballos de éste, López reiteraba a don Juan Manuel su admiración por los mismos: y Rosas que conocía por donde venía su huésped y para salvar a un tordillo negro de su predilección, que según las crónicas era el mismo que montaba cuando el año veinte hizo su entrada en Buenos Aires por la calle Buen Orden al frente de sus colorados, para reponer a Rodríguez, le dijo: “Este es el único que me reservo, porque es de la silla de Encarnación: sino le diría “tómelo”, como puedo hacerlo con los otros; “elija el que más le guste”. No se hizo rogar López y eligió un pangaré1 de una pintura y ligereza poco comunes, que ese día había montado Rosas, mandando que le pusieran su recado

La corrida de sortijas terminó a la hora del almuerzo, al que siguió una buena siesta, pareciendo aquello un campamento militar por el orden y disciplina que reinaba, no viéndose ningún borracho, a pesar de circular el vino, lo que no había dejado de llamar la atención de López, acostumbrado a sus santafesinos, poco respetuosos y subordinados.

Al toque de la gran campana de Los Cerrillos, que llamaba a carnear, toda aquella gente se puso en movimiento, enrollando sus recados, apareciendo al poco rato los asadores con los trozos de carne ensartados. Después del almuerzo se dirigieron a los sitios de baile, que duró hasta que el sol estaba bien alto. Ese día fue el descanso hasta la noche, en que continuó el baile.

Otro de los números preparados por Rosas fue un simulacro de combate entre trescientos indios dirigidos por dos caciques y cien colorados, dirigidos por Rosas.

Los indios con sus lanzas y los colorados con sus sables maniobraron admirablemente a toda carrera, no pudiendo los indios, a pesar de todo su empeño, soportar el empuje de los colorados. Admirábase López de la destreza y defensa del sable contra la lanza. Llegó un momento en que los indios empezaron a tomar en serio la cosa y echaron mano de las boleadoras y bolas, lo que visto por Rosas, y para evitar un combate real, mandó terminar las maniobras, declarando que no había vencidos ni vencedores. Este número fue muy del agrado de López, que así se lo manifestó a Rosas.

Estas fiestas duraron ocho días, y a su terminación hubo un descanso de tres días, que se emplearon en los preparativos para el regreso de los huéspedes.

El día de la partida dispuso don Juan Manuel que de sus tropillas de caballos se le agregasen otros al pangaré de López, lo que hizo el encanto de éste, que emprendió su viaje de regreso como un general en jefe después de haber obtenido grandes triunfos. Rosas y el doctor Maza, que había ido a las fiestas los últimos días, le acompañaron un largo trecho del camino, seguidos de la comitiva que había llevado a López y un regimiento de paisanos que iban quemando cohetes y corriendo carreras A cierta altura del viaje hicieron alto para despedirse. Adelantándose López a Rosas, le dijo: “No lo olvidaré nunca, y cuando usted necesite el apoyo de mi provincia sabrá usted cuánto le estimamos yo y mis santafesinos”. “Lo mismo digo yo”, contestó Rosas, estrechándole ambas manos, “en Los Cerrillos siempre habrá un rancho para el amigo y un par de mil hombres para el aliado”.

El tiempo confirmó esta amistad, que fue inalterable durante la vida de ambos…

 

La otra visita, tuvo lugar en el año 1837, un poco más de un año antes del fallecimiento de López ocurrido el 15 de junio de 1838.

A raíz de una congestión pulmonar que había sufrido en una de sus campañas, el Patriarca de la Federación había enfermado de tuberculosis.

A fin de ayudarlo a su restablecimiento, Rosas envió a su médico personal, el Dr. Santiago Lepper, quien le aconsejó realizara un viaje a Buenos Aires para lograr un mejoramiento en su salud.

La estadía duró desde mediados  de enero a principios de abril.

El gobernador de Santa Fe, vino a Buenos Aires acompañado por su esposa y cinco hijos, además de otros funcionarios, en carruajes que mandó Rosas, quien lo espera en el anochecer del domingo 15 de enero en San José de Flores. Los seis carruajes conduciendo a López y su comitiva y a Rosas y a varios de sus funcionarios, a su llegada al fuerte de Buenos Aires -donde se alojará durante su estadía el visitante- son recibidos con las tropas formadas y una salva de veintiún cañonazos en honor al huésped, después de atravesar la ciudad con las casas embanderadas y con gran recibimiento que le hacen los vecinos de la ciudad, quienes vitorean al santafesino y le arrojan flores a su paso.

Estanislao López

La crónica de la partida se publicó en el periódico editado en Buenos Aires The British Packet and Argentine News, conocido comúnmente como British Packet, el 8 de abril de 1837, cuya traducción fue publicada por José L. Busaniche en Lecturas de Historia Argentina, publicado en Buenos Aires en 1938, cuyo capítulo La despedida oficial a Estanislao López - 1837, dice:

El miércoles último tuvo lugar la partida del general López y su familia; lo que dio motivo a singulares demostraciones.

La calle de la Federación (antes Plata) había sido engalanada, en ambos costados, con ramos de laurel y otros adornos. Las tropas, con sus respectivas bandas de música, formaban a lo largo de la dicha calle, y en los frentes de las casas ondeaban numerosas banderas con que las habían adornado.

A las tres de la tarde llegó Su Excelencia el general Rosas, en su carruaje, a la casa de gobierno en el Fuerte, donde se alojaba el general López con su familia. Iba acompañado Su Excelencia por su escolta de caballería, mandada por el coronel Bustos. Al pasar por frente al Cabildo, la guardia presentó armas y batieron los tambores. Cuando Su Excelencia hubo llegado al Fuerte, sonaron tres cañonazos anunciando su arribo y como señal para que las tropas tomaran las armas.

A las tres y media la comitiva dejó el Fuerte, siendo saludada desde él por veintiún cañonazos y una descarga de camaretas2 que se hizo en el patio. Formaban la comitiva varios carruajes: En el primero iban los gobernadores Rosas y López con una escolta de caballería bajo el mando del coronel Bustos; los coches restantes fueron ocupados por la señora esposa del general López, miembros de su familia y acompañantes de Santa Fe, con sus equipajes. Seguían, a caballo, la comitiva, varios jefes de Estado Mayor, entre los que vimos al Inspector del Ejército, general Pinedo, los generales Guido, Pacheco y Mansilla, los coroneles Eréscano y Planes; se encontraban también el jefe de policía, altos empleados de la administración y un numeroso grupo de ciudadanos. Todos los concurrentes acompañaron a los viajeros hasta San José de Flores.

El Ministro plenipotenciario de Su Majestad Británica, Mr. Mandeville, y Mr. Russell Elliot, Capitán del buque Fly, de la Armada de Su Majestad Británica, presenciaron la partida del cortejo desde el balcón de la casa de don Miguel Riglos, en la plaza de la Victoria.

Uno de los detalles más interesantes del acto lo constituyó la presencia de la hija del general Rosas, doña Manuelita, que se presentó a caballo gentilmente, montada y en compañía de doña Mercedes Fuentes de Rosas, esposa del hijo del general. Ambas iban ataviadas con rigurosos trajes de amazonas y con un velo rojo flotante alrededor del sombrero y marchaban atrás de la cabalgata, recibiendo efusivos saludos de la concurrencia. Con ellas iban también el hijo del general Rosas y otros caballeros de la familia. Doña Manuelita Rosas es conocida como una experta amazona y en esta ocasión lucía todos los encantos de una Diana. Es verdad que sus modales atrayentes y desprovistos de toda ostentación, la han hecho extremadamente popular en Buenos Aires.

El gobernador López llegó a Buenos Aires el 15 de enero último y, según lo hemos oído decir, su salud ha mejorado notablemente. Todo aquel que ha tenido la fortuna de conocerlo, elogia sobre todo sus modales francos y sencillos.

 

1Pangaré: Es el caballo de cualquier pelo con las verijas, el hocico y las entrepiernas de un color más claro que el resto del cuerpo.

2Camareta: Mortero usado en las fiestas populares y religiosas para disparar bombas de estruendo. 


The British Packet and Argentine News, era un periódico semanal  editado en Buenos Aires, en inglés, entre los años 1826 hasta 1858. Se reflejaban en sus páginas, no solo los acontecimientos políticos, sino también vivencias sobre las costumbres, funciones teatrales, recepciones, ceremonias religiosas y militares, y otros hechos ocurridos en el Buenos Aires de entonces, redactados con gran minuciosidad y competencia.

En el año 1976, la editorial Solar/Hachette, publicó en su colección Dimensión Argentina, una recopilación de notas titulado The British Packet - De Rivadavia a Rosas - 1826-1832, efectuada por Graciela Lapido y Beatriz Spota de Lapieza Elli, siendo ese el primer tomo de los que se iban a publicar, pero lamentablemente ese fue el único tomo editado.

Es una obra de gran interés, indispensable para conocer más de cerca la historia de aquella época.