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lunes, 13 de abril de 2026

El Facundo y el Martín Fierro - Sarmiento - Hernández - Borges - Larriqueta - Picotto

 REVOLVIENDO LA BIBLIOTECA

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En esta sección que llamamos "Revolviendo la biblioteca", incluimos distintos artículos de gran interés histórico, poco conocidos por el público en general, publicados hace ya muchísimos años.




En la revista del Instituto Nacional de Investigaciones Históricas Juan Manuel de Rosas N° 58, de enero/marzo 2000, fue publicada la siguiente carta del Sr. Enrique Picotto, dirigida al entonces funcionario Sr. Larriqueta, por el cuál este último afirmaba que el libro nacional debería haber sido el Facundo y no el Martín Fierro tal como lo propiciaba Borges.





Martes, 15 de febrero de 2000

Estimado Sr. Larriqueta:

He leído su nota de hoy en “La Nación” y estoy en principio de acuerdo con su enunciado: no puede haber política sin cultura. No obstante, al proseguir con su análisis, esta epigramática sentencia pareciera cobrar visos de perogrullada.

Uno de los males que aqueja a la Argentina es la extensión y uno de los que aquejan a los mortales que en ella viven es la mentira. Su culto entre nosotros tiene tradición, Sr. Larriqueta —no sé  si sabrá jugar al truco— y quienes mejor practicaron ese culto, que en el truco es pintoresco y hasta inocente llegaron a ocupar los cargos más elevados sin exceptuar la Presidencia de la Nación.

Dice Ud.

“No en vano nuestro contemporáneo Borges abogó por que el libro nacional fuese el Facundo en lugar del Martín Fierro. Borges conocía con penetración ejemplar ese papel cimentador de la cultura, que con su acción leal y profunda termina condicionando la política”.

También opinó este, nuestro contemporáneo, que mejor sería para los niños del Litoral aprender latín que guaraní, con lo que demostró que su sabiduría, si bien grande, no pasaba de ser libresca. Si Borges sabía latín, con toda seguridad desconocería el guaraní y toda su importancia sociológica. Todo era cuestión de que en Taragüí sepan latín y que en Ataminski dejen de hablar el quichua, y listo el pollo: ya tenemos cultura. Disponer morir y ser inhumado bien lejos de la Argentina indica acaso el amor y apego que Borges sentía por nosotros. De la consustancialidad de estas grandes figuras con nuestra realidad nacional nos dice Ernesto Sábato:

“[...] Yo no fui antiperonista por defender los privilegios, sino porque no podía soportar el despotismo y la expulsión de maestras y profesores por no someterse a las directivas del gobierno. En aquel movimiento hubo un justificado anhelo de justicia y de dignidad, frente a una sociedad fría y egoísta que explotaba a los pobres de la manera más denigrante, esclavizándolos en esa especie de campos de concentración que eran los yerbales y los quebrachales.

Mientras tanto muchos intelectuales [¿Ocampo, Borges & Co.?], en lugar de responder al drama de estos hombres, se habían entregado a sus propios y mezquinos intereses.

A todos estos desamparados, como los llamó Evita, que luchó verdadera y heroicamente por ellos, los supo movilizar Perón. Medio siglo después, la desvaída foto de Evita preside, junto a la de la Virgen, los hogares más pobres del país. Simboliza la devoción y la gratitud por aquellos años únicos de prosperidad y respeto para los más humildes. Con los errores que todos conocemos, hubo allí gente tan honrada como Scalabrini y Jauretche, de quienes fui amigo [...].

Antes del fin

Hermosa confesión, pero volvamos a la mentira; a la que va implícita al anteponer el Facundo al Martín Fierro, con lo que tocamos entonces nuestra gran “problemática”: unitarios y federales. Porque unitario era Sarmiento y Hernández, federal.

¿Y quién miente más aquí, Sr. Larriqueta: el unitario o el federal?

Si se trata de abogar como lo hizo Borges, no hay duda de que éste se decidió por la mentira al preferir el Facundo al Martín Fierro. Se sabe muy bien que el último es un relato épico, acaso toda una epopeya; que su protagonista no existió, que muchos de sus pasajes tienen sabor oriental o riograndense, pues su mayor parte no se escribió en la Argentina sino en el exilio, o en el más abnegado ostracismo, que dice Ud. conocer:

“La fidelidad a las ideas democráticas me llevó al ostracismo —dentro y fuera de la Argentina— y también a destacadas funciones de gobierno, en particular durante la presidencia del Dr. Raúl Alfonsín”. Daniel Larriqueta, Nueva Mirada a la Historia, “Universidad y Encuentro”, 14.11.96.

No dejo de ver aquí un parangón con las tan conocidas “cárceles y cadenas” —esta vez en versión radical— que habrá sabido Ud. también “perdonar” al dictador de turno.

Más volviendo al Martín Fierro, está muy lejos de ser una mentira. Pero el Facundo, recomendado por Borges e indirectamente por Ud., fue desde su nacimiento una falacia que se presentó intencionadamente como realidad, y así lo afirmó su autor. Decía Sarmiento en carta al general Paz del 22 de diciembre de 1845, que acompañaba al ejemplar de Facundo que le obsequiaba:

“Remito a S. Excia un ejemplar de Facundo qe e escrito con el objeto de favorecer a la revolucion y preparar los espíritus. Obra improvisada, llena por necesidad de inesactitudes, a designio a veces, no tiene otra importancia qe la de ser uno de tantos medios tocados para ayudar a destruir un gobierno absurdo, i preparar otro nuevo”.

Esta obra improvisada, llena por necesidad de “inesactitudes, a designio a veces, que no tiene otra importancia qe la de ser uno de tantos medios tocados para ayudar a destruir un gobierno absurdo”, fue lectura recomendada y en parte obligatoria de seis generaciones de argentinos y esta traducida a varios idiomas, entre ellos al latín (pero no creo que al guaraní):

“Umbram Facundi tembilem evocabo

Ut cruentum excutiens pulverem

Qui cineres tuos velat eriges...” (1)

Hasta ahora no voy citando nada menos que al mismo Sarmiento, (y brevemente a Ud.), quien defendiéndose de las “inesactitudes”, del Facundo decía: “Cuando hay que mentir, se miente”, afirmación que ratifica en carta a Rafael García del 28 de octubre de 1868:

“Si miento, lo hago como don de familia, con la naturalidad y la sencillez de la veracidad”. Acotemos que en esa fecha Sarmiento era ya presidente de la Nación. Figúrese Ud., Sr. Larriqueta, a Fernando de la Rúa escribiendo algo similar. Realmente, no lo podría creer, puesto que lo conozco de épocas en que éramos todavía jóvenes, cuando salió a la liza en defensa de Latella Frías, a quien quizá Ud. recuerde, allá en la Docta de 1953, en tiempos aciagos de la “segunda tiranía”.

Sobre Sarmiento dice Juan Bautista Alberdi, analizando el Facundo en su trabajo “Facundo y su biógrafo” (1880):

“[...] Es el primer libro de historia que no tiene fecha ni data para los acontecimientos que refiere. Es verdad que esa omisión procura al autor una libertad de movimientos muy confortable, por la cual avanza, retrocede, se detiene, va para un lado, vuelve al lado opuesto, todo con el método lógico con que un pescado rompe la onda del mar, o una mosca la del aire”.

Modelo incomparable de pedantismo y de charlatanerismo, en que el autor cree de necesidad empezar por una introducción, una dedicatoria, capítulos preliminares sobre el suelo, clima, razas, costumbres, caracteres, industrias, para contar y explicar la vida de un caudillo de una provincia, de un país sin unidad, ni gobierno, ni intereses generales de ninguna especie.

“[...] ¿Qué idea tiene de la civilización este autor de Civilización y Barbarie? La civilización, para él, es estar solo en las ciudades, porque, según él, consiste en el traje, en las maneras, en el tono, en los modales, en los libros, en las escuelas, en los juzgados.

[...] El libro no me inspira respeto; el autor no me interesa mucho como hombre de libertad. El libro es pernicioso, como calumnia y sátira contra la República Argentina y su sociedad; y como manual, que es de los caudillos y del caudillaje, está lleno de máximas inmorales y maquiavélicas, y de herejías contra la República Argentina.

[...] Lejos de ser las campañas argentinas las que representan la barbarie, son ellas, como lo hemos notado ya, las que representan la civilización del país, expresada por la producción de la riqueza rural, en que la riqueza del país consiste.

El obrero productor de esa riqueza, el obrero de los campos, es el gaucho, y ese gaucho a que Sarmiento llama bárbaro, comparable al árabe y al tártaro del Asia arruinada y desierta, representa la civilización europea mejor que Sarmiento, trabajador improductivo, estéril, a título de empleado vitalicio, que vive como un doméstico de los salarios del Estado, su patrón[...].”

Estas no son palabras del revisionismo, Sr. Larriqueta, sino de un unitario. ¿Y esta obra nos recomienda Borges en lugar del Martín Fierro, al igual que el latín en vez del guaraní? ¿Sabría de qué estaba hablando...? Como no era inadvertido, debió haberlo sabido. Podría inferirse entonces que acaso compartiera el culto a la mentira con el ilustre sanjuanino, “maestro de América y padre del aula”: ambos argentinos hasta la muerte, que para ese trance eligieron uno la Asunción que había ayudado a destruir y el otro su añorada Confederación, la Helvética.

Cordiales saludos

Enrique C. Picotto 

D - 71067 Sindelfingen –Alemania

Otrosi: Ceterum (2), ¿leyó Ud. el Facundo con algo de atención alguna vez...? Reparo, por ejemplo, en este pasaje del Cap. I, donde habla de la pasta de que estaban hechos los soldados argentinos...?

“Añádase que desde la infancia están habituados a matar las reses, y que este acto de crueldad necesaria los familiariza con el derramamiento de sangre, y endurece el corazón contra los gemidos de las víctimas”.

¿Cómo concilian entonces esos pensamientos con estas otras “ideas” dirigidas por Sarmiento a Mitre?:

“No trate de economizar sangre de gauchos. Este es un abono que es preciso hacer útil al país. La sangre es lo único que tienen de seres humanos”. Archivo Mitre, IX, 360, carta de Sarmiento, 20.09.1861.

Los pobres soldados no habrán podido quizá “con el genio”, pero Sarmiento hablaba francés e inglés, dicen, y se piensa que tenía cultura. Así como Borges sugería el Facundo como libro nacional, debería haber propuesto igualmente mencionar las demás citas, de las que hay muchísimas, y no tratar de ofrecer solo un Sarmiento ad usum Delphini (3), pues eso es también mentir. Y de la mentira no habría que hacerse eco, Sr. Larriqueta.

Otra cosa: sus apreciaciones y estilo en “Nueva Mirada a la Historia” me trajeron a la memoria al amigo de Ernesto Sábato, don Arturo Jauretche. ¿Leyó Ud. de él por casualidad “El medio pelo...”? Vale.


Significado de las palabras en latín:

(1) "Sombra terrible de Facundo, voy a evocarte para que, sacudiendo el ensangrentado polvo que cubre tus cenizas..."

(2) Por lo demás

(3) para uso del Delfín

domingo, 24 de abril de 2022

José Hernández - Martín Fierro

 REVOLVIENDO LA BIBLIOTECA

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En esta sección que llamamos "Revolviendo la biblioteca", incluimos distintos artículos de gran interés histórico, poco conocidos por el público en general, publicados hace ya muchos años.


El artículo publicado a continuación apareció en la revista El Tradicional  N° 93 de enero del año 2010.





- MARTÍN FIERRO -

EL HIJO QUE DIO NOMBRE A SU PADRE 

Por el Dr. José Citrino


Martín Fierro
Así como José Hernández escribió una carta para presentarle sus versos del “Martin Fierro” a su amigo y editor José Zoilo Miguenz, el Dr. José Citrino, como fino detalle, le ha enviado a nuestro director, “en homenaje a nuestra amistad”, sobre la base de la célebre misiva, sus consideraciones acerca de la nota solicitada para El Tradicional, donde el autor desgrana los pensamientos de Hernández en favor de la patria.

Al fin me he decidido a que mi pobre “Ensayo de Hernández, José” me ha ayudado algunos momentos a alejar el fastidio de la vida del Ministerio salga a conocer el mundo, y allá va acogido al amparo de su nombre.

No le niegue su protección, Ud. Que conoce bien todos los abusos y todas las desgracias de que es víctima esta clase desheredada de ensayistas.

Es un pobre ensayo, con todas las imperfecciones de forma que el arte tiene todavía entre ellos; y con toda la falta de enlace en sus expresiones, en la que no existe siempre una sucesión lógica.

Me he esforzado, sin presumir haberlo conseguido, en presentar un hombre que personificara el carácter de nuestra identidad, concentrando el modo de ser, de sentir, de pensar y de expresarse que le era peculiar.

Mi objeto ha sido dibujar a grandes rasgos, aunque fielmente, sus ideas, valores y principios; ese conjunto que constituye el cuadro de su fisonomía moral, en retratar en fin, lo más fielmente que me fuera posible, ese pensamiento, tan poco conocido por lo mismo que es difícil estudiarlo, que expresa la recia contextura intelectual, política y moral de José Hernández; en dibujar al poeta y Martín Fierro, en procura de una interpretación y valoración adecuadas del autor y su criatura.

Sin duda que todo esto ha sido demasiado desear para tan pocas páginas, pero no se me puede hacer un cargo por el deseo, sino por no haberlo conseguido”.

Su verdadero amigo

José Citrino

PD. Estimado Raúl, la libertad que me he tomado, ajustando el texto a la carta que Hernández le enviara a José Zoilo Miguens, no es una falta de respeto para el autor, sino, un homenaje a nuestra amistad.

Un fuerte abrazo.


El mes de noviembre, para los criollistas, es sinónimo de tradición, ése eco que, reflejando, resucita el pasado al exhibir sucesos y protagonistas, y que para los tradicionalistas es sinónimo de pertenencia e identidad, promocionando el pensamiento nacional, la identidad cultural y constituyendo un compromiso con las ideas, los valores y los sentimientos que inspiraron la lucha de nuestros mayores por una nación para todos, sin exclusiones de ninguna naturaleza, con autonomía y justicia, animados por la confianza de saberse hacedores de su propio destino. Y es en él en que se honra el nacimiento de José Hernández, que al decir de Carlos Paz (ex presidente de la SADE) “pocos argentinos deben estar presentes en la memoria de las generaciones que los sucedieron como José Hernández”, popularmente conocido por Martín Fierro, pues como decía él mismo, era ese un hijo que había dado nombre a su padre. Hernández, pertenecía a una generación que soñaba con una Argentina abundante, quería participar en el desarrollo histórico de la nación y ser uno de sus constructores. Eran tiempos de crecimiento, de crisis, en los que un pueblo cuestiona su modo de ser, es decir, su identidad.

Por ello, y porque es en la política donde se da, más que en cualquier otro campo de la realidad, la sensibilidad para producir el cambio y actuar en consecuencia, es que creemos conveniente realizar un homenaje a esa generación de políticos, a través de una interpretación y valoración no lineal (múltiples vertientes) de la vida y obra de Hernández; por cuanto a medida que avanzamos en el análisis, la vida se va mostrando en la obra y, correlativamente, la obra va señalando los objetivos de una vida, que contribuyeron a la construcción de una Argentina diferente.

Para ello debemos renovar la importancia que se le concedió a la generación del 80, difundiendo aquellas personalidades que son paradigmáticas a partir de su cultura, su pensamiento democrático, la conducta cívica, la conciencia nacional y su acción, constituyéndose por sí solas en modelos cívicos.

En este orden, Hernández guiaba su mente por distintos rumbos, sin distracción ni confusiones y así fue sucesiva y a veces juntamente:

* Contador, taquígrafo, guerrero, revolucionario y legislador.

* Miembro del Consejo Nacional de Educación, consejero del Monte de Piedad y del Banco Hipotecario.

* Protector de las industrias, estanciero, periodista, orador y poeta.

* Hombre de espada y de pluma, del bosque y del salón, de tribuna y de espuela.

* En el campamento como en el gabinete sirvió a su país en el orden Nacional y Provincial.

De su poema “Martín Fierro” dijo el doctor Navarro Viola: “es una lección de lo que debe ser la poesía, es decir: Una moral y un arte”.

SU INFATIGABLE ACTIVIDAD LA PODEMOS SINTETIZAR EN LOS ASPECTOS SIGUIENTES:

I - Referidos a la comunicación: En el campo del periodismo redactó muchos periódicos, “El argentino” en Entre Ríos, como corresponsal político de la “Reforma Pacifica”, y en varios del Rosario. Redactó con Soto “La Patria” en Montevideo y fundó en Buenos Aires, “El Río de la Plata”, donde fue co-redactor el ilustrado Agustín de Vedia y colaboraron los señores: Navarro Viola, José Tomás Guido, Vicente G. Quesada, C. Guido y Spano, J. Siena Carranza, M. A. Pelliza, Tomás Moncada Avellan, Simón Bolívar Camacho y otros escritores de nota e iniciaron sus primeras armas literarias Estanislao Zeballos, Aurelio Herrera (Teseo), Cosme Mariño, Oscar Liliedad, Ocampo (Salvador Mario), Mariano Espina, Gerónimo Montero, Samuel Albert, Nicasio Dibur, Rómulo Gazcón, Enrique Serantes, Vicente Hernández, Horacio Mendizábal, Sixto Rodríguez y otros.

Como director/periodista, llevó a cabo actividades, con persistente labor, que permitieron volver a la vida pública a los señores Vicente López, Bernardo de Irigoyen, Luis Sáenz Peña, Alvear, Lahitte, Gutiérrez, Vicente G. Quesada, Navarro Viola y Tomás Guido.

II.- Referidos a sus ideas políticas:

Autonomía de las localidades.

Municipalidades electivas.

  La abolición del contingente de frontera, generando una revolución en las ideas sociales y en la política.

Elegibilidad popular de jueces de Paz.

Elegibilidad popular de comandantes militares y consejeros escolares.

El culto “de la libertad” como bien supremo.

Defensor de la justicia social.

La mayor garantía que puede darse a los intereses de todos, es que los poderes públicos tomen la menor intervención posible en los negocios de los particulares.

Una política sin justicia, nos aleja de la democracia.

La oposición es siempre útil a los pueblos y a los gobiernos, por más que muchas veces sea apasionada e injusta. Ella es un testimonio de la liberalidad de las instituciones y del respeto de la autoridad hacia los derechos que consagran. Negarle su razón de ser, sería suicidarse. Los derechos son solidarios.

“El concurso a que deben aspirar los gobernantes republicanos, es el de la opinión, libremente manifestada; y éste se adquiere marchando siempre por la vía recta y teniendo por únicos aliados la libertad y la justicia. Más sirve a los gobiernos la prensa opositora que la prensa oficial, porque aquella señala siempre los errores y los escollos, mientras que ésta se empeña en facilitar el camino y en oscurecer la verdad que hiere y deslumbra”.

“Una política alta y generosa, conciliadora sin debilidad, protectora sin privilegios, es lo que se necesita para vencer la crisis, es lo que reclama el país por medio de sus órganos caracterizados. Abordar la solución de todos los difíciles problemas sociales y económicos, dar seguridad a la vida, al derecho, ala propiedad, estimulando el respeto a la ley, reprimir con mano fuerte el abuso de funcionarios despóticos, fomentar la industria, el comercio, eso es lo que necesitamos, ese antídoto contra las reacciones del mal.”

“La historia, eco de los acontecimientos pasados, debe servirnos de ejemplo para el porvenir: Ocupémonos del porvenir; entreguemos a la generación que viene una Patria grande, libre, fuerte, organizada y respetada. Y habremos cumplido la misión de nuestros padres”.

III.- Referidos a los aspectos sociales:

La emancipación del criollo, cuidar con empeño la condición, la suerte de los paisanos, por cuanto, las sociedades que olvidan la suerte de sus pobres están condenadas a ser siempre pobres.

La defensa de los usos, costumbres y el lenguaje popular (españolismo, sabiduría profunda y moral exquisita).

La defensa exacerbada de los derechos individuales.

La lucha contra todo tipo de discriminación (social, política, económica etc).

Defensa de la sociabilidad en que se desarrollaba la gauchesca: la familia y la popular “milpa” (ayuda entre vecinos).

La educación no es una cosa mecánica. Ha llegado la época feliz, de poner término a la educación vegetativa, que ha habido tanto en las provincias que componen la República. Edificios estrechos, inadecuados para su objeto; falta de útiles, falta de personal docente, la educación pública se resiente de todas estas deficiencias. Una de las causas que más influye en el espíritu y en la inteligencia del niño es el local en el que se educa. Los niños se adhieren generalmente a las primeras impresiones. Y no es lo mismo formar ciudadanos de elevadas ideas en casas oscuras, pequeñas, malsanas, que formarlos en buenos edificios. 

Así como la generosidad es el más noble castigo de la ingratitud, la práctica de la virtud es la derrota del vicio y de la iniquidad”.

IV.- Referidos a los aspectos económicos:

Sostener el desarrollo tecnológico y la investigación científica.

La inserción en el movimiento científico, comercial y económico del mundo.

La colonización de las tierras públicas.

La concepción del trabajo como elemento dignificante del hombre libre.

Defensa, desarrollo y afianzamiento del sentido de la propiedad privada.

Defensa de la libertad de comercio.

Un país que tiene por única base de su riqueza pública la ganadería y la agricultura, debe preocuparse por estudiar con acierto y con prudencia los medios que otros países tan adelantados como nosotros, o más adelantados quizá, ponen en ejercicio para obtener buenos resultados de estos elementos primordiales de riqueza.

Ateniéndonos al orden general, como buena doctrina económica, es bueno todo comercio que lleva la mercadería adonde está la necesidad: aproximar la mercadería a donde está la necesidad, y no llevar la necesidad adonde está la mercadería. Así se multiplica el consumo. Es decir, se llega al consumismo como ideología del consumo.

“Demos franquicias, ofrezcamos alicientes a los capitales y todo vendrá pronto. Alentemos a las empresas, no trabemos la iniciativa individual, no llevemos la acción oficial más allá de su misión y de su órbita, y veremos cómo las fuerzas vigorosas de la Provincia se desenvuelven con increíble rapidez.”

“Las riquezas naturales aguardan la época en que deben ser explotadas bajo la influencia fecunda de la paz, del capital y del trabajo”.

“No es un principio admisible, pero es una verdad práctica y reconocida, que donde hay hambre no hay honradez”.

“Al colono extranjero le ofrece la ley Nacional, tierra, semilla, implantes, herramientas, animales de labranza y mantención por un año para él y su familia. Bienvenidos sean esos obreros del progreso. Pero, si el país necesita la introducción del elemento europeo, necesita también como único, como mejor y más eficaz remedio a todos los males, fundar colonias agrícolas con hijos del país”.

“El problema económico que actualmente llama la atención de mayor número de sabios y pensadores europeos, es el que se refiere a la alimentación del género humano. A pesar de los grandes progresos de la agricultura, la producción anual es insuficiente en las primeras naciones del viejo mundo. Nuestro país puede producir en abundancia los elementos de subsistencia que Europa reclama, abriendo así un vasto campo al trabajo, un empleo provechoso a los capitales, y una útil aplicación a la inteligencia y a la actividad industrial.”

“No nos descuidemos, no nos quedemos atrás del movimiento científico, comercial e industrial del mundo, si aspiramos a ser, lo que nos corresponde por legítimo derecho, es decir, la Nación más grande, más fuerte, y más próspera del Continente Sud Americano”. Con el enunciado acerca del peso de las ideas para la transformación de la sociedad, Hernández muestra y demuestra el calado de su percepción política. Esta alcanza ámbitos que el habitual lector de su poema está lejos de sospechar.

Por ello, la difusión de la vida y obra de Hernández como político y legislador, se orienta a fortalecer la conciencia nacional, refirmar nuestra fe en la democracia e informar, enseñar y persuadir en libertad.

En este marco, el valor de las ideas, claramente expuesto por Hernández en toda su obra (política/literaria), sobrepasa la percepción habitual de los hombres públicos, generalmente más preocupados por la solución de los problemas parroquiales, que la conjugación de la acción política con el entendimiento de los fenómenos que, desde diversos planos, asedian al hombre y a la sociedad. La evolución de sus ideas lo convierte en un auténtico hombre de la Organización Nacional.

En esta línea de análisis, el Martín Fierro nos muestra dos épocas. La primera de la paz social, cuando los estancieros y sus peones realizaban “grandes trabajos de los que hoy no se tiene idea”, fue sustituida por la protesta política. Por eso en la segunda parte del poema, no se canta a la vida en las estancias sino la expoliación de los gauchos libres o de los ocupantes de tierras que carecen de título formal sobre ellas. La respuesta al contraste de las épocas, la encontramos colocando el poema en el terreno histórico. La primera época, en donde se abordó el problema social de las relaciones de trabajo, se corresponde con los recuerdos juveniles de Hernández sobre la estancia federal en la cual vivió. En la segunda sucede a la inversa; el fondo, en cuanto culpa a las autoridades (siempre en abstracto) es esencialmente político.

Está claro que la crítica política contra las autoridades unitarias que sobrevinieron a Caseros está presente en la segunda parte. Y así, históricamente quedan en descubierto las raíces federales del pensamiento hernandiano, que sostienen todo el poema en su espíritu y construcción.

No debemos olvidar que en vida de Hernández y ya editado el Martín Fierro todavía persistía “la papeleta” de trabajo, la utilización de los cepos y las estaqueadas, se aplicaba indiscriminadamente el Código Rural (al solo criterio del juez de Paz), se utilizaban los apaleamientos y cundían el hambre y la miseria.

La lucha de Hernández contra todo ello fue incansable hasta obtener el decreto del 8 de noviembre de 1881, que abolió el uso de los cepos y los otros castigos corporales. Pareciera un decreto un poco tardío, en una República que se preciaba de su Constitución, de sus ferrocarriles, de su crédito exterior y de su universidad; pero así aconteció, para desgracia de la formación de una raza democrática, libre, culta y de trabajo.

Podemos asegurar, luego de ubicar el poema en su época y teatro de acción, que fue contra este tipo de justicia “persistente”, aplicada en detrimento de los derechos humanos y las libertades constitucionales que dirigió Hernández su poema; más valioso como requisitoria contra la expoliación de libertades esenciales para la vida humana, que reinaba en las campañas, que como simple obra literaria.

Es importante destacar la coherencia entre el poeta y el legislador, puesto que Hernández funda sus intervenciones en sus conocimientos y en su experiencia.

Ello, se observa en la sesión del 19 de noviembre de 1880, donde se generó uno de los debates parlamentarios de mayor importancia que tuvieron lugar en la Cámara de Diputados de la Provincia de Buenos Aires, y es el referido al proyecto del Senado, cediendo el municipio de la ciudad de Buenos Aires para Capital de la República.

La intervención de Hernández constituyó una pieza memorable dentro de la historia parlamentaria argentina, de la cual extractamos: “Una vez resuelta la cuestión de la capital en el sentido que debe ser resuelta, no habremos hecho una evolución; habremos completado nuestro camino; y entonces, los grandes hechos de nuestra historia política podrán completarse en estas fechas notables:

- 1810, la emancipación;

- 1816, la declaración de la Independencia;

- 1853, la Constitución Federal;

- 1862, la integridad nacional, incorporándose Buenos Aires;

- 1880, la organización de la República, definitivamente constituida, con Buenos Aires por Capital.

Tenía Hernández en su origen sangre sin mezcla, y una obstinada identificación con la patria, perpetuada sin desfallecer a lo largo de las generaciones. La vocación de servir que incluía el tributo de la propia vida. Todo ello unido a la dignidad en la conducta, a la falta de empaque, al corazón en su quicio y a la modesta sencillez de las costumbres, signo y cifra de un genuino y ejemplar patriciado criollo. Hoy más que nunca, frente a la magnitud de la crisis social, económica y política que atraviesa la Nación, cobra relevancia el pensamiento y la actitud de estos hombres de la denominada “generación del 80”, cuya lucidez y coraje transformó profundamente la sociedad de su tiempo. Por ello, al decir de Leopoldo Lugones: “... Puede que José Hernández, ya crecido, se mirara en el espejo de sus mayores, de aquellos hombres que en la bella y difícil conciencia del deber, Para honra de la Patria dicen como hay que ser”.

Fuentes

“Tiempo y Vida de José Hernández”, Horacio Zorraquín Becú. 

“Instrucción del estanciero”, José Hernández.

“José Hernández, el senador Martín Fierro”, José Isaacson, Círculo de Legisladores de la Nación Argentina.

“Fierro y la Expoliación del Gaucho”, Juan Carlos Vedoya.

lunes, 1 de diciembre de 2014

Adolfo Saldías y José Hernández

 Publicado en el Periódico El Restaurador - Año IX N° 33 - Diciembre 2014 - Pags. 3 y 4 

Adolfo Saldías y José Hernández

Como un homenaje a Adolfo Saldías a 100 años de su desaparición física y a los 180 años del nacimiento del gran y máximo poeta nacional, publicamos la carta que el primero le remitió a Hernández a fin de manifestarle sus impresiones sobre el Martín Fierro.


Buenos Aires, Noviembre 16 de 1878.

Señor D. José Hernández.

Mi amigo: Le prometí a Vd. últimamente manifestarle mis impresiones sobre su «Martin Fierro», y paso a hacerlo.

Está demás anticiparle que yo no puedo, ni debo emitir un juicio crítico acerca de ese libro con que Vd. ha enriquecido nuestra literatura Nacional.

Adolfo Saldías
Imagínese Vd. que a cualquiera, a H... a mi, se le ocurriera hacer algunas de esas indicaciones que se suelen dejar caer sobre un autor con todo el peso del sentimiento paternal que las inspira, (el sentimiento paternal (sic) suele traducirse en palos aplicados sin ninguna ceremonia) analizar el bagaje literario de su libro; apuntar incorrecciones; someter al bueno de «Martin Fierro» al tormento de esas mil reglas y preceptos que los críticos nunca acaban de inventar, porque esto les da eterno pretexto para disertar sobre el modo cómo se han desnaturalizado las unas o violado las otras.

Todo esto sería música celeste. Cualquier criollo estaría tentado a responder lo que respondió uno de ellos al caballero inglés que le preguntaba: ¿Do you know where is Cochabamba street? — si no dijera demasiado con estas palabras: amigo es matarse; nosotros hemos leído a «Martin Fierro» en once letras diferentes.

He aquí mi amigo Hernández, el mejor juicio acerca de su libro. Once ediciones de un libro son como para llenar de orgullo un autor en Buenos Aires. Vd. solo puede blasonar de ello. Ni la Constitución Argentina ha merecido este honor. Se ensayó dos veces en 1811, se varió en 1815, en 1817, 1819, en 1826 y en 1853-60: ocho publicaciones mi amigo. Su «Martin Fierro» le lleva tres todavía; y recorre a caballo la llanura, las pulperías y los ranchos, haciendo por la vida, esto es, por otras tantas ediciones.

Y se va lejos, se hunde en el Sud — en ese Sud de tiernos y dolorosos recuerdos para el gaucho, donde este se deja ver todavía arrogante y hermoso como ahora cincuenta años, cuando imponía su voluntad y su ley a todos aquellos a quienes en vano clamó, durante otros tantos años, para que lo sacaran del mísero desamparo en que vivía.

Porque el gaucho, — y esto es lo que hace buscar con cierto amor todo libro que a él se refiere, — tiene su noche en nuestra historia; noche larga, sin otra luz que la de las cuatro estrellas que indican ese Sud en nuestra Pampa. Su huella ha sido la del martirio abnegado, — su vida la del combate con la adversidad, su destino, el de los eternamente desheredados, su único consuelo el desierto inmenso, que siempre revivió bajo sus plantas prodigando a su rey desventurado sus flores, sus brisas y sus aguas para que recuperara sus fuerzas, allí, a la sombra del ombú, bajo el cual se levantó alguna vez su rancho de paja en que desapareció con su mujer y con su hijos!....

Es un poema de lágrimas que solo el Pampero ha recogido.... flores silvestres de rara fragancia que sepultó el progreso que pretendemos cimentar con remedios de civilizaciones ajenas, y que amenaza privar el gaucho hasta del consuelo de ver en un día no lejano, el espectáculo de nuestras libertades arraigadas, de nuestros derechos dignificados, de nuestra prosperidad asegurada por las que el gaucho luchó durante cincuenta años con su lanza y a caballo. 

Sigamos al gaucho, mi amigo, sigámoslo en esa noche tristísima para él y vergonzosa para nosotros Encierran misterios tan íntimos y tan mal comprendidos los senos generosos de esa Pampa, donde el gaucho nació como rey y donde apenas vivió como cuervo!... Tanta melancolía mezclada con cierto amor a la patria que conquistamos con ellos, cae al fondo del alma al evocar el recuerdo de esa noche!

A principio de este siglo el gaucho, con ser que ya había guerreado en nombre de su patria contra los ingleses, era el más desamparado de la suerte y de los hombres. — Después del esfuerzo de su patriotismo, solo le quedaba la inclemencia del desierto, al cual no dejaban los bienes relativos de que gozaban los hombres de las ciudades.

Requerido constantemente para el servicio militar que demandaba nuestra guerra de la Independencia ¿dónde se dio una batalla en la que el gaucho no lanceó, acuchilló, baleó y venció a los españoles, haciendo gala de ese heroísmo temerario que es aliento poderoso de su alma, algo como carne de su carne? ¿Dónde no estuvieron Güemes y Lavalle, Necochea, Balcarce, Pringles, Lamadrid, Suarez, Olavarría y tantos otros brazos armados constantemente en defensa de la República?

La Independencia se iba logrando, el bienestar se acariciaba, se comenzaba a gozar algunos bienes, y entre tanto ¿qué participación tenía el gaucho en este nuevo teatro de la democracia, que él había contribuido a cimentar?

Ninguna: seguía siendo soldado, ni hogar, ni familia que lo ligara a la patria ingrata que lo había engendrado para sacrificarlo, especie de Saturno que bebía sin saciarse la sangre de sus hijos.

La desgracia suele tener sus paroxismos. El alma estalla frenética desgarrando con salvaje complacencia los sentimientos que algún día le sirvieron de consuelo para borrar de sí, hasta el recuerdo de la esperanza maldita, que agotó las lágrimas y las fibras marchitó.

El infortunio del gaucho lo tuvo también. La ocasión le fue propicia y él la aprovechó para dar rienda suelta a sus instintos y a sus furias.

Al despuntar el año 20, los gauchos recorrían el desierto en todas direcciones, para aproximarse en medio a su desventura, y librar juntos ese combate tremendo que debía perpetuarse en nuestro país hasta que triunfara la idea que ellos estamparon, sin conocerla, en las banderolas rojas de sus lanzas húmedas con sangre.

La representación que asumían Ramírez, López, Bustos y después Facundo y Aldao en otras Provincias, la asumió Rosas en la de Buenos Aires.

Radicado en la campaña «sacrificando comodidades y dinero, haciéndose gaucho, hablando como tal, haciendo lo que los gauchos hacían, protegiéndolos, haciéndose su apoderado, cuidando de sus intereses, etc. etc.», según el mismo Rosas lo ha expresado en una confidencia —el descendiente de los Condes de Poblaciones fue como una Providencia que surgió de las entrañas de la Pampa en favor de los gauchos, que miraban con indecible asombro ese hombre para ellos extraordinario, y que era su proprio engendro y que ya los había hecho brillar sobre todos, conduciéndolos a ahogar la anarquía en esa ciudad de Buenos Aires, que nunca había tenido un eco de consuelo para ellos.

Rosas llegó a ser el gran señor de la campaña. El teatro era muy vasto; pero la admiración y el cariño hacia su persona era llevado en alas, por los gauchos, de pulpería en pulpería, donde templaban sus guitarras para cantar sus alabanzas a ese gaucho hermoso y arrogante que protegía sus hogares y los hacía felices dejándolos vivir de su trabajo al lado de su hijos. ¿Cómo pues el corazón de la campaña no había de abrirse con la espontaneidad de la flor del aire para elevar a Rosas al Gobierno?

Rosas adoptó en provecho de su Gobierno fuerte, la idea en nombre de la cual los gauchos y sus jefes vinieron a atar sus potros al pié de la Pirámide de Mayo en 1820. La federación que une a todos los argentinos bajo el glorioso pabellón de Mayo, ha sido pues la venganza que tomaron nuestros gauchos. La devastación y los males que esto ha causado antes de asentarse para siempre, están compensados con ese infortunio cruento del gaucho que también es hijo de esta tierra, y con el provenir venturoso que esa federación nos depara si sabemos perseverar en los propósitos que desde 1862, quedaron librados al patriotismo de los pueblos argentinos.

Tal es el tipo histórico y social de su «Martin Fierro».

El ha ido desapareciendo a medida que se han ido extendiendo y perfeccionando los principios que el gaucho proclamó y sostuvo durante nuestras peregrinaciones y contiendas.

Pero su condición no ha mejorado en razón de esos progresos. Todavía lo abate su infortunio, porque todavía tenemos mucho desierto desamparado y todavía tenemos alguna barbarie enmascarada en la República.

Todavía el gaucho llora la triste suerte que le cabe en la campaña, donde subsisten para él los rigores que han desaparecido para los demás.

Estos rigores de su suerte mezquina, esta desgracia, es lo que canta Vd., tomando a la Pampa como teatro y a un payador valiente y generoso como protagonista.

¿Como lo ha hecho Vd.? (Aquí debía empezar el juicio crítico). Ya queda dicho al principio, ya lo han dicho las once ediciones de su libro.

Permítame Vd., pues, que no añada más a lo que, sobre el particular han dicho las personas competentes que han leído su libro, tributándole a Vd. los elogios que merece su bien cortada pluma para esta clase de literatura tan poco explotada entre nosotros, a pesar de haber tenido precursores como Hidalgo, Lavardén y Ascasubi. Del Campo, el famoso Anastasio el Pollo y Vd., son los únicos que la han cultivado en nuestros días. Ambos han obtenido lauros que mañana figurarán en nuestros fastos literarios como frutos óptimos de esfuerzo nobilísimo que tiende a perpetuar en nuestra historia el tipo original y esforzado del rey de los desiertos argentinos.

Son los votos de su amigo.

                                                    Adolfo Saldías

viernes, 1 de marzo de 2013

Florencio Molina Campos

 Publicado en el Periódico El Restaurador - Año VII N° 26 - Marzo 2013 - Pag. 3 

 

 Libro recibido

"El gaucho Martín Fierro, el arte de Molina Campos"

El 6 de diciembre ppdo., se cumplieron 140 años de la primera aparición de "El gaucho Martín Fierro", recibimos ahora esta nueva edición, realizada por Molina Campos Ediciones.  

Florencio Molina Campos
Y aquí me pongo a cantar


No vamos a referirnos en este pequeño espacio a la obra de José Hernández, por lo demás archiconocida, pero sí diremos que este libro será un verdadero éxito comercial, pues los editores lograron aunar los versos hernandianos con la obra del genial artista plástico argentino, don Florencio Molina Campos, quien fue un auténtico artista costumbrista, con un conocimiento exhaustivo del campo argentino, famoso en el mundo entero. Críticos renombrados de arte, ya se han expedido también acerca de la importante y maravillosa obra de este pintor, mucho mejor de lo que podríamos hacerlo nosotros.

Las pinturas de don Florencio que ilustran la obra, están cuidadosamente reproducidas y si bien no fueron pintadas originariamente para ilustrar el Martín Fierro, reflejan no solo la vida del hombre de campo ya de por sí variada con sus costumbres, vestimentas, bailes, enseres, etc. sino también la de animales y paisajes, siendo todo ello un complemento importante del inmortal "Martín Fierro". Sí diremos que muchas de las más de 100 ilustraciones reproducidas son poco conocidas o prácticamente desconocidas y todas dan realce al libro.

Esta cuidada edición de 160 páginas, con una impresión esmerada realizada en papel ilustración, tiene un diseño moderno, que contiene también un glosario de los términos camperos empleados por Hernández, que hace más comprensible la lectura del poema.

¿Quién no tiene en su biblioteca un ejemplar del Martín Fierro?, pero creo que esta es una oportunidad para tener también una especie de catálogo de las obras de Molina Campos, que convierten a esta nueva edición en un libro de colección.

Esta es también una invitación para volver a releer el Martín Fierro con un mejor entendimiento de la obra y a la par, deleitarnos página a página con las inmejorables ilustraciones de don Florencio.

En síntesis: un libro para no perdérselo y que no puede faltar en ninguna biblioteca.

                                                                                                          Norberto Jorge  Chiviló