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martes, 26 de abril de 2022

Rosas y su tiranía - Bartolomé Mitre

REVOLVIENDO LA BIBLIOTECA

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En esta sección que llamamos "Revolviendo la biblioteca", incluimos distintos artículos de gran interés histórico, poco conocidos por el público en general, publicados hace ya muchísimos años.

En la "Sección ilustrada de los domingos" del diario La Prensa del 19 de marzo de 1972, en la columna "Páginas para releer" se publicó partes de la carta enviada por  Bartolomé Mitre, a su discípulo Adolfo Saldías, con motivo del envío por parte de éste de su obra "Historia de Rosas y su época"

Dicha obra tuvo su orígen en el pedido que Mitre le efectuara a su discípulo para que escribiera una biografía del gobernante porteño.

 Rosas y su tiranía

por Bartolomé Mitre


Los dos primeros volúmenes de su historia la han podido pasar bajo la bandera de parlamento, como el desarrollo de una tesis en que la vida nacional de una época con sus fenómenos espontáneos constituyese el argumento. Su tercer volumen es la glorificación de un hombre que fue un tirano, dominando un pueblo inerte, sin voluntad propia, movido por el terror o por un fanatismo cristalizado; es la justificación de la existencia de un partido, que triunfante sólo alcanzó a fundar el cacicazgo irresponsable, sin ley y sin misericordia, y lo que es más, la teorización de un conjunto de hechos brutales levantados a la categoría de principios de gobierno orgánico; y para acentuar esta glorificación, esta justificación y esta teoría, viene la condenación sin remisión de los adversarios de la tiranía en sus medios y sus fines, negándoles hasta el instinto patriótico y desconociendo su obra aún después del éxito. Antes de V. algunos se han propuesto la imposible tarea que se ha impuesto sin ir tan lejos en la acusación. Un historiador español pretendió rehabilitar la memoria aborrecida de Felipe I. Un historiador alemán ha procurado vestir a Lucrecia Borgia con la túnica inmaculada de la castidad. Últimamente el historiador inglés Froude se ha propuesto demostrar que Enrique VIII no fue un tirano ni un malvado, sino un gran rey y un hombre bueno. Estas tentativas para disfrazar la verdad o alterar el juicio histórico de la humanidad, en nada absolutamente lo han modificado, y las mismas pruebas aducidas han servido para confirmarlo definitivamente. Y eso que se trataba de tiranos y de seres corrompidos, que tenían su explicación morbosa, cuando el mundo era gobernado por tiranos en medio de la corrupción universal; cuando los tiranos eran una institución de hecho; cuando la moral pública era la del príncipe de Maquiavelo, y cuando no había términos de comparación entre los buenos y malos gobiernos, y por lo tanto, las tesis eran relativamente sostenibles en presencia de su tiempo, aunque no ante la conciencia de su pos- tidad. Con el libro de V. sucederá con más razón lo mismo, porque no sólo no responde a la verdad, relativa, sino que pugna con el espiritu universal que está en la atmósfera moral del planeta que habitamos.

Se ha propuesto V. la rehabilitación histórica, política y filosófica de una tiranía y de un tirano, en absoluto y en concreto, tratando de explicarla racionalmente por una ley anormal, dándole una gran significación nacional y orgánica y un carácter en cierto modo humano como potencia eficiente en la labor colectiva que constituye el patrimonio de un pueblo; y esto, en presencia del siglo XIX en que el mundo está gobernado por la libertad, por las instituciones, por la moral pública, que dan su razón de ser y su significación a los hombres que pasan a la historia marcando los más altos niveles en el gobierno de los pueblos libres.

Cree V. ser imparcial. No lo es, ni equitativo siquiera. Su punto de partida, que es la emancipación del odio a la caída de la tiranía de Rosas, lo retrotrae al pasado, por una reacción impulsiva, y lo hace desandar el camino que lo conduciría al punto de vista en que se colocará la posteridad, colocándose en un punto de vista falso y atrasado. De este modo, el espacio en que se dilatan sus ideas está encerrado dentro del círculo estrecho de acción a que subordina su teoría como derivada del hecho, que es su fórmula concreta, y es pura y netamente el campo de la acción federal de los sectarios de Rosas sin más horizontes que la perpetuidad de la tiranía. De aquí que por un fenómeno psicológico que se explica por la ilusión óptica y por la limitación de vistas amplias, aprisionado dentro de este círculo de hierro, su corazón y su cabeza —no obstante sus instintos generosos—, estén del lado de los verdugos triunfantes y no de las víctimas rendidas.

Cierto es que V. dispensa por excepción, justicia o caridad a los vencidos por la tiranía, aunque no les acompañe con sus simpatías en sus dolores; pero es justificando por razón del número o de los tiempos o de la fatalidad las victorias de la tiranía, y protestando más o menos explícitamente contra las victorias de sus adversarios en nombre de la lógica, y hasta rehaciendo por la estrategia uchrónica las batallas o campañas en que éstos triunfaron.

No es mi ánimo hacer el análisis de su libro al acusar recibo de él y de su atenta carta en que me califica de maestro; pero sin extenderme mucho en apreciaciones o rectificaciones que me llevarían muy lejos, me bastará apuntar algunas observaciones a fin de comprobar con el texto de su mismo libro mis aseveraciones.

Considera V. el gran sitio de Montevideo del lado de los sitiadores. Hace mofa de la Ilíada de la nueva Troya del Plata. Niega a sus defensores la representación de la libertad y la civilización, y a su defensa el carácter trascendental que los acontecimientos le han señalado en la historia. Pone por cuenta de la licencia práctica los degüellos de los sitiadores, de lo que como testigo puedo dar fe, asegurándole que fueron sin represalias por parte de la plaza. Por último, pone del lado de los sitiadores la razón del número por la razón del territorio dominado por sus armas. Es el criterio contemporáneo del campamento del Cerrito de Oribe. Según esto, Oribe era el derecho sostenido por la fuerza de la opinión del país —presidente legal vitalicio—, y debía lógicamente vencer, como representante de un principio superior que no encarnaban “los aventureros”, como los llama —aceptando implícitamente la calificación de Oribe—, que defendían dentro de las trincheras de Montevideo.

Hace V. el proceso biográfico, literario y político de Rivera Indarte, estigmatizándolo sin caridad desde su niñez y cargando las sombras sobre los accidentes de su inofensiva persona, a la par que se muestra benévolo con Mariño, a quien levanta sobre su contendiente y borra con la mano del redactor de la “Gaceta Mercantil” las “Tablas de Sangre” del redactor de “El Nacional”; de lo que resulta que las manchas de sangre de la tiranía desaparecen, y que Rosas no mató a nadie, como lo aseguró Mariño, o que mató bien y legalmente a los que mató. 

Presenta V. la mazorca como una asociación inocente “desempeñando el mero papel de comparsa en las festividades en honor a Rosas”, escudándola con los nombres expectables que figuraban en sus listas, y con esto la absuelve de las matanzas ejecutadas en abril de 1842, en las calles, por sus sicarios patentados, las que “se explican —me valgo de sus propias palabras (página 140)— como escenas de sangre que tuvieron lugar en Buenos Aires en abril de 1842, como venganzas personales, las más ejercidas en circunstancias anormales, en que el pueblo ineducado quería víctimas para alimentar sus rencores aguijoneados por un enemigo audaz, que inmolaba igualmente victimas en los altares de sus odios. Esas escenas (sigue usted hablando) eran obra de la propia intransigencia que la prensa de Montevideo contribuía a mantener, siendo cierto que Rosas puso un enérgico correctivo a esos atropellos incalificables, lo que no impidió que la prensa de Montevideo dijese que Rosas era el autor de esos degüellos por medio de la Sociedad Popular Restauradora, o sea la mazorca”. He ahí la teoría del furor popular, de la efervescencia popular de Rosas, explicada por excesos de enemigos, según usted, por los excesos de la palabra, contrarrestados por el puñal, por la ineducación del pueblo que se permitía matar a la luz del día, sin licencia y contra la voluntad del Restaurador de las leyes, ¡pregonando las cabezas de las víctimas como duraznos del mercado!

El asesinato de Florencio Varela es explicado por usted con los comentarios de sus asesinos, tomando el texto de un diario brasileño asalariado por Rosas, que ofrece a la posteridad “como ecos imparciales y levantados que dan pábulo a las conjeturas, pero que no descubren la verdad”. Según esos ecos, Varela fue asesinado por sus opositores domésticos dentro de Montevideo, es decir, por sus mismos correligionarios políticos disidentes. La conclusión a que llega por este camino es que “no es evidente que Oribe pusiera el puñal en manos de Cabrera y le ordenara que lo matase”, por cuanto el proceso se ha perdido, y porque, además, a estar al testimonio de personas que dice usted bien impuestas y que no nombra, de él resultaban los hechos no tal como el doctor Juan Carlos Gómez, que entendió en él, lo ha asegurado. Es, sin embargo, un hecho de solemne notoriedad que el proceso se perdió cuando Oribe pactaba con sus antiguos enemigos —o algunos de éstos con él—, y son públicas en Montevideo las declaraciones del asesino Cabrera, estando en la ciencia y conciencia de todos quién fue el asesino. 

Cuando el coronel Maza hace degollaciones en masa matando sin piedad ciudadanos inermes y prisioneros de guerra desarmados y capitulados, no es el sistema que representa y sirve la causa de estas bárbaras matanzas, sino el temperamento enfermizo o la monomanía sangrienta del ejecutor; lo que salva científicamente de toda responsabilidad a la colectividad política y militar a que pertenece, callando que la ley federal era no dar cuartel y matar prisioneros de guerra.

Llama V. traidores —y por varias veces— a los que combatieron y derribaron la tiranía de Rosas por medio de alianzas y coaliciones, buscando fuerzas concurrentes que al fin aceptaron los mismos federales que se alzaron contra Rosas. Olvida que el pueblo luchó cuarenta años contra su tirano salvando su honor con su resistencia; que Corrientes se levantó y cayó sola tres veces; que el sur de Buenos Aires, sin un solo soldado, se alzó como un solo hombre al grito de libertad; siendo estas dos revoluciones las más populares de que haya memoria en los fastos argentinos. Olvida que la revolución argentina la inició Lavalle con un puñado de hombres a pie, que recorrieron la República desde el Plata y sus afluentes hasta los Andes del oeste y del norte, atravesando el Chaco desierto, sin dejar de sublevar una sola provincia argentina cuando sus aliados los abandonaron, y regaron el territorio patrio con su sangre. Olvida hasta el martirio de los que prepararon el triunfo final, con su valerosa protesta cívica, olvidando la enseñanza de la parábola romana de que el primero que intentó doblegar la encina concurrió tanto o más a derribarla que el último pigmeo que lo consiguió merced a los esfuerzos de los que le precedieron en el empeño.

 

BARTOLOME MITRE (1821-1906), militar, periodista, escritor, estadista e historiador argentino, cuya personalidad y obra se vinculan, con títulos sobresalientes, a la vida nacional en sus aspectos más fundamentales. De una carta que enviara el 19 de octubre de 1887 al doctor Adolfo Saldías, acusando recibo de su libro “Historia de Rosas y de su época”, trascríbense los párrafos que se publican.

lunes, 1 de diciembre de 2014

Adolfo Saldías y José Hernández

 Publicado en el Periódico El Restaurador - Año IX N° 33 - Diciembre 2014 - Pags. 3 y 4 

Adolfo Saldías y José Hernández

Como un homenaje a Adolfo Saldías a 100 años de su desaparición física y a los 180 años del nacimiento del gran y máximo poeta nacional, publicamos la carta que el primero le remitió a Hernández a fin de manifestarle sus impresiones sobre el Martín Fierro.


Buenos Aires, Noviembre 16 de 1878.

Señor D. José Hernández.

Mi amigo: Le prometí a Vd. últimamente manifestarle mis impresiones sobre su «Martin Fierro», y paso a hacerlo.

Está demás anticiparle que yo no puedo, ni debo emitir un juicio crítico acerca de ese libro con que Vd. ha enriquecido nuestra literatura Nacional.

Adolfo Saldías
Imagínese Vd. que a cualquiera, a H... a mi, se le ocurriera hacer algunas de esas indicaciones que se suelen dejar caer sobre un autor con todo el peso del sentimiento paternal que las inspira, (el sentimiento paternal (sic) suele traducirse en palos aplicados sin ninguna ceremonia) analizar el bagaje literario de su libro; apuntar incorrecciones; someter al bueno de «Martin Fierro» al tormento de esas mil reglas y preceptos que los críticos nunca acaban de inventar, porque esto les da eterno pretexto para disertar sobre el modo cómo se han desnaturalizado las unas o violado las otras.

Todo esto sería música celeste. Cualquier criollo estaría tentado a responder lo que respondió uno de ellos al caballero inglés que le preguntaba: ¿Do you know where is Cochabamba street? — si no dijera demasiado con estas palabras: amigo es matarse; nosotros hemos leído a «Martin Fierro» en once letras diferentes.

He aquí mi amigo Hernández, el mejor juicio acerca de su libro. Once ediciones de un libro son como para llenar de orgullo un autor en Buenos Aires. Vd. solo puede blasonar de ello. Ni la Constitución Argentina ha merecido este honor. Se ensayó dos veces en 1811, se varió en 1815, en 1817, 1819, en 1826 y en 1853-60: ocho publicaciones mi amigo. Su «Martin Fierro» le lleva tres todavía; y recorre a caballo la llanura, las pulperías y los ranchos, haciendo por la vida, esto es, por otras tantas ediciones.

Y se va lejos, se hunde en el Sud — en ese Sud de tiernos y dolorosos recuerdos para el gaucho, donde este se deja ver todavía arrogante y hermoso como ahora cincuenta años, cuando imponía su voluntad y su ley a todos aquellos a quienes en vano clamó, durante otros tantos años, para que lo sacaran del mísero desamparo en que vivía.

Porque el gaucho, — y esto es lo que hace buscar con cierto amor todo libro que a él se refiere, — tiene su noche en nuestra historia; noche larga, sin otra luz que la de las cuatro estrellas que indican ese Sud en nuestra Pampa. Su huella ha sido la del martirio abnegado, — su vida la del combate con la adversidad, su destino, el de los eternamente desheredados, su único consuelo el desierto inmenso, que siempre revivió bajo sus plantas prodigando a su rey desventurado sus flores, sus brisas y sus aguas para que recuperara sus fuerzas, allí, a la sombra del ombú, bajo el cual se levantó alguna vez su rancho de paja en que desapareció con su mujer y con su hijos!....

Es un poema de lágrimas que solo el Pampero ha recogido.... flores silvestres de rara fragancia que sepultó el progreso que pretendemos cimentar con remedios de civilizaciones ajenas, y que amenaza privar el gaucho hasta del consuelo de ver en un día no lejano, el espectáculo de nuestras libertades arraigadas, de nuestros derechos dignificados, de nuestra prosperidad asegurada por las que el gaucho luchó durante cincuenta años con su lanza y a caballo. 

Sigamos al gaucho, mi amigo, sigámoslo en esa noche tristísima para él y vergonzosa para nosotros Encierran misterios tan íntimos y tan mal comprendidos los senos generosos de esa Pampa, donde el gaucho nació como rey y donde apenas vivió como cuervo!... Tanta melancolía mezclada con cierto amor a la patria que conquistamos con ellos, cae al fondo del alma al evocar el recuerdo de esa noche!

A principio de este siglo el gaucho, con ser que ya había guerreado en nombre de su patria contra los ingleses, era el más desamparado de la suerte y de los hombres. — Después del esfuerzo de su patriotismo, solo le quedaba la inclemencia del desierto, al cual no dejaban los bienes relativos de que gozaban los hombres de las ciudades.

Requerido constantemente para el servicio militar que demandaba nuestra guerra de la Independencia ¿dónde se dio una batalla en la que el gaucho no lanceó, acuchilló, baleó y venció a los españoles, haciendo gala de ese heroísmo temerario que es aliento poderoso de su alma, algo como carne de su carne? ¿Dónde no estuvieron Güemes y Lavalle, Necochea, Balcarce, Pringles, Lamadrid, Suarez, Olavarría y tantos otros brazos armados constantemente en defensa de la República?

La Independencia se iba logrando, el bienestar se acariciaba, se comenzaba a gozar algunos bienes, y entre tanto ¿qué participación tenía el gaucho en este nuevo teatro de la democracia, que él había contribuido a cimentar?

Ninguna: seguía siendo soldado, ni hogar, ni familia que lo ligara a la patria ingrata que lo había engendrado para sacrificarlo, especie de Saturno que bebía sin saciarse la sangre de sus hijos.

La desgracia suele tener sus paroxismos. El alma estalla frenética desgarrando con salvaje complacencia los sentimientos que algún día le sirvieron de consuelo para borrar de sí, hasta el recuerdo de la esperanza maldita, que agotó las lágrimas y las fibras marchitó.

El infortunio del gaucho lo tuvo también. La ocasión le fue propicia y él la aprovechó para dar rienda suelta a sus instintos y a sus furias.

Al despuntar el año 20, los gauchos recorrían el desierto en todas direcciones, para aproximarse en medio a su desventura, y librar juntos ese combate tremendo que debía perpetuarse en nuestro país hasta que triunfara la idea que ellos estamparon, sin conocerla, en las banderolas rojas de sus lanzas húmedas con sangre.

La representación que asumían Ramírez, López, Bustos y después Facundo y Aldao en otras Provincias, la asumió Rosas en la de Buenos Aires.

Radicado en la campaña «sacrificando comodidades y dinero, haciéndose gaucho, hablando como tal, haciendo lo que los gauchos hacían, protegiéndolos, haciéndose su apoderado, cuidando de sus intereses, etc. etc.», según el mismo Rosas lo ha expresado en una confidencia —el descendiente de los Condes de Poblaciones fue como una Providencia que surgió de las entrañas de la Pampa en favor de los gauchos, que miraban con indecible asombro ese hombre para ellos extraordinario, y que era su proprio engendro y que ya los había hecho brillar sobre todos, conduciéndolos a ahogar la anarquía en esa ciudad de Buenos Aires, que nunca había tenido un eco de consuelo para ellos.

Rosas llegó a ser el gran señor de la campaña. El teatro era muy vasto; pero la admiración y el cariño hacia su persona era llevado en alas, por los gauchos, de pulpería en pulpería, donde templaban sus guitarras para cantar sus alabanzas a ese gaucho hermoso y arrogante que protegía sus hogares y los hacía felices dejándolos vivir de su trabajo al lado de su hijos. ¿Cómo pues el corazón de la campaña no había de abrirse con la espontaneidad de la flor del aire para elevar a Rosas al Gobierno?

Rosas adoptó en provecho de su Gobierno fuerte, la idea en nombre de la cual los gauchos y sus jefes vinieron a atar sus potros al pié de la Pirámide de Mayo en 1820. La federación que une a todos los argentinos bajo el glorioso pabellón de Mayo, ha sido pues la venganza que tomaron nuestros gauchos. La devastación y los males que esto ha causado antes de asentarse para siempre, están compensados con ese infortunio cruento del gaucho que también es hijo de esta tierra, y con el provenir venturoso que esa federación nos depara si sabemos perseverar en los propósitos que desde 1862, quedaron librados al patriotismo de los pueblos argentinos.

Tal es el tipo histórico y social de su «Martin Fierro».

El ha ido desapareciendo a medida que se han ido extendiendo y perfeccionando los principios que el gaucho proclamó y sostuvo durante nuestras peregrinaciones y contiendas.

Pero su condición no ha mejorado en razón de esos progresos. Todavía lo abate su infortunio, porque todavía tenemos mucho desierto desamparado y todavía tenemos alguna barbarie enmascarada en la República.

Todavía el gaucho llora la triste suerte que le cabe en la campaña, donde subsisten para él los rigores que han desaparecido para los demás.

Estos rigores de su suerte mezquina, esta desgracia, es lo que canta Vd., tomando a la Pampa como teatro y a un payador valiente y generoso como protagonista.

¿Como lo ha hecho Vd.? (Aquí debía empezar el juicio crítico). Ya queda dicho al principio, ya lo han dicho las once ediciones de su libro.

Permítame Vd., pues, que no añada más a lo que, sobre el particular han dicho las personas competentes que han leído su libro, tributándole a Vd. los elogios que merece su bien cortada pluma para esta clase de literatura tan poco explotada entre nosotros, a pesar de haber tenido precursores como Hidalgo, Lavardén y Ascasubi. Del Campo, el famoso Anastasio el Pollo y Vd., son los únicos que la han cultivado en nuestros días. Ambos han obtenido lauros que mañana figurarán en nuestros fastos literarios como frutos óptimos de esfuerzo nobilísimo que tiende a perpetuar en nuestra historia el tipo original y esforzado del rey de los desiertos argentinos.

Son los votos de su amigo.

                                                    Adolfo Saldías

A 100 años del fallecimiento de Adolfo Saldías

 Publicado en el Periódico El Restaurador - Año IX N° 33 - Diciembre 2014 - Pags. 1 y 2 

Homenaje

A 100 años del fallecimiento de Adolfo Saldías

Por Norberto Jorge Chiviló

Juan manuel de Rosas
Adolfo Saldías


El 17 de octubre se cumplieron 100 años del fallecimiento de Adolfo Saldías, eximio patriota y notable historiador.

Había nacido en Buenos Aires el 6 de setiembre de 1849. Cursó sus estudios secundarios en el Colegio Nacional de Buenos Aires y estudió derecho en la Universidad de Buenos Aires, donde en 1873 se recibió de abogado con diploma de honor.

Fue un político enrolado en las filas del liberalismo, habiendo sido diputado (1876) y senador (1894) en la legislatura provincial y ocupando en la administración provincial los cargos de ministro de Obras Públicas (1898-1901) y de Vicegobernador (1902-1906); y también fue diputado nacional (1906-1908), interventor federal en la provincia de La Rioja (1910) y Enviado Extraordinario y Ministro Plenipotenciario en Bolivia (1912).

Fue uno de los fundadores de la Unión Cívica Radical junto a Aristóbulo del Valle, Leandro N. Alem y otros, y como muchos intelectuales de su generación, perteneció a la masonería desde 1877, siendo miembro de la Gran Logia de la Argentina de Libres y Aceptados Masones, en la que ocupó importantes cargos.

En 1911 fue incorporado como miembro activo por la Junta de Historia y Numismática Americana.

Apoyó la candidatura presidencial de Sarmiento y adhirió como otros antiguos federales o simpatizantes -los Sáenz Peña, Bernardo de Irigoyen, Alem, entre otros- al partido autonomista de Adolfo Alsina, los llamados chupandines.

Venía de familia de tradición unitaria y por ende fue educado en el antirrosismo. Cuando falleció Rosas en el exilio en 1877, en Buenos Aires, sus familiares y amigos pretendieron realizar un funeral en la iglesia de San Ignacio, que no se pudo llevar a cabo porque el gobernador de la provincia Vicente Casares, prohibió "toda demostración pública en memoria del tirano Juan Manuel de Rosas cualquiera sea su forma". Simultáneamente ciento dos importantes personajes de la época -entre los que figuraban escritores, políticos, militares, etc.-, resucitando el viejo odio y azuzando las pasiones, a la par que se oponían al oficio religioso, mediante avisos publicados por la prensa invitaron a la población de Buenos Aires a un funeral "por las víctimas de la tiranía de Rosas" a llevarse a cabo en la Catedral, en el mismo día y hora que se había programado el funeral por la muerte de Rosas. Entre ellos se encontraba el joven Saldías.

En 1878 escribió su primer obra "Ensayo sobre la historia de la Constitución Argentina".

Tres años después marchó a Inglaterra como secretario de la Legación Argentina en Londres. Allí conoció a Manuelita Rosas, quien puso a su disposición todos los papeles y documentos que su padre había llevado al exilio, encontrándose Saldías con un panorama totalmente desconocido para él en lo referente a la historia de los pasados años.

Historia de la Confederación Argentina









"Caricaturas contemporáneas, Dr. Adolfo Saldías por Cao", Revista Caras y Caretas N° 188 del 10-5-1902









De la lectura de todo ello, junto a la de diarios y periódicos como la Gaceta Mercantil, Archivo Americano, entre otros y el testimonio de personajes con actuación en aquella época y sobre todo, despojado de todo prejuicio, Saldías pudo comprobar que no había sido cierto todo lo que se había dicho, escrito y enseñado sobre la "tiranía" de Rosas, cambiando la opinión que hasta ese entonces había tenido del dictador porteño y así escribió su obra más importante Historia de Rozas y de su época, publicado inicialmente en tres tomos entre los años 1881 y 1887, que importó entre otros la reconstrucción de todo el período rosista, empleando el método científico documental.

La segunda edición fue publicada en 5 tomos por "Félix Lajouane Editor" en 1892 y como se dice en el Prefacio del Editor: "Agotada la primera edición de la Historia de Rozas y de su época, la constante demanda de esta importante obra nos obligaba a publicar una nueva edición, y es con el título de Historia de la Confederación Argentina, que presentamos al público el mismo libro corregido y considerablemente aumentado con los papeles del archivo de Rozas que al autor le fueron entregados". También estaba "ilustrada con los retratos de los principales personajes de ese tiempo", realizados por la firma Ch. Decaux de París.

A la obra se la conoce en la actualidad como Historia de la Confederación Argentina, habiéndose realizado innumerables ediciones de la misma -populares y de lujo- y es indispensable su lectura para quien quiera conocer y comprender la historia de nuestro país durante gran parte del siglo XIX (1820 a 1861). En 1904 Saldías la completó con la publicación de Papeles de Rozas.

El haberse apartado de los cánones vigentes de su época, le valieron la crítica de la prensa y de muchos intelectuales y en especial, de quien él consideraba como su maestro, Bartolomé Mitre, quienes no le perdonaron lo que consideraban una reivindicación de la figura de Rosas, como así también que pusiera de relieve la defensa que el dictador había hecho del territorio nacional y de la alianza que sus enemigos habían formalizado con las potencias extranjeras, del orden imperante en la Confederación, de la popularidad de su mentor y de la unidad nacional a la que se había llegado gracias a su gobierno.

En 1886 y poco tiempo antes de la finalización del mandato presidencial de Julio Argentino Roca, publico Juicio político del Presidente Roca, allí describía los desmanes, la corruptela imperante y el desquicio de las instituciones, comparando también a quienes "han labrado fortunas fuerte en seis años" al calor oficial y la creencia "que el presidente Roca se ha enriquecido durante su propia administración" y lo contraponía al "general Juan Manuel de Rosas, que era opulento por medio de su trabajo personal, diez años antes de ser llamado al gobierno, que ejerció durante 18 años por la voluntad nacional, hizo gala aristocrática del recto manejo de los dineros públicos".

A mediados de 1890 fue cofundador del diario El Argentino, órgano de la Unión Cívica que se había constituido a mediados de abril de ese año en el Frontón Buenos Aires y de la cual formaban parte liberales, autonomistas y católicos. A partir de 1892, ese diario pasó a ser el órgano oficial del radicalismo bajo la dirección de Saldías.

Tuvo activa participó en la revolución del 90 (26 de julio) y fue uno de los primeros, junto a Leandro N. Alem -jefe político de la revolución- a entrar en el Parque de Artillería, sobre la plaza Lavalle (donde actualmente se levanta el Palacio de los Tribunales). Si bien la revolución fue vencida, provocó la renuncia del presidente Miguel Juárez Celman y su reemplazo por el vicepresidente Carlos Pellegrini.

Para competir en las elecciones presidenciales de 1892, la Unión Cívica había proclamado candidatos a la fórmula Bartolomé Mitre - Bernardo de Irigoyen, pero Julio Argentino Roca cabeza del Partido Autonomista Nacional (PAN) y apodado el zorro, por los hábiles manejos que hacía de la política, en un arreglo con Mitre, logró desplazar a Irigoyen. Ante la oposición de Alem a esa maniobra, la Unión Cívica se dividió a mediados de 1891, los antiacuerdistas, formaron la Unión Cívica Radical y por su parte los acuerdistas, seguidores de Mitre formaron la Unión Cívica Nacional.

Debido a cuestiones políticas y a su participación en varias revoluciones y levantamiento armados radicales, contra el fraude electoral vigente en aquellos momentos, junto a su amigo Alem y otros radicales Saldías sufrió cárcel y deportación en varias oportunidades.

Ante la trágica muerte de Alem el 1° de julio de 1896, Saldías fue el orador encargado por el Comité radical capitalino para despedir sus restos en el Panteón de los caídos en la revolución del 90, en el cementerio de la Recoleta.

Ante la muerte del líder radical, se profundizaron las diferencias entre las dos tendencias del radicalismo, una que seguía la herencia de Alem y la otra que seguía a su sobrino Hipólito Yrigoyen. Los primeros -entre los que se encontraba Saldías- se encolumnaron detrás de la figura de Bernardo de Irigoyen, quien al ser designado gobernador de Buenos Aires, lo nombró al frente del ministerio de Obras Púbicas.

Siendo Ministro Plenipotenciario en Bolivia y mientras cumplía sus funciones diplomáticas en la Paz, falleció el 17 de octubre de 1814, cuando contaba 65 años.

Llegados sus restos a Buenos Aires, el cortejo fúnebre fue escoltado hasta su última morada -el cementerio de la Recoleta-, por un regimiento del ejército y acompañado por altas autoridades nacionales, representantes del cuerpo diplomático, amigos, familiares y gran cantidad de público.

Saldías fue un intelectual e historiador honesto y valiente, en el que primó el apego de la búsqueda de la verdad histórica y se sintió comprometido con ello, y así es reconocido como el iniciador de la corriente historiográfica del revisionismo histórico en la historia argentina.

Sin error a equivocarnos podemos afirmar que en el estudio y el análisis de la historia nacional, hay un punto que marca un antes y un después y ese punto tiene nombre y apellido: Adolfo Saldías.

"He escrito lo que tengo por verdad a la luz de los documentos -dijo-, y lo que pienso que es conveniente se sepa para ejemplo y experiencia".

Otra de sus frases que expresa su pensamiento y que tiene tanta actualidad: "No se sirve a la libertad manteniendo los odios del pasado".

Cuando el poeta, escritor y ensayista Calixto Oyuela leyó Historia de la Confederación Argentina, le escribió el 27 de febrero de 1883: 

"Desde que he empezado a pensar por mí mismo en la vergonzosa historia de nuestras luchas civiles, he sentido la necesidad de despojarnos virilmente de los odios heredados que pretenden imponérsenos en nombre de una hueca y bombástica tutela. Así, y solo así, podremos juzgar los extravíos de nuestros partidos con imparcialidad y recto criterio".

"Ahora bien: sus serenos, bien pensados y contundentes artículos, me demuestran con gran regocijo mío, que hay todavía en mi país hombres que desdeñando el falso ropaje de la declamación é hinchada palabrería, saben pensar valientemente con solidez y firmeza".

Nota del autor: Los 5 tomos de "Historia de la Confederación Argentina", edición de 1892, pueden bajarse de la página web: https://archive.org/details/historiadelaconf01sald (Tomo 1 y para los siguientes es .....02sald....03sald....04sald y....05sald)