REVOLVIENDO LA BIBLIOTECA
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El siguiente artículo de Manuel Gálvez se publicó en la Revista del Instituto de Investigaciones Históricas Juan Manuel de Rosas, Año 1 N° 1 de enero de 1939.
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El siguiente artículo se publicó en la Revista del Instituto de Investigaciones Históricas Juan Manuel de Rosas, Año 1 N° 2 y 3 de marzo de 1939.
El Instituto de Estudios Federalista de Santa Fe, organismo que damos cuenta en otra sección de la Revista, resolvió realizar un acto recordatorio en el lugar denominado “El Quebracho”, sobre la costa del río Paraná, dos leguas al Norte de San Lorenzo en la provincia citada. Allí se trabó, el día 4 de junio de 1846, un combate entre las fuerzas de la Confederación al mando del general Mansilla y la escuadra anglo-francesa, que venía custodiando un convoy de buques mercantes, de regreso de Corrientes.Veamos algunos antecedentes y consecuencia de ese hecho de armas:
A fines del año 1843 y principios de 1844, Florencio Varela había realizado en Londres una de esas gestiones diplomáticas que no se conocen a fondo jamás, porque la documentación muestra tan sólo lo que no compromete. Aparentemente, Varela fue a Londres a sondear el ánimo de Lord Aberdeen y a proponerle al gobierno de Inglaterra –y paralelamente al de Francia– una mediación en la lucha que sostenían los dos partidos en la Banda Oriental, cada uno de ellos apoyado por los países vecinos, la Confederación y Brasil. Entre otros planes o proyectos de pacificación, Varela conversaría sobre su descabellado Estado mesopotámico, formado por Corrientes y Entre Ríos, a pesar del rechazo del general Paz.
Hasta ahí Varela no se excedía demasiado en su carácter de proscripto de ayer y de hoy que anda por las cancillerías despertando intereses bajo los cuales cobijar una elegante repatriación y hasta recuperación de situaciones perdidas.
Leyendo la Autobiografía de Florencio Varela y la credencial del gobierno de Montevideo para que el emigrado argentino gestionara en Inglaterra la paz, se traiciona la pluma del “infortunado peregrino” Varela y de Santiago Vázquez, ministro uruguayo.
Con el desenfado propio…de Florencio Varela, éste dice lisa y llanamente que el Ministro de Relaciones Exteriores en ese entonces, era dirigido y despachado por él, de lo que se infiere que Vázquez, el ministro, se limitaba a pasar en limpio los borradores de Varela.
¿A qué fue Varela a Londres? A demostrar ante los ingleses “las ventajas que la paz produciría para los intereses comerciales y fabriles de Inglaterra”, y luego, ya guiñando maliciosamente el ojo, continúa la credencial diciendo que la persona que va, es decir Florencio Varela “conoce prácticamente el actual estado de estos países, sus necesidades, sus recursos y las miras del Gobierno”, para terminar señalando la conveniencia de que cualquier paz que se realice debe serlo “con la garantía de Gran Bretaña”; en otra comunicación con Vázquez, o sea Varela, que “la naturaleza misma del negocio que motiva la comisión conseja que se trate más bien privadamente”.
Descorriendo los velos de la fraseología diplomática, es ya evidente que Florencio Varela fue a Londres, llamado por Londres y pagado por Londres, para asesorar al gobierno inglés sobre “el actual estado de estos países, sus necesidades, sus recursos”; para sugerir las mejores operaciones diplomáticas bajo cuya máscara, Inglaterra recolonizaría el Plata; para ilustrar, para aconsejar y para indicar el procedimiento a seguir. Era menos que un intrigante desterrado: era un ganapán de la cancillería inglesa.
Lord Aberdeen no recibió a Varela como se recibe en todas las cancillerías del mundo a los desterrados políticos que van a intrigar contra los gobiernos de sus patrias.
No. Lo recibió como a su auditor en los asuntos del Plata, y si bien para el público escuchó a Varela con displicencia, en privado tomó nota de las confidencias de aquel renegado y poco tiempo después, de acuerdo con Guizot, jefe del gobierno francés, se produce la oficialización de la intervención armada de Inglaterra y Francia en el Río de la Plata.
* * *
Los llamados mediadores, Ouseley, por Inglaterra y Deffaudis, por Francia, pidieron al gobierno de Rosas suspendiera su apoyo material y moral a Oribe en nombre de tres argumentos-pretextos: 1°. Que Inglaterra había garantizado la independencia de la Banda Oriental; 2°. Que la guerra civil era muy cruenta, y 3°. Que los intereses de la “civilización” se perjudicaban con el bloqueo de la cuenca del Plata y era menester abrir la navegación del Paraná y Uruguay.
El primer argumento se extraía de un hecho falso. Inglaterra había mediado en el tratado de 1828 de paz con el Brasil (precisamente había mediado para quitarnos para siempre el Uruguay), pero hubiera sido indigno de la diplomacia inglesa cometer la torpeza de garantizar la independencia de un Estado que le sirve a Inglaterra para que la cuenca del Plata sea algo disputado y no dominado efectivamente por un solo país.
Por otra parte, si la Confederación apoyaba a un partido político oriental, el de Oribe, lo hacía por la misma razón que Brasil, Francia e Inglaterra apoyaban al partido contrario.
El segundo argumento era de hacer torcer a risa a toda persona de buen sentido y regular información. ¡Los franceses y los ingleses horrorizados por la crueldad de nuestras guerras! Un día se escribirán las crueldades de las guerras coloniales, especialmente de Francia: el francés en Argelia, en Túnez, en Siria, en Indochina se convierte en un energúmeno cruel y despiadado; Maupassant ha descripto en páginas maestras las infamias a que se entrega el colonizador cuando “civiliza” a los negros. El hombre francés y en general el europeo, sufre el histerismo colonial, corrompe todo lo que toca y contagia de las más ominosas enfermedades a los indígenas. En cuanto a Inglaterra, ya en la época en que Lord Aberdeen se roía las uñas y batía los aires con deprecaciones contra las degollatinas de unitarios y federales, Inglaterra –repito- ya había, en esa época, puesto en práctica en la India la costumbre de hacer cavar inmensos pozos para sepultar vivos a los prisioneros.
En cuanto al tercer argumento, el de la libre navegación de los ríos, era en realidad el que interesaba. Conviene hacer notar que la intervención de Francia y de Inglaterra en todos los países débiles, se produce a iniciativa de comerciantes que se establecen en un lugar para esquilmar a los nativos y prontamente exigen que la bandera de sus respectivos países venga a proteger su comercio de tóxicos y bizuterías.
En la plaza de Montevideo se habían establecido comerciantes que intercambiaban cueros, lana y otros productos del litoral argentino y éstos fueron los que interesaron a Francia en que forzara los pasos del Paraná a fin de que los buques mercantes trajeran de Corrientes, en especial, productos que se habían encarecido en Montevideo a consecuencia del bloqueo impuesto por Rosas.
* * *
Los tres pretextos fueron rechazados por Felipe Arana, y como los delegados de Aberdeen y de Guizot tenían instrucciones para emplear la fuerza “para obligar a los beligerantes a que acepten la mediación”, sucedió que a mediados de mayo de 1845 se oficializó la intervención armada que ya de hecho había comenzado en 1843.
Antes que otra cosa los invasores se decidieron a conquistar el litoral argentino. La escuadra anglofrancesa se interna en el Paraná, sostiene combates con baterías apostadas en la costa y fuerza los pasos de la Vuelta de Obligado, Tonelero, San Lorenzo, donde las guarniciones organizadas por el general Mansilla, hacen conocer a los veteranos de muchas guerras coloniales, cuál era el espíritu de los nativos de esta parte de América. La escuadra anglofrancesa siguió castigada a lo largo del Paraná y fue en 4 de junio de 1846, cuando de regreso un convoy de buques mercantes a los que venía custodiando, tuvo que librar el más violento de los combates con las baterías que en “El Quebracho”, barranca cercana a San Lorenzo (provincia de Santa Fe) había colocado Mansilla.
No quedó ileso más que un buque extranjero. El fuego mortífero de la costa averió la flota invasora y en lo sucesivo ni los comerciantes interesados ni los jefes militares, se animaron a avanzar ni una milla más adentro de las bocas del Paraná. Las pérdidas habían sido considerables: un pailebot cargado con mercaderías por valor de cien mil duros, fue incendiado y los 12 buques de guerra de los aliados debieron bajar precipitadamente el río.
Puede afirmarse que la batalla de “El Quebracho” y la carta de San Martín fecha 25 de diciembre de 1845, es decir medio año antes de aquel hecho de armas, pusieron fin a la intervención anglofrancesa y a toda tentativa de recolonizar el Río de la Plata. En dicha carta, San Martín contestó a los requerimientos de los comerciantes ingleses para que los informase sobre los resultados de la intervención, diciéndoles que la empresa sería absurda e imposible mientras un hombre del temple de Rosas y una masa como la que lo acompañaba estuviera dispuesta a resistir.
El gobierno inglés, impuesto del resultado desgraciado de su aventura, cambió de procedimientos y terminó celebrando –después de largas vicisitudes diplomáticas– el tratado Arana-Southern en 1849, donde entre otras estipulaciones, el pabellón argentino debía ser saludado por 21 cañonazos. Más tarde, en 31 de agosto del 50, se firmó un tratado análogo con Francia.
* * *
El pueblo con las armas en la mano, dirigido por un hombre de Estado, defendió la integridad nacional y, en un aspecto de ésta, la facultad de todo Estado soberano, de disponer de sus ríos y costas interiores. Es por Vuelta de Obligado y por Quebracho que los ingleses y franceses comprendieron cómo era de “victoria a la Pirro” eso de forzar los pasos de un río navegable, cuando en sus costas no hay un reyezuelo africano sino un pueblo organizado y fuerte al que no se podría engañar con cajitas de música y con espejos.
Al pueblo no, ni a sus soldados, ni a su conductor; pero esa regalía, ese privilegio de disponer de los ríos interiores, que los soldados de Mansilla defendieron con sus vidas en El Quebracho, fue después miserablemente vendido por los vencedores de Caseros.
En efecto, Rosas hizo reconocer por los ingleses y franceses, en los tratados citados, que “la navegación del río Paraná era una navegación interior de la Confederación Argentina y sujeto solamente a sus leyes y reglamentos”.
En cambio, Urquiza firmó tratados con Brasil, con Estados Unidos, con Inglaterra, con Francia en 1853 y en 1856, abrió los ríos Paraná y Uruguay a los buques de pabellón extranjero, sin reservarse derechos ni privilegios, de ninguna especie, y abdicando de las regalías que son connaturales al Estado, cuyas son las costas que bañan los ríos interiores. El Estado argentino no puede obligar, por ejemplo, a una empresa naviera que para su navegación por el Paraná deba tomar personal argentino, ni podría impedir que esa compañía sea extranjera y así otra serie de renuncios por los cuales fue estéril la sangre derramada en “El Quebracho”.
El Homenaje
Invitado el Instituto por la entidad organizadora del homenaje, resolvió invitar a sus asociados para que concurrieran al lugar arriba indicado; dispuso también la colocación de una placa en la cruz que el Centro santafecino hizo erigir, y designó al teniente coronel Evaristo Ramírez Juárez para que hiciera uso de la palabra en nombre de nuestra asociación.
El acto se realizó ante numeroso público y excursionistas llegados de Rosario, San Lorenzo y Santa Fe, además de los asociados del Instituto. Transcribimos a continuación el discurso del doctor José María Funes pronunciado en nombre del centro de Estudios Federalistas y que explica con elocuencia e inteligencia, el alcance y el significado de estas recordaciones históricas sobre hechos de armas silenciados por la crónica política que escribieron los vencedores con el nombre de Historia.
Discurso del doctor José María Funes.
Dijo el doctor Funes:
Señores:
El Instituto de Estudios Federalistas, recién organizado en la Capital de la Provincia por antiguos cultores y noveles estudiosos de la Historia ha querido iniciar sus actividades con un acto de justicia: la celebración del combate de “El Quebracho”; y discerniéndome un honor que me enaltece, me ha confiado la grata misión de dirigiros la palabra en la inauguración del monumento recordatorio.
En este lugar, sobre estos montículos que denuncian la ubicación de las viejas trincheras, hace noventa y tres años, otros argentinos se aprestaban a sostener un duelo formidable, en que se jugaría el honor, la soberanía y la integridad nacionales.
¿Por qué iba a alterarse la paz eglógica de tan poéticas regiones?
Es menester formular la pregunta, ya que, desgraciadamente, son muy pocos los coetáneos que conocen el episodio. La enseñanza de nuestro pretérito, no obstante haber perdido mucho del pasionismo con que se la impartió durante más de medio siglo, se resiente aún del “criterio selectivo” –usemos el término más benévolo– con que se sigue exagerando las bondades de ciertos prohombres y negando las de sus contrarios; a extremo tal, que, mientras la memoria de algunos patriotas yace aún en el olvido, no faltan estatuas a los extranjeros, y lo que es peor, a algún pirata que asaltó los puertos de este mismo río.
Evoquemos brevemente el suceso que nos congrega.
En 1845, los gobiernos de Inglaterra y Francia, halagados por algunos dirigentes del unitarismo con ofertas vergonzosas, creyeron fácil presa los territorios del Plata y decidieron intervenir en sus contiendas. Sus escuadras combinadas, sin previa declaración de guerra, capturaron sorpresivamente los pequeños buques de Brown, subieron por el Paraná y, tras rudo bombardear las baterías de la Vuelta de Obligado, lograron desmantelarlas; obteniendo un triunfo que no pudo deshonrarnos, ya que era notable la superioridad numérica y cualitativa de su armamento. Tenazmente hostilizada, cada vez que se detuvo, por las partidas de artillería volante que la seguían por la costa, logró adelantarse y llegar a Corrientes; cuyo gobernador Don Joaquín Madariaga, obcecado por el odio partidista, olvidaba su nacionalidad y los compromisos del Pacto Federal para aliarse al extranjero que intentaba aminorar nuestro patrimonio con una nueva desmembración territorial.
Realizado el intercambio comercial, protegido por las fuerzas invasoras, el convoy desanduvo el camino bajo el temor de que nuevas posiciones le estorbasen el retorno.
Esa preocupación puede constatarse en las cartas de los tenientes Robins y Marelly, oficiales, respectivamente, del “Firebrand” y el “San Martín”, surtos frente a Santa Fe, y es clara prueba de que el encuentro de Obligado –victoria material de los agresores, pero moral de los argentinos– no reportó gran ventaja a los primeros.
Sobre esta terraza le esperaba el general Mansilla, repuesto ya de su herida y empeñado en mostrar que si las armas argentinas eran inferiores a las de Francia e Inglaterra, no lo era el coraje, la constancia, ni el patriotismo de quienes las empuñaban.
Estos eran los soldados que ya habían defendido las costas de Buenos Aires, la guarnición de Rosario, agregada al entrar en territorio de Santa Fe, y las tropas que le envió el gobernador de esta Provincia, Don Pascual Echagüe, al regresar de su victoriosa campaña en el Chaco.
Cautelosamente, el enemigo se detuvo dos leguas arriba de estas fortificaciones, adonde fue Mansilla a cañonearlo el 28 de mayo, obligándole a alejarse. Pero, constreñido a luchar o a quedar embotellado, el comando de las fuerzas aliadas decidió aprovechar el viento norte y el 4 de junio embocó el difícil paso. Los buques de guerra se adelantan para enfrentar las baterías de “El Quebracho” y facilitar a los otros su desfile entre ellos y las islas.
Mansilla arenga a sus hombres agitando el oriflama de Belgrano y sobre esta barranca, en que acabamos de entonar a lo alto las notas solemnes y religiosas del Himno, empiezan a oírse otros sones, no tan armónicos pero sí magníficos: los bajo- profundos de los gruesos cañones, los agudos de los clarines de guerra y el coro de la fusilería. El mayor Visto dirige las posiciones del sur; en las del norte, Santa Coloma se bate como quien es; y en el centro, el bravo Thorne, que disputaría a Chilavert el título de primer artillero de la Confederación, asesta cuidadosamente sus piezas y, al final, es herido por un casco de granada. El mayor Lencinas, ubicado al comienzo en la retaguardia con las fuerzas de Santa Fe, acude luego, humilde y fiel, a donde le ordena su jefe; que, admirado del comportamiento de sus hombres, les pondera especialmente en el parte enviado al general Echagüe al concluir la batalla.
Mientras los bronces, orquestados por la batuta de Marte, cantan la bárbara sinfonía, los buques salvan como pueden el duro trance. Pero son muchos y, además, los soldados argentinos apuntan mejor que en Obligado y la suerte por ende, es distinta.
Unas naves se incendian; otras se hunden; otras retroceden y chocan entre sí. La confusión es grande y complica la maniobra, varándose algunos barcos, que, para zafar, arrojan al agua los ricos cargamentos fletados por el comercio enemigo. Al fin, pasan los demás y tras ellos se van las escuadras agresoras, abandonando a los nuestros el laurel de la jornada.
El “pueblo de gauchos” como dijera por aquellos años un diputado francés, se ha batido “en heros”, demostrando al invasor que el “río como el mar” –al nombrar del aborigen– ancha entrada abierta a los hombres de buena voluntad, no era, sin embargo, cosa de nadie, aprovechable por el primero que llegase, como en la época de los descubrimientos. Así lo informan a sus respectivos Gabinetes, que un poco tarde se enteran del valor e importancia de esta “nueva y gloriosa nación” y de la habilidad y fortaleza de su gobernante; destacados cada día más en el concierto mundial, según el testimonio irrecusable del autor de “Facundo”; “A Rosas debe la República Argentina en estos últimos años haber llenado de su nombre, de sus luchas y de la discusión de sus intereses el mundo civilizado y puéstola en contacto más inmediato con la Europa, forzando a sus sabios y a sus políticos a contraerse a estudiar este mundo trasatlántico”.
El heroísmo criollo decide a los políticos de Francia e Inglaterra a disminuir sus hostilidades y a gestionar arreglo. La segunda levanta el bloqueo al año siguiente, dado fin a su cuarta invasión y poco más tarde firma la paz en la convención Southern-Arana; en cuyo artículo primero, a más de la devolución de Martín García y de las naves apresadas durante el conflicto, se incluye el compromiso de la orgullosa Albión de saludar nuestra bandera con una salva de 21 cañonazos, cláusula exigida como un desagravio a la Patria por el hombre que regía genialmente sus destinos.
¡Cómo se comprende así, señores, el testamento del Libertador del Sur, en que lega su espada a Rosas, que tanto nos chocara a todos la primera vez que lo leímos, porque creíamos que éste era el más vil de los hombres; según se nos repetía en la escuela, tal vez para que ignorásemos sus méritos, al par que las ignominias y hasta las traiciones de sus enemigos! ¡Cómo se valoran, también, aquellas palabras del Gran Capitán: “La satisfacción que como argentino he tenido al ver la firmeza con que ha sostenido el honor de la República contra las injustas pretensiones de los extranjeros que trataban de humillarla!”
¡Cómo se aprecia, sobre todo, el entusiasmo de aquellos guerreros, criollos de ley, que peleaban sin descanso y morían muchas veces obscuramente, si bien satisfechos! Porque tenían conciencia de su deber de ciudadanos que amaban con intensidad y desinterés a su país al que sabían bien guardado por la mano fuerte del gran Dictador. Por eso vivaban a éste defendiendo aquél, pues, como ha escrito el historiador Ibarguren, “Rosas era sentido por esos hombres como la encarnación de su patria; de su tierra, en la que galopaban con libertad de dueños, y del espíritu criollo de la pampa…”
* * *
Señores:
Si la historia, como ha dicho un clásico, es “maestra de la vida”, deduzcamos la lección emergente del acontecimiento rememorado. Ello es muy necesario, porque atravesamos una etapa en que se han aflojado los resortes que impulsaron a nuestros mayores en la defensa de su tierra, de su tradición y de sus ideales. El ambiente argentino ha cambiado mucho, a causa de la enorme corriente inmigratoria, que aprovechando la puerta, demasiado amplia, de nuestro preámbulo constitucional, arrojó a nuestras playas, sin control ni medida, junto a muchos pobladores buenos, no pocos indeseables. El cosmopolitismo resultante enfrió nuestros santos ardores: el idealismo, heredado de España, y el amor al terruño, heredado del indio; sentimientos que, en parte, han sido substituidos por un materialismo antihumano y por una indiferencia enervante.
Hay que reaccionar contra esta decadencia moral, siendo muy eficaz, a tal fin, la fuerza alentadora del ejemplo. Revivamos las grandes figuras de la unión nacional, argentinas cien por ciento, hoy día ignoradas por incomprendidas o calumniadas, que se jugaban enteras en defensa del país; para que los nuestros sepan cuan poderoso es un pueblo que ama de veras su dignidad e independencia y vuelvan a inspirarse en los nobles motivos que engrandecen la vida. En las nuevas generaciones renacerán, entonces, las antiguas virtudes, se afirmaran el carácter patrio y serán capaces de mantener lozanos los laureles conquistados por sus antecesores.
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En la Revista del Instituto Nacional de Investigaciones Históricas Juan Manuel de Rosas N° 66 - Años 2004/2006, encontramos un artículo del profesor Jorge María Ramallo, sobre San Martín y Rosas
San Martín y Rosas
Sus tres ejes de coincidencia
por Jorge María Ramallo
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| San Martín en una antigua postal de anilinas Colibrí |
San Martín y Rosas no se conocieron personalmente. Tuvieron una relación estrictamente epistolar que podemos ubicar cronológicamente entre el 5 de agosto de 1838 y el 15 de agosto de 1850, es decir, durante el lapso de doce años.
Los temas tratados en esa correspondencia giran en torno de tres ejes de coincidencia:
1° La situación personal de San Martín, por entonces exiliado en Francia.
2° La situación de la Confederación Argentina, acosada por las dos primeras potencias del mundo en aquella época.
3° La situación europea, conmovida por los comienzos de la revolución social.
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| Juan Manuel de Rosas |
1. LA SITUACIÓN PERSONAL DE SAN MARTIN:
Con respecto al primer eje de coincidencia, vinculado con la situación personal de San Martín, éste le confía a Rosas en carta desde Gran Bourg, cerca de París, del 5 de agosto de 1838 -con la que inicia la correspondencia- las causas de su ostracismo en 1824, que atribuye al “gobierno que, en aquella época, mandaba en Buenos Aires” y a los hombres de la oposición que “hacían circular la absurda idea que mi regreso del Perú no tenía otro objeto que el de derribar la administración de Buenos Aires”; y, posteriormente, en 1829, porque a su regreso a Buenos Aires se encontró con la guerra civil; “preferí un nuevo ostracismo -le dice- a tomar ninguna parte en sus disensiones, pero siempre con la esperanza de morir en su seno”.
En la misma carta, San Martín también le refiere a Rosas las precarias condiciones de salud en que se encontraba: “seis años de males no interrumpidos han deteriorado mi constitución, pero no mi moral, ni los deseos de ser útil a nuestra patria”. En consecuencia, le ofrece sus servicios en el conflicto iniciado con Francia en marzo de ese año “para servir a la patria honradamente, en cualquier clase que se me destine”.
Rosas con su respuesta, de fecha 24 de enero de 1839, procura satisfacerlo. A tal efecto le propone “prestar en lo sucesivo a esta República sus buenos servicios en Inglaterra o Francia”. Y le agrega: “Al hacer a usted esta franca manifestación, sólo me propongo darle una prueba del alto aprecio que me merece la importancia de su persona, recordando lo mucho que debe a sus afanes y desvelos la independencia de esta República, como también las de Chile y Perú; mas no exigir a usted ninguna clase de sacrificio que sea penoso, ni menos que se prive del placer que podrá tener en volver cuanto antes a ésta su patria, en donde su presencia nos sería muy grata a todos los patriotas federales”. Al respecto, San Martín le contesta el 10 de julio siguiente: “que destinado a las armas desde mis primeros años, ni mi educación, instrucción ni talentos no son propios para desempeñar una comisión de cuyo éxito puede depender la felicidad de nuestro país [...]”. Por lo cual, no acepta el ofrecimiento.
En ese mismo año 1839, Rosas lo designa ministro plenipotenciario en el Perú (17 de julio de 1839), cargo que San Martín, por las mismas razones, tampoco acepta.
Posteriormente, en 1848, en otra manifestación de su deseo de ayudar a San Martín, Rosas nombra a su yerno, Mariano Balcarce, oficial de la Legación Argentina en París, a quien después autoriza a acompañarlo si tuviera que retirarse de esa ciudad por los graves acontecimientos revolucionarios de que era escenario, como efectivamente ocurrió después.
Además, desde 1844, le rinde homenaje en todos los mensajes anuales que dirige a la Legislatura, lo que conforta espiritualmente a San Martín, según se lo hace saber expresamente en varias misivas.
2. LA SITUACIÓN DE LA CONFEDERACIÓN ARGENTINA.
En cuanto al segundo eje de coincidencia, referente a la situación de la Confederación Argentina, San Martín se pronuncia categóricamente por la defensa de la soberanía y del honor de la República, “contra las injustas pretensiones de los extranjeros que trataban de humillarla”, como lo expresa claramente en su testamento del 23 de enero de 1844, al legarle a Rosas el sable que lo había acompañado en toda la guerra de la independencia de la América del Sud.
Entiende, además, como lo expresa en carta del 10 de mayo de 1846, que la contienda con las dos primeras potencias de Europa “es de tanta trascendencia como la de nuestra emancipación de la España”.
En consecuencia, le ofrece nuevamente sus servicios a Rosas. Éste le contesta, el 20 de mayo de 1847, diciéndole que: “La influencia moral de los votos patrióticos americanos de usted [...] importa un distinguido servicio a la independencia de nuestra patria y del continente americano, a la que usted consagró con tan glorioso honor sus florecientes días”. Hecho que se había puesto en evidencia en 1845 en la famosa carta que San Martín le dirigió al cónsul general de la Confederación Argentina en Londres, Jorge Federico Dickson, que fue publicada en los periódicos ingleses. Y, posteriormente, en 1849, en otra carta dirigida al ministro Binau en Francia.
A su vez, San Martín, en una extensa carta del 2 de noviembre de 1848, le manifiesta que “A pesar de la distancia que me separa de nuestra patria, usted me hará la justicia de creer que sus triunfos son un gran consuelo a mi achacosa vejez. Así es que he tenido una verdadera satisfacción al saber el levantamiento del injusto bloqueo con que nos hostilizaban las dos primeras naciones de Europa; esta satisfacción es tanto más completa cuanto el honor del país no ha tenido nada que sufrir, y por el contrario presenta a todos los nuevos Estados Americanos un modelo que seguir”.
Y en marzo de 1849, Rosas le contesta: “Aprecio intensamente las benévolas expresiones en cuanto a mi conducta administrativa sobre el país en la intervención anglofrancesa, en los asuntos de esta república. La noble franqueza con que Usted me emite sus opiniones da un gran realce a la justicia que Usted hace a mis sentimientos y procederes públicos. Nada he tenido más a pecho en este grave y delicado asunto de la intervención, que salvar el honor y la dignidad de las Repúblicas del Plata, y cuanto más fuertes eran los enemigos que se presentaban a combatirlas, mayor ha sido mi decision y constancia para preservar ilesos aquellos queridos ídolos de todo americano”. Y concluye con estas precisas palabras de homenaje al General San Martín: “Usted nos ha dejado el ejemplo de lo que vale esa decisión y no he hecho más que imitarlo”.
3. LA SITUACIÓN EUROPEA.
En lo que se refiere al tercer eje de coincidencia, sobre la alterada situación europea, ante la revolución social iniciada en Francia son los graves sucesos de febrero de 1848 en París y su amenaza de extenderse al resto de Europa, San Martín, en carta a Rosas del 2 de noviembre de 1848, escrita desde Boulogne Sur Mer -que ya hemos citado- se pronuncia por la defensa de los valores tradicionales contra la acción subversiva de los revolucionarios, según afirma: “por las predicaciones diarias de los clubes y la lectura de miles de panfletos”. Cabe agregar que en correspondencia paralela al mariscal Ramón Castilla, San Martín se refiere concretamente a “los desorganizadores partidos de terroristas, comunistas y socialistas, todos reunidos al sólo objeto de despreciar no sólo el orden y civilización, sino también la propiedad, religión y familia” (15 de abril de 1849).
Rosas le responde en consonancia, en carta de marzo de 1849 -también citada- atribuyendo los males del momento a que “los clubes, las logias y todo lo que ellas saben crear de pernicioso y malo, tienen todo predominio”, por lo cual, continua: “no es posible atinar qué resultados traigan, y si la parte sensata y juiciosa triunfará al fin de sus rapaces enemigos y cimentará el orden en medio de tanto elemento de desorden”.
Finalmente, en su última carta a Rosas, del 6 de mayo de 1850, a tres meses de su desaparición, San Martín lo felicita: “Por tantos bienes realizados [...] como igualmente a toda la Confederación Argentina”. Y le agrega, con palabras de honda gravitación y trascendencia: “Que goce Usted de salud completa, y que al terminar su vida pública sea colmado del justo reconocimiento de todo argentino, son los votos que hace y hará siempre a favor de Usted su apasionado amigo y compatriota”.
Rosas le contesta el 15 de agosto de 1850, en carta que ya no llegará a su conocimiento, en los siguientes términos: “Sólo me resta devolver a usted, a nombre de la Confederación Argentina y mio, las felicitaciones que nos dirige, deseando que el viejo soldado de la independencia pueda vivir largos años en salud, para que veames nuestra querida patria independiente, tranquila, libre y feliz”.
Así quedó rubricada esta relación, tan singular como trascendente, de la cual el sable del Libertador es un símbolo imperecedero.
REVOLVIENDO LA BIBLIOTECA
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“... siempre nos acompañará al lado de la Patria, aquella firmeza heroica que desconocen las almas vulgares”
JUAN MANUEL DE ROSAS
(Libreta, fragm. 70)
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| Retrato de Rosas, pintado en 1805 |
Introducción
Doscientos años atrás, en junio de 1806, una escuadra inglesa comandada por Sir Home Riggs Popham y compuesta de cinco buques de guerra y otros tantos transportes desembarcó en las costas de Quilmes. Bajaron 1.640 soldados artillados y bien pertrechados que, al mando de William Carr Beresford avanzarían el 27 de junio sobre una Buenos Aires casi desguarnecida.
En esta ciudad Martín de Álzaga había organizado inteligente y cautelosamente la participación de los vecinos que esperaban con ansiedad el arribo de las tropas patrióticas.
No fueron solamente varones los héroes de aquellas jornadas. Hubo muchas mujeres, como la “tucumanesa” Manuela Pedraza, que mató un soldado inglés combatiendo junto a su marido. Y numerosos menores acudieron en defensa de la Patria colaborando en la medida de sus posibilidades. Un informe del Cabildo de Buenos Aires testimonió que aquel 12 de agosto “viéronse niños” durante la Reconquista “ocurrir al auxilio de nuestra artillería”. Uno de ellos: Juan Manuel de Rosas.
Era el Pueblo en armas destrozando al ejército enemigo. Las armas eran anticuadas; carecían de uniformes militares y no tenían más táctica que el deseo irrefrenable de reconquistar la ciudad.
Rosas niño
“Niñez” es el período de la vida humana que va desde el nacimiento hasta la “adolescencia”, época en que aparecen los primeros indicios de la pubertad que conducen al desarrollo pleno del cuerpo. En el siglo XIX nadie discutía el criterio clásico que fijaba el inicio de la adolescencia en los 12 años para las mujeres y 14 años para los varones.
En 1805, un año antes de la primera invasión inglesa Juan Manuel de Rosas (nacido el 30 de marzo de 1793) fue retratado en una obra cuyo original se conserva en Córdoba en una colección particular y hay copia en el Museo del Palomar. Era un niño sin lugar a dudas, aunque estuviera en plena edad de crecimiento.
Algunos historiadores se han referido a la actuación de ese niño con motivo de las Invasiones Inglesas de 1806 y 1807. Otros en cambio se dedicaron a negar o poner en duda servicios militares voluntarios prestados en esas oportunidades.
Bueno es recapitular la cuestión con el auxilio de opiniones y documentos, dejando aclarado que en aquellos tiempos fueron numerosos los niños que dieron rienda suelta a su patriotismo colaborando de una y otra forma (aún con piedras o recipientes de aceite hirviendo) a la victoria sobre los ejércitos invasores.
El poeta Vicente López y Planes expresó ese fenómeno en sus inflamados versos de ”El Triunfo Argentino” (1807): “... De ilustre juventud a los cuarteles / Correr se ve tras su brío, / Tras su heroico valor, tras su entusiasmo, / Al natural, al cuarterón y al hijo”.
Aunque resulte excepcional que los niños hagan la guerra, ciertos historiadores practicaron “antirosismo” a tambor batiente negándole a Rosas su participación. El historiador Ernesto H. Celesia afirmó que “Juan Manuel de Rosas, hijo y nieto de militares de profesión, no tuvo inquietudes que lo inclinaran a la vida militar, ni desplantes de heroicidad, condición esencial en aquellas épocas para la carrera de las armas” (1). Sin embargo no pudo negar que Rosas haya actuado en la Reconquista de Buenos Aires en 1806 (cuando tenía solamente 13 años) tras exhaustivas investigaciones que le llevaron varios años, pues el 14 de julio de 1948 publicó en el diario “La Prensa” (Buenos Aires) un artículo sobre el tema y en 1954 le dedicó el Capítulo I de su libro sobre Rosas, reconociendo que “la participación de Juan Manuel de Rosas en las actividades de la Reconquista no sería un hecho extraordinario, aunque fuera significativo por razones circunstanciales” (2).
Versos gauchescos
”...Estuvo en la reconquista / A Liniers incorporado. / Y en un inglés ya puso / Su faconcito el Pelado /..
"Este era el nombre que entonces / Le daban allá en el pago. / Después se llamaba el Rubio, / Y hoy el patrón más amado”.
”...Soldado era Miquelete / Cuando Guiteló atacó, / Y con un corto afilado / En la aición se distinguió” (3).
Luis Pérez nació en Tucumán, pero vivió mucho tiempo en Buenos Aires: en Mayo de 1810 estuvo frente al Cabildo. Cuando escribió los versos transcriptos era federal y rosista. Fue contemporáneo del padre Castañeda y del oriental artiguista Bartolomé Hidalgo, precursores del género literario gauchesco.
Convengamos que el tono gauchesco y la veta poética, así como los motes juveniles que designaron a Juan Manuel de Rosas, pudieron quitarle al relato rigor histórico pero son reveladores de que desde ése entonces todavía se recordaban en Buenos Aires anécdotas de su niñez. Por otra parte los versos de Pérez tuvieron la virtud de pintar a Rosas en el hábitat y con el idioma apropiados para un caudillo rural que por entonces no había accedido a la gobernación de Buenos Aires desde la ciudad donde nació, sino desde la pampa donde había acrecentado su prestigio. El idioma gaucho se correspondió con la geografía y la realidad social en que tomó dimensión la figura de Rosas.
Biografías de contemporáneos
Fue en realidad el sabio Pedro de Angelis -verdadero padre de los estudios históricos argentinos- quien en 1830 publicó la primera biografía del entonces Gobernador de la Provincia de Buenos Aires, Capitán General Juan Manuel de Rosas, diciendo sobre el particular: “Frecuentaba la escuela de D. Francisco X. Argerich, cuando se verificó la primera invasión de los ingleses en este país, que puso en armas a todos sus habitantes. El joven Rosas, de edad de solo 13 años, se arrojó intrépidamente entre los combatientes, y peleó al lado del mismo general Liniers. Fue éste su primer paso en una carrera que debía recorrer con tanto brillo. Cuando se pensó en organizar otros regimientos para precaverse contra la segunda expedición al mando del general Whitelocke, se enroló voluntariamente en el cuerpo de migueletes de caballería, uno de los más distinguidos por su bizarría y disciplina” (4).
El maestro citado por De Angelis es Gregorio Francisco Xavier Argerich, en cuya célebre escuela privada estudiaron las primeras letras viarios próceres argentinos. Sarmiento lo calificaría como “hombre ilustrado y patriota de 1810”.
Esas expresiones no fueron negadas por nadie en años posteriores, que incluyen un período en el que Rosas no fue gobernador (hasta 1835). Cuando de Angelis escribió aquella biografía vivían aún ilustres combatientes de la Reconquista, de la talla de Juan Martín de Pueyrredón, Martín Rodríguez, Bernardino Rivadavia, Vicente López y Planes y tantos más. El jefe de Migueletes en 1807, Alejo Castex, murió en Buenos Aires el 17 de septiembre de 1841 siendo “unitario”; jamás desmintió las afirmaciones del biógrafo de Rosas. ¿Podía mentir de Angelis?
En 1840 la Sala de Representantes homenajeó al Gobernador Rosas y el legislador Dr. Baldomero García, nacido en Buenos Aires en 1799, recordó que “combatió en su tierna edad por la independencia del país en 1806-1807 en la gloriosa reconquista y defensa de Buenos Aires”. Esa afirmación no fue refutada; pero fue pronunciada por una de las personalidades más destacadas de entonces: "un porteño de nota”, como alguna vez se autodefinió. La frase respondía a una tradición oral indiscutida que Baldomero García había escuchado desde su infancia.
El “Diario de la Tarde” (Buenos Aires), fundado por Pedro Ponce en 1831, en mayo de 1843 publicó una biografía de Rosas donde puede leerse: "Soldado de la independencia de la Patria combatió ardoroso a la edad de 14 años en 1806 en las filas de los valientes reconquistadores de Buenos Aires. En 1807 peleó denodado en la gloriosa defensa de esta ciudad. En tan tierna edad lo impulsó su ardiente patriotismo a practicar actos de valor heroico”. Tampoco se hizo objeción alguna a esa mención, aún cuando por entonces era ya abundante la literatura antirosista.
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| Soldado miguelete |
"Cuando se anunció el envío en 1807 de otro ejército inglés mucho más fuerte, tomé de catorce años, plaza de soldado de Caballería en los Migueletes. Tengo la carta del Sr. Dn. Martín de Álzaga, a mi Madre y de Juan Miguens a mi Padre, acreditando mi conducta en esos gloriosos triunfos”, agregó Rosas.
La aclaración a su amiga Josefa (“Pepita”) posiblemente se debió a que, tras su derrocamiento (1852) comenzó a negarse cualquier tipo de aciertos y virtudes que antes se le reconocían, poniéndose en duda incluso su comportamiento entre 1806 y 1807. ¡Había pasado más de medio siglo!
Sin embargo un año antes, en 1868, el jurista, literato e historiador chileno Manuel Bilbao también escribió una biografía de Rosas donde siguió admitiendo que durante la primera invasión inglesa *el niño Rosas, como muchos otros, se fue al campo de Liniers. Cuando se anunció la segunda invasión, sentó plaza en el cuerpo de Migueletes de Caballería, y siguió la campaña hasta la expulsión de los ingleses” (5), tal como se sabía en la vieja Buenos Aires.
Eran evidencias indiscutibles en aquella “gran aldea” que todavía conservaba el recuerdo, los comentarios y anécdotas relativas a los muchos conciudadanos que habían acudido como voluntarios a prestar servicios militares durante las invasiones inglesas.
Otros siguieron negando esa evidencia que había sido admitida por contemporáneas, siendo que la familia de Rosas era conocida en toda la ciudad y existían aún numerosos oficiales y voluntarios de su Reconquista y Defensa.
Un historiador llegaría al colmo de afirmar que "Juan Manuel de Rosas no fue participe en la heroica defensa de Buenos Aires, como lo hicieran todos los jóvenes sin distingos de clases, edades y hasta de sexo” (6).
Reconquista (1806)
Disposiciones vigentes en la Buenos Aires colonial establecían que los varones menores tendrían instrucción en la milicia comunal al cumplir 15 años; se les enseñaba el manejo de la espada, cuchillo y armas de fuego.
Después de estudiar papeles de Rosas hasta entonces ignorados, Adolfo Saldías (a fines del siglo XIX) al escribir su obra reivindicativa, expresó: “Don Juan Manuel tenía trece años. Fuera de las consideraciones con que lo miraban por el nombre y posición de su familia, o por la influencia que él mismo se había creado entre sus compañeros, el hecho es que, así que se inició la resistencia que debía concluir con la reconquista de la ciudad de Buenos Aires, Rozas se llevó a su casa de la calle de Cuyo a varios de sus jóvenes amigos, los incitó a la pelea, los armó como pudo, y se presentó, a la cabeza de ellos al general Liniers. Así peleó al lado de este mismo general en la jornada del 12 de agosto de 1806. Después de la rendición de los ingleses, Liniers quiso significar a los padres del joven Rozas su agradecimiento por el servicio que éste acababa de prestar, enviándoselo con una carta honrosísima en la que les manifestaba que Rozas se había conducido con una bravura digna de la causa que defendiera”. afirmando el historiador que la carta original se encontraba “En poder de la señora Manuela de Rozas de Terrero" (7).
Y ello era así porque Rosas en carta del 28 de mayo de 1861 dirigida al esposo de Manuela, Máximo Terrero, le encomendó: “Te he de estimar, como a Manuelita, vayan haciendo lo posible, en algunos ratos, que no les perjudique, para recordar e ir relacionando las épocas importantes del General Rosas y sus fechas. Es decir, por ejemplo: 1806 — Agosto 12. Fue uno de los voluntarios que formaron el ejército que reconquistó a Buenos Aires triunfante sobre el ejército inglés”.
Aquel evento produjo en el niño Rosas una profunda admiración por Santiago de Liniers, principal héroe de la Reconquista de Buenos Aires. Con motivo de su fusilamiento en 1810 la habría de trasuntar en esta frase: “¡Liniers!, ilustre, noble, virtuoso, a quien yo tanto he querido y he de querer por toda la eternidad, sin olvidarlo jamás” (8).
Carlos Ibarguren en su biografía de Rosas (1930) expresó sobre el particular que en 1806 “entre los muchachos más chicos que se presentaron a Liniers y se alistaron en su ejército, iba, con varios de sus camaradas, el niño de trece años Juan Manuel Ortiz de Rozas”. Y también Manuel Gálvez en su magnífica obra “Vida de Don Juan Manuel de Rosas” (1940) señaló que entonces “tomó parte en la Reconquista, como servidor de una pieza de cañón”.
Seguramente durante una epidemia de pediculosis en aquella Buenos Aires, el niño Rosas había sido rapado por aquel entonces: De allí la caracterización de “Pelado” que los versos de Luis Pérez hicieron recordar en 1830. Porque oportuno es decir que en el retrato pintado en 1805 apareció con toda su cabellera.
Defensa (1807)
El mismo Saldías agregó: “Lanzado en pos de los nobles estímulos que llevaban a toda la juventud de Buenos Aires a defender a la patria de la nueva invasión inglesa que se anunciaba, Rozas se alistó en el Cuerpo de Migueletes de caballería y asistió a las jornadas memorables del 5 y 6 de julio de 1807, que terminaron con la capitulación del general Whitelock. Don Martín de Álzaga y Don Juan Miguens lo remitieron enseguida a su padre don León con una carta que acreditaba su comportamiento en esa campaña”, afirmando también que la carta original se encuentra “en poder de la señora Manuela de Rozas de Terrero” (9).
Sabido es que Martín de Álzaga fue otro de los grandes héroes en aquellos días. Y Juan Gualberto Miguens fue capitán de Migueletes en 1807. Rosas conservaría buena relación con él: con motivo de la Convención de Cañuelas que celebró con Juan Lavalle el 26 de junio de1829, ambos jefes coincidieron en nominar a Miguens como posible funcionario del futuro gobierno de Buenos Aires. Falleció el 27 de enero de 1838 y nunca manifestó contrariedad con lo dicho por de Angelis en la biografía editada en 1830.
La denominación “miguelete” provenía de Cataluña, pues era un acriollamiento del término “miquelete”, como se llamaba a antiguos fusileros de esa región. En Buenos Aires fue una milicia vecinal, donde se instruyó militarmente jóvenes que eran ya consumados jinetes, conforme al bando firmado por Liniers el 6 de setiembre de 1806 tras la Reconquista, que debe considerarse partida de nacimiento del ejército argentino; de allí en más se organizaron distintos cuerpos armados.
Durante el Virreinato de Liniers el escuadrón de Migueletes actuó como escolta armada a las órdenes del teniente coronel José Díaz. Fue disuelto por el Virrey Baltasar H. de Cisneros el 11 de septiembre de 1809, cuando la caballería quedó limitada a las tres compañías del escuadrón de Húsares.
En ocasión de la defensa de la ciudad en 1807, ese cuerpo montado de Migueletes integró la columna al mando del Coronel hispano César Balviani (compuesta también por dragones, cántabros, patricios, húsares y marineros) destacada junto a Liniers en el paso del Riachuelo: “La briosa legión que había asistido / Allá en el puente dó a pasar venía / Una gruesa falange de enemigos”, según el poema de Vicente López y Planes.
Dudas no caben que en noviembre de 1806 Juan Manuel de Rosas se incorporó al Escuadrón de Migueletes comandado por el Dr. y Teniente Coronel Alejo Castex, que en total estaba integrado por 193 soldados de caballería (10), actuando como capitanes Juan G. Miguens y Apolinario Iribarren. El 20 de noviembre se dictó un bando que convocaba a “todos los vecinos estantes y habitantes de la Capital y sus arrabales, de dieciséis a cincuenta años”. Rosas concurrió a la convocatoria pese a tener 13 años. Había recobrado su cabello y su sobrenombre juvenil: “el Rubio”, así lo rememoraron los versos de Luis Pérez, años después.
Dijo Ibarguren en su biografía: "Vistióse ufano, con el uniforme punzó de ese cuerpo -color que sería para siempre el de sus predilecciones- y combatió con denuedo en la cruenta defensa de Bunos Aires contra la segunda invasión de los británicos” (11). Gálvez también mencionó esa circunstancia.
El Archivo General de la Nación guarda comprobantes de caja de los soldados que (por orden de la Junta de Guerra de diciembre de 1806) percibieron sueldo mensual de $12 "por la concurrencia diaria a los ejercicios doctrinales” de ese cuerpo, así como listas del Escuadrón de Migueletes, en todos los cuales figura Juan Manuel de Rosas.
Una vez que la instrucción de todos los cuerpos voluntarios estuvo adelantada, Liniers los reunió en un campamento de maniobras, ejercitando en conjunto. Tras ello regresaron a la ciudad y en marzo de 1807 se dispuso el acuartelamiento en virtud de la situación existente en Montevideo por el arribo de tropas inglesas. Recién entonces Rosas cumplió 14 años (30 de marzo).
En junio de 1807 existe una anotación que señala al soldado Rosas “enfermo en su casa”, sin aclarar nada más. Sin lugar a dudas era un mal pasajero que en el comienzo del invierno lo retuvo durante algunos días al abrigo del hogar.
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| Lista de pago del escuadrón de Migueletes |
La nota marginal
El 14 de julio de 1807 el Capitán Apolinario Iribarren firmó un “pie de lista” donde el historiador Celesia leyó 141 años después una anotación marginal: “Nota: Juan Manl. Rosas se apartó del servicio el 1° de julio”, lo que dio pie para que publicara su artículo en “La Prensa” (1948) y luego editara un libro en 1954 afirmando: “en esos días se había ido con sus Mayores a trabajar al campo, buscando el camino del bienestar, de la riqueza; rectificando el error cometido al orientarse por el sacrificio y la gloria de servir a la Patria” (12).
¿Qué habrá hecho Celesia cuando tenía 14 años...?, me pregunté al comprar su costoso libro en la casa Peuser más de medio siglo atrás. Julio Irazusta protestaba con fastidio que “hombres de bufete cuyo pellejo jamás corrió riesgo” realizaran inculpaciones semejantes a Rosas.
Lo extraño de la cuestión fue que en 1954 el historiador Celesia acusó a su colega Antonio Dellepiane (ya había fallecido en 1939) de haber plagiado su investigación porque no dejó constancia en el Archivo General de la Nación de la compulsa en documentos referidos a Rosas (13).
La maquinaria antirosista se movió inmediatamente al punto que ya en 1954 el Dr. Isidoro Ruiz Moreno reprodujo a Celesia en una publicación titulada “En torno a Rosas y el revisionismo”, aprovechando para afirmar que “Rosas ha sido el gobernante más funesto”.
Gracias a la enorme difusión que siempre se ha dado a cualquier noticia que pueda perjudicar la imagen de Rosas, el “hallazgo” de Celesia fue tan eficientemente publicitado que algunos historiadores “rosistas” tuvieron que explicar que no era Rosas un cobarde ni un desertor.
Así en la tercera edición de la biografía de Rosas (1949) Manuel Gálvez se consideró obligado a hacer la siguiente aclaración: “Un documento publicado recientemente demuestra que el niño Juan Manuel de Rosas renunció al servicio en el escuadrón de Migueletes el 1° de julio, cinco días antes de la segunda invasión inglesa. Pero no significa que no combatiera. Pudo abandonar el escuadrón por un disentimiento con alguno de sus superiores o por exigencia de sus padres. Ningún documento, sin embargo, prueba que combatiera. Eso lo sabemos, lo mismo que lo de la carta de Álzaga, por tradición”.
Mi maestro José María Rosa (recordando que la instrucción Militar colonial comenzaba a los 15 años) hizo una reflexión: “El Jefe, para poner en condiciones de reglamento militar al regimiento, dio de baja marginalmente a los cuatro niños que recibían Instrucción militar en él: los niños Lorenzo Frutos Gómez, Juan Manuel Rosas, Francisco Casavalle y José Antonio Vargas, sin que baja marginal significara la efectiva separación”. Ingeniosa refutación de quién confió en la seriedad de Celesia (caballeresco como era Don Pepe).
Luis Alen Lascano dijo con toda franqueza: “hubiese sido más grave a la inversa: sano para el cobro y enfermo para ejercitarse” (14).
Así estaba la polémica cuando la vida había terminado de enseñarme que no hay que confiar ni de la propia sombra. Antes de que la vista y los años me jueguen una mala pasada, preferí leer personalmente el documento en cuestión observando con mis propios ojos que seis décadas atrás el bueno de Celesia tenía miopía.
¿La nota marginal del 14 de julio de 1807 dice realmente “se apartó del servicio”?...¿¡No!
Comprobación
Debe aclararse que esa lista confeccionada por el Capitán Iribarren individualizó a soldados que cobrarían haberes del mes de junio de 1807 para información del Ministro de Ejército y Real Hacienda del Virreinato, que era el madrileño Félix de Casamayor,quien intervino al pié.
La nota Marginal que en el extremo izquierdo menciona a Rosas, leída correctamente, dice: “Nota: Juan Manl. Rosas se apareo al servicio el 1° de Julio”, como puede observarse en la reproducción aumentada que ilustra esta publicación.
No existe una "t”, como creyó ver Celesia al leer “apartó” porque el listado con la misma letra las “t” son distintas. La penúltima letra de la palabra en cuestión es una “e”, no una "t”. Tampoco está el acento sobre la “o” que creyó ver Celesia y la palabra “del” no existe en la anotación, donde borrosamente se lee “al”. En aquellos tiempos se escribía con pluma y eran habituales los borrones, que a veces se producían al secar la tinta.
“Aparar” es acudir para tomar alguna cosa, en este caso el "servicio” militar. Y “aparear” es ajustar cosas de manera que queden iguales una con otra. Cualquiera de los dos verbos que pueda haber usado el Capitán Iribarren significaron el retorno del soldado Rosas al escuadrón.
El antirosismo de Celesia lo confundió, traicionando su seriedad de historiador. La misma anotación en que Celesia fundó sus críticas contra Rosas, constituye una probanza de que Rosas se había reintegrado al servicio el 1° de julio después de su enfermedad y cumplió con su deber en las jornadas del 5 y 6 de julio de 1807, cuando fue rechazada la segunda invasión inglesa.
(1) Celesia, Ernesto H.: Rosas-Aportes para su historia. Buenos Aires, 1954, pág 11.
(2) Celesia, Ernesto H.: op.cit. pág. 21.
(3) Ricardo Rodríguez Molas reeditó esa biografía de Rosas en versos (1957). Sobre su autor puede consultarse: Chávez, Fermín: Historia y Antología de la Poesía Gauchesca. Buenos Aires, 2004, pág. 77 y sgtes. También alude a esta poesía: Venturini, Aurora: Niños de la Patria: "Juan Manuel de Rosas y Domingo Faustino Sarmiento”, Revista del instituto de Investigaciones Históricas Juan Manuel de Rosas, N° 30, enero-marzo 1993.
(4) De Angelis, Pedro: Ensayo Histórico sobre la Vida del Exmo. Sr. D. Juan Manuel de Rosas, Buenos Aires, 1830.
(5) Bilbao, Manuel: Historia de Rosas, Buenos Aires, 1868, pág. 27.
(6) Dellepiane, Antonio. “Rosas”, 1950, pág. 31. Fue obra póstuma de ese autor, fallecido en 1939.
(7) Saldías, Adolfo. Historia de la Confederación Argentina – Rozas y su época. Buenos Aires, Edic. 1951 T° I, pág. 18/19.
(8) Archivo General de la Nación: S. VII, c.3. a, 3 N° 1, fol 22.
(9) Saldías, Adolfo: op. cit. Tomo I, pág. 19.
(10) Véase: La Reconquista y Defensa de Buenos Aires. Buenos Aires, 1947, pág. 288.
(11) Ibarguren, Carlos: Juan Manuel de Rosas. Buenos Aires; 1930, págs. 28-9.
(12) Celesia, Ernesto H.: op. cit. pág. 34.
(13) Celesia, Ernesto H.: op. cit. pág. 34, nota 26, referida al libro “Rosas” de Antonio Dellepiane.
(14) Alen Lascano, Luis: Rosas, el Gran Americano. Buenos Aires, 1997, pág. 11.