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jueves, 24 de julio de 2025

Invasiones Inglesas 1806-1970 - Leonardo Castagnino

 Las invasiones inglesas


Con la debida autorización del Ingeniero Leonardo Castagnino, autor del libro INVASIONES INGLESAS 1806-1870, Editorial La Gazeta Federal, publicamos diversos interesantes pasajes de este importante libro que refleja un período crucial de nuestra historia patria.


CANELA Y ESTRATEGIA
Dice la historia y la leyenda, que Marco Polo viajó al lejano oriente a traer canela, y que con ese hecho cambió la historia de occidente. Lo que Marco Polo trajo del lejano oriente fue algo más importante que la canela: fueron los libros de estrategia diplomática, de espías, de servicios secretos y de tácticas militares que los chinos habían desarrollado durante siglos en las luchas entre los distintos reinos. Describir esas tácticas de estrategia escapa a la finalidad de este trabajo, pero vale la pena nombrar algunas que serían determinantes en nuestro destino de América: “divide y triunfarás”, “apoyar al débil para debilitar al fuerte”, “dejar una puerta abierta para que escape el enemigo”, y la del “súbdito ofendido” o la “diplomacia del marinero herido”, entre otras.
Venecia era una región rodeada de agua y fácilmente defendible. Una minoría veneciana, que detentaba el poder y dominaba financieramente a toda Venecia, se cuidaría muy bien de dar a conocer esas tácticas de estrategia que en cambio usaría para prevalecer ante vecinos y enemigos. Fomentando la intriga y discordia entre ellos, apoyaba al más débil para  debilitar al más fuerte, y luego prevalecer sobre ambos. Sentados en un banco propio, en “la plaza pública”, hacían sus negocios financieros y oficiaban de prestamistas y usureros; de ahí el término “banco” para las entidades financieras. Cuando no tenían más crédito, simplemente se retiraban sin pagar, rompiendo el banco, y de ahí el término “quebró la banca”.
Como Venecia les quedara chica se trasladaron a Ámsterdam, ciudad enclavada en una región de similares características pero mejor ubicada que Venecia, donde fundaron un imperio financiero. Cuando Ámsterdam no les fue suficiente, hacia el siglo XIII emigraron a Londres, donde se reunían, ya no al aire libre de “la plaza”, sino en un bar de Londres llamado  Lloyd, que daría el nombre a sus empresas financieras y de seguros. Contaban con una agencia de servicios secretos, cuando aún América no tenía ni miras de ser descubierta. Así fue como, al decir de Jauretche,  los venecianos pasaron a ser “los ingleses de los ingleses”.
La geografía de Inglaterra le daba ciertas y claras ventajas. La comunicación entre cualquier punto era facilitada por la proximidad a la costa, y el hecho de ser una isla les daba la protección natural contra cualquier ataque enemigo. Prácticamente no necesitaba ejército, porque con sólo una buena armada le era suficiente. Francia en cambio, por citar un ejemplo, además de su armada, debía mantener un poderoso ejército para defender sus fronteras terrestres. La ocupación de Gibraltar (1704), obligaba a Francia a mantener dos flotas, una en el Mediterráneo y otra en el Atlántico. Así se convirtió Inglaterra en el árbitro de Europa y comenzó a prevalecer sobre las naciones europeas. Esta técnica de apoyar al débil para debilitar al fuerte tiene muchos ejemplos en la historia de Inglaterra, como su alianza con Holanda para desplazar a los portugueses de la India, obteniendo de paso ventajas en las colonias holandesas, y aliarse después a los portugueses para desplazar a los holandeses, obteniendo de ese modo ventajas en las colonias portuguesas. Los franceses también fomentaban y aprovechaban las rivalidades internas en otros países, para obtener beneficios. Podemos citar como ejemplo a la India, que pasó de ser un país con industria textil, a un país agrario donde morían de hambre millones de personas: cinco millones entre 1850 y 1875 y quince millones entre 1875 y 1900. Como en otras latitudes, los ingleses restringen en la India la navegación y la construcción naval. Romesh Dutt dirá que “en verdad la humedad de la india bendice y fertiliza otras tierras”. Según Digby, “el tesoro extraído por los británicos entre la batallas de Plasey y Waterloo oscila entre quinientos mil millones y un billón de libras esterlinas”. No vale la pena hablar del oro y la riqueza del mundo que están en el museo de Inglaterra.
Los ingleses contrabandeaban opio de la India a China, y como el emperador restringió el tráfico, los ingleses inician las tres “guerras del opio” (1842, 1856 y 1858) apoyados por otras potencias.  Con la derrota de China, Inglaterra  obtuvo la apertura de los puertos al comercio inglés y se queda en posesión de Hong Kong. Algo parecido a la guerra del opio sería la “guerra del guano”: una compañía inglesa con sede en Santiago de Chile explotaba el guano en las costas de Bolivia y Perú. Como éstas pretendieron aumentar los impuestos al guano, Inglaterra armó una guerra que dejó a Bolivia sin costa y sin guano, y a ambas con menor territorio. Ejemplos como los anteriores podemos ver en distintas partes del globo y en distintas épocas. Para apoyo de su flota, Inglaterra se posesiona de territorios de ultramar: Gibraltar (1704), El Cabo (1795) Ceylan (1796), Malta (1800), Buenos Aires (1806), Mauricio (1810), Singapur (1819), Malvinas (1833), Adén (1839), Hong Kong (1842), Chipre (1878) entre otros. También el gobierno inglés se quedará con el canal de Suez acortando las rutas marítimas, y siendo éste para buques a vapor, terminará con la competencia de la navegación a vela. Y todo esto con la injerencia del estado británico. También se quedará con gran parte del Canadá francés. (1)
(1) Castagnino Leonardo. "Guerra del Paraguay. La Triple Alianza contra los Países de Plata". Ed. La Gazeta Federal. Bs.As. 2° edición. 2012.

LA CUNA DE LA CIVILIZACIÓN
Otro mito es el que sostiene que Inglaterra fue la cuna de la civilización. Cuando los griegos eran el centro de la civilización, Inglaterra no existía, y cuando Roma era un imperio, los sajones eran los “bárbaros”. Fueron los italianos los que desarrollaron muchos inventos de la época y las tinturas de los tejidos que se usaban en la tela inglesa, eran alemanas. Los españoles fueron los que aplicaron tres elementos fundamentales traídos del lejano oriente: la brújula, el timón y la vela latina. La primitiva navegación era costera. Los barcos se guiaban por las estrellas, con sus dificultades, y el impulso y la maniobra eran a remo. La vela cuadrada posibilitaba usar el impulso del viento solamente cuando éste era de popa. La aplicación del timón y la vela latina, aportó la ventaja de usar el impulso aun con viento de proa, y prescindiendo del impulso a remo, les posibilitó también emplear cascos más altos y de mayor capacidad. Nacía así la navegación de ultramar, que entre otras cosas, permitiría a los españoles llevar a cabo el descubrimiento de América. A pesar de todo eso, Sarmiento dirá que “los españoles no somos industriales ni navegantes”.
La colonización mental traída por “los hombres de la luces”, como Rivadavia, nos hizo creer que los franceses y los ingleses eran la cuna de la cultura, mientras que la nuestra, heredada de los brutos españoles era la “barbarie”. El mismo Sarmiento dice que el interior es un país bárbaro, donde "no se encuentra una levita ni una montura inglesa”, y muchos de nuestros “iluminados” viajaban a Europa a importar teorías que nos sacaran de la barbarie y del atraso. Sin embargo España heredó su cultura de los romanos y la enriqueció con la cultura también milenaria de los árabes durante la dominación de España, mientras en Inglaterra todavía andaban a los garrotazos. En la época de los romanos, los sajones eran parte de los pueblos bárbaros, y para el siglo XIII no tenían ninguna universidad, mientras que en España había doce. Dicho sea de paso, la primera Universidad data de mediados del siglo XI en Bolonia, Italia, de cuya nacionalidad tenemos tantos inmigrantes que Sarmiento despreciaba. También los italianos inventaron el reloj como máquina astronómica en 1350 (los hermanos Dondi, de Papua) y el inventor de la máquina de vapor, Sarvey, contó con los antecedentes de italianos, alemanes y franceses. En el siglo XVI los ingleses adquirieron barcos del Báltico, que estaban más adelantados, para usarlos de modelo y fabricar los propios, más grandes y mejor equipados, con cañones de hierro, más económicos y eficientes que los de bronce. La batalla de Trafalgar, mal tiempo de por medio, haría caer a “La armada invencible” y cambiaría el rumbo de la historia. Los ingleses dominarán los mares y se harán dueños del transporte y el comercio mundial. Pero de ahí al concepto de “cuna de la cultura” hay mucho para decir. 
(1) Castagnino Leonardo. "Guerra del Paraguay. La Triple Alianza contra los Países de Plata". Ed. La Gazeta Federal. Bs.As. 2° edición. 2012

EL DOGMA DEL LIBRE COMERCIO
El dogma del libre comercio no fue aplicado en un principio por los ingleses, sino hasta después de estar ellos mismos en posibilidad preponderante de beneficiarse de él. En principio Inglaterra aplicaba en su reino una política absolutamente proteccionista. Traía tecnología de la Europa continental, pero estaba prohibida la difusión de la propia. Importaba ejemplares ovinos para mejorar sus propios planteles, pero tenía absolutamente prohibido exportar los suyos. Exportaba tejidos de lana, pero estaba prohibido importarlos. En defensa de su incipiente industria textil, en Inglaterra estaba prohibido exportar lana cruda y el solo hecho de esquilar ovejas cerca de la costa, era considerado sospecha de contrabando, y castigado con severas penas. El gobierno fue tan intervencionista que dictó leyes obligando a ir a la iglesia con sombrero de paño inglés, y usar mortajas de tela.
Sobre la base del proteccionismo, Inglaterra desarrolla su industria hasta igualar o superar a los demás países, y favorecida por el uso del carbón y la máquina de vapor, aumentó enormemente su producción, superando a sus competidores. Su flota naval era dueña de los mares, lo que le daba ventajas para transporte de manufacturas y materias primas. Con presencia de agentes en gran cantidad de puertos en el mundo, era la potencia comercial preponderante. Entonces si, afianzada su preponderancia industrial y comercial, comenzó su prédica o imposición de su "teoría del libre comercio" instalándolo como un "dogma de progreso".
Mientras tanto Estados Unidos, productor de materias primas e importador de manufacturas, se debatía entre el norte industrial y el sur exportador de materias primas, sobre si convenía o no el libre comercio. El norte, de incipiente desarrollo industrial, pretendía una política proteccionista, en contraposición al sur. Esto desencadenó la guerra civil, en la que, como era de esperar, Inglaterra apoyaba al sur librecambista. Ganada la guerra civil por el norte, paulatinamente comenzó a aplicar aranceles a la importación de manufacturas, tanto a las mercaderías como a su transporte en buques de bandera extrajera, lo que produjo en gran impulso a la industria, incluido el desarrollo naval.
Inglaterra, que había crecido siendo proteccionista, ahora  predicaba el dogma del libre comercio, pero los yanquis necesitaban primero el proteccionismo hasta llegar a su propio desarrollo: "No sé acerca de aranceles -decía Abraham Lincoln- pero lo que sé muy bien es que cuando compramos bienes manufacturados a los extranjeros, nosotros nos quedamos con los productos y ellos con el dinero. Cuando compramos productos nacionales nos quedamos con ambas cosas". El General Ulises Grant, vencedor en la guerra del norte industrial contra el sur esclavista, y luego presidente de los Estados Unidos, respondiendo a las presiones británicas por el libre comercio, respondía en 1875: "Dentro de doscientos años, cuando hayamos obtenido del proteccionismo todo lo que nos puede ofrecer, también nosotros adoptaremos la libertad de comercio".
Mientras tanto en el Río de la Plata (y en toda Hispanoamérica) se imponía el libre comercio. "Las mercaderías inglesas se han hecho hoy artículos de primera necesidad en las clases bajas de Sudamérica. El gaucho se viste en todas partes con ellas. Tómese las piezas de su ropa, examínese todo lo que lo queráis y exceptuando lo que sea de cuero ¿Qué cosa habrá que no sea inglesa? Si su mujer tiene pollera, hay diez probabilidades en una de que será manufactura de Manchester, la caldera u olla en que cocina su comida, la taza de loza ordinaria en la que come, su cuchillo, sus espuelas, el freno, el poncho que lo cubre, todo son efectos llevados de Inglaterra". (1)
Veintiséis años de liberalismo económico habían producido el efecto imaginable. En 1825, época de Rivadavia, las exportaciones -cueros, carne salada, sebo-, totalizaban cinco millones de pesos fuertes, mientras las importaciones -tejidos, alcoholes, harinas-, sumaban algo más de ocho millones, la mitad provenientes de Gran Bretaña. La diferencia entre los ocho millones importados con los cinco exportados se cubría en metálico. Claro está que eso producía un drenaje continuo de oro y plata; en barras metálicas solamente, salieron del país en 1822 por valor de 1.350.000 pesos fuertes, pagados principalmente por las provincias del interior que carecían de productos para exportar. Debe tenerse en cuenta también, que el valor de las importaciones no revela su volumen real, pues las mercaderías inglesas se vendían a bajo precio con el objeto de liquidar totalmente la competencia autóctona. "Dudamos muchísimo -dirán los hermanos Robertson- que la mercadería enviada a Sud América haya producido a sus cargadores ganancias adecuadas".
No es la industria manufacturera la única riqueza autóctona que fue barrida por  el empuje extranjero. Las harinas de Río Grande y de Norteamérica desalojaron también a sus similares criollas. Parish nos dice cómo la harina yanqui se vende en Buenos Aires a 10 reales la arroba a fin de desalojar la mendocina (2), cuyo precio, debido al transporte por tierra, no podía ser inferior a 11 ó 12 reales. Lo mismo sucedía con el vino o los alcoholes cuyanos, o con el azúcar que el obispo Colombres industrializara en 1821 por vía de ensayo. En 1816, según cuenta Álvarez (3), los viñateros de Cuyo se presentaron al Director de las Provincias Unidas solicitando la prohibición de importar caldos extranjeros porque "ni les era posible disminuir los gastos hasta la plaza de Buenos Aires, ni con tales gastos podría hacerse competencia a los productos similares a los del interior". En la sesión del Congreso Nacional del 19 de mayo de 1817 se daba cuenta de una petición semejante del Cabildo de Mendoza, pero todo inútilmente, pues la política de la libertad de comercio era sostenida en aquellos años con todo el fervor que merecía un dogma liberal. Las Heras, al abrir el Congreso del 24, en oficio del 16 de diciembre de ese año colocaba el librecambio junto a los más sagrados derechos individuales: "Al lado de la seguridad individual, de la libertad de pensamiento, de la inviolabilidad de la propiedad, poned señores -decía-  la libre concurrencia de la industria de todos los hombres en el territorio de las Provincias Unidas".
A esto hay que agregar los efectos de los empréstitos y el control financiero operado por el Banco Nacional  dominado por accionistas ingleses.
Juan Manuel de Rosas, a partir de la Ley de Aduanas de 1835, impuso aranceles a la importación de manufacturas, lo que incentivaba y protegía la incipiente industria del interior, en particular los textiles.

(1) Woodbine Parish, cónsul inglés, 1825.
(2)Mendoza era el gran centro harinero de la época.
(3) Álvarez, J. Estudio sobre las guerras civiles argentinas, p.115.

INVASIONES INGLESAS 
Todos conocemos en mayor o menor medida las invasiones inglesas de 1806 y 1807, pero no eran las primeras, ni serían las últimas. La prosperidad inglesa se había fortalecido con la colaboración de piratas armados por la corona, que saqueaban y robaban en todo el mundo,  como Francis Drake, por ejemplo. Durante la ocupación española de América, ya los ingleses habían comenzado a rivalizar con los españoles por el control de las regiones descubiertas. En 1763 Inglaterra acuerda una alianza con Portugal mediante el tratado de Methuen.  Esto le posibilitaba aprovisionarse en cualquier puerto lusitano del mundo, a la vez que le permitió  intensificar su más antigua forma de comerciar: el contrabando en las regiones en que le estaba vedado el comercio.
A comienzos de enero de 1763, Inglaterra inicia el ataque a Colonia del Sacramento, pero fracasa. El Comandante inglés era John Mac Namara, y perece en el ataque. En esa época, la zona era parte integrante de la Gobernación de Buenos Aires e integraba el Virreinato del Perú. Dicha Gobernación estaba  a cargo de Don Pedro de Cevallos.
El 10 de diciembre de 1769, el Capitán Antonio Hunt, comunica a Ruiz Puente, quien fuera Gobernador español de Malvinas, que había ocupado el archipiélago en nombre de su Majestad Británica, estableciéndose en Puerto Egmont. Enterados de la situación en Buenos Aires, se envía desde aquí al Mayor General Juan Ignacio Madariaga con la misión de recuperar Puerto Egmont, obteniendo la rendición inglesa el 1° de julio de 1770. En 1788 los ingleses ocupan la Isla de los Estados. En 1790 son expulsados de la Isla Grande de la Tierra del Fuego, y recién para 1791 lo son de la Isla de los Estados, por orden directa del Virrey Loreto. El tratado del Escorial ya había sido firmado en 1790, por el cual se prohibía a los ingleses navegar y pescar a menos de 10 leguas de tierras españolas, y establecerse en ellas.
En abril de 1806 parte del Cabo de Buena Esperanza, una escuadra naval compuesta por cinco navíos de guerra e igual cantidad de buques de transporte, todos con bandera inglesa a las órdenes del Comodoro Home Popham; las tropas que transportaban se encontraban al mando del Brigadier William Carr Beresford. Antes de partir, los jefes de la expedición habían convenido en distribuir como “buena presa” los caudales que esperaban encontrar según informes recibidos a través de un escocés llamado Russel, que viajaba como  pasajero en una goleta de bandera portuguesa. El 25 de junio los ingleses desembarcan en Quilmes y ocupan la ciudad de Buenos Aires con poca resistencia. Se establecen los términos de la capitulación en la que los británicos exigen la entrega de los caudales reales; pero estos habían sido enviados a Luján por orden del Virrey. El 5 de julio el tesoro retornó a Buenos Aires, y doce días más tarde la fragata Narcissus zarpa hacia la Gran Bretaña con su valiosa carga. El 12 de septiembre el tesoro llegó  a Portsmouth, y en ocho enormes carros  -cada uno llevando 5 toneladas de pesos plata-, partió hacia Londres. Allí se lo recibió con un enorme júbilo, y es depositado en el Banco de Inglaterra para su posterior distribución. Mientras tanto, al otro lado del Atlántico, Buenos Aires había sido reconquistada por el pueblo al mando del entonces Capitán de Navío Don Santiago de Liniers. En 1808 los participantes de la invasión, por fallo de las autoridades inglesas, se repartieron el botín de 296.187 libras, 3 chelines y 2 peniques.
En 1807 los ingleses envían un nuevo contingente militar. La población de Buenos Aires, enterada de la presencia de una poderosa flota inglesa que se apodera de Montevideo y Colonia, se apresta para la defensa. Para fin de junio de 1807 los ingleses tiran anclas en la Ensenada de Barragán, y el 1° de julio comienzan a movilizarse hacia la Capital. En principio los criollos no pueden detener el avance inglés hacia Buenos Aires, pero en la ciudad, la resistencia de todos sus habitantes hace capitular al ejército inglés al mando de John Whitelocke, el 7 de julio de 1807. El fracaso militar sufrido en el Plata los obligaría a replantear la táctica; cambiarían la ocupación militar por la colonización económica y cultural. Para eso, apoyarían la independencia americana del dominio español.
"América española es libre y si sabemos actuar con habilidad será nuestra"… "La cosa está hecha, el clavo está puesto. Hispanoamérica es libre y si nosotros no gobernamos tristemente nuestros asuntos, es inglesa". (1) "Es una política estrecha mirar a este o el otro país como destinados a ser los perpetuos aliados o los eternos enemigos de Inglaterra. No tenemos perpetuos aliados ni eternos enemigos. Nuestros intereses son lo perpetuo y lo eterno.” (2)
Con la aparición de la máquina a vapor - segunda mitad del siglo XVIII-, la industria inglesa se convertiría en una potencia; a mediados del siglo XIX Inglaterra -país rico en hierro y carbón- ya producía más hierro que la totalidad del resto del mundo. En todo tiempo, el desarrollo industrial requirió de manera imprescindible ser abastecido de materias primas, y a su vez, tener mercados donde colocar sus excedentes. De cortarse esa cadena, cualquier país cuya economía se asienta sobre la industria, quedaría irremediablemente en ruinas. Por eso Inglaterra, un país en pleno desarrollo industrial, no podía permitir una alteración del statu quo mundial en sus colonias, de las cuales siempre extrajo las materias primas para abastecerse y abastecer su industria. ¿Qué sería de Inglaterra si se detuviera esa máquina? ¿Cómo haría para alimentar a toda esa masa de obreros volcados a la producción industrial?
Entre 1860 y 1865 se produce la Guerra de Secesión en Estados Unidos y el norte industrial bloquea el Sur, para impedir la salida de algodón del país. La situación produjo una paralización de las fábricas inglesas entre 1861 y 1862, que fue un dramático aviso del futuro que le esperaba  a la nación que había suplantado los cañones por las máquinas de hilados. ¿Qué le pasaría a un país que exportaba el setenta por ciento de su producción industrial? El dominio inglés era puesto a prueba casi simultáneamente en todas partes del mundo. Las fechas coinciden. En 1845 se produce la agresión anglo-francesa al Río de la Plata intentando la libre navegación de los ríos; a partir de 1848, y durante veinte años en China; en 1857 se producen levantamientos libertarios en la India, con violentísimas represiones por parte de los ingleses; también ocurre en Persia en 1857 y 1858. La acompañan otras potencias, como Francia en China y en el Río de la Plata. El mantenimiento del sistema comercial mundial era fundamental para Inglaterra, y precisamente Paraguay, un país chico y desconocido, con su desarrollo, su autonomía y su política de no tomar empréstitos, desafiaba romper ese equilibrio.  Los ingleses, desde su punto de vista imperialista, comercial, violento y falto de ética, veían claramente que necesitaban sacar la pieza que trababa su máquina, que motivó la Guerra de la Triple Alianza contra Paraguay. (3)
Brasil no era inmune al comercio inglés y a los empréstitos. A partir de 1850, a través de sus empresas, Inglaterra monopoliza la comercialización del café, y el treinta por ciento de las exportaciones brasileñas se hacían a través de Inglaterra. Algo similar sucede con la minería y casi la totalidad de los servicios públicos estaban en manos de empresas inglesas. Los negocios financieros se repartían entre la casa Baring y los Rothschild a través del testaferro Irineo Evangelista de Souza, barón de Mauá. Desde 1825 hasta 1865 los empréstitos ingleses al Brasil suman casi dieciocho millones de libras, y entre 1865 y 1870 se adicionaron otros veinte millones más. Mientras tanto en Argentina,  hasta 1872 se colocan empréstitos por veintisiete millones y en Uruguay por valor de tres millones y medio.
Para 1864 Brasil sufría una gran crisis económica,  pero la llegada de los empréstitos creaba una falsa ilusión de progreso. León Pomer en "La Guerra del Paraguay" lo enuncia bien: "La guerra contra el tirano López imprimió gran actividad al comercio y a todas las industrias, puestas a contribuir para proveer las múltiples necesidades de tres ejércitos, que luchaban tan distanciados de su gran centro de recursos, la ciudad de Buenos Aires", y citando a Agote, dice que el ingreso de divisas en Argentina "dio un movimiento extraordinario al comercio e industria, haciendo subir el valor de los productos del país y estimulando una fuerte importación de mercaderías extranjeras". Esas divisas no ingresaban para fortalecer genuinamente la industria, sino más bien para estimular el comercio y los negocios de los que se convertirían en nuevos ricos como especuladores y proveedores del ejército. Ese falso progreso que sirvió momentáneamente para sacar de la calle a desocupados, se fue desmoronando durante la guerra y se convirtió en una franca bancarrota  en la postguerra.
En contraste, Paraguay termina la guerra sin deudas y sin tomar empréstito de nadie. Con la guerra del Paraguay, Inglaterra no sólo consigue terminar con el mal ejemplo paraguayo, sino que toma el control financiero de los aliados mediante nuevos empréstitos.  El representante inglés Edward Thornton, luego de entrevistarse con Pedro II en Uruguayana en septiembre de 1865, dice con ironía en un breve discurso que "aumenta mi satisfacción y es prueba de que la política de Brasil continuará inspirándose en un espíritu de armonía, justa y digna en sus relaciones con los demás pueblos".
"Hay en Europa seis grandes poderes: Inglaterra, Francia, Rusia, Austria, Prusia y Baring Brothers" (4). (5)

(1) George Canning, Primer Ministro Inglés.
(2) Declaraciones de Lord Palmerston en el parlamento inglés durante el bloqueo anglo-francés al Río de la Plata, 1848.
(3)  Castagnino L. "Guerra del Paraguay. La Triple Alianza contra los países del Plata" Edic. La Gazeta Federal. Bs.As. 2° edición. 2012.
(4) Duque de Richelieu.
(5) Castagnino Leonardo. "Guerra del Paraguay. La Triple Alianza contra los Países de Plata". Ed. . 2° edición. 2012.

PROYECTO INGLES PARA HUMILLAR A ESPAÑA (1711)
En 1711 en Inglaterra se concibió un proyecto para intervenir en América (publicado en 1739) titulado "Un proyecto para humillar a España", y cuya autoría se atribuye a "una persona distinguida".
El autor, haciendo gala de conocer la región del Río de la Plata, proponía "Enviar a principios de octubre venidero (1711), ocho buques de guerra con cinco o seis transportes, los que muy bien podrán llevar 2.500 hombres listos para desembarcar en cualquier momento, para atacar, o más bien para apoderarse de Buenos Aires, ubicada en el Río de la Plata" afirmando que estaba "convencido que no se defenderá, o a lo sumo, lo hará muy débilmente frente a tal fuerza, pues si solo propusiera el saqueo, no dudo se podrá hacer con 400 filibusteros. Pero lejos de mí formular tan baja empresa; al contrario, tan pronto está en nuestras manos, recomiendo se fortifique del mejor modo que el país permita, pues allá no hay piedra, y los españoles haraganes jamás han fabricado un ladrillo".
El autor anónimo continúa haciendo una detallada descripción de la ubicación de Buenos Aires y de sus habitantes, afirmando que "la fertilidad de ese país es increíble, pues sus llanuras, que son las mayores del mundo, tan cubiertas están de ganados de todas clases, que debe verse para creerlo".
Describe también la región interior, y concluye "será obvio a cualquiera, que si nos podemos instalar en Buenos Aires, los españoles se encontrarán en la absoluta necesidad de abrir con nosotros un comercio; más aún, está en nuestro poder imponerles las condiciones que queramos..." (Bernardo Lozier Almazán, William Carr Beresford. Gobernador de Buenos Aires).
Dos años más tarde de la formulación de aquel plan de 1711, John Pullen, gobernador de Bermudas, en carta a Robert Harley, conde de Oxford, vierte muchos conceptos del plan, y en un párrafo sostenía que "todo hombre de entendimiento debe confesar que la Gran Bretaña no puede fundar un establecimiento en parte alguna de la faz de la tierra, de donde razonablemente pueda obtener tantas ventajas como uno situado en el Río de la Plata". (Idem)
El plan, postergado por diversos acontecimientos, no fue abandonado, y tomó vigencia nuevamente cuando Francisco de Miranda llega a Inglaterra con el propósito de emancipar América de España, con ayuda inglesa.
En 1806 y 1807 fueron derrotados y humillados en Buenos Aires, pero al final, con otros medios, se salieron con la suya.

LEONARDO CASTAGNINO, oriundo de la provincia de la Pampa, es Ingeniero Civil. Su pasión por conocer, estudiar, recopilar y difundir la historia argentina (particularmente del siglo XIX), nace al descubrir una versión que en sus diversos matices, difiere de la historia oficial.

Realiza una importante contribución en la difusión histórica en distintos medios.

Es fundador y editor del sitio de internet La Gazeta Federal donde redacta y recopila información histórica. 

Es autor de los siguientes libros: "Juan Manuel de Rosas. Sombras y verdades", "Juan Manuel de Rosas. La ley y el orden", "Guerra del Paraguay. La triple alianza contra los países del Plata", "Invasiones Inglesas 1806-1870", "Historias de La Pampa", "Soy federal. Artigas, Rosas y Francia. La Linea federal", "Guerra imperialista de la Triple Alianza contra Paraguay. Desde Trafalgar hasta Cerro Corá", "¿Quien inventó el dulce de leche. Debate histórico".

Estos libros pueden adquirirse a través del correo electrónico:

lagazatefederal@yahoo.com.ar

domingo, 10 de septiembre de 2023

Toma de Montevideo en 1807 - Invasiones inglesas

 REVOLVIENDO LA BIBLIOTECA

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  En esta sección que llamamos "Revolviendo la biblioteca", incluimos distintos artículos de gran interés histórico, poco conocidos por el público en general, publicados hace ya muchísimos años. 

El 1° de febrero de 2007,fue publicado  en el diario La Nación el siguiente artículo sobre la toma de Montevideo en 1807.

El coraje de los montevideanos 

por Juan José Cresto*


Invasiones inglesas

Hay un error conceptual en el que se cae muy a menudo cuando se habla de “las Invasiones Inglesas de 1806 y 1807”. No fue así. Hubo, en realidad, una única invasión llevada a cabo en varias fases diferentes, porque la flota inglesa —dirigida en principio por el comodoro sir Home Riggs Popham, verdadero autor material e intelectual de la invasión, y luego por los almirantes Stirling y, más tarde, Murray, que lo reemplazaron— nunca se alejó de las aguas del Plata y sus velas amenazantes, con cañones erizados en sus bandas, eran divisadas por las poblaciones ribereñas de Buenos Aires y Montevideo.

Fue una aventura inicial para obtener el tesoro existente en el Fuerte de Buenos Aires, pero devino en una importante invasión con decenas de barcos y un ejército que excedía los 12.000 hombres, transportados en penosa travesía a lo largo de medio mundo. El propio duque de York había despedido a su amigo y lejano pariente, el teniente general Whitelocke, en su partida. Ya habían rectificado los objetivos iniciales, que ahora consistían en la toma de Montevideo y una expedición por el Paraná para tomar Asunción, otra para Córdoba y una tercera para atacar Santiago de Chile.

Ahora, el proyecto era tomar la ciudad de Buenos Aires, con sus 45.000 habitantes. Era un golpe maestro contra el imperio colonial español, empresa política popular en Inglaterra, esperada desde un siglo atrás, por lo menos. Había, pues, muchas esperanzas en el saludo siempre emocionado de las velas que partían. Barcos mercantes acompañaban a los navíos de guerra. Venían abarrotados de mercaderías que el bloqueo continental francés impedía vender en Europa.

Montevideo y Buenos Aires tenían discrepancias comerciales que con el tiempo se agravaron, por dos razones. La una, procedente de la naturaleza, ya que el puerto de la primera era y es de aguas más profundas que el de Buenos Aires, por tener diferente origen geológico, lo que lo hace más apto para recibir navíos de mayor porte, y la otra, de carácter político, consistía en que Buenos Aires era el punto obligado de salida de los productos de una vasta cuenca que llega hasta la intimidad del continente a través de grandes ríos.

Liberada Buenos Aires, en 1806, de la invasión destinada a apoderarse de los tesoros del Fuerte, las ambiciones políticas inglesas se extendieron a toda la cuenca del Plata. En el interludio entre 1806 y 1807—lo que ignoraba Inglaterra— la ciudad se había preparado militarmente a través de la eficaz organización de Santiago de Liniers. Este noble oficial francés al servicio de España fue el funcionario español más popular desde los días de Juan de Garay y dio inicio a una democracia de hecho, aún inorgánica y antes desconocida, porque, con el peligro a la vista, no se tomaron en cuenta ni la fortuna ni el rango social de los vecinos, sino su aptitud para tomar las armas y apoyar la defensa de la ciudad amenazada.

Montevideo, que tanto había colaborado en la Reconquista con la entrega de los regimientos españoles allí estacionados y con la desinteresada contribución del vecindario, sería la víctima propiciatoria por obra del más valioso general inglés que llegó al Plata, sir Samuel Auchmuty, que era norteamericano de origen, sin estrechas relaciones en la Corte de Saint James ni encumbrados parientes. Su prestigio era hijo de sus obras y de sus méritos.

El virrey Sobremonte —con justicia o sin ella, porque excede este breve espacio el examen de su conducta— fue rechazado en Buenos Aires por su fuga frente al enemigo, luego lo fue en Montevideo y, finalmente, exonerado y preso.

Había una realidad concreta: el 12 de octubre, el teniente coronel Backhouse había ocupado Maldonado con poco más de mil hombres. Los pocos gauchos defensores habían retirado el ganado de la zona, lo que obligaba a los invasores a efectuar largas cacerías de incierto resultado.

El 10 de noviembre salió de Portsmouth el general Auchmuty con 4653 hombres y sólo al llegar a Río de Janeiro se enteró de que Beresford había sido derrotado y estaba preso y de que Buenos Aires estaba en manos españolas. Este gran general, sin perder tiempo, levantó el campamento de Maldonado y se dirigió a Montevideo, ciudad amurallada, con el propósito de asegurar una base de operaciones contra Buenos Aires. Allí ya habían regresado los expedicionarios que habían ido a la capital para la reconquista de la ciudad y se habían reincorporado a Montevideo. Se hallaban las tropas del valiente corsario francés Mordeille, los miñones de Bofarull y la infantería de Vallejo. Liniers había enviado también a los dragones y blandengues. Todos juntos habrían de defender la ciudad en caso de ataque inglés.

Acompañaba al almirante Stirling, jefe de la escuadra, un convoy de un centenar de barcos, algunos de guerra y otros mercantes, abarrotados de mercaderías que habrían de vender en el Plata. Superado el conflicto militar, años después, las dos ciudades fueron fieles compradoras de su muy buena producción. ¡Esa fue la verdadera victoria de Inglaterra!

En vista de la nueva situación, con Buenos Aires en poder de los criollos, el general Auchmuty y el almirante Stirling no dudaron un instante y se lanzaron contra Montevideo. Intimaron al virrey Sobremonte para que entregara la plaza del Fuerte de San Felipe. La intimación señalaba que se quería “evitar efusión de sangre”, y fue rechazada por ser “un insulto al honor y lealtad” que profesaban al rey de España. Vista la respuesta, Auchmuty desembarcó el 16 de enero (su parte de guerra dice “día 18”) sin encontrar resistencia.

Por su parte, Montevideo se había aprovisionado y confiaba con lealtad en su gobernador, el brigadier Pascual Ruiz Huidobro. Mientras tanto, Sobremonte enfrentó al invasor en campo abierto el día 19 y huyó sin dignidad, dejando la ciudad a merced del invasor. El encuentro más cruento se desarrolló en los alrededores de El Cristo, donde cayeron más de 300 criollos en una hábil emboscada de Auchmuty. Los defensores se replegaron tras los muros de la ciudad en espera de una guerra defensiva y durante varios días el asedio de la plaza no dio a los sitiadores resultados prometedores, pero a partir del 25 las baterías inglesas se aproximaron a las murallas a la vez que se inició un bombardeo hecho por la escuadra en combinación con los cañones de tierra. La población comenzó a dar señales de fatiga. Los cabildantes pretendieron abrir negociaciones, pero fueron repudiados por la mayoría de los defensores, lo que honra para siempre a Montevideo.

La intensidad del bombardeo culminó entre el 31 de enero y el 1° de febrero, cuando los ingleses lograron abrir una brecha en el lado sur de la muralla. El 2 de febrero, antes del amanecer, invadieron la ciudad. Se luchó calle por calle y casa por casa. Los combates se iniciaron antes de clarear el día, aún en la oscuridad, y concluyeron con la rendición de Ruiz Huidobro, el anciano jefe militar de la ciudad.

Robertson cuenta: “Por todas partes veíanse filas de heridos, de muertos y de moribundos, y por todas las calles encontrábanse literas que conducían pacientes a las iglesias”. La ciudad había tenido un comportamiento heroico. Tanto que en su informe, Auchmuty lo expresó en una frase de intenso contenido: “Una resistencia superior a cualquier otra a esperar”.

Más de cinco meses después, el 10 de julio de 1807, llegó a Montevideo una comunicación del Cabildo de Buenos Aires que daba cuenta de la derrota inglesa y del compromiso de los invasores de retirarse del Río de la Plata en dos meses. La aventura había concluido.

Han pasado 200 años. Los hijos de aquellos defensores tienen hoy el derecho de proclamar al mundo que su historia —pese a la derrota, como la de Cartago— enaltece su memoria.

·        * El autor es presidente de la Academia Argentina de la Historia.

domingo, 27 de agosto de 2023

La Reconquista de Buenos Aires

 REVOLVIENDO LA BIBLIOTECA

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  En esta sección que llamamos "Revolviendo la biblioteca", incluimos distintos artículos de gran interés histórico, poco conocidos por el público en general, publicados hace ya muchísimos años. 

El 12 de agosto de 2006, el diario La Prensa publicó a doble página central el siguiente artículo correspondiente al Día de la Reconquista.

El 12 de agosto de 1806, las tropas comandadas por Santiago de Liniers lograron vencer a los invasores ingleses

A 200 años de la Reconquista de Buenos Aires 

por Juan Carlos Antón

Invasiones inglesas


Liniers avanzó sobre la ciudad desatando una batalla campal en distintas calles de Buenos Aires, hasta acorralar a los británicos en el fuerte de la ciudad. Las tropas inglesas desfilaron derrotadas por la Plaza Mayor.


La forma tan rápida con la que las tropas inglesas se apoderaron de Buenos Aires -a fines de junio de 1806- engañó a los invasores. Ellos supusieron que los habitantes de Buenos Aires eran un grupo de sujetos pasivos que terminarían por congraciarse con los británicos. En realidad, no sospechaban que en las sombras comenzaba a prepararse un plan que terminaría con su rendición pocas semanas después. Como aperitivo de la reconquista, el 1° de agosto, una guerrilla amparada por Martín de Álzaga en una quinta en las afueras de la ciudad -y dirigida por el criollo de ascendencia francesa Juan Martín de Pueyrredón- logró hacer frente a las tropas del general irlandés William Carr Beresford, el jefe de la ocupación británica. La intentona fue derrotada por una fuerza inglesa de 550 hombres. Sin embargo, abrió el camino a la victoria.

 “Acá hay una sola palabra: Liniers. Este apuesto capitán de navío, jefe de la Ensenada de Barra- gán, no quiso jurar lealtad al rey de Inglaterra y organizó la Reconquista”, señaló a La Prensa el historiador Juan José Cresto.

Liniers se trasladó a Montevideo donde el gobernador Ruiz Huidobro estaba preparando el intento de liberación de la capital del Virreinato. Ruiz Huidobro le dio un contingente de mil hombres y ocho cañones.

El capitán francés pagó 800 pesos con su patrimonio personal para el costo del viaje a Montevideo. El total del valor de la expedición sería de 1.794 pesos y un real. La mitad de esa cifra se cubrió con sesenta onzas de oro que le fueron entregadas a Liniers en la capital de la Banda Oriental.

EL DESEMBARCO

A las 9 de la mañana del 4 de agosto de 1806, en un fondeadero del río Las Conchas, en el Tigre actual, desembarcó la fuerza expedicionaria, procedente del puerto de Colonia.

La noticia no tardó en llegar a Beresford, quien se encontraba en el fuerte de la Plaza Mayor -actual Casa Rosada-. El jefe británico decidió enfrentar a las columnas de Liniers a campo abierto; sin embargo, el mal clima hizo que desistiera de su intención: no contaba con las tropas de caballería y por lo tanto, le resultaría imposible marchar a pie por los caminos barrosos. La fuerte tormenta que se desató esa noche tendría, por lo tanto, una influencia crucial en las operaciones militares.

La tormenta no amilanó a las tropas de criollos y españoles. Según cuentan las crónicas, Liniers y sus hombres atravesaron las zonas embarradas y empujaron a mano los cañones. Siguieron camino y el descanso recién fue en San Isidro. En la mañana del 9 de agosto reanudaron la marcha hasta los Corrales de Miserere (actual Plaza Once), adonde llegaron al día siguiente.

RESISTENCIA

Para alarma de Beresford, los porteños ya no ocultaban su resistencia ante los invasores. Temiendo un ataque nocturno, el jefe británico distribuyó la mayor parte de sus fuerzas alrededor de la Plaza Mayor. El imparable avance de las tropas de Liniers ya era vox populi en toda la ciudad -de apenas 45.000 habitantes- y negocios y pulperías cerraron sus puertas. Muchos corrieron a ponerse al servicio de las tropas leales.

El primer enfrentamiento fue en Retiro, con la victoria de Liniers quien venció a una sección británica Este triunfo puso en pie de rebelión a toda la ciudad y la irrupción se hizo incontenible.

En la mañana del 12 de agosto Liniers instaló su puesto de comando en la Iglesia de la Merced, en  tanto la gente ya había irrumpido en la Plaza Mayor al mando de unas tropas que ahora alcanzaban los 4.000 hombres. Desde lo alto la Recova que partía a la plaza en dos, Beresford ordenó la retirada hacia el fuerte.

Ante el peligro de que se produjera una verdadera masacre -el pueblo estaba prácticamente descontrolado y quería penetrar en el fuerte- Beresford reemplazó la bandera ingles por la española. Inmediatamente después, salió del fuerte junto con el coronel Hilarión de la Quintana, quien lo llevó a hablar con Liniers. Según las crónicas históricas, ambos jefes se abrazaron e intercambiaron unas pocas palabras y Liniers le comunicó a Beresford que las tropas inglesas deberían dejar su armamento en la galería del Cabildo. El general irlandés ofreció su espada a Liniers.

A las tres de la tarde de ese 12 de agosto -hace hoy doscientos años- las tropas inglesas desfilaron derrotadas por la Plaza Mayor. También entregaron varias banderas de sus regimientos. Las tropas leales, en formación marcial, presentaron armas en señal de reconocimiento a los vencidos.

Beresford firmó la capitulación el 20 de agosto. En ella, se acordaba el intercambio de prisioneros entre ambos bandos.

Una vez retomada la ciudad, la Real Audiencia de Buenos Aires asumió el gobierno civil y decidió entregarle la capitanía general a Liniers. Asimismo, la corona española le agregó a Montevideo el título ‘La muy fiel y reconquistadora’ y en el escudo de esa ciudad se agregaron banderas inglesas caídas para señalar la ayuda decisiva de la capital oriental en la derrota de los británicos.

Cresto señaló que de todos los antecedentes de la Revolución de Mayo, las invasiones son, sin duda, el más decisivo: “Se habla de los filósofos españoles, los franceses, pero lo más importante fueron los muertos que hubo. Los habitantes del virreinato decían: ‘Hemos vencido a la potencia más grande de la Tierra, qué diablos tenemos que hacer con España’, que ya no existía”.

A pesar de la derrota, o quizá a causa de ella, los ingleses decidieron volver al año siguiente. Cuando el tesoro del Virreinato se paseaba por las calles de Londres, en Buenos Aires ya había triunfado la Reconquista. Y eso justificó la segunda invasión que ya fue una expedición punitiva porque Inglaterra lo vivió como la rebelión de una colonia contra la metrópolis. Para esta segunda invasión, Buenos Aires no sería una presa tan fácil para los ingleses.

lunes, 14 de agosto de 2023

Invasiones inglesas - Mario "Pacho" O'Donnell

 REVOLVIENDO LA BIBLIOTECA

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  En esta sección que llamamos "Revolviendo la biblioteca", incluimos distintos artículos de gran interés histórico, poco conocidos por el público en general, publicados hace ya muchísimos años. 

El 18 de junio de 2006, el diario La Prensa editó  el suplemento  Memoria del país, dedicado a las INVASIONES INGLESAS, que reproducimos en su totalidad.

El primer desmebarco en las invasiones inglesas


A 200 años del primer desembarco

por Juan Carlos Antón


En la Buenos Aires de hace doscientos años había un tesoro escondido y unos “piratas” se lo quisieron llevar. Hicieron miles de kilómetros, invadieron la ciudad y lograron cumplir su objetivo. Pero si bien pudieron llevarse el dinero, ocurrió algo que no estaba en sus planes: después de 47 días de ocupación, los habitantes de la pequeña ciudad los terminaron por echar. Y con eso, sucedió otro hecho muy importante: los “porteños” se dieron cuenta de que estaban para algo más que ser una simple colonia de una potencia de segunda categoría. Habían logrado echar nada menos que a los ingleses, quienes quedaron con el orgullo tan herido, que al año siguiente volverían por más.

Suena a un cuento de aventuras, pero, en realidad se trata de uno de los acontecimientos fundacionales de la futura República Argentina, un episodio que sería clave para entender la Revolución de Mayo de cuatro años después. Pero esa es otra historia. La de la primera invasión inglesa al Río de la Plata -que comenzó el 25 de junio de 1806- empieza bastante antes que esa fecha. Surgió con los graves problemas de España y la guerra entre Francia e Inglaterra, España -aliada de Francia- no podía trasladar sus tesoros con facilidad porque Inglaterra era dueña de los mares. Y en Buenos Aires había mucho dinero, demasiado, quizá.

ALERTA

Todos en la Ciudad sabían del famoso tesoro escondido en el fuerte, Eran más de 1 millón de pesos fuertes, una cifra difícil de calcular para los parámetros actuales, pero definitivamente monstruosa. Fue un norteamericano -William White- el que alertó a los ingleses de la existencia del tesoro. White tenía sus buenos motivos para hacerlo. El historiador Juan José Cresto recuerda: “Ese hombre había hecho las mil y una. Vivió en Malasia, en Oriente, había sido negrero, contrabandista, la moral no era su fuerte y se había puesto en sociedad de hecho con sir Home Popham (jefe de las fuerzas británicas en el Cabo de la Buena Esperanza), quien tenía una deuda con él. Vino a Buenos Aires para reclamar un barco suyo que le adeudaban. Una vez aquí, una ciudad lejana, fuera de todas las rutas del mundo, le escribió a Popham y le dijo que en el fuerte de esta ciudad había grandes tesoros provenientes de Potosí -la mina de plata más importante del mundo-”.

No es difícil de imaginar la cara de Popham al recibir las cartas de White exigiendo el pago de la deuda y advirtiendo sobre el tesoro porteño. Esto último fue determinante a la hora de que el almirante decidiera embarcarse en la aventura hacia el sur -en verdad, desde hacía tiempo tenía planes de poner pie en las colonias españolas-.

MANOS A LA OBRA

El 9 de abril, Popham le mandó una carta al almirantazgo en la que comunicó que no permanecería inactivo en Ciudad del Cabo, porque allí ya había desaparecido todo peligro, y que partiría con sus naves a operar sobre las costas del Río de la Plata. “Decide proponerle al general David Baird una ex pedición pirata sin la aprobación de Londres y Baird designa a William Carr Beresford como jefe de las tropas que desembarcarían. Popham era el almirante, Beresford el general de las tropas de tierra. Van un poco más de 1.000 hombres y capturan un botín millonario”, señala el escritor e historiador Mario “Pacho” O'Donnell.

El 14 de abril de 1806 -sin que llegara la autorización superior- Popham zarpó de Ciudad del Cabo con destino al Virreinato del Río de la Plata.

EL VIAJE

La expedición estuvo a punto de sucumbir. El 20 de abril se desencadenó un violento vendaval y los barcos se dispersaron y se perdió contacto con uno de los transportes de tropas, Popham se dirigió a la isla Santa Elena, donde obtuvo del gobernador británico un refuerzo de casi 300 hombres.

Una fragata, la Leda”, se adelantó al grueso de la flota con la misión de reconocer el terreno. La aparición de esa nave en la Banda Oriental, el 20 de mayo de 1806, dio la primera señal de alarma a las autoridades del Virreinato.

El 13 de junio de 1806 ya en aguas del Río de la Plata Popham y Beresford se reunieron a bordo de la fragata ‘Narcissus’. Beresford quería ocupar primero Montevideo, porque esta plaza contaba con fortificaciones que serían muy útiles para la fuerza invasora si se producía una violenta reacción de la población del Virreinato. En cambio, Popham estaba resuelto a atacar directamente a Buenos Aires e ir por la plata de Potosí. El famoso tesoro, claro, fue decisivo para que, sin más, se decidiera atacar la capital del Virreinato.

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El precio que debió pagar España

España estaba en decadencia desde hacía siglos. El historiador Juan José Cresto explica: “Los Borbones desde 1701 habían convertido a España en el furgón de cola de Francia. Eran parientes -se decían “mi querido primo, mi querido hermano. Había siempre un abuelo común”. Esta “unidad” con Francia resultaría sencillamente fatal para España, tanto como para prácticamente hacerla desaparecer del mapa.

“Tuvo reyes lamentables. En América, cometió el error de sacar a los jesuitas que eran el sostén económico de sus colonias. Este fue el único error de Carlos III. En tanto, Carlos IV, su hijo, era muy buena persona; sin embargo, Fernando VII además de ser mala persona no entendía nada. El padre era incompetente pero bueno; pero Fernando era incompetente y encima un mal bicho. Mal hijo, mal rey, mala persona. Napoleón jugó con todos ellos”.

Lo cierto es que al estallar el conflicto entre Francia e Inglaterra, España quedó “pegada” a su prima hermana, y le fue muy mal por eso.

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Los 47 días en que Buenos Aires fue inglesa

El 25 de junio de 1806 las tropas británicas al mando de William Carr Beresford desembarcaron en Quilmes e iniciaron la primera de las dos intervenciones inglesas en el Virreinato del Río de la Plata. El virrey Sobremonte escapó con el tesoro y los invasores tomaron la Ciudad.

 

Buenos Aires era una pequeña ciudad de 45.000 habitantes a merced del enemigo. Constituía una diminuta fila de casas con vista al enorme río o a la Plaza Mayor. Al mando, estaba el virrey Marqués de Sobremonte y el comercio era su principal actividad. Sobremonte, quien no se destacaba precisamente por su capacidad de gobernar, simplemente dejaba hacer. El historiador Juan José Cresto explica: “El virrey, ex gobernador de Córdoba, era muy buen administrador, pero de pocas luces. Le avisan: ‘Mire que viene una expedición´- Los ingleses vienen y están en Bahía, Brasil”. Sin embargo, el gobernante pareció no darse por enterado.

Recién el 22 de junio de 1806, meses después del primer alerta, Sobremonte se sacudió del sueño serrano. Ese día, al recibir el informe de que barcos ingleses se dirigían hacia Ensenada, ordenó el envío de refuerzos y designó al oficial de marina Santiago de Liniers para que se hiciera cargo de la defensa.

El 24 y ante nuevos informes, Sobremonte convocó a todos los hombres aptos para empuñar las armas a incorporarse a las milicias. A pesar de la extrema gravedad de la situación, esa misma noche no se lo ocurrió mejor idea que asistir, junto con su mujer, su hija y su futuro yerno, al estreno en el teatro de Comedias de El sí de las niñas, la obra de Moratín. En el teatro y durante la función, un ayudante le confirmó al oído la grave noticia que el propio virrey había casi desestimado: una fuerza inglesa estaba en la costa del río y a punto de desembarcar. Sobremonte salió corriendo del teatro al fuerte, aunque ya era demasiado tarde.

EL DESEMBARCO

Cresto señala que las tropas británicas -al mando de Beresford- tenían toda la información necesaria gracias a White, el contrabandista que reclamaba su dinero. Sin embargo, hubo imponderables. “Desembarcan muy mal, Quilmes es el lugar menos adecuado: con el agua hasta la cintura, tratando de que no se les moje la pólvora”. La fuerza británica -pequeña, pero a fin de cuentas efectiva- estaba conformada por 70 oficiales, 72 sargentos, 77 tambo- res y 1.466 soldados de tropa. Tardaron sólo dos días en hacerse con una ciudad de 45.000 habitantes, que a todo esto ya se había quedado sin su principal gobernante. Ya en la tarde del 26 de junio, Sobremonte se entrevistó con el coronel Arce, y le manifestó que había resuelto emprender la retirada hacia el interior. Sobremonte dijo: “Me voy para organizar la resistencia”. En realidad, de lo que se trató era de salvar el famoso tesoro. Y se lo llevó en carreta a tres kilómetros por hora.

Mientras los británicos estaban en Buenos Aires, Sobremonte cabalgaba con destino a Luján, previo paso por la hacienda de Monte Caseros, cerca de Morón.

BUENOS AIRES, INGLESA

“Pasado el primer momento de estupor, los vecinos empezaron a preguntarse: ‘¿cómo es posible? ¿qué ha pasado acá?, ¿qué ocurrió que no hubo resistencia alguna?’ ”, señala Cresto. Sin embargo y más allá de estas preguntas, muchos se dejaron seducir por los recién llegados. Beresford comenzó su política de compenetración de los intereses locales y trató de granjearse el apoyo de la élite. De hecho, todos los funcionarios estatales quedarían en su lugar y juraron fidelidad a Su Majestad británica.

A la cabeza de la sociedad de Buenos Aires se encontraba la élite comercial española. Para gobernar la ciudad -y también para ser considerado vecino- había que ser español blanco, afincado, con casa propia. Cresto señala: “Ser vecino era muy importante ya que permitía intervenir en los asuntos comunales. En segundo lugar, estaban los criollos, que poseían esos mismos atributos pero habían nacido acá; no tenían relaciones comerciales con España y muchos de ellos eran profesionales que habían recibido su educación en Córdoba”.

Gran parte de esa elite apoyó la llegada de los invasores. Pacho O'Donnell explica: “La relación con los ingleses en algún sector fue vivida como algo bienvenido. Tal es así que Ignacio Núñez, un cronista de la época, cuenta de qué manera los oficiales ingleses se paseaban por las calles de Buenos Aires del brazo con las damas de la sociedad porteña. Hay una carta muy interesante de Mariquita Sánchez de Thompson, en la que habla de las tropas británicas de alguna manera rebelando el sentimiento de la elite, de la clase decente como se autoproclamaba -dando por sentado que los pobres eran indecentes- que era su admiración por las tropas que habían desfilado. Las describió como muy bellas, maravillosamente bien vestidas, elegantes, con alguna descripción algo sensual como con la pierna descubierta, eran “blancos como la nieve’, con “caras de nieve”, dice, en contraste con la descripción de las tropas criollas que las describe como negros, feos, sucios. Tal es así que hay un chiste que hace que es algo así como “si los ingleses no huyen del susto al verlos, estamos perdidos”.

Como Beresford notó que la población se daba cuenta de lo pocos que eran los británicos, aceptó convites en casas importantes y se mostró condescendiente con todos. En su novela “Sobremonte”, Miguel Wiñazki señala: “Los curas se prosternaban ante el invasor, los aristócratas besaban las manos de los rubios, les ofrecían sus casas y sus fiestas y hasta Juan José Castelli se inclinó ante el nuevo comandante en jefe (Beresford), considerando que era mejor el inglés por conocer que el español conocido”.

Al segundo día, Beresford preguntó dónde estaba el tesoro. No sabía que el virrey ya había escapado con él. Le dijeron que estaba en la villa de Luján. Como consecuencia, treinta ingleses del 71er regimiento, bajo el mando del capitán Arbuthnot, partieron hacia allí. Tal como era de esperarse, recuperaron el tesoro y pusieron preso al fugitivo Sobremonte.

DEMAGOGIA

Con la plata en Buenos Aires, Beresford quiso cosechar simpatías entre los habitantes y les devolvió 106.800 pesos fuertes del botín recuperado. El reintegro era un pequeño porcentaje de todo el tesoro. Arregló su deuda con White y el resto se repartió. “Los ingleses estaban felices: van un poco más de 1.000 hombres y capturan un botín de más de cerca de 1.200.000 pesos fuertes. Una parte se la reparten los jefes -Baird, Popham, Beresford- y los soldados también reciben lo suyo. Luego, el resto -que de todas maneras es mayor que un millón de pesos fuertes- desfila por las calles de Londres y ahí ante la vista de un tesoro tan importante se perdona a los militares británicos esta acción inconsulta”, explica O'Donnell.

RESISTENCIA

Más allá de los ‘buenos’ propósitos de Beresford, los españoles que vivían en Buenos Aires eran y se sentían españoles y católicos; y para ellos significaba una afrenta la insistencia del nuevo gobernante en imponer la libertad religiosa. De hecho, en la ciudad tampoco existía una facción política ni ánimos opuestos a la monarquía española.

Finalmente, la élite -al principio amiga de los ingleses- terminaría apoyando la defensa que iniciaría Liniers. “No pudo resistirse al ejemplo de la resistencia popular -explica O'Donnell-. No le era fácil imponerse. Por otra parte, está la anécdota de cuando Beresford intenta obligar a los criollos -estoy hablando de los hombres de Mayo, básicamente- que tratan de negociar con él. Ellos estaban empeñados en lograr la libertad de comercio, romper la sujeción con España, un proyecto que también tenía que ver con su ubicación social, ya que estaban imposibilitados de acceder a los cargos más importantes porque les correspondía por ley a los españoles. Entonces, van a hablar con Beresford, quien equivocadamente Popham luego le reprochará esto- exige porque esa fue instrucción de Londres, que juren sumisión al rey Jorge de Inglaterra. Ahí es donde Belgrano dice: ‘Prefiero amo viejo a amo nuevo’ ”.

Muy pronto, el deseo de expulsar a los británicos comenzó a aparecer en las mentes de la población. Para su pesar, los ingleses no tardarían en darse cuenta de que la pasividad de los habitantes de la Ciudad era una simple apariencia.

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Primera invasión inglesa
Quién era Beresford

Para nosotros es un invasor; para ellos un destacado héroe militar. Sir William Carr Beresford es considerado, un militar valiente y experimentado de la historia británica. No era inglés: había nacido el 2 de octubre de 1768 en el condado de Strafford, Irlanda. Hacia 1785, ingresó al ejército y un año más tarde, perdió la visión de un ojo durante una cacería. Antes de la invasión a Buenos Aires, se había destacado en la batalla de Tolón y en la campaña de Egipto y luego en la conquista del Cabo de Buena Esperanza, en la actual Sudáfrica. Pasó a retiro en 1830 y vivió sus últimos años en Bedgebury, condado de Kent. Allí murió el 8 de enero de 1854.

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Las razones para que se organizara otra invasión

Paradójicamente, cuando el tesoro del Virreinato se paseaba por las calles de Londres, en Buenos Aires ya había triunfado la Reconquista. “Y eso -explica O’Donnell- es lo que justifica la segunda invasión que ya es una expedición punitiva porque Inglaterra lo vivió como la rebelión de una colonia contra la metrópoli. Se había decidido incluir al Virreinato como una colonia británica más. Por eso, la segunda expedición tenía 15.000 hombres contra una colonia insurrecta’’.

La preparación de la defensa de Buenos Aires para este nuevo ataque fue más organizada. “Acá viene la magia - señala Cresto-. Es que esperando a los ingleses, este pueblo, esta ciudad miserable organiza la resistencia. ‘Van a venir ellos’, dicen las noticias. Liniers los organiza: los cántabros con los cántabros; los andaluces con los andaluces; los catalanes con los catalanes; los negros y pardos con los negros y pardos. Cada grupo elige a su jefe, Los criollos son los patricios -los de la patria- y son el grupo más numeroso. Ellos eligen a Saavedra. La gran expedición cae frente a las tropas de Liniers. Los muertos fueron más de diez veces que la primera invasión, fueron 4.000”.

Cresto señala que de todos los antecedentes de la Revolución de Mayo, las invasiones son el más importante. “Se habla de los filósofos españoles, los franceses, pero lo más importante fueron los muertos que hubo. Los habitantes del virreinato decían: ‘Hemos vencido a la potencia más importante de la Tierra, qué diablos tenemos que hacer con España´, que ya no existía”.

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El gran telón de fondo fue la guerra anglo-francesa

Hacia fines del siglo XVII, Inglaterra se disputaba con Francia ser la primera potencia mundial. Años después surgió Napoleón Bonaparte y los ánimos expansionistas franceses no se hicieron esperar. El choque era cuestión de tiempo.

El 7 de mayo de 1804, William Pitt (hijo), asumió nuevamente la jefatura del gobierno inglés, Once días más tarde, Napoleón fue proclamado Emperador de los franceses, Ambos hombres representaban la voluntad de predominio de sus respectivas naciones. Pitt le dijo al embajador español en Londres: “La naturaleza de esta guerra no nos permite distinguir entre enemigos y neutrales (...) la distancia que separa a ambos es tan corta que cualquier acontecimiento inesperado, cualquier recelo o sospecha, nos obligará a considerarlos iguales”.

“Napoleón era un genio militar -explicó Cresto-. Esto no implica que yo esté de acuerdo con su política; estoy admirando su personalidad, lo que es diferente. Es un ser dotado excepcionalmente, sin duda. Inglaterra encuentra el freno en él”.

Lo cierto es que los ingleses se opusieron a Francia cuando Napoleón quiso tomar todas las costas del Mar del Norte. “No podía aceptar que una sola nación fuera dueña de todas las costas de Europa que dan frente a ella. Napoleón se expandió por todo el continente europeo, Inglaterra hizo valer su flota y le ganó a la flota combinada franco-española”, señaló el historiador.

La oportunidad de invadir las colonias españolas había estado en estudio desde hacía décadas. “Ahí aparece el general Miranda, un venezolano que está en Londres mendigando ayuda para libertar a su pueblo. No está en contra de España, y entiende que una América liberada será mejor para todos, inclusive para la propia España. Esto es 1792 en adelante. Miranda llega a Rusia, habla con Catalina la Grande, va a Francia y habla largamente con Napoleón. Inglaterra le promete ayuda, pero tarda porque tiene otras cosas más urgentes (India). Las colonias españolas eran vistas con apetito por la clase política inglesa, particularmente por los ‘tories’. Sin embargo, nunca habían querido dar el paso decisivo”, explicó Cresto.

Lo cierto es que tras la derrota francesa de Trafalgar, Gran Bretaña se hizo dueña de los mares. Pero Francia poseía la tierra. Los ingleses, por tanto, salieron a buscar en el mar los mercados que Napoleón les había cerrado en tierra. El escritor Pacho O'Donnell lo define así: “La invasión inglesa es una expedición piratesca”.

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La Reconquista de Buenos Aires

Reconquista


A las tres de la tarde del 12 de agosto de 1806, los ingleses desfilaron derrotados por la Plaza Mayor. La fuerza expedicionaria de Liniers había desembarcado el 4 de agosto en el Tigre, proveniente de Colonia y en pocos días sus tropas lograron vencer a los ocupantes ingleses hasta obligarlos a rendirse -según la versión de los españoles- o capitular -según la inglesa-.

Beresford terminó encerrado en el fuerte de la ciudad y logró seguir con vida gracias a un salvoconducto de Liniers. La gloriosa rebelión había surgido de varios sectores: “Por empezar -explica Pacho O'Donnell-, fue llevada adelante por los que tenían que ver con la descendencia francesa -como Liniers, que era francés, o Pueyrredón, que tenía una prosapia francesa-; también estaban los patriotas, entre los cuales se encuentra una figura tan interesante como fue Álzaga. Después estaba la plebe, la chusma, que como siempre puso el cuerpo”.

-¿Por qué Liniers pudo reclutar gente?

-Es que una vez que se puso en marcha la resistencia popular, ya no hubo forma de oponerse.

-¿Qué disparó esta resistencia? ¿El tema de que se hubieran llevado el tesoro?

-Yo creo que un sentimiento de hombría ante la agresión. Años más tarde, cuando Alvear le escribe esa ominosa carta al rey de Inglaterra diciéndole que viniera a hacerse cargo del gobierno en Buenos Aires, le dice que hay que tener mucha precaución porque la plebe está muy imbuida de un sentimiento levantisco; lo pone en guardia de que lo que hay que temer es a la reacción de la chusma, de la plebe.

MATICES

-¿La Reconquista es una toma de conciencia de los criollos de que ellos se tienen que defender solos?

-La cosa es matizada. La historia oficial nos cuenta las cosas muy simplificadas, seguramente en un deseo de que se entiendan. Ya estaban definidos algunos sectores que se harán más claros el 25 de mayo, que anhelaban la ruptura de la exclusividad del comercio con España. La aspiración de los criollos y de un sector importante de los comerciantes españoles en Buenos Aires era decretar el libre comercio, la posibilidad de comerciar con la reina de los mares y dueña de la Revolución Industrial que era Inglaterra.

-Algún héroe o personaje que le parezca importante recordar. Digamos que siempre está Liniers.

-Esa es una reconstrucción de la historia porque verdaderamente el gran héroe de las invasiones inglesas fue Álzaga. Él fue el estratega, tal es así que en la segunda invasión, Liniers propone equivocadamente salir a enfrentar a los británicos en campo abierto y Álzaga insiste en que es un error, que hay que esperarlos dentro de la ciudad, lo cual es una táctica conocida y sigue vigente hoy; es decir, que a los ejércitos les resulta muy difícil luchar dentro de las ciudades. Liniers es rápidamente derrotado por las fuerzas británicas y se repliega en la ciudad y ahí es donde se produce la resistencia exitosa.

LA VUELTA DE OBLIGADO

O'Donnell recuerda otro episodio de la historia argentina -la Vuelta de Obligado- en el que se desalojó a un agresor extranjero. “La historia oficial debería responder por qué celebra la gesta de las invasiones inglesas y no la de la Vuelta de Obligado, con una característica muy semejante, hasta diría peor, porque la Vuelta de Obligado fue el ataque de Inglaterra y de Francia, unidas”.

-¿A qué lo atribuye usted?

-La vuelta de Obligado se dio durante el gobierno de Rosas y esto es lo que hace que sea un hecho oculto. Inglaterra y Francia eran las dos potencias bélicas más importantes del mundo y atacaron el puerto de Buenos Aires, lo cercaron, y penetraron en los ríos. Ya había sido inventado el barco a vapor; es decir, que ya no dependían de los vientos y por lo tanto se podían meter en los ríos interiores y ocupar las ciudades que estaban sobre el mar y también invadir las interiores. El proyecto era vigoroso y entre otras cosas querían llegar al algodón paraguayo porque las hilanderías eran la industria básica británica. Se trató de una invasión, desembarcaron. Murieron muchísimos argentinos, fue una defensa muy heroica.

-Estos episodios deberían ser recordados también.

-Absolutamente. La figura de Rosas marca una división entre la historia oficial y una historia que pretende ser más abarcativa. No se trata de celebrar a Rosas sino de conmemorar una epopeya extraordinaria, del mismo nivel que las invasiones inglesas.

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El origen de la rebelión

“Acá hay una sola palabra: Liniers. Este apuesto capitán de navío, jefe de la Ensenada de Barragán, no quiso jurar lealtad al rey de Inglaterra y organiza la Reconquista”, señala Cresto. De hecho, Liniers se va al Tigre y convence a Ruiz Huidobro para armarse contra los ingleses. “En esos días se le une Juan Martín de Pueyrredón en la chacra de Perdriel y reúne a unos cuantos gauchos. El jefe inglés minimiza esto. Sin embargo, Liniers avanza hacia Buenos Aires en la plaza Miserere. Beresford entonces sí organiza la defensa. Él había ordenado que toda la gente entregase sus armas, pero no lo logró ”.

-Y la defensa se hizo insostenible.

- Exacto. Liniers ordena el asalto a la fortaleza y Beresford termina arrinconándose dentro del fuerte y se le dio un salvoconducto para que se rindiera.

- A qué atribuye que años más tarde se fusile al héroe que fue Liniers.

-El quiso demostrar su lealtad a las autoridades hasta último momento. A Liniers lo llevaron a la oposición a la junta de Mayo. Moreno fue el responsable.

-¿La excusa cuál fue?

-Haberse levantado en contra de las autoridades revolucionarias.

jueves, 5 de mayo de 2022

¿Qué hubiera sido de nosotros si vencían los ingleses?

 REVOLVIENDO LA BIBLIOTECA

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En esta sección que llamamos "Revolviendo la biblioteca", incluimos distintos artículos de gran interés histórico, poco conocidos por el público en general, publicados hace ya muchísimos años. 
Un interesante artículo de autoría del Dr. Omar López Mato, fué publicado en la columna "Umbrales del tiempo" en la edición del 16 de diciembre de 2007 del diario La Prensa. 

¿Qué hubiese sido de nosotros si vencían los ingleses"

por Omar López Mato

“Los problemas en la Argentina comienzan en el instante en que le echamos aceite hirviendo a los ingleses, sino hoy seríamos como Australia”. Esta afirmación, que he escuchado muchas veces a lo largo de mi vida, encierra varios puntos discutibles cuando no mendaces. Cumplidos 200 años de las invasiones es bueno aclarar algunos puntos.

En primer lugar, la imagen consagrada por nuestros escuálidos manuales de historia, pletóricos de héroes lindantes con la inocencia y malos hermanados con lo satánico, incurre una vez más en errores. En el Buenos Aires colonial el aceite era muy caro, lo traían de España a cuentagotas, por lo que su uso en cantidades como para freír herejes invasores no era recomendable.

En segundo lugar, ¿seríamos hoy como Australia o Nueva Zelanda o, en todo caso, como Sudáfrica, Pakistán, Nigeria o Uganda? El modelo sajón se implantó exitosamente en países escasamente poblados, con pueblos primitivos que los británicos se encargaron de eliminar civilizadamente, siguiendo ese aforismo de que “el único indio bueno es el indio muerto” (la frase pertenece al general Sheridan y la dijo cuándo se hizo cargo de la conquista del Oeste, después de la guerra civil americana). Con tanta población hispana, mestiza, esclavos negros e indios habitando nuestras pampas ¿creen ustedes que la asimilación de la cultura británica hubiese sido atraumática en estas tierras?

En un momento de mi vida estuve interesado en escribir un libro de historia-ficción sobre lo que hubiese sido de nuestros protagonistas de haber fracasado Liniers y Pueyrredón (los 2 curiosamente de origen francés) durante la Reconquista ¿hubiese sido Belgrano el creador de la insignia patria o un burócrata al servicio de la corona británica? Rivadavia seguramente hubiese sido el más fiel de los funcionarios ingleses en lugar de nuestro primer presidente y San Martín, muy probablemente, hubiera prestado servicios en el ejército británico tratando de imponer la civilización europea junto a su amigo Alvear ¿Qué hubiese hecho Don Juan Manuel de Rosas, el mismo que en su forzado retiro se enorgullecía de tener nietos ingleses? ¿Quién hubiese sido el líder de la oposición o la resistencia? ¿Estanislao López, Artigas, Dorrego? Nadie puede afirmarlo. Lo cierto es que la Argentina, al igual que Afganistán años más tarde, fue uno de los pocos países que rechazó a los invasores británicos.

De haber triunfado el Imperio ¿qué nos hace estar tan seguros de que hoy seríamos como Australia? Pues veamos un detalle, Australia y la Argentina desde mediados del siglo XIX crecieron a la par o con cierta ventaja por parte de los argentinos hasta mediados del siglo XX. Fíjense ustedes que mientras los índices de Desarrollo Humano en la década del 60 para Australia rondaban los 6 puntos, para la Argentina eran de 18. Hoy día para la Argentina es de 3 y para Australia de 34. Fuimos, al decir de los ingleses, la joya más brillante de la corona, una parte importante del Imperio que no pertenecía al Commonwealth. Hoy nos caímos del mapa.

La crisis Argentina no debe buscar sus causas en la leyenda negra española, ni en el rechazo de los ingleses con artilugios culinarios. Nuestra propia decadencia comienza con el quiebre de las tradiciones democráticas en las que ni Estados Unidos, ni Australia ni Nueva Zelanda incurrieron y que nosotros repetimos con un fanatismo casi obsesivo. En ningún momento estos países abandonaron la cultura del trabajo en haras de un facilismo populista, repartidor de prebendas con miras electorales. El secreto del éxito es trabajar considerando el porvenir de nuestros hijos y los hijos de nuestros hijos, sin pensamientos mágicos, sin cortoplacismos y sin añorar esos tiempos en que el ‘Union Jack’ ondeó sobre el fuerte de Buenos Aires mientras Mariquita Sánchez de Thompson agasajaba a estos apuestos oficiales de uniforme tan rojo como la sangre que habían derramado en las calles de nuestra ciudad.