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jueves, 10 de agosto de 2023

Malvinas - Manfred Schönfeld

REVOLVIENDO LA BIBLIOTECA

220

  En esta sección que llamamos "Revolviendo la biblioteca", incluimos distintos artículos de gran interés histórico, poco conocidos por el público en general, publicados hace ya muchísimos años. 

El artículo que publicamos a continuación, corresponde al diario La Prensa del 19 de febrero de 1986

Dos actitudes, dos trayectorias

El triste papel que hacemos en Londres

por Manfred Schönfeld 


El viaje, en sí, de un grupo de legisladores argentinos a Londres, a fin de mantener conversaciones informales con sus colegas de Westminster acerca de la cuestión de nuestros archipiélagos australes ocupados por Gran Bretaña, era una iniciativa que no tenía nada de perjudicial. Las conversaciones informales no entrañan un compromiso para ninguna de las dos partes involucradas, ni la abdicación o renuncia con respecto a principio alguno. Esto último también vale para las dos partes, pero no por ello las conversaciones podrían haber dejado de tener cierta utilidad; que es la que —a juicio de quien esto escribe— ya están perdiendo, por no decir que la han perdido definitivamente, debido a la precipitación y a la evidente impericia de los legisladores argentinos en cuestión, a causa de no haber sabido callarse cuando tendrían que haber guardado silencio y de estar prestándose —con la obvia anuencia de nuestro gobierno— a que un viaje para efectuar un “informal” cambio de ideas esté transformándose en una misión, si no oficial, de hecho oficiosa.

“¿No entraría usted en mi sala?”, le dijo —de acuerdo con el cuento infantil inglés— la araña a la mosca. Eso fue, aproximadamente, lo que las autoridades del Reino Unido han hecho con nuestros legisladores. Estos cayeron entre los pegajosos hilos de la telaraña que se les había tendido y cayeron a modo de los proverbiales chorlitos. Ahora son los involuntarios protagonistas de un “show” que organiza, para consumo de la opinión pública británica, más que Westminster, Whitehall, y más que Whitehall, el “cuarto poder” (que en el Reino Unido lo es en serio y es tomado en cuenta en calidad de tal, por los otros tres poderes) y que estriba en los órganos de prensa.


No tan involuntarios 

Acabamos de sostener de los legisladores argentinos que protagonizan “involuntariamente” la escenificación británica. Pero esta afirmación merece una inmediata rectificación, al menos de índole parcial, Hasta qué punto los miembros del Congreso de la Nación fueron —o no— con la “media palabra” dada por el Ejecutivo, en cuanto a gestionar o a dejar trascender la posibilidad de una gestión relativa a un contacto, ya no sólo con los miembros del Parlamento británico, sino con algún funcionario de relevancia del Foreign Office (lo cual está enteramente al margen de las aludidas “conversaciones informales”), eso es algo que no podrá saberse por ahora. Pero que uno de nuestros legisladores proclamó, espontáneamente y sin que nadie se lo pidiera, la “humildad” bajo cuyo signo se había puesto en movimiento la iniciativa de la visita, eso va más allá de todo lo imaginable, eso no fue parte de la caída en trampa alguna, eso fue consciente y voluntariamente dicho y eso configura un triste papel que se le hace pasar a la Argentina, por no decir que un lastimoso y abyecto papelón.

Creemos que, moralmente, ningún argentino tiene el derecho de sostener frente a una potencia que ocupa territorio argentino (y que, pese a que nuestro país ya ha abandonado de facto hace más de dos años y medio todo gesto de beligerancia, sigue impidiendo, en acto de abierta hostilidad bélica, la navegación argentina por nuestras aguas y la aeronavegación argentina por nuestro espacio aéreo, que la Argentina adopta, de cara a semejante situación incalificable, una actitud de humildad. Un revés militar debe ser aceptado —aun cuando hubiese sido peor y más grave que el que sufrimos en Puerto Argentino— con un mínimo de serena dignidad. No somos un país penitente. No hemos incurrido, cuando recuperamos lo histórica y legalmente nuestro, ni en crímenes de guerra ni en actos de barbarie contra civiles inermes o contra soldados desarmados y que se hubiesen rendido. Tenemos motivo sobrado para andar, aun después del revés de Puerto Argentino, con la frente alta. Podremos —podrán quienes así opinan y creen que eso es conveniente aunque se trata de materia opinable y de una opinión rebatible— proclamar las actuales intenciones pacificas de la Argentina. Ir más allá de eso, alzar implorantes la voz portadora de nuestra “humildad”, es dar una muestra de indigno e indignante rastrerismo.


La reacción británica

La reacción británica demostró lo contraproducente de ese tipo de genuflexiones. Ante nuestra “humildad” —ante la que nos endilgó inconsultamente un legislador— dicha reacción es la de la altanería. Se nos da a entender que, en cierto modo, debiéramos estar agradecidos por el mero hecho de que la visita en sí haya sido admitida, Se les dice, con todas las letras, a quienes la admitieron que tendrían que haber sondeado antes la opinión de los deudos de los soldados británicos caídos durante la expedición que lanzó contra la Argentina la señora Thatcher en 1982

Con una naturalidad que ya no parece astucia —porque a ella coadyuva la total falta de orgullo nacional que vastos sectores de nuestra dirigencia exteriorizan desde junio de 1982, dentro y fuera de nuestro país— los papeles han sido deformados e invertidos, de tal modo que la Argentina aparece como el proverbial “villano” de la pieza que está representándose.

Ni una palabra acerca de los más de tres lustros de pacientes, pacíficas e infructuosas negociaciones que se desarrollaron antes de que, al fin, el presidente Galtieri se decidiese a despertar, con un audaz golpe de mano, la conciencia mundial y —lamentablemente también— la conciencia de nuestro país (que muy pronto volvería a quedar, más que adormilada, envuelta en el sopor causado por la propaganda y el lavado de cerebros “desmalvinizadores”). Ni una palabra en lo que se refiere a la languideciente agonía a que la propia metrópoli británica había condenado a esa factoría y feudo de la Falkland Islands Company, cuando la Argentina le arrojó el cabo salvavidas gracias al cual el puñado de “kelpers” no sólo pudo, de por sí, seguir existiendo como comunidad sino, además, progresar, salir de su marginamiento, pasar en los más diversos órdenes de cosas de su decimonónico atraso a la vida del siglo XX.


Los caídos de uno y otro bando

De nada de eso se habla, repetimos. Se habla de los guerreros británicos que cayeron en la confrontación armada de 1982 y esto está bien, porque fueron a pelear por una causa que su gobierno determinó como digna de ser defendida.

Si nuestro país no habla —o habla tan sólo a las cansadas y como quien no puede menos que cumplir con un deber ineludible— de nuestros guerreros muertos en esa misma confrontación (y siendo así que todo argentino sabe, en su fuero íntimo, que la causa en juego era, es y será una gran causa nacional, sin que haya necesidad de que gobierno alguna la defina como tal), si ignoramos tanto a los que dieron su vida por esa causa como a los veteranos que volvieron, salvos aunque no siempre sanos, del campo de batalla, eso no es culpa ni asunto de nuestros contendientes.

Si ellos tienen un sentido mayor de su dignidad como nación que nosotros de la nuestra, tanto peor para la Argentina. Si en nuestro país se coloca ante un tribunal militar a los gobernantes de facto que decidieron que era tiempo de que se hiciera, por fin, algo por el honor argentino, y si se los juzga precisamente por esa decisión, tanto peor, una vez más para la Argentina. Y, “contrario sensu”, tanto mejor para los intereses que persiguen y defienden los británicos.

En todo caso las dos actitudes definen otras tantas trayectorias, la de ellos y la de nosotros. Y la nuestra —no la nuestra del 2 de abril de 1982, sino la nuestra a partir del revés de Puerto Argentina, la nuestra en los días actuales— es cualquier cosa menos gloriosa. Ni siquiera es honorable.


Argumentación hipócrita

No se crea, empero, que las tesituras británicas son puro trigo limpio. Estarán adecuadas a la defensa de lo que Londres cree que es su deber defender —y ese derecho nadie podrá negárselo—, pero están impregnadas de argumentación hipócrita.

Una y otra vez —también ahora— se pretende hacer valer la imagen de que la guerra fue, por parte del Reino Unido, una lucha librada contra un régimen que no era “democrático”, como si los británicos hubiesen actuado a modo de una suerte de cruzados y en favor de una noble causa de alcances mundiales.

Quienes apelan a ese argumento, pareciera que han olvidado que Londres no tuvo el menor inconveniente de negociar con sucesivos y diferentes gobiernos militares y regímenes de facto argentinos, acerca del futuro de las Malvinas y de los demás archipiélagos australes que pertenecen a nuestro país y que los británicos detentan. Comenzó —es verdad— la negociación cuando imperaba en el país un gobierno constitucional, el del doctor Illia, o sea cuando había aquí una “democracia”, de acuerdo con la aludida argumentación. Pero dejó de haberla al poco tiempo de iniciada esa negociación y Londres siguió plácidamente negociando con los sucesivos embajadores de los presidentes de facto Onganía, Levingston y Lanusse; no hubo solución de continuidad cuando en la Argentina se volvió a lo que para el resto del mundo pudo considerarse un “retorno a la democracia”, es decir primero el imperio del gobierno títere de Cámpora y sus amigos y, después el de los Perón y los suyos; pero tampoco hubo tal solución de continuidad durante el tan mal mentado “proceso”, y se siguió negociando con la junta presidida por el general Videla, así como con la junta presidida por el general Viola.

Se siguió negociando, del mismo modo como se había negociado desde el más remoto principio, es decir con la finalidad de la dilación y de la obtención de vitales concesiones prácticas de parte de Argentina, a cambio de no hacer la parte británica la menor concesión de especie alguna, ni practica ni principista.

Cuando, como señalamos, el gobierno de Galtieri, golpeó, por fin, con el puño en la mesa, los británicos descubrieron súbitamente que tenían que vérselas con un régimen que no era una “democracia”...(Que tampoco lo es el régimen que impera en China roja y que Londres negoció —y decidió— de común acuerdo con la dictadura comunista en Pekín acerca del futuro de la populosa Hong Kong, sin importársele un ardite de la “autodeterminación” de esa masa humana, de eso tampoco se habla: tal vez porque, después de todo, sean en su mayoría amarillos...)


Lo que nos importa

Pero allá Londres. Se trata de temas que, bien que sirvan para establecer aleccionadores paralelismos, están más allá no sólo del radio de nuestro alcance como país, sino más allá de nuestra incumbencia.

No así, todo lo concerniente a nuestros archipiélagos, usurpados después de su pasajera liberación en 1982. No así, nuestro mar territorial. No así, nuestro espacio aéreo. No así, nuestra dignidad como pueblo que, pese a no haber sido jamás ni agresivo ni expansionista, debe cuidar de que esa imagen no sea confundida con la de una nación que tiene, espiritualmente, el espinazo roto y cuya alma está maleada.

Es esa la imagen que se desprende por ahora, de nuestros legisladores viajeros. Más les hubiera valido —más le hubiera valido a la Argentina— que se quedasen en casa.

miércoles, 9 de agosto de 2023

Alegato de los comandantes en el juicio por la guerra de Malvinas - Schönfeld

REVOLVIENDO LA BIBLIOTECA

216

  En esta sección que llamamos "Revolviendo la biblioteca", incluimos distintos artículos de gran interés histórico, poco conocidos por el público en general, publicados hace ya muchísimos años. 

El artículo que publicamos a continuación, salió en el diario La Prensa del 28 de noviembre del año 1985.


Recordando el 2 de abril de 1982
"Lo hecho, bien hecho fue"
por Manfred Schönfeld

Anteayer se produjo, por extraña y tal vez sólo parcialmente calculada coincidencia cronológica, la conjunción de tres acontecimientos íntimamente conectados con el operativo de recuperación pasajera de las Malvinas y demás archipiélagos australes argentinos ocupados por Gran Bretaña, en el histórico día del 2 de abril de 1982.
Por un lado, la Nación Argentina —por decisión de sus legisladores y por intermedio de ellos— honraba a un número de veteranos de la guerra que el Reino Unido lanzó contra nuestro país a raíz de aquel operativo, veteranos de todas las ramas de las Fuerzas Armadas y de Seguridad que, individual mente, se habían distinguido por la bravura de su desempeño en ese enfrentamiento bélico, y a los cuales se añadió, asimismo, un número de ciudadanos considerados como héroes civiles.
Por el otro, hicieron su alegato de defensa personal los militares que son juzgados, por su actuación en dicha guerra, ante el Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas. Entre estos alegatos tuvieron una relevancia especial, por razones obvias, los de los tres otrora comandantes en jefe y miembros de la Junta Militar que gobernaba el país en momentos de tomarse la decisión de lanzar el aludido operativo.
Finalmente, se produjo en las Naciones Unidas la declaración formulada por el canciller Caputo, en la que —como se sabe y como ya lo señalamos en un comentario de reciente publicación— dio a entender que nuestro país está dispuesto a entrar en negociaciones con Gran Bretaña (es más: solicitó a Gran Bretaña que aceptara ese temperamento) sin condicionamientos de ninguna especie. Se trata, de una especie de capitulación apriorística, inexplicable e incomprensible y que, por lo demás, está en un todo reñida con actitudes evidentemente más enérgicas (aunque contradictorias en determinados aspectos, lo cual no obstó a que en su oportunidad les brindásemos nuestro aplauso desde estas columnas) que el mismo canciller Caputo había asumido, en torno a la misma cuestión, hace no demasiado. Qué se promete de ese súbito viraje nuestro gobierno es algo que no alcanzamos a comprender. Imaginamos que lo considera toda una especie de hazaña de arrinconamiento diplomático de Gran Bretaña en el seno de las Naciones Unidas, porque —así debe funcionar el cálculo de nuestra Cancillería— si Londres se niega a aceptar un planteamiento tan enteramente manso, tan blando ¿tan incondicionalmente desdibujado como el que ahora le hace la Argentina, quedará mal ante el consenso de la opinión “ONUísta” y moralmente desubicado. Al respecto, el señor Caputo parece ignorar que el Reino Unido —como, para el caso, cualquier otro estado miembro de la ONU, grande o chico, pero se entiende que, con mayor razón, si es grande y si goza además del derecho del veto en la proverbial “hora de la verdad”, tiene una doble línea de trincheras hacia las cuales retirarse. En primer lugar, puede hacer caso omiso de esa pretendida “desubicación moral” e ignorar que, ante el mencionado consenso “ONUista”, hubiese de “quedar mal”. Gran Bretaña puede existir con o sin ese consenso. Pero, y suponiendo que en algo le interesase su “imagen” en el foro internacional, la Argentina está ofreciéndole ahora, servida en bandeja, la oportunidad de “quedar bien”: a saber, a través de la aceptación del ofrecimiento argentino que equivale a aceptar la iniciación de un simpático juego diplomático que puede durar decenios sin conducir a nada.
Creemos que eso es todo lo que lamentablemente, puede decirse de lo que ha venido sucediendo, en ese orden de cosas, en el ámbito de la ONU. En cierto modo constituye —por su inoperancia intrínseca— la confirmación de que acciones del tipo de las del operativo del 2 de abril de 1982, son las únicas que conducen siquiera a la posibilidad de aproximarse a la meta que uno busca. Todo lo demás —si no va acompañado por la demostración de que se posee algún tipo de capacidad para ejercer presión real y tangible— no sirve más que para perder el tiempo. Volvamos, empero, a los otros dos acontecimientos de anteayer que dan motivo a las presentes consideraciones.

Un modesto comienzo de “remalvinización”
Por más que sea, en sí, lamentable que una cansa como la de los archipiélagos australes argentinos y su reincorporación de facto a la jurisdicción soberana nacional sean objeto de cálculos políticos —es decir, que haya habido en un momento determinado una así llamada “desmalvinización” y que, ahora, en cambio, pueda surgir, por razones políticas diametralmente opuestas, lo que sería una “remalvinización”—, lo cierto es que, sea cual fuere la respectiva motivación, de los dos procesos preferimos, a los efectos que fuese, el segundo.
La ceremonia en el Congreso nos prueba que hay algo de ello en vías de ir plasmándose. Es verdad que ya un número de miembros de cada una de las ramas de las fuerzas armadas habían sido objeto de distinciones de diverso grado, por la exteriorización de su heroísmo en el curso de la guerra, por parte de sus respectivos superiores. No podemos saber, hasta qué punto esta distinción de la cual —un tanto tardíamente, por cierto— se acordaron de otorgarla los representantes electos por la ciudadanía de la Nación, se basó en criterio selectivo diferente. Por lo demás, no nos interesa. Como hecho en sí nos basta —y como ciudadanos nos satisface— que el Congreso de la Nación haya honrado a los que pelearon por una gran causa nacional. Tampoco nos interesa en mayor medida, las salvedades que pudieron haberse hecho, en el curso de la ceremonia, en cuanto a que la guerra fue o no fue un acto político y en cuanto a que si fue o no fue históricamente oportuna. Vemos estas cosas en términos de carácter más global y no tanto desde el ángulo de los pequeños matices diferenciadores. Vemos el comienzo de una reacción saludable contra un abatimiento orquestado y políticamente logrero. Tal vez no falten quienes sostengan que también hay un propósito de logro político que gobierna aquella reacción saludable. No lo sabemos. Si lo hay, que se las arreglen con su conciencia quienes utilizan para esos fines una causa de semejante gravitación nacional. A nosotros nos basta, por ahora, el síntoma en sí de la aludida “reacción”.

Los alegatos de los ex comandantes
Magníficos fueron los conceptos fundamentales de los alegatos de los ex comandantes en jefe. El lector conoce al respecto nuestro punto de vista, a saber el de que ninguno de ellos tendría que haber sido, de por sí, juzgado en esta causa, ya que su actuación y su decisión fueron las de gobernantes de facto del país y no de jefes militares, aunque formalmente tuviesen los cargos militares de comandantes en jefe y revistasen en estado de actividad, incluso como símbolo del poder real que, en calidad de gobernantes de facto —ésa y no otra era su función principal y su responsabilidad esencial—, los respaldaba.
Aun así, y dado que aceptaron ser juzgados, la actitud que asumieron anteayer pinta de cuerpo entero la conciencia histórica que los embargó —a ellos y a todos aquellos quienes los acompañamos con nuestra acción o, por lo menos, con nuestro fervor patriótico— en la jornada del 2 de abril de 1982 y en los inolvidables días siguientes a esa fecha que marca un hito en el acontecer argentino de este siglo.
Asumieron los tres plenamente su responsabilidad —en el caso del brigadier Lami Dozo con alguna salvedad de índole que tal vez pueda calificarse de técnica, pero que en todo caso no se refirió al operativo del 2 de abril, sino a la marcha ulterior de los acontecimientos bélicos y diplomáticos—: el almirante Anaya exteriorizo —justificadamente— su profundo orgullo por lo actuado en ese momento; y el general Galtieri resumió contundentemente esa actuación de él y de sus colegas con la conclusión de que “lo hecho, bien hecho fue”.
Lo fue, en efecto, pese a cualquier número de pequeñas o incluso de grandes insuficiencias. Fue bien hecho porque, de por sí, fue hecho. De eso se trataba, y es eso lo que aquellos tres hombres y quienes los rodeaban entendieron. Algún día lo entenderán, asimismo, todos los argentinos.

Las sentencias del Consejo Supremo de las FFAA contra los miembros de la Junta Militar

 REVOLVIENDO LA BIBLIOTECA

213

  En esta sección que llamamos "Revolviendo la biblioteca", incluimos distintos artículos de gran interés histórico, poco conocidos por el público en general, publicados hace ya muchísimos años. 

El artículo que publicamos a continuación, salió en el diario La Prensa el 19 de mayo de 1986, sobre la sentencia dsel Consejo Supremo de las FFAA, a los integrantes de la Junta militar.

LAS SENTENCIAS DEL CONSEJO SUPREMO
EL PAÍS HA SIDO DEGRADADO
por Manfred Schönfeld
Manifestación por la recupareación de Malvinas

Si bien los miembros del Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas han tenido a bien abstenerse de imponer a los ex gobernantes del país en tiempos de guerra contra Gran Bretaña, la sentencia infamante de la degradación (aunque, en el caso de dos de ellos, Anaya y Galtieri, la destitución y consecuentemente baja equivale, en la práctica, a un desconocimiento y por ende a una nulificación del grado), dichos altos jueces militares hicieron algo mucho más grave: degradaron, moralmente, a la Nación, le arrancaron, en forma figurada, sus charreteras, la hirieron incurablemente en su honor, la pisotearon su orgullo y la fe en una de su más dignas y nobles causas.

Eso hicieron en su vana ceguera, en su incapacidad de ponerse a la altura de las circunstancias históricas que el destino les tocó vivir, los aludidos jueces militares.

A partir del momento de fallar sus sentencias, le otorgaron tardíamente y con efecto retroactivo un galardón inmerecido a la expedición armada que lanzara contra la Argentina, en 1982, Margaret Thatcher, en connivencia con sus aliados norteamericanos, europeos y de otras latitudes.

Al demostrar su insanable estrechez de miras, insistiendo en negarse a ver que el juicio a los ex gobernantes de facto era cualquier cosa menos un juicio de índole militar y que ellos, los jueces militares, estaban haciendo de peones en el juego político del gobierno, convirtieron en una verdadera victoria moral de los británicos, lo que el 14 de junio de 1982 sólo había sido una batalla ganada por los invasores y ganada a costas de grandes sacrificios y a riesgo, cercanísimo para los vencedores de que esa batalla ganada hubiese sido desvirtuada por un desastroso cambio en los altibajos de la fortuna bélica.

La gran batalla

Documentación que ahora está saliendo, con creciente intensidad, a la luz, y que los propios británicos ya no tienen el menor inconveniente de disimular, prueba hasta qué punto es cierto lo que acabamos de señalar.

Pero se entiende que todo eso ya no tiene la menor importancia. La gran batalla la ganaron Margaret Thatcher y Raúl Alfonsín, con fuerzas políticamente mancomunadas, en el seno del Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas. Fue allí, no en Puerto Argentino, no al ser hundido el “General Belgrano”, donde le fue quebrantado el espinazo a la más noble y a la más unificadora (a la única genuinamente unificadora, ¿por qué no llamar las cosas en forma clara y por su nombre?) de las causas nacionales argentinas.

Los oficiales superiores que, a impulso de su absoluta falta de visión, de su mezquindad, de su soberbia, se prestaron a darle el empujón, precipicio abajo, a esa causa nacional, tienen su lugar, su triste lugar en la historia del país y específicamente, en la historia de nuestras Fuerzas Armadas.

Ese lugar diametralmente opuesto a aquel donde brillan, desde 1982 y seguirán brillando cualquiera que sea su sino personal y cualesquiera que sean las duras pruebas que ese sino aún les reserva, los nombres de Galtieri, de Anaya y de Lami Dozo.

Sordera frente al destino

Es una lastimosa suerte que, por cierto, no les envidiamos a los miembros del Consejo Supremo. Lo que los salva —si ésa es una manera de salvarse— es su insignificancia a título individual.

Pero tampoco Galtierí, Anaya y Lami Dozo eran, después de todo, y nunca pretendieron ser, “hombres del destino”. Lo que les pasó es que el destino —el gran destino nacional— les salió al cruce y no esquivaron el riesgo de toparse con él sino que, por el contrario, se elevaron con ese destino y a su impulso.

A los jueces del Consejo Supremo también les salió, en cierto modo, el destino al cruce. Pero parece que no tomaron nota.

Los pusilánimes disidentes

Ni siquiera quedan excluidos, en ese orden de cosas, aquellos miembros del Consejo Supremo que discreparon, en cuanto a su opinión, de la mayoría. El hecho, en sí, de la disidencia y el hecho de manifestarla, como ya lo explicamos una vez, no constituyen en general una hazaña: ponen a salvo en modesta medida la responsabilidad personal, cuando de todos modos se sabe que el fallo mayoritario no podrá ser alterado por la expresión de la discrepancia.

Lo correcto, lo honorable —a nuestro juicio, y más cuando se trata de un asunto de semejante envergadura histórica— es expresar la disidencia yéndose y, además, dando un audible portazo al irse.

Aun así, y hecha esta salvedad básica, no dejamos de reconocer que hay, al menos, la expresión de un elemental individualismo en el acto de fallar en disidencia, aun cuando se tenga conciencia del poco valor práctico que entraña la actitud.

En el caso que nos ocupa ni siquiera hubo eso. Hubo discrepancia, pero la pusilanimidad fue mayor. Las discrepancias, según sabemos de buena fuente, se manifestaron, pero fueron consignadas en actas secretas, marginadas de las actuaciones generales del juicio. Y es peor aún: por ahora y salvo que, en definitiva, se imponga un criterio elementalmente compatible con la recta administración de la justicia, no hay probabilidad de que la defensa, en una apelación que probablemente se hará, tenga acceso a dichas actas secretas, de manera que a la defensa se la privaría de argumentos favorables, esgrimidos por determinados miembros del Consejo Supremo, aunque no en forma pública.

Lo que no se enseñó o fue olvidado

Aun así —y con ser graves estos detalles—, son de una gravitación comparablemente menor a la de aquello que constituye el núcleo por excelencia de los juicios a los tres exgobernantes y de las sentencias falladas contra ellos.

Ese núcleo consiste en haberse ignorado que —en cualquier guerra extranjera, pero particularmente en una confrontación armada en torno a la más antigua y más entrañable causa argentina. a saber la de los archipiélagos australes, sobre todo el de las Malvinas— es más importante lo que la Nación, vista en conjunto, siente con respecto a semejante guerra que el modo cómo se la condujo, con mayor o menor éxito, pericia o buena fortuna.

La conciencia de la importancia de ese sentimiento popular, que es al mismo tiempo sentimiento nacional, comenzó a cobrarse en Europa después de la Revolución Francesa y de las guerras napoleónicas.

Es importante recordar al respecto lo que escribió, en 1806 (es decir en momentos de la gran derrota alemana a manos de las fuerzas francesas), en un memorial dirigido al duque de Brunsvig, el general Gerhard yon Scharnhorst, quien habría de ser el gran reorganizador (más que nada en el orden de las fuerzas espirituales) militar de Alemania. Expresa lo siguiente:

“...Se cree en general que sólo gracias a la presencia de algún gran hombre, un pueblo puede ser conducido a esfuerzos y a sacrificios bélicos. Tal vez sea así, si de una guerra de conquista se trata. Pero cuando una nación se siente amenazada en cuanto a su libertad e independencia o se defiende contra el sojuzgamiento o el despojo por parte de extranjeros, entonces es la voluntad de todos la que ocupa el lugar de aquella conducción...

“...Piénsese, si no. en nuestros días, en la resistencia de los corsos contra los franceses: en la de los americanos contra los ingleses; en la de los pobladores de la Vendée contra la República en Francia: y, finalmente, en la de esa misma República contra toda Europa. ¿Acaso no vencieron siempre, bajo cualquier clase de líderes ...muchos de los cuales sólo pueden ser considerados como mediocres?

“...Una vez que la necesidad de una guerra ha sido reconocida por el pueblo, ya no necesitará de otra cosa para la realización de proezas inmortales que de la decisión del jefe: vencer o morir. Esa decisión es la que marca la diferencia entre someterse al yugo y conquistar la libertad. En nuestros tiempos se ha atribuido demasiadas veces el resultado de las guerras al talento de los dirigentes militares. Más importante es la fortaleza de los caracteres... Hemos comenzado a adjudicar más importancia al arte de la guerra que a las virtudes guerreras... es decir al coraje, al espíritu de sacrificio, al sereno espíritu de resistencia. Estos son los pilares de la independencia de un pueblo. Si nuestros corazones no laten al impulso de esas virtudes, estamos perdidos de entrada aun cuando obtengamos grandes victorias.”

No sabemos si los escritos de Scharnhorst existen en versiones idiomáticamente más accesibles: no sabemos si, en caso de existir, se cultiva o se cultivaba su lectura en nuestros institutos superiores de enseñanza militar. Si es así, evidentemente los miembros del Consejo Supremo no recibieron la enseñanza que encierran o, de haberla recibido, la olvidaron.

De lo contrario, se habrían dado cuenta que pasajes como los que, fugazmente, acabamos de citar, retratan de cuerpo entero la situación argentina de 1982.

Tuvimos la buena fortuna de tener, en ese año, jefes que se decidieron a la acción, que nos convocaron a vencer o a morir. Y tuvimos muchos, magníficos héroes que fueron a pelear, a sabiendas de que se jugaban la vida (y que, en numerosos casos. la ofrendaron al país), sin que hubiese importado cómo se los “condujo” militarmente.

Lo que importaba, lo que les importaba, era que el sentimiento del pueblo estaba a su lado, que el corazón del país latía al impulso de las virtudes guerreras.

Las sentencias contra los jefes que nos convocaron en aquel glorioso momento, manchan el corazón del pueblo y la memoria de esos héroes, porque condenan una decisión política que ennobleció y dio alas a la solidez de muchos años previos de postración argentina.

Eso es lo que lograron con sus tres sentencias los miembros del Consejo Supremo. Volvemos a decirlo: han degradado a la República Argentina.

Guerra de Malvinas . Manfred Schönfeld

REVOLVIENDO LA BIBLIOTECA

212

  En esta sección que llamamos "Revolviendo la biblioteca", incluimos distintos artículos de gran interés histórico, poco conocidos por el público en general, publicados hace ya muchísimos años. 

El artículo que publicamos a continuación, salió en el diario La Prensa el 14 de mayo de 1985, de autoría de Manfred Schönfeld

A 45 kms. de Puerto Argentino
Una futura base aérea argentina en Malvinas
por Manfred Schönfeld

Hizo bien el canciller argentino al protestar contra el obvio carácter de provocación que entraña la inauguración, en territorio argentino ocupado por una fuerza invasora, de un aeropuerto de índole fundamentalmente militar, destinado a afianzar la permanencia de dicha fuerza Y más que eso, a expresar la voluntad de perpetuar la ocupación usurpatoria.
Sí, como dijimos, el señor Caputo hizo bien en formular una enérgica protesta contra la instalación del aeropuerto británico en nuestro archipiélago de las Malvinas, a unos 45 kilómetros de distancia de Puerto Argentino. Pero, al mismo tiempo, uno no puede menos que darse cuenta de lo irreal que es el contraste trazado por el canciller, cuando señala que el aeropuerto en cuestión es prueba de las intenciones bélicas de Gran Bretaña, en tanto que el reciente tratado de paz firmado entre nuestro país y Chile, y que se refiere sobre todo a una región geográficamente muy cercana a la del conflicto malvinense, es prueba de la actitud pacifista de la Argentina. Tal vez sea ésa la sincera opinión del señor Caputo; si lo es, nuestro canciller debe ser muy ingenuo. Si no lo es pero con esa opinión cree impresionar a la opinión mundial en favor de la causa argentina y en contra de la británica, tampoco podemos decir otra cosa de él sino que debe ser muy ingenuo.
Ni a Gran Bretaña ni a ninguna de las potencias occidentales —pero tampoco a ninguna de las comunistas y menos aún a las así llamadas “tercemundistas” — se les moverá un pelo porque Londres aparezca, a través de la inauguración de su aeropuerto, como potencia “belicista”, mientras que Buenos Aires se presente, por medio de su tratado con Santiago, con la santificadora aureola de su “pacifismo”. Naturalmente, no faltarán gobiernos que, de la boca para fuera, nos digan que efectivamente es ésa la respectiva imagen que tienen del Reino Unido y de la Argentina. Pero en su fuero íntimo tales gobiernos se dirán a sí mismos: “Los británicos están actuando coherentemente; los argentinos tal vez también, pero en ese caso su coherencia nace de la convicción de que se sienten débiles en su propia región austral. Ellos sabrán por qué”.

El frenesí derrotista
Esa es la imagen que ha quedado como secuela momentáneamente válida del conflicto bélico argentino-británico de 1982, y debe admitirse que una vasta gama de fuerzas que orientan y forman la opinión nacional en nuestro país se dedicó, a partir de la derrota y caída de Puerto Argentino, con un verdadero frenesí, a contribuir a la formación de tal imagen. A saber, la de un país vacilante, derrotista, incapaz de abandonar con buen ánimo lo que no fue más que una parcial derrota, o sea, una batalla perdida, vociferante y lacrimoso.
La ulterior manera de haberse impulsado, contra viento y marea, la aprobación del tratado de Chile —poniendo al servicio de ese incalificable acto de entreguismo un acopio de energía verdaderamente digna de una causa mejor— confirmó la evidente falta de un sentimiento generalizado que favoreciera, en todo el país, la reivindicación de la causa austral argentina más allá de discursos huecos y de declaraciones vanas. La respuesta está ahora a la vista: los británicos construyen su aeropuerto —es decir, su base aérea y aeronaval— seguros de que no habrá otra reacción argentina que una respuesta verbal, seguros (por ejemplo) de que los intereses británicos en nuestro país seguirán sin ser tocados en profundidad, del mismo modo que durante la guerra propiamente dicha. ¿Qué podemos esperar de Londres? No ha de ser más “argentinista” que nosotros, los argentinos mismos.

Una ventaja del colonialismo
El colonialismo tiene, sin embargo, ciertas ventajas, históricamente comprobadas. Afincado en un país determinado —y por cierto que no por razones filantrópicas, sino a los efectos de la explotación o del acrecentamiento del poder de la metrópoli colonial—, suele crear elementos progresistas relacionados con la infraestructura del país en cuestión, a fin de obtener de él todas las ventajas que pueda.
Una vez pasada la etapa colonial (así se trate de colonialismo propiamente dicho, es decir políticamente institucionalizado, o de colonialismo económico), esos elementos infraestructurales quedan en poder del país que se hallaba bajo el yugo colonial y, si se los maneja con inteligencia y se los explota con un genuino sentido patriótico (lo cual no siempre, lamentablemente, es el caso) pueden entrañar una gran ventaja.
El caso de las Malvinas es, en ese orden de cosas, bastante excepcional, porque la potencia colonial les atribuía una importancia tan pequeña —las consideraba, en verdad, menos que una colonia, es decir una factoría—, que jamás hizo nada para mejorar su infraestructura y, por lo contrario, las consideraba una hipoteca de origen histórico, de la cual más bien quería deshacerse “honorablemente”, es decir sin que ello fuese demasiado chocante para ciertos sectores ultranacionalistas de la opinión pública en el Reino Unido.
Bien; la historia es lo suficientemente conocida, como para que sea necesario recitarla una vez más. Gran Bretaña logró, mediante un inteligente juego de inducción, que la Argentina dedicara sus esfuerzos para el modesto desarrollo infraestructural requerido por la decreciente comunidad de los “Kelpers” y lo logró, sin darnos nada a cambio de ello, ni siquiera alguna vaga promesa o algún otro gesto de buena voluntad.
El resultado, inexorable, fue la guerra de 1982, de la cual salimos mucho mejor parados —sobre todo en términos políticos internacionales y en cuanto al respeto mundial que merecieron, globalmente vistas, nuestras armas— que lo que quiere admitirse hoy, igualmente por razones políticas, en nuestro propio país.

El resultado más valioso
Pero el resultado más valioso —si sabemos jugar bien nuestras cartas— es que Londres (cuyo actual gobierno no puede menos que justificar la alienante expedición de 140 barcos al Atlántico sur, y que lo hace, atribuyendo súbitamente una gran importancia a los archipiélagos usurpados) esté, por fin, ocupándose de las Malvinas construyendo en ellas la infraestructura que, tarde o temprano, será argentina.
Gracias al temerario golpe de mano del gobierno presidido, en 1982, por el general Galtieri e integrado por el almirante Anaya y el brigadier Lami Dozo, los papeles ahora se han invertido: antes éramos los argentinos los que gastábamos dinero, energía y también ilusiones, vanamente, en favor de los “kelpers”, mientras Londres se reía a nuestras espaldas de la ingenuidad argentina; ahora son los británicos los que gastan dinero y energía, aunque por cierto que no creemos que gasten ilusiones, no en favor de los “kelpers”, sino en favor de lo que, en el futuro, será una importante base aérea de nuestro país en el Atlántico sur. Que lo hagan no más, mientras nosotros desarrollemos una política adecuada para que todo eso, que no les servirá de nada a ellos, acabe por servir a nuestros intereses geopolíticos en la región.
Se entiende que, para obtener semejante valioso resultado a partir del accionar de un enemigo que evidentemente está invirtiendo “a fond perdu” y enmarañándose cada vez más en su error del pasado, debemos actuar con energía. De ahí que nos parezca positiva la agria reacción ante la opinión mundial exteriorizada por el canciller Caputo, pero ya no tan buena, o peor aún, nos parece mala la glosa ulterior que él mismo hizo de esa reacción.
No se convence en esta época a nadie con gestos de pacifismo ni nadie se mosquea porque lo acusen de belicismo. La reacción debió haber sido de protesta, unida a advertencia e incluso de amenaza. Hay muchas maneras de hostilizar a un enemigo empecinado. Una de ellas estriba en hacerle saber que uno está dispuesto a hostilizarlo, aun cuando no revele todavía de qué manera.

sábado, 5 de agosto de 2023

Visión británica del desempeño argentino en la guerra de Malvinas

 REVOLVIENDO LA BIBLIOTECA

208

  En esta sección que llamamos "Revolviendo la biblioteca", incluimos distintos artículos de gran interés histórico, poco conocidos por el público en general, publicados hace ya muchísimos años. 

En el diario La Prensa del día 6 de mayo de 1986, se publicó el siguiente interesantísimo artículo, sobre la opinión de los británicos sobre las fuerzas argentinas.

Más sobre "MALVINAS" 
Visión británica sobre el desempeño argentino 
por Manfred Schönfeld

    Sigue pendiente de ser dado a publicidad el veredicto del Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas en el asunto que, globalmente, es denominado por la opinión nacional como “Malvinas”, es decir el fallo, de acuerdo con las normas de la justicia militar, acerca del desempeño de un grupo de oficiales superiores que tuvieron a su cargo la conducción de las operaciones en la guerra argentino-británica de 1982.
    Ya hemos manifestado en más de una oportunidad nuestro punto de vista —y expresado, en ciertas instancias, al mismo tiempo, nuestra extrañeza cuando no nuestro rechazo— con respecto a varios aspectos de dicha cuestión, entre otros los siguientes:
    Por lo pronto, hemos insistido —y volvemos a hacerlo, aun a riesgo de caer en monotemática— en que los otrora comandantes en jefe de cada una de las tres fuerzas, a saber el entonces presidente de facto Galtieri y sus dos cointegrantes de la Junta Militar, Anaya y Lami Dozo, jamás debieron haber sido juzgados, ni ante el Consejo Supremo ni ante tribunal alguno de la República, porque su función, al estallar la guerra y mientras se desarrolló la principal fase de ésta, fue, por encima de cualquier rango y cargo militares que hubiesen podido tener, la de gobernantes de facto del país. Y a los gobernantes del país —así se trate de miembros de un gobierno de jure o de un régimen de facto— no se los puede juzgar por decisiones políticas que hayan tomado y hecho llevar a la realidad, independientemente de que esas decisiones hayan conducido a un supuesto “éxito” o a un supuesto “fracaso”.
    Es más: como intentaremos demostrar más adelante, sobre la base de documentación británica, lo del “éxito” o lo del “fracaso” es, de por sí, más que controvertible y tal vez tengan pasar años para que pueda decirse, aproximadamente a ciencias cierta, cuál habrá de ser, en ese sentido, el resultado del operativo armado del 2 de abril de 1982.
    La única posibilidad de llevar ante las gradas de un tribunal —militar o no— a los tres mencionados ex gobernantes de facto, en lo concerniente a su actuación durante la confrontación bélica del Atlántico sur de 1982, la habría ofrecido el hipotético hecho de que, durante esa confrontación y por orden o a sabiendas o con la connivente complacencia de ellos, se hubiesen perpetrado así llamados “crímenes de guerra”. Consabidamente, eso jamás fue alegado y ni siquiera se aludió a ello. Por ende, queda descartado.

La demora llamativa
    Pero esta no es la única faceta del asunto que, como señalamos, nos llama la atención o nos causa extrañeza, cuando no rechazo.
Otra es la demora en dictarse las respectivas sentencias, y los sucesivos anuncios oficiosos (cual si se tratase de un verdadero juego mediante los proverbiales “globos de sondeo”, destinado a tomarle al respecto el pulso a la opinión nacional o tal vez a las Fuerzas Armadas o a otros sectores específicos) en el sentido de que las sentencias en cuestión se darían a conocer, primero, a comienzos de marzo o incluso antes de fines de febrero de este año; después, en el curso de marzo; posteriormente, y en apariencia a más tardar, antes de mediados de abril; más tarde, y pretendidamente sin lugar a dudas, hacia fines de abril; ahora, entre la primera y la segunda semana de mayo; y después, ya veremos qué pasa. A pesar de nuestro disenso en cuanto a que el Consejo Supremo haya aceptado, en sí, ocuparse de las causas incoadas a los tres ex comandantes en jefe, estamos convencidos (o nos decepcionaría muy profundamente el hecho de tener que convencernos de lo contrario) de que ese alto tribunal no se deja manejar ni permite que sus veredictos sean manejados con el propósito de crear ni efectismos ni tensiones en el seno de la opinión nacional. Si por ende, las sentencias han sido falladas, deben ser dadas a conocer, no sólo porque es de vital interés para los acusados conocerlas, sino también porque no es de menor importancia que de su contenido se entere la opinión nacional. Si todavía no existe al respecto una elemental unidad de criterio, también es importante que eso. se sepa, aun cuando, como es natural, el alto tribunal pueda y deba reservar, en semejante hipotética situación de indecisión, el porqué de ésta y alrededor de qué cuestiones gira, llegado el caso, tal disenso. Lo que nos parece intolerable es la impresión que está formándose, en el seno de crecientes sectores de la opinión nacional, en el sentido de que ya las sentencias (siempre en lo referente a los ex comandantes en jefe, que es el verdadero “quid” de la cuestión) son algo decidido en forma irrevocable, a que el gobierno sólo las dará a conocer cuándo, de acuerdo con su estrategia política de cara a las Fuerzas Armadas y a cuestiones conexas, considere “oportuno” darlas a conocer.
    Consideramos que semejante “oportunismo” —de existir— sería algo detestable. Y que, si no existe, es urgente que se salga al cruce de dicha impresión y se diga, con suficiente claridad, en qué punto de su desarrollo se hallan las causas en cuestión.

Imagen que se aclara
    A todo esto, creemos que, pese a la intensa campaña de la así llamada “desmalvinización” que fue comenzada, aun durante la última etapa del llamado “proceso” y continuada con un entusiasmo digno de mejor causa por el actual gobierno y por una vasta gama de corrientes políticas opositoras, la imagen está aclarándose de día en día y, con cada nueva publicación documentada que ve la luz —así se trate de las que proceden de fuente argentina, pero así también se trata de por lo menos varias y no precisamente las menos valiosas, de fuente británica— se van perfilando las siguientes características de la guerra de 1982:
    1) la necesidad argentina de actuar con la mayor rapidez —antes del momento inicialmente previsto—, debido a que los servicios de inteligencia británicos se habían enterado de la intención de nuestro gobierno de lanzar una campaña diplomática que, sólo en caso de fracasar, se traduciría, alrededor de medio año después de la fecha que hubo de ser adelantada, en una acción armada; 
    2) el momento de grave peligro en que se halló la poderosa expedición británica, a punto de verse al borde de una situación calamitosa, lo cual es o entre otros factores, del excelente desempeño argentino. al menos de muchos de los sectores empeñados en la lucha, ya que no necesariamente de todos;
    3) el oneroso problema que la secuela del 2 de abril de 1982 le ha significado y sigue significándole al gobierno británico, aun después de cuatro años de acalladas las acciones bélicas abiertas, de tal modo que la supuesta victoria británica que entrañó la rendición dela plaza de Puerto Argentino, ha terminado por convertirse en el mejor ejemplo de lo que, en historia política y militar, se llama un “triunfo de Pirro”, es decir un triunfo que, en realidad, es una derrota.

Un documento muy ilustrativo
    Tenemos a la vista la excelente publicación inglesa “British Military Operations 1945-1984”, libro ricamente ilustrado con magníficas fotografías dicho sea de paso, la dirección de cuya redacción estuvo a cargo de John Pimlott.
    El libro —el octavo— tiene casi doscientas páginas, de las cuales 20 se dedican a lo que se llama “The Falklands War” (“La guerra de las Malvinas”).
    Mencionamos esta proporción, puesto que conviene que el lector la tenga en cuenta, ya que el libro como dijimos comprende todas las operaciones militares británicas después de terminada la Segunda Guerra Mundial, o sea también la intervención británica en la guerra de Corea, así eomo lo referente al papel de las fuerzas armadas del Reino Unido en los diversos operativos que acabaron por desembocar en el gradual desmantelamiento del imperio colonial en África y al Este de Suez, sin excluir naturalmente la situación en Irlanda del Norte y otros puntos críticos.
    ¡Aun así, los escasos dos meses y medio de la guerra austral de 1982, ocupan más de una décima parte del volumen que se extiende a lo largo de una historia de casi cuatro decenios!

Algo de lo que se dice
    En muchas oportunidades anteriores y enfrentados a la tarea de citar —ineludiblemente— “fuera de contexto”, hemos advertido al lector, como volvemos a hacerlo ahora, no estamos entresacando las proverbiales “pasas de la torta”, a fin de hacerlas degustar discrecionalmente.
    Los libros británicos —como éste del que hacemos mención y cuyo autor es un catedrático nada menos que la Real Academia Militar de Sandhurst— no se dieron a la publicidad para cantar glorias argentinas. Pero no por ello este libro deja de decir con toda claridad, y sin salvedades o reservas, cosas como por ejemplo las siguientes:
    “... La Marina Argentina, con un portaaviones, ocho destructores, tres corbetas y (después de las Georgias del Sur) tres submarinos impulsados a Diésel, pudo haber sido superada en número por una fuerza de tareas que, en última instancia, habría de involucrar 39 naves de guerra. Con todo, por su existencia constituía una permanente amenaza, sobre todo para los portaaviones. Si éstos hubiesen sido averiados o se hubiesen perdido, la fuerza de tareas no habría podido continuar sus operaciones, ya que sin cobertura aérea habría sido peligrosamente vulnerable a los ataques de la fuerza aérea argentina. Tal como resultaron ser las cosas, y pese a la confianza que tenían los británicos en la combinación de sus Sea Harriers y de sus misiles SAM transportados por barco, la fuerza de tareas tuvo que vérselas con un total formidable de nueve bombarderos Canberra B-82, 82 cazabombarderos Skyhawk A-4, 10 aviones de ataque Super Etendard y 47 interceptores Mirage III o Dagger...”
    Estos pasajes ilustran acerca de la respectiva preparación para la guerra y refutan, por sí solos, la mistificada versión segun la cual la Argentina se había lanzado en forma totalmente improvisada al operativo del 2 de abril de 1982.

Acerca del “Belgrano” del “Hermes” y otras naves
    Describiendo las acciones navales argentinas, el libro admite, entre otras informaciones acerca de cómo nuestras unidades navales se acercaron a la “zona de exclusión” pero después se alejaron de ella, que a las 15:00 horas del 2 de mayo y “efectivamente fuera de la zona de exclusión”, el submarino británico “Conqueror” lanzó sus torpedos contra el “General Belgrano”, después de haber recibido la autorización para efectuar ese ataque.
    Más adelante describe el ataque al “Sheffield” y sostiene que los dos Exocet que fueron lanzados —uno de los cuales no dio en ningún blanco— estaban destinados al “Hermes”, y que en lugar de dar en éste, uno hundió al “Sheffield”.
    Una vez más desfilan ante el lector la considerable lista de las naves hundidas o gravemente averiadas por las fuerzas argentinas, desde la fragata “Ardent” hasta el barco de trasporte “Atlantic Conveyor”, pasando por la fragata “Argonaut”, los destructores “Antrim”, “Broadsword” y “Brilliant”, la fragata “Antelope” y el destructor “Coventry”.
    Estos nombres y estos hechos, no por ser conocidos, deben dejar de ser recordados y mantenidos vivos en la memoria una y otra vez. Son, como ya lo señalamos, la refutación más contundente del mito, nacido por razones espuriamente políticas, de que la guerra austral lanzada en 1982 fue una aventura de irresponsables.
    Sólo mentalidades primitivamente exitistas pueden medir una guerra de acuerdo con su —aparente— resultado “final”. Hay muchos “porqués” y muchos “cómos” que deben tenerse en cuenta antes de fallar un juicio.

El costo
    El más convincente argumento, en ese orden de cosas, está contenido en una especie de epílogo del libro que glosamos sólo muy sintéticamente: se refiere al costo de la guerra para Gran Bretaña y al costo del mantenimiento de la guarnición en las islas después de la guerra.
    Dice el autor que el gobierno en Londres se comprometió a devolver alrededor de mil millones de libras esterlinas, en un plazo que se extiende a lo largo de cinco años, por las pérdidas que le infringió la Argentina, sólo en lo referente a naves destruidas. Si se suma a ello los aviones de guerra perdidos y el costo de “defender” ahora las islas, se alcanza a una suma anual de 2.000 millones de libras esterlinas. El mantenimiento en sí de la guarnición ese a superar los 600 millones de libras esterlinas anuales.
    Estas cifras bastan para demostrar hasta qué punto se ha creado una nueva realidad en el Atlántico Sur que, desde todo punto de vista, no podrá menos que terminar por favorecer la posición argentina, siempre que no se claudique ni se vuelva a la foja cero, existente antes de las negociaciones de 1965, es decir a una situación en que nuestros archipiélagos australes “pertenecían” cómodamente y sin el menor esfuerzo al Reino Unido.
    Si el fallo del Consejo Supremo se desdice —al condenar a los otrora comandantes en jefe— de la causa nacional, Gran Bretaña sabrá que tendrá luz verde para iniciar un nuevo, extenso y cómodo lapso colonial, tan largo o tal vez más largo que el de otrora. 

viernes, 4 de agosto de 2023

Desmalvinización - Guerra de Malvinas - Schönfeld -

REVOLVIENDO LA BIBLIOTECA

206

  En esta sección que llamamos "Revolviendo la biblioteca", incluimos distintos artículos de gran interés histórico, poco conocidos por el público en general, publicados hace ya muchísimos años. 

En el diario La Prensa del día 29 de marzo de 1984, se publicó el siguiente artículo, sobre la "desmalvinización".

AL MEJOR ESTILO SOVIÉTICO 
2 de abril: la anulación de la historia por decreto

por Manfred Schönfeld

El “traslado” del feriado del 2 de abril —inolvidable efemérides de la recuperación temporaria, en esa fecha del año 1982, de las islas Malvinas, Georgias del Sur y Sandwich del Sur y de su reincorporación de facto al territorio nacional, al cual de jure nunca habían dejado de pertenecer—, dicho traslado pues, del feriado nacional al 10 de junio o sea a la fecha en que, de todos modos y por ley dictada en 1973, se celebra el “Día de la Afirmación de los Derechos sobre las Malvinas, Islas Australes y Sector Antártico”, es un acto del gobierno actual que sólo merece una calificación: la de haber supeditado mezquinamente, a consideraciones políticas pasajeras, el sentimiento nacional del país entero.

Es más: es una prueba —lamentamos profundamente tener que decirlo— de que nuestro presidente ha estado conviviendo, a ojos vistas y por razones de táctica política, demasiado tiempo con los ideólogos de idiosincrasia marxista que se le han metido debajo del ala, como suele decirse, como para que haya podido evitar que algo de esa idiosincrasia también se le pegara y contaminara su epidermis.

Porque el acto gubernamental que estamos comentando corresponde a una modalidad típicamente soviética: a saber la de creer que la historia se escribe o se reescribe por medio de decretos. En la Unión Soviética esta modalidad llegó, consabidamente, a extremos tales que —después de la muerte de Stalin y una vez que Khrushchev hubiese iniciado su renombrado proceso de “desestalinización”— los ciudadanos comunes que habían adquirido, volumen tras volumen y por suscripción, la gran enciclopedia oficial de la Unión Soviética, recibieron por correo un cuadernillo de páginas impresas (como si se tratase de algo editado en calidad de “separata”, pero preparado de tal modo que resultase fácilmente insertable en un volumen), con la indicación de que arrancasen del tomo que contenía el artículo “Stalin, José” las hojas de la edición original y las sustituyesen por el cuadernillo de marras.

En la “sovietizada” Argentina —en algunas áreas de cuya vida cultural ya han dado o están en vías de dar el manotón a las riendas las coherentes e impermeables camarillas izquierdistas— aún no hemos llegado a tales extremos. Pero, por lo pronto, ya llegamos al cambio del color en un día del almanaque. Es un comienzo.


No es el único ejemplo

Añadiremos aún —puesto que hemos empleado un ejemplo procedente del extranjero y a fin de que no se nos tache de ideológicamente unilaterales— que un caso parecido, menos drástico pero no por ello menos irrisorio que el soviético, se dio en el Brasil, cuando se inició allí el régimen militar que todavía está hoy en el poder, pese a haber experimentado algunas etapas de metamorfosis, y que en un comienzo tenía una tendencia netamente derechista. Asimismo en el vecino país y en aquellos días de Castelo Branco o de los gobiernos que fueron sus inmediatos sucesores, la historia era enseñada oficialmente con una total ignorancia del período anterior al régimen militar. Se interrumpía súbitamente, en las versiones oficiales, no recordamos bien si con el gobierno de Dutra o quizás incluso antes de éste y luego reemergía con Castelo Branco. Todo el lapso intermedio *no existía”, no había existido jamás...

Del mismo modo, para nuestro actual gobierno, el 2 de abril de 1982 no existe como feriado en el almanaque. En todo caso habrá algún acto religioso para recordar a los caídos en combate, o alguna alocución oficial que —si contiene pensamientos similares a los fundamentos del decreto— servirá para decirnos que el operativo militar del 2 de abril de 1982 nos arrastró a una guerra para la cual el país no estaba preparado, si es que no se nos dirán cosas peores. Por ejemplo, que el operativo fue lanzado por razones de política interna de aquel instante, que se trató de una maniobra para distraer la atención del público de problemas más graves, o para que los hombres del gobierno de entonces cosechasen lauros personales. En fin, todas esas “razones” que ya hemos oído tantas veces, es decir las que esgrimían en su momento los que, mentalmente, se habían puesto del lado del enemigo, los derrotistas, los que impulsados por sus intereses creados querían que el país perdiese y que, además, perdiese en malas condiciones, humillado y sin la frente alta; porque debe decirse que hay muchas maneras de perder y muchas maneras de aceptar una derrota, sobre todo si no es más que una derrota parcial, nada más que una batalla perdida.


El 10 de junio y el 2 de abril

El 10 de junio es un día digno de ser recordado, porque fue ese día de 1829 y cuando gobernaba Buenos Aires Martín Rodríguez, el de la creación de la comandancia militar y política de las islas Malvinas, es decir el de la afirmación —a través de un acto administrativo— de nuestra soberanía sobre territorios que eran nuestros porque habían sido, antes de nuestra independencia, de la Corona española y porque las Provincias Unidas eran las herederas históricas, jurídicas y geográficas de dicha Corona en estas latitudes. Nos parece perfectamente plausible y encomiable que esa fecha hubiese sido declarada, por el Congreso Nacional en 1973, como. “Día de la Afirmación de los Derechos” sobre toda la región austral —insular y también antártica— argentina, esté en la actualidad en las manos de quien esté, así se trate de Gran Bretaña o así se trate de Chile, porque no hay que olvidar que ese 10 de junio abarca también lo que ahora estamos a punto de entregar, de modo tan frívolamente imprevisor, a la república trasandina.

Si el 10 de junio de 1829 fue la fecha de una previsora medida administrativa, el 2 de abril de 1982, en cambio, fue un día de gloria nacional; así lo sintió la población entera que se volcó a la calle —estuviese o no de acuerdo con la índole y con los demás actos y medidas políticas del entonces gobierno de facto—, y así lo sintieron (o dieron a entender que lo sentían) todos los dirigentes políticos partidarios de primera línea en el país, sin excluir al actual presidente.

El 2 de abril es el día en que, encarnado el hecho en la muerte del capitán Giacchino, la Nación vierte por vez primera en este siglo su sangre en aras de una causa nacional que halla unida a todos los argentinos; es decir de una causa, de la cual nadie se desdice ni abjura, si la siente, ni nadie puede desdecirse u osa abjurar de ella, si no la siente.

Es más: el 2 de abril de 1982 —y no a través de proclamas ni de discursos ni de declaraciones de supuestos principios— es cuando, espontáneamente, se quiebran las barreras erigidas en este país entre militares y civiles, entre peronistas y antiperonistas, entre izquierda, centro y derecha, entre comunidades religiosas, entre comunidades de origen extranjero todavía cercano, entre provincianos y porteños, entre todas las clases sociales y entre todos los sectores económicos. Es un día —fue un día— que no ha tenido parangón, en ese y en muchos otros órdenes de cosas, en la historia del sentimiento nacional argentino (porque también los sentimientos y, en particular, los nacionales tienen su propia historia), en lo que va del siglo.


Usurpación de menos de dos años

Es finalmente aquel día un mojón de una extraordinaria importancia en la evolución  del país. Gracias a él —como nos lo observó un sagaz lector— la usurpación británica de las Malvinas ha quedado reducida ahora a una duración de menos de dos años.

Gracias al operativo del 2 de abril que el gobierno actual quiere hacernos olvidar y cuya significación quiere rebajar —en su frenético afán de alejarse precisamente de lo mejor que tuvo el “proceso”, en tanto que de muchos aspectos de lo peor que tuvo, en particular de negociados y corruptelas, se habla sospechosamente poco—, gracias, repetimos, a ese operativo, fue como la Argentina llenó las primeras planas de los medios informativos del mundo con la gloria de sus héroes.

Gracias a él, nuestra causa fue por fin escuchada por las naciones del orbe.

Gracias a él, hemos colocado a la potencia usurpadora en una posición tal, que simplemente no puede seguir sosteniendo a su fuerza de ocupación, desnaturalizadamente enorme, en nuestros archipiélagos y, en la práctica, aunque su orgullo no permita admitirlo, nos está pidiendo que negociemos, de lo cual desafortunadamente no pareciera que estemos tratando de sacar el mayor provecho posible.

Pero nuestro gobierno actual está, evidentemente, “en otra cosa”. Siguiendo los pasos de los militares que presidieron la última etapa del “proceso” —la de su eclipse y transición hacia la constitucionalidad— quiere “desmalvinizarnos”. No se da cuenta del gravísimo peligro que semejante tesitura entraña para la futura vida espiritual del país.

No se da cuenta de que hay mucha gente joven que terminará por equiparar y porñ' colocar en un mismo plano los conceptos de “constitucionalidad”, de “institucionalismo” y de “democracia”, y los de “política antinacional”, “política antipatriótica”, “política despreciativa del heroísmo y del espíritu de sacrificio patrió ticos”. Gente joven que, entonces, llegará equivocadamente a la conclusión de que los que abogan por el imperio de la Constitución y los que defienden la democracia son los que no defienden los sanos sentimientos patrióticos; lo cual los llevará, inexorablemente, a buscar la defensa de esos sentimientos entre los que predican ideologías totalitarias, extremistas, militaristas, dictatoriales.

¡Ay de un país en que el concepto de lo nacional pesa —en sus gobernantes— menos que el de alguna circunstancial conveniencia política! Para contrarrestar tal actitud, profundamente errónea, sólo nos queda, el próximo 2 de abril, hacer una cosa: celebrarlo la ciudadanía, ya que las autoridades no están dispuestas a ello; embanderar nuestras casas, mal que les pese a los que quieren cambiar la historia por medio de decretos.

jueves, 3 de agosto de 2023

Teniente Roberto N. Estévez - Carta a su padre - Guerra de Malvinas

 REVOLVIENDO LA BIBLIOTECA

204

  En esta sección que llamamos "Revolviendo la biblioteca", incluimos distintos artículos de gran interés histórico, poco conocidos por el público en general, publicados hace ya muchísimos años. 

En el diario La Prensa del día 15 de diciembre de 1988, fue publicado el siguiente artículo sobre el teniente Roberto Estevéz.

In memorian Roberto Néstor Estévez 
Los que arrancan carteles sobre un héroe de Malvinas

por Manfred Schönfeld


Carta del teniente Estévez a su padre
Con una lamentable demora de tres semanas, debida sin duda a algún traspapelamiento de correspondencia, llegó tan sólo ahora a nuestras manos una carta —cuyo texto trascribimos—, adjunto a la cual venía un “afiche”, el contenido del cual será asimismo reproducido en la presente nota.
La carta nos la hizo llegar el teniente primero José Luis D'Angelo Rodríguez, en aquel entonces —no sabemos si todavía ahora— recluido en la prisión militar de encausados “Campo de Mayo”, según constaba al pie de la misiva. Con fecha 25 de noviembre del año en curso, nos expresaba lo siguiente;
“En primer lugar discúlpeme por no haberlo esperado. En el desarrollo de esta nota quedará explicado por qué no lo hice.
“No sé si Ud. me recordará. Yo, por mi parte, soy lector suyo. Mi nombre es José D'Angelo Rodríguez y soy teniente primero del Ejército. Actualmente estoy detenido en la prisión militar de Campo de Mayo por haber participado en el episodio de enero en Tucumán. Me han dado un franco que aprovecho, sin acertar el tiempo, para venir a verlo.
“El motivo es el siguiente: un grupo de oficiales jóvenes, entre los que me cuento, ha querido homenajear a un héroe desconocido como es el teniente Roberto Estévez. Hemos juntado plata nos hemos ido a una imprenta y hemos concretado este afiche (le dejo dos ejemplares) que es, ante todo, pensamos, un reconocimiento a la hidalguía, al coraje y a la coherencia de un auténtico héroe. Por fin, con los afiches en la mano, aquellos que gozan de libertad han salido a pegar unos mil por el centro. Curiosa actitud la de la gente, según se ha comprobado. La mayoría se detiene a leer su, quizás, demasiado texto.
“Otros, sin embargo, han arrancado los afiches.
“Y aquí va mi pedido. Nos gustaría mucho que Ud., defensor de la primera hora de lo épico de la gesta de Malvinas, hiciera un artículo sobre Estévez, su ejemplo para la juventud, el olvido al que lo han relegado durante 6 años, hasta las sucesivas conducciones del Ejército Argentino, y la actitud de la gente ante el homenaje.
“Si todo va bien, este domingo (por el día 27 de noviembre pasado) se va a hacer otra pegatina y ya se han enviado al interior.
“Confiamos en que Ud. sabrá interpretar nuestro pedido.
“Desde ya le agradecemos muchísimo su atención y quedamos a sus órdenes. (Fdo.) D'Angelo. Prisión Militar de Encausados Campo de Mayo”.

Ultima carta de un joven héroe
Como explicamos más arriba, lamentablemente este mensaje llegó de modo muy tardío a nuestras manos. No pudimos, pues, satisfacer el deseo que nos fue manifestado, al menos no en forma debidamente oportuna. Creemos, sin embargo, que vale la pena reproducir no solamente el texto de la carta del teniente primero D'Angelo Rodríguez, sino también todo el contenido de aquel afiche que “otros, sin embargo, han arrancado...”
El afiche en cuestión se titula “Argentina tiene héroes”, después de lo cual aparece en él una fotografía de la cabeza —de perfil y con su boina—, debajo de la que se lee “Tte. 1 Post Mortem Roberto Néstor Estévez”, en tanto que flanquean el retrato las frases “Por la dignidad del Ejército” y “Dio su vida por Dios y por la Patria”.
Seguidamente, se reproduce en el afiche el texto de una carta que damos a continuación. Está dirigida al padre del guerrero y fue dejada por ese último en la localidad de Sarmiento, Chubut, antes de pasar a Malvinas. Dice así:
“Sarmiento, 27 de marzo de 1982 
“Querido papá:
“Cuando recibas esta carta, yo ya estaré rindiendo cuenta de mis acciones a Dios, Nuestro Señor.
“El, que sabe lo que hace, así lo ha dispuesto: que muera en el cumplimiento de la misión. Pero, fíjate vos, ¡Qué misión! ¿No es cierto? ¿Te acordás cuando era chico y hacía planes, diseñaba vehículos y armas, todos a recuperar las islas Malvinas y restaurar en ellas nuestra soberanía?
“Dios, que es un Padre Generoso, ha querido que este hijo, totalmente carente de méritos, viva esta experiencia única y deje su vida en ofrenda a nuestra patria.
“Lo único que a todos quiero pedirles es:
“1) Que restauren una sincera unidad en la familia bajo la cruz de Cristo.
“2) Que me recuerden con alegría y no que mi evocación sea la apertura a la tristeza y, muy importante,
“3) Que recen por mí.
“Papá, hay cosas que en un día cualquiera no se dicen entre hombres, pero hoy debo decírtelas: Gracias por tenerte por modelo de bien nacido, gracias por tener tu apellido, gracias por ser católico, argentino e hijo de sangre española, gracias por ser soldado, gracias a Dios por ser como soy, que es el fruto de ese hogar donde vos sos el pilar.
“Hasta el reencuentro, si Dios lo permite.
“Un fuerte abrazo.
“Dios y Patria ¡o muerte! 
“Roberto”.

Un relato testimonial
El “afiche” contiene, asimismo, la reproducción de pasajes de un relato hecho, acerca de cómo peleó y murió el teniente Estévez, por el soldado clase 1963 Rodríguez. Estos pasajes fueron publicados en una edición especial del diario “Tiempo Argentino”, página 10, publicada en mayo de 1983. Dicen así:
“... Llegó a mi posición el teniente Estévez herido con dos balazos en el cuerpo, en la pierna derecha y en el brazo, que lo tenía colgado. Llevaba el arma con el otro y la radio. Me preguntó si estaba herido, que lo de él no era nada (...) seguía dando órdenes y haciéndonos sostener el combate, mientras él con su único brazo sano se comunicaba con el puesto comando, dando toda la información sobre el enemigo. Estaba hablando por radio a mi lado cuando recibió otro balazo en la cabeza que le entró por el pómulo derecho. El impacto del proyectil lo tiró para atrás a Estévez. Yo ya no tenía miedo ni nada. Era como que esperaba tener a tiro a algún inglés, o lo mato yo a él o me mata a mí. Y el teniente desangrándose... Hubo un momento en que rozaron dos esquirlas en la cabeza y el teniente Estévez que agonizaba en silencio, me habla, me dice que me ponga el casco de un muerto. Me caían los hilitos de sangre por la cara. Cuando me volví a mirarlo, mi teniente Estévez había muerto...”.

La condecoración
La condecoración otorgada post mortem dice: “La Nación Argentina al heroico valor en combate” y es dada al teniente don Roberto Néstor Estévez, del Regimiento de Infantería 25. El mérito guerrero que se señala es “dirigir un contraataque durante la noche, en una zona ocupada por fuerzas enemigas, para permitir el repliegue de efectivos propios comprometidos. Pese a resultar seriamente herido continuar en acción, ocupar el objetivo asignado y mantenerlo en situación desventajosa, rechazando sucesivos ataques, oportunidad en la cual ofrenda su vida”. El “afiche” cierra con la frase:
“Por la dignidad de la patria tu pueblo no te olvida”.

Estupor
¿Y qué ha de añadir quien esto escribe al texto arriba reproducido y que pudiese expresar de modo más conmovedor lo que uno siente al leer la última carta del joven héroe y el relato sencillo acerca de su hazaña?
Únicamente tal vez una manifestación de estupor ante la información de que hubo quienes arrancaron el afiche. Sí, estupor y vergüenza de estar conviviendo en el mismo suelo y bajo el mismo cielo con los que perpetraron semejante atentado. Y también con aquellos que, sin llegar a tales extremos de vandalismo autodenigratorio, se muestran hostiles o indiferentes frente a la causa de las Malvinas y frente a sus héroes, muertos lo mismo que sobrevivientes...

domingo, 31 de julio de 2022

Malvinas - Día de recuperación de las Malvinas - Manfred Schönfeld

REVOLVIENDO LA BIBLIOTECA

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En esta sección que llamamos "Revolviendo la biblioteca", incluimos distintos artículos de gran interés histórico, poco conocidos por el público en general, publicados hace ya muchísimos años. 
El 2 de abril de 1984, apareció en el diario La Prensa el siguiente artículo.

La gesta de hace hoy dos años
Un renacimiento en la historia espiritual argentina
por Manfred Schönfeld

El primer muerto en Malvinas
Capitán de Fragata Pedro E. Giachino

Hay expresiones, vertidas al impulso de una intención que tal vez no sea necesariamente malévola, pero que se funda en criterios desacertados. A veces, empero, tales expresiones terminan por acercarse involuntariamente a la verdad, bien que se trate entonces de una verdad ubicada en planos más profundos que los que trató de catear quien tuvo aquella expresión.
Estamos recordando, en ese sentido algún pasaje de los fundamentos del infortunado decreto presidencial que quitó el carácter de feriado nacional al día de hoy, al glorioso 2 de abril. Dióse a entender, entre otros conceptos, que el operativo de recuperación de aquella fecha arrastró al país a una guerra para la cual no estaba preparado. (*)
No se requiere ser demasiado ducho para captar que, dentro del contexto que rodea ese concepto, la pretendida falta de preparación debe ser entendida como insuficiencia de pertrechos bélicos adecuados para hacer frente a una potencia del rango de la británica: o tal vez como una alusión al hecho de que nuestras autoridades de facto de aquel entonces no imaginaron que Londres enviara al Atlántico Sur una expedición que, en número de unidades navales empleadas, jamás se había registrado en la historia. al menos para un solo operativo; o quizás que no hubo, de parte argentina. una preparación adecuada del ámbito internacional por medio de una previa acción diplomática tendiente a tal fin, en particular frente a los poderosos Estados Unidos.
Todo esto está tácitamente encerrado en la idea de la preparación supuestamente insuficiente de nuestro país para librar una guerra de la magnitud como la que terminamos por tener que librar en defensa de nuestros derechos soberanos. Por lo demás, tal idea no constituye —en si— ninguna novedad ni mucho menos hay en ella originalidad alguna.
Contiene, sin duda, ciertos elementos de verdad, pero no se trata sino de una verdad superficial y que, en muchos sentidos, es fácilmente rebatible.

La índole de las guerras
Son pocas las instancias en la historia del mundo —de hecho muy pocas en la de las naciones jóvenes que todavía deben emerger de un pasado colonial cercano o de fases residuales de ese pasado que forman parte de su realidad actual—, en que todo aquello que configura la índole externa de una guerra (el momento, el lugar, las circunstancias) pueda ser elegido en forma discrecional y a partir de una etapa previa de preparación perfectamente calibrada y sincronizada.
Hubo, sin duda, algunos ejemplos de guerras o de campañas militares encaradas con semejante precisión poco menos que científica (la campaña de los Andes que proyectó y ejecutó el general San Martín, y que lo llevó. pese a algunos reveses, según lo previó, a Lima: o la planificación politicomilitar, por parte de Bismarck, de tres guerras sucesivas, breve y brillantemente llevadas a la concreción, y cuya finalidad última fue la unificación germana bajo la corona prusiana elevada a la dignidad imperial).
Pero casos como estos últimos no son demasiado frecuentes. No solo hay guerras cuidadosamente preparadas que, pese a ello, fracasan estrepitosamente y culminan en situaciones catastróficas (los sucesivos intentos de invasión de Rusia por parte de Carlos XII, de Suecia, del primer Napoleón y, finalmente, de Hitler), sino que habitualmente las guerras que no son de conquista o de expansión del territorio propio a expensas de! ajeno, surgen con frecuencia de modo imprevisto o. por lo menos, difícilmente previsible, se precipitan, se imponen a un país, forzosamente, desde fuera.
En tal caso —haya o no haya habido ni el tiempo ni los recursos suficientes para prepararse—, una elemental actitud de honor y de amor propio nacionales obligan a recoger el reto. a alzar el guante del desafío, a lanzarse a la lucha, salga de ella lo que saliere. Porque el instinto, si es un instinto sano y no corrupto por fenómenos de decadencia o de descomposición, le dice a semejante país desafiado que incluso es preferible exponerse a una derrota honorable en el campo de batalla, si la propia capacidad bélica resultase haber sido insuficiente, que vivir parsimoniosamente en paz, pero bajo el signo de la humillación desdorosa, es decir en una paz comprada al precio del deshonor, de la indignidad, de agachar perrunamente la cabeza.

El mandato de las vísceras
La historia argentina —joven aún, si se la compara con la duración de las antiguas naciones europeas o asiáticas— está, sin embargo, pletórica de ejemplos de tales guerras, en las cuales los antepasados de los argentinos actuales (antepasados, si no necesariamente en la sangre, de hecho en el espíritu) se lanzaron a la lucha a sabiendas, de antemano, de que no tenían ni la menor posibilidad de ganar una sola batalla —¡qué va! ni un modesto combate y. por ende, mucho menos a una guerra entera—, a sabiendas repetimos, puesto que tenían conciencia de la superioridad numérica del enemigo en los días de nuestra guerra de la independencia y de su propia falta de pertrechos, de instrucción militar de su tropa, de víveres, en fin de virtualmente todo lo que se necesita para hacer la guerra.
Si de todo, menos de coraje, que ese les sobraba: de todo, menos de agallas, que esas las tenían como para regalarlas a diestra y siniestra.
De no haber sido así, de no haberse tratado de hombres que obedecían al mandato de sus vísceras, que actuaban de acuerdo con la virilidad de sus reflejos —y que, para hacer plena justicia al espíritu que reinaba en aquellos días, contaban además con mujeres que iban a la par de ellos, a menudo incluso con el arma en la mano, como fue el caso de Juana de Azurduy—, por cierto que muchas guerras y muchas batallas jamás se habrían librado en lo que hoy es territorio argentino o en lo que es territorio de países actualmente vecinos, a cuya liberación contribuimos y por la causa de cuya libertad peleamos hombro a hombro, junto con sus respectivas poblaciones locales.

Héroes sin carrera militar
De no haber prevalecido esa capacidad de reacción visceral, es decir si las guerras solo se hubiesen hecho sobre la base de un minucioso cálculo previo en cuanto a las probabilidades de su éxito, nombres como los de Warnes y de Padilla, como el del cura Muñecas y aun el del propio Manuel Belgrano, no habrían pasado a la historia militar argentina: en todo caso, el de Belgrano habría figurado en calidad de patriótico y progresista pronombre de la nacionalidad, pero únicamente en la esfera de sus actividades civiles.
Verdad es, sin duda y ya que a su específico caso nos referimos, que sus dotes militares terminaron por dejar en evidencia su natural y explicable limitación en la materia, comparada con la formación profesional de un hombre de armas de carrera como lo era José de San Martín. Pero eso —o sea esa falta de “preparación”— no redunda sino en dar realce a la gloria belgraniana, ya que convierte a triunfos como los de Tucumán y Salta en pura obra del espíritu combativo, del fervor patriótico, del idealismo en armas de una nación que estaba surgiendo a la vida soberana propia.

La verdad oculta
Con lo cual llegamos —retornando a las reflexiones iniciales del presente comentario— al meollo de la cuestión que está sobre el tapete.
El lacerante decreto presidencial que rebaja en su categoría histórica el recuerdo de la gloriosa jornada del 2 de abril de 1982, alega falta de preparación del país y de su pueblo para la guerra que acabó por estallar a causa de esa jornada. Dijimos que, en ciertos casos, un concepto erróneo puede —involuntaria o inconscientemente— encerrar una verdad que yace en estratos más profundos que los de la realidad aparente.
Efectivamente, hubo falta de preparación —pero no porque no tuviésemos un número de naves de guerra o de aviones capaz de hacer frente a un número notoriamente superior de las respectivas unidades del enemigo, ni porque éste gozase del apoyo de una potencia que, de acuerdo con sus obligaciones contractuales del TIAR, tendría que habernos prestado ese apoyo a nosotros y no a los invasores del continente americano—, todo eso, sin dejar de ser verdad y sin dejar de haber sido un mal augurio para nuestra guerra austral, aunque no por ello nos hubiera eximido de la obligación de librarla en las condiciones que fuese, no fue sin embargo lo primordial.
Lo grave fue que amplios sectores de la población —tanto en sus estratos más populares como, muy particularmente, en muchos círculos de lo que ha dado en llamarse y pretende ser su élite y su dirigencia— quedaron consternados ante el súbito surgimiento de la imagen de la guerra, después de que el país hubiese vivido más de un siglo de perdurable paz.
En ese orden de cosas —y si el presidente hubiese pensado, al tomar la lamentable determinación de anular el feriado de hoy, en la falta de una preparación espiritual— uno no podría menos que darle en alguna medida la razón. De ahí que dijéramos que, en ciertas instancias, una intención errónea puede apuntar, sin habérselo propuesto, hacia una verdad que se halla oculta en vetas más hondas de la realidad.
Pero salta a la vista que no fue a esa índole de “preparación” o de “falta de preparación” a la que se aludió desde las esferas gubernamentales, porque —de haber sido así—, lejos de intentarse reducir en importancia la significación del 2 de abril de 1982, lejos de tratar de restarle, de retacearle, de mezquinarle su profundo y genuino valor como el hecho más relevante de la historia espiritual argentina en este siglo, se habría buscado el efecto contrario.
A saber, el de coadyuvar a una mejor “preparación” del espíritu de la Nación, lo cual entrañaría, por ejemplo, exaltar el heroísmo de aquellos que no sólo tuvieron que luchar contra el enemigo, sino a veces —y como sucede inevitablemente en muchos lugares del mundo en circunstancias similares— contra la propia burocracia pesada e ineficiente, que tampoco estaba “preparada”, ni espiritual ni técnicamente, para una guerra.
Pero, más que nada y por encima de cualquier otra disquisición, las causas nacionales deben ser defendidas, llegado el caso, en cualquier terreno y sus héroes y la memoria de sus mártires deben ser honrados con el máximo de despliegue de solemnidad y de fervor que pueda brindar el país entero, su pueblo y su gobierno. En el caso peculiar que estamos considerando, la razón, empero, es más profunda todavía. Intentaremos explicarlo.

Una nueva época
Es necesario hacer resaltar que, a partir del 2 de abril de 1982, comienza para la historia espiritual de la Argentina una nueva época. No se trata simplemente de un hito más —por importante que fuese— en el derrotero nacional. La fecha marca el comienzo de una acción bélica —el resultado momentáneo de ésta no interesa, porque la acción dista mucho de haber terminado, sólo ha entrado en un estado de subyacente latencia— que es la primera en su género acaecida en la Argentina, después de haber empezado el segundo gran periodo de la historia del país: aquél que se origina, una vez completada la organización nacional, con la llegada de las multitudinarias oleadas inmigratorias, en su mayoría de origen europeo.
Es innegable que hay una línea divisoria entre el comienzo de ese periodo y el fin del anterior. Durante el segundo se produce la gradual amalgama entre los argentinos de raigambre antigua —o sea aquellos que solemos denominar “hispano-criollos"— y los recién llegados y sus descendientes.
Surge lo que se llamaría un tipo argentino de nuevo cuño, cuyos rasgos —tanto los físicos como los espirituales— todavía, y pese al siglo que, aproximadamente, ha trascurrido desde entonces, aún no se han uniformado. No incursionaremos aquí en el tema de si es más o menos ventajoso, para una nación de semejante origen mixto, un proceso precipitadamente rápido —pero que, a veces, no pasa de lo superficialmente epidérmico— de dicha uniformación que uno más lento, más paulatino y tal vez más profundo. El tema daría para mucho discurrir y es muy controvertible.
A lo que apuntamos, en cambio, es a señalar que —en esos últimos cien años a que aludimos— tanto los argentinos de raigambre antigua como los de radicación más reciente o relativamente más reciente, poseyeron un común denominador: no supieron lo que es una guerra, lo que es afrontar, como país visto en conjunto, la experiencia, el dolor, el miedo, el júbilo, la depresión, la exultación, o sea todo eso que encierran, día a día, los escuetos “partes” provenientes del frente de guerra.

Un hijo que está en una lejana trinchera
Esos argentinos, pese a sus diferencias en cuanto a abolengo, clase social. estrato económico, credo religioso, ideas políticas, habían estado viviendo como quien dijera “bajo el mismo techo”, porque un país es exactamente eso, habían trabajado juntos, mercado los unos con los otros, se habían amado y se habían odiado, habían tenido sus lides políticas, incluso sus luchas fratricidas al estilo de las inestables e intranquilas democracias jóvenes, Pero no habían sabido lo que es tener —el civil lo mismo que el militar, el industrial lo mismo que el obrero, el católico lo mismo que el judío o el protestante o el ateo, el peronista lo mismo que el radical o el conservador, el socialista o el liberal o el comunista, el intelectual lo mismo que el analfabeto—, lo que es tener, repetimos, un hijo en una lejana trinchera, peleando por el país, peleando por su integridad territorial, peleando por su honor nacional.
Fue algo nuevo, algo enteramente nuevo en aquella segunda etapa de la historia argentina, iniciada hace unos ciento y tantos años. Y es por ello como el 2 de abril de 1982 señala el comienzo de un doloroso pero fecundo renacer espiritual del país. Intentar ignorarlo, inducir a otros a que lo ignoren, es como si el país quisiera ignorarse a si mismo. 

(*) El 28 de marzo de 1983 el gobierno de facto de Reynaldo Bignone promulgó la Ley Nacional 22.769 donde se declaraba “Día de las Islas Malvinas, Georgias del Sur y Sandwich del Sur” al 2 de abril, con carácter de feriado nacional.
Ya en democracia, el gobierno del Dr. Raúl Alfonsín, el 23 de marzo de 1984 dictó el Decreto Nacional 901,  cuyo artículo 1° señalaba: “Trasládase al 10 de junio, ´Día de la Afirmación de los Derechos Argentinos sobre las Malvinas, Islas y Sector Antártico´ según la ley 20.561, el feriado nacional establecido para el 2 de abril por la ley de facto 22.769”.