Publicado en el Periódico El Restaurador - Año II N° 6 - Marzo 2008 - Pags. 14 y15
El médico unitario que atendió a Rosas
Recuerdos de familia relatados por el Dr. Mariano G. Bosch
El
Dr. Mariano G. Bosch, nacido en 1865 y fallecido en 1948, fue hijo y
pariente de unitarios y sobrino del médico personal de Rosas.
Escribió varias obras teatrales y una historia del teatro argentino
titulada “Historia de los orígenes del teatro nacional argentino”
–en cuatro volúmenes–, obra muy valiosa y que fue muy bien
recibida en su época. El artículo que transcribimos a continuación,
que es de su autoría y relata recuerdos de familia, es muy
interesante, porque además de contener detalles de la vida del
Restaurador, da por tierra con lo afirmado por la historiografía
oficial en cuanto a que el Jefe de la Confederación Argentina,
perseguía a los unitarios. Cuando Rosas persiguió a alguien –fueran
unitarios o federales, estancieros o no, etc.–, no lo fueron por su
idea política o situación social, sino porque atentaban contra la
unidad nacional o se aliaban a potencias extranjeras. Quienes no
actuaban de esa forma eran respetados e inclusive formaban parte del
círculo de amistades del Restaurador y su familia, no obstante ser
de ideas unitarias, como el Dr. Dalmacio Vélez Sarsfield –autor
del Código Civil y reconocido jurisconsulto de su época–, asiduo
concurrente a las tertulias de Manuelita Rosas –de quien se decía
amigo– en la residencia de Palermo y el tío del Dr. Bosch, entre
muchos otros.
He
aquí el relato
El
doctor don Ventura Bosch, fallecido en 1871, en cumplimiento de su
deber de médico, y por cuya razón su nombre figura en la lista de
los abnegados que cayeron víctimas de la fiebre amarilla, fue uno de
los facultativos más queridos y respetados de Buenos Aires, antes y
después de la caída de Rosas. Se hizo más notable aún, cuando a
su regreso de Europa, en 1853, fundó el primer manicomio que tuvo el
país, y por esto, el primero de América del Sud: el de San
Buenaventura, injustamente llamado hoy de las Mercedes.
Había
recibido su diploma de médico en 1836. Su casa de la calle Suipacha,
a pocos metros de la iglesia de San Miguel y donde hoy día existe un
colegio del Consejo, fue siempre el punto de reunión de médicos,
hombres de ciencia y políticos de su época. Por allí pasaron, en
busca de una palabra útil, desde Cuenca, Clara y Teodoro
Alvarez hasta Rawson.
Tanto
él como su hermano Gerardo (mi padre) y Francisco (padre del
general) eran unitarios. Unitarios, lo mismo en 1840 que en 1853; y
no federales renegados, como muchos que después, caído el
gobernante le maldijeron, como antes le habían adulado y solicitado
favores.
Eran
unitarios –aunque no en la forma de los rivadavianos, ni en la que
predicaban los Varela–, Echeverría escribía a don Pedro de
Angelis, diciéndole que ellos querían, de buena fe, patriotismo,
desinterés, la libertad, el progreso y la civilización para su
país: querían extirpar de raíz, las tradiciones coloniales. Y
según Juan Cruz Varela, una de éstas era la idea religiosa. (Las
ideas liberales que profesaban eran las de la Revolución Francesa y
los volterianos.)
Ninguno
de los Bosch que he mencionado, ni muchos otros porteños, creían
que ésos eran los verdaderos fundamentos del unitarismo. Pretendían
simplemente que Buenos Aires fuera el asiento del gobierno, la
administración, las relaciones exteriores. Acaso hubieran preferido
un gobierno monárquico, pero religioso, y, sobre todo, como porteños
que eran, el sometimiento absoluto de "los provincianos" a
su férula indiscutible, y el reconocimiento de la importancia de su
ciudad, puerta de entrada del exterior.
Fue
por esta razón y por lo arraigado de tales ideas localistas, los
federales, sus enemigos, se llamaban a sí mismos americanos,
republicanos, ciudadanos, yendo de este modo, y muy especialmente
contra los rivadavianos, a quienes acusaban de andar buscando
príncipes en las cortes del Brasil y de Europa, no faltando quienes
lo hicieran, en las tribus americanas, para instalarlos en un trono
como el que había en Río de Janeiro. Cuando estos republicanos
hablaban de hacer arraigar en el pueblo las ideas que ellos
profesaban y las del federalismo a estilo norteamericano, aquéllos
les contestaban siempre con "la eterna muletilla" de "no
es tiempo aun, no estamos preparados", etc.
En
la invitación que publicamos, para el funeral de la señora Misia
Encarnación, su esposo invita: "El ciudadano don Juan Manuel de
Rosas", etc. Como se ve, es para él ese título de "ciudadano"
de mayor importancia y más adecuado que cualquier otro que pudiera
ostentar.
El
mencionado doctor don Buenaventura Bosch, unitario y hermano de
unitarios, fue el médico de Rosas. Y durante las largas esperas que
debía soportar a su lado (le practicaba sondajes uretrales)
conversaban de asuntos políticos, y recibía no pocas bromas
respecto a su unitarismo y al de su hermano Gerardo. Y en no pocas de
las dificultades que tuvo con los hombres del interior, Rosas le
decía:
– ¿Por
qué no se van ustedes, los unitarios, con sus ideas, a arreglarme
estos asuntitos?.. A ver si vuelven vivos...
El
doctor Bosch fue médico de Rosas, después del norteamericano
Franklin Bond, que de médico pasó a cuñado: de la unión con la
hermana, nacieron Enriqueta, Franklin y Carolina Bond y Rosas, y al
quedar huérfanos de padre y madre, doña Agustina, su abuela se hizo
cargo de ellos.
Es
oportuno observar aquí que el doctor don Ventura Bosch no era
pariente del boticario de la Merced (que luego lo fue en Lobos), ¡y
es verdaderamente sensible!, don Juan José Bosch, quien, según los
datos consignados por Rivera Indarte, fue uno de los cuatro únicos
que, en el plebiscito realizado en favor de Rosas para gobernante y
con facultades extraordinarias, votaron en contra.
Su
voto tenía un agregado curioso y viril después de su firma: "El
que no tiene cola de paja". Y así le quedó de sobrenombre. Fue
atacado por los federales y otros adulones, y él les contestó
siempre, con artículos periodísticos o versos, que firmaba de ese
modo.
El
voto de don Juan José, en su boleta, decía textualmente:
"Disconforme con la ley del 7 de marzo, en cuanto al tiempo,
modo y forma de gobierno que ella sanciona. Muy conforme con la
persona de don Juan Manuel de Rosas, mandando en la provincia bajo el
imperio de la ley y como custodio de ella."
No
le gustaban al hombre ni las facultades extraordinarias ni lo
indefinido del plazo para gobernar. Pero le gustaba mucho Rosas.
No
fue ésa la conducta de Rivera Indarte, que publica esos detalles.
Veamos: en el Nº 80 del "Diario de Avisos", que dirige,
anuncia en venta su Himno a Rosas, compuesto con motivo de su
asunción del mando (con plebiscito y todo), y cuya música compuso
el maestro Massini. Y publica el retrato del gobernante elegido.
Y los datos biográficos siguientes: nació en Buenos Aires, en
la calle Cuyo Nº 94, el 30 de marzo de 1793. Se educó en la escuela
de don Francisco Xavier Argerich. A los 13 años peleó como
voluntario contra los ingleses invasores. (Es de observar que a esa
edad ingresaban al ejército muchos jóvenes que luego sentaban plaza
en él.) Según el mismo biógrafo, al año siguiente de 1807, Rosas
se enroló como voluntario en el regimiento de Migueletes, de
caballería, y en él figuró varios años. En 1820 fue nombrado
capitán de milicias, recibiendo los despachos correspondientes.
La
conducta de Rivera Indarte no fue la que correspondía al adulón
de esta época. Disgustado con el Restaurador, pasó el resto de su
vida arrojando veneno, lanzando calumnias de todas clases, insultos,
infamias, mentiras. Todas las que escribió han sido aprovechadas
después por los soidissant historiadores, para hacer la pretendida
historia de este gobernante argentino.
La
posición del doctor Ventura Bosch en la casa de Rosas, como médico,
le permitió conocer detalles de su vida privada, y jamás dejó
sospechar que en ella hubiera algo que denotara inmoralidad, ni
licencias. Misia Encarnación Ezcurra de Rosas, de ilustre abolengo,
era visitada por lo más selecto que tenía la ciudad. Y de su
distinción admirable y reconocida sólo ha llegado a dudar algún
ignorante escritor, mal caballero, pretendiendo babosear el nombre de
una ilustre matrona argentina.
Vive
en Buenos Aires –y soy su amigo– un bisnieto de doña Paula
Garretón de Larrazábal, a la cual tanto el desleal Mármol como
escritores de piezas teatrales que quieren especular con los
efectismos escénicos, ofendieron, desfigurando su verdadera
personalidad de matrona. El poeta mencionado se encontró con ella en
Montevideo, y al ser increpado por su insolencia, pidió perdón a la
señora, alegando su pobreza como justificativo de sus licencias.
Los
Rosas y los Ezcurra, sus hijos y hermanos, estaban emparentados, más
o menos lejanamente, con ilustres apellidos, conocidos aun ahora, que
el tiempo y las mezclas han diluido a muchos: los García Zúñiga,
Anchorena, Arana, Aguirre, Terrero, Llavallol, Pereyra, Arroyo,
Mansilla, Belaustegui, Sáenz, Ituarte, Peña, Trápani, Costa y
Espinosa. Los López Osornio vinieron de Europa, directamente. Los
Rozas, algunos de Chile, otros del Perú, quiénes de Cuyo. Todos los
Rosas mamaron leche de LavaIle; de una predilecta amiga de doña
Agustina; y todos los Lavalle, del seno de ésta. La desgracia hizo
que después los dos tocayos fueran rivales y hasta enemigos.
Las
relaciones sociales de la casa de Rosas Ezcurra eran entre las
familias de Las Heras, Alvear, Olaguer Feliú, Necochea, Anchorena,
Larrazábal, Maza, Rolón, Saavedra, Viamonte, Iriarte, Sáenz Peña,
ViIlegas, Garretón, Torres, Alzaga, Azcuénaga, Castro, Zapiola,
luego Seguí (que el íntimo amigo de Rivadavia casóse con una
hermana de Rosas), Baldez, etc. El general Mansilla, una vez que
enviudó, casóse con otra hermana, Agustina.
Las
reuniones y saraos en lo de misia Encarnación, fueron muy selectos.
Después de su muerte y pasados muchos años, su hija Manuela siguió
esa tradición. Cuando actuaron las célebres compañías de ópera
de Nina Barbieri, Carolina Merea y Luisa Pretti en los cuatro últimos
años del gobierno de su padre, alrededor de ella se formaban núcleos
sociales de gran importancia. En cuanto a las compañías, tuvieron
que pasar bastantes años antes de que llegaran las que pudieran
superarlas.
El
padre del que estas líneas escribe, tuvo, en sociedad con otros
amigos, perennemente, un palco que le permitió escuchar a todos esos
admirables cantantes y conocer los estrenos famosos.
En
cuanto al juicio que sobre Rosas formuló mi tío, y que,
deliberadamente, han ocultado cuantos lo oyeron de mis labios, es el
siguiente:
He
dicho que en casa del doctor Ventura Bosch se reunían,
habitualmente, distinguidas personas y no pocos médicos. En una
de esas reuniones dijo, probablemente, algo que se refería a la
asistencia médica que le prestaba al gobernador. Preguntado,
entonces, de qué se trataba, que requería tanto tiempo para cada
curación, el doctor explicó que de una estrechez uretral, que le
obligaba a sondarle y a dejarle la sonda colocada unos minutos.
Estos
instrumentos eran de tripa y calidad bastante inferior. Largas y
flexibles. Y eran peligrosas de manejar.
– Mientras
las dejo colocadas no me puedo mover del lado del enfermo, porque
cualquier mal movimiento sería peligroso para su vida, como también
lo sería una torpeza de mi mano al colocarlas. Una perforación de
la vejiga podía ocasionar la muerte del paciente.
Esta
declaración provocó un silencio solemne. Los oyentes meditaban. De
pronto, alguien, exclamó:
– ¡Qué
gran servicio haría usted al mundo, a la libertad, a nuestro país,
doctor... si un día se le fuera la mano... y despachara a su
paciente al otro mundo! ...Merecería una estatua de la posteridad.
Mi
tío calló. Meditaba, a su vez.
– En
primer lugar –dijo al rato–, el juramento que prestamos los
médicos nos obliga a considerar al enfermo, sea quien fuere como
cosa sagrada. Nos debemos a él, y hasta al sacrificio personal nos
obligaría la salvación de su vida.
Hubo
otro silencio. Y más campechanamente añadió:
– Por
otra parte, señores, ustedes están muy equivocados respecto al
general Rosas: ¡no lo conocen!... Es un cumplido caballero, es un
leal amigo, al cual yo aprecio y estimo como se merece y como él a
mí.