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domingo, 1 de marzo de 2020

Litografías de Bacle - Corrales de Abasto

   Publicado en el Periódico El Restaurador - Año XIV N° 64 - Marzo 2020 - Pags. 15  

  Año Belgraniano 

 1770-3 de junio-2020, 250 años de su nacimiento / 1820-20 de junio- 2020, 200 años de su   fallecimiento  

Litografías de Bacle – Corrales de abasto

Por Norberto Jorge Chiviló

Corrales de Abasto

Retomamos en este número con el tema de las Litografías de Bacle, que componen la colección de “Trages y costumbres de la Provincia de Buenos Aires”.

La litografía que elegí es la N° 5 del cuaderno 6: “Corrales de Abasto”. 

Corral de abasto, corral de abasto de carne o también llamado matadero se denomina a la construcción por lo general cercana a las ciudades, para reunir a los animales que van a ser sacrificados o faenados de manera controlada por la autoridad, destinados para el abastecimiento y consumo de la población. En el lugar se controlaba que no se faenaran animales robados ni enfermos y que se mantuvieran ciertas reglas de higiene.

En Buenos Aires, el primer corral de abasto fue creado por el Cabildo en 1607.

Con el establecimiento de estos mataderos, se comenzó a dar en parte una solución a la salubridad pública, ya que con el tiempo se fue dejando de lado la costumbre de sacrificar animales para el consumo familiar que se hacía en algún lugar de las casas particulares. En esos casos, después de la faena, la sangre, las vísceras, los restos cárneos y óseos, incluso los cueros eran tirados a la calle que eran de tierra y sin agua suficiente como para limpiar, ni desinfectar para prevenir, tanto los domicilios como la vía pública quedaban en un estado que nos podemos imaginar.

Hacia 1830 había en el límite de la ciudad tres corrales de abasto: uno por el norte, otro por el sur y el restante por el oeste. El ganado destinado a esos corrales provenía de la campaña cercana a los mismos.

En 1834 y siendo gobernador de la provincia, el Presidente de la Junta de Representantes, Dr. Manuel Vicente Maza, se dictó el Reglamento de Corrales, destinado a poner orden en la actividad, evitar los abusos y el fraude. Se dispuso que los abastecedores se matricularan. Un funcionario, especie de juez, era el encargado de fiscalizar la actividad de faenamiento o sacrificio de los animales bajo determinadas normas, cuyo incumplimiento daba lugar a la imposición de multas y sanciones. Este funcionario debía concurrir diariamente a cumplir sus funciones y permanecer en el lugar todo el tiempo que demandara la tarea diaria; además debía cobrar el impuesto por cada cabeza de ganado ingresado para el abasto y controlar el horario de apertura, entre otras obligaciones.

Se estableció también una especie de tribunal nombrado por los abastecedores en forma trimestral, que debía entender en los conflictos entre patrones y peones, encargados también de administrar el producido de las multas, invirtiendo ese dinero en la mejora de las calles cercanas a los corrales.

En esta litografía, puede verse un predio grande, con el típico corral de palo a pique hecho con palos o troncos clavados perpendicularmente a la tierra, con cuatro entradas y casas al fondo.

En primer plano se aprecia a dos peones, de raza blanca de acuerdo a sus facciones, uno de los cuales se encuentra montado, mientras que el otro ya pié en tierra está junto a una res inmovilizada por sus patas traseras, a la cual va a sacrificar.

Detrás se puede ver ganado, jinetes a caballo y dos carros de aguateros.

domingo, 1 de septiembre de 2019

Litografías de Bacle - Los peintetones

 Publicado en el Periódico El Restaurador - Año XIII N° 52 - Setiembre 2019 - Pags. 15 y 16 

Litografías de Bacle – Extravagancias de 1834 - Los peinetones

Por Norberto Jorge Chiviló



Litografías de Bacle









En esta miniatura pintada al óleo por Carlos Morel y Fernando García del Molino en 1835/1836 se puede apreciar a Encarnación Ezcurra de Rosas, luciendo un peinetón y moño rojo federal.









Como lo venimos haciendo desde varios números anteriores de este periódico, publicamos y comentamos las distintas litografías efectuadas por César Hipólito Bacle, en la colección “Trages y costumbres de la Provincia de Buenos Aires”, correspondientes a distintas ocupaciones y oficios en la época rosista.

En este artículo, me referiré a las incluidas en el Cuaderno 5 de dicha colección, tituladas como “Extravagancias de 1834”, que son seis litografías todas de un marcado tono caricaturesco, que destacaban y ponían de relieve los inconvenientes que los “extravagantes” peinetones que las porteñas usaban sobre sus cabezas, causaban en los distintos ámbitos de la vida diaria de la sociedad de la época, tanto en la casa (Litografía N° 1), en la calle (N° 2), en el paseo (N° 3), en el teatro (N° 4) en el baile (N° 5) y el enlace de los peinetones (N° 6), en la calle.

Veremos que es el peinetón y de dónde provenía.


La peineta

La peineta deriva del peine, elemento éste que comenzó a usar ya el hombre primitivo.

La peineta es un ornamento femenino que consta de un cuerpo convexo o curvo y un conjunto de púas que sirve para sujetar el peinado o el rodete, que a la vez sirve de adorno y que se lleva en la parte posterior de la cabeza. Podía ser utilizado solo como un elemento de elegancia o complementado para sostener una mantilla rectangular de encaje.

Por lo general el material que se utilizaba para hacerlos era mayormente el carey, pero también podían ser de asta de vacunos, marfil, concha de nácar, celuloide, oro, plata u otros metales, podían ser con hermosos calados o lisas y algunas también contenían incrustaciones de oro, plata y piedras preciosas. 

El carey por ser un material muy vistoso por sus vetas, era por lo general el más utilizado, proviene del caparazón de la tortuga carey, que es una especie de tortuga marina. El material era importado desde distintos lugares, pero mayormente venía de la India, donde se podían conseguir los más vistosos.

La peineta fue un elemento muy utilizado en España desde fines del siglo XVIII, pero que aún hoy se sigue usando por tradición en diversos acontecimientos sociales y religiosos, como en las corridas de toros, ceremonias religiosas, procesiones de Semana Santa, etc. y también es un elemento imprescindible en algunos trajes regionales.

Aproximadamente en 1815, la peineta española fue introducida en el Río de la Plata y rápidamente fue aceptada y usada por las damas porteñas.

Años más tarde, en 1823 llegó a Buenos Aires el peinero (1) español Manuel Mateo Masculino, quien pocos días después de su arribo, publicó un aviso en la primera página del N° 31 del diario “El Argos de Buenos Aires”,  del 16 de abril de 1823, anunciando que: “Ha llegado a esta capital para permanecer en ella Manuel Masculino, fabricante de peines de marfil, y peinetas de carey de varios gustos. Es general en su facultad e inventor tanto en su arte, como en máquinas de su profesión con las cuales facilita el trabajo al punto de que un joven haga con perfección lo que cuatro buenos maestros. Tiene otras máquinas para cortar horizontal en forma de abanico, ovalado y en círculo, con la que hace calados, tan diversos y finos, que son inexplicables por su variedad. Hace también que un joven paseando, con solo el cuidado de poner y sacar tablitas, corte en ocho minutos doce peines de marfil finísimos, saliendo ya por un lado con lustre. Posee además otras varias máquinas que triplican el trabajo a estas diarias, y manifestará con oportunidad en razón de su importancia, como que se manejan con mucha facilidad, y producen con prontitud lo que seis operarios con toda perfección: son portátiles para llevar en el bolsillo y correr países extranjeros, en los que según el mérito ganan el premio y patente. Su taller contiene diez operarios que pueden trabajar diariamente cien docenas de peines y peinetas de todas clases, y vende a precios muy cómodos en su tienda de San Francisco para el Colegio a la media cuadra, calle de Potosí, número 40” -transcripción hecha en la grafía actual-.  

El taller de Masculino, fue uno de los más importantes de la ciudad en este rubro, por contar con máquinas, como figuraba en el aviso y que hasta entonces, aquí eran desconocidas. En su taller llegó a ocupar a más de cien operarios, entre hombres y mujeres, pero también debemos decir que existieron establecimientos similares de otros artesanos instalados no solo en Buenos Aires, sino también en Montevideo. 


El peinetón

Así como el peine originó la peineta, ésta devino en peinetón y tuvo gran aceptación  en el bello sexo del Buenos Aires, allá por 1830 hasta 1837 aproximadamente, cuando comenzó a declinar su uso.

Litografías de Bacle
¿Cómo nació el peinetón? las peinetas tienen un largo aproximado de treinta centímetros, pero en estas tierras y en aquella época experimentaría una notable transformación. Quienes se encargaban de fabricarlas, comenzaron cada vez a hacerlas de mayor tamaño, tanto en el largo como en el alto, llegando algunas de ellas a medir aproximadamente un metro veinte centímetros. Así la peineta pasó a ser peinetón, que se convirtió en un accesorio necesario de la moda de aquél momento y fue uno de sus elementos más característicos y más valorados por las mujeres. Su uso también fue una originalidad de las damas rioplatenses, ya que en ninguna otra parte de América se los utilizó y podemos decir que fue un accesorio de la moda típico del Río de la Plata.

El famoso naturalista francés Alcide Dessalines d’Orbigny quien estuvo en el país por aquellos años, escribió refiriéndose al uso de este accesorio: “Siempre hará que se distinga a la porteña de las mujeres del mundo”. 

Si vemos un retrato o un cuadro en el que hay una mujer con peinetón, este accesorio nos permite establecer cuál fue el momento histórico en que se hizo la pintura: 1830-1837, y el lugar: Río de la Plata.

Si bien no puede decirse con precisión si Masculino fue el creador de este elemento femenino, sí se puede afirmar que fue uno de los más importantes diseñador, fabricante y difusor. La gran producción que salía de su taller, le permitió llegar a ser un comerciante adinerado. 

Masculino era el fabricante que hacía su producto más fino y elegante y por lo tanto reconocido en su métier.

Los peinetones se hacían con los mismos materiales que ya se utilizaban para fabricar las peinetas, pero por su mayor dimensión permitía una mayor cantidad de dibujos y calados.

La materia prima más utilizada en su fabricación era el carey y este material llegaba al puerto en trozos o planchas ya fundidas y se vendía al peso. En los talleres estas planchas eran cortadas, fusionadas al calor, caladas, cinceladas y pulidas y muchas veces eran estampadas e incrustadas. 

Por lo general el dueño del taller hacía un bosquejo con los dibujos que le pedía el cliente y después de su aprobación pasaba al taller para su confección.

Esos accesorios de la moda, eran unos tremendos armatostes de una sola pieza, generalmente de carey como ya manifesté y la mayoría caladas en forma simétrica, con figuras geométricas, arabescos, flores, hojas, etc.

Incluso se les dio un uso político ya que muchos estaban adornados con la efigie del Restaurador o el de éste y su esposa y conteniendo inclusive lemas federales como “Viva la Federación”, “Federación o Muerte” o “Viva la Santa Federación”.

Podríamos afirmar que el peinetón si bien fue un accesorio impuesto por la moda, se convirtió también en distintivo de la mujer federal.

El gran trabajo de calado, cincelado, moldeado y las inscrustaciones que podría tener de metales preciosos como de marfil, nácar y otros, marcaban la diferencia entre una pieza y otra. Por otra parte no llevaban firma ni marca alguna que pudiera individualizar a quien lo había diseñado y fabricado.

Lucir un peinetón de mayores dimensiones que una peineta normal y de un mayor trabajo de calado, que lo convertían en una verdadera obra de arte, daba cuenta de la situación social y del poder económico del padre o del esposo de quien lo portaba, ya que el artículo era de lujo y por tanto costoso, por el material de importación utilizado y el trabajo –muchas veces exquisito- que su confección demandaba, por lo cual estaba solo reservado a las mujeres de clase alta.

Para resaltar que era caro, una publicación de la época transcribió unos versos titulados  “Lo que cuesta un peinetón” que decía así: Sabe todo lomo negro / Que el colorado y punzó / Son los signos del que tiene / Con qué comprar un peinetón.

En el Museo Nacional de Bellas Artes, se pueden apreciar muchos de estos artículos, como también ocurre en el Museo Cornelio de Saavedra, ambos de la ciudad de Buenos Aires, entre otros museos.

Existen muchos retratos pintados por artistas de la época, como por ejemplo Enrique Carlos Pellegrini, de las damas de la sociedad porteña, luciendo sus importantes peinetones.

Cuando la moda llegó a su apogeo, recibió las críticas por incómoda y antiestética y como toda moda, pasa y su uso fue decayendo, ya por las dificultades e incomodidades que ocasionaba su utilización, porque era bastante incómodo para las señoras moverse con ellos, además eran frágiles por el material empleado, y así se volvió al uso de la peineta, más cómoda. Esos peinetones eran tan grandes que dos damas no podían caminar al mismo tiempo o cruzarse en la misma vereda, como lo reflejó Bacle en la Litografía N° 6.

Cada una de las litografías de esta serie llevaba un epígrafe y la que ilustra este artículo que es la N° 5, dice así: “¡Mi peluca! mi peluca! Señorita!!! ¡por Dios no se la lleve Ud.!

César Hipólito Bacle


(1) Peinero: Fabricante de peines.

sábado, 1 de junio de 2019

Litografías de Bacle - El Vendedor de velas

  Publicado en el Periódico El Restaurador - Año XIII N° 51 - Junio 2019 - Pag. 14 

Litografías de Bacle - El Vendedor de velas              P                                   

Por Norberto Jorge. Chiviló

El vendedor de velas

En esta litografía N° 4 del Cuaderno 1, “El Vendedor de velas” como en la mayoría de las otras que componen la colección de “Trages y costumbres de la Provincia de Buenos Aires”, de César H. Bacle, el personaje es de raza negra.

Podemos apreciar que este vendedor llevaba apoyado sobre su hombro un palo largo, que también podía ser una caña, de la cual, en sus extremos colgaban las velas por sus pabilos.

Se llama pábilo o pabilo, a la mecha combustible hecha de hilo de algodón trenzado o retorcido que se colocan en las velas y que es por donde se las enciende.

Estos individuos recorrían la ciudad ofreciendo su mercancía y como otros que vendían otros productos, también promovían la venta gritando cosas tales como: 

“Compre niña una velita para llevarle a la Virgencita”.

“Vendo velas y velitas para alumbrar las casitas / Vendo velones para alumbrar los salones”.

“Velones y velitas que hacen tus noches claritas”.

“Hay veeeelas para alumbrar a las abuelas”.

Si bien las velas fueron inventadas muchísimo tiempo antes de la era cristiana, podemos decir que como las que se utilizaron en Buenos Aires en la primera mitad del siglo XIX, datan de la edad media y estaban hechas de sebo – principalmente de grasa de vacas- o cera de abeja. Las de sebo tenían un olor desagradable, mientras que las de abeja no tenían ese inconveniente por lo cual eran utilizadas mayormente por personas de buen poder adquisitivo, debido a su mayor costo. En el siglo XVIII empezó a utilizarse el producto que se llamó espermaceti comúnmente llamado “esperma de ballena”, con lo cual las velas ya no tenían olor tan desagradable y producían mayor luminosidad, a la vez que no se doblaban con el calor del verano.

El espermaceti es un aceite blanquecino que se encuentra en las cavidades del cráneo del cachalote.

En aquellas épocas la vida diaria se desarrollaba mayormente aprovechando la luz del día, por lo que las tareas comenzaban con la salida del sol y finalizaban con su puesta. Nada que ver con las costumbres actuales.

Pero no obstante cuando comenzaba a anochecer, era común en el interior de las casas la utilización de velas que se colocaban en candelabros, porta velas o arañas, pero también se utilizaban lámparas que consumían aceite. Asimismo con velas se iluminaban salones, teatros e iglesias y en estas últimas eran necesarias también para las actividades propias del culto.

El grado de iluminación de las casas, se relacionaba con el poder económico de sus habitantes ya que en las viviendas de las familias acomodadas se realizaban tertulias y el consumo de velas era mayor que las que se utilizaban en los hogares normales o modestos.

También muchas de las casas más importantes de la ciudad tenían faroles, con velas, para iluminar las veredas.

Era común que las personas que debían salir de noche del domicilio, especialmente si eran mujeres o familias, fueran acompañadas por un negrito que llevaba un farol –denominado negrito farolero– con una vela, con el cual alumbraba el camino por las estrechas veredas de aquél Buenos Aires, con la existencia de rejas “voladas”, que hacían todavía más estrecho el camino el que tampoco era alisado, sino con pozos y desniveles y hacían el tránsito por el lugar algo dificultoso.

En esa época las velas eran un producto de consumo masivo y ello fue así hasta fines del siglo XIX, cuando se fue generalizando la utilización de la energía eléctrica.


viernes, 1 de marzo de 2019

Litografías de Bacle - El Encendedor de faroles

  Publicado en el Periódico El Restaurador - Año XIII N° 50 - Marzo 2019 - Pag. 10 

Litografías de Bacle – El Encendedor de faroles

Por Norberto Jorge Chiviló

El Encendedor de faroles


En este número nos vamos a referir a la litografía N° 3 del Cuaderno 1, de “Trages y costumbres de la Provincia de Buenos Aires”, de César H. Bacle, que corresponde a “El Encendedor de faroles”.

En esta ilustración podemos observar que el personaje a quien popularmente se lo llamaba “farolero”, como en muchas de las litografías de Bacle, es de raza negra. Porta una escalera, que apoya sobre su hombro y la sostiene con su mano izquierda y en su otra mano lleva una antorcha, elementos ambos para poder realizar su trabajo. Viste prendas sencillas propias de su condición social. 

Los primeros datos que se tienen sobre la iluminación  de las calles en la ciudad de Buenos Aires, datan de 1744 cuando el gobernador Domingo Ortiz de Rozas dictó un bando que disponía que tiendas y pulperías debían colocar faroles, los que tenían que estar encendidos desde la hora de la oración hasta las 9 en invierno o las 10 en verano para “evitar ofensas contra Dios”.

Años después, el virrey Juan José de Vértiz en 1777, otorgó una concesión a un empresario para instalar faroles a vela en las calles de la ciudad “a ejemplo de otras ciudades de Europa”, para “evitar robos, muertes y otros excesos”. El farol protegía la llama del viento y la lluvia. Evidentemente era un sistema muy precario. El concesionario cobraba por el servicio prestado, dos reales por puerta.

Las velas que se colocaban en el medio de estos faroles eran de sebo y ennegrecían de inmediato los vidrios, por lo que la iluminación se atenuaba, por eso la tarea del farolero que diariamente estaba encargado de encenderlos también comprendía la de mantener limpios los vidrios.

Ya por la década de 1840 también hubo faroles de iluminación al aceite -vegetal o de potro-, coexistiendo los dos sistemas de iluminación.

En 1851 se ensayó en la Plaza de la Victoria la iluminación a gas de carbón. Un gran letrero que decía “Viva Rosas” y dos faroles se encendieron con un buen resultado.

Uno de los pregones más comunes que decían los faroleros, era: 

Los faroles de las calles yo me encargo de encender / para que usted mi negrita no se vaya a caer.

A mediados de la década de 1850 aparecieron los faroles a gas y más o menos veinticinco años más tarde con la aparición de las lámparas incandescentes, la ocupación de los faroleros, desapareció.

Época de Rosas
Recibo de pago del alumbrado público

sábado, 1 de diciembre de 2018

Litografías de Bacle - El Aguatero

  Publicado en el Periódico El Restaurador - Año XIII N° 49 - Diciembre 2018 - Pag. 12 y 13  

Litografías de Bacle – El Aguatero

Por Norberto Jorge Chiviló

El Aguatero

En este número la litografía elegida y a la cual vamos a referirnos es la N° 2 del Cuaderno 4, de “Trages y costumbres de la Provincia de Buenos Aires”, de César H. Bacle y corresponde a “El Aguatero”. 

Ya desde la época colonial, el agua que consumía y utilizaba la población de Buenos Aires, provenía de pozos y también de los aljibes que había en las casas pero la mayor parte se obtenía del Río de la Plata o del Riachuelo, que era el desagüe de la pampa húmeda, o bien de arroyos cercanos a la ciudad.

En algunas casas había pozos artesianos, pero por lo general el agua obtenida no era de buena calidad, ya que era salobre y en otros casos estaba contaminada.

Casa de Tucumán
Aljibe. Casa de Tucumán
Otras tenían aljibes que eran depósitos cisterna bajo tierra, para recoger, almacenar y conservar agua, por lo general de lluvia, que les era derivada por cañerías o conductos desde las azoteas o techos de tejas. Su construcción era bastante costosa, pues se empleaban materiales como ladrillos especiales, azulejos, etc., que impidieran las filtraciones, por lo que no todas las casas lo tenían. Los aljibes no estaban totalmente bajo tierra, sino que tenían una protección de aproximadamente un metro de alto, de forma circular, que impedía que personas u objetos pudieran caer a su interior. El agua era sacada y levantada por la persona tirando de una soga en cuyo extremo tenía amarrado un balde, o bien por medio de poleas. En algunos pozos se ponían pequeñas tortugas de agua que mantenían el precioso líquido limpio de insectos.

También se trataba de juntar el agua de lluvia, por medio de diversos utensillos, la que era utilizada principalmente para que las mujeres lavaran su cabello.

Pero, la mayoría de la población se abastecía de agua proveniente del río o arroyos y se compraba a los aguateros.

El agua del Río de la Plata, no era cristalina, sino turbia ya que si bien no estaba tan contaminada como hoy día, era arcillosa y contenía impurezas y sedimentos, por lo que en las casas había unas grandes tinajas de barro donde se vertía el agua y se la dejaba reposar unas horas hasta que la arcilla e impurezas decantaran y se posaran en el fondo y así se obtenía agua de mejor calidad, en otros casos se utilizaban filtros de barro cocido, con lo cual se obtenía agua bastante clara, que para la época podía considerarse como excelente para el consumo.

Los aguateros –generalmente eran de raza negra– se encargaban de sacar el agua del río, para después distribuirla y venderla en las casas de la ciudad, a un precio por balde. Para ello se valían de unos grandes carros, llamadas carretas aguateras, con una estructura formada con tres tirantes, siendo el del medio más largo, unidos con unas clavijas con otros dos, puestos en forma perpendicular, formando una base y sobre esa estructura llevaba arriba un gran barril de madera, también llamado pipón, que en su parte posterior tenía colocada una especie de canilla con una larga manga de cuero que era como una manguera. El pipón estaba sujeto al carromato con estacas grandes. Un eje grueso, sujetaba la dos grandes ruedas de 8 o 9 pies de altura. Al extremo del tirante del medio que era el más largo, había una especie de yugo atado con tiras de cuero, al que se asían los dos bueyes que tiraban el carro. Normalmente entre estos dos animales se sentaba el aguatero quien con una picana, avivaba el paso de las bestias y las dirigía. Estos vehículos estaban construidos con madera dura proveniente del Paraguay y no tenían elementos de hierro, pues estos hubieran sufrido corrosión por la acción del agua. En la parte superior solían llevar una campanilla o cencerro para anunciar su paso.

Para trasvasar el agua se utilizaban baldes de madera, con el asa de cuero.

Para lograr obtener agua de mejor calidad, el aguatero debía internarse en el río, lo más lejos de la costa, pues en este lugar desarrollaban su trabajo las lavanderas, ensuciando el agua con las ropas que lavaban, por lo cual desde la época de la colonia existían normas que prohibían a los aguateros cargar el agua, en “La extensión del río que está frente a la ciudad, por estar en ese sitio del agua sucia…”, bajo el apercibimiento de sanciones.

Normalmente los aguateros recogían el agua por la mañana, repartiéndola puerta a puerta, compitiendo entre sí, ya sea por la calidad, como por el precio.

Era común en el Buenos Aires de aquél entonces que los aguateros -como ocurría con otros vendedores ambulantes-, cantaran mientras ofrecían su mercancía; estos son algunos de ellos:

Agüita fresca traigo del río, / para que tomen todos los días./ ¡aguateroooooo!

¡Agua, agüita para las damas bonitas!.

Soy el aguatero; / reparto el agua / que al gran río / voy a buscar. / Es agua dulce / para lavarse / preparar mate / y amasar.

Agua fresca traigo del río, / tu cara sucia podrás cambiar, / si compras agüita para lavar.


También debemos aclarar que muchos aguateros realizaban su oficio no como son mostrados en esta litografía, sino montando una mula y llevando dos pequeños barriles una a cado lado del animal, donde transportaban el vital líquido.

El aguatero fue uno de los más populares vendedores ambulantes del Buenos Aires del siglo XIX, ya que a principios del 1900, la ciudad ya contó con agua corriente.


Hay una Milonga Pregón llamada “El aguatero porteño”, con música de Enrique Maciel y letra de Francisco Carbonaro, que dice así:

(Hablado)

Patrona llegó el aguatero... / Vamos a ver vecina... agua fresca...

I

Patrona, llegó el agüita / prepare ya su cacharro / que del tambor de mi carro / el agua sale fresquita.

De Palermo a Recoleta, / de San Telmo a Monserrat / va llevando mi carreta / agua fresca a la ciudad.

II

Aguatero, / agua fresquita / que quita los males, / que quita las penas / como agua bendita.

Aguatero, / compre señor, / agua fresca / de mi tambor.

I (bis)

Me llamo Julián Cerdeña / y le aseguro, vecina, / que mi agua es cristalina / como mi alma es porteña.

A las rubias y morenas / que las olvidó el amor / que usen de quita penas / el agua de mi tambor.


Se va el agüita vecina... / aguatero... agua fresquita...


Se la puede escuchar cantada por Alberto Castillo acompañado por la orquesta de Enrique Alessio, en: https://www.youtube.com/watch?v=CZn5D2MWpio 


sábado, 1 de septiembre de 2018

Litografías de Bacle - La lavandera

 Publicado en el Periódico El Restaurador - Año XII N° 48 - Setiembre 2018 - Pag. 16 

Litografías de Bacle – La Lavandera

Por Norberto Jorge Chiviló

Litografías de Bacle


Hoy nos vamos a referir a la litografía “La Lavandera” que es la N° 1 del Cuaderno 1, de “Trages y costumbres de la Provincia de Buenos Aires”, de César H. Bacle.

En esta litografía podemos apreciar que el personaje era de raza negra o mulata, de contextura importante y aparentaba ser una persona fuerte. Está retratada de perfil mientras camina, fumando en pipa. Sobre su cabeza lleva una batea de madera -que sostiene con su mano derecha- con un atado con ropa. Tiene un vestido largo, que le llega casi hasta los tobillos y un manto le cubre la cabeza, los hombros y parte de la espalda. Calza zuecos. Su mano izquierda lleva una pava con asa redonda y pico curvo.

Podemos decir que prácticamente desde la fundación de la ciudad y puerto de Buenos Aires, el ya antiguo oficio tradicional de las mujeres, el de las lavanderas, estuvo presente en la vida diaria de la ciudad, sirviendo a las familias pudientes. La mayoría de estas trabajadoras eran pardas o morenas –muchas de ellas esclavas–, siendo la excepción las lavanderas blancas. Por lo general también se agrupaban según las “naciones“ de procedencia, como Mozambique, Congo, Guinea…

Durante la primera mitad del siglo XIX, quienes arribaban por agua para visitar la ciudad, trasladados desde los barcos hacia la costa en aquellas grandes carretas a los cuales nos referimos en el número anterior, cuando estaban por llegar a la orilla, se les presentaba a la vista a estas trabajadoras en plena labor, quedando grabadas las escenas en los lienzos de los pintores o en las páginas de las memorias de dichos viajeros, siendo todo ello de gran valor documental.

Muchas de esas obras se publicaron en Europa, para que allí se conocieran las costumbres de la distante Buenos Aires. En varias de esas obras pictóricas, además de las lavanderas, también se pueden apreciar construcciones importantes de la ciudad, como el fuerte –con la bandera nacional–, cúpulas de las iglesias y también de la catedral anglicana o el paseo de la Alameda. (Ver por ejemplo la reproducción de un antiguo dibujo en ER N° 38, pág. 2).

Estas lavanderas retiraban su carga de ropa sucia de las casas de familias acomodadas, y con las cuales y previo recuento de las prendas, armaban un bulto o atado de ropa utilizando sábanas y las subían sobre sus cabezas, previa tarea de enroscar un trapo sobre su testa, con el objeto de equilibrar la carga y poder trasladarse haciendo equilibrio con un gracioso andar para que no se les cayese la carga. Crónicas de aquella época registran este cantar “Voy caminando al río / para lavar su ropita, / verá linda señora / cómo queda blanquita”, “A la ropa, ropa lavo / del señor y de la amita / la mojo en agua del río / y la saco bien limpita”. Así se dirigían hasta la ribera del Río de la Plata cerca de la empalizada del fuerte, extendiéndose luego desde la Recoleta hasta el Riachuelo, que eran los lugares de trabajo diario y donde cada una, generalmente ocupaba ya un lugar acostumbrado.

El jabón que utilizaban era hecho de grasa, potasa, ceniza y hierbas y el lavado lo realizaban arrodilladas o hincadas en los charcos que se formaban en la playa con la bajante del río o con el empleo de bateas de madera como la que usaba la lavandera de nuestra litografía. Algunas, para no restregar la ropa, le pegaban o apaleaban con unas paletas de maderas o especie de garrotes. Otras ponían sobre la ropa ceniza de carbón al cual le echaban agua caliente, con lo cual lograban el blanqueo de las prendas; por eso, posiblemente al personaje de la litografía se la ve llevando una pava en su mano.

Para el secado, las prendas eran colgadas de largas sogas que extendían en la orilla, o bien las tendían sobre las rocas o simplemente sobre el suelo.

Mientras trabajaban, estas lavanderas, según crónicas de la época eran bullangueras, cantaban y reían. También eran muy afectas a los chismes, no solo relativas a sus amos o empleadores, sino de todo personaje de la ciudad, sabían de “todo” y de “todos”, “de Dios y María Santísima”. Por ello mucha gente se acercaba a la ribera en las horas que se realizaba la tarea del lavado y se mantenían a la escucha para enterarse también ellos de algún chisme o “sabrosa noticia” que hacía a la sociedad porteña, mientras gozaban del sol y del aire fresco. Con referencia a esto, una copla decía: “Quien quiera saber de vidas ajenas / que vaya a las toscas con las lavanderas, / que allí se murmura de la enamorada, / de la que es soltera y de la que es casada".

La salud de estas mujeres se encontraba en permanente riesgo y sufrían frecuentes enfermedades, ya por estar sus pies en contacto permanente con el agua del río o bien por manipular prendas sucias o de personas enfermas. Debían enfrentar un clima muy destemplado en invierno y un intenso calor en verano.

Terminada la tarea, se recontaban las prendas y se entregaban, cobrando por pieza y según la calidad de la misma. El valor del trabajo era pautado por acuerdo de las partes o fijado por el dueño de las prendas y en general la retribución era escasa, ya que fue uno de los trabajos peor retribuido en aquella época.

viernes, 1 de junio de 2018

Litografías de Bacle - Carreta de desembarque

  Publicado en el Periódico El Restaurador - Año XII N° 47 - Junio 2018 - Pags. 10 y 11 

Litografías de Bacle – Carreta de desembarque

Por Norberto Jorge Chiviló

 

Litografías de Bacle

La litografía “Carreta de desembarque”, es la N° 1 del Cuaderno 4, de “Trages y costumbres de la Provincia de Buenos Aires”. 

Desde la fundación del “Puerto de Nuestra Señora Santa María del Buen Aire” por Pedro de Mendoza en 1536 hasta el año 1889 en que se inauguró la primera dársena de Puerto Madero (dándose finalización a toda la obra el 31 de marzo de 1898) la ciudad careció de un muelle que permitiera hablar de un verdadero puerto que posibilitara el desembarco cómodo de mercaderías y de viajeros que arribaban por agua a Buenos Aires.

Hasta entonces, la playa extendida, la poca profundidad del río frente a la ciudad y los bancos de arena, impedían que los navíos pudieran acercarse a la costa para descargar mercaderías y pasajeros. Si bien ello era un inconveniente, también tenía sus beneficios pues ponía a salvo a la ciudad de ataques de piratas o fuerzas enemigas, que pudieren atacar por el río. Podemos recordar que durante la Reconquista de Buenos Aires en 1806, el navío inglés HMS Justine,  quedó varado por la bajante del río, en el lugar aproximado que en la actualidad ocupa la plaza Fuerza Aérea Argentina en Retiro y que en aquél entonces era río, y fue atacado por fuerzas de caballería al mando de Martín Miguel de Güemes, quienes pudieran abordarlo y apresar a su tripulación (ver ER N° 3 y 40)

Por todos esos inconvenientes, los navíos que arribaban de ultramar debían echar anclas lejos de la costa –en balizas exteriores- y el desembarco de mercaderías y pasajeros, debía realizarse en dos o tres etapas, en la dos primeras se hacía el trasbordo a barcas balleneras, que tenían fondo plano y una pequeña vela o chalupas o barcos de alije y por último, se volvía a trasbordar todo a carros, con altas ruedas, piso de tablas y el costado con barandas de caña, tirados por uno o dos caballos de gran porte y mucha fuerza. Cuando los equinos no hacían pie en el fondo del río, debían nadar arrastrando ese carro. Estas carretas no eran muy seguras y muchas veces los pasajeros sufrían mojaduras y contratiempos de todo tipo. Este medio primitivo e incómodo de desembarco hacía más fatigosas todas las tareas de trasbordo y traslado y por ello se encarecía el valor de las mercaderías y en realidad lo convertían en más costosos que la travesía del mar, además del mayor costo de los contratos de seguros, por los averías que podían sufrir las mercancías o su pérdida, como consecuencia del azar de los vientos, las encrespadas olas del río y las inclemencias del tiempo sobre todo en invierno, lo que convertía al desembarco en un gran problema.

De acuerdo al calado de los barcos que llegaban, por ejemplo uno de 16 pies debía anclar prácticamente a 5.000 metros de la costa, debiendo permanecer allí durante varios días para descargar y cargar mercaderías, meciéndose muchas veces en la superficie del río por los fuertes vientos y azotados por implacables olas, produciendo inconvenientes y malestares en las tripulaciones y ocasionando no pocos naufragios. Por ello el puerto de Buenos Aires era llamado por los marinos “infierno de los navegantes”.

En 1824, encontrándose al frente de la gobernación de la provincia el general  Martín Rodríguez, siendo Ministro de Gobierno, Bernardino Rivadavia, se gestionó un préstamo por un millón de libras esterlinas a la banca inglesa Baring Brothers con la finalidad de construir un puerto, dar aguas corrientes a la ciudad y promover la fundación de pueblos. Nada de eso se hizo y el país quedó endeudado hasta principios del siguiente siglo… y sin puerto.

En el año 1855 se realizaron obras que ayudaron a mejorar las cosas, con la construcción de la Aduana Nueva o Aduana Taylor edificada en hemiciclo aprovechando el foso del Fuerte y separada de la Casa de Gobierno por una calle, este nuevo edificio servía para el depósito y almacenaje de mercaderías. A su frente se construyó un muelle de madera dura que se adentraba en el río más o menos 300 metros. La Aduana Taylor fue demolida veinticinco años más tarde a raíz de la construcción de Puerto Madero. (1)

Muchos viajeros y de distintas nacionalidades, hicieron mención en sus relatos y memorias de ese primitivo medio de desembarco todo lo cual les llamó la atención, refiriéndose algunos de ellos con miedo, otros con asombro, y no pocos considerando el lado cómico, según como les fue su experiencia personal en ese traslado, que en más de una oportunidad se convirtió en una verdadera odisea. 

Cuando los hermanos Robertson arribaron en 1810 relataron en una carta: "Nada sorprende más al llegar por primera vez a Buenos Aires que los carros y los carreteros de la ciudad. Los primeros son vehículos de anchos ejes de madera y ruedas enormes, tan altas que solamente los rayos tienen unos ocho pies y se elevan muy por encima de los caballos y del conductor. Este último va montado sobre uno de los animales. Cuatro tablas anchas de madera clavadas entre sí forman un paralelogramo sobre el eje y a este paralelogramo se agregan cañas de bambú horizontales en el fondo y verticales a los lados, todo lo cual viene a constituir lo que se llama el carro”.

“El piso del vehículo tiene naturalmente aberturas muy perceptibles y el agua puede subir por ellas con toda facilidad. Las cañas verticales de los lados están a considerable distancia una de otra y sirven para sujetar los cueros que se ponen allí como para proveer de agarraderas al pasajero. La primera impresión que producen estos incómodos y rústicos carros, la experimentamos al desembarcar en la ciudad. Salen arrastrados por los caballos, como casillas de baño, una docena de estos carros, en dirección al hotel… Así salen con su carga en el vehículo que va dando tumbos sobre las toscas hasta que de pronto se hunde en un pozo bastante profundo, circunstancia ésta en que podéis estar seguros de salir empapados, porque a pesar de todos vuestros esfuerzos para evitarlo, el agua del río sube e través del piso de cañas y por lo menos el calzado, calcetines y pantalones se mojan inevitablemente”.

“Y por temor a un vuelco del carro acaba uno por olvidar cuanta precaución pueda tomarse para salvar la vestimenta. Al llegar a la orilla, siéntese deseos de formular una oración de gracias. Y, con todo, es maravillosa la destreza que los carreros exhiben al manejar los carros. Los caballos están atados de la cincha a una lanza corta por una correa de cuero trenzado y solamente con este rudo y sencillo aparejo los carreros de Buenos Aires hacen prodigios en el sentido de ir para un lado y otro, retroceder cuando quieren colocarse en un espacio reducido y avanzar en un camino -como lo hacen en la Aduana- entre una doble o triple fila de competidores".

Otro viajero, el inglés Williams Hadfield, que arribó al país en 1852, relató: "En varios aspectos, la apariencia de la ciudad no es muy halagüeña. Después de esperar durante dos horas al oficial, pudimos al fin desembarcar, y ¡que desembarco!, peor, seguramente, que el que encontraron los españoles en su primera visita, porque desde entonces, montones de barro petrificado se han ido acumulando en la orilla, formando verdaderas rocas, y los botes están obligados prácticamente a buscar a ciegas el camino, llegando tan cerca cómo es posible de la tierra. Más el procedimiento común para el desembarco de los viajeros es el ser llevados fuera del barco en una gran carreta abierta tirada por dos caballos, frecuentemente con el peligroso riesgo de caer al agua y verse empapados”. 

"Nada más calamitoso que ese desembarco, en una de las más hermosas ciudades de América, que no posee un solo desembarco, Muelle o Dique, aunque sí, un paseo muy hermoso situado en la margen del río y que sirve de solaz, siendo sin embargo muy poco frecuentado" (2).

"La vista del Puerto de Buenos Aires desde las azoteas de las casas es muy pintoresca. Se divisan barcos, tan lejos como alcanza el ojo humano. A la izquierda, hacia Palermo, se levantan numerosas residencias de muy hermoso aspecto; a la derecha, está el antiguo fuerte, luego la Aduana, depósitos de almacenes de diferentes clases; más allá lo que se llama la Boca, entrada de un pequeño río donde gran cantidad de barquichuelos cargan y descargan en perfecta seguridad. Pero algunas veces se dificulta esta operación por la acumulación de arena en la boca del río. Mirando más lejos aún, pueden divisarse cantidades de carretas yendo o viniendo a las pequeñas embarcaciones ancladas, siendo ésta la única manera de que pueda descargarse o cargarse las mercaderías, expuestas desde luego a mojaduras, ya que los caballos marchan casi siempre con el agua hasta el pecho, y las mismas carretas a veces se hunden en el fango. Es asombroso como puede llevarse a cabo cualquier clase de comercio con tanta desventaja".

Existen muchos otros relatos, pero por falta de espacio se escogieron estos dos.


Carreta de desembarque
El desembarco en Buenos Aires. Grabado de Emeric Essex Vidal

También debemos decir que muchos pintores y dibujantes de la época reflejaron en numerosas obras este primitivo medio de desembarco y además de esta litografía de Bacle, podemos mencionar a Emeric Essex Vidal, León Palliere, Julio Arienta, Gregorio Ibarra, Maurigio Rugendas, entre otros.


Notas:

(1) Sobre los restos de las galerías de la Aduana Taylor y del antiguo Fuerte, se instaló el Museo Casa Rosada algunos años atrás.

(2) Se refiere al Paseo de la Alameda o Paseo de Julio, remodelado por el Ing. Felipe Senillosa en 1846, por encargo del gobierno de Rosas.

jueves, 1 de marzo de 2018

Litografías de Bacle - La pulpería

  Publicado en el Periódico El Restaurador - Año XII N° 46 - Marzo 2018 - Pag. 16 

Litografías de Bacle – La pulpería

Con la presente iniciamos la publicación de algunas de las litografías correspondientes a la edición Trages y costumbres de la provincia de Buenos Aires.

Corresponden al Cuadernillo 6 y los N° son 1, 2 y XX. Allí se muestran el interior y exterior de una pulpería de la ciudad y la otra corresponde a una pulpería de la campaña.

La pulpería era un establecimiento comercial, a cuyo frente se encontraba el pulpero, en la cual la población de bajos y medianos recursos se proveía de los elementos necesarios para la vida diaria, como comida, bebida, yerba, azúcar, sal, carbón, velas, telas, remedios, tabaco, pieles, cueros, herramientas, vestimenta, entre otras mercancías, lo que hoy llamaríamos un polirubro. Una especie de bandera o tela blanca que había al frente del comercio significaba que solo se vendían vicios, mientras que si era colorada anoticiaba que se vendía carne.

Generalmente la pulpería tenía dos ambientes, uno destinada negocio y la atención al público y la otra a vivienda del dueño.

La construcción era distinta si la pulpería era de ciudad –generalmente ubicadas en las esquinas– o de campaña, siendo estas últimas más rústicas con paredes de barro, techo de paja y piso de barro alisado.

También era un lugar para el encuentro social y de esparcimiento de la población humilde –gauchos, mestizos, negros, indios–, donde se podían tomar bebidas alcohólicas –tomarse un trago– por lo general caña y ginebra y fumar, donde se lucían las pilchas domingueras y se conversaba sobre acontecimientos políticos y de la vida pueblerina, donde no faltaban los guitarreros y quienes hacían gala de sus dotes de cantores y el juego con naipes, dados, la riña de gallos y el juego de la taba y donde también se organizaban  bailes y payadas, carreras cuadreras, juego del pato y otras destrezas criollas. No faltaban tampoco las discusiones y peleas que derivaban en los duelos criollos a facón o cuchillo. 

Era infaltable el palenque, donde los parroquianos al llegar, ataban sus caballos.

En muchos de estos establecimientos, especialmente los de la campaña, no así los de la ciudad,  los pulperos atendían detrás del mostrador que tenía un mínimo de un metro de ancho que los ponía a salvo del alcance de los cuchillos de algún borracho y a través también de unas rejas adosadas al mostrador que llegaban al techo, que podían ser de madera o hierro que los protegiera de borrachos y pendencieros y ocasionales amigos de lo ajeno. –como sucede en la actualidad, también en muchos comercios, lo cual es pura coincidencia –.

En muchas pulperías de la frontera, los parroquianos iban en busca de compañía femenina, las llamadas cuarteleras o chinas, a quienes se las podía encontrar sentadas y fumando según lo relatado por algunos viajeros.

A principios del siglo XIX en la ciudad y campaña de Buenos Aires, existieron cerca de 500 de estos establecimientos, por lo cual el lector, puede imaginarse la cantidad que existían en todo el Virreinato, los que fueron desapareciendo a fines de ese siglo y reemplazados por los almacenes de ramos generales, que vendían todo lo imaginable para aquella época.

No obstante lo dicho, en algunos pueblos de la campaña, todavía suelen existir alguna de estas pulperías, que conservan el aire romántico de pasadas y lejanas historias.

La pulpería

Con respecto a estas litografías de Bacle, la que muestra el interior de una pulpería, podemos observar un pequeño enrejado a la izquierda del mostrador, donde seguramente se encontraba la caja, se observa a un guitarrero, dos soldados y algunos parroquianos y niños. El pulpero está sirviendo una bebida a un concurrente y por arriba de su cabeza, se encuentra la infaltable imagen religiosa, detrás suyo hay una puerta que seguramente daba acceso a las habitaciones particulares. Se pueden apreciar barriles, botellas y otras mercancías y sobre la pared, arriba del enrejado, atados de velas. Sobre la derecha un dependiente atiende a un parroquiano. Como se aprecia, el piso es de mosaico o ladrillo.

La pulpería

La otra litografía que corresponde al exterior de la pulpería podemos apreciar que se encuentra ubicada en una esquina –que en aquella época no había ochava- su entrada daba para ambas calles -Quien esto escribe vió en la ciudad de Humahuaca un comercio exactamente igual a este dibujo–. Se ve a dos militares, uno dentro de la pulpería y el otro por montar a su caballo; en el comercio se observa al pulpero y otros parroquianos, mientras varios niños juegan en la calle. Al lado de la pulpería una dependencia de la misma u otro negocio atiende sobre la calle. Esta pulpería estaba bien ubicada pues la vereda y la calle eran de piedra o una especie de empedrado. Sobre la derecha puede observarse a un vendedor ambulante a caballo –posiblemente un panadero por otros dibujos que hemos visto–. Se aprecia también que en la calle hay personas de distinta condición social, desde una mujer con mantilla seguida por un niño que seguramente lleva una especie de alfombra para ser utilizada por la señora en la Iglesia, un señor que usa galera sobre el borde de la vereda –parte izquierda del dibujo– mientras que en el ángulo inferior derecho se puede ver por la vestimenta que son personas de baja condición. 

La pulpería

En la litografía de la pulpería de campaña, se aprecia ésta en su parte externa, se puede ver que la construcción es bastante buena y cuenta con alero de tejas, y con una especie de vereda, mientras que la calle, por supuesto es de tierra. 

Debajo del alero hay un guitarrero y otros gauchos que lo observan, un caballo atado al palenque, dos policías montados conversan, tres parroquianos, juegan a la taba –lo que deducimos por la forma del movimiento que insinúa uno de ellos-, otros dos gauchos conversan y a lo lejos se ve a un jinete venir.

César Hipólito Bacle

  Publicado en el Periódico El Restaurador - Año XII N° 46 - Marzo 2018 - Pags. 14 y 15 

César Hipólito Bacle 


Litografías de Bacle
Bacle, era un suizo, nacido en los alrededores de Ginebra a principios de 1794, quien tenía conocimientos aprendidos en Europa de dibujo, cartografía, topografía, ciencias naturales entre otros, radicado en Buenos Aires a fines de 1828 donde instaló un establecimiento tipográfico en la calle de la Catedral N° 17 al que llamó “Litografía de Bacle y Ca”, publicitando la apertura de su comercio en un aviso publicado en la Gaceta Mercantil del 19 de noviembre.

Colaboraban con los dibujos que después eran litografiados, Andrea Macaire, esposa de Bacle, como otros dibujantes y artistas, entre ellos Arthur Onslow.

En 1829, si bien anunció la publicación de retratos de personajes célebres de las provincias del Plata con el título Fastos de la República Argentina, con “textos explicativos de los rasgos más memorables de la vida pública de cada individuo”, los cuadernillos nunca llegaron a publicarse, pero sí se editaron retratos sueltos de Bernardino Rivadavia, Carlos de Alvear, Pascual Echagüe, Manuel Belgrano, Guillermo Brown, entre otros personajes locales –políticos y militares- y también de otras nacionalidades como el de Napoleón Bonaparte.

En 1829 el gobernador Viamonte nombró a su establecimiento como “Impresores Litográficos del Estado de Buenos Aires”.

Litografías de Bacle
Entre 1833 y 1835 bajo el título Trages y Costumbres de la provincia de Buenos – Aires, publicó 6 cuadernillos con 6 litografías cada uno que estaban coloreadas a mano. Esas láminas ilustraban variados aspectos de la vida de la ciudad y la campiña de Buenos Aires, que nos permiten conocer hoy, algunos de los oficios comunes que se realizaban a pie, a caballo o en carretas, como así también de las costumbres y vestimentas de aquella época. 

Algunas de ellas tenían un marcado tono caricaturesco, como los de la serie “Extravagancias de 1834”, en los cuales se ridiculizaba la moda del uso de grandes peinetones por las mujeres porteñas, que mostraban los inconvenientes que ocasionaban esos desmesurados “artefactos” en la vida diaria de la ciudad. 

Años después, en 1839, otro litógrafo, Gregorio Ibarra, quien dos años antes había instalado en Buenos Aires otro taller llamado Litografía Argentina, editó también el álbum Trages y costumbres de la provincia de Buenos Ayres, con veinticuatro litografías, de las cuales, salvo una son imitaciones de las publicadas por Bacle.

En el taller de Bacle se hacían además publicaciones de folletos, periódicos y otros impresos y fue uno de los más importantes talleres litográficos de Buenos Aires, no solo por la cantidad, sino por la calidad de las obras realizadas.

Debemos decir que si bien antes de él, en Buenos Aires ya se conocían las litografías, nuestro personaje les dio un impulso comercial importante.

Rápidamente esas obras, tuvieron la aceptación no solo de los habitantes de la ciudad, sino que también se vendieron en Europa y América, y se convirtieron en valiosos documentos gráficos de aquel entonces.

En 1835 comenzó a publicar el Diario de Anuncios y Publicaciones Oficiales de Buenos Aires, ilustrado con litografías de la ciudad y también publicó un semanario ilustrado El Museo Americano. Libro de todo el mundo, que fue sustituido al año siguiente por El Recopilador.

Publicó en diez cuadernos una importante Colección general de marcas de ganado de la Provincia de Buenos Aires.

A mediados de la década del ’30, viajó a Chile con la intención de radicarse e instalar su empresa en aquél país. Allí conoció a unitarios –enemigos del gobierno argentino– radicados en Santiago, con quienes mantuvo correspondencia.

No habiendo renunciado a su cargo oficial como litógrafo del Estado, allí vendió libremente mapas que había llevado, recibiendo dinero por parte de un allegado del presidente de la Confederación Perú- Bolivia, el mariscal Andrés de Santa Cruz, que nuestro país consideraba como enemigo, brindándole datos referentes a caminos, que eran considerados reservados al conocimiento solo de nuestras autoridades.

Cuando regresó a nuestro país, cometió la imprudencia de escribirle cartas comprometedoras a Bernardino Rivadavia. Les fueron descubiertas esas cartas y además fue acusado de haber vendido planos cartográficos.

La idea de los unitarios, como la de Santa Cruz era secesionar de la Confederación a Salta, Jujuy, Tucumán y Catamarca y unirlas a Bolivia o bien formar un nuevo Estado.

Bacle fue puesto en prisión por espionaje por el gobierno argentino a principios de marzo de 1837, generando reclamaciones desde entonces por parte de los franceses, pero debido a su estado de salud fue puesto en libertad a fines de ese año, falleciendo en su domicilio el 4 de enero de 1838.              .

El “caso Bacle”, se enmarca en el conflicto con Francia y es una de las causas aducidas por los galos, que generó el primer bloqueo al Río de la Plata y justificar así la intervención francesa por estas tierras.


                           LITOGRAFÍA                           

La litografía es un sistema o técnica de impresión consistente en hacer –de forma invertida– un dibujo, un texto o una fotografía que se graban en una piedra calcárea pulida o una plancha metálica preparada para tal fin, llamada matriz, utilizándose en el procedimiento materia grasa o ácidos.

El sistema creado en 1796 por el alemán Senelfelder, fue muy utilizado durante el siglo XIX, actualmente solo se usa en casos muy especiales sobre todo para la reproducción de obras artísticas. 

Además del sistema de impresión, se llama litografía a cada uno de los ejemplares o estampa obtenidos con esta técnica.