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miércoles, 22 de julio de 2026

José Rivera Indarte - Vicente Fidel López, su opinión sobre Rivera Indarte

 PERLITAS HISTÓRICAS

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En esta sección que llamamos "PERLITAS HISTÓRICAS", nos referimos a distintos personajes y  hechos de nuestra historia.

JOSÉ RIVERA INDARTE

Vicente Fidel López -único hijo de Vicente López y Planes- integrante importante del partido unitario y destacado componente de la llamada Generación del 37, autoexiliado en Montevideo, en su Autobiografía escrita en 1896, habla de sus compañeros de estudios y expresa unas lapidarias palabras sobre Rivera Indarte -quien posteriormente, en Montevideo, también fue compañero en su lucha contra Rosas- "Este Rivera Indarte —un canalla, cobarde, ratero, bajo, husmeante y humilde en apariencia como un ratón cuya cueva nadie conocía, tenía mucho talento y un alma de lo más vil que pueda imaginarse".

martes, 1 de septiembre de 2009

Rivera Indarte

 Publicado en el Periódico El Restaurador - Año III N° 12 - Setiembre 2009 - Pags. 14 y 15 

¿La reencarnación de Rivera Indarte?... u otras mentiras sobre Rosas

Por Norberto J. Chiviló

 

José Rivera Indarte
La reencarnación es la creencia de que una esencia individual de la persona (mente, alma, consciencia, energía) vive en un cuerpo en la tierra varias veces y no sólo una (Wikipedia. La enciclopedia libre).

La reencarnación presupone la existencia de un alma o espíritu que viaja o aparece por distintos cuerpos, generalmente a fin de aprender en diversas vidas las lecciones que proporciona la tierra, hasta alcanzar una forma de liberación o de unión con un estado de conciencia más alto…

Pero no se inquiete, amigo lector, no deje de leer esta nota… que no voy a profundizar con el tema religioso o filosófico, sino solamente lo que quise fue aclarar el significado del término “reencarnación”.

Posiblemente también el título le habrá llamado la atención: ¿La reencarnación de Rivera Indarte?... Seguramente Ud. conoce la calle homónima que nace en la Av. Rivadavia al 6800 frente a la Plaza Pueyrredón en Flores, Ciudad Autónoma de Buenos Aires y se extiende hacia el sur de esa Ciudad. Pero se preguntará ¿quién fue este personaje...?

José Rivera Indarte había nacido en Córdoba el 1814 y realizó sus estudios de latín, matemáticas y filosofía en Buenos Aires, materias estas preparatorias para el ingreso en la Universidad. De su época de estudiante se sabe que escribía libelos contra sus profesores y compañeros, por lo que en alguna oportunidad, estos le propinaron alguna paliza.

En la edición del 5 de junio de 1845 del periódico antirrosista de Montevideo, El Nacional, diría de “esta grande esperanza de la patria”, refiriéndose a nuestro personaje –cuando este había tenido diez años de edad en el año 1824– que había sido “Perseguido y aporreado por todos, no había quien se complaciese en mortificarle, insultarle, ridiculizarle, y aún hacerle llorar. En aquella edad era un celoso devoto de España. No había golpe ni coacción alguna, por fuerte que fuese, que le obligase jamás a decir Viva la Patria. Sufría con la resignación de un mártir, gemía y gritaba ¡Viva España!...”

Ya mas grande, a los diecisiete años y siendo alumno de la Universidad, Rivera Indarte, sustrajo libros de la biblioteca, por ello fue puesto en prisión y una vez compurgado el delito fue expulsado “para siempre de la aulas de la Universidad y apercibiéndole de que, en caso de reincidir, será castigado con toda la severidad de la ley”, según lo dispuso en Ministro de Gobierno Tomás Manuel de Anchorena el 13 de setiembre de 1831.

De él dice el historiador Fermín Chávez: “Fue Rivera Indarte escritor de talento, pero su vida privada, según todos los testimonios, tenía grandes debilidades y fallas. Rosas lo ayudó con el fin de que las superara, pero volvió a las andadas…”

En junio de 1832 pidió ser admitido de nuevo en la Universidad y el 16 de julio siguiente se lo reinscribió “para recuperar su honor”, pero a fines de agosto de 1832, fue nuevamente prendido bajo la acusación de haber falsificado varias cartas y hacerse pasar por otra persona para robar cien onzas de oro. Rivera Indarte, que por ese entonces era estudiante de jurisprudencia, reconoció los hechos pero alegó desconocer que los mismos constituyeran delito, cuando las leyes de las Partidas –entonces vigentes– comprendían ese crimen en los de falsía. Antes de dictar el juez su sentencia de acuerdo a derecho, por una resolución superior fue destinado al servicio de las armas, de donde salió poco después desterrado del país.

En 1832 había escrito varios artículos para La Gaceta Mercantil y mas tarde pasó a Montevideo donde fundó el periódico El Investigador y se puso al servicio del Gral. Oribe, quien le encomendó, en 1834, una misión reservada en Buenos Aires. De nuevo en Buenos Aires, se constituyó junto con Nicolás Mariño y Pedro de Angelis en publicista del federalismo, convirtiéndose en un federal exaltado, adulador de Rosas y de su política.

En 1835 publicó como redactor el Diario de Anuncios y Publicaciones Oficiales de Buenos Aires, alcanzando las 215 entregas. En el nº 80 de este diario publicó una biografía del gobernador bonaerense –Rosas–, con su retrato al frente.

Himno de los Restauradores
Por esa época, escribió también un Himno Federal y el Himno de los Restauradores, donde en alabanza a Rosas, dice: “¡Oh gran Rosas! Tu pueblo quisiera / Mil laureles poner a tus piés… Que el gran Rosas preside a su pueblo, / Y el destino obedece a su voz… Del poder la GRAN SUMA revistes, / A la patria tu debes salvar; / ¡Que a tu vista respire el honrado / Y al perverso se mire temblar! / La ignorancia persigue inflexible / Al talento procura animar / ¡Y ojalá que tu nombre en la historia / Una página ocupe inmortal!”

Acusado de haber robado la corona de la Virgen de Nuestra Señora de las Mercedes y de otros hurtos, fue llevado en prisión a un pontón. Después de salir en libertad, emigró al exterior, primeramente a Europa y luego a Río de Janeiro y en 1839, olvidándose de su exaltado federalismo, “se borocotizó” diríamos ahora y se alió a los unitarios de Montevideo en su prédica antirrosista, convirtiéndose de la noche a la mañana, en un exaltado unitario, escribiendo desde las columnas de El Nacional, desde el cual acusó a Rosas de toda clase de crímenes e inmoralidades y lo atacó de todas formas. Años mas tarde, en 1843, publicó su panfleto Rosas y sus opositores y más tarde las Tablas de Sangre.

La casa comercial “Samuel Lafone y Cía”, encargada de las rentas de la aduana de Montevideo, interesada en alargar la guerra contra Rosas,  –con lo cual se incrementaba los ingresos de la aduana de aquella Ciudad–, le había encomendado que publicara un libro que incluyera una lista, lo más larga posible, de las víctimas de Rosas. Para ello ofreció pagarle un penique por cada muerto. El resultado fue su obra maestra, conocida como Tablas de Sangre. Para llegar a completar la lista que necesitaba recurrió a todos los muertos conocidos, inclusive los que lo fueron por orden directa de Rosas, pero también incluyó personas fallecidas de muerte natural, individuos que habían muerto mucho antes de la llegada de Rosas al poder y hombres que muchos años más tarde aún vivían. Para incrementar el número, agregó también nombres imaginarios, muertos identificados como NN de los que nadie supo cómo habían muerto, y también lo acusó por la muerte de Facundo Quiroga y sus acompañantes, de Alejandro Heredia, Benito Villafañe y de otros personajes públicos en que no cabe duda que Rosas no tuvo responsabilidad alguna. Era cuestión de agregar nombres y más nombres, cuantos más mejor, para así lograr cobrar una suma mayor.

De esta curiosa manera, Rivera Indarte logró completar una lista de 480 muertos; por eso cobró dos libras, es decir, 480 peniques. Con la esperanza de cobrar algo más, lo acusó también de ser el responsable de la muerte de 22.560 muertos producidas durante las guerras civiles entre federales y unitarios desde 1820 en adelante. Esa cantidad era ridícula por sí misma, ya que es improbable que hayan muerto semejante cantidad de hombres en ese período. Por supuesto, para Rivera Indarte, todos los muertos de ambos bandos ya sea en combate o en campaña, habían muerto por culpa de Rosas.

El libelo Las Tablas de Sangre fue utilizado en Europa para promover la intervención de las grandes potencias imperialistas –Francia e Inglaterra– en esta parte del mundo y darles el argumento de un tinte moral de que se estaba actuando en beneficio de la humanidad, contra un bárbaro y un tirano, cuando el fin real solo era económico, el de sentar la influencia de esas grandes potencias en ambas márgenes del Plata y de ello hay pruebas mas que suficientes. Como corolario de la nómina, Rivera Indarte le agregó un ensayo: Es Acción Santa Matar a Rosas. Si bien su principal acusación a Rosas era por asesinato, también lo acusaba de muchas otras inmoralidades: defraudación fiscal, malversación de fondos, insultar a su madre en el lecho de muerte, abandonar a su esposa en sus últimos días, tener amantes de las familias más respetables. Llegó incluso de acusarlo de incesto con su hija Manuelita. Todas esas acusaciones eran producto de la mente enfermiza de este escritor.

La lista de las Tablas de Sangre era exageradamente y absurdamente agrandada, y no tuvo ningún rigor periodístico ni histórico: sin embargo, durante casi un siglo esos libelos, productos de una mente retorcida, fueron una de las principales bases para acusar a Rosas de muchísimos asesinatos y crímenes enormes y horrendos y de innumerables excesos morales y mostrarlo como un energúmeno… como el Calígula del Plata. Pero, inclusive hoy, como veremos, algún escritor sigue utilizando los mismos argumentos e imputaciones y aún agrandándolas mas.

También nuestro personaje tuvo que ver con la “máquina infernal” que se le remitió a Rosas con la intención de matarlo en 1841 (Ver “El Restaurador” Nº 8, pág. 5/6). Murió en Santa Catalina –Imperio del Brasil–, muy joven, el 19 de agosto de 1845.

De él dijo el Archivo Americano: “…Rivera Indarte pertenece a la clase, afortunadamente muy rara, de los malhechores precoces, y que antes de salir de la infancia se había hecho notable por sus robos, por sus sacrilegios, y hasta por sus sentimientos enemistosos hacia su patria…”

Pero volvamos al comienzo de este artículo. Durante el mes de junio pasado y mientras me dirigía a los Tribunales de San Martín, para realizar mi trabajo de abogado, Nico, el canillita que tiene su puesto de diarios y revistas al lado del edificio de Tribunales, me llamó para mostrarme el reportaje que en la sección “20 preguntas” se le había hecho al escritor Federico Andahazi en la Revista Play Boy de ese mes, referidos a la “historia sexual de los argentinos”.

En ese reportaje, donde, por supuesto no podía faltar Rosas, dice este escritor: “Hay casos paradigmáticos, como Juan Manuel de Roras. Un personaje que tuvo a su propia hija cautiva en un sótano, que la violó consuetudinariamente, que con esa hija tuvo seis hijos y los mantuvo cautivos en su casa. Ese fue Rosas. Y esa biografía, negra y oscura, explica lo que fue su gobierno y la mazorca…”. Lo dicho por Andahazi, ni siquiera lo había dicho en su momento Rivera Indarte, por lo que este escritor va mas allá imputando a Rosas el haber violado a su hija y haber tenido con ella seis hijos!!!. Estas mentiras y barbaridades nunca lo había leído, ni de los escritores mas antirrosistas.

Hacía mas o menos cinco años atrás que yo había leído las “obras” de Rivera Indarte y la verdad es que desde ese tiempo no leía semejantes disparates propios de Rivera Indarte, pero dichos ahora por este “escritor” Andahazi, tan suelto de cuerpo. Pero como le decía el Quijote a Sancho: “Cosa vederes, Sancho”.

Mas adelante Andahazi, afirma: “La historia más fuerte es la de Rosas. Lo que sí sucede, y hay que tener mucho cuidado cuando se escribe historia, es no caer en la trampa de ciertos historiadores. Y creo que sobre determinados personajes hubo una serie de difamaciones y mentiras muy grandes. Lo que tuve que hacer es no dejarme llevar por documentos de dudosa credibilidad”. ¡MENOS MAL!!!... porque de haberse dejado llevar por “documentos de dudosa credibilidad”, no sabemos a donde podía haber llegado Andahazi…y que otras afirmaciones mentirosas, disparatadas y demenciales –por no llamarlas de otra manera–, además de las dichas, podría haber realizado… este Rivera Indarte del Siglo XXI.

Sí, hubiera sido interesante que el escritor hubiera mencionado cuales eran sus fuentes “creíbles”… y nos hubiera aclarado también sobre que “determinados personajes hubo una serie de difamaciones y mentiras muy grandes”.

Vea Ud. lector, con que ligereza escriben ciertos escritores mediáticos, con tal de llamar la atención, como se sigue calumniando… cuantas “difamaciones y mentiras muy grandes” se siguen escribiendo… Parecería que estuviésemos a mediados del S. XIX… ¿Será porque nombrando a Rosas… se vende bien…?

Y aquí volvemos al principio de esta nota, …yo no creo en la reencarnación, en este caso de Rivera Indarte, pero también con lo que leí de Andahazi me acuerdo del dicho popular de “Creer o reventar”...

Fuentes:

“Archivo Americano” Nº 20 del 31/7/1845

“Historia de la Confederación Argentina” de Adolfo Saldías

“Iconografía de Rosas y de la Federación” de Fermín Chávez

“Historia de la Argentina”, Tº IX, de Vicente D. Sierra

lunes, 1 de septiembre de 2008

Es acción santa matar a Rosas

  Publicado en el Periódico El Restaurador - Año II N° 8 - Setiembre 2008 - Pags. 5 y 6

Es acción santa matar a Rosas

Por la Prof. Beatriz Celina Doallo


José Rivera Indarte
Dibujo de Ignacio Baz
Museo Histórico Nacional


Modelo de esa casta de adulones obsecuentes con el poder, que no tiene miras de extinguirse en el país, José Rivera Indarte (1814-1845) alardeó de ferviente partidario de Rosas hasta 1839. Escritor y periodista, redactó folletos con exaltada propaganda federal y vilipendio hacia los unitarios, y, en 1835 las estrofas del Himno de los Restauradores.

Creyendo que su notorio partidismo lo mantendría a salvo de la justicia, cometió varios fraudes y estafas, e intervino en el robo de valiosos objetos del culto católico. Pero incurrió en un gran error al suponer que Juan Manuel de Rosas pertenecía a la clase de mandatarios que agradecen la obsecuencia otorgando impunidad: fue arrestado, juzgado y condenado a pena de cárcel por sus delitos.

Desde la prisión, Rivera Indarte inundó la secretaría de Rosas con pedidos de amparo invocando sus servicios a la causa federal, demandas que Rosas desechó sin contemplaciones.

Cumplida la condena, el otrora panegirista se declaró ofendido por la ingratitud del Gobernador, huyó a Montevideo y ofreció su colaboración a los emigrados. Aún tratándose de tan poco recomendable personaje, todo traidor era bienvenido. Le nombraron redactor del periódico El Nacional, desde cuyas columnas atacó a Rosas y a la Federación con toda la virulencia que utilizara años antes para injuriar a los unitarios. Uno de los admiradores de su estilo fue el concesionario del puerto de Montevideo, un inglés de apellido Lafonne (Lafone según otras grafías), quien le encargó redactar una lista de "los asesinados por la tiranía rosista", a razón de un penique por nombre. Rivera Indarte supo aunar venganza y codicia en esa tarea, incrementando el inventario, y por consiguiente su paga, con nombres extraídos de su fértil imaginación y numerosos difuntos de identidad desconocida. Propuso a su empleador incluir en la nómina a los que habían muerto en batallas, pero Lafonne, tal vez alarmado por el costo, se opuso. La lista, aderezada con comentarios del autor -"Las cabezas de las víctimas son puestas en el mercado público adornadas con cintas celestes", "Manuelita Rosas convidó a los asistentes a una de sus comidas con las orejas saladas de un prisionero"- tuvo por título Tablas de sangre, totalizó 480 cadáveres, reportó al autor 2 libras esterlinas y sirvió de basamento a las falsedades de la historia oficial sobre el gobierno del Restaurador de las Leyes.

La redacción de las Tablas no interfirió con la labor pseudo-periodística de Rivera Indarte, quien, entre otros libelos, publicó uno titulado "Es acción santa matar a Rosas". Exhortaba el autor a cometer el crimen aduciendo que las circunstancias imponían y justificaban el asesinato, perfecta muestra de la amoralidad de un sujeto que no había dudado en ejecutar un robo sacrílego en Buenos Aires. Aunque los emigrados aplaudieron la proposición, de entre sus filas no surgió individuo alguno dispuesto a llevarla a cabo. Atentar contra la vida de Rosas en forma directa era impracticable estando de por medio, además de la custodia de su persona y residencia, la lealtad popular con que contaba. Desalentado por el nulo éxito a su requerimiento de un asesino, Rivera Indarte propuso otros medios, entre ellos el veneno. Refiere el historiador Adolfo Saldías que "un aderezado pastel fue introducido hábilmente en casa de Rozas, a nombre de uno de sus amigos, y del cual fue víctima un perro".

Finalmente, en los primeros meses del año 1841, la suerte pareció estar de parte de Rivera lndarte, brindándole una ocasión propicia para intentar asesinar a Rosas. Montevideo era otra Gran Aldea en la que todo tomaba estado público, y se supo que el Cónsul General de Portugal, Leonardo de Souza Acevedo Leite, había recibido desde Dinamarca, remitida por el embajador portugués acreditado en Copenhague, un obsequio que la Sociedad de Anticuarios del Norte enviaba a Rosas, una caja con una colección de medallas, acompañada por dos pliegos lacrados, uno de los cuales contenía la llave y el otro era un diploma. Acevedo Leite pidió a un oficial naval francés de apellido Bazaine, que se disponía a viajar a Buenos Aires, que se encargara de entregar la encomienda en casa del Restaurador. Bazaine, edecán del almirante Dupotet, jefe de la flota francesa estacionada en el Río de la Plata, tenía dispuesta su partida de Montevideo el 23 de marzo en la goleta Rose al mando del capitán Schiaffino.

Rivera Indarte, con ayuda de otros complotados, logró apoderarse de la encomienda la noche anterior a la partida de la goleta. En el local de un librero, Jaime Hernández, el contenido de la caja fue sustituído por un dispositivo preparado por un mecánico de apellido Audriot siguiendo instrucciones del periodista.

Se trataba de un mecanismo compuesto por 16 cañoncitos de bronce cargados con cartuchos a bala y distribuidos en forma circular apuntando hacia afuera, los cuales serían activados a resorte por dos percutores en el momento de abrirse la caja. Se envolvió ésta tal como llegara de Dinamarca, en un lienzo blanco cerrado con costuras y junto con los dos pliegos, más otro con una carta agregado por el cónsul Acevedo Leite, que era amigo personal de Rosas, la encomienda convertida en una trampa mortal cruzó el Río de la Plata.

La máquina infernal


El 24 de marzo el oficial Bazaine entregó el obsequio en casa del Gobernador. Rosas se hallaba atendiendo a una persona de su amistad y su hija Manuelita colocó la caja y los pliegos sobre una mesa de la sala. Al día siguiente llevó la encomienda a su padre; éste, ocupado con la correspondencia, que atendía en su propio dormitorio, le indicó que la dejara sobre una de las cómodas. Dos días después la caja y los pliegos seguían en el mismo lugar. Manuelita se lo hizo notar al padre, quien, comprendiendo la natural curiosidad de la joven por conocer en qué consistía el obsequio, la autorizó a abrirlo. Manuelita llevó todo a su dormitorio, abrió los pliegos, leyó la carta del cónsul portugués y el diploma, sacó la llave y comenzó a descoser el forro blanco con unas tijeras. La llegada de visitantes detuvo su tarea, que recién reanudó en la mañana del 28 de marzo, ayudada por su amiga Telésfora Sánchez y la criadita de color Rosa Pintos. Cuando, descosido el forro, hizo girar la llave para abrir la caja, la tapa de ésta saltó unos cinco centímetros en forma violenta y ruidosa y las tres mujeres observaron con asombro los cañoncitos que, por fortuna, no se dispararon.

La máquina infernal

Manuelita cerró la caja y la llevó a su padre, refiriéndole lo ocurrido. Rosas quitó la caja de manos de la hija, la depositó sobre su cama y la abrió. Tanto él como el escribiente Pedro Regalado Rodríguez, con quien estaba trabajando, vieron que la tapa saltaba bruscamente, del mismo modo que lo hiciera cuando la abrió Manuelita. Rosas examinó el mecanismo y explicó al escribiente que los cañones estaban dispuestos para que explotasen al abrir la caja.

-Uno sólo bastaba para matar a mi hija siendo así que venía destinado para mí- añadió, según contó más de 40 años después Regalado Rodríguez al historiador Saldías.

Rosas hizo acudir al Dr. Felipe Arana, Ministro de Relaciones Exteriores de la Confederación, y acordaron informar del hecho al almirante Dupotet. En el Complemento al Capítulo XL de la Historia de la Confederación Argentina se incluye la carta que envió Manuelita desde Londres el 1º de diciembre de 1885 a su esposo Máximo Terrero, quien estaba en Buenos Aires y le había pedido la relación del episodio para Saldías. La misiva describe minuciosamente lo que ocurrió con la caja desde el momento en que el oficial Bazaine la entregó en casa del Restaurador, y lo que aconteció tras el frustrado intento de asesinato con la que se bautizó como "máquina infernal". Explica que, enterado el almirante Dupotet de los hechos, "este señor, altamente indignado al saber que se hubiesen valido de su edecán Mr. Bazin (sic) como agente de una trama tan infame, despidió a éste esa misma mañana en un vapor a Montevideo para tomar informes del señor Acevedo Leitte (sic), si tenía algún conocimiento de la carta, habiéndosele engañado. El señor Leitte, tan ofendido como debía serlo, se vino sin demora con Mr. Bazín a Buenos Aires para dar la satisfacción debida de su inocencia. La máquina, sin moverla de la caja, se llevó inmediatamente a casa del señor ministro Arana, donde estuvo algún tiempo expuesta al examen de! público. Siendo el 30 de marzo el día del cumpleaños de mi finado padre, y el 29 destinado a consultas de ministros del gobierno y de los agentes extranjeros,fue aquel día en el que se declaró al público lo que pasaba; así fue que el cuerpo diplomático y los militares que iban a casa para cumplimentar a mi padre, como los particulares impuestos de la infamia que se les refería, pasaban a ver la máquina a lo del señor Arana.(...) Los oficiales franceses descargaron algunos de los cañones en el jardín del señor ministro Arana, y la carga era tan terrible que los cañones reventaban".

Fracasado el complot, los unitarios negaron su participación en él e inculparon al propio Rosas de haberlo fraguado para concitar el repudio general hacia los enemigos de la Federación. John Percival Dade, cónsul inglés en Montevideo, quiso conocer de buena fuente pormenores del suceso y los solicitó al Ministro Plenipotenciario de Gran Bretaña en Buenos Aires, John Henry Mandeville, quien se los aportó por carta el 30 de marzo de 1841. El 3 de abril Dade escribió a Mandeville agradeciendo la reseña, y agregó este comentario:

"Aquí los antirrosistas ridiculizan la ídea de que exista verdad alguna en este negocio, y lo atribuyen enteramente a una mera fabricación para propender algún mal y siniestro objeto, contemplado por el General Rosas, o al menos, procurar hacer creer que tal es el caso, aunque a la verdad pocos de cada partido dejan de creer la relación".

La "máquina infernal" estuvo a buen resguardo en poder de gentes leales a Rosas luego de la batalla de Caseros y finalmente ocupó un lugar destacado en el Museo Histórico Nacional, de Parque Lezama.

En cuanto al autor intelectual del complot y de la máquina, el destino, que a veces hace bien las cosas, no le dio la satisfacción de asistir a la derrota del gobernante al que trató infructuosamente de asesinar. La que hizo bastante mal las cosas fue la Legislatura de la ciudad de Buenos Aires, que asignó a una calle del barrio de Flores el nombre de Rivera Indarte.